El cruce de ferrocarril (1)

Era la última entrega antes del largo puente de Pascua; un día de primavera que sugería la necesidad de ir despacio, y Jordi quería sumergirse en la naturaleza. En ese día soleado no quería colarse en un túnel y en lugar de tomar la autopista, decidió recorrer la antigua carretera que subía a lo largo de la montaña, al lado del bosque, a pesar de que el recorrido era más largo.

Cuando llegó al cruce del ferrocarril se sorprendió porque no había coches esperando y pensó que habrían cerrado las barras hacía poco; sabía que la espera sería larga, pensó bajarse de la camioneta e irse a la vieja cafetería para conseguir un chocolate.

Cuando entró, en seguida reconoció el olor casi mágico de cuando era niño: un olor a casa antigua, paredes altas, suelos húmedos, cruasanes recién horneados, fermentación y vino malo, que, por un momento, lo aturdió. Nada había cambiado. Tocó la campana esperando al mayor que le había enseñado jugar los dardos, si, los mismos dardos que todavía veía en la pared detrás de la caja. Quién sabe cuántos años tenía, había pasado un tiempo desde la última vez que lo vieron allí. Por fin se abrió la puerta que daba a la parte trasera del local, prácticamente un acceso privado al bosque, y entró una criatura angelical. Se quedó con la boca abierta. Una cascada de pelo rubio ondulado y dos ojos azules en los que parecía permanecer un pedacito de cielo. Le saludó y comenzó el hechizo. La voz angelical le preguntó lo que quería y Jordi tartamudeó que quería chocolate, el habitual del lugar. “Por supuesto, voy a prepararlo para ti ahora mismo” dijo el ángel rubio y Jordi se sintió perdido.

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Elettra Moscatelli

Nieve

Su nombre es nieve, se forma cuando la temperatura es menor de cero grados y el vapor de la atmosfera comienza a caer en forma de pequeños cristales de hielo. Su nombre es como ella, cae lentamente, de forma suave como una hoja, pero en este caso es un cristal transparente con una forma matemática precisa. Diría que a mí amiga Nieves, su característica más evidente es estar en las nubes como su nombre y como la nieve cae hasta llenar el jardín. Ella aterriza en la realidad, primero se transforma en suaves montañitas de algodón y poco a poco se convierten en el más duro hielo. Lo que era blando y suave se convierte en algo duro y frío, después llega el agua que corre libre y se mezcla con la tierra y se hunde hasta llegar al fondo, hasta ahuecar la piedra y entonces hueles el fango.

Ella es como su nombre indica es agua congelada que cuando toca la tierra se convierte en polvo blando y blanco; su voz rezuma dulzura, cuando habla es la flor más suave acariciando tu piel, la voz de una madre que arrulla a su niño recién nacido. 

Mecida por la brisa llega como agua que se desmadejaba plácidamente en su lago. Mi querida Nieves era Nieve.

Podría decirse que ella puede estar en estado gaseoso, líquido o sólido, en algunos momentos parece ligera como el agua que corre por un río, en estado de sublimación como el perfume de una rosa o en el estado más duro posible, pienso que es debido a su ánimo; variable como el viento.

Aquella noche la taza cayó al vacío sin ninguna sustancia. Se levantó despacio con ella en la mano, no se había roto, estaba entera, como ella.

Mi Nieves había nacido en un pueblo seco y caliente, en Orsola, Lanzarote, un pueblo donde el horizonte es el Atlántico, lleno de calima seis veces al año. El nombre de esta mujer procede de las ganas que tenían sus padres de sentir el frío que produce la nieve y de su fruto: el agua, el agua que sirve para regar los campos. 

Es una sencilla auxiliar de enfermería con turno de noche, un turno elegido voluntariamente, en el geriátrico más antiguo que tiene la isla. El nocturno es el más descansado, los ancianos están bien atendidos. Durante el día no se para, pero por las noches este lugar es un remanso de paz, descansa allí de su marido y de los dos hijos, a los que tiene que atender.  “Calzoncillos blancos por triplicado “ lo peor que le podía suceder le paso a nievitas; decía mi madre.  En este centro estaban los viejos más ricos, los conocidos señoritos de siempre y ella sabía cómo tratarlos, su sonrisa suave y su voz serena los convencía y a ella hacía realmente lo que tenía que hacer sin demasiado esfuerzo hasta que amaneció don Jaime con un bisturí clavado en la carótida, ella lo había encontrado, se sintió culpable, no había hecho los cambios posturales como era debido, no le había ofrecido la lechita de la noche. No había hecho su trabajo, o al menos, no lo había hecho bien, no lo había hecho como otras veces. 

Entonces agarro su pelo y se hizo el moño alto de Nieves salió del baño  con los ojos rojos y le contesto al Sargento Mendoza,  lo mismo que se había dicho a sí misma y a mí llorando como un cristal roto.

— Tranquila, la noche ha sido muy tranquila, he apuntado todo lo que se ha hecho porque así se me ha ordenado y he llevado los protocolos como el doctor ha indicado, yo he trasladado a don Jaime a la habitación trescientos tres ya que se me comunicó por escrito que ”había que aislarlo” y lo hice como siempre en la misma habitación de siempre, al lado de la sala de reuniones y del office. 

Yo me pase la noche despierta y el de mantenimiento, Germán, vino a preguntarme si había alguna gota suelta, que le habían avisado las chicas del turno de la tarde que había una avería, estuvo mirando el cuarto de baño donde lavamos a los enfermos encamados primero y después fue a los baños generales de la planta y no vio que se perdiera agua por ningún sitio. Él se fue como a los cuarenta minutos y yo me puse a hacer la ronda.

Y está mañana se me fue el alma al suelo cuando vi a don Jaime con ese bisturí en el lado izquierdo del cuello ¡Terrible, terrible!

— Estamos acostumbrados a que fallezcan ancianos en este centro, es lo normal, pero de esta forma es desolador y desconcertante, le dijo doctor Morín al sargento Francisco Mendoza.

— Entonces anoche estuvieron por aquí, la auxiliar de enfermería y el responsable del mantenimiento del edificio además de los residentes.

— Saben quién fue el último en ver a Don Jaime. 

— Yo creo que fue Nieves, dijo el doctor, ella hizo el traslado del paciente.

— Si, así es; yo fui la que hice el traslado y los cambios posturales, lo habíamos puesto en esa habitación porque estaba enfermo con alguna bacteria o virus, es lo que siempre se hace para evitar males mayores, por ejemplo, se contagie el compañero de habitación y el personal sanitario, ya sabe, se tiene que evitar enfermen los residentes y nosotros mismos; por lo que tomamos más precauciones de lo habitual. 

Nieves se levantó despacio, el borde inferior de su falda recorrió la pequeña mesa donde pocos momentos antes se había servido el café y la falda empujo suavemente el plato y entonces el plato hizo que la taza vaciará su contenido y todo rodó hasta el suelo, ella siguió caminando hasta la puerta, no miró atrás, salió del geriátrico de la zona antigua, en aquel momento Nieves salió de su propia vida, esa mañana nos dimos cuenta todos. Nos enteramos al día siguiente.

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Blanca Quesada

La inocencia de la nieve (1)

Milán, enero de 1945, otro invierno de guerra. «¡El último!» dijo mi compañero Antonio, pero yo no le creo. Dijo lo mismo el año pasado.

Nieva. La manta blanca oculta los escombros del último bombardeo. La piadosa mentira de la nieve hace parecer todo inocente.

Estoy aquí desde hace tres días, en este sótano húmedo y oscuro mirando a través de una ventanilla de 50 cm a nivel de la acera. Miro sin perder de vista el portal de la vivienda de enfrente. Allí vive el “Camerata Romano Tenconi” que, tarde o temprano, tendrá que aparecer a solas. Ya lo vi dos veces. Una vez rodeado por sus matones, y la otra llevando de la mano a su hijo pequeño.

La orden de mi comandante era clara. «¡Solo él, ninguna matanza! ».

Me uní al “Fronte della gioventù” en el invierno de 1944. Me acuerdo. Nevaba. Tenía 18 años, era y soy una mezcla de rabia, coraje y hormonas. Normalmente tengo el rol de estafeta por el GAP y, a menudo, con mis compañeros imprimimos folletos para distribuir que a veces lanzamos desde las galerías de los cines. Mi nombre de partisano es Olmo.

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Iris Menegoz

Fragmentos (1)

Y de repente se enteró de que el destino se había hartado de ser generoso con ella. Entendió que aquel molinete incesante de días felices bajo un cielo despejado, turbado solo por leves escaramuzas o malhumores pasajeros, de repente terminaría, dejando que fuera el viento de los recuerdos el que barrería su casa y su mente. 

No fue una idea de las que se insinúan sutilmente bajo las demás y poco a poco tiñen cada cosa de un color diferente. Fue fulminante, cuando le precipitó entre las manos aquella carta, que por supuesto no era para ella.

No titubeó ni un instante: rasgó la hoja, recogió los fragmentos y los llevó a la cocina para quemarlos.  Unos trozos de papel se quedaron en el escritorio, uno en el suelo. Levantó una ceja, un poco contrariada. No volvió a recogerlos: ya todo estaba en manos del azar, merecía la pena dejarlo hacer.

Un leve olor a quemado había invadido su cocina inmaculada: abrió la ventana, luego volvió a la sala de estar.

De repente la perfección absoluta de su casa la golpeó como un silbido agudo y disonante: agarró el jarrón de cristal de la mesa del salón y lo arrojó al suelo en un fragoroso resplandor de fragmentos. Por un fugaz, loco instante se sintió feliz, ebria de su propia locura. Luego, las lagrimas empezaron a desprenderse, mientras se cortaba las manos recogiendo fragmentos de cristal del parqué destrozado sin remedio. 

Elisa se podía definir una mujer mimada, hasta caprichosa. Estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta, pero la vida todavía no había rasguñado su piel de porcelana dorada, ni mucho menos sus indudables certezas, en primer lugar, la de haber nacido para ser adorada.

O quizás, eso era lo que le había dejado creer Jorge. 

Ella se había adaptado con gusto: era agradable, pero sobre todo fácil abandonarse, dejarse ir, librándose un poco a la vez de todas las responsabilidades. Como cuando él le propuso que dejara su trabajo: aquella vez, Elisa sintió serpentear algo como una huella de nostalgia, pero era tan sutil que no tuvo dificultad en desatenderla. Pensándolo bien, ahora le parecía que no había sido nostalgia, sino arrepentimiento. Entonces se había decidido por un tiempo parcial, pero después de algunos meses había pedido la dimisión y se la había ofrecido a Jorge adornada con lazos.

Con la misma amable despreocupación, había aceptado una ayuda para las tareas domésticas, y luego otra para planchar, mientras que llenaba la inutilidad de sus días yendo al gimnasio o recibiendo masajes relajantes en el centro estético. 

Sonriente y sosegada, cada tarde le abría la puerta a Jorge lista para ser exactamente lo que él se esperaba de ella, mientras que aquella serpiente -que fuera nostalgia o remordimiento u otra cosa – se movía desasosegada y cada vez más camuflada.

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Silvia Zanetto

“El futuro” (1)

Desperté bajo un rayo de sol que entraba por la ventana a través de la persiana bajada casi del todo. Andrés seguía durmiendo, tal vez se había olvidado de que teníamos una cita con la tripulación del velero “El Futuro”. El olor a café lo despertó al instante. Era un día muy especial y estaba bastante nerviosa. Después de un año muy pesado, Andrés y yo necesitábamos retomar nuestras vidas, alejándonos de toda pesadilla. En estos tiempos nada excepto el silencio del mar abierto podía ser la solución. Además, era la oportunidad perfecta para realizar un viejo sueño. Yo estaba llena de alegría y de esperanza. ¡Y de inquietud también! Zarpamos rumbo al sur con el propósito de cruzar el océano Atlántico. El cielo estaba despejado y el mar tranquilo.

La navegación seguía lenta en este lugar donde sólo existían agua y cielo, como si se disolvieran uno en otro. Pero los navegantes expertos lo saben bien, los riesgos merodean por los océanos, y los cambios son repentinos. Así que de pronto una tormenta nos sorprendió cerca de la costa argentina. El mar estaba a merced de un viento impetuoso y aterrador y el barco se alejaba cada vez más hacia un horizonte invisible en el que flotaba una neblina oscura. La brújula parecía enloquecida. Al pensar que habíamos perdido el rumbo y que estábamos navegando hacia el vacío, el miedo se apoderó de mí. Pensé que mi primer viaje por mar acabaría muy mal. Al cabo de un tiempo que me resultó interminable, poco a poco la costa argentina apareció a lo lejos. Un brillo intermitente estaba allá comunicándose con nosotros, regalándonos su mensaje de luz. Era un faro. El Faro del fin del Mundo. « Has visto Alicia, tu sueño va haciéndose realidad.» Me dije a mí misma. En aquel entonces, abrazando a Andrés…

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Raffaella Bolletti

Mémoires (1)

—Señoras y señores hoy les voy a contar la historia de María (obviamente María no es su verdadero nombre, pero imagino que ella prefiera permanecer anónima)

De todas maneras Felipa (ah no, disculpen hemos elegido como seudónimo Martina, no ehm  María) 

De todas maneras, ella era una chica rubia, no, me parece que era pelirroja, muy linda o quizás un tipo normal, ahora no me acuerdo bien, que vivía en la casa en frente a la de mi tío Mario, ¡no! estaba en la casa amarilla en la plaza detrás a la de mi abuela Alfonsina que se murió hace dos años… no la que se murió era la abuela Clodovea, que no es mi verdadera abuela; la llamamos así por ser tan vieja, siempre ha sido vieja, se trata de la segunda o tercera mujer de Adolfo, pero no el tío Astolfo que se quedó viudo, o que probablemente fue el primer o el segundo divorciado de nuestro pequeño pueblo.

Me acuerdo de él, el tío Augusto, ¡qué simpático que era! En el pueblo corría la voz de que había matado a su primera mujer por cuestiones de cuernos, no, preciso, la voz que corría en el pueblo era que él había faenado a su vecino de casa por cuestiones de confines. O de cuernos o de dinero. U algo más. De todas maneras, nunca encontraron todos los trozos del cuerpo.

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Graziella Boffini

El comandante

La limusina se detuvo frente al hotel Giulo Cesare a lo largo del río Tíber. El comandante Mario Doria salió lentamente, se enderezó y se estiró mirando a su alrededor. Se reajustó su uniforme azul oscuro, pasó la mano por su cabello ligeramente canoso y se cubrió de su kepí, estaba impecable como siempre. El conductor entregó su equipaje al portero del hotel. Él preguntó en la recepción:

—¿Ha llegado la señora?

—Le espera en el bar, señor.

La decoración recordaba a la antigua Roma, como la podía imaginar Hollywood o mejor aún la Cine Città de Fellini. El salón donde se servía el aperitivo estaba al final de un pasillo pavimentado de mármol, un perfume exótico y ligeramente picante lo acogió. La luz era propicia para crear el ambiente acogedor que conocía bien. Una música sin nombre cubría las conversaciones susurradas. Su mirada hizo rápidamente el inventario de los diferentes grupos sentados convenientemente en los sofás alrededor de las mesitas bajas. Inmediatamente identificó a una mujer vestida de negro que llevaba un traje cuya falda se abría en cartera y era bastante corta. Le pareció que llevaba medias retenidas por un liguero y notó que llevaba como blusa una sola fila de perlas.

— Buenas noches, querida, entonó el comandante, y le besó la mano en un gesto que le era manifiestamente familiar.

Ella lo invitó a sentarse y le hizo una señal al camarero para que se acercara.

— ¿Qué estás tomando? —preguntó.

— Un Martini —respondió, observando que ella consumía uno también.

— ¿Cómo estás, Mario? ¿Tu vuelo ha ido bien?

—¿Cómo puedo llamarte? — preguntó en voz baja

— Soy la condesa Florencia Contini, puedes llamarme Florencia —respondió con el mismo tono.

— Perfectamente, mi querida Florencia, — dijo entonces, aunque moderando su voz de barítono. — ¿La espera no ha sido demasiado larga?

— Absolutamente no, es un lugar encantador y con buena gente.

Era una mujer muy hermosa, de tipo mediterráneo, ojos negros, pelo negro recortado medio corto que debía tener unos cincuenta años, se podían observar pequeñas arrugas que no trataba de ocultar. Eso la hacía más accesible. No era altiva como las jóvenes que se saben perfectas y no tienen la necesidad de seducir. Quería ser deseable, lo demostraba su elegante y sensual atuendo.

En cuanto a él, era hermoso. La mirada y la compañía de las mujeres se lo recordaba a cada instante. Una belleza latina a la que la madurez, el uniforme, el prestigio de su profesión añadía algo que, para cada una, era un detalle indispensable que lo hacía único. También era buen conversador y podía abordar cualquier tema, la literatura, las exposiciones, el teatro, los conciertos, la historia y la ciencia, todo, incluso la moda le interesaba. Un hombre perfecto, que no molestaba a las damas con la petición usual: «¿De qué equipo es usted?».

Entablaron entonces una larga discusión que no se detuvo ni un instante, ni siquiera durante la cena que hicieron servir en una mesa en un rincón un poco más reservado del mismo local.

Le contó su vida mundana de condesa solitaria, viuda desde hacía algunos años, que participaba regularmente en visitas, inauguraciones, recepciones e incluso estrenos en la ópera. Además, estudiaba español, un idioma que ya manejaba fácilmente, lo que le permitía participar en presentaciones de libros, clubes de lectura, talleres de escritura y un gran número de iniciativas todas ellas interesantes.

Él, como piloto de larga distancia, daba la vuelta al mundo y las vacaciones entre vuelos eran más numerosas, lo que le permitía un programa de actividades bastante rico en acontecimientos excepcionales, un poco los mismos que los de su compañera, pero repartidos por todo el mundo. Ella estaba fascinada, sobre cualquier tema que ella abordara, él era competente. Hablaba español con fluidez y le parecía que lo había leído todo, también él escribía y era experto en política, historia e incluso filosofía. Se apasionaron por “El Infinito en un Junco” de Irene Vallejo que ambos habían leído. …

La tarde y la noche se prolongaban, un poco demasiado para el gusto de la condesa, que cruzaba y descruzaba cada vez más a menudo las piernas, descubriendo por inadvertencia una liga o la curva de un seno. 

El comandante propuso entonces continuar la conversación en su habitación. La condesa no se hizo rogar. 

Entraron, y sus maletas estaban esperándoles. 

No se tomaron el tiempo para apreciar la hermosa y muy clásica habitación. 

Se besaron sin esperar un instante, le quitó la chaqueta, la miró brevemente y la tomó en sus brazos. Ella abrió sus muslos, su falda descubrió el liguero y las medias, no tenía bragas, lo rodeó con sus piernas para aferrarse a él y se tambalearon juntos hasta la cama.

Cuando se despertó, ella ya no estaba allí. Un pequeño sobre rosado y perfumado le esperaba en la mesita de noche. Lo abrió, encontró un billete de 100 euros con las marcas rojas de dos labios entreabiertas.

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Jean Claude Fonder

Reminiscencias (1)

Se despertó de sobresalto. Lo había escuchado de nuevo. Esta vez el ruido provenía del piso de arriba, del apartamento vacío. No era aquel martilleo insistente que semanas antes la había llevado a desbaratar estantes, vaciar armarios, a auscultar cada rincón de la casa en el intento de descubrir el origen de los golpes. Al final, se había procurado tan solo una fuerte jaqueca y la reprimenda paternal de Giorgio.

—¿Pero qué te pasa? —le había preguntado el marido a medias atónito, a medias ya desacostumbrado a las reacciones inesperadas que, en tiempos idos. habían formado parte de la naturaleza de Hilda. Y había agregado con su acento italiano y ese tono paciente y rotundo, apenas velado por un controlado fastidio: -Tranquilla, aquí no suceden ciertas cosas-.

La voz ronca de Giorgio había sido siempre el mejor de los ansiolíticos para Hilda. La mujer lo había intuido desde la primera vez que la había escuchado a través de los hilos telefónicos, en aquella llamada equivocada que los había enlazado para siempre. Una voz que trasmitía seguridad, especie de guarida donde protegerse de las viejas sombras en acecho, por eso ante el amistoso reproche del marido había vuelto a capitular, a decirse que era nada, la imaginación, esas cosas, a convertirse ella misma en un nohablo-noveo-noescucho, representación simplificada de los tres monos sabios, sobre todo de aquel que ahora se tapaba los oídos para evitar el mal. Sin embargo…esta vez algo fallaba. Desde que las nuevas reglamentaciones oficiales habían sido promulgadas, los ruidos molestos habían hecho su reaparición en el piso de arriba. Y la paciente y firme voz de Giorgio, ese fármaco personal contra todo desasosiego parecía estar perdiendo de hora en hora su comprobada eficacia.

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Adriana Langtry