Coquetería

¿Podemos considerar a los hombres coquetos? Pues cumplimos con informarles que la coquetería no es exclusiva de la mujer, el hombre también la practica y no nos imaginamos cuánto, en nuestras sociedades latinas y profundamente machistas un gesto de coquetería de un hombre es interpretado de otra forma, se tilda de homosexualidad, situación ésta que no lo es, el hecho de vestirse bien, estar arreglado, usar un buen perfume en un hombre nos da indicios de que en verdad es coqueto.

En mis años de mozo de estudiante de bachillerato reconozco que fui un adolescente coqueto; mi madre se encargaba de que fuera al liceo con la camisa impecablemente planchada y almidonada, pantalón planchado, una buena colonia, corte de cabello a la moda, todo esto aunado a la edad alborotaba las hormonas entre las jóvenes y causaba la admiración.

Siempre hemos sido coquetos, hombres y mujeres, no solamente con la ropa y la forma de comportarse, había otra situación donde se podía demostrar la coquetería y era mediante el baile, ser un o una buena bailarina de jóvenes era muy importante. Ser un deportista medianamente destacado servía y sirve para demostrar la coquetería, el hablar bien, ser culto o culta ayuda de igual forma a la coquetería masculina o femenina.

Gilberto Díaz

¡New York New York!!!

Era una clara mañana de junio, 1972. El avión estaba a punto de despegar. Mi corazón latía enloquecido. Un sueño estaba a punto de hacerse realidad. ¡Quince días, sola, en un hotel en Manhattan!

El viaje era largo, pero pronto fui adoptada por un grupo de romanos divertidos y ruidosos que no sabían una palabra de inglés. Prácticamente me secuestraron. Pasé con ellos lo que quedaba de mi primer día en N.Y haciendo “shopping” compulsivo.

En mi segundo día tenía una cita en la 5° Avenue a la oficina de la KLM donde Alan, el director, gran amigo de Gabriel, ya me estaba esperando. Me recibió con gran afecto y me invitó a almorzar.

Era mediodía cuando ingresamos al “Playboy Club” y de repente fue medianoche. Nos sentamos en un “separé”. Pronto llegó una camarera. ¡Que Dios me perdone llamar ‘camarera’ a una visión así! Apareció una “conejita” de casi dos metros, vestía un “body” negro hecho para valorizar sus abundantes tetas, piernas largas y perfectas, dos orejas blancas y negras y una colita blanca como una bolita de nieve, pero de pelo suave. De la comida no tengo recuerdos.  Por cierto, lo que bebí no era sólo zumo de naranja. Pasé lo que quedaba de mi segundo día en N.Y. durmiendo.

Me desperté muy temprano, con un ligero dolor de cabeza, pero con una emocionante alegría. ¡I am coming, N.Y! Era una linda mañana, la ciudad empezaba a despertarse. Caminé durante horas, gozando de todo lo que me rodeaba. Me parecía estar viviendo en una película de Woody Allen. Llegué a Washington Square. Me senté al borde de la fuente para seguir leyendo mi guía turística. 

De repente, llevada por una misteriosa atracción levanté los ojos y lo vi. Estaba a unos 100 metros de mí. Avanzaba suavemente, como mi gato Arturo cuando intenta cazar una lagartija.

Alto, delgado, piel color…. Nutella, barba corta y bigotes. Vestía una camisa violeta de satén brillante ajustada como sus vaqueros, en la cabeza tenía un sombrero negro.

Mecánicamente, quitándome las gafas de sol, pasé la lengua por mis labios esperando tener aún un rastro de mi pintalabios. Intenté exhibir mi mirada encantadora, que normalmente no funciona, pero esta vez sí.

Me sonrió y me preguntó si podía sentarse a mi lado. (Yo me sentí como una copa de helado de nata bajo el sol del desierto). Hablamos un largo rato intentando descubrir algo sobre la vida del otro. De mi vida no tenía nada interesante que contar, pero él sí, mucho. Me dijo que era militar y que a la mañana siguiente un avión lo llevaría a Alemania porque desde el momento de su rechazo a ir a Vietnam su vida era una incógnita.  No estaba preocupado. Parecía que no le importase un bledo su futuro. Estaba orgulloso de su decisión.

Paseamos, reímos, comimos “Hot dogs” tumbados sobre el césped de “Central Park”, cenamos en un pequeño restaurante italiano, bebimos vino tinto y tomándonos por la mano, era ya de noche cuando llegamos a mi hotel.  Nos besamos. Fue un beso sin ayer, sin hoy, sin mamana. Un beso sin futuro. Un beso para toda la vida.

—¿Quieres subir un rato? — pregunté yo mirando sus ojos de regaliz – Aquí me paro porque como dijo el Poeta “la luz del entendimiento me hace ser muy cometida”.

Me desperté que ya era mediodía.  No tenía gana de levantarme.  Seguía dando vueltas en las sabanas en búsqueda de aquel olor de chocolate y avellanas.

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Iris Menegoz

Mayo

Siempre había pensado que uno debe habitar los recuerdos como si cada uno de ellos fuera una casa, una casa que puedes recorrer cada vez que deseas y en donde puedes cambiar los muebles, las alfombras y hasta las tazas y sus colores pero, en este caso ella recorrió  ese trocito de tiempo, paso a paso y sin mover nada. Hoy el recuerdo que la mantenía entretenida no podía cambiar, ese momento de su vida fue perfecto. Hoy el verbo pasado se quedó suspendido por un segundo en su piel, aquel momento lo repetiría con todos sus detalles, sin mover un ápice, ni siquiera aquel viento que la despeinó, sí, ese instante lleno de mar, volvería a ser igual. 

El sur tenía sol y playas con arena dorada. Ella había nacido allí y Jean había llegado con sus padres cuando tenía cinco años. Aquella mañana resulto poco apacible, el viento se sentó delante de su casa, igual que él, Jean que lo hacía cada día para ir juntos al instituto, esa mañana, él se había retrasado como las pequeñas garzas blancas, rezagadas en su recorrido hacía África. Estaba apoyada en la pared de la iglesia, esperándolo, la falda alborotada por el viento enseñaba sus muslos morenos, se desabrochó los dos botones superiores de la camisa, la brisa, aunque fuerte, era cálida, y lucia el sol, mientras se quitaba el pelo de la cara vio cómo había alguien mirándola, era él, había llegado. Aquel sol de mayo prendió, era la respuesta a un estímulo. Se acercó a Jean como lo había hecho siempre y se sentó en el muro blanco, ya el viento había enseñado sus muslos, por lo tanto, él, cómplice,  le guiño un ojo, lo vio como nunca antes ¡sus ojos eran de color caramelo! sintió su mirada. Unos ojos visitando a otros ojos, el instante tan solo duró una eternidad dentro de un segundo. Él toco su mano suavemente y comenzó la acuarela que nunca descolgó.

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Blanca Quesada

La desconocida

En una fría noche de invierno, Carlos había decidido dar una vuelta a la manzana. No podía conciliar el sueño, Tenía que pasear para quitarse esa mujer de su cabeza. La conoció en el bar donde solía ir sobre las ocho de la mañana para desayunar. Nunca saludaba al entrar. Siempre llevaba zapatos de tacones altos, que la obligaban a moverse de una forma sensual. Unos pantalones ajustados envolvían sus piernas perfectas. El pelo largo le caía por la espalda balanceándose suavemente a cada paso, sus labios pintados de rojo acentuaban su palidez. La mirada provocadora, la sonrisa casi de superioridad, de desafío. A penas la conocía pero estaba atrapado dentro de un deseo muy fuerte. Mientras seguía paseando por el barrio, pasando varias veces por la misma acera, una pequeña luz se encendió iluminando un poco la oscuridad. Una mujer estaba de pie detrás de la ventana. Llevaba una enagua de color amarillo. Parecía ella. De pronto la luz se apagó ¿Una broma de sus ojos? Sí, pero probablemente no. Miró de nuevo, la luz seguía encendiéndose y apagándose, dejándolo todo oscuro otra vez. Pensó entonces que esta mujer coqueteaba como si fuera una luciérnaga hembra iluminándose y apagándose en una noche cálida para atraer y confundir a los machos. El cortejo luminoso no podía continuar, era molesto. Entonces mientras la luz se apagaba se dio la vuelta y se fue.

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Raffaella Bolletti

Los coquet@s

Soy coqueta y ya está
Una hermosa blusa colombiana
Dos ojos como perlas negras
Soy coqueta y basta
Soy coqueto y ya está
El pelo abundante y fornido
Una corbata Marinella
Soy coqueto y basta
Soy coqueta y ya está
Una sonrisa leonina 
Una rosa entre los dientes
Soy coqueta y basta
Soy coqueta y ya está
Una jovencita argentada
Labial rojo puro y elegancia 
Soy coqueta y basta
 
No soy coqueta y ya está
Dos esmeraldas sonrientes
El pelo corto despeinado
Soy tu mujer y basta
Jean Claude Fonder

Aquella luz

Se tiró a la arena tibia, jadeando.

Ya estaba lejos: podía descansar. Sentía los granitos de arena en su mejilla, húmedos, punzantes. Le costó un esfuerzo descomunal mover el brazo derecho y arrastrar la mano para protegerse un poco la cara, pero el ademán se quedó a mitad, la mano torcida en una posición afectada.

Aquella luz.

Aquella gente.

Poco a poco su respiración se hizo más lenta, y Adela consiguió levantarse un poco. Se quitó la arena de la cara, el aire salobre le acarició la piel.

A lo mejor, había sido un sueño, una pesadilla.

O un espejismo.

Allí, en la playa, todo era igual que siempre: el rítmico meneo de las olas, la enérgica vitalidad de las gaviotas, la brisa suave que siempre la acompañaba en sus paseos matinales. Poco más allá, la casita donde desde hacía años veraneaba con su marido, las adelfas con sus flores rosadas y carmín. 

Aquella luz cegadora.

Aquella gente inmóvil, como hechizada.

Adela consiguió ponerse de pie. No estaba acostumbrada a correr tanto, ni tan rápido: había dejado de jadear, pero ahora sentía en las piernas un dolor sordo y continuo. 

Quizás Francisco ya estuviera en el jardín, cuidando de las plantas y esperándola. Mejor no decirle nada, la habría tomado por loca. O por tonta. 

— ¿Cómo ha sido tu paseo? —le preguntaría su marido como todas las mañanas.

— Muy tranquilo y agradable —le contestaría Adela como todas las mañanas.

Empezó a caminar pausadamente hacía la casita. Tenía que haber sido un sueño, un espejismo. Una broma de mal gusto de sus nervios afectados.

Aquella luz cada vez más intensa, cegadora, hipnotizadora.

Aquella gente inmóvil, cada uno sentado en su silla, sin decir una palabra, como hechizados.

No podía decírselo a Francisco: no era explicable, no era racional. No podía relatarlo a un hombre que solía interpretar cada cosa con una precisión lógica y matemática. 

No le diría nada, intentaría buscar una explicación por su cuenta o a lo mejor simplemente olvidarlo, volver a su vida como si nada. 

En fin, no había sido nada: Adela se había tapado los ojos con las manos, había huido sin ceder a la tentación de sentarse en una silla libre y dejarse hechizar, había corrido hasta agotarse y se había desmoronado en la playa. Y ahora volvía a la casita. Nada más.

Se preguntó si sabría ocultarle a Francisco el temblor de los labios, el rubor de la mejilla derecha rasgada por la arena, si sería capaz de esconder los ojos hinchados por las lágrimas… por que sí, ahora se daba cuenta de que estaba llorando. 

Se desplomó en la playa otra vez.

Aquella luz inesperada, repentina, cada vez más intensa y cegadora, aquella luz hipnotizadora que Adela había sabido evitar. 

Aquella gente, estatuas vivientes, cada uno sentado en su silla, mudos, con las miradas fijas hacia el intolerable fulgor al que se rendían, quietos y fríos, ya sin voluntad. 

Unas horas después, Francisco encontró a Adela tumbada en la playa, los ojos hinchados, la mejilla derecha ruborizada, rascada por la arena.

 

Silvia Zanetto