Tiempo

Tiempo, un lugar por el que estamos condenados a transitar, algo qué pasa al otro lado. Allí,  están personas que se han ido, mis queridas mascotas, plantas, tantas cosas.

Ahora en una tierra baldía, llena de sol le pregunto a un pequeño niño si refrescamos las plantas. Me contesta con una carcajada ¡pero no ves que hace sol! después, a la tarde, será el momento de regar. 

Blanca Quesada

Reflexiones otoñales

El sol ha salido temprano esta mañana, las montañas, suspendidas, se han vuelto azules.

El maíz, "macho " y viril, mide tres metros. Un poco más abajo, las mazorcas despeinadas se ríen felices.

El mar de soja ondea acariciado por un viento dudoso. 

Pedaleando por un camino de rocas, de vez en cuando me riegan los aspersores que, sin saberlo,  dibujan frágiles arcoíris.

Tendría que concentrarme sobre el tema "El tiempo" pero me distrae una garza blanca que ha perdido su ruta y, asustada, busca refugio en un gran roble.

Tendría que concentrarme sobre el tema "El tiempo"
De pronto, el tamaño de mi tiempo pasado me parece enorme.
¿Por dónde empezar?
No siempre se recuerda lo que se quiere, ni se olvida lo que se desea.
El tiempo no remienda  los huecos de la vida. Tienes que crecer alrededor de ellos.
El tiempo no es caballero.
El tiempo no sana.
El tiempo no enseña.
El tiempo hace bien solo una cosa: pasa.

El sol está alto.  Hace calor.
Alrededor el testarudo canto de las cigarras 
Iris Menegoz

Cuento rápido (y lento)

Son las siete y cuarto. Levántate.

Es verdad que tienes todo el tiempo del mundo para prepararte, tu autobús no va a partir hasta las ocho y cuarenta. La mochila con los libros la preparaste anoche, el desayuno está prácticamente listo, la ropa que tienes que ponerte está allí, sobre la silla.

Pero la gata maúlla con insistencia, sube a la cama y empieza a mordisquearte las muñecas.

Levántate. Así no tendrás que hacerlo todo de prisa. 

Vas a la cocina, enciendes un fogón, le pones encima una olla llena de agua para el té. 

La gata sigue maullando, sube a la mesa, pasea sobre el fogón encendido, poniendo en peligro la incolumidad de su preciosa cola. Abres una lata de comida y le pones un poco en su cuenco. 

Son las siete y veinte.

Vas al cuarto de baño, vuelves, viertes el agua en la tetera, la gata ha terminado de comer y pide más. Son las siete y veinticinco.

Pones otra olla sobre los fogones, tienes que prepararte algo de comida, un poco de arroz para cuando vuelvas a casa, no puedes empezar a cocinar a tu vuelta, a las dos menos cuarto.

Vuelves al cuarto de baño para asearte, regresas a la cocina, echas una ojeada a la olla del arroz y te sientas para desayunar. Comes tranquila, no es tarde. Pones un poco de sal al arroz, un poco de aliño. Son la siete y cuarenta y cinco, todavía puedes vaciar el lavavajillas. Mientras, sigues controlando al arroz para que no se queme.

Son las siete y cincuenta.

La gata va pidiendo otra comida y le das todavía un poco. El arroz sigue un poco crudo.

Son las ocho menos cinco.

Ya no es tan temprano. Lavas de prisa las tazas del desayuno, son las ocho y todavía tienes que vestirte y maquillarte. Debes salir de casa como máximo a las ocho y veinte, si no quieres perder el autobús. Tus prendas están allí sobre la silla, donde las pusiste ayer, pero las medias son negras y no hacen juego con el vestido azul. Buscas otras en el cajón, las encuentras, son perfectas, te vistes y son las ocho y cinco; todavía estás sin maquillar. Ahora es tarde y lo haces de prisa: te das un poco de color y un poco de carmín, te miras rápidamente al espejo y te das cuenta de que tu pelo, aun recién lavado, te hace parecer a un erizo. Te peinas con vehemencia, pero sirve de poco: tendrás que mojarte al menos el flequillo y arreglarlo con el secador.

Es muy tarde: son las ocho y cuarto, pero ahora estás lista. Te pones los zapatos y el abrigo y buscas las llaves de casa: en la cerradura de la puerta no están. Deben de estar en la mochila que preparaste anoche, bajo los libros, los cuadernos y todo lo imaginable. La gata te ronda maullando, le das toda la lata de la comida con la mano derecha, mientras con la izquierda por fin encuentras las llaves. De repente te acuerdas de la olla del arroz y corres a la cocina: se ha quemado un poco, pero no tanto, en cualquier caso es solo para ti y tú sabes conformarte.

Sales de casa. El espejo del ascensor refleja la imagen de una mujer recién escapada del manicomio, pero bien peinada y con las medias a juego. Lo lograste: son las ocho y veinte y estás fuera de casa.

Hurgando en el bolso buscas la cartera: ya no hay billetes para el autobús, así que tendrás que comprarlos. Mejor ir a la parada del autobús en coche.

A las ocho y veinticinco alcanzas la carretera. Todavía estás a tiempo, no es tarde. A la vuelta de la esquina te encuentras con una cola larguísima. Te dan ganas de sonar la bocina, pero intentas tranquilizarte: es tarde, pero todavía estás a tiempo. A las ocho y treinta sales del atasco y llegas a la parada del autobús a las ocho y treinta dos. Buscas un aparcamiento, pero todos parecen ocupados. Mucho más allá hay uno libre, aparcas el coche y son las ocho y treinta cinco. 

Corres hasta la parada, entras en el bar para comprar el billete y allí también te encuentras con una cola. Una señora te mira con un poco de pena y te pregunta si quieres pasar. Le contestas con un “sí gracias” jadeante, compras el billete y sales del bar, justo a tiempo para tomar el autobús.

No hay mucha gente hoy, así que puedes escoger libremente el asiento, lejos de las personas que charlan en voz alta, cerca de la ventanilla, no demasiado adelante ni demasiado atrás. Eliges el asiento al lado de una señora de mediana edad que está tranquilamente leyendo su libro. Te quitas los guantes, el sombrero, la bufanda e incluso el abrigo, porque normalmente hace calor en el autobús, y los pones en un asiento libre. Luego, buscas las gafas de cerca y el libro de Maggie O’ Farrel “Hamnet”, que casi has terminado: solo te faltan veinte páginas. El libro es en italiano, por supuesto: tu nivel de inglés no es bastante alto para leer el original.

Miras afuera de la ventanilla, relajada, y das un suspiro de alivio. Ahora tienes un montón de tiempo para terminar el libro: el autobús te llevará a Milán a eso de las nueve y media así que, cuando llegues, podrás disfrutar del paseo, porque la clase de literatura no va a empezar hasta las diez. Podrás mirar los escaparates, alargar tu recorrido hasta el Duomo, o gozar del final del verano en el parque Sempione… En fin, ¡tienes todo el tiempo del mundo!

Silvia Zanetto

Con el tiempo va, todo se va

Con el tiempo va, todo se va.
La página está blanca, todo se fue.

La nieve, poco a poco, fue cubriendo todo,
Los recuerdos, 
Los juegos de nuestra infancia,
Las revoluciones de nuestra adolescencia,
Los viajes, los lugares que hemos amado,
El éxito de nuestras carreras,
Los descubrimientos de nuestra vejez.

Con el tiempo va, todo se va.
La página está aún más blanca.

El tiempo desapareció,
No sabemos si nos queda algo,
¿Qué objetivos podemos todavía alcanzar?
Nuestra generación fallece, persona por persona,
Nuestra época pasó, ¿qué más podemos hacer?
La nieve lo ha cubierto todo.

Y sin embargo, nuestros hijos, nuestros amigos, nuestra obra...
Están ahí y bien, nos esperan,
Como el acogedor banco en medio del parque nevado.

Unos días, unos años nos quedan,
Para amar, para ser amados.

¿Por qué contar?
Jean Claude Fonder

Entre tiempos

Tiempo de felicidad 

Muchos tiempos pasan en la vida. Algunos se disfrazan de colores brillantes y otros, en cambio, nos enseñan las tonalidades más oscuras. Sí, lo sé, hay que distinguir. Hay un tiempo cronológico marcado por los relojes, objetivo, inflexible y al parecer, inacabable. Pero también hay otro, el de los sentimientos, inevitablemente subjetivo y perecedero. Para Maribel hubo un tiempo de felicidad. O, por lo menos, esa era su  sensación al pasear por las calles tortuosas del pueblecito, en una calurosa tarde de verano. En el aire se percibía un triunfo de olores floreados, desde los jazmines hasta los glicinas, que embriagaban los sentidos de los pocos transeúntes que se atrevían a salir pese al calor… Una ligera brisa marina acariciaba la piel de Maribel y de su pareja, aliviando así el bochorno de aquel día. Eran felices. Por fin podían disfrutar de las tan ansiadas vacaciones, de los paseos por la playa, de los sabores genuinos de los platos costeros, de las horas pasadas charlando y riéndose de la vida. Casi los veo desde aquí, las fotos que seguían enviándome por WhatsApp, sus sonrisas espontáneas y vitales que tanto enriquecían mi día a día, que pasaba sin descanso entre un compromiso y otro. Pero un punto negro en el horizonte habría de cambiar el plácido fluir del tiempo. Ese  tiempo, que huye cada momento es, a veces, un tirano cruel que quiebra las voluntades más tenaces, desgasta los sentimientos, separa para siempre los eternos amantes, y se ceba de nuestra savia vital. Ese  tiempo maldito, que llega a burlarse de nosotros y hace que unos segundos cambien para siempre lo que ni en una vida entera, recordándonos inexorablemente la precariedad del ser humano.  El objeto oscuro era una moto de media cilindrada que, sin percatarse de la presencia de los dos jóvenes, procedía a fuerte velocidad por las callejuelas antiguas. Fue así como las miradas cómplices se apagaron y la luz del sol se tornó oscuridad…

Tiempo de dolor

El blanco se desvaneció. Entre las neblinas de la razón, poco a poco, volvió a la vida. El coma, que la había retenido en un limbo sin sueños se disipó, devolviéndola al mundo de los vivos. La primera cosa que vio fue la cara ovalada de una mujer, de ojos rasgados y labios finos, tratando de llamarla con su nombre. Se llamaba Patricia, psicóloga del hospital. Así supo la verdad y fue como precipitar al vacío. Había pasado un mes del terrible accidente. Con el alma desgarrada por dentro, el corazón hecho pedazos, solo el dolor de las heridas físicas le recordaban que aún seguía viva, pese a todo. El tiempo para Maribel cambió su disfraz y le hizo ver los matices más oscuros de la existencia. Los titulares de los periódicos locales reportaron cada detalle del accidente, incluidas las fotos de la joven pareja, con sus vestidos nupciales el día de la boda. Maribel se sintió sola en su pena, no obstante los familiares continuaran a velarla de día y de noche. “Con el tiempo- pensaban sus familiares- logrará salir de esta. Es joven…”… Como si la juventud fuese un antídoto natural al dolor que la vida entraña en sí misma.

Tiempo de sobrevivir

Pasaron los años. La juventud de Maribel quedó marcada para siempre, en cuerpo y alma. Sin embargo el tiempo se volvió menos oscuro. Por amor a la vida que siempre supo expresar con sus sonrisas, por no desperdiciar el tiempo que el destino no le había restado,  Maribel reanudó los hilos de su vida para tejer algo nuevo. El tiempo le había enseñado todos los colores, ahora le tocaba a ella elegir el de su vida. Al fin y al cabo el dolor y la felicidad se mezclan en el tiempo,  dejando huellas con las que construimos nuestras experiencias y alimentamos, a la vez,  nuestras expectativas. Vivir es aprender a situarnos entre lo que somos y lo que quisiéramos ser. 

Eso Maribel lo aprendió con el pasar del tiempo, ese mismo tiempo que algunas veces hiere y otras, en cambio, cura. 

A  V.  , por su coraje de volver a la vida.

Manila Claps………..

La trampa

Einstein tuvo que pensar en el tiempo cuando elaboró su teoría: para jóvenes y viejos, para quien trabaja y quien está jubilado, no hay nada más relativo. Porque el tiempo es la más carroñosa de las trampas: si tienes prisa nunca es suficiente, si no sabes que hacer nunca pasa. 

Como la lluvia, el tiempo es bipolar: o no llueve o llueve demasiado. 

Dios nos tomó el pelo cuando lo inventó.

Giulia Muttoni………..

El tiempo aprieta

El momento había llegado. Tenía que dar su discurso sobre los detalles. Así que pasó por alto su indecisión y empezó. <Amigos aquí reunidos, vengo en representación de nuestra comunidad y quisiera destacar que el camino va ser largo y duro. Hay muchos kilómetros por recorrer, nunca hemos marchado y nadado tan lejos. La cita está fijada para el lunes 21 de junio, a las 3 de la madrugada, pero supongo que eso ya lo sabéis. Lo que aún tengo que comunicaros es la ubicación del sitio. Sólo os informo de que vamos a otro círculo. Entonces cuanto antes nos pongamos en camino, mejor.> En fila india, ordenadamente empezaron el recorrido que los llevaría a destino. Marcharon siguiendo el Círculo Ártico, cruzando el océano Glacial donde encontraron pocos bloques de hielo en los que descansar. Llegaron a la llanura de Salisbury, al círculo de piedra de Siempre que tenía que salir de viaje, la pesadilla volvía a repetirse, era la imagen de un hombre aplastado entre dos enormes relojes; el “tiempo aprieta” parecía decirle. Ese miércoles, unos minutos después de despegar, sentado en su asiento, Pablo cerró los ojos intentando descansar un poco, consciente del hecho que le resultaba difícil dormirse. Lo sabía, su insomnio era perfecto para hablar en silencio con los recuerdos. Así que se vio a sí mismo en la cocina de la casa de campo de sus abuelos. Allí, el niño Pablo intentaba terminar los deberes antes de que comenzara el nuevo año lectivo. Las matemáticas no le gustaban. No, esta asignatura no era para él. Siempre perdía mucho tiempo resolviendo problemas absurdos que no le importaban. En cambio le gustaba observar aquel reloj que desde hacía años cumplía con su trabajo, día tras día. Se imaginaba las agujas como dos piernas, una más larga que la otra, que se movían sin interrupción. La más larga trataba, a veces, de dar saltos hacia adelante, como para ganar la carrera, poniendo en dificultad la corta que no podía ir más rápido. Él lo miraba fijo e imaginaba hablar con ese objeto pidiéndole que redujera su velocidad, de manera que pudiera terminar con sus tareas antes de que regresara la abuela, que siempre le regañaba por perder el tiempo. Había pensado en retroceder las manecillas, engañando así a la abuela, pero el reloj estaba colgado en la parte superior de la pared, demasiado alto para que Pablo lo pudiera alcanzar. Cuando volvió a abrir los ojos era de noche. Se asomó a la ventanilla del avión y observó el cielo negro y estrellado. Se encontraba suspendido en el aire, sobre el océano. Pablo, el adulto, el ejecutivo de una importante sociedad, tenía que viajar mucho y siempre era un trabajo a contrarreloj, a expensas de su vida matrimonial. Le parecía ser la manecilla corta del reloj de la abuela, siempre en movimiento, siempre tratando de perseguir el tiempo. El tiempo era una verdadera obsesión, quizás fuera culpa de la abuela. A veces se preguntaba donde se había quedado ese niño que ya no estaba. La imagen del hombre entre dos relojes volvió entonces a aparecer. Aquel hombre  era él. Pero ahora Pablo había llegado a un compromiso. En el reloj a su izquierda las manecillas corrían hacia atrás como para ralentizar un poco el tiempo, mientras que en el otro, a su derecha, las manecillas corrían hacia adelante con el tiempo pasando a toda velocidad. Había aceptado que no hay armas para enfrentarse con el tiempo, no se puede parar. Tiene una ventaja, es más listo, no piensa, no espera, es implacable y simplemente se va. Volvió a cerrar los ojos y por fin se quedó dormido.

Raffaella Bolletti

Un día estival

Es un caluroso día de verano, mantengo las persianas cerradas para que salga el calor; ya a media mañana la ropa se pega al cuerpo y espero a que se ponga el sol y llegue la primera ráfaga de aire.

Esta noche es la fiesta del pueblo, una multitud emocionada y alegre, bombillas de colores, globos y los puestos de pasteles y golosinas.

Me siento en un taburete cerca de la ventanilla de una cafetería en la plaza; durante el día es frecuentado por los ancianos: una copa de vino tinto y las cartas de triunfo. Al anochecer muchos chicos vienen de las afueras atraídos por el aperitivo de Juan, sus cócteles son un mito.

Veo a una chica, seguro que llega de la ciudad, sandalias rojas con tacones, vestido con estilo blanco y rojo. Parece nerviosa, quizás su novio está retrasado o quizás es la amante de un hombre importante y tiene miedo de que alguien les descubra.

Como siempre estoy fantaseando; tengo la costumbre de construir historias. Mi amiga Carla dice que lo hago porque no soy capaz de vivir la mía. ¡Quién sabe! A menudo me pierdo en pensamientos que se generan automáticamente. 

El camarero se acerca y le pido un Hugo; es difícil hacerlo bien, tienes que equilibrar la cantidad de vino blanco, sifón, jarabe de sambu, menta, pero Juan, a pesar del nombre, es tirolés del sur, por lo tanto es una certeza.

Recuerdo unas vacaciones en la montaña, en la región del Alto Adige: largos paseos por las orillas del río, comía con apetito, dormía soñando simples sueños. La vieja cabaña, semi asfixiada por los arbustos que la rodean, estaba hundida. Las ventanillas con las cortinas blancas estaban cubiertas con una pátina antigua, los muebles viejos. Pero este aire de antigüedad tuvo el poder de calmar mi inquietud. El anochecer era el momento que más disfrutaba, la luz tenía una suavidad que junto a la belleza del paisaje, le daba un aura surrealista al mundo.

Hoy el calor es agotador, el recuerdo de la montaña no logra mitigar la sensación de asfixia, la garganta está cerrada, casi no puedo respirar.

Empiezo la cuenta regresiva, faltan cuarenta días al inicio del otoño; finalmente se reanudará mi vida; el programa semanal ya lo tengo en mi cabeza:  gimnasio, voluntariado, la revolución de la casa. En un instante veo una montaña de libros entre los cuales elegir cuales regalar al hospital para el mercadillo, cuyas ganancias ayudarán a comprar una silla de ruedas para los pobres; ropa, mucha ropa, demasiada ropa, una montaña para escalar de vestidos, camisetas, suéteres, zapatos y ya un sutil malestar toma posesión de mi.  Me acuerdo de una sentencia que aprendí cuando era estudiante: “menos es más”, parece que la pronunció un arquitecto de los que llaman minimalistas, Mies van der Rohe. Debo encontrar dentro de mi misma el coraje de eliminar todo lo que sobra y que no es necesario, el tiempo se me escapa dentro tantos compromisos, me doy cuenta de que solo deseo llegar a una vida más simple y consciente, una vida en la que todo está valorado y el tiempo sigue despacito, la mente libre de oropel más ligera, sabe valorar las relaciones humanas, el tiempo vuelve a ser regenerador. Mi compromiso conmigo misma.

Elettra Moscatelli

Tiempo

Pasa, se desliza entre los dedos como la arena, se dice que siempre falta, que no hay…

El hombre occidental no tiene tiempo para ser feliz, afirmaba el jefe Tuiavii di Tiavea de las islas Samoa, según lo describe el artista alemán amigo de Herman Hesse, Erich Scheurmann en su ensayo antropológico “Papalagi” (los hombres blancos), que es la recopilación de las reflexiones de Tuiavii durante su estancia en Europa.

“Hay Papalagi que afirman que nunca tienen tiempo. Corren como dioses desesperados, como poseídos por el diablo y dondequiera que vayan lastiman, causan problemas y atemorizan porque han perdido el tiempo. Esta locura es terrible, una enfermedad que ningún médico puede curar, que infecta a muchas personas y lleva a la ruina”.

“.. Papalagi ama sobre todo lo que no se puede captar y que, sin embargo, está siempre presente: el tiempo. Y de esto hace un gran revuelo y una tontería. Aunque nunca hay más de lo que puede haber entre la salida y la caída del sol, no le parece suficiente.


Papalagi siempre está descontento con su tiempo y se queja con mucho ánimo porque no se le ha dado suficiente. Sí, se trata de blasfemar contra Dios y su gran sabiduría, ya que Él corta y corta y divide y divide cada nuevo día según un sistema preciso. Lo corta como si abrieras un coco blando con un cuchillo. Y todas las partes que corta tienen un nombre: segundos, minutos, horas. El segundo es menor que el minuto, este es menor que la hora; todos juntos hacen las horas y tienes que tener sesenta minutos y muchos segundos para tener una hora”. Cuanto más se fracciona el tiempo, menos queda.

Quizás el tiempo se le escapa al hombre blanco como una serpiente se escapa de la mano mojada, precisamente porque trata de sujetarla con tanta fuerza.

La obsesión por el tiempo nos lleva a actuar como si el que camina más rápido tuviera más valor que el que camina despacio. Gastamos mucho tiempo planificando, yendo de prisa…. Y cuando nos detenemos a mirar atrás, nos damos cuenta de lo fugaz de la vida. ¡Ya han pasado 20 años! ¡el niño ya va a la universidad!

Si no destinamos tiempo para ser felices, Cronos nos devora, nos somete. En realidad, hay más tiempo que vida.

Bueno, lo dejo aquí…. Se acabó mi tiempo.

Maria Victoria Santoyo Abril