El columpio

Les Hasards heureux de l’escarpolette, 1766
Jean Honoré Fragonard (1732 – 1806)

Me siento coqueta y luminosa con el frufrú de este vestido de seda rosa anaranjado que rima con el verdor que me rodea. Su seda burbujea alrededor de mi corpiño florido ampliamente escotado que corona una bonita cinta anudada alrededor de mi cuello. Un pequeño sombrero adornado con flores protege mi tez mientras trata de ordenar mis rizos rubios que vuelan al ritmo del columpio.

Paco, mi pobre marido, lo hizo con el fondo de terciopelo rojo de una vieja silla y dos cuerdas grandes que colgó de las ramas de nuestro viejo castaño en el fondo de nuestro parque. Sabe que me gusta balancearme, ¡qué bueno es!

—Más alto, Paquito, más alto, ¡vamos!

Un ligero viento me acaricia agradablemente los muslos bajo la falda que se remanga según los movimientos del artefacto que manipula mi marido.

De repente veo, tendido detrás de un espeso arbusto lleno de capullos de rosas salvajes, a un joven que me parece reconocer. Él me mira impunemente, su cara es aún más rosa que mi vestido. ¿Qué puede ver que lo emociona hasta ese punto? Probablemente mis medias atadas por ligas y quién sabe si algo más. Es el joven barón, nuestro vecino, que me está haciendo la corte desde hace algún tiempo.

Debo decir que no me desagrada. Es muy joven, obviamente, pero me halaga y no lo he desanimado. ¡Al contrario!

No sé lo que me pasó, con el movimiento levanté mi pierna aún más alto, mi zapato voló en su dirección, él lo agarró, lo llevó a sus labios y me hizo señas de callarme, mientras se ocultaba aun más.

Tendré que recuperarlo, ¿no?



Jean Claude Fonder

Un amor de Colibrí

Trochilidae – Colibris
Ernst Heinrich Haeckel (Alemán; 1834 – 1919)

Por mi cumpleaños, mi nieta me regaló un colibrí, o más bien una colibrí hembra.

La jaula dorada era hermosa, grande, llena de perchas y pequeños rincones, incluso había un abrevadero rojo con un tanque para la comida. La colibrí era de color verde. Es decir, una combinación de tonos verdes según las diversas partes de su cuerpo, un cuerpo minúsculo (es el pájaro más pequeño del mundo) y un pico muy largo. Aleteaba todo el tiempo a un ritmo tal que apenas se veían sus pequeñas alas. Casi nunca se posaba, la pobre, la sentía infeliz en su pequeña prisión. Casi quería liberarla. Emitía un grito oscuro, parecía el de una contralto.

Un día en la ventana apareció un espléndido pájaro del mismo tipo que el mío, pero era más grande, tenía un vientre blanco manchado con un pequeño punto verde, una gran mancha marrón bajo los ojos, una cresta azul sobre la cabeza y su gran cola levantada en abanico de plumas verdes y blancas. Era un macho majestuoso.

Mi pequeña hembra exultaba y emitía sus gritos graves con una alegría inusitada mientras levantaba también su cola. Me precipité, abrí la ventana muy grande y la puerta de la jaula también. Un verdadero ballet de amor encantó la habitación. Salí a escondidas para dejarlos solos.

Hacia la noche, antes de ir a dormir, entré sigilosamente. Mi pequeña colibrí dormía tranquilamente en una percha en su jaula dorada. Dejé todo abierto. Por la mañana estaba incubando dos hermosos huevos blancos instalados en una pequeña copa en la jaula que debía sin duda servir de nido. Durante el día otros machos intentaron acercarse, pero ella se defendió ferozmente. Desde donde se encontraba podía acceder fácilmente al abrevadero, la jaula estaba bien diseñada. Por supuesto, la dejé abierta para que los pequeños pudieran volar tranquilamente. La ventana daba a un parque, las flores no faltaban.

Picaflores, como yo la llamaba, nunca dejó su jaula, convocó a otros colibríes y la habitación fue dedicada a estas hermosas aves que la frecuentaban de buen grado, formando un verdadero cuadro vivo de colibríes de todos los colores.



Jean Claude Fonder

Turner

Dutch Boats in a Galearnars
Joseph Mallord William Turner

Estábamos en Londres, lloviendo para variar. Un sol agradable a veces atravesaba grandes nubes espantosamente negras. Los colores entonces eran maravillosos, eran nítidos y francos como las dos fuentes de Trafalgar square que extendían sus manchas azul-claras delante de la imponente National Gallery. Con un tiempo como éste, qué mejor que visitar alguna obra maestra de la pintura inglesa.
Turner me pareció una elección sensata, podríamos concentrarnos en los impresionantes Marines de Turner que proponía el Museo.
Huyendo de la lluvia, Gabriel, Michelle y yo subimos las escaleras de este templo de la nación británica. Nos perdimos sin encontrar un lienzo de Turner en este inmenso laberinto de pasillos y salas de colores fuertes, burdeos, verde botella, gris triste y sobrecargado de marcos con dorados barrocos. El personal nos indicó dos salas donde encontrarlos, lamentando el hecho de que no se podían colgar todos. Después de otra larga caminata pudimos admirar algunos lienzos que representaban bastante bien lo que este pintor dejó en el imaginario común, en particular los marines como por ejemplo aquella cuyo título es «The Fighting Téméraire». Una poderosa nave de tres mástiles arrastrada por un remolcador de rueda y vapor que parecía salir de una neblina difícilmente penetrada por un sol poniente.
Y finalmente el flechazo, una pintura nos atrajo, un rayo de sol en toda la sala centraba algunos barcos holandeses arrastrados por una ráfaga de viento impresionante y nos los mostraba en un mar desencadenado, ampliamente iluminado por blancos y grises colorados.
— ¿Cómo sabemos que son barcos holandeses? —preguntó Gabriel, que se interesaba más de lo habitual.
— El título lo indica. Y luego parecen barcos de fondo plano, con una sola vela, barcos de pesca, porque así pueden acercarse más a la costa.
— Papá, ¿por qué los barcos grandes en la lejanía están tan tranquilos?



Jean Claude Fonder

La librería

La librería de Pieter Meijer Warnars
Johannes Jelgerhuis

— ¿Cómo no admirar esta obra? — le digo a mi mujer deslumbrada como yo ante el cuadro de Johannes Jelgerhuis expuesto en el RijksMuséum.
Sobre todo la luz, que parece provenir de la calle inundada por un sol radiante. Un sol claro, que no está nublado por el calor. Un sol que celebra una actividad febril en la ciudad que rodea la librería. Se ven las estrechas fachadas de las casas holandesas, muchas personas que van y vienen sin duda por trabajo, algunos animales, un caballo que tira de una carreta e incluso un perrito que brinca alegremente ante la puerta abierta de la librería.
La luz penetra por ella y por las grandes ventanas que cubren toda la pared que da al exterior. La luz imperiosa se refleja incluso en la parte posterior de los libros encuadernados, ordenados preciosamente sobre los estantes de las paredes laterales, proyecta su sombra sobre los muebles y las pocas personas que pueblan este antro de frescura. Se ven en el suelo, ramas de papel y contra los armarios del material de encuadernación Todo refleja calma y serenidad. Un personaje sentado frente a un escritorio trabaja junto a la ventana, quizás traduciendo o copiando algún texto o se trata de un contable. Un cliente de pie y elegantemente vestido interroga a los dos empleados. ¿Quizás esté preguntando por alguna edición rara, por ejemplo, del Quijote en holandés? Nunca lo sabremos.
— ¿Has notado la perspectiva?, —continuó mi mujer, —es impecable. 
Sí, parece una escena de teatro, pensé. 
¡No hay más que gritar: acción!



Jean Claude Fonder

Marlene

La calle
Ernst Ludwig Kirchner

Élie Eldman adora a Marlene Dietrich, su voz imperceptiblemente ronca, su alemán que arrastra, languideciendo, la fatalidad de su mirada que expresa mejor aún que su elegancia indolente, toda la desesperación de su pueblo que trata de resistir a una decadencia despiadada. Esta noche asistirá al espectáculo, ha venido a Nueva York expresamente. Espera la hora con impaciencia.
Sigue cautivado por «La calle» de Kirchner, expuesta en el Moma. La prostituta de lujo que despliega su abrigo malva y su cuello de piel blanca en el centro del cuadro, y que se mueve sensual en medio de una alfombra púrpura, lanza una mirada irónica sobre un pobre personaje sometido a su encanto. Su pelirrojo, su pintalabios rojo agresivo y su sombrero con plumas blancas inclinado sobre un ojo, podría evocar a Marlene en la película que la hizo famosa «El ángel azul», aunque la época es posterior a la guerra. El cartel donde se ve a la actriz que levanta la pierna con unas medias negras sujetadas por un liguero que realza sus muslos bien carnosos, forma parte de las imágenes que poblaron las fantasías sexuales de su adolescencia. 
“Wie einst Lili Marleen…”. (Como antaño, Lili Marleen.) Los recuerdos apócrifos de Élie asocian erróneamente esta canción que ha dado la vuelta al mundo con la voz inimitable de Marlene, y no puede dejar de canturrearla ante el cuadro que está admirando. Los visitantes lo observan y se alejan de este personaje extraño que podría hacer pensar al profesor Rath, caído en las redes de la cantante. 
Expulsado por el oprobio general, sale del museo y se dirige sin más demora al Carnegie Hall. Hay mucha gente y la espera se hace larga. Finalmente puede entrar, tiene un excelente asiento en el primer piso del balcón, en la curva que domina la escena. El telón se levanta lentamente, Marlene aparece.
Ella está vestida con traje de gala de hombre, un sombrero de copa posado con coquetería sobre su cabello rubio, una larga boquilla en la mano, su otra mano sobre la cadera que cubre una pequeña braguita negra que deja elegantemente descubiertas sus largas, largas piernas. 
Elías se levanta y aplaude con todas sus fuerzas.



Jean Claude Fonder

Farándula

El rito de la primavera
Ignac Ujvary (1860-1927) Hungría

Un relámpago repentino, enormes nubes furiosas y negras de lluvia huyen hacia el horizonte, los timbales se disparan demasiado tarde. Algunas gotas caen, en la lejanía los tambores sofocados todavía se manifiestan. Un rayo de sol penetra y barre sin piedad las últimas huellas de esta ira primaveral.
Pronto se oye el sonido de las hojas jóvenes que el viento despierta, un pájaro lanza pequeños gritos alegres volando entre los árboles. Los oboes los imitan, y de repente la flauta nos recuerda que la alegría de la renovación es de rigor, la naturaleza se ha despertado, la orquesta festeja y celebra la savia que sube, las flores que florecen su belleza para atraer al polen que los fecundará.
Las primeras notas de una farándula se desprenden de este bullicio pastoral, el círculo se forma, las faldas de todos los colores vuelan, los delantales blancos de pureza se unen a los corpiños para hinchar la alegría que se lee en los rostros. Las trenzas, los moños, los cabellos al viento, los labios rojos, las sonrisas y los ojos que chispean dan testimonio de la juventud de la compañía. Las chicas cantan siguiendo la música, y luego giran, giran.
En el bosque cercano se mueven sombras, pequeñas risas se esconden y observan y comentan, los jóvenes varones están al acecho. Sus ojos brillan en la oscuridad. Las chicas lo saben, y giran, giran y giran otra vez.
Ha llegado la primavera. 
De repente, los aplausos me despiertan, me había quedado dormido.
Estaba soñando.



Jean Claude Fonder

Diálogo

Homework
Gregory Mortensen

¡Hola! Estás muy concentrada ¿Qué haces? 
— Mis deberes —respondió con una mirada profundamente seria.
Eso me pareció surrealista. En un escenario de destrucción, un poco apartada, una joven haitiana, bien cuidada y hermosamente vestida con los pies descalzos, estaba sentada sobre lo que podría haber sido una de esas piedras que se utilizan para bordear las aceras. Estaba inclinada sobre su texto, lo corregía a lápiz. A su alrededor no había más que desolación, detritus, piedras, hierba chiflada, latas de conservas vacías, a lo lejos había un humo espeso que nublaba la atmósfera y al que se debían sin duda estos malos olores poco tranquilizadores. Y ella con su pelo muy crespo recogido en pequeños mechones cuidadosamente sujetados por pequeñas pinzas que parecían un par de cerezas.
— ¿Qué tienes de deberes? —pregunté.
— Una redacción. El tema es “El cambio climático”. Hablo de Greta Thumberg.
— Pero cómo has oído hablar de Greta.
— En la escuela, y luego encontré esta revista, —dijo mostrándomela.
Un silencio pasó.
— ¿Qué quieres hacer con tu vida? – le pregunté. 
— Quiero ser periodista y escribir libros.

Le estreché la mano y me alejé pensativo y sereno.



Jean Claude Fonder

El tambor

El escaparate de la juguetería
Timoléon Marie Lobrichon

Había una multitud de niños frente a la juguetería de Boulevard Saint-Germain a pesar de que la cortina de hierro todavía estaba bajada.
— ¿Aún no han abierto? – Pregunté.
— No, —me dijeron —pero se oye ruido en el interior.
Pensé que estarían preparando el escaparate, ya era casi Navidad.
Al día siguiente, de hecho pasaba por allí todas las mañanas para ir a la escuela, encontré la misma situación, había aún más gente. Esta vez me detuve, para escuchar mejor, incluso pedí silencio. Se oía claramente un redoble de tambor y como un ruido de fondo. No me pareció ruido de personas. Decidí que al día siguiente esperaría a la apertura, aunque llegara tarde, no me importaba, encontraría una excusa.
A la mañana siguiente estaba en primera línea, me había levantado temprano. Es alegre salir cuando París se despierta, el aire es vivificante, huele a pan, el agua corre por las alcantarillas, se anuncia el periódico de la mañana, un coche pasa al trote ligero, la vida vuelve a empezar. 
El tambor batía alegremente, yo esperaba. La cortina se levantó. Me pareció incluso ver las baquetas pararse… y sin embargo todos los juguetes estaban inmóviles. Había títeres, muñecas, un barco, un cañón sobre ruedas, un pequeño carro tirado por un caballo de peluche, y por supuesto, en primer plano, un pierrot listo para tocar su tambor. Los niños maravillados me rodeaban para ver mejor.
¿Qué estaba pasando en esa tienda?, ¿magia?
Ya había oído hablar de juguetes que se animan por la noche, así que tenía que comprobarlo. Entré, examiné el tambor, todo parecía normal. El encargado me preguntó si estaba interesada, le dije que tenía que pensarlo y que volvería. De hecho, había descubierto que bajo el mostrador había un vacío bajo la caja donde podría esconderme. No era muy grande y estaba decidida. Tenía que esclarecer el asunto.
Por la noche entré de nuevo en la tienda, y antes de que alguien pudiera verme, me deslicé dentro del escondite. Nadie sospecharía nada, había dicho a mi madre que estaba indispuesta y que me iba a la cama. Subrepticiamente salí, dejando en mi lugar a mi oso oportunamente disfrazado. La tienda finalmente cerró, esperé acurrucada en mi pequeño agujero, un poco asustada de todos modos. ¿Qué estaba haciendo allí?
A las diez nada, a medianoche nada, afortunadamente no hacía mucho frío. Me había puesto el abrigo de lana gruesa. Me dormí y me desperté cuando eran las 7h. De repente, en el fondo de la tienda, se abrió una puerta. Aterrorizada me hice aún más pequeña. El encargado entró y se dirigió hacia el fonógrafo con cuerno que estaba en el estante. Giró varias veces la manivela, colocó la aguja sobre el disco y se oyó a través de los chisporroteos el sonido cadencioso de un tambor.



Jean Claude Fonder

El beso

Love on the road
Ron Hiks

Juana mira a Marc: sus ojos tienen el color del cielo, azul gris. Marc mira a Juana: sus labios son carnosos y están ligeramente entreabiertos. Juana levanta la cabeza y se acerca lentamente a su boca. Marc se inclina suavemente hacia los labios rojos carmesí que se separan cada vez más, y entonces detona el beso, Juana se abre ampliamente y recibe hasta la garganta la lengua conquistadora de Marc. Juana besa a Marc con todo su cuerpo, se pega a él para que sienta todas sus curvas, se aferra a su cuello, empuja intensamente su pubis contra el sexo de Marc.
Marc está desencadenado, su lengua penetra la boca de Juana, rodea su lengua, la chupa, como si se tratara de su clítoris, luego se retira y atrae la lengua de Juana que primero entra tímidamente y luego penetra también ella toda la cavidad bucal con un ardor inusitado. Marc siente su sexo cada vez más duro, está hinchado de sangre y no puede contenerse, su semen se pierde en su lencería íntima. Juana es feliz, acaricia furtivamente el miembro dolorido.
Entonces recobran la conciencia y se vuelven hacia el marco que contemplaban unos instantes antes. 
Era su primera cita, se habían conocido durante el curso de historia de arte contemporáneo. Fue Juana quien propuso a Marc visitar esta exposición. Le había contado el uso de los grises coloreados en ese pintor que le gustaba mucho. Marc descubrió poco a poco que a este neo-impresionista le gustaba pintar a la mujer en retrato y a menudo en pareja, y al final se detuvo ante este último cuadro «Amor en la carretera» que Juana había guardado aposta para el final del recorrido.
La trampa, llamémosla así, funcionó; después de algunas decenas de lienzos en los que los amantes se representaban en escenas cada vez más íntimas, este beso irresistible los había subyugado. Ante la tela se miraron y el juego del amor hizo el resto. 
Marc la tomó por el brazo, la besó ligeramente esta vez, salieron del museo y buscaron el hotel más cercano.



Jean Claude Fonder

La casa

Christina´s Worlds
Andrew Wyeth

La casa está lejos, en la cima de la costa, dominando severamente el campo de trigo. María la observa sumisa y atraída a la vez. La casa ha envejecido mucho, empezando por el tejado, todo está oscuro y en mal estado, se podría rodar una película de terror.

El sol, a través de las cortinas blancas y luminosas, bañaba con su claridad toda la casa, blanca, recién pintada, como se hacía cada dos años en aquella época. Se había levantado temprano. Mammy ya había preparado la crema inglesa para el almuerzo. Todavía quedaba algo en la olla, y con una cuchara se untaba la cara, rosa de satisfacción.

—Te vas a ensuciar este precioso vestido, —la regañó la imponente cocinera negra.

Su madre había elegido un pequeño vestido fruncido, todo blanco que contrastaba con las botas negras con botones pequeños. Al mediodía celebrarían su cumpleaños. John estaría presente con otros niños que frecuentaban su escuela. Esta idea la hizo calmarse. Mammy le limpió la boca y ella corrió a la puerta para ver si llegaba el coche.

El Ford corría a toda velocidad sobre la larga cinta desierta de esta pequeña carretera de campo. El padre de John había querido mostrarles su nueva adquisición. John y ella estaban sentados detrás. El padre de María estaba sentado al lado del conductor. No sobrevivió. El choque fue ensordecedor e implacable. Un coche inesperado había salido violentamente del camino transversal.

María está tendida en la hierba en flor que rodea el campo de trigo afeitado por la siega. Los olores son fuertes. Está vestida ligeramente, su moño deja escapar algunos mechones que flotan al viento. Su mirada imagina la resurrección de la granja, que apenas han comprado, John y ella. Ella se vuelve hacia él que empuja su silla de ruedas:

— Cariño, la pintaremos de blanco de nuevo, ¿verdad?



Jean Claude Fonder

Juan y Julia

Inminent
Jamie Perry

Una enorme nube negra lo cubre, la lluvia se dirige exclusivamente hacia él. Se protege con el paraguas rojo de Julia. El mar sigue azul y se extiende hasta donde le alcanza la vista, el sol de septiembre inunda la playa, la tormenta parece afectarle únicamente a él.

Juan, en el coche esta mañana, conducía con rabia, su eterno sombrero Pork pie clavado en su cabeza. Julia se lo reprochaba, es para disimular tu incipiente calvicie decía, burlándose. Lo levantó ligeramente y lo llevó hacia atrás como hacía Michel Piccoli en Le Mépris. Luego, en la autopista vio el cartel que indicaba la costa, no dudó y, decidido, tomó esa dirección.

Una ráfaga de viento proyecta la lluvia sobre él, su camisa nueva está empapada, pero el mar permanece azul en la lejanía.

Julia, en la pequeña villa que compraron en el campo cerca de la ciudad, abre la cortina y echa un vistazo al cielo. El sol brilla poderosamente, el día todavía será cálido. El jardín sufre, habría necesitado lluvia. Está nerviosa, esta mañana se desahogó sobre el pobre Juan. Hay que decir que iba a ir al trabajo con una camisa cuyo cuello llevaba todavía las huellas del sudor provocado por esta ola de calor que no acababa de terminar. Él nunca le hace caso.

Juan no puede quitar los ojos de las olas mientras se estrellan cíclicamente en la playa desierta, la marea está baja, el viento ha evacuado la nube y su lluvia sin piedad, el sol reina de nuevo, también ha recuperado la serenidad, las dunas detrás de él protegen este grandioso paisaje que siempre ha amado. Aquí es donde conoció a Julia.

El teléfono vibra en su bolsillo, es Juana la secretaria. Le recuerda su almuerzo con uno de sus clientes importantes. 

— Su esposa también llamó. — añade.

Julia está preocupada. Espera que Juan se ponga en contacto con ella. Quizás exageró, pero no puede hacer nada, porque por la mañana a menudo está de mal humor. Ahora que Juana le había dicho que él tenía una cita bastante lejos y que probablemente iría directamente estaba angustiada. 

Cuando de repente suena el teléfono, es él, ella lleva rápidamente el aparato a su oído, escucha, no es su voz, es como un murmullo, es el sonido de las olas, tal vez.



Jean Claude Fonder

Evasión

Summer Glow
Sally Rosenbaum

El calor es pesado, tropical. La humedad es invasora, su ropa, aunque sea ligera, se le pega a la piel. La luz es deslumbrante pero como filtrada, todo el jardín parece borroso alrededor de ella. El árbol que debe protegerla no proyecta ninguna sombra. Los perfumes de todas las plantas que lo rodean son embriagadores e invaden el ambiente, el calor los exalta en un cóctel indefinible y potente. No hay un soplo de viento que traiga un poco de frescura, la atmósfera es irrespirable, pero ella no parece preocupada. La cabeza inclinada sobre el libro, con los ojos disimulados por el sombrero de paja, aferrada a la copa de vino tinto que acaba de vaciar, prosigue ávidamente su lectura.

El ladrón, vestido y encapuchado de negro, con traje adherente, como el que llevan los mimos, entra en la sala cercenando un orificio en la vidriera que sirve para iluminar las pinturas expuestas. Debe de ser un acróbata pues ha sido capaz de subir al tejado agarrándose al canalón exterior. Está segura de reconocerlo, sus movimientos son flexibles como los de un bailarín, su cuerpo está modelado como el de un atleta griego. 

Ha estado viniendo durante toda la primavera, instalando su pequeño caballete delante de ella, colocando con cuidado la tela y desembalando atentamente sus colores y sus pinceles. La miraba fijamente, tratando de penetrar sus misterios. Día tras día venía, a veces en un gesto de cólera, cambiaba el lienzo y volvía a empezar su cuadro desde el principio. Ella no entendía, habría querido ver sus bocetos, sobre todo porque cuando él no estaba satisfecho con su trabajo, la miraba rabiosamente como si hubiera querido robarla, hacerla suya.

Y por fin, hoy se le acerca, la descuelga suavemente, la mete en una bolsa protectora, la envuelve tiernamente en sus brazos, y huyen corriendo mientras las sirenas se desencadenan.



Jean Claude Fonder

La espina

La espina
James Hayllar

Mignonne, allons voir si la rose
Qui ce matin avait déclose
Sa robe de pourpre au soleil,
…
Ronsard

Bonita, si, con el pequeño vestido rosa y el sombrero a juego, las medias y los zapatos negros, el delantal blanco como la nieve y su carita de pelirroja poblada de una sonrisa feliz. A saltos con su cesta por las hermosas alamedas de este jardín inglés, cuidado meticulosamente por John, nuestro buen jardinero. 

Esta mañana, como todos los días, había pasado por la rosaleda. El propietario, Sir Adrian, un famoso coleccionista, tiene las rosas más raras. Algunas de nosotras hemos ganado los concursos más selectos. Yo soy simplemente púrpura, mi vestido es de un único color con un ligero degradado hacia el corazón. Mi perfume es singular y poderoso, como el terciopelo con que despliego la seducción de mis pétalos.

Esta mañana, Lady Elisabeth habrá encargado a su nieta Susan que recoja las rosas para decorar la mesa de su cena de cumpleaños, que se celebra cada año a principios de junio. Estoy segura de que me elegirá a mí y de que estaré en el centro de la mesa, puesto que soy la más hermosa, la que Sir Adrian ofrecerá a su mujer, según la tradición, durante el brindis a su esposa.

Esta mañana, la pequeña Susan ya tenía su cesta llena de rosas blancas, rosas, rojas, cuando finalmente me vio. Estaba resplandeciente, regalada, los pétalos ligeramente abiertos y mi perfume que dominaba sobre todos los demás. Se acercó con la pequeña cizalla en la mano y me cortó en bisel, como es debido. Mi invencible fragancia la embriagó, inclinó su rostro para observarme mejor, para acariciarme cuando, de repente, gritó, una gota de sangre manchó su dedo. Una de mis espinas la había herido.

Esta mañana, la rosa estaba tirada en el suelo, ya un poco dañada, apartada, mientras John curaba a Susan en su carretilla de jardinero.



Jean Claude Fonder

El duelo

Geisha y cereso
Tsuchiya Koitsu

La niebla es espesa y se aferra a la maleza que invade el sotobosque, un samurái vestido con un sobrio kimono negro, con el pelo hirsuto encerrado en una venda carmesí se abre camino en la semioscuridad perfumada de humedad. Lleva pantalones oscuros ajustados en la parte inferior y sandalias de madera, dos espadas pasan por el cinturón de tela gris que rodea estrictamente sus riñones, camina rápidamente con los brazos separados, un palo pesado en su mano derecha.

De repente se detiene, sus ojos se oscurecen y observan con atención al guerrero que blande con las dos manos una espada alzada ante él. Lleva los colores de una famosa escuela de esgrima japonesa. No hay duda de sus intenciones, lo desafía. Se lo esperaba, esta escuela se encuentra en los alrededores y allí se dirigía para complementar su reputación enfrentándose a uno o varios de sus profesores.

Avanza lenta y firmemente hacia su adversario, que suda abundantemente, el miedo es evidente en su mirada. Con precaución, da dos pasos hacia un grupo de árboles que lo protegen de un posible ataque por la espalda. Observa los movimientos del samurái que está frente a él y que levanta un poco más su espada asustada. Bruscamente salta hacia la izquierda, levanta con las dos manos su palo y con un sencillo golpe magistral rompe el antebrazo de su adversario que suelta su espada y grita de dolor. Todos los alumnos que se escondían en el bosque cercano huyen.

Miyamoto Musashi, porque es él, sigue su camino, hasta llegar a la famosa escuela que se encuentra en un maravilloso jardín zen, junto a una escuela de Geishas. El día avanza y el viento que se levanta limpia el cielo dando paso a un sol victorioso. 

Cuando cae la noche, el jardín donde reina una suave luz púrpura descubre su misterio ante sus ojos apaciguados. Rocas, un césped, un pequeño arroyo, algunos árboles cuidadosamente dispuestos, un cerezo en flor y un pequeño puente encorvado del mismo tono, bastan como si fueran un ramo, para crear este ambiente indescriptible que desprende y celebra un silencio reparador. Una geisha que viste ricamente con los tonos que se ajustan a los colores del jardín y que camina en este decorado suspendido en el tiempo, lo mira.

Entra en la escuela vacía, se descalza, se arrodilla sobre el tatami en una posición respetuosa, toma un pincel y traza algunos caracteres preciosos en una hoja de papel.



Jean Claude Fonder

Venecia

El sacamuelas
Tiépolo

¿Alguna vez han caminado por Venecia con una máscara?

Se experimenta una sensación extraña. Se ve todo, pero se es invisible como una fantasía ahogada en la multitud. Aquella vez nuestras máscaras eran sencillas y banalmente clásicas, la de mi esposa era un gato y la mía era el famoso antifaz de Arlequín y por lo demás llevábamos nuestra ropa normal. No éramos los maniquís de concurso que pueblan artísticamente las calli de Venecia durante el carnaval.

Cuando vi el cuadro de Tiepolo que tenía que inspirarnos para este número de nuestra revista, los recuerdos me sobrevinieron de golpe. Soy literalmente un amante de Venecia como, creo, muchos de ustedes. La conocí cuando éramos jóvenes mi esposa y yo, y allí proyectamos nuestro futuro. La he visto y vuelto a ver, por trabajo en todas las estaciones, en vacaciones, simplemente para mantener el contacto, para saborearla mejor o para hacerla conocer a familiares o amigos. 

El carnaval también lo frecuentamos. Aunque nunca hemos disfrutado del caos internacional que tan bien representa la obra de Tiepolo. Su carnaval siempre ha atraído a mucha gente de todo género; comediantes, charlatanes, honestos y menos honestos como el sacamuelas que da título a este cuadro. Hoy se ha convertido en un evento turístico que llena la ciudad de la laguna y, sin duda, participar en él no es la mejor manera de conocerla.

La experiencia que tuvimos hace más de 20 años, sin embargo, sigue siendo uno de nuestros recuerdos más especiales. Conocemos bien Venecia, y consideramos que no es el trayecto que va de San Marco al puente del Rialto el que hay que recorrer con las máscaras, hay que perderse en los sestieri más periféricos, ir al azar de los puentes y de las calli y es en el desvío de un campo que encontraremos la Venecia de nuestras lecturas o la que nuestra cultura ha guardado en la memoria colectiva. 

En aquella época, el poder turístico no se había apoderado todavía de los bacari, a los que sólo los venecianos se atreven a entrar. Son unos pequeños locales oscuros sin terraza y sin música anglosajona. Allí se consumen cicheti (tipo de tapas económicas) acompañados de un “ombra de vín” rigurosamente blanco y un poco agrio. Esta costumbre la adoptâmes de buen gusto. 

En aquella ocasión, encontramos una verdadera maravilla: escondidos en un campiello cerca de la Accademia, en Dorsoduro, mi sestiere preferido, las tablas estaban instaladas, una compañía improvisaba la commedia dell’arte. Mi personaje hubiera podido ser el protagonista de la acción, pero afortunadamente un verdadero Arlequín me había precedido en el escenario ambulante.

¡El Café Florian! No pudimos evitar visitar una vez más esta pequeña joya de la historia. Pequeño, en efecto, todo es pequeño en este café, como si el siglo XVIII hubiera detenido su crecimiento para conservar el estilo de la época. Pero la historia vino a la cita. Pudimos observar a nuestro gusto, estando a salvo detrás de nuestras máscaras, una mesa de nobles venecianos que se habían vestido con sus ropas de época, el camarero nos reveló que era una tradición que se repetía cada año. Nos quedamos en el gran siglo ante un chocolate que seguramente habría gustado a la Despina de Cosi fan tutte.

Venecia es todo esto. Hay, por supuesto, museos, palacios e iglesias para visitar, pero Venecia no es una ciudad muerta, si sabes cómo hacerlo, permanecerá eterna para ti.



Jean Claude Fonder

Al despertar

Amanecer
Enrique Omar Sobisch

Cuando desperté, una imagen persistente quedó grabada en la infinita desolación que habitaba mi dolorosa memoria.

¿Qué había pasado?

Revisé los detalles de mi recuerdo. La tierra roja que rimaba con el color oxidado de la chatarra que ocupaba el centro de mi pensamiento debilitado. Una fogata improvisada donde las llamas todavía lamían un extraño recipiente en forma de cilindro de contenido misterioso. Un arbusto muerto que dominaba un camino de tierra. A lo lejos unas colinas tristes y un paisaje desértico sin ningún rastro de vida humana.

Por mucho que intentara recordar el objeto de mi sueño, sólo quedaba esta instantánea, como si hubiera parado la imagen de una película cuyo final nunca conocería. 

No sé por qué, pero la primera idea que me surge es la historia de Bonnie and Clyde, que fueron detenidos en su huida desesperada por un pinchazo desafortunado. El coche, sin duda. No puedo separar a estos dos aventureros de sus viajes sempiternos en coche. Pero este está demasiado destrozado, no tiene marcas de balas y el modelo no es de esa época.

Tal vez unos gauchos. La fogata me los recuerda, creo que la vi en una vieja foto en blanco y negro, pero allí, al lado de ella, había un tipo de remolque de madera que era realmente muy diferente del coche podrido de mi sueño imposible. Y si todavía hay gauchos, se tratará de una empresa turística y la escena onírica que yo había inventado no correspondería mucho al decorado que nos describe José Hernández en Martín Fierro. 

¿Inventado? No he inventado nada. 

Ahora recuerdo que ayer vi esta obra en el blog del pintor Omar Sobisch, forma parte de su época de hiperrealismo, en Madrid donde vive actualmente. Pero eso no explica absolutamente nada. ¿Por qué me obsesiona esta pintura? ¿Quién pudo haber encendido este fuego?

Sólo puede ser él, el pintor, que quería crear un misterio, dejar a la imaginación de cada uno una historia que contarse, crear vida en este desierto despiadado.

Y yo reaccioné. Bonnie y Clyde, la canción, la película de Arthur Penn, los amantes criminales, la huida a través de los campos, el coche… Están aquí, pueden verlos ustedes también, uno en los brazos del otro. Sus armas rojas de sangre, que han dejado allí a su lado, acompañan despiadadamente sus amores prohibidos.



Jean Claude Fonder

¡Qué maravilla!

Paisaje nevado con patinadores y trampa para pájaros
Pieter Bruegel el joven

— ¡Qué maravilla! — pensé. 

Este cuadro forma parte de mi imaginario. 

¿No sé por qué? Porque lo observé y lo fotografié en sus más pequeños detalles, o porque la presencia de la nieve y del hielo forman parte de mis recuerdos de infancia?

En aquel entonces, en mi ciudad, Lieja, todos los años esperábamos la nieve un poco antes de Navidad. Nos encantaba su abrigo blanco que cubría la monotonía gris de nuestra pequeña ciudad, que transformaba sus calles y sus casas en postales. También el parque abandonaba los hermosos colores del otoño que ya se habían marchitado para revestirse de su inmaculado aspecto invernal.

La belleza había tomado el poder, pero también la alegría de los niños. En la escuela, las clases parecían más ligeras. Sabíamos que en el recreo las batallas de bolas de nieve serían despiadadas. En el parque, un sombrero viejo, una zanahoria, dos piedras y una bufanda, roja por supuesto, bastarían para erigir un muñeco de nieve que desafiaría al invierno armado con su feliz escoba. Y también estaba el estanque, completamente congelado porque era poco profundo. No se podía alimentar a los patos que se habían refugiado no se sabía dónde, pero no faltaban otros juegos y sobre todo predominaba el patinaje que encantaba a los más grandes.

La serenidad de esta atmósfera, me la devolvió el cuadro cuando lo conocí en su versión original, la de Pieter Bruegel, el viejo, en el Museo de las Bellas Artes de Bruselas. Lo admiré también, tanto en Viena como en Madrid, en las copias que hizo su hijo. 

Fue amor a primera vista. La escena representa un pequeño pueblo de Brabante, no lejos de Amberes, que se puede ver en la lejanía. Los piñones escalonados son típicamente flamencos, pero encontré en esta pintura las impresiones de mi infancia perdida.

Saqué fotografías de los personajes y de las escenas particulares que podían constituir un pequeño cuadro en el cuadro. Los detalles son increíblemente precisos, la perspectiva siempre se respeta independientemente del plano en que se encuentren los personajes.

Encontré estas fotos en un álbum hace poco, los recuerdos acudieron. Hoy, en el avión que me lleva a Bruselas, pienso en todo esto. Voy a volver a ver la obra. 

El mundo en el que vivimos hoy se ha alejado tanto del representado por Bruegel, incluso el de mi infancia estaba mucho más cerca del suyo.

El año que viene, en 2020, se cumplen 450 años de la desaparición de Pieter Bruegel el viejo, y los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica honrarán al gran maestro del Renacimiento con diversos proyectos.

Mi nieta es diseñadora. 

Quizás inspire su estilo contemporáneo en este pintor genial y en este cuadro maravilloso.



Jean Claude Fonder

La chica de amarillo

Lluvia sobre Nueva York
Pete Rumney

“El comandante anunció que el aterrizaje tendría lugar en el aeropuerto JFK de Nueva York en 20 minutos…”

Él enderezó su asiento y sintió la angustia que tenía cada vez que llegaba a Nueva York, odiaba pasar por inmigración, ser interrogado sobre los motivos de su estancia. Percibía una cierta agresividad por parte del oficial, a veces cuando se trataba de un oficial de color, no lo comprendía bien, y se sentía, sin motivo alguno, culpable por existir.

Más tarde, en el taxi que lo llevaba a Manhattan, sintió otra angustia. ¿Estaría ella allí? Llovía a cántaros, y el cielo estaba ya oscuro a primera hora de la tarde. También hacía dos semanas estaba paseando por Central Park y había caído una borrasca inesperada. Salió corriendo del parque hacía la Colección Frick en la calle 70 mientras las primeras gotas se desencadenaban.

La atmósfera en el museo era cálida; la madera, omnipresente en la decoración, muy clásica, contribuía ciertamente a ello, pero también, por supuesto, la presencia de esta fabulosa colección de pintura. Era muy rica y variada, pero al mismo tiempo tenía una dimensión humana. 

Los tres Vermeer que la Frick poseía eran objeto de su máxima admiración. Le encantaban los colores suaves que el pintor había sabido mantener a pesar de la excesiva iluminación que provenía de una ventana situada a la izquierda del cuadro, y le encantaba también la intimidad de las escenas que representaba. Su lienzo favorito, “Ama y Criada”, describía la entrega de una carta de amor, probablemente adúltera.

Estaba detenido en el estudio de los detalles de esta última obra maestra, cuando de repente percibió una presencia detrás de sí, se volvió. Era ella, la joven holandesa rubia de ojos azules, o al menos alguien que se parecía mucho a ella. Él se apartó para permitirle acercarse al cuadro y se disculpó por impedirle admirar el cuadro. 

—No importa, conozco esta obra perfectamente, cada semana vengo a verla, no puedo evitarlo. Me tiene hechizada.

Continuaron intercambiando sus puntos de vista sobre la pintura del famoso artista. Luego se despidieron, prometiendo volver a verse en una próxima visita. Ella le confió que venía siempre aproximadamente a la misma hora.

La idea de verla de nuevo se convirtió rápidamente en una obsesión. Así que allí estaba y, como por arte de magia, llovía otra vez. Cuando él entró en la sala de los Vermeer, la vio inmediatamente, llevaba un pequeño traje amarillo. Se acercó rápidamente a ella, permanecieron unos instantes delante del cuadro sin hablar mucho, observando la escena, y luego él la acompañó protegido por un enorme paraguas que se había traído. Alquilaron una habitación en un pequeño y acomodado hotel cerca del museo. 

En la habitación se lanzaron el uno a los brazos de la otra y se arrancaron la ropa sin decir una palabra. Follaron como fieras endiabladas, por no decir más.

Alrededor de las 18h, la besó apasionadamente por última vez y tomó un taxi para coger el último avión. La lluvia y sus oscuros decorados azules habían desaparecido, una hermosa luz de atardecer reinaba en Nueva York.



Jean Claude Fonder

La pelirroja

La favorite de l’émir
Benjamin Constant

George estaba a punto de casarse. Desde hacía mucho tiempo frecuentaba un famoso burdel en París, como lo hacían los muchachos que querían adquirir experiencia. Una de las eminentes azafatas del lugar, que se llamaba María la Pelirroja, le había recomendado para su última visita que eligiera un cuadro vivo inspirado en una obra de Benjamín Constant: La favorita del emir.

Esa noche, cuando entró en la sala, quedó atónito ante el espectáculo que se le ofrecía: 

Acostada en un sofá cubierto con una gruesa alfombra de color negro con motivos florales y una enorme almohada recubierta de dorados, La Pelirroja, envuelta en una larga falda de seda roja gruesa y ricamente decorada, desplegaba su famosa cabellera. Los rizos rojos coronaban majestuosamente su joven rostro adornado con una boca escarlata y dos grandes pendientes en forma de anillos dorados, y ofrecía a la vista un pecho perfecto apenas velado por una blusa de tul dorada y transparente. A sus pies estaba su amiga Marion, una morena guapa, un poco regordeta, también vestida a la oriental en tonos dorados. Un amplio mural cubría la pared del fondo, representando una gran terraza cubierta que se abre sobre la bahía de Tánger. El azul soleado del mar y del cielo, las pequeñas casas blancas de la ciudad, el acantilado de color rosa en la lejanía, y algunas pequeñas velas triangulares que animaban con manchas blancas la gran extensión azul, componían un decorado de ensueño. Un músico inclinado sobre su instrumento, un laúd, deleitaba a las muchachas con una melodía a la vez suave y ligeramente rítmica. Vestía como un Saharaui, su piel era de color oscuro.

Hacía mucho calor en la habitación, le habían hecho vestir una larga chilaba y zapatillas de cuero amarillo. Afortunadamente, un ligero viento y el sonido refrescante de una fuente producidos por alguna máquina invisible, creaban un ambiente estival que invitaba a abandonarse a la languidez erótica del momento. Se acercó a la bella María, que parecía dormida, se arrodilló ante ella para recoger un beso de sus labios tentadores y puso tiernamente su mano en forma de copa para acariciar la curva de un seno. Pero ella de repente se enderezó y, poniéndose un dedo ante la boca, le apartó la mano lentamente. Sorprendido se volvió hacia Marion, que se había levantado y ahora estaba detrás de él, pensó que quizás debía honrarla antes que a María. También le gustaba, sus redondeces generosas presagiaban un temperamento devastador. Así que se levantó y la abrazó. La Pelirroja reaccionó en el instante y lo sacó de su abrazo con la fuerza de una amante celosa.

— ¿Qué está pasando aquí? — dijo enfadado, —he pagado regularmente mi entrada.

Las dos chicas empezaron a reventarse de risa.

— ¡Es nuestro regalo de boda! — dijeron, —te devolveremos el dinero.

Entonces se acercaron al pequeño personaje que se escondía en la esquina derecha de la sala, como Benjamin Constant lo había representado.

— ¡Luisa! — se exclamó, reconociendo a su futura esposa.



Jean Claude Fonder

El sufrimiento

Las compañías
Germán Álvarez (Mendoza, 1968)

Un camino arduo, con fuerte pendiente, en medio de un bosque frondoso. Cada paso es difícil, necesitas el bastón para avanzar.

Una mañana, después de una larga y dolorosa noche, el sufrimiento tomó posesión de tu cuerpo. Estar tumbado en un lecho de dolor es intolerable; levantarse, enderezarse parece una empresa imposible. Al arrastrarte, conquistando cada centímetro, finalmente logras llegar al borde de la cama, entonces, en un esfuerzo sobrehumano, un gran grito te permite vencer el dolor y te levantas ayudándote con ambas manos. Sentado en el borde, esperas un momento para recuperarte, luego haces palanca con el brazo sobre el muslo más débil y finalmente recuperas la posición de pie. Un momento más para que la sangre baje por tus piernas, que están como paralizadas, agarras el palo que espera junto a la cama y das el primer paso.

Cada paso es una victoria, el siguiente será más fácil. Todos los gestos necesarios para levantarse son una batalla por la que luchar, a veces ferozmente: ir al baño, afeitarse, ducharse, curarse y finalmente, el más duro, vestirse. Se necesita tiempo, porque cada movimiento requiere una estrategia para evitar el dolor.

El desánimo es como una sombra negra que te sigue, al acecho de la menor dificultad, para desalentarte, para recordarte que esta situación puede durar. Cada año, con la edad que avanza, el dolor puede llegar a ser cada vez más difícil de soportar y finalmente llegar a convertirse en definitivo. Además, no es sólo tu cuerpo el que sufre, el espíritu también está obsesionado con el dolor. A veces esto puede llevar a un incremento de creatividad, pero en la mayoría de los casos obstaculiza el pensamiento y no deja espacio para ningún otro sentimiento.

El sueño, la imaginación, afortunadamente, es como una sombra blanca, que nos abre el camino de la esperanza, la ilumina con la alegría de crear.

Como estas palabras que me han inspirado el cuadro de Álvarez y el sufrimiento que me persigue en este momento.



Jean Claude Fonder