Círculo

Hay tantas miradas desde las que uno puede observar; el panadero, la vecina y su perrito, el señor de la esquina, la peluquera, la maestra, la profesora de cocina. Todas ellas son personas que viven en un mundo exterior, en un mundo con los otros, donde, aunque no quieran, ven el recorrido de los demás y el mío, ven el camino que voy trazando a mí alrededor. 

Ellos tienen una mirada con la que ver; un circulo que lo matiza todo, que lo parcela en redondo, burbujas de aire sin esquinas, sin recovecos donde esconder lo que ni siquiera pueden ver.  Un mundo perfecto donde la vida es amanecer y anochecer con sus tranquilos y relajados quehaceres diarios, mañana, tarde y noche y al día siguiente comenzar otra vez. 

Yo tengo esquinas y las escribiría con z porque son tan escabrosas, variadas y llenas de sorpresas, mi vida entera sin esperarlo se ha dado la vuelta más de una vez y hay que comenzar por decisión propia,  por decisión de los demás y los motivos son la mayoría de las veces  por falta de aire, de tranquilidad, de confianza, de seguridad y por exceso de actividad, inquietud, curiosidad o simplemente hay nubes más allá de la oscuridad.

Ahora, de pronto aparece alguien que se escribe con una sencilla s de serenidad y me doy cuenta de que llego a mis esquinas con el alma tranquila, segura, haciendo que mi vida sea como las demás; un círculo perfecto. Una vida redonda llena de flores en las ventanas y de felicidad. Mañana, tarde y noche y otra vez a comenzar.

A Sergio. 

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Blanca Quesada

German

Nieve (primera parte) https://wp.me/scDIqM-nieve

Él no se dio cuenta de que yo, Nieves, recogí la taza. Él con la boca abierta, pasmado, me miró, lo vi mientras me  levantaba de la mesita, donde me interrogaron de forma informal,  Él vio mis muslos, mi pelo rojo recogido en un moño alto y admiró, como siempre, mis incontables pecas. 

Germán decía que mis ojos eran de un azul imposible y yo siempre me reí, ahora sabía que lo que me parecía imposible había sucedido. Dios me había castigado.

No le había cambiado el pañal y me justificaba, intentando callar mi conciencia, diciéndome que despertarlo era molestarlo pero sabía que asearlo bien, tenerlo seco y realizar los cambios de postura en la cama evitaba las dolorosas escaras o pústulas que olían a cloaca, tan odiosas para ellos, para todos.  Ya nunca más podría hacer nada. Don Jaime había muerto solo y por mi culpa.

Germán me había preguntado si no estaba harta de este trabajo tan duro y yo le contesté

—Estoy harta de mi marido y de los chicos que dan mucho trabajo y no me gusta planchar, ahora a mi marido le ha dado por apuntarse al golf, dice que así conseguirá más clientes.

—Imaginación no le falta a Rosales, ya se le veía desde la escuela a mi compañero de pupitre, Andrés Rosales, “el que la sigue la consigue” decía ¡tú ya lo sabes! mucho tiempo estuvo detrás de ti y mira: casada  con él y con dos hombres. 

—Calzoncillos para lavar por triplicado tengo ahora. —le contesté.

Germán aquella noche estaba hablador y yo también. Mi hermana me había entregado una carta que saqué del bolsillo y le leí.

—Mira la respuesta de mi hermana a una pregunta que le hice hace un año:

Me preguntaste una vez por qué me fui a vivir con él. Nieves, hermana, esta es mi respuesta: 

“Me besó con toda su alma, me amó con todo su ser y lo sé. 

Nadie me dijo tantas palabras bellas, ni me besó con tanta devoción, nadie me amó hasta abrazarme el corazón.  

Me amó y lo amé”

—Qué bonito y que buena respuesta, qué lista es tu familia, sobretodo  tus hijos, con sus carreras ya terminadas. Eso es porque salieron a ti ¡Anda que no hay cubo que te recoja la baba! — me dijo. Nos reímos a carcajadas. — Cállate que vamos a despertar a los que están dormidos. Don Jaime está enfermo, lo voy a dejar descansar en la habitación 303.

—Buenas noches Nieves ¡hasta mañana bonita!

—Buenas noches Germán.

Escuchó que los pasos de él regresaban

— ¿Se te olvido algo? 

—Sí, una pregunta ¿y a ti quién te ha abrazado así? 

—A mí, a mí así me abraza el mar Germán, el mar.

Los dos estaban de pie, solos en la sala de enfermería, en el office.

Se acercó a mí y me dio dos besos frescos y llenos de esa lentitud dulce que me encantó, la suavidad lenta escarpaba mi cuerpo, sentí como me elevaba.

Mi mirada buscaba sus ojos y mis pechos crecían. German estaba frente a mí y acarició mi cabeza y se enredó en mi pelo rojo mientras sus ojos sonreían y me beso una, dos y mil veces, bajando por el cuello hasta mis hombros, el que más me había dolido durante el día era el derecho, pensé. El dolor ya no estaba.  

Había soñado tantas veces con esto, sentí cómo él se acercó a mi cadera despacio y llego hasta mis nalgas y mientras saboreaba mi espacio más secreto, acariciaba mi pecho pequeño para la palma de su mano con un pezón grande y erguido, sentí de pronto un cuerpo que no era el mío, era más alta, más guapa y él me miraba sin cansarse. De la mesa pasamos al suelo, resbalamos y no dejamos de besarnos. Él me abrazaba con fuerza, me sentía segura, sentía que jamás me caería y destrozamos para siempre la amistad de más de veinte años sobre una blanca sábana de hospital, suavemente colocada en un suelo frío que se agradecía en aquel verano tan recio donde a pesar de todo corría el agua. Sentí entonces la serenidad de mi alma mientras inhalaba el frescor del rocío de la mañana.

Después descubrí a don Jaime, como lo llamé siempre, a las ocho, un  agosto  cualquiera porque este año se me olvidó, ya él no cumpliría ninguno más. No dejo de llorar, me siento tan culpable, mala, fría y dura en algunos momentos y en otro  frágil como una hoja arrastrada por el viento. 

Había ocurrido por mi culpa, estaba ausente.  La noche anterior fue una ola de seis metros que atravesó el océano completo y me dejo una estela infinita.

Sentí como si yo le hubiese clavado el bisturí, sentí que no podía caminar, no podía dejar de llorar por él y por mí, por mi vida entera. Pese a todos mis esfuerzos, los días habían sido mañana, tarde y noche y de nuevo, otra vez, lo mismo, mañana tarde y noche, la vida se había convertido en días iguales en los que olvidar era un propósito, hasta ayer.

Había muerto, la muerte de él, la muerte de don Jaime también acercó mi muerte; la certeza de que la única ocasión de vivir es ahora. Don Jaime, mi anciano preferido había muerto mientras yo aproveché un momento lleno de besos, un solo ahora de los millones que contiene una vida. Me levanté y me  fui con la taza en mi mano a recoger el tiempo.

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Blanca Quesada

Nieve

Su nombre es nieve, se forma cuando la temperatura es menor de cero grados y el vapor de la atmosfera comienza a caer en forma de pequeños cristales de hielo. Su nombre es como ella, cae lentamente, de forma suave como una hoja, pero en este caso es un cristal transparente con una forma matemática precisa. Diría que a mí amiga Nieves, su característica más evidente es estar en las nubes como su nombre y como la nieve cae hasta llenar el jardín. Ella aterriza en la realidad, primero se transforma en suaves montañitas de algodón y poco a poco se convierten en el más duro hielo. Lo que era blando y suave se convierte en algo duro y frío, después llega el agua que corre libre y se mezcla con la tierra y se hunde hasta llegar al fondo, hasta ahuecar la piedra y entonces hueles el fango.

Ella es como su nombre indica es agua congelada que cuando toca la tierra se convierte en polvo blando y blanco; su voz rezuma dulzura, cuando habla es la flor más suave acariciando tu piel, la voz de una madre que arrulla a su niño recién nacido. 

Mecida por la brisa llega como agua que se desmadejaba plácidamente en su lago. Mi querida Nieves era Nieve.

Podría decirse que ella puede estar en estado gaseoso, líquido o sólido, en algunos momentos parece ligera como el agua que corre por un río, en estado de sublimación como el perfume de una rosa o en el estado más duro posible, pienso que es debido a su ánimo; variable como el viento.

Aquella noche la taza cayó al vacío sin ninguna sustancia. Se levantó despacio con ella en la mano, no se había roto, estaba entera, como ella.

Mi Nieves había nacido en un pueblo seco y caliente, en Orsola, Lanzarote, un pueblo donde el horizonte es el Atlántico, lleno de calima seis veces al año. El nombre de esta mujer procede de las ganas que tenían sus padres de sentir el frío que produce la nieve y de su fruto: el agua, el agua que sirve para regar los campos. 

Es una sencilla auxiliar de enfermería con turno de noche, un turno elegido voluntariamente, en el geriátrico más antiguo que tiene la isla. El nocturno es el más descansado, los ancianos están bien atendidos. Durante el día no se para, pero por las noches este lugar es un remanso de paz, descansa allí de su marido y de los dos hijos, a los que tiene que atender.  “Calzoncillos blancos por triplicado “ lo peor que le podía suceder le paso a nievitas; decía mi madre.  En este centro estaban los viejos más ricos, los conocidos señoritos de siempre y ella sabía cómo tratarlos, su sonrisa suave y su voz serena los convencía y a ella hacía realmente lo que tenía que hacer sin demasiado esfuerzo hasta que amaneció don Jaime con un bisturí clavado en la carótida, ella lo había encontrado, se sintió culpable, no había hecho los cambios posturales como era debido, no le había ofrecido la lechita de la noche. No había hecho su trabajo, o al menos, no lo había hecho bien, no lo había hecho como otras veces. 

Entonces agarro su pelo y se hizo el moño alto de Nieves salió del baño  con los ojos rojos y le contesto al Sargento Mendoza,  lo mismo que se había dicho a sí misma y a mí llorando como un cristal roto.

— Tranquila, la noche ha sido muy tranquila, he apuntado todo lo que se ha hecho porque así se me ha ordenado y he llevado los protocolos como el doctor ha indicado, yo he trasladado a don Jaime a la habitación trescientos tres ya que se me comunicó por escrito que ”había que aislarlo” y lo hice como siempre en la misma habitación de siempre, al lado de la sala de reuniones y del office. 

Yo me pase la noche despierta y el de mantenimiento, Germán, vino a preguntarme si había alguna gota suelta, que le habían avisado las chicas del turno de la tarde que había una avería, estuvo mirando el cuarto de baño donde lavamos a los enfermos encamados primero y después fue a los baños generales de la planta y no vio que se perdiera agua por ningún sitio. Él se fue como a los cuarenta minutos y yo me puse a hacer la ronda.

Y está mañana se me fue el alma al suelo cuando vi a don Jaime con ese bisturí en el lado izquierdo del cuello ¡Terrible, terrible!

— Estamos acostumbrados a que fallezcan ancianos en este centro, es lo normal, pero de esta forma es desolador y desconcertante, le dijo doctor Morín al sargento Francisco Mendoza.

— Entonces anoche estuvieron por aquí, la auxiliar de enfermería y el responsable del mantenimiento del edificio además de los residentes.

— Saben quién fue el último en ver a Don Jaime. 

— Yo creo que fue Nieves, dijo el doctor, ella hizo el traslado del paciente.

— Si, así es; yo fui la que hice el traslado y los cambios posturales, lo habíamos puesto en esa habitación porque estaba enfermo con alguna bacteria o virus, es lo que siempre se hace para evitar males mayores, por ejemplo, se contagie el compañero de habitación y el personal sanitario, ya sabe, se tiene que evitar enfermen los residentes y nosotros mismos; por lo que tomamos más precauciones de lo habitual. 

Nieves se levantó despacio, el borde inferior de su falda recorrió la pequeña mesa donde pocos momentos antes se había servido el café y la falda empujo suavemente el plato y entonces el plato hizo que la taza vaciará su contenido y todo rodó hasta el suelo, ella siguió caminando hasta la puerta, no miró atrás, salió del geriátrico de la zona antigua, en aquel momento Nieves salió de su propia vida, esa mañana nos dimos cuenta todos. Nos enteramos al día siguiente.

…continua https://wp.me/pcDIqM-t0

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Blanca Quesada

El Río

Tenía quince años cuando mi amiga Sara me confeso que le gustaba Víctor. Él siempre me pareció interesante, pero quien no parece interesante cuando se sienta a tu lado y no sabes si está o no, ¡cualquiera comienza a estar intrigado!, no te mira, no dice nada ¿escucha o no? era un autista sin serlo, un sospechoso de algo. Lo dejábamos estar allí, a nuestro lado, era uno más. 

Mi amiga, la admiradora secreta de Víctor, era una mujer que disfrutaba del leve movimiento de las alas de una mariposa y por ello pensé, en aquel momento, que supo comprender la fragancia del clavel más raro.

 Parecían distintos pero eran iguales. Se fueron escapando poco a poco pero los dos tenían mentiras familiares que ocultar, enfermedades heredadas, que no quieres nombrar. Él había escrito una historia de viajes y ella una historia de muñecas.

Después de treinta años encontré a Víctor. Me dijo que Sara, su mujer, mi amiga había muerto,  entonces supe que él  había ganado la guerra y ella se había dejado matar. Si,  lo sé, con certeza porque  me contó lo que él le decía a ella, pero jamás dijo lo que ella contestaba.

 Me comentó alguna vez que sentía que no existía para los demás y yo siempre tuve la sensación de él que se escondía para que lo buscaran.

Ahora sé de qué era sospechoso; de ausencia. Cuando fuimos jóvenes él estaba aprendiendo  del grupo a ser agradable, a tener el gesto adecuado, a imitar para poder representar lo que es  correcto en cada momento pero no siente, no se conoce porque no existe.

¿Silencioso o sigiloso, sensible o extremadamente crítico, discreto o asumiendo protocolos?

No tiene alma, la vida ocurre ajena ¿el dolor del otro le consume o es el placer de no ser él quien tiene ese dolor? 

Aquella mujer sufría de amor, él estaba en otro sitio, no podía entender como un hombre tan maravilloso estaba tan lejos.  No,  él nunca estuvo. Nunca la amo, la uso.

 Los seres humanos somos los leones de la selva y las ratas de la ciudad, sabemos adaptarnos. Ellos como nosotros recorremos el rio, el mismo rio.

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Blanca Quesada

Mayo

Siempre había pensado que uno debe habitar los recuerdos como si cada uno de ellos fuera una casa, una casa que puedes recorrer cada vez que deseas y en donde puedes cambiar los muebles, las alfombras y hasta las tazas y sus colores pero, en este caso ella recorrió  ese trocito de tiempo, paso a paso y sin mover nada. Hoy el recuerdo que la mantenía entretenida no podía cambiar, ese momento de su vida fue perfecto. Hoy el verbo pasado se quedó suspendido por un segundo en su piel, aquel momento lo repetiría con todos sus detalles, sin mover un ápice, ni siquiera aquel viento que la despeinó, sí, ese instante lleno de mar, volvería a ser igual. 

El sur tenía sol y playas con arena dorada. Ella había nacido allí y Jean había llegado con sus padres cuando tenía cinco años. Aquella mañana resulto poco apacible, el viento se sentó delante de su casa, igual que él, Jean que lo hacía cada día para ir juntos al instituto, esa mañana, él se había retrasado como las pequeñas garzas blancas, rezagadas en su recorrido hacía África. Estaba apoyada en la pared de la iglesia, esperándolo, la falda alborotada por el viento enseñaba sus muslos morenos, se desabrochó los dos botones superiores de la camisa, la brisa, aunque fuerte, era cálida, y lucia el sol, mientras se quitaba el pelo de la cara vio cómo había alguien mirándola, era él, había llegado. Aquel sol de mayo prendió, era la respuesta a un estímulo. Se acercó a Jean como lo había hecho siempre y se sentó en el muro blanco, ya el viento había enseñado sus muslos, por lo tanto, él, cómplice,  le guiño un ojo, lo vio como nunca antes ¡sus ojos eran de color caramelo! sintió su mirada. Unos ojos visitando a otros ojos, el instante tan solo duró una eternidad dentro de un segundo. Él toco su mano suavemente y comenzó la acuarela que nunca descolgó.

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Blanca Quesada

La tarde y el azul infinito

Hopper, Edward

La tarde estaba llena de gente, el café tenía el mar azul al fondo, quieto, en calma, eran las cinco de la tarde. Las mesas estaban llenas. Una pareja con sus mejores galas, ella mirando a lo lejos, buscando ese barquito que estará en algún lugar y él con la mirada perdida explicándose el horizonte. En otra mesa había dos marineros, encantados por estar llenos de tiempo y compartiendo el espacio; ocupando la vida. Ellos hablaban de mí, lo sé, ellos siempre miran el vestido y el maquillaje alegre, de circo, con el único que mi hermano me puede ver.  Él estaba sentado en una mesa, el payaso vestido de blanco, silencioso, preparándose para actuar, quizás, ¿quién lo sabe? él era el payaso y lo único que le interesaba era sentarse en el azul infinito y yo lo esperaba de pie en la tarde, llena de gente donde él nunca estuvo. 

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Blanca Quesada

Esos días

Por esos días había que estar en casa, ya lo sabía, lo saben todos, como lo de que desde que nacemos nos vamos a morir, pero no te lo puedes creer, como muchas veces nos pasa con la prensa, es una historia pero ¿porqué vas a creer y condicionar tu vida? Precisamente por eso hay que vivir ¿porqué te lo vas a creer? La mayoría de las veces son bulos, la prensa siempre exagera con tal de vender el tiempo, ese tiempo que respaldan a esos políticos, siempre mentirosos, siempre mirando hacía las próximas elecciones, ¿Qué conviene más, ser atrevidos o cautos, hacer contra publicidad y utilizar a la prensa o que ellos inventen?

La honestidad se fue para siempre de todos y ahora yo conozco el precio. Yo no estaba cuando mi mujer daba a luz una maravillosa hija, yo no estaba y descubrí su nombre completo en un aeropuerto y a los dos días de nacer ¡tan solo tenías dos días de vida! ¿Cómo te lo vas a creer? Pero en las últimas páginas de la prensa. Dentro de un marco negro donde aparecía mi nombre. El nombre de su padre estaba ella.

Y eso ocurrió por querer contar la vida de los otros en vez de vivir la mía. La prensa esa que te roba el tiempo y  ahora te recuerda que estás vivo y otros muertos.

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Blanca Quesada

Selva

La selva que tenemos alrededor, que nos ama y abraza, la selva que nos conmueve y nos disculpa que crece a pesar del fuego y la ira, selva de recuerdos, sensaciones desaparecidas, sueños recorridos y dados por cumplidos, cuando de pronto un piélago de la tierra, un piélago en tu día hace la limpieza y comienza a brotar en otra rama, en otro puerto haciendo escalas en cada vida. 

Blanca Quesada

Duelo

En esta habitación siempre hay gente distinta y esperando. Caras nuevas que hablan, alguien contando su historia, verdadera o no, la historia que transcurre por sus venas, la historia de sus días.

Algunos escuchan con atención a los que hablan, otras con hastío miran el reloj, otras veces no se puede escuchar sino llorar, alguna que otra vez uno puede hasta reírse, se entablan conversaciones y se cuentan cosas.

 Y yo recuerdo aquellos días en los que iba al campo, un día de esos en que el verano te premia con un ligero viento fresco, una brisa que reconforta y aparece la sensación de respirar de verdad, el aire te recorre con su suave nube y tú sabes que estás vivo y ya el tiempo tiene otra medida. El ritmo adecuado para que crezcan las flores, la higuera, la uva, tiempo para recoger una cosecha completa, hay que esperar, todos esperamos a recoger la cosecha final.

Delante de esa habitación todos esperamos y él ve como sucede el tiempo para todos y prescribe si la cosecha será buena o no y hace su diagnóstico y sabe si hay que esperar o ayudar de alguna manera al tiempo para que la cosecha sea mejor, sea más fácil de recoger y se recoja en el momento adecuado.

En mi caso él me hace sentirme segura, me hace sentirme segura el que él recorra un poco de mi tiempo, son pocos minutos al mes, ¿cuántos duelos habrá tenido que recorrer? ¿Cuántos no han vuelto a regresar a por sus recetas, a su análisis anual? ¿Cuántas veces el duelo es el de una niña o el de un anciano? Nunca nos preguntamos por los duelos de aquellos a los que no tenemos que avisar cuando llegue la cosecha final. El médico se va a enterar solo cuando tú no vayas más y a la enfermera le pasará igual, ellos tienen un tiempo mínimo para los duelos. Nosotros una sala de espera llena de suspiros.

Pensándolo bien todos se enterarán cuando ya no te vean más y entonces comienza el duelo de cada cual. Y el silencio largo se queda entre dos palabras y duele.

Gracias por llenar mi espacio con tus tiempos. 

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Blanca Quesada