
En la fría y rancia ciudad colonial de Tunja, cuando yo era niña, el “novio” de la prima María Mercedes era casi una prolongación de su sombra. La acompañaba a todas partes, pero si la invitaba al cine, también debía asistir Víctor, el hermano, guardián discreto de una virtud vigilada.
Los novios apenas se rozaban las manos, con una castidad casi ceremonial, mientras esperaban el momento solemne de “pedir la mano”. Cualquier desliz más allá de ese guion impuesto por la mojigatería encendía de inmediato el murmullo de las solteronas sin oficio, siempre alertas, siempre ávidas, y —en el fondo— secretamente envidiosas.
En las familias más rígidas, un embarazo antes del matrimonio no era sólo un escándalo: era un terrible secreto cuidadosamente enterrado, a veces por generaciones. Ni pensar en que los novios se fueran a vivir juntos.
Hoy, por fortuna, esa comedia de apariencias ha ido quedando atrás.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:


