Susurros en la fontana

SUSURROS DE AMOR
William-Adolphe Bouguereau (1825 – 1905 )

Siempre he considerado Roma como una ciudad de provincias. Me gustan sus pequeñas calles de color inextricablemente medievales. Me gusta perderme por ellas, guiado por el olor del pan de trigo a las cuatro de la mañana, cuando el panadero lo saca crujiente del horno. Me gustan los gatos vagabundos que se acercan libremente, saltan a tu alrededor, como el gatito en el pelo de Anita Ekberg. Un gatito blanco como su estola blanca que pasea su hermoso cabello rubio en su desnuda espalda escotada.

Me gusta cuando, ya de mañana, salgo atontado de la fiesta, sigo el sonido del agua en la oscuridad fresca, y encuentro, majestuosa, la Fontana de Trevi. Anita está dentro, bañándose, su abundante y lechoso pecho regado por las cascadas chorreantes, da saltitos ante mis ojos maravillados. Me llama, sin dudarlo me remango los pantalones y con los pies descalzos, chapoteo hacia ella. La abrazo, la beso y ella, simplemente, coge un poco de agua en su mano y según amanece, me bautiza en el pelo, susurrando «Marcello».



Jean Claude Fonder

Conversación sobre un balcón

Le Balcon (1868-1869)
Edouard Malet (1832 – 1883)

—¿Sabes, Fanny, que no me gustan los balcones? — confió Berthe Morisot a su amiga, observando atentamente el retrato que la representaba en el centro del cuadro que lleva el mismo nombre.

Edouard Manet y Suzanne Leenhoff, su mujer, la habían invitado a su casa en Boulogne sur mer, con los otros protagonistas del cuadro, Fanny Claus la violinista, y el pintor Jean Baptiste Guillemet, jurado del Salón de los Artistas Franceses donde se había exhibido la tela en París en 1869. 

Acababan de terminar un almuerzo ligero en el comedor. La mesa estaba cubierta por un mantel inmaculado cuya blancura iluminaba la habitación un poco oscura. El olor de medio limón acompañaba a las conchas de ostras que habían sido servidas en un lecho de hielo triturado en una bandeja de plata. Algunas rebanadas de pan negro con mantequilla salada, un vaso de vino blanco seco en un servicio de cristal componían los restos de la comida. La criada servía el té a las damas, los señores acababan de encender cuidadosamente un puro cuyo aroma invasivo comenzaba a empeorar el aire de la habitación. 

— ¿Y por qué? — preguntó Manet. 

— No lo sé, es como de pequeño burgués que observa al pueblo miserable que desfila bajo las banderas. Parece Madame Bovary.

— Pero sabes que me inspiré en el cuadro de Goya Las Majas con balcón.

— Peor aún, son mujeres galantes que se burlan de los fieles en procesiones durante la Semana Santa.

— Berthe, creo que lo que pasa es que no te gusta el retrato que te hice, no te sientes hermosa.

— No es cierto, me siento incluso demasiado hermosa. Los críticos ya me llaman “femme fatale”.

— ¿Por qué crees que es?

— Tu reputación, sin duda, después de Olympia y Le Déjeuner sur l’herbe

— ¿Qué puedo hacer? Nunca te he representado desnuda.

— Bueno, hete aquí: — dijo ella, podrías haberme dejado pintar a mí el personaje.



Jean Claude Fonder

El regalo

Primera nevada
Arkady Alexandrovich Plastov
Pintor realista ruso (1893- 1972)

Cuando me desperté esa mañana, había nevado. 

Imperaba un silencio inusual, como si estuviéramos envueltos en algodón suave y protector. En todas las habitaciones había un aire frío y seco, se respiraba la nieve. Me precipité hacia la sala de estar donde el gran ventanal me descubriría todo el jardín. La nieve estaba allí, virgen, me volví hacia la puerta de entrada que daba a la calle, la gran ventana lateral permitía ver el callejón que sube al garaje. Éramos prisioneros, la nieve nos rodeaba, al menos 30 o 40 centímetros.

Mi hija estaría feliz, una Navidad blanca. El abeto, con los colores resplandecientes de sus bolas se pavoneaba en una esquina cerca de las ventanas, rompiendo maravillosamente la blancura inmaculada que se extendía ante él. 

¡Qué espectáculo! ¡Un jardín de postal! Este jardín que tanto me había hecho sufrir, erigía sus arbustos y sus jóvenes árboles, orgullosamente revestidos de su uniforme invernal, para montar la guardia alrededor del vasto césped y del terraplén de algunos metros que delimitaba nuestro espacio. Este blanco uniforme se oponía en mi recuerdo al caos arcilloso que habíamos descubierto cuando nos habíamos instalado tres años antes en nuestra nueva casa.

¡Qué decepción! La habíamos comprado viendo unos folletos. Aunque nos había alegrado tomar posesión de la casa, nos tomó un par de toneladas de turba y horas de trabajo paciente para crear un césped digno de ese nombre y luego poder proceder a la plantación de lo que no quería ser un seto. Todavía recuerdo cómo con una paleada rápida y una regadera de agua por cada planta, un jardinero municipal, amigo de un vecino oficial de policía, en apenas una hora había diseñado la arquitectura y plantado el primer esbozo de un jardín que iba a florecer de marzo a septiembre y que ganó el premio al jardín más bello del barrio. Por supuesto, eso no se hizo solo, compré una enciclopedia de botánica, y mi esposa y yo dedicamos todas nuestras horas de ocio a hacer crecer y cuidar a este nuevo miembro exigente de la familia. Todos, mi esposa, nuestra hija que en aquella época tenía 11 años, y yo lo amábamos y estábamos orgullosos de él. También el gato, un persa cuyo nombre era Negus.

De pie frente a la ventana de las maravillas, mi hija se había unido a mí y contemplaba amorosamente nuestra obra maestra, por primera vez nevada.

— ¿Qué es esto? —dijo, mostrándome los bonitos pequeños dibujos que ahora decoraban la superficie blanca de la terraza delante de las puertas-ventanas y que se escapaban serpenteando hacia el fondo del jardín.

— Creo que son pajaritos, quizás gorriones. Ya vi unos por aquí.

— Y más al fondo, grandes manchas negras que venían del terreno que está enfrente, en lo alto del terraplén.

«Allí es donde siempre va Negus a cazar en sus salidas nocturnas», pensé. Fui a la cocina donde teníamos su almohada y su comedero. No estaba allí. Regresé a la ventana, mi mujer se había levantado y con su hija apretada contra ella, abrazaba con una mirada fascinada el espectáculo que la naturaleza nos ofrecía tan generosamente en este día de Navidad. 

— Hay un montón de regalos bajo el árbol, —dijo ella—vamos a abrirlos, pero antes vamos a tomar un buen desayuno. Queda todavía un poco de panettone.

Juntos fuimos hacia la cocina. El gato estaba acostado en su cojín mientras ronroneaba. Un pequeño gorrión estaba tendido en el suelo delante de él, una mancha roja en su cuello. Negus nos miraba con una esperanza insoportable, el oro deslumbrante de sus pupilas anchamente abiertas pedía reconocimiento. 

— ¿Papa? —Me dijo mi hija volviéndose hacia mí, con los ojos llenos de lágrimas y preguntas.



Jean Claude Fonder

Psique

El rapto de Psique
William Adolphe Bouguereau (1825 – 1925)

Amor me lleva Alto en el cielo, Amor me lleva.

Me abraza con fuerza. Me estremezco, siento el calor de su cuerpo contra el mío apenas cubierto. Su abrazo me tranquiliza. Con los ojos cerrados inclino mi cabeza contra su hombro. Su amor, el amor de Eros, me envuelve, me protege, una sonrisa dichosa florece en mi rostro. Estoy feliz.

Recuerdo todo lo que sufrí antes de beber ambrosía y recibir de las manos de Zeus mis alas de mariposa. 

El primero que me hizo sufrir fue el mismo Eros, cuando se enamoró de mí tras ser herido con la flecha que debía golpear a un ser monstruoso, por orden de su madre Afrodita, celosa de mi belleza. Me salvó y me escondió en un hermoso palacio sin decirme quién era. Sólo me visitaba de noche y se escapaba antes del amanecer dejándome palpitante de deseo y de amor.

Luego, cuando su madre todavía furiosa, me condenó a todo tipo de pruebas imposibles, como poner en una caja una parte de la belleza de Perséfone, la reina de los infiernos, llevándome casi hasta las puertas de la muerte.

Fue entonces que Eros, mi amor liberado de la cruel Afrodita, me llevó al Olimpo donde Zeus decidió compasivo hacerme diosa y unirme a Eros ante el Panteón de los dioses.

¡Amor mío llévame! ¡A lo más alto del cielo, Amor mío llévame!



Jean Claude Fonder

El columpio

Les Hasards heureux de l’escarpolette, 1766
Jean Honoré Fragonard (1732 – 1806)

Me siento coqueta y luminosa con el frufrú de este vestido de seda rosa anaranjado que rima con el verdor que me rodea. Su seda burbujea alrededor de mi corpiño florido ampliamente escotado que corona una bonita cinta anudada alrededor de mi cuello. Un pequeño sombrero adornado con flores protege mi tez mientras trata de ordenar mis rizos rubios que vuelan al ritmo del columpio.

Paco, mi pobre marido, lo hizo con el fondo de terciopelo rojo de una vieja silla y dos cuerdas grandes que colgó de las ramas de nuestro viejo castaño en el fondo de nuestro parque. Sabe que me gusta balancearme, ¡qué bueno es!

—Más alto, Paquito, más alto, ¡vamos!

Un ligero viento me acaricia agradablemente los muslos bajo la falda que se remanga según los movimientos del artefacto que manipula mi marido.

De repente veo, tendido detrás de un espeso arbusto lleno de capullos de rosas salvajes, a un joven que me parece reconocer. Él me mira impunemente, su cara es aún más rosa que mi vestido. ¿Qué puede ver que lo emociona hasta ese punto? Probablemente mis medias atadas por ligas y quién sabe si algo más. Es el joven barón, nuestro vecino, que me está haciendo la corte desde hace algún tiempo.

Debo decir que no me desagrada. Es muy joven, obviamente, pero me halaga y no lo he desanimado. ¡Al contrario!

No sé lo que me pasó, con el movimiento levanté mi pierna aún más alto, mi zapato voló en su dirección, él lo agarró, lo llevó a sus labios y me hizo señas de callarme, mientras se ocultaba aun más.

Tendré que recuperarlo, ¿no?



Jean Claude Fonder

Un amor de Colibrí

Trochilidae – Colibris
Ernst Heinrich Haeckel (Alemán; 1834 – 1919)

Por mi cumpleaños, mi nieta me regaló un colibrí, o más bien una colibrí hembra.

La jaula dorada era hermosa, grande, llena de perchas y pequeños rincones, incluso había un abrevadero rojo con un tanque para la comida. La colibrí era de color verde. Es decir, una combinación de tonos verdes según las diversas partes de su cuerpo, un cuerpo minúsculo (es el pájaro más pequeño del mundo) y un pico muy largo. Aleteaba todo el tiempo a un ritmo tal que apenas se veían sus pequeñas alas. Casi nunca se posaba, la pobre, la sentía infeliz en su pequeña prisión. Casi quería liberarla. Emitía un grito oscuro, parecía el de una contralto.

Un día en la ventana apareció un espléndido pájaro del mismo tipo que el mío, pero era más grande, tenía un vientre blanco manchado con un pequeño punto verde, una gran mancha marrón bajo los ojos, una cresta azul sobre la cabeza y su gran cola levantada en abanico de plumas verdes y blancas. Era un macho majestuoso.

Mi pequeña hembra exultaba y emitía sus gritos graves con una alegría inusitada mientras levantaba también su cola. Me precipité, abrí la ventana muy grande y la puerta de la jaula también. Un verdadero ballet de amor encantó la habitación. Salí a escondidas para dejarlos solos.

Hacia la noche, antes de ir a dormir, entré sigilosamente. Mi pequeña colibrí dormía tranquilamente en una percha en su jaula dorada. Dejé todo abierto. Por la mañana estaba incubando dos hermosos huevos blancos instalados en una pequeña copa en la jaula que debía sin duda servir de nido. Durante el día otros machos intentaron acercarse, pero ella se defendió ferozmente. Desde donde se encontraba podía acceder fácilmente al abrevadero, la jaula estaba bien diseñada. Por supuesto, la dejé abierta para que los pequeños pudieran volar tranquilamente. La ventana daba a un parque, las flores no faltaban.

Picaflores, como yo la llamaba, nunca dejó su jaula, convocó a otros colibríes y la habitación fue dedicada a estas hermosas aves que la frecuentaban de buen grado, formando un verdadero cuadro vivo de colibríes de todos los colores.



Jean Claude Fonder

Turner

Dutch Boats in a Galearnars
Joseph Mallord William Turner

Estábamos en Londres, lloviendo para variar. Un sol agradable a veces atravesaba grandes nubes espantosamente negras. Los colores entonces eran maravillosos, eran nítidos y francos como las dos fuentes de Trafalgar square que extendían sus manchas azul-claras delante de la imponente National Gallery. Con un tiempo como éste, qué mejor que visitar alguna obra maestra de la pintura inglesa.
Turner me pareció una elección sensata, podríamos concentrarnos en los impresionantes Marines de Turner que proponía el Museo.
Huyendo de la lluvia, Gabriel, Michelle y yo subimos las escaleras de este templo de la nación británica. Nos perdimos sin encontrar un lienzo de Turner en este inmenso laberinto de pasillos y salas de colores fuertes, burdeos, verde botella, gris triste y sobrecargado de marcos con dorados barrocos. El personal nos indicó dos salas donde encontrarlos, lamentando el hecho de que no se podían colgar todos. Después de otra larga caminata pudimos admirar algunos lienzos que representaban bastante bien lo que este pintor dejó en el imaginario común, en particular los marines como por ejemplo aquella cuyo título es «The Fighting Téméraire». Una poderosa nave de tres mástiles arrastrada por un remolcador de rueda y vapor que parecía salir de una neblina difícilmente penetrada por un sol poniente.
Y finalmente el flechazo, una pintura nos atrajo, un rayo de sol en toda la sala centraba algunos barcos holandeses arrastrados por una ráfaga de viento impresionante y nos los mostraba en un mar desencadenado, ampliamente iluminado por blancos y grises colorados.
— ¿Cómo sabemos que son barcos holandeses? —preguntó Gabriel, que se interesaba más de lo habitual.
— El título lo indica. Y luego parecen barcos de fondo plano, con una sola vela, barcos de pesca, porque así pueden acercarse más a la costa.
— Papá, ¿por qué los barcos grandes en la lejanía están tan tranquilos?



Jean Claude Fonder

La librería

La librería de Pieter Meijer Warnars
Johannes Jelgerhuis

— ¿Cómo no admirar esta obra? — le digo a mi mujer deslumbrada como yo ante el cuadro de Johannes Jelgerhuis expuesto en el RijksMuséum.
Sobre todo la luz, que parece provenir de la calle inundada por un sol radiante. Un sol claro, que no está nublado por el calor. Un sol que celebra una actividad febril en la ciudad que rodea la librería. Se ven las estrechas fachadas de las casas holandesas, muchas personas que van y vienen sin duda por trabajo, algunos animales, un caballo que tira de una carreta e incluso un perrito que brinca alegremente ante la puerta abierta de la librería.
La luz penetra por ella y por las grandes ventanas que cubren toda la pared que da al exterior. La luz imperiosa se refleja incluso en la parte posterior de los libros encuadernados, ordenados preciosamente sobre los estantes de las paredes laterales, proyecta su sombra sobre los muebles y las pocas personas que pueblan este antro de frescura. Se ven en el suelo, ramas de papel y contra los armarios del material de encuadernación Todo refleja calma y serenidad. Un personaje sentado frente a un escritorio trabaja junto a la ventana, quizás traduciendo o copiando algún texto o se trata de un contable. Un cliente de pie y elegantemente vestido interroga a los dos empleados. ¿Quizás esté preguntando por alguna edición rara, por ejemplo, del Quijote en holandés? Nunca lo sabremos.
— ¿Has notado la perspectiva?, —continuó mi mujer, —es impecable. 
Sí, parece una escena de teatro, pensé. 
¡No hay más que gritar: acción!



Jean Claude Fonder

Marlene

La calle
Ernst Ludwig Kirchner

Élie Eldman adora a Marlene Dietrich, su voz imperceptiblemente ronca, su alemán que arrastra, languideciendo, la fatalidad de su mirada que expresa mejor aún que su elegancia indolente, toda la desesperación de su pueblo que trata de resistir a una decadencia despiadada. Esta noche asistirá al espectáculo, ha venido a Nueva York expresamente. Espera la hora con impaciencia.
Sigue cautivado por «La calle» de Kirchner, expuesta en el Moma. La prostituta de lujo que despliega su abrigo malva y su cuello de piel blanca en el centro del cuadro, y que se mueve sensual en medio de una alfombra púrpura, lanza una mirada irónica sobre un pobre personaje sometido a su encanto. Su pelirrojo, su pintalabios rojo agresivo y su sombrero con plumas blancas inclinado sobre un ojo, podría evocar a Marlene en la película que la hizo famosa «El ángel azul», aunque la época es posterior a la guerra. El cartel donde se ve a la actriz que levanta la pierna con unas medias negras sujetadas por un liguero que realza sus muslos bien carnosos, forma parte de las imágenes que poblaron las fantasías sexuales de su adolescencia. 
“Wie einst Lili Marleen…”. (Como antaño, Lili Marleen.) Los recuerdos apócrifos de Élie asocian erróneamente esta canción que ha dado la vuelta al mundo con la voz inimitable de Marlene, y no puede dejar de canturrearla ante el cuadro que está admirando. Los visitantes lo observan y se alejan de este personaje extraño que podría hacer pensar al profesor Rath, caído en las redes de la cantante. 
Expulsado por el oprobio general, sale del museo y se dirige sin más demora al Carnegie Hall. Hay mucha gente y la espera se hace larga. Finalmente puede entrar, tiene un excelente asiento en el primer piso del balcón, en la curva que domina la escena. El telón se levanta lentamente, Marlene aparece.
Ella está vestida con traje de gala de hombre, un sombrero de copa posado con coquetería sobre su cabello rubio, una larga boquilla en la mano, su otra mano sobre la cadera que cubre una pequeña braguita negra que deja elegantemente descubiertas sus largas, largas piernas. 
Elías se levanta y aplaude con todas sus fuerzas.



Jean Claude Fonder

Farándula

El rito de la primavera
Ignac Ujvary (1860-1927) Hungría

Un relámpago repentino, enormes nubes furiosas y negras de lluvia huyen hacia el horizonte, los timbales se disparan demasiado tarde. Algunas gotas caen, en la lejanía los tambores sofocados todavía se manifiestan. Un rayo de sol penetra y barre sin piedad las últimas huellas de esta ira primaveral.
Pronto se oye el sonido de las hojas jóvenes que el viento despierta, un pájaro lanza pequeños gritos alegres volando entre los árboles. Los oboes los imitan, y de repente la flauta nos recuerda que la alegría de la renovación es de rigor, la naturaleza se ha despertado, la orquesta festeja y celebra la savia que sube, las flores que florecen su belleza para atraer al polen que los fecundará.
Las primeras notas de una farándula se desprenden de este bullicio pastoral, el círculo se forma, las faldas de todos los colores vuelan, los delantales blancos de pureza se unen a los corpiños para hinchar la alegría que se lee en los rostros. Las trenzas, los moños, los cabellos al viento, los labios rojos, las sonrisas y los ojos que chispean dan testimonio de la juventud de la compañía. Las chicas cantan siguiendo la música, y luego giran, giran.
En el bosque cercano se mueven sombras, pequeñas risas se esconden y observan y comentan, los jóvenes varones están al acecho. Sus ojos brillan en la oscuridad. Las chicas lo saben, y giran, giran y giran otra vez.
Ha llegado la primavera. 
De repente, los aplausos me despiertan, me había quedado dormido.
Estaba soñando.



Jean Claude Fonder

Diálogo

Homework
Gregory Mortensen

¡Hola! Estás muy concentrada ¿Qué haces? 
— Mis deberes —respondió con una mirada profundamente seria.
Eso me pareció surrealista. En un escenario de destrucción, un poco apartada, una joven haitiana, bien cuidada y hermosamente vestida con los pies descalzos, estaba sentada sobre lo que podría haber sido una de esas piedras que se utilizan para bordear las aceras. Estaba inclinada sobre su texto, lo corregía a lápiz. A su alrededor no había más que desolación, detritus, piedras, hierba chiflada, latas de conservas vacías, a lo lejos había un humo espeso que nublaba la atmósfera y al que se debían sin duda estos malos olores poco tranquilizadores. Y ella con su pelo muy crespo recogido en pequeños mechones cuidadosamente sujetados por pequeñas pinzas que parecían un par de cerezas.
— ¿Qué tienes de deberes? —pregunté.
— Una redacción. El tema es “El cambio climático”. Hablo de Greta Thumberg.
— Pero cómo has oído hablar de Greta.
— En la escuela, y luego encontré esta revista, —dijo mostrándomela.
Un silencio pasó.
— ¿Qué quieres hacer con tu vida? – le pregunté. 
— Quiero ser periodista y escribir libros.

Le estreché la mano y me alejé pensativo y sereno.



Jean Claude Fonder

El tambor

El escaparate de la juguetería
Timoléon Marie Lobrichon

Había una multitud de niños frente a la juguetería de Boulevard Saint-Germain a pesar de que la cortina de hierro todavía estaba bajada.
— ¿Aún no han abierto? – Pregunté.
— No, —me dijeron —pero se oye ruido en el interior.
Pensé que estarían preparando el escaparate, ya era casi Navidad.
Al día siguiente, de hecho pasaba por allí todas las mañanas para ir a la escuela, encontré la misma situación, había aún más gente. Esta vez me detuve, para escuchar mejor, incluso pedí silencio. Se oía claramente un redoble de tambor y como un ruido de fondo. No me pareció ruido de personas. Decidí que al día siguiente esperaría a la apertura, aunque llegara tarde, no me importaba, encontraría una excusa.
A la mañana siguiente estaba en primera línea, me había levantado temprano. Es alegre salir cuando París se despierta, el aire es vivificante, huele a pan, el agua corre por las alcantarillas, se anuncia el periódico de la mañana, un coche pasa al trote ligero, la vida vuelve a empezar. 
El tambor batía alegremente, yo esperaba. La cortina se levantó. Me pareció incluso ver las baquetas pararse… y sin embargo todos los juguetes estaban inmóviles. Había títeres, muñecas, un barco, un cañón sobre ruedas, un pequeño carro tirado por un caballo de peluche, y por supuesto, en primer plano, un pierrot listo para tocar su tambor. Los niños maravillados me rodeaban para ver mejor.
¿Qué estaba pasando en esa tienda?, ¿magia?
Ya había oído hablar de juguetes que se animan por la noche, así que tenía que comprobarlo. Entré, examiné el tambor, todo parecía normal. El encargado me preguntó si estaba interesada, le dije que tenía que pensarlo y que volvería. De hecho, había descubierto que bajo el mostrador había un vacío bajo la caja donde podría esconderme. No era muy grande y estaba decidida. Tenía que esclarecer el asunto.
Por la noche entré de nuevo en la tienda, y antes de que alguien pudiera verme, me deslicé dentro del escondite. Nadie sospecharía nada, había dicho a mi madre que estaba indispuesta y que me iba a la cama. Subrepticiamente salí, dejando en mi lugar a mi oso oportunamente disfrazado. La tienda finalmente cerró, esperé acurrucada en mi pequeño agujero, un poco asustada de todos modos. ¿Qué estaba haciendo allí?
A las diez nada, a medianoche nada, afortunadamente no hacía mucho frío. Me había puesto el abrigo de lana gruesa. Me dormí y me desperté cuando eran las 7h. De repente, en el fondo de la tienda, se abrió una puerta. Aterrorizada me hice aún más pequeña. El encargado entró y se dirigió hacia el fonógrafo con cuerno que estaba en el estante. Giró varias veces la manivela, colocó la aguja sobre el disco y se oyó a través de los chisporroteos el sonido cadencioso de un tambor.



Jean Claude Fonder

El beso

Love on the road
Ron Hiks

Juana mira a Marc: sus ojos tienen el color del cielo, azul gris. Marc mira a Juana: sus labios son carnosos y están ligeramente entreabiertos. Juana levanta la cabeza y se acerca lentamente a su boca. Marc se inclina suavemente hacia los labios rojos carmesí que se separan cada vez más, y entonces detona el beso, Juana se abre ampliamente y recibe hasta la garganta la lengua conquistadora de Marc. Juana besa a Marc con todo su cuerpo, se pega a él para que sienta todas sus curvas, se aferra a su cuello, empuja intensamente su pubis contra el sexo de Marc.
Marc está desencadenado, su lengua penetra la boca de Juana, rodea su lengua, la chupa, como si se tratara de su clítoris, luego se retira y atrae la lengua de Juana que primero entra tímidamente y luego penetra también ella toda la cavidad bucal con un ardor inusitado. Marc siente su sexo cada vez más duro, está hinchado de sangre y no puede contenerse, su semen se pierde en su lencería íntima. Juana es feliz, acaricia furtivamente el miembro dolorido.
Entonces recobran la conciencia y se vuelven hacia el marco que contemplaban unos instantes antes. 
Era su primera cita, se habían conocido durante el curso de historia de arte contemporáneo. Fue Juana quien propuso a Marc visitar esta exposición. Le había contado el uso de los grises coloreados en ese pintor que le gustaba mucho. Marc descubrió poco a poco que a este neo-impresionista le gustaba pintar a la mujer en retrato y a menudo en pareja, y al final se detuvo ante este último cuadro «Amor en la carretera» que Juana había guardado aposta para el final del recorrido.
La trampa, llamémosla así, funcionó; después de algunas decenas de lienzos en los que los amantes se representaban en escenas cada vez más íntimas, este beso irresistible los había subyugado. Ante la tela se miraron y el juego del amor hizo el resto. 
Marc la tomó por el brazo, la besó ligeramente esta vez, salieron del museo y buscaron el hotel más cercano.



Jean Claude Fonder

La casa

Christina´s Worlds
Andrew Wyeth

La casa está lejos, en la cima de la costa, dominando severamente el campo de trigo. María la observa sumisa y atraída a la vez. La casa ha envejecido mucho, empezando por el tejado, todo está oscuro y en mal estado, se podría rodar una película de terror.

El sol, a través de las cortinas blancas y luminosas, bañaba con su claridad toda la casa, blanca, recién pintada, como se hacía cada dos años en aquella época. Se había levantado temprano. Mammy ya había preparado la crema inglesa para el almuerzo. Todavía quedaba algo en la olla, y con una cuchara se untaba la cara, rosa de satisfacción.

—Te vas a ensuciar este precioso vestido, —la regañó la imponente cocinera negra.

Su madre había elegido un pequeño vestido fruncido, todo blanco que contrastaba con las botas negras con botones pequeños. Al mediodía celebrarían su cumpleaños. John estaría presente con otros niños que frecuentaban su escuela. Esta idea la hizo calmarse. Mammy le limpió la boca y ella corrió a la puerta para ver si llegaba el coche.

El Ford corría a toda velocidad sobre la larga cinta desierta de esta pequeña carretera de campo. El padre de John había querido mostrarles su nueva adquisición. John y ella estaban sentados detrás. El padre de María estaba sentado al lado del conductor. No sobrevivió. El choque fue ensordecedor e implacable. Un coche inesperado había salido violentamente del camino transversal.

María está tendida en la hierba en flor que rodea el campo de trigo afeitado por la siega. Los olores son fuertes. Está vestida ligeramente, su moño deja escapar algunos mechones que flotan al viento. Su mirada imagina la resurrección de la granja, que apenas han comprado, John y ella. Ella se vuelve hacia él que empuja su silla de ruedas:

— Cariño, la pintaremos de blanco de nuevo, ¿verdad?



Jean Claude Fonder

Juan y Julia

Inminent
Jamie Perry

Una enorme nube negra lo cubre, la lluvia se dirige exclusivamente hacia él. Se protege con el paraguas rojo de Julia. El mar sigue azul y se extiende hasta donde le alcanza la vista, el sol de septiembre inunda la playa, la tormenta parece afectarle únicamente a él.

Juan, en el coche esta mañana, conducía con rabia, su eterno sombrero Pork pie clavado en su cabeza. Julia se lo reprochaba, es para disimular tu incipiente calvicie decía, burlándose. Lo levantó ligeramente y lo llevó hacia atrás como hacía Michel Piccoli en Le Mépris. Luego, en la autopista vio el cartel que indicaba la costa, no dudó y, decidido, tomó esa dirección.

Una ráfaga de viento proyecta la lluvia sobre él, su camisa nueva está empapada, pero el mar permanece azul en la lejanía.

Julia, en la pequeña villa que compraron en el campo cerca de la ciudad, abre la cortina y echa un vistazo al cielo. El sol brilla poderosamente, el día todavía será cálido. El jardín sufre, habría necesitado lluvia. Está nerviosa, esta mañana se desahogó sobre el pobre Juan. Hay que decir que iba a ir al trabajo con una camisa cuyo cuello llevaba todavía las huellas del sudor provocado por esta ola de calor que no acababa de terminar. Él nunca le hace caso.

Juan no puede quitar los ojos de las olas mientras se estrellan cíclicamente en la playa desierta, la marea está baja, el viento ha evacuado la nube y su lluvia sin piedad, el sol reina de nuevo, también ha recuperado la serenidad, las dunas detrás de él protegen este grandioso paisaje que siempre ha amado. Aquí es donde conoció a Julia.

El teléfono vibra en su bolsillo, es Juana la secretaria. Le recuerda su almuerzo con uno de sus clientes importantes. 

— Su esposa también llamó. — añade.

Julia está preocupada. Espera que Juan se ponga en contacto con ella. Quizás exageró, pero no puede hacer nada, porque por la mañana a menudo está de mal humor. Ahora que Juana le había dicho que él tenía una cita bastante lejos y que probablemente iría directamente estaba angustiada. 

Cuando de repente suena el teléfono, es él, ella lleva rápidamente el aparato a su oído, escucha, no es su voz, es como un murmullo, es el sonido de las olas, tal vez.



Jean Claude Fonder

Evasión

Summer Glow
Sally Rosenbaum

El calor es pesado, tropical. La humedad es invasora, su ropa, aunque sea ligera, se le pega a la piel. La luz es deslumbrante pero como filtrada, todo el jardín parece borroso alrededor de ella. El árbol que debe protegerla no proyecta ninguna sombra. Los perfumes de todas las plantas que lo rodean son embriagadores e invaden el ambiente, el calor los exalta en un cóctel indefinible y potente. No hay un soplo de viento que traiga un poco de frescura, la atmósfera es irrespirable, pero ella no parece preocupada. La cabeza inclinada sobre el libro, con los ojos disimulados por el sombrero de paja, aferrada a la copa de vino tinto que acaba de vaciar, prosigue ávidamente su lectura.

El ladrón, vestido y encapuchado de negro, con traje adherente, como el que llevan los mimos, entra en la sala cercenando un orificio en la vidriera que sirve para iluminar las pinturas expuestas. Debe de ser un acróbata pues ha sido capaz de subir al tejado agarrándose al canalón exterior. Está segura de reconocerlo, sus movimientos son flexibles como los de un bailarín, su cuerpo está modelado como el de un atleta griego. 

Ha estado viniendo durante toda la primavera, instalando su pequeño caballete delante de ella, colocando con cuidado la tela y desembalando atentamente sus colores y sus pinceles. La miraba fijamente, tratando de penetrar sus misterios. Día tras día venía, a veces en un gesto de cólera, cambiaba el lienzo y volvía a empezar su cuadro desde el principio. Ella no entendía, habría querido ver sus bocetos, sobre todo porque cuando él no estaba satisfecho con su trabajo, la miraba rabiosamente como si hubiera querido robarla, hacerla suya.

Y por fin, hoy se le acerca, la descuelga suavemente, la mete en una bolsa protectora, la envuelve tiernamente en sus brazos, y huyen corriendo mientras las sirenas se desencadenan.



Jean Claude Fonder

La espina

La espina
James Hayllar

Mignonne, allons voir si la rose
Qui ce matin avait déclose
Sa robe de pourpre au soleil,
…
Ronsard

Bonita, si, con el pequeño vestido rosa y el sombrero a juego, las medias y los zapatos negros, el delantal blanco como la nieve y su carita de pelirroja poblada de una sonrisa feliz. A saltos con su cesta por las hermosas alamedas de este jardín inglés, cuidado meticulosamente por John, nuestro buen jardinero. 

Esta mañana, como todos los días, había pasado por la rosaleda. El propietario, Sir Adrian, un famoso coleccionista, tiene las rosas más raras. Algunas de nosotras hemos ganado los concursos más selectos. Yo soy simplemente púrpura, mi vestido es de un único color con un ligero degradado hacia el corazón. Mi perfume es singular y poderoso, como el terciopelo con que despliego la seducción de mis pétalos.

Esta mañana, Lady Elisabeth habrá encargado a su nieta Susan que recoja las rosas para decorar la mesa de su cena de cumpleaños, que se celebra cada año a principios de junio. Estoy segura de que me elegirá a mí y de que estaré en el centro de la mesa, puesto que soy la más hermosa, la que Sir Adrian ofrecerá a su mujer, según la tradición, durante el brindis a su esposa.

Esta mañana, la pequeña Susan ya tenía su cesta llena de rosas blancas, rosas, rojas, cuando finalmente me vio. Estaba resplandeciente, regalada, los pétalos ligeramente abiertos y mi perfume que dominaba sobre todos los demás. Se acercó con la pequeña cizalla en la mano y me cortó en bisel, como es debido. Mi invencible fragancia la embriagó, inclinó su rostro para observarme mejor, para acariciarme cuando, de repente, gritó, una gota de sangre manchó su dedo. Una de mis espinas la había herido.

Esta mañana, la rosa estaba tirada en el suelo, ya un poco dañada, apartada, mientras John curaba a Susan en su carretilla de jardinero.



Jean Claude Fonder

El duelo

Geisha y cereso
Tsuchiya Koitsu

La niebla es espesa y se aferra a la maleza que invade el sotobosque, un samurái vestido con un sobrio kimono negro, con el pelo hirsuto encerrado en una venda carmesí se abre camino en la semioscuridad perfumada de humedad. Lleva pantalones oscuros ajustados en la parte inferior y sandalias de madera, dos espadas pasan por el cinturón de tela gris que rodea estrictamente sus riñones, camina rápidamente con los brazos separados, un palo pesado en su mano derecha.

De repente se detiene, sus ojos se oscurecen y observan con atención al guerrero que blande con las dos manos una espada alzada ante él. Lleva los colores de una famosa escuela de esgrima japonesa. No hay duda de sus intenciones, lo desafía. Se lo esperaba, esta escuela se encuentra en los alrededores y allí se dirigía para complementar su reputación enfrentándose a uno o varios de sus profesores.

Avanza lenta y firmemente hacia su adversario, que suda abundantemente, el miedo es evidente en su mirada. Con precaución, da dos pasos hacia un grupo de árboles que lo protegen de un posible ataque por la espalda. Observa los movimientos del samurái que está frente a él y que levanta un poco más su espada asustada. Bruscamente salta hacia la izquierda, levanta con las dos manos su palo y con un sencillo golpe magistral rompe el antebrazo de su adversario que suelta su espada y grita de dolor. Todos los alumnos que se escondían en el bosque cercano huyen.

Miyamoto Musashi, porque es él, sigue su camino, hasta llegar a la famosa escuela que se encuentra en un maravilloso jardín zen, junto a una escuela de Geishas. El día avanza y el viento que se levanta limpia el cielo dando paso a un sol victorioso. 

Cuando cae la noche, el jardín donde reina una suave luz púrpura descubre su misterio ante sus ojos apaciguados. Rocas, un césped, un pequeño arroyo, algunos árboles cuidadosamente dispuestos, un cerezo en flor y un pequeño puente encorvado del mismo tono, bastan como si fueran un ramo, para crear este ambiente indescriptible que desprende y celebra un silencio reparador. Una geisha que viste ricamente con los tonos que se ajustan a los colores del jardín y que camina en este decorado suspendido en el tiempo, lo mira.

Entra en la escuela vacía, se descalza, se arrodilla sobre el tatami en una posición respetuosa, toma un pincel y traza algunos caracteres preciosos en una hoja de papel.



Jean Claude Fonder

Venecia

El sacamuelas
Tiépolo

¿Alguna vez han caminado por Venecia con una máscara?

Se experimenta una sensación extraña. Se ve todo, pero se es invisible como una fantasía ahogada en la multitud. Aquella vez nuestras máscaras eran sencillas y banalmente clásicas, la de mi esposa era un gato y la mía era el famoso antifaz de Arlequín y por lo demás llevábamos nuestra ropa normal. No éramos los maniquís de concurso que pueblan artísticamente las calli de Venecia durante el carnaval.

Cuando vi el cuadro de Tiepolo que tenía que inspirarnos para este número de nuestra revista, los recuerdos me sobrevinieron de golpe. Soy literalmente un amante de Venecia como, creo, muchos de ustedes. La conocí cuando éramos jóvenes mi esposa y yo, y allí proyectamos nuestro futuro. La he visto y vuelto a ver, por trabajo en todas las estaciones, en vacaciones, simplemente para mantener el contacto, para saborearla mejor o para hacerla conocer a familiares o amigos. 

El carnaval también lo frecuentamos. Aunque nunca hemos disfrutado del caos internacional que tan bien representa la obra de Tiepolo. Su carnaval siempre ha atraído a mucha gente de todo género; comediantes, charlatanes, honestos y menos honestos como el sacamuelas que da título a este cuadro. Hoy se ha convertido en un evento turístico que llena la ciudad de la laguna y, sin duda, participar en él no es la mejor manera de conocerla.

La experiencia que tuvimos hace más de 20 años, sin embargo, sigue siendo uno de nuestros recuerdos más especiales. Conocemos bien Venecia, y consideramos que no es el trayecto que va de San Marco al puente del Rialto el que hay que recorrer con las máscaras, hay que perderse en los sestieri más periféricos, ir al azar de los puentes y de las calli y es en el desvío de un campo que encontraremos la Venecia de nuestras lecturas o la que nuestra cultura ha guardado en la memoria colectiva. 

En aquella época, el poder turístico no se había apoderado todavía de los bacari, a los que sólo los venecianos se atreven a entrar. Son unos pequeños locales oscuros sin terraza y sin música anglosajona. Allí se consumen cicheti (tipo de tapas económicas) acompañados de un “ombra de vín” rigurosamente blanco y un poco agrio. Esta costumbre la adoptâmes de buen gusto. 

En aquella ocasión, encontramos una verdadera maravilla: escondidos en un campiello cerca de la Accademia, en Dorsoduro, mi sestiere preferido, las tablas estaban instaladas, una compañía improvisaba la commedia dell’arte. Mi personaje hubiera podido ser el protagonista de la acción, pero afortunadamente un verdadero Arlequín me había precedido en el escenario ambulante.

¡El Café Florian! No pudimos evitar visitar una vez más esta pequeña joya de la historia. Pequeño, en efecto, todo es pequeño en este café, como si el siglo XVIII hubiera detenido su crecimiento para conservar el estilo de la época. Pero la historia vino a la cita. Pudimos observar a nuestro gusto, estando a salvo detrás de nuestras máscaras, una mesa de nobles venecianos que se habían vestido con sus ropas de época, el camarero nos reveló que era una tradición que se repetía cada año. Nos quedamos en el gran siglo ante un chocolate que seguramente habría gustado a la Despina de Cosi fan tutte.

Venecia es todo esto. Hay, por supuesto, museos, palacios e iglesias para visitar, pero Venecia no es una ciudad muerta, si sabes cómo hacerlo, permanecerá eterna para ti.



Jean Claude Fonder

Al despertar

Amanecer
Enrique Omar Sobisch

Cuando desperté, una imagen persistente quedó grabada en la infinita desolación que habitaba mi dolorosa memoria.

¿Qué había pasado?

Revisé los detalles de mi recuerdo. La tierra roja que rimaba con el color oxidado de la chatarra que ocupaba el centro de mi pensamiento debilitado. Una fogata improvisada donde las llamas todavía lamían un extraño recipiente en forma de cilindro de contenido misterioso. Un arbusto muerto que dominaba un camino de tierra. A lo lejos unas colinas tristes y un paisaje desértico sin ningún rastro de vida humana.

Por mucho que intentara recordar el objeto de mi sueño, sólo quedaba esta instantánea, como si hubiera parado la imagen de una película cuyo final nunca conocería. 

No sé por qué, pero la primera idea que me surge es la historia de Bonnie and Clyde, que fueron detenidos en su huida desesperada por un pinchazo desafortunado. El coche, sin duda. No puedo separar a estos dos aventureros de sus viajes sempiternos en coche. Pero este está demasiado destrozado, no tiene marcas de balas y el modelo no es de esa época.

Tal vez unos gauchos. La fogata me los recuerda, creo que la vi en una vieja foto en blanco y negro, pero allí, al lado de ella, había un tipo de remolque de madera que era realmente muy diferente del coche podrido de mi sueño imposible. Y si todavía hay gauchos, se tratará de una empresa turística y la escena onírica que yo había inventado no correspondería mucho al decorado que nos describe José Hernández en Martín Fierro. 

¿Inventado? No he inventado nada. 

Ahora recuerdo que ayer vi esta obra en el blog del pintor Omar Sobisch, forma parte de su época de hiperrealismo, en Madrid donde vive actualmente. Pero eso no explica absolutamente nada. ¿Por qué me obsesiona esta pintura? ¿Quién pudo haber encendido este fuego?

Sólo puede ser él, el pintor, que quería crear un misterio, dejar a la imaginación de cada uno una historia que contarse, crear vida en este desierto despiadado.

Y yo reaccioné. Bonnie y Clyde, la canción, la película de Arthur Penn, los amantes criminales, la huida a través de los campos, el coche… Están aquí, pueden verlos ustedes también, uno en los brazos del otro. Sus armas rojas de sangre, que han dejado allí a su lado, acompañan despiadadamente sus amores prohibidos.



Jean Claude Fonder