
Olga observó el elegante vestido de seda, blanco, cuidadosamente dispuesto sobre la cama. No se había escatimado en gastos, y cualquiera que lo viera, aunque no supiera nada de trajes de novia, sabría que había costado una pasta.
—¡Vaya suerte que has tenido! ¡Señora de Brontano! ¡Que envidia! —dijo riendo su mejor amiga, mientras la miraba a través del espejo del tocador, donde se estaba retocando las uñas.
Sí, envidia. Eso es lo que siempre todas sus amigas habían sentido desde que conoció al que dentro de poco iba a ser su marido: Mauricio Brontano, inversionista y empresario de éxito. Para cualquier familia, un inmejorable partido.
Miró el portarretrato colocado sobre el velador. En él se veía un hombre de rasgos agradables, de cabello castaño muy bien cortado y pronunciadas entradas, premonitorias de una futura calvicie. Sonreía como si le hubiera hecho gracia alguna ocurrencia que le había dicho el fotógrafo, quizá:
«¡Vamos, señor Brontano! ¡Una hermosa sonrisa para su bella prometida!»
Y Mauricio sonrió porque no le costaba sonreír. Ya desde muy joven lo hacía, a veces sin motivo alguno. Esa fue una de las cosas de él que la había cautivado. Y no sólo a ella, pero había sido por lo visto la afortunada, o la más lista.
Contrastaba la foto con el óleo que colgaba de la pared. En él se veía un Mauricio Brontano mucho más joven. Lo había pintado ella misma como lo corroboraba la firma de Olga Pardo, que se leía al pie. Desde joven había sido su obsesión. Ser pintora y vivir en París. Sentarse en las escalinatas de Montmartre al atardecer y pintar por unas monedas retratos de seres anónimos hasta bien entrada la noche. Hasta que le apeteciera. Sentirse libre e independiente. Y tener una gata que se llamaría Lucy.
Sueños de juventud que en muy poco se esfumarían. En cuanto pasara a ser la señora de Brontano.
Por un momento, el hilo de su reflexión se vio interrumpido. Su amiga había terminado de retocarse y se dispuso a salir en ese momento de la estancia.
—Ahora vuelvo —le dijo. Y añadió algo más, antes de salir de la habitación que Olga no entendió porque estaba sumergida en sus pensamientos.
En el armario de su habitación todavía guardaba el maletín de sus pinturas. Mauricio sería sin duda un marido excelente, pero ella era todavía muy joven, y antes de ser señora de Brontano quería ser Olga Pardo. Aunque se equivocara, valía la pena arriesgarse. Y cogiendo su abrigo y su bolso, se fue sin esperar a despedirse de su amiga. Mientras cerraba la puerta, murmuró para sí «Lucy me está esperando», y esbozó una sonrisa.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:




















