No pienso vestirme de negro

El aire estaba denso, negro, silencioso. La casa parecía enfundada en una oscuridad calurosa. Ningún perfume a heno llegaba de los campos, ni una luciérnaga que iluminara la noche sin luna.  La luz eléctrica, de un blanco tajante, recortaba el porche de la casa en zonas rectangulares.

Laura se había quedado afuera.

—¿Pero ¿qué te has puesto? —Le preguntó su hermano, mirándole las piernas pálidas bajo la minifalda rosa.

—Y ¿a ti qué te importa? Hace calor… Acaso ¿quieres que me ponga ya de luto? Mira que no pienso vestirme de negro ni después. Es más… tampoco pienso entrar.

— Entonces, ¿para qué has venido?

La mujer miró a su alrededor como en búsqueda de una respuesta, pero el aire negro le devolvió su pregunta.

Su hermano se había encendido un cigarrillo y lo dejaba consumirse sin fumarlo. Laura se sentó en los peldaños, abrazándose las rodillas. Desde lejos, se oyó el ruido de un tren.

— ¿Así que no vas a entrar? Le he dicho que estás aquí. Hoy está todavía consciente, pero mañana podría ser demasiado tarde, podría no reconocerte… Laura, es tu madre.

Roberto era el hijo perfecto, joven, educado, exitoso en los estudios, a punto de licenciarse a los veintitrés, prometido con una buena chica. El hijo deseado y buscado. A ella, en cambio, nunca le habían perdonado haber nacido demasiado temprano, para destrozarles la juventud a unos padres de veinte años. 

Miró a Roberto: estaba muy delgado, las ojeras marcaban sus ojos verdes y su sonrisa impertinente, que ella había detestado tanto cuando era niño, parecía apagada para siempre.

— Y tú, ¿Cómo estás?

— ¿Acaso te importa?

— Me voy —murmuró Laura— Ya es demasiado tarde… ¿No quieres abrazarme?

Mirándose los zapatos, Roberto contestó:  

— No.

Silvia Zanetto

El sueño de Suzón

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Todos saben que los críticos de arte critican.

Lo que critican de mí es la actitud indiferente. 

Pero no se trata de indiferencia, sino de cansancio. Es casi la medianoche y todavía el bar está repleto de gente. La música es un ronroneo, amalgamada al tintineo de las copas, a las risas agudas de las señoras y a las voces abaritonadas de los hombres. 

El corsé me molesta: aparentar una cintura tan fina pide sufrimiento. Y el ramito de flores tan bonitas en el escote me pica los pechos. 

No vamos a cerrar antes de las dos y, cuando por fin los clientes se vayan, tendré que limpiar vasos y platos y ponerlo todo en orden. Hace horas que estoy de pie con estas botitas estrechas: me duelen los tobillos, pero el patrón me dice que tengo que estar elegante…  Aunque ¡detrás del mostrador los pies ni se ven!

¡Ojalá pudiera hacer un buen matrimonio y librarme de este trabajo agobiante! Eso pienso cuando miro a los caballeros distinguidos en el gran salón, con su bigote bien arreglado y su sombrero de copa alta. Parece que sus miradas examinadoras intentan establecer un precio, porque a una camarera no se le pide matrimonio, sino otra cosa. Pero yo sigo esperando que algo bueno pase… Me siento un poco mareada, se me cierran los ojos. El cansancio, claro. Estoy agotada. Y de repente, mientras que mi cuerpo se queda inmóvil mirando con aire indiferente el salón, una parte de mí se desprende y da la vuelta por atrás, donde hay un mundo igual, pero diferente. Donde el caballero no me pide una copa ni me ofrece dinero, sino que me pregunta como me siento, si estoy cansada, o infeliz. 

El vaso que estoy limpiando se me cae de las manos y despierto.

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Silvia Zanetto

El futuro del futuro

Laura encendió el ordenador para empezar la clase. Uno a la vez, los ectoplasmas de sus alumnos iban apareciendo en la pantalla. Laura iba a silenciar sus micrófonos, pero decidió esperar un momento: en el vacío del apartamento en el que estaba encerrada desde hacía semanas, echaba de menos sus chistes ruidosos y sus preguntas inoportunas. Pero las caritas electrónicas y pálidas de los muchachos seguían calladas. “Vosotros sois el futuro del mundo” solía decirles antes, cuando los elogiaba e incluso cuando los regañaba. Ahora, le molestaba hablar de futuro hasta en sentido gramatical.

Era como verlo todo a través de un catalejo invertido, ahora que las preocupaciones pasadas por el futuro se habían convertido en mosquitos risibles y ya no molestos, ahora que un futuro inimaginable ya había llegado, cargado de soledades y videoconferencias, de camiones que se llevaban a los muertos a una sepultura indigna, ahora que abrazar a una persona querida podría convertirte en un ángel de la muerte.

Los chicos, cada uno en su rectángulo de la pantalla, iban apareciendo, saludaban tímidos o con desgana: había que empezar la clase. Laura tenía que explicarles los usos particulares del condicional. Empezó diciendo que en español el condicional es el futuro del pasado, por ejemplo: “Ayer me dijo que vendría a verme esta mañana”. 

De repente se preguntó si lo que decía tenía sentido, si lo que hacía tenía sentido. Observó las melenas rubias y castañas, las gafas, las sudaderas azules y violeta, las miradas atentas o aburridas, los flequillos, los ojos azules y negros, los granos en las mejillas, las caras somnolientas… “Vosotros sois el futuro, pero ¿de qué mundo?” 

No lograba imaginar el futuro del futuro.

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Silvia Zanetto

Guitarras y flamenco

Por supuesto, los dos italianos habían pedido gazpacho, paella y sangría.
Desde que habían llegado a Andalucía, el sonido de mil guitarras parecía perseguirlos dondequiera que fueran: por las calles torcidas, embellecidas por balcones rebosantes de geranios, en las esquinas más recónditas de las plazas, en las terrazas impregnadas por el perfume hechicero del jazmín.
Tommaso sonrió satisfecho, mirando la sartén colmada de un triunfo bermejo de camarones en el amarillo brillante del arroz.
Mientras le vertía la sangría en la copa, rozó ligeramente los dedos de Manuela. Ella le sonrió, casi con desgana, luego arrepentida le estrechó la mano con más fuerza.
El volumen alto de la música era la excusa perfecta para no hablar: acababa de entrar en el restaurante una banda de músicos vestidos con trajes tradicionales que, acompañándose de sus guitarras y castañuelas, cantaban en una secuencia previsible, las canciones que a los extranjeros les gusta escuchar cuando van a España. El público, distraído e indulgente en el alboroto de una noche de fiesta y de banquetes, les aplaudía con generosidad.

Paco Pena and the flamenco dance company

Tommaso le vertió en la copa otra sangría. Parecía contento.
Manuela lo miró y de repente lo vio viejo. Viejo como no había sido nunca. La luz de su mirada dura y al mismo tiempo amable, parecía apagada de repente, como si un inesperado golpe de viento hubiera aflojado su vigor.
El hombre se volvió atrás, curioso, para descubrir a quién le pertenecía la voz de tenor que había entonado “Granada”. Manuela también observó al cantante: era joven, un muchacho hermoso, pero sin gracia.  Volvió a escudriñar la cara de Tommaso, buscando un eco de aquella emoción perdida que no lograba reencontrar.
Un mechón moreno le cayó sobre el rostro: lo lanzó por atrás con un movimiento de la cabeza. Su largo pelo rizado estaba recogido en la nuca, una flor carmesí en el moño. Sobre el vestido escarlata de falda ancha llevaba el chal que había hecho comprar el día anterior a Tommaso. Una luz oscura en sus ojos grandes, perfectamente enmarcados por una línea negra.
Y él le había mirado con ternura, le había dicho que estaba muy bonita.
En cambio, ella había buscado en aquel disfraz inocente la violencia y la pasión de las bailaoras de flamenco. “Es un baile malo” había pensado abrumada unos días antes, contemplando los rostros contraídos de los bailaores que se agarraban, se alejaban, se entregaban a la cruel parodia de un amor que los agotaba, lacerados en la imposibilidad de seguir o de acabar.
Manuela no podía creer que un solo instrumento pudiera provocar emociones tan diferentes: esa tarde, los acordes de la guitarra eran la banda sonora de charlas y risas, de la alegría vacacional de un restaurante en el que todo era como todos se esperaban que fuera.
Sin embargo, en el flamenco Manuela percibía el eco del mismo tormento que silencioso le asediaba el alma. En aquel baile de movimientos bruscos, de sufrimiento inarmónico, acompañado por ritmos sincopados, en el que los golpes acompasados de las palmas y de los tacones en el piso casi cubrían el sonido de la guitarra, le había parecido escuchar la voz de aquella emoción perdida, la que ya no podía reencontrar. Un cante quejumbroso, dolido, un ritmo obsesionante que de golpe se paraba y luego recomenzaba, cada vez más rápido, cada vez más irregular… Recordaba el ademán pasional y ambiguo de la bailaora que brusca le agarraba el pelo de la nuca a su compañero para agarrarlo en un abrazo definitivo, o tal vez para hacerle daño, golpearlo, matarlo. El baile se había convertido en el desafío entre dos amantes que se odiaban y se deseaban.
Y Manuela, enfundada en aquel vestido escarlata de bailaora, se había ilusionado de adueñarse de todo aquello, de poseerlo y hacerlo resonar en su cuerpo, revivir aquella pasión que había dejado en su alma solo una estela enrojecida.
Pero él la había mirado con ternura, le había dicho que estaba muy bonita.
“¿En qué estás pensando?” le preguntó Tommaso.
“En nada, mi amor. Tonterías…”
“¿Nos vamos?” propuso él, metiendo la tarjeta de crédito en la cartera.

En la Plaza Mayor había lugar para cualquiera que quisiese tocar algo de música. Hasta las campanas, cuando ya era noche cerrada, cantaban una melodía alegre. Un grupo de chicos se experimentaban con las canciones de los Gipsy King, mientras una chica improvisaba una imitación de flamenco que solo transmitía la despreocupación de una joven de vacaciones.
En el rincón más escondido de la plaza, protegido por la oscuridad de los pórticos, un anciano músico solitario acariciaba las cuerdas de su guitarra. Acercándose a él, las voces bulliciosas de la plaza se apagaban, en signo de respeto, como al entrar en una iglesia.
Los dedos expertos del guitarrista lograron tocar las cuerdas más secretas del alma de Manuela, justo allá donde se había ocultado lo que ya no podía reencontrar. La chica se sintió agotada y se apoyó a una columna, cerró los ojos para esconder un brillo traicionero y dejó que las franjas del chal, que se le había deslizado del hombro, rozaran el suelo.
Cuando la música terminó, por un momento el silencio fue inmenso. Luego los presentes murmuraron pocas palabras de admiración y abrieron la cartera.
Tommaso sacó un billete de diez euros. “Dáselos tú” le dijo, hablándole como a una niña. Efectivamente, hubiera podido ser su hija. Manuela los tiró avergonzada en la caja abierta de la guitarra. Luego, mientras ya estaba alejándose, se quitó la flor del pelo y volvió atrás.
“Esto, en cambio, se lo regalo yo” le dijo al músico.
El hombre le contestó con una sonrisa cansada en sus ojos grises y no articuló ni una sola palabra.


Silvia Zanetto

Diálogo frente a un cuadro

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Todos me preguntan por qué lo hago, especialmente ahora, que estoy viejo. 

Me crie con las cumbres nevadas en la mirada, el olor a abedules en la brisa fresca de la mañana, así que plantearme esa pregunta es como preguntarle a un niño por qué quiere a su madre. 

Empecé muy joven. Luego, escalada tras escalada, han pasado los años. No sé si hubo un momento en el que me planteé alcanzar los 8000, creo que fue el resultado de un proceso largo cuanto mi vida: la ascensión a una montaña más alta llevaba a una escalada más difícil, cada éxito me empujaba hacia nuevos desafíos, y cada fracaso también: ¿si he llegado hasta aquí -me decía – por qué no puedo ir más allá? 

La edad nunca ha sido un estorbo para mis proyectos: las cumbres más elevadas las escalé después de los sesenta, y no voy a renunciar ahora a conquistar los picos de 8000 que todavía me faltan.

No le tengo miedo a la muerte: a mi edad, esa idea se convierte en algo muy cercano, que se acepta con naturalidad. Pero los que practicamos el alpinismo extremo aprendimos a convivir con ella desde jóvenes, así que no temo a la muerte, porque ya he conocido su cara más de una vez. 

Lo que sí me da miedo es morir enfermo, encerrado en una habitación de hospital saturada de olor a medicamentos, rodeado de batas blancas: una muerte de viejo.

En cambio, concluir mi vida en la montaña, después de escalar mi último 8000, es mi deseo más grande. Y quiero que abandonen mi cuerpo allí, sepultado en la nieve, con mis botas y mi mochila, sin ceremonias, ni flores. 

Que lo dejen en el paraíso que tuve la suerte de conocer aún viviendo: mi montaña. 

Silvia Zanetto

Un día particular

Nací con la primavera, un 20 de marzo de un milenio ya pasado. 

Algunas fotografías en blanco y negro me hacen revivir lo que la memoria ha tachado: un par de coletas con dos copos que imagino azules, mamá y la abuela sentadas cerca de la chimenea y una tarta demasiado grande para celebrar mis cuatro años.  

Un cumpleaños que no celebré fue el de los diez, cuando en la cocina silenciosa el tictac del reloj repiqueteaba el vacío que había dejado la muerte de la tía.

Otro fue el de los 18, cuando alcancé la mayoría de edad enferma en la cama, mientras mis amigas en la escuela se quedaron con el regalo en las manos, una maravillosa azalea que la boba de la bedela me entregó dos días después, antes de que mis amigas llegaran al instituto.

Un día único fue el cumpleaños de los cincuenta: había logrado alcanzar mi propósito, escribir una novela, y lo celebré por todo lo alto. Recuerdo una primavera particular y un mar de flores que casi no lograba llevarme a casa, la luz que caía oblicua de las lámparas de cristal, el brindis, los abrazos y los amigos que escuchaban páginas de mi libro… 

Pero el cumple más especial fue el de 2019: tuve la suerte de que el 20 de marzo fuera un miércoles de Tapañol. Había muchas personas en el bar librería Red Feltrinelli Brera con una copa en la mano, compartiendo con generosidad su propio cuento con amigos de siete países diferentes, todos sentados en la misma mesa.

El de hoy es un cumple de pantallas y de conexiones, con los amigos que me felicitan a través del móvil o del ordenador.

Todavía no sé si va a formar parte de los que celebré o de los que no celebré.

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Silvia Zanetto

Prensa

Sus cuatro hijos le decían que era una mujer aprensiva.

Dolores conocía bien la etimología de la palabra “aprensivo” que, como todos saben, procede de “prensa”. Es decir: cuantos más periódicos uno lee, más se angustia por las noticias alarmantes que se publican y confronta versiones, busca informaciones, hasta quedar completamente confundido.

Todavía más tendría que preocuparse ahora, con eso de la epidemia y todo.

Sin embargo, Dolores estaba tranquila, en su casita en la costa norte de la isla, con sus cuatro perros. Tenían el nombre de sus hijos: Carlos, Manuela, Javier y Clara, porque cada vez que uno de ellos se había ido para siempre de su casa, Dolores había adoptado un nuevo cachorro y le había dado su nombre.

Recibía “El País” cada mañana y lo leía de arriba abajo, sentada entre las flores azules y amarillas de su pequeño jardín que se asomaba al mar. Sabía que en el sur de la isla mil personas estaban en cuarentena en un hotel, por culpa de unos malditos turistas italianos que habían contagiado a los habitantes de ese pequeño paraíso terrenal. Pero ella, ¿por qué tendría que preocuparse? Hacía años que no salía de su pueblo, Buenavista del Norte y, a fin de cuentas, ya había vivido lo suficiente. Sus cuatro hijos de cuatro patas, en la prensa decían que no se podían enfermar, y los demás cuatro… Pues, no era su problema.

Pero hoy Dolores ha leído en la prensa un título agobiante: “Los animales domésticos no pueden transmitir el virus, pero sí pueden enfermar”. Mira a los ojos a sus cuatro amores: “No os preocupéis” les dice con voz tierna y temblorosa. Lee atentamente el artículo hasta el final y entiende que es una falsa alarma.

Y finalmente tira el periódico a la basura.

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Silvia Zanetto

El listo de Amedeo

Había que ser listo, muy listo, para sobrevivir y arreglárselas de alguna manera, durante la primera posguerra en la región italiana de Friuli. Era la zona más que más destrozos había sufrido en el país, la más cercana a la frontera con el Imperio austrohúngaro, donde los cruentos combates y las invasiones habían hecho estragos y multitudes de desesperados hambrientos y harapientos vagaban por las calles.

Amedeo era el segundo de diez hermanos, cuyos nombres empezaban rigurosamente con la letra “A”: la más pequeña era mi abuela, Ada, la mayor era Angelina, la que murió a los 102 años, cuando ya era una viejecita pequeñísima y con una sola pierna. Eran una familia de campesinos, cuyas tierras, como casi todas, se habían deteriorado hasta volverse casi improductivas. Trabajo, había mucho, pero la cosecha era escasa.

Pero Amedeo era joven, había sobrevivido a todo y sentía renacer en su cuerpo y en su espíritu las ganas de vivir: le agradaba sentir la brisa en la cara por la mañana y advertir la fuerza de sus brazos trabajando durante el día, pero, sobre todo, le gustaban las chicas por la noche. Especialmente le encantaba Elisa, por su cintura fina, su piel que se ruborizaba por los piropos, sus manos pequeñas sonrojadas por el frío y por el trabajo. Era rubia y miserable como una cenicienta, sus padres eran más pobres que ratones de sacristía, pero el cielo entero parecía haberse encorvado para refugiarse en el azul de sus ojos.

Teresa, en cambio, tenía el pelo del color de la tierra húmeda, recogido en una trenza gruesa que le caía sobre la espalda hasta la cintura. Su rostro de tez pálida no mostraba emociones, su voz era seca y mandona. Pero Teresa tenía un “tío de América”, que se había mudado a Buenos Aires justo antes que estallara la guerra, y allí había hecho las Américas: ya poseía una pequeña fábrica de tejidos que pensaba ampliar, en la que podría trabajar no solo el padre de Teresa, sino también su futuro yerno…

Amedeo era listo, muy listo, y por un tiempo se las apañó muy bien con las dos novias, sin que la una sospechara de la otra. Al menos, era lo que creía él.

Pero un día las mejillas de Elisa se pusieron más rojas que nunca, y la chica le confesó que estaba embarazada.

“No te preocupes, todo irá bien” intentó tranquilizarla. Pero, mientras le secaba las lágrimas con su pañuelo descolorido, veía evaporarse como un espejismo sus proyectos para una nueva vida en América. Tendría que casarse con Elisa, claro. Se lo imponían las reglas sociales, morales y religiosas, y no solo la paliza que habría recibido por el padre de Elisa si no hubiera asumido sus responsabilidades. Además, Elisa no se merecía que la abandonara con una criaturita. Y, claro, Elisa le gustaba mucho más que Teresa. Quizás estuviera incluso enamorado de ella… En fin, se puso contento al darse cuenta de que la suerte había tomado la decisión en su lugar.

El día después, se presentó delante de Teresa decidido a hablarle con sinceridad.

“Tenemos que poner fin a nuestro noviazgo…” empezó. “No puedo casarme contigo, ni ir contigo y tu familia a Buenos Aires, porque…”

“¿Que no te puedes casar conmigo? ¿Que no vas a ir conmigo a Buenos Aires?” preguntó Teresa poniendo el grito en el cielo. “Te casarás conmigo, queriendo o sin querer. Hay algo que todavía no te he dicho…” empezó, destruyendo por segunda vez en un día todos sus proyectos.

La cuestión era que, aunque la chica no le gustara, Amedeo había conseguido dejar embarazada también a Teresa.

Tendría que casarse con ella, claro. Se lo imponían las reglas sociales, morales y religiosas, y no solo la paliza que habría recibido por el padre de Teresa si no hubiera asumido sus responsabilidades. Pero también estaba claro que no podría casarse con las dos chicas, que palizas en cualquier caso habría recibido dos, y que estaba metido en un lío del que no sabía cómo salir vivo.

“¿No me dirás que prefieres casarte con la pordiosera de Elisa?”

El listo de Amedeo puso los ojos como platos.

“Es que… ella también espera un niño mío…” masculló el chico, preguntándose cómo podía ser que Teresa supiera lo de Elisa.

“Pues claro… la mosquita muerta! Y yo, que creía ser la más astuta… Bueno, si no quieres que nos casemos, yo me voy a tirar a las vías tren. Pero, si sobrevivo, te casarás conmigo” concluyó de forma tajante Teresa.

Y así lo hizo.

El día después en la estación, delante de casi toda la gente del pueblo, se tendió sobre las vías del ferrocarril, aplanándose todo lo que podía – todavía no le había crecido la barriga – y esperó. Nadie intervino, nadie intentó hacerle recapacitar, por lo terca que era. El tren llegó, las ruedas pasaron chirriando sobre los raíles, Teresa no se movió ni un milímetro durante aquel minuto – o quizás era menos – que le pareció larguísimo. Finalmente se levantó, ilesa y triunfante.

Las puertas y las ventanas de la casa de Elisa estaban cerradas a cal y canto, cuando Amedeo y su esposa Teresa tomaron el tren para alcanzar el puerto de Génova y embarcarse hacia Buenos Aires. El padre de Elisa ya se había aclarado con él unos días antes, quizás por eso el novio cojeaba y tenía un moratón en el ojo izquierdo, pero la novia caminaba exultante del brazo del hombre que había conquistado gracias a su propia osadía y al dinero de su tío.

Cuando subieron al barco, el listo de Amedeo ya se había enterado de que Teresa no estaba realmente embarazada, pero se resignó a su destino y al final estuvo contento al darse cuenta de que, otra vez, la suerte había tomado la decisión en su lugar.

Siete meses después, Elisa dio a luz un niñito guapísimo, que todas las hermanas de Amedeo, desde Angelina la mayor hasta Ada la más pequeña, llamaron “sobrino” desde el primer día. Elisa aceptó encantada seguir la tradición de la familia del padre del pequeño, es decir darle un nombre que empezara con la letra “A” y eligió “Alejandro” con jota, para que le recordara que su padre se había ido a Argentina. Sin embargo, el empleado del ayuntamiento, como no sabía español, escribió “Aleandro”, y este fue el nombre con el que lo conocí yo, cincuenta años después.

Amedeo nunca volvió a Italia. Se quedó con Teresa en Buenos Aires y allí tuvo hijos y nietos que los parientes italianos solo vimos en unas pocas fotos. Hasta que vivió mi abuela, mantuvimos una escasa relación epistolar: a veces las cartas no llegaban a Amedeo porque Teresa, que seguía celosa de Elisa, cuando conseguía interceptar una carta desde Italia antes de que Amedeo la viera, la tiraba a la basura sin siquiera mirar quién era el remitente.

Seguramente ahora Amedeo habrá muerto hace muchos años. Con el paso del tiempo, también los que lo habían conocido murieron o se olvidaron de él: el único rastro que quedaba de él era el falso nombre español de su hijo italiano, que quizás haya muerto también.

A lo mejor es por eso que he decidido contar esta historia.


Silvia Zanetto

Sueño amarillo

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

¡Sabina se dejó caer en la silla de mimbre, delante de su casa! El paseo había sido abrumador, bajo el sol primerizo de un verano que prometía ser tórrido. La garganta seca reclamaba un vaso de agua, pero el cansancio le impedía levantarse. Se le cerraban los ojos, cegados por la luz dorada que se difundía por el aire y lo volvía todo amarillo: su sobretodo ligero que yacía abandonado en el respaldo, la acera anaranjada, la pared desconchada, los postigos cerrados para defender la casa del calor. Era una luz irreal que no creaba sombras, sino una paz infinita que se colaba en su cuerpo, iluminaba el ala del sombrerito, los pliegues del vestido blanco recién estrenado y los zapatos nuevos con correas de bailarina.  

Ojalá pudiera dejarse ir, diluirse en la nada azafranada del abandono, perderse en el sueño veraniego del olvido, fueron sus últimos pensamientos antes de caer dormida.

Y Sabina soñó:  soñó con un ave fénix de plumaje inigualable que se posaba en la silla a su lado: tenía cuerpo dorado, reflejos escarlatas en las alas, su cabecita estaba elegantemente inclinada hacia ella.  El ave fénix cantó con su voz maravillosa y Sabina sintió su alma levantarse, bailar una danza amarilla sin reglas y sin perdón. Del ojo izquierdo del ave surgieron lágrimas milagrosas, que el ave fénix le ofreció a la muchacha, y ella las sorbió. 

Cuando Sabina despertó, el ave fénix había desaparecido. Ya no tenía sed, ni sentía cansancio. Como si hubiera resurgido de sus propias cenizas.

Silvia Zanetto

Basura

El antifaz negro no me gusta, pero es necesario.

La peluca, en cambio, oscura con mechones violeta, es de lo más femenino, solo tengo que desgreñar los cabellos. Me ensucio el rostro con el maquillaje: matices de gris, morado, violeta. Pintalabios negro, esmalte negro en las uñas, guantes de red, pero rotos, también negros. Pantalones y camiseta oscuros, bien ajustados. Finalmente me enfundo en una bolsa de residuos color plomizo, ya muy estropeada, y mi disfraz de “Saco de Basura” es perfecto. Nadie me va a reconocer, solo tú.

Oculto en mi bolso nuevo todo lo que tengo que llevarme, y salgo a la calle rebosante de gente disfrazada lanzando confeti, entre la música disonante de los carros de Carnaval, las caras espeluznantes de los muñecos de cartón piedra. Gritos de niños, carcajadas, rostros enmascarados en el alegre estrépito de la fiesta. 

Un payaso con la cara pintada de blanco intenta asustarme. Es falso como el alborozo que inunda la ciudad, como todas estas personas que necesitan disfrazarse de algo diferente para encontrar un simulacro de felicidad.

Yo sola soy real, auténtica en mi dolor de pacotilla, en mi rencor de basura. Solo tú me vas a reconocer, porque eres tú el que me ha tirado a la basura como un trapo sucio. Y yo también te voy a reconocer, porque tú no necesitas un disfraz para ser falso. No tendrás el tiempo para un saludo o una sonrisa hipócrita, porque yo sacaré lo que tengo en el bolso nada más verte: nadie se enterará del golpe, con todo ese ruido, nadie hará caso a una chica disfrazada de saco de basura en medio de ese gentío de máscaras borrachas de alegría, nadie se dará cuenta de tu cuerpo pisoteado por la muchedumbre inconsciente, como si fueras un saco de basura.

Silvia Zanetto

Selva Oscura

Ignoro cómo me encontré por esa selva oscura, ¡tan amarga que es poco más la muerte! 

Tampoco sé si la selva donde me he extraviado yo es más salvaje, áspera y fuerte que aquella en la que se perdió Dante, confundido por el pecado y desesperadamente trastocado por el exilio que le infligieron. Yo también caí en el error,  pero yo me exilié por mí misma. 

Tenía un trabajo, una familia, un hogar… ahora el que fue el jardín de mi casa se ha convertido en una selva de malas hierbas y espinas que cubrirán de envidia mi antigua vivienda durante cien años, como el castillo de la bella durmiente. Pero fui yo la que forjé mi propia envidia.

Quizás la culpa de todo la tuvo la inconsciencia de querer hacerlo todo a mi manera, sin respeto alguno por los demás: la insensatez que me hizo elegir la vía a través de la selva, justo donde Caperucita encontró el lobo. Pero yo ya no era una niña.

O quizás fue el abandono, la locura ingrata del desamor la que me despistó hacía la selva donde Hansel y Gretel fueron atrapados por la bruja.  Pero la madrastra malvada era yo.

Así que a mi grito “Miserere de mí” no va a contestar Virgilio, el maestro predilecto, con aspecto de espectro vagaroso. Ni me va a socorrer un Príncipe Azul de beso redentor, ni un cazador en busca de fieras a las que matar. Yo no saldré al monte, ni encontraré salvación alguna.  

El sol se calla, la poca luz se esfuma a poco a poco. Oigo ruidos en la selva.

Puede que encuentre una pantera, un león y una loba.

La selva está cada vez más oscura.

Silvia Zanetto

Abre tu puerta cerrada

Me llamo Elio, mi hermano se llama Delio. Somos los hermanos gemelos más iguales que se hayan visto bajo el sol. 

De pequeños, distinguir el uno del otro era un verdadero problema para nuestros padres, pero parte de la culpa la tuvieron ellos: nunca se les ocurrió vestirnos con prendas diferentes, incluso tuvieron la descabellada idea de inscribirnos a la misma clase, donde ni la maestra ni los compañeros lograban distinguirnos. 

Recibir expedientes escolares iguales, con iguales notas en todas las asignaturas, se convirtió en una costumbre.  

Un día Delio se hizo daño jugando al fútbol y se quedó cojo por unos días:  fueron los más felices de nuestra vida, porque había algo que nos hacía diferentes. Así que se me ocurrió que podíamos hacer algo voluntariamente para lograr el mismo resultado. Yo le robé el tinte para el pelo a mamá e intenté hacerme pelirrojo, pero ella me descubrió y me empujó la cabeza bajo el grifo.

Delio decidió volverse harapiento: se hizo cortes en los pantalones y en las mangas y se revolcó en el barro antes de entrar en el colegio. Aquel día todos tuvieron claro cuál de los dos era el señorito y cuál el granuja. Pero, nada más salir del cole, mamá le echó una regañina y lo llevó a casa a bañarse. Después, se volvió loca para encontrar otros pantalones y otro suéter iguales a los míos, pero, como no lo consiguió, tiró a la basura también los míos.

Por fin, nos hicimos hombres y pudimos decidir qué hacer de nuestras vidas. 

Por cierto: la tonta de la maestra nunca se enteró de que siempre me interrogaba dos veces a mí en matemáticas, y dos veces a Delio en historia y gramática. Quizás por eso ¡sacábamos siempre las mismas notas, Delio y yo!

Silvia Zanetto

Le figaro

La luz amarilla, el olor a café.

Las voces amontonadas resbalan sobre los cristales de las ventanas. Reflejos de lámparas, chaquetas elegantes, vasos de vidrio, botellas de olvido y de falsa alegría.

No sé por qué me habré puesto este vestido blanco tan corto. 

La señora de la mesa de al lado me observa con aire de reprobación, enfundada en su tailleur de corte perfecto, protegida por su sombrerito azul y fingiendo leer el periódico.

Yo me mordisqueo las uñas, intento esconderme detrás de los mechones de pelo que se me caen en la cara. Desde la puerta llegan oleadas de frío, humo de cigarrillos, ruido de la calle. Ya son las nueve y media y puede que él no venga. 

La botella del agua está vacía, la señora ha dejado definitivamente de leer el periódico y sólo me mira a mí. 

Son las nueve y cuarenta y él ya no vendrá. Mi vestido es demasiado corto, demasiado blanco y quiero irme, pero no me atrevo a cruzar este salón lleno de miradas oblicuas y peinados perfectos.

Son las diez y él no ha venido. Ráfagas de música y de humo, ecos de risas y yo quiero desaparecer… o a lo mejor no, quiero ser otra: quizás una señora enfundada en un tailleur, llevando un sombrerito azul, que mira con reprobación a una chica que se mordisquea las uñas, fingiendo leer “Le Figaro”. 

Silvia Zanetto

Viaje a España 2019 – primer día


(Crónica de un viaje a España, abril – mayo de 2019)

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LEGNANO-MALPENSA-MADRID BARAJAS-CUENCA
25 de abril de 2019, jueves

La verdad es que Davide, mi marido, este año quería ir a Gran Canaria: visitar los pueblos marineros, ir de excursión al Roque Nublo y descansar un poco en la playa.
Fui yo la que quería venir aquí, para visitar las comarcas que todavía no habíamos visto y volver a admirar algunos lugares encantadores que se nos habían quedado en el alma durante los viajes precedentes. Así que ahora estamos en Cuenca, Castilla-La Mancha, ciudad fascinante y declarada Patrimonio de la Humanidad en 1996. Efectivamente, el casco histórico tiene ángel y es de lo más castizo pero…. El cielo está plomizo y -lo peor- hace un frío que pela: es el 25 de abril, pero parece febrero. 

Llegamos por la tarde y damos una vuelta por la ciudad, lo que requiere buenas piernas porque las calles son empinadas y hay un montón de escaleras. Casi de repente, el cielo se abre hacia el oeste y el sol, a punto de ponerse, ilumina los cerros y los barrancos recién bañados por un fuerte aguacero. Un arco iris se dibuja entre los tejados seculares y nos anima a subir hacia la zona del Castillo, para disfrutar del panorama del casco antiguo y de los dos ríos, Júcar y Huécar, que se unen en la parte más baja del valle iluminada por la luz oblicua del astro que nos regala un poco de calor antes de ponerse.

Durante el paseo, encontramos también muchos gatos: algunos más tímidos, otros tan descarados que nos permiten sacarles unas fotos.
Un restaurante típico nos permite probar algunas de las especialidades de la zona. Yo me atrevo poco: es a Davide al que le gusta lanzarse a experimentos gastronómicos. Así que descubrimos el “gazpacho pastor” que, antes de nada, no tiene absolutamente nada que ver con el gazpacho andaluz, la más famosa sopa de verduras fría que tanto se agradece en verano. El “gazpacho pastor” no es una sopa, para empezar, sino un plato a base de pan ázimo con carne de caza y granos de uva para complementar.
Después de la cena, mientras nos castañean los dientes, alargamos el paseo hasta la plaza y la peculiar Catedral gótica que visitaremos mañana. No hay nadie por la calle, todos están encerrados bien calentitos en sus casas y en los pocos bares que todavía están abiertos, así que nosotros también decidimos volver al hotel.
Desde mañana, empezaremos a utilizar nuestro querido cuentapasos.
Temperatura: 8-11 grados.


Silvia Zanetto

Viaje a España 2019 – segundo día


(Crónica de un viaje a España, abril – mayo de 2019)

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CUENCA
26 de abril de 2019, viernes

Es nuestro primer día en Cuenca y nos despertamos con mucha calma. Una primera ojeada a través de las rejas de la ventana (el hotel en que alojamos se encuentra en un antiguo convento) nos permite atisbar un pequeño trocito de cielo azul, pero las pocas personas que vemos en la calle van muy abrigadas… Leo la temperatura: son 3 grados, así que vamos a ponernos encima todo lo que llevamos en la maleta y salimos a visitar el casco histórico. 

Fachada Catedral

La Catedral de Nuestra Señora de Gracia fue el primer edificio que se comenzó a construir tras la reconquista, en el lugar donde se emplazaba la antigua alcazaba musulmana, entre los años 1182 y 1189 (siglo XII) continuando las obras durante todo el siglo XIII. Se considera como la primera catedral gótica realizada en Castilla, pero tuvo varias fases en su edificación, reformas, ampliaciones y variaciones: sobre todo el exterior ha perdido su carácter gótico debido a las innovaciones introducidas durante el Renacimiento. Lo que más llama la atención del turista, sobre todo en los días despejados, son los recortes de cielo azul índigo que se entrevén a través de los arcos ojivales que rematan los portales de al lado.
Entramos, pero tenemos la mala suerte de llegar justo en el momento en que el organista está probando el instrumento para el concierto del sábado siguiente, así que no oímos prácticamente nada de lo que dice la audioguía. Afortunadamente, tenemos un mapa de la catedral con todas las explicaciones… La iglesia es de planta de cruz latina y tiene un ábside poligonal de siete lados. Las vidrieras desaparecidas han sido sustituidas con vitrales abstractos y la verdad es que, a pesar de que yo no aprecio muchos las intervenciones demasiado modernas en los edificios antiguos, tengo que reconocer que, esta vez, los nuevos elementos armonizan perfectamente con el conjunto.

Vidrieras

El triforio es un resto de la estructura normanda original; es el único en España y además la decoración sirve para contrarrestar el empuje de las bóvedas. Merece la pena gastar algunos euros más y subir por la empinada escalera no solo para admirar el interior de la Catedral desde un punto de vista diferente, sino también salir al exterior y observar la plaza desde lo alto.

Triforio

Cuando se habla de Cuenca, se piensa en las famosas “Casas colgadas”. Llamadas también “casas volantes” o casas del Rey, son un conjunto de edificios civiles que se denominan así por poseer una parte de ellas en voladizo, o grandes balcones, sobresaliendo en la alta cornisa rocosa de la hoz del río Huécar. Los únicos tres ejemplos que todavía perduran son “La casa de las sirenas” y las dos “casas de los Reyes” construidas entre los siglos XIII y XV, en las que se ubica el Museo de Arte Abstracto.
Desde la plaza de la Catedral, hay que bajar a la hoz del río Huécar para tener la mejor vista sobre las Casas… pero casi siempre los lugares demasiado renombrados decepcionan y esta no es la excepción que confirma la regla. Para empezar, hay obras, y se sabe que los andamiajes le podrían quitar encanto a cualquier lugar con ángel. Además, a parte del valor histórico, no hay nada en las casas que llame verdaderamente la atención.

CASAS COLGADAS

Lo que realmente me deslumbra es el entorno natural, son las “rondas”- que ofrecen la mejor vista de las hoces de los dos ríos – o sea, las sendas empinadas a lo largo de los barrancos, bordeadas de lirios violeta y de amapolas. Me alegra la vista de las golondrinas que zumban en el cielo azul entre los nubarrones plomizos, y todo el casco antiguo y la estructura misma de la ciudad me fascinan más que este símbolo de la ciudad tan afamado. Así que tomamos una de las rondas y volvemos a subir hacia la parte más alta de la ciudad, la zona del Castillo – aunque en realidad del antiguo castillo del que toma el nombre el barrio solo queda un tramo de muralla – desde la que se goza de una buena vista de la ciudad y nos han dicho que hay buenos restaurantes…

RONDA Y AMAPOLAS

Lamentablemente no tenemos suerte y lo que nos sirven tendría que ser un arroz negro con sepia y calamares, pero en realidad es un plato de sal con un poco de arroz, sepia y calamares…
Por la tarde retomamos el coche y nos dirigimos a la “Ciudad encantada”, un paraje natural de formaciones rocosas calcáreas formadas a lo largo de miles de años, que se encuentra cerca de Valdecabras, en una amplia zona de pinares de la parte meridional de la Serranía de Cuenca y a una altitud de 1500 metros. La acción del agua, del viento y del hielo ha hecho posible este fenómeno natural, y la heterogeneidad de las rocas es lo que ha permitido el desgaste desigual de las mismas por los elementos atmosféricos. El resultado es una serie de esculturas naturales en las que la fantasía popular ha querido reconocer formas de animales (los osos, el perro, la tortuga, la foca) de creaciones humanas (las naves, el convento, el puente romano) y de seres humanos también (la cara del hombre y los amantes de Teruel).
Hace frío, pero no tanto como para que haya hielo en el suelo, así que con nuestras chaquetas de invierno y nuestras botas de montaña estamos suficientemente abrigados. No hay casi nadie y la luz oblicua de la tarde es perfecta para visitar este lugar sorprendente.

CIUDAD ENCANTADA

Volvemos a Cuenca a la puesta del sol y visitamos la Torre Mangana, un edificio que ha sufrido varias remodelaciones a lo largo de su historia: la última, en 1970, le restituyó el carácter fortificado y defensivo que, como parte de la vieja muralla, había tenido en su origen.

Cuentapasos: 17.138 (10,7 kilómetros)
Temperatura 3 -14


Silvia Zanetto

Viaje a España 2019 – tercer día


(Crónica de un viaje a España, abril – mayo de 2019)

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CUENCA – SERRANIA DE CUENCA – ALBARRACIN – CALATAYUD
27 de abril de 2019, sábado

Dejamos nuestro hotel en Cuenca y volvemos hacia la Serranía de Cuenca.
Primera etapa, el mirador del “Ventano del Diablo”, una cueva natural desde la que se pueden ver las hoces del río Júcar en todo su esplendor, en la localidad de Villalba de la Sierra, a unos 35 kilómetros de Cuenca. Según cuenta la leyenda, el Diablo organizaba en este lugar sus ejercicios de brujería y arrojaba al río a todo el que se atrevía a asomarse por las ventanas del mirador, de allí su nombre tan curioso.
El espectáculo desde el mirador es impresionante: el entorno natural de paredes de piedra gris y rosada, los matorrales verde esmeralda, las aves rapaces y los vencejos reales que surcan el cielo azul. Lo que nos sorprende es que un lugar tan salvaje se encuentre en realidad a un centenar de metros desde la carretera y el aparcamiento, donde también hay un quiosco que vende recuerdos.

VENTANO DEL DIABLO

Todavía en la Serranía de Cuenca, hacemos una breve parada en el Mirador y Pantano de Uña y nos dirigimos al nacimiento del río Tajo, en Frías de Albarracín. Parece increíble que el manantial de un río tan importante sea un chorrito de agua que se vierte en un pequeño estanque con el agua en calma, en un entorno muy agradable y tranquilo que parece un perfecto ejemplo de locus amoenus, con bancos, mesas, fuente, espacio para la cocina, donde lo que sorprende es el número tan escaso de turistas, a pesar de que estamos en el fin de semana.
Es interesante el monumento que han erigido en este lugar, con una gran estatua que representa al Tajo y otras tres con sendas alegorías a las provincias de Teruel, Cuenca y Guadalajara: el monumento pretende homenajear a las tres provincias en las que se forja, ya que sólo con el aporte de las tres logra establecerse un cauce propiamente dicho. Teruel se representa con su simbólico “torico”, mientras que la estrella y el cáliz representan a Cuenca y el caballero a Guadalajara. Contempla el grupo escultórico el padre Tajo, una alegoría del río que se representa como un gran titán.

MONUMENTO AL RIO TAJO

Albarracín, en la provincia de Teruel, se merece la mención de uno de los pueblos más bonitos de España: es tan rosa que hasta las farolas son de este color, así como las flores en los jardines, y las piedras con las que se han construido sus edificios. El pueblo está encaramado en un peñón y rodeado por el río Guadalaviar. Por este lado y mirando hacia el río se hallan edificadas las casas colgantes. Dentro del pueblo sus calles son empinadas y estrechas, con rincones muy pintorescos.
Volvemos a esta joya de Aragón después de cinco años, felices de descubrir que nada ha cambiado. Subimos a la muralla medieval que destaca en un cielo azul intenso, volvemos a bajar al pueblo que parece pintado por un pintor impresionista, en el que sobresalen el Alcazar, la Catedral del Salvador y las casas más antiguas, como la de la Julianeta y la Torre de doña Blanca.

ALBARRACIN

Nos cuesta mucho despedirnos de este lugar mágico con el que además nos hemos encariñado mucho, pero todavía nos esperan dos horas de coche hasta llegar a Calatayud, nuestra próxima etapa.
A lo largo del viaje, nos para la Guardia Civil para controlar el carnet de conducir de mi marido, lo que nos sorprende un poco porque, cuando viajamos por Italia, nuestro país, no nos pasa nunca. Pero, como todo está en regla, nos dejan ir enseguida.
En Calatayud nos acoge un hotel muy agradable y de lo más sorprendente – descubriremos después que es lo más interesante de la ciudad: el Hotel “Monasterio Benedectino” es un antiguo convento del siglo XVI rehabilitado en 2004. El restaurante se encuentra donde antes se hallaba la primigenia iglesia y todavía se conservan sus columnas de alabastro de influencia musulmana, que se pueden admirar desde todas las plantas del edificio.
En cambio, la ciudad desprende un aura de dejadez y decadencia: los antiguos palacios señoriales están abandonados y en ruinas, como la mayoría de los edificios históricos que se asoman a la central Plaza de España. Se han demolido algunas casas antiguas, dejando lugar a solares descuidados que los habitantes utilizan como aparcamiento.
El Comité de Patrimonio Mundial de la UNESCO declaró el 14 de diciembre de 2001 Patrimonio de la Humanidad al Arte Mudéjar Aragonés, y efectivamente lo único que destaca en toda esta desolación son las torres campanarias de estilo Mudéjar de las iglesias de Santa María, o sea la Colegiata, y de san Andrés.

TORRE MUDEJAR

La vista de las torres y de unos nidos de cigüeñas en los tejados de las iglesias nos reconcilia con la ciudad… y también la fabulosa cena que nos sirven en el castizo restaurante del hotel.

Cuentapasos: 14.297 (8,57 kilómetros)
Temperatura 6-20 grados


Silvia Zanetto

Viaje a España 2019 – cuarto día


(Crónica de un viaje a España, abril – mayo de 2019)

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CALATAYUD -MONASTERIOS DE PIEDRA Y DE VERUELA- TARAZONA
28 de abril de 2019, domingo

Se puede decir sin lugar a dudas que nuestro recorrido no es de lo más tradicional, ni de lo más turístico, porque recopila lugares que no pudimos ver por falta de tiempo, durante los viajes precedentes, con otros que nos han quedado tan impresos que deseamos volver a verlos. Es el caso del Monasterio de Piedra: visitamos este lugar, un día muy gris y nublado, hace cinco años: era el principio de la estación, así que los árboles estaban todavía despojados de hojas y las cascadas escasas en agua. En cambio, hoy la primavera explota en el azul cobalto del cielo, en el aire tibio y luminoso, en el verde resplandeciente de los castaños indios y en el perfume de sus flores blancas.

PARQUE MONASTERIO DE PIEDRA

El Parque del Monasterio de Piedra se encuentra en Nuévalos, en la provincia de Zaragoza, escondido entre las abruptas sierras del Sistema Ibérico y fue declarado paisaje pintoresco en 1945. Acoge densos bosques de ribera en un ecosistema de gran riqueza biológica, donde se encuentran muchas especies de animales y plantas en un espacio relativamente reducido y gran variedad de árboles gigantescos.
Nada más entrar, la asistenta del fotógrafo, una chica rubia y decidida, me pone un guante en la mano y me entrega un búho, al que me presenta como Juanito, asegurándome de que es muy tranquilo. Antes que tenga el tiempo para decir que no, que los rapaces me asustan, que nunca me he atrevido a tocar uno, el fotógrafo nos saca una serie de fotos que podremos comprar por la tarde.
En la época medieval, época a la que pertenece el Monasterio de Piedra (siglo XII) el arte de la halconería vivió su época más dorada. Entonces, practicarla se convirtió en un signo de nobleza en Europa, y cualquier caballero medieval que se preciase debía conocer las técnicas de la halconería. Por eso, desde la primavera hasta el período otoñal los visitantes pueden disfrutar de una exhibición de vuelo de aves rapaces durante su visita. El encuentro con Juanito me ha hecho audaz, así que atrevo a ver la exhibición desde cerca.
Después de deleitarnos con el precioso entorno, cuya magia contribuyen las rocas, el agua y el trabajo del hombre, visitamos el monasterio cisterciense, que se empezó a construir en 1203 junto al río Piedra y se terminó en 1218, cuando 12 monjes y un abad se establecieron en ello. Pero lo que para mí es de lo más deslumbrante es lo que queda de la iglesia.

IGLESIA

El edificio, de estilo románico tardío (siglo XIII), era de tres naves, transepto y cabecera formada por un ábside principal de planta poligonal y dos parejas de capillas laterales cuadradas.
Pero, como en tantos otros casos, el abandono forzoso de los monjes en la cuarta década del siglo XIX – debido a la desamortización – fue letal para el templo. Las gentes de la zona arrancaron tejas y otros materiales provocando humedades y debilitando la estructura, hasta que la mayor parte de las bóvedas se desplomaron. Por fortuna, se han mantenido en buen estado las correspondientes a la nave meridional y el brazo meridional del transepto.
Pero la verdad es que este templo medio destruido me fascina más que otros de la misma época que siguen en perfecto estado y el recuerdo de las bóvedas de crucero que parecen sostener tramos de cielo despejado me va a acompañar por mucho tiempo…
Después de tanta belleza, la comida es un auténtico desastre, sobre todo para mi marido que pide un plato de calamares que resultan ser congelados y que consigue tragar sólo gracias a una buena cerveza… Pero, ¿Quién nos iba a decir que hoy también nos pararía la Guardia Civil, poco después de irnos de Nuévalos? Esta vez no quieren controlar el carnet de conducir, sino que se trata de un control de alcoholemia. A ninguno de los dos nos había pasado nunca, así que no sabemos cómo se hace; además Davide, que está conduciendo, habla muy poco español, así que no se entiende con el policía, que empieza a hablar en un inglés peor que el mío, mientras a mí se me cae la cara de vergüenza… ¿Qué va a pasar ahora? – me pregunto, pensando en la cerveza. Al final, no sé si por piedad hacia dos turistas extranjeros o porque la botella de cerveza era muy pequeña, esta vez también nos permiten pasar y tenemos el tiempo para visitar, casi a la puesta del sol, el Monasterio de Veruela.

MONASTERIO VERUELA

El documento más antiguo referido a la fundación del Real Monasterio de Santa María de Veruela data de 1146, cuando en la provincia de Zaragoza se levantaron las grandes fundaciones cistercienses, pero las obras de la iglesia se dilataron por más de 250 años, mientras que el nuevo claustro barroco, que nos encanta por sus arcos ojivales y sus hortensias azules y violeta, remonta al siglo XVII.
No sorprende que Veruela, tras la desamortización (1835) se haya convertido en un lugar romántico y “sitio de veraneo” donde los viajeros podían disfrutar de los deslumbrantes parajes naturales del Moncayo. Entre ellos, el poeta Gustavo Adolfo Bécquer y su hermano, el pintor Valeriano. Los frutos artísticos de su estancia fueron una serie de dibujos y acuarelas por Valeriano, mientras que Gustavo Adolfo se inspiró al paisaje del Moncayo para algunas de sus más famosas leyendas, como “El monte de las ánimas”.

TARGA Bécquer

La iglesia abacial es sobria, sin adornos escultóricos vanales, en el espíritu de la orden; se estructura en tres naves cubiertas con crucería simple gótica y una cabecera muy desarrollada.
Dejamos con nostalgia este lugar tan cautivador y retomamos la ruta hacia nuestra pròxima etapa: Tarazona.
Hoy en España es un día muy especial: es día de elecciones, así que pasamos la tarde en la habitación del hotel, viendo en la tele los telediarios y los programas en que se comentan los resultados electorales. Parece ser que el PSOE ha ganado, aunque no está claro para todos con quién va a pactar para formar el nuevo gobierno.

Cuentapasos: 18.136 (10,88 kilómetros)
Temperatura 8 – 24 grados


Silvia Zanetto

Viaje a España 2019 – quinto día


(Crónica de un viaje a España, abril – mayo de 2019)

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TARAZONA – BARDENAS REALES – SADABA – SOS DEL REY CATOLICO
29 de abril de 2019, lunes

Les doy un consejo: no vayan a Tarazona los lunes.
Mejor tampoco el domingo por la tarde, porque todos los restaurantes están cerrados… pero, bueno, esto se puede arreglar: algo para picar siempre se encuentra, pero el lunes por la mañana están cerrados todos los edificios monumentales que la guía aconseja visitar, así que tenemos que conformarnos con dar una vuelta rápida por la ciudad y un paseo por la judería, donde también se alojó G. A. Bécquer, con sus casas colgantes donde viven palomas y golondrinas.
Davide y yo somos los únicos turistas, quizás porque es lunes, lo que nos permite pasear muy ricamente por las calles de esta ciudad. Nos llama la atención la antigua plaza de toros, convertida en una comunidad de viviendas, donde los vecinos cuelgan su ropa tendida, entre la que destacan algunas bragas de talla grande y unas sábanas de color azul turquesa.

PLAZA DE TOROS TARAZONA

Tomamos la carretera en dirección del Parque natural de las Bardenas Reales, en Navarra: más de 40.000 hectáreas declaradas Reserva de la Biosfera por la UNESCO y otro de los lugares que volvemos a visitar después de algunos años.
Las Bardenas Reales son una joya de la naturaleza bastante desconocida y poco aprovechada desde el punto de vista turístico – basta con decir que se entra gratis al parque y también al Centro de Información – pero quizás el número bastante escaso de visitantes contribuya en parte a su encanto salvaje, que muchos lugares preciosos pierden al ser demasiado visitados.
La primera vez que me enteré de su existencia fue por casualidad, hace cinco años, viendo un documental de TVE, que nos permitió incluir esta etapa en nuestros viajes a España.

MAPA BARDENAS REALES

Hoy, vamos a entrar en el parque natural por el ingreso de Arguedas y después saldremos por El Paso, para poder recorrer el trazado llamado “de la Blanca”. En el parque se puede entrar con el coche y aparcar en los lugares más interesantes.
Después del frío de los primeros días, nunca hubiéramos imaginado este calor asesino: el termómetro del coche indica 26 grados, pero parecen muchos más, aunque en este desierto de apariencia lunar no debería sorprendernos. En cualquier caso, yo me maldigo a mí misma por no poner algo más ligero en la maleta. Los pocos turistas que hay llevan pantalones cortos (en cambio nosotros llevamos camisa y vaqueros) y todos son franceses: nos saludan diciendo “Bonjour” y en todos los carteles las informaciones están escritas en español y en francés. Como de costumbre, nada de italianos.
Las Bardenas Reales se suelen dividir en dos grupos: la llamada Bardena Blanca agrupa los paisajes más blancos, de sustrato de yeso y vegetación esteparia. Los bosques de pino carrasco y suelos arcillosos se encuentran en la llamada Bardena Negra.

BARDENAS REALES

En conjunto, las Bardenas Reales dan cobijo a unas 24 aves rapaces (halcón peregrino, águila calzada, buitre leonado…), además de a una avifauna esteparia como la avutarda o la alondra. En el Parque Natural también se encuentran más de 28 especies diferentes de mamíferos, ocho de las cuales corresponden a micromamíferos como la musarañita o el ratón moruno. En las balsas de agua, tanto naturales como artificiales, habitan truchas, barbos, tencas… mientras que a su alrededor tritones y ranas conviven con multitud de reptiles.
Por fin, podemos descansar un poco tirándonos a una pradera llena de margaritas a la sombra del castillo de Sádaba, en la comarca de las Cinco Villas, en Aragón.

CASTILLO DE SADABA

El castillo es de estilo bajomedieval con decoraciones cistercienses del siglo XIII. Pero por segunda vez no tenemos suerte y no podemos ver su interior, que se puede visitar solo un par de tardes por semana. Pero no es para tanto: estamos tan cansados que agradecemos la ocasión para tirarnos a una pradera llena de margaritas a la sombra del castillo, acompañados por un caballo blanco.
La capital de las Cinco Villas es nuestra próxima etapa, Sos del Rey Católico, al noroeste de la provincia de Zaragoza. En el año 1452, en plena Guerra Civil de Navarra, la reina Juana Enríquez se desplazó a la entonces llamada «Sos» a secas, donde dio a luz al infante Fernando que luego se convertiría en Fernando el Católico. Ese nacimiento añadió la coletilla de «del Rey Católico» al nombre de la población.
Llegamos por la tarde y subimos a la torre justo a tiempo para la puesta del sol: el pueblo a las ocho de la tarde está casi desierto, a pesar del encanto especial que le otorga la luz oblicua del atardecer.
Cenamos en el restaurante del hotel, donde nos vamos a quedar por dos noches.

Cuentapasos: 17.203 (10,2 kilómetros )
Temperatura 9 – 26 grados


Silvia Zanetto

Viaje a España 2019 – sexto día


(Crónica de un viaje a España, abril – mayo de 2019)

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SOS – SANGUESA – JAVIER – SOS
30 de abril de 2019, martes

Nuestra habitación en Sos del Rey Católico está en la sexta planta. En la séptima viven las golondrinas, así que por la mañana al asomarnos a la ventana tenemos la sorpresa de verlas danzar a nuestro alrededor y observarlas de cerca como nunca hemos podido.
Hoy volvemos otra vez a Navarra para visitar Sangüesa y me doy cuenta de inmediato de que los sangüesinos, son unos bromistas:

Te invitan a visitar el interior de iglesias y palacios para gozar de sus maravillas artísticas, pero casi todos están cerrados, desde San Salvador, que según me explican en la Oficina de Turismo está cerrada desde años, hasta la Iglesia de Santiago.
Afortunadamente podemos visitar el convento y el claustro de San Francisco de Asís, abierto solo para la misa y la media hora después, y la Iglesia de Santa María la Real, cuya fundación remonta al siglo XIII, como etapa importante del Camino de Santiago. Situada junto al puente sobre el río Aragón, tuvo también una función defensiva.
Lo más interesante es la portada románica que representa la lucha entre el bien y el mal y contiene hasta 300 imágenes.

PORTADA S.MARIA

Saco fotos, recopilo folletos en las oficinas de turismo, donde me plantean más preguntas de las que les hago yo a ellos – pero… ¿tan singulares somos los italianos por aquí? – pero sobre todo tomo apuntes: parezco uno de aquellos viajeros del siglo XIX, siempre llevando un cuadernillo en el bolso para tomar notas, en contra de la costumbre de nuestro siglo de pasarse el tiempo con la mirada fija en el móvil…
Por la tarde visitamos el Castillo de Javier, donde en 1541 nació San Francisco Javier, patrono de Navarra y de las misiones católicas, importante misionero en India y en Extremo Oriente.

CASTILLO DE JAVIER

El castillo nació en el siglo X y al principio solo fue una torre de vigilancia para defender el valle del río Aragón. Con los años el recinto se reforzó y en el siglo XIV ya era un verdadero castillo. La Basílica se añadió en 1901 tras la restauración del castillo.
Al límite entre Navarra y Aragón se encuentra nuestra nueva etapa: el Monasterio de Leyre, al que se asciende a través de una pintoresca carretera. El enclave pirenáico nos acoge con bosques de hayas, pinos, robles y carrascales, con los cuales hace perfectamente juego el conjunto medieval, cuyos orígenes remontan al siglo IX. La mayoría de los edificios que permanecen ahora son de los siglos XI y XII. Lo que más destaca es la cripta, que se considera el monumento pionero del románico hispánico occidental: nos entregan una llave para entrar, después de pagar cinco euros como fianza) y podemos visitarla a solas, encerrados en ella.
De la iglesia, lo que resalta es el portal, llamado la Porta Speciosa, del siglo XII.

MONASTERIO DE LEYRE

CRIPTA

El viento despeina a los pinos y los abedules, y también a mí, que estoy intentando escribir sentada en un banco al aire libre, contemplando la naturaleza, mientras la brisa me gira las páginas…
Al volver a Sos, por la tarde, podemos visitar el Palacio de Sada, donde nació el 10 de marzo de 1452 el rey que pasó a la historia como Fernando el Católico.
El palacio, que data del final del siglo XV, fue vivienda de la familia nobiliaria de los Sada y la casa
donde fue acogida doña Juana, para dar a luz al futuro monarca, por expreso deseo de la reina, que quería que su hijo naciera en tierras aragonesas.
Actualmente se ha convertido en Centro de Interpretación de la figura de Fernando II de Aragón.

Cuentapasos: 18.085 (km 10,85)
Temperatura 10-23 grados


Silvia Zanetto

Viaje a España 2019 – septimo día


(Crónica de un viaje a España, abril – mayo de 2019)

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SOS – PUENTE LA REINA – ESTELLA LIZARRA – S.DOMINGO DE LA CALZADA
1 de mayo de 2019, miércoles

Me cuesta desprenderme de Sos, de sus calles empinadas, del entorno natural y sobre todo de los vecinos de arriba: las golondrinas.
Pero la próxima etapa es uno de los lugares más emblemáticos del Camino de Santiago, el punto donde se encuentran el Camino de Navarra y el Camino de Aragón: Puente la Reina(Gares) . La ciudad debe su nombre a su monumento símbolo, el Puente Románico del siglo XI, construido para facilitar el paso del peregrinaje, por orden de una reina, doña Mayor o quizás doña Estefanía.

PUENTE LA REINA

La emoción de tocar con mis manos y pisar bajo mis pies esta piedra antigua por donde han pasado millones de peregrinos a lo largo de los siglos me acelera los latidos del corazón.
Y mientras admiramos el puente desde todos los lados, encontramos a un peregrino: un anciano señor muy simpático de Friburgo que nos pide que le saquemos una foto, así que entablamos una conversación hablando un mixto de italiano y de español: nos cuenta que recorre una parte del Camino cada año por tres semanas, siempre solo, y que esta vez ha empezado por Roncesvalles.
La Iglesia del Crucifijo desde el exterior parece una comunidad de vecinos… pájaros, por la gran cantidad de nidos que la ocupan: bajo los tejados podemos ver las golondrinas, sobre los tejados gorriones y palomas y en el “ático”, o sea en la torre del campanario, el nido de una cigüeña que al principio nos enseña el trasero, pero al final cede a nuestras plegarias y se deja sacar una foto. En el interior se puede admirar el Crucifijo, una hermosa talla gótica que, según la leyenda, fue donada a la iglesia por unos peregrinos alemanes que la habían llevado a cuestas durante toda su peregrinación.

AVES

IGLESIA

Terminamos nuestra visita a Puente la Reina con una comida rápida y bastante barata en uno de los bares-restaurantes frecuentados por peregrinos y turistas. Encontramos la sidra asturiana, que probamos por primera vez la primavera pasada en Oviedo, y tenemos la descabellada idea de beberla, aunque es de mediodía, así que cuando llegamos a Estella Lizarra me siento bastante aturdida y con dolor de cabeza. Además, hace sol y calor. Estella se extiende a orillas del río Ega; una parte de la villa, el Barrio de San Pedro de la Rua, que coincide en buena medida con el Camino de Santiago, ha sido declarada monumento nacional. Lamentablemente, podemos visitar solo el exterior la Iglesia de san Pedro, el Palacio de los Reyes de Aragón y la Iglesia de san Miguel, porque todos los edificios históricos están cerrados. Quizás sea la sidra que bebí lo que altera mis impresiones, pero en las calles y las plazas de la villa reina una sensación de pereza y somnolencia festiva, las tiendas están cerradas por descanso y algunas cerradas definitivamente.
Cruzamos el Puente de la Cárcel junto a algunos peregrinos fatigados que caminan con chanclas y volvemos al coche.

ESTELLA LIZARRA

Llegamos a Santo Domingo de la Calzada, nuestra penúltima etapa, a las seis de la tarde y vamos al hotel.

Cuentapasos: 13.756 (km8,5)
Temperatura 11-24 grados


Silvia Zanetto