Villegiatura

La gente en el sol de Edward Hopper

Nuestro Buick era de un rojo intenso, casi burdeos, que relucía al sol. Cada año lo preparábamos como a un novio, lavándolo a mano, por dentro y por fuera, los neumáticos, los adornos, todo resplandecía como nuevo. Las mujeres organizaban las maletas, los hombres estudiaban el recorrido. Como cada año, nos íbamos de vacaciones, un lujo que en los Estados Unidos no todos podían permitirse.

La salida se convertía en una ceremonia oficial; cargábamos meticulosamente el coche que estaba aparcado en el callejón que conducía al garaje. Sabíamos que nos observaba el vecindario. A continuación, con la casa cuidadosamente cerrada, partíamos lentamente como para un desfile y dejábamos, como si fuera a nuestro pesar, el barrio residencial donde vivíamos todo el año.

Paul conducía, Margaret estaba a su lado, los jóvenes detrás, June y su marido Bert, y luego yo, John el hermano menor de Bert. Estaba sentado detrás de Paul y controlaba el recorrido en el mapa.

El viaje no era breve, ese año habíamos alquilado un chalet en Virginia Beach cerca de Norfolk. Íbamos tranquilos, sin prisa, hacíamos paradas en los moteles que jalonaban el trayecto. Paul y Margaret, apenas instalados, nos obligaban a broncearnos, porque no podíamos estar blancos como la cera al llegar. Nos exponíamos frente a nuestra habitación, en tumbonas giradas hacia el sol y cuidadosamente alineadas por Margaret. Yo hacía que estudiaba el recorrido para quedarme en segunda línea y no prestarme a este pequeño juego un poco ridículo, sobre todo porque todavía no nos habíamos quitado nuestra ropa de ciudad. Estábamos ahorrando en el uso de nuestros trajes de verano para poder cambiarnos cada día, como se esperaba en nuestro medio. June, que era rubia y de tez clara, tenía miedo de quemarse con el sol y se volvía hacia mí con frecuencia, me sonreía mientras fingía interesarse por mis investigaciones. Su sonrisa iluminaba su encantadora cara y me acercaba a ella. 

No la conocía muy bien, se había casado el año anterior con mi hermano. En cuanto a mí, estaba terminando mis estudios de derecho en Harvard y durante algunos años no había participado en las vacaciones. Me alegraba volver y, por qué negarlo, ella me gustaba.

Ligeramente bronceados, nos integramos sin llamar la atención en las actividades ineludibles que nuestro hotel organizaba. Los tiempos estaban marcados implacablemente por las comidas, sólo el desayuno era más flexible, para facilitar la tarea a los trasnochadores. Las otras comidas eran más militares, las mesas estaban asignadas y los horarios estrictos, una vida diferente a la que cada uno se adaptaba según sus gustos. Paul, a quien no gustaba la playa, frecuentaba los bares de los alrededores, leía su periódico o se embarcaba en competiciones de cartas con los nuevos amigos que se había inventado. Sólo las santas horas de las comidas lograba desatarlo. Margaret y Bert eran amantes del dios Sol, no perdían ni un minuto para intentar alcanzar la negritud, la de un blanco que permitiría por la noche llevar escotes vertiginosos a una y exhibir una tez de marinero a la Clark Gable al otro. Les encantaba bailar juntos hasta muy tarde para impresionar a sus émulos. Paul también se acostaba tarde, pero en compañía de sus compañeros de cartas. Los cócteles y los whiskys fluían para los tres.

June y yo teníamos otros placeres. Los deportes eran nuestra pasión, el surf interminablemente, largos paseos en bicicleta y a veces un verdadero torneo de tenis en pareja. No nos gustaba compartir la intimidad de una amistad cada vez más cercana. Por la noche, un simple paseo por la playa, la luna, las estrellas, nos hacían soñar con un romance imposible.

Un día, hacia el final de la tarde, participamos juntos en un viaje organizado por el hotel, a Norfolk, la ciudad cercana. Visita al Busch Gardens, un parque de atracciones que predica la protección de la naturaleza y recuerda la vieja Europa; visita al acorazado Wisconsin, símbolo de la potencia marítima de los Estados Unidos; y por la noche cena espectáculo en la famosa calle Granby, que orquesta la vida nocturna de la pequeña ciudad. A pesar de que fue un día completamente diferente, los intereses de cada uno reunieron a las parejas que la naturaleza había formado. June y yo nos apasionamos por el Busch Gardens, Paul visitó el buque de guerra de arriba a abajo, y Margaret y Bert tuvieron que esperar el baile abierto después de cenar para encontrarse en su elemento. Se embriagaron como locos. Afortunadamente el regreso fue tranquilo, porque estábamos en autobús, pero Paul furioso se encerró en mi habitación un poco borracho también en su soledad. Los amantes del baile digirieron sus cócteles y sus deseos a la habitación de Margaret. No me quedó más que sucumbir a los encantos de June, que no se hizo rogar, nuestra noche de amor fue épica y duró hasta la mañana.

Unos días más tarde, estábamos todos de nuevo en el Buick, color burdeos intenso, decorado con sus brillantes cromas. Bert estaba al lado de Paul, Margaret estaba detrás de él. June y yo, entre miradas amorosas, seguimos el recorrido en el mapa.

Jean Claude Fonder

Gente al sol

La gente en el sol de Edward Hopper

La gente se quedó pasmada mirando el sol, que desprendía una extraña luz y un calor descomunal: poco a poco todo se pusieron rígidos como estatuas hiperreales, ya no eran seres humanos, el tipo leyendo un libro tampoco se salvó. Toda la superficie terrestre se encontraba como un museo de escultura. En un silencio absoluto y espantoso. Pero en el centro de una selva desconocida en Colombia, unos niños se encontraban jugando con animales y hablando entre ellos. La selva era tan oscura que los rayos del sol no pudieron matarlos. Todavía no se sabe si la vida podrá volver a empezar sobre nuestro planeta, pero toda las galerías y museos del mundo están llenas de esculturas hiperrealistas.

Simonetta Ferrante

Una mañana diferente

La gente en el sol de Edward Hopper

Cuando llegó un grupo de personas para pasar algunos días en mi pequeño hotel pensé que por fin la situación iba normalizándose. Además, me parecían personas adineradas, si consideramos sus prendas. Dos hombres que parecían ejecutivos y una mujer elegante con zapatos blancos de tacones. Otra mujer, la rubia, actuaba de portavoz. Fue ella que me pidió cuatro habitaciones silenciosas y nada de comida. Cuando se levantaron, la mañana siguiente, la rubia me dijo que no necesitaban desayunar, solo deseaban tomar el sol en un lugar tranquilo. Ahora están sentados en las sillas, cada uno mirando hacia el campo de trigo o las colinas que parecen perfiles. Los tres están atrapados, hipnotizados y sumergidos en una contemplación silenciosa, Parecen esperar algo. Yo me siento en la segunda fila, y me pongo a leer, o mejor dicho, trato de concentrarme en la lectura, pero en realidad me he dado cuenta de que la joven rubia no está inmueble tomando el sol, se ha girado hacia su derecha. Tal vez podría acercarme y hablar un poco con ella. De pronto me llegan palabras, y en una comunicación cerebral la rubia me explica lo que yo en este lugar aislado no había bien entendido. “Un día la normalidad se acabó. No se podía salir de casa, ni acercarse a los demás. Nada de relaciones personales. Pero yo, al estar harta de la situación, desobedecí. Salí de casa y solo encontré a estas personas a las que me uní, sin darme cuenta de lo que iba a pasar. Me obligaron a ser su acompañante. He tenido que traerlas a este lugar para que pudieran recuperarse lo más pronto posible. Estos tipos, son robot autómatas y cada tres días necesitan tomar el sol para recargar las baterías y actuar como si estuvieran humanos. Yo no soy así, no puedo fingir ser un robot, tengo que alejarme de esta condición. ¡Ayúdame!” Le contesté: “Haré mi mayor esfuerzo para sacarte de esto y devolverte tu vida. Diferente a como era antes pero quizás mejor. Este no es el mundo de mañana. Habrá un mañana diferente y ojalá mejor. ¡Tienes que creerlo!

Raffaella Bolletti

Gente al sol

La gente en el sol de Edward Hopper

Podría ser una mañana fría de primavera. Podría ser el patio de una posada perdida en una ruta provincial con vista al campo. Podrían ser cinco desconocidos reunidos por mera casualidad en la geometría asolada que los pálidos rayos recortan entre el suelo y la  pared. Se trataría entonces de gente ensimismada, absorbida tal vez por la rigidez del paisaje, un horizonte de colinas que avanza sobre el terreno pajizo con la azulada concreción de un glaciar. Podría ser también que en vez de extraños fuesen cinco amigos que la noche anterior, volviendo de algún party animado, con una punta de tino hubiesen preferido pasar en aquel hotelucho los efectos de múltiples gintonics. Se explicaría así el porque de tanta elegancia y de la quietud de resaca que envuelve el cuadro. Pero tal vez, podrían ser más que amigos, dos matrimonios, digamos Magda y Sam Lenox y los Conforti. El quinto, quizás un joven soltero, pongamos que nada menos que Raoul Fante el famoso actor de telenovelas. Raoul “el  Rubicondo”, último amante de Magda Lenox, esa enérgica señora con echarpe y sombrero y zapatitos blancos de tacón. Podría ser que Magda esa misma mañana hubiese tomado la decisión de su vida, abandonar al viejo Sam y a su joven amante por aquella estudiante vietnamita que frecuenta sus clases de filología germánica. Podría ser que sentada en la reposera la mujer no pudiese dejar de pensar en la chica -de ahí la leve crispación de sus labios- y que Sam, a su lado -la calva apoyada en la pequeña almohada que ha sacado del baúl del Buick escarlata- ya lo sepa, como está enterado del Rubicondo y de todas las infidelidades de su esposa. Quizás por eso, plácido en la tumbona dormita con la serenidad de quien no tiene memoria o es falto de ideas; y que Magda, al contrario, enfundada en un completo plomizo es la flecha de un arco tendido lista para ser disparada. Podría ser que Raoul, cabizbajo en la segunda fila, hubiese ya intuido el final de la historia o que harto de esta amante madura estuviese soñando nuevas conquistas. Del lado de la pared, ocultos por el grupo, los Conforti parecen absortos en otras fantasías, ella tal vez, en la llegada de un hijo, él en el trabajo extraordinario que lo espera. Podría ser también que lo más intenso de la escena fuesen el rojo del echarpe de Magda y el tumulto de personajes que pueblan el libro hojeado por Raoul.

Adriana Langtry

Mujer acostada con una blusa roja

Mujer acostada con blusa roja, aquarelle de Egon Schiele (1890-1918, Croatia)

Fue una noche larga, maravillosa. Cuando por fin estabas lista para salir de mi casa y volver a tu familia, el sueño prevaleció y te acostaste aquí. Ahora duermes y pareces feliz, ojalá estés sonriendo por nuestra nueva relación. No puedo apartar la mirada y sigo sentado aquí con el deseo de abrazarte de nuevo. Has puesto la mano derecha cerca de la nariz. Tu mano que aún lleva el olor de mi piel, de tu piel. Yo también llevo puesto el olor de nuestros cuerpos, yo también estoy tranquilo y seguro de que nuestra relación borrará la anterior y dejará una huella distinta en mi alma, una nueva emoción, una emoción ruidosa. Recuerdo que en la cama todo era intenso, la mirada, las caricias, el espasmo. Sé que cuando despertarás y te irás, al cerrar yo también los ojos, los recuerdos surgirán con olor a tristeza. Déjame entonces el rojo vivo de tus labios en mi piel, para que pueda hundirme en una espiral de felicidad desconocida. Estoy preparado para aceptar lo que llegue. Pero ahora duerme mi amor, ¡duerme! Yo seguiré aquí mirándote con tu blusa roja

Raffaella Bolletti

Egon

Mujer acostada con blusa roja, aquarelle de Egon Schiele (1890-1918, Croatia)

Wally parecía muerta, tendida sobre la superficie áspera, color de papel de embalaje que Egon utilizaba generalmente para sus retratos. Esta vez no estaba desnuda, nada que sea agresivo en esa blusa elegante con un fular naranja y unos pendientes marrones claros. Ella estaba tendida, con una mueca que podría ser una sonrisa, sus labios aún pintados se sintonizaban con el rojo de su prenda.

¿Estaba dormida? Parecía haberse derrumbado al volver de alguna fiesta sin haberse tan siquiera molestado en desnudarse. Y luego esas manos, largas como las pintaba Egon, que se apoyaban en la nariz y la barbilla como para impedirse respirar.

Miré a Egon, levantando las cejas interrogante, y me respondió como hacía a menudo encogiéndose de hombros. Nunca justificaba sus dibujos, que son como enigmas peligrosos de descifrar.

Yo sabía que su relación con Wally no iba bien desde que regresaron a Viena, después de la experiencia de la vida en el campo que le había valido a Egon una estancia en la cárcel. Había sufrido mucho por esta aventura y el viaje había sido idea de Wally.

Y luego estaba Edith, a quien había conocido, todo lo contrario de Wally, una burguesa que quería casarse, tener hijos, llevar una vida “normal”.

Yo había presentado Wally a Egon, la había encontrado en una “casa”, era un excelente modelo que se prestaba a asumir todas las poses, incluso las más atrevidas. En poco tiempo se convirtió en su musa y posó exclusivamente para él. 

¿Qué tenía esa muchacha? Recuerdo que estábamos en el Café Muséum, era invierno, entró envuelta en una gruesa prenda, un extraño sombrero de forma redonda clavado hacia atrás sobre su cabeza. No tenía buena pinta. Pero me acordé de su cuerpo de estatua griega, imponente y todo en formas lozanas. La invité a nuestra mesa, entre las del fondo, bajo los libros que movilizábamos casi todo el día, nosotros los artistas. Se la presenté a Egon, quien no le prestó mucha atención. Y aun así, ahora que planea casarse con Edith, Wally sigue siendo su modelo favorita. Me contó que pensaba trabajar con ella durante el período de verano, alejaría a su esposa para las vacaciones y aprovecharía para realizar algunos dibujos inspirados en ella.

¿Qué pasó en las primeras sesiones de posado? No sé, me lo imagino. Ella era totalmente impúdica, apenas entraba en el taller se desnudaba delante de ti sin esperar, sin esconderse detrás del biombo y ponerse una bata. Y si había que encontrar una pose sugerente no dudaba en participar, y ahora este dibujo extraño. Insistí.

—¿Egon que ha pasado?

Me miró largamente y finalmente me respondió. 

—Esta tarde, vino a verme al café Eichenberger, estaba furiosa. Había ido al taller y había visto mi último dibujo, el de la mujer sentada con la pierna levantada. Creyó reconocer a Edith porque elegí un pelo pelirrojo que encajaba bien con el verde de la camisa. Como no se calmaba, le entregué la carta que siempre me negué a darle.

—¿Qué carta?

—La que Edith me obligó a escribirle cuando nos casamos. Le decía que me iba a casar con Edith y que teníamos que dejar de trabajar juntos.

—Pero estás loco. ¿De dónde sacaste esa carta?

—La encontré hace unos días en mis viejos papeles.

—¡Egon! La pobre.

Entendía ahora lo que había pasado, cervezas, aguardientes y pastelerías. Ella había bebido hasta no poder ponerse de pie y Egon tuvo que acompañarla a su taller.

Egon, sin decir una palabra, envolvió el dibujo cuidadosamente, lo puso en un tubo de cartón y me lo dio. Tenía los ojos nublados.

Al año siguiente Edith y Egon murieron de gripe española.

Jean Claude Fonder

La casa del árbol rojo

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Estos últimos días, veía todo en blanco y negro, como en viejas fotografías. Despertándome esta mañana, de repente vi todo de colores muy vivos, irreales, incluso las sombras eran coloradas, sobre mi nariz tenía unas gafas extrañas que no podía quitarme y había palabras flotando por la atmósfera explicando que seres de otros planetas las habían enviado para ayudarnos contra el Coronavirus.

Simonetta Ferrante