
Fue la noche en la que decidimos casarnos.
El aire no demasiado frío y los árboles al lado de las calles, que todavía tenían algunas hojas rojas y marrones, nos invitaban a gozar de los últimos recortes del otoño, paseando por nuestra ciudad.
Caminábamos tomándonos de las manos, pero sin mirarnos, observando el suelo para encontrar las palabras.
Luego, entramos en aquel bar.
Y ella llegó: piernas largas, seguras sobre los tacones altos, que se vislumbraban a través de un abrigo verde muy elegante, un sombrero color naranja, el maquillaje perfecto. Se sentó sola al lado de una mesa, muy cerca de nosotros.
Pasó una decena de minutos antes de que el camarero se le acercara: -¿Espera a alguien, señorita, o quiere pedir?
No oímos la respuesta, pero después de un par de minutos vimos el camarero que volvía llevando con desenvoltura profesional una bandeja con una taza de café. Una sola.
– ¿Todo bien señorita? ¿Desea algo más?
-Quizás después- contestó la chica.
El camarero sonrió, casi tímidamente, luego le trajo el azúcar.
– Ya está oscuro afuera, ¿verdad, señorita? Casi estamos en invierno…
-Ya…- murmuró ella, golpeteando la mesita con sus dedos. Luego lo miró con triste gratitud.
El hombre se quedó unos minutos, charlando de cosas insignificantes. La chica le contestaba. Luego, otro cliente lo llamó y él se fue.
Ella acabó de beber su café, y siguió mirando la taza.
Una niña gitana entró en el bar. En sus manos tenía un ramo de rosas rojas, las que nadie compra nunca. Se acercó a la señorita:
-¿Quieres una flor?
-Sí, gracias… ¿Cuánto cuesta?»
– Para ti no cuesta nada. Te la regalo, porque eres linda.
Ella se levantó y abrazó a la niña, que retrocedió, un poco acobardada. Pero luego sonrió, cuando la vio abrir su billetera para darle una generosa propina.
-Siéntate conmigo un rato. ¿Cómo te llamas?- le estaba preguntando.
Pero nosotros nos fuimos y nos olvidamos de ella.
Fue aquella noche cuando decidimos casarnos.
Silvia Zanetto

