Cuento rápido (y lento)

Son las siete y cuarto. Levántate.

Es verdad que tienes todo el tiempo del mundo para prepararte, tu autobús no va a partir hasta las ocho y cuarenta. La mochila con los libros la preparaste anoche, el desayuno está prácticamente listo, la ropa que tienes que ponerte está allí, sobre la silla.

Pero la gata maúlla con insistencia, sube a la cama y empieza a mordisquearte las muñecas.

Levántate. Así no tendrás que hacerlo todo de prisa. 

Vas a la cocina, enciendes un fogón, le pones encima una olla llena de agua para el té. 

La gata sigue maullando, sube a la mesa, pasea sobre el fogón encendido, poniendo en peligro la incolumidad de su preciosa cola. Abres una lata de comida y le pones un poco en su cuenco. 

Son las siete y veinte.

Vas al cuarto de baño, vuelves, viertes el agua en la tetera, la gata ha terminado de comer y pide más. Son las siete y veinticinco.

Pones otra olla sobre los fogones, tienes que prepararte algo de comida, un poco de arroz para cuando vuelvas a casa, no puedes empezar a cocinar a tu vuelta, a las dos menos cuarto.

Vuelves al cuarto de baño para asearte, regresas a la cocina, echas una ojeada a la olla del arroz y te sientas para desayunar. Comes tranquila, no es tarde. Pones un poco de sal al arroz, un poco de aliño. Son la siete y cuarenta y cinco, todavía puedes vaciar el lavavajillas. Mientras, sigues controlando al arroz para que no se queme.

Son las siete y cincuenta.

La gata va pidiendo otra comida y le das todavía un poco. El arroz sigue un poco crudo.

Son las ocho menos cinco.

Ya no es tan temprano. Lavas de prisa las tazas del desayuno, son las ocho y todavía tienes que vestirte y maquillarte. Debes salir de casa como máximo a las ocho y veinte, si no quieres perder el autobús. Tus prendas están allí sobre la silla, donde las pusiste ayer, pero las medias son negras y no hacen juego con el vestido azul. Buscas otras en el cajón, las encuentras, son perfectas, te vistes y son las ocho y cinco; todavía estás sin maquillar. Ahora es tarde y lo haces de prisa: te das un poco de color y un poco de carmín, te miras rápidamente al espejo y te das cuenta de que tu pelo, aun recién lavado, te hace parecer a un erizo. Te peinas con vehemencia, pero sirve de poco: tendrás que mojarte al menos el flequillo y arreglarlo con el secador.

Es muy tarde: son las ocho y cuarto, pero ahora estás lista. Te pones los zapatos y el abrigo y buscas las llaves de casa: en la cerradura de la puerta no están. Deben de estar en la mochila que preparaste anoche, bajo los libros, los cuadernos y todo lo imaginable. La gata te ronda maullando, le das toda la lata de la comida con la mano derecha, mientras con la izquierda por fin encuentras las llaves. De repente te acuerdas de la olla del arroz y corres a la cocina: se ha quemado un poco, pero no tanto, en cualquier caso es solo para ti y tú sabes conformarte.

Sales de casa. El espejo del ascensor refleja la imagen de una mujer recién escapada del manicomio, pero bien peinada y con las medias a juego. Lo lograste: son las ocho y veinte y estás fuera de casa.

Hurgando en el bolso buscas la cartera: ya no hay billetes para el autobús, así que tendrás que comprarlos. Mejor ir a la parada del autobús en coche.

A las ocho y veinticinco alcanzas la carretera. Todavía estás a tiempo, no es tarde. A la vuelta de la esquina te encuentras con una cola larguísima. Te dan ganas de sonar la bocina, pero intentas tranquilizarte: es tarde, pero todavía estás a tiempo. A las ocho y treinta sales del atasco y llegas a la parada del autobús a las ocho y treinta dos. Buscas un aparcamiento, pero todos parecen ocupados. Mucho más allá hay uno libre, aparcas el coche y son las ocho y treinta cinco. 

Corres hasta la parada, entras en el bar para comprar el billete y allí también te encuentras con una cola. Una señora te mira con un poco de pena y te pregunta si quieres pasar. Le contestas con un “sí gracias” jadeante, compras el billete y sales del bar, justo a tiempo para tomar el autobús.

No hay mucha gente hoy, así que puedes escoger libremente el asiento, lejos de las personas que charlan en voz alta, cerca de la ventanilla, no demasiado adelante ni demasiado atrás. Eliges el asiento al lado de una señora de mediana edad que está tranquilamente leyendo su libro. Te quitas los guantes, el sombrero, la bufanda e incluso el abrigo, porque normalmente hace calor en el autobús, y los pones en un asiento libre. Luego, buscas las gafas de cerca y el libro de Maggie O’ Farrel “Hamnet”, que casi has terminado: solo te faltan veinte páginas. El libro es en italiano, por supuesto: tu nivel de inglés no es bastante alto para leer el original.

Miras afuera de la ventanilla, relajada, y das un suspiro de alivio. Ahora tienes un montón de tiempo para terminar el libro: el autobús te llevará a Milán a eso de las nueve y media así que, cuando llegues, podrás disfrutar del paseo, porque la clase de literatura no va a empezar hasta las diez. Podrás mirar los escaparates, alargar tu recorrido hasta el Duomo, o gozar del final del verano en el parque Sempione… En fin, ¡tienes todo el tiempo del mundo!

Silvia Zanetto

Abre tu puerta cerrada

PABLO PICASSO (1881-1973) La ronde

Desde el patio rodeado de árboles ya se oye la música: 

Abre tu puerta cerrada”… (1)

Escucho la risa cristalina de Isabel antes de verla bailando en círculo, con la mascarilla puesta o quizás colgando de la oreja. 

Que en tu mano está la llave…”  

Nosotros todavía no podemos tomarnos de las manos, por eso se eligieron danzas en círculo en las que se baila sueltos. Pero María y yo, guiñando el ojo, nos saludamos sonrientes con un golpecito de codo, Alberto lanza hacia los amigos que llegan gestos alegres, las miradas de los danzadores resplandecen de vida que vuelve. 

Corro hacia el círculo y empiezo a bailar yo también.

El amor a ti te vela…” 

Fue aquí que la sonrisa de Alejandra enamoró a Sergio: solo estaba feliz cuando bailaba y por eso su vida se convirtió en una danza. 

Partemos rosa, partemos de aquí” 

Tomamos el ritmo, los cuerpos dan vueltas armónicamente sincronizadas, los movimientos de los brazos se funden en el mismo compás, que hincha las faldas largas de colores de Ana y de Rebeca. 

Yo demandi por la tu hermozura

como te la dio el Dió” 

De repente la felicidad me inunda: de verdad me encuentro aquí en el patio y no en el salón de mi casa, y Carlos, Victoria, Laura ya no son imágenes electrónicas en el ordenador sino cuerpos vivos en un círculo, que la música empuja a bailar. 

la hermozura tuya escura

la merezco sólo yo.

En fin, creo que nosotros también merecemos esta hermosura.

(1) Canción sefardí del siglo XV, sobre la que se ha creado la coreografía de una danza en círculo

Silvia Zanetto

Claudio y Claude

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

Sacaban fotos.

No salían de casa, pero sacaban fotos, como si quisieran concretar en imágenes unos átomos del tiempo cristalizado en el que ya no vivían.

Copias electrónicas se difundían a través de las redes sociales, de los mensajes que explotaban en los móviles. Les sacaban fotos a los perros, a los gatos, a los niños en los columpios, a los platos que se habían lanzado a cocinar con recetas nuevas, a sus bicicletas estáticas en los cuartos, a las pantallas de los ordenadores donde se encontraban “rectangulados” con sus amigos convertidos en ectoplasmas, a las páginas amarillentas de viejos libros. Y las compartían, hasta saturar la red.

Claudio sólo le sacaba fotos a las flores. 

No tenía un vergel privado, pero en los alféizares de sus ventanas estallaban los matices de color de decenas de orquídeas: un desafío vital y desmesurado a las tristezas de los telediarios y a la angustia del “homo homini virus”. El balcón era su “puente japonés” sobre el jardín de la comunidad, desde el que él hacía volar su espíritu por las ramas de los cedros atlánticos, hasta olfatear las magnolias y jugar con las tórtolas y los mirlos que nidificaban entre el verde tierno de aquella primavera tan extraña.

No hacía falta ir tan lejos para dar con la belleza, pensaba. Bastaba con saberla reconocer. Hasta un gran artista como Monet, en los últimos años de su vida, había elegido como única fuente de inspiración su jardín acuático en Giverny, al que se dedicaba con una pasión paternal. Incluso decía que su más bella obra maestra era su jardín.  El esplendor de sus ninfeas blancas y rosadas, frágiles y perfectas, los reflejos infinitos de los azules del estanque, las hojas planas de esmeralda, las ramas verdosas de los sauces habían sido suficientes para inspirar la creación de 250 obras de arte, cada una con su magia particular.

Hoy, después de más de un año de confinamiento, vuelven a abrir los museos y por primera vez Claudio se atreve a visitar una exposición. Le tiembla la respiración, sus manos sudan, pero sus ojos vuelven a vivir, aun sobre la mascarilla. Por fin, el cuadro está aquí, delante de sus ojos, magnifico, llenándole el alma de una paz infinita: Ninfeas azules de Monet.

Silvia Zanetto

Por eso, ahora me voy

“Mi madre, por supuesto, no estará de acuerdo” pienso, mientras pongo lo esencial en una maleta.

Nunca lo estuvo: desde el principio él no le cayó bien. No esperaba que se hicieran amigos: eso habría sido pedir demasiado, pero al menos confiaba en que lo tratara con respeto.

Pero a ella nunca le gustó y sigue sin gustarle.

A mí, en cambio, me enamoró enseguida.

Ni siquiera me fijé en el color gris de su pelo y de su barba. Me deslumbró la luz oscura que vi brillar en sus ojos mientras hablaba de su viaje a África. Me encantaron las palabras verdes y azules de ríos y valles lejanos, que su voz me acercaba y hacía reales.

Me sedujo su mirada, en la que atisbé en un solo instante toda una vida que yo ni siquiera había imaginado, y que entera estaba allí, en su primera sonrisa.

Todo en él prometía una existencia diferente: su sombrero de viajero, que no se quitaba ni en casa, su camisa arrugada que siempre parecía recién sacada de una maleta mal hecha, los gestos anchos de sus manos que me llevarían de mi sosa vida hasta un mundo desconocido…

Creo que fue un flechazo. Ni siquiera tuve el tiempo de olvidarme de los chicos que había frecuentado antes, no hizo falta: ya no existían estos amorcitos pachuchos. Si me hubiera parado a pensarlo, me habría dado cuenta de que a ellos les había entregado sólo la cáscara de mí misma.  Pero ahora toda mi anodina vida anterior ya no existía.

Al principio, creo que él se enamoró de mi amor, del halago que le producía verme tan hechizada, de las tardes delante al fuego, de los paseos por la orilla del río, siempre escuchándole. 

Pero una tarde me tomó la cara entre sus manos, fuertes y cálidas, y me dijo -Ahora, habla tú. 

Y eso fue el amor.

—Pero ¡Gabriela! ¡Si es más viejo que tu padre!  —me regañó mi madre. — ¿Qué pretendes hacer de tu vida?  ¿Hacer de enfermera?  ¿Quedarte viuda pronto? ¡Con lo joven y guapa que eres! ¡Con la de pretendientes que tienes, y tu vas a salir con ese… ese anciano! -me escupió en la cara.

Por eso, ahora me voy.

Todo lo más, mi madre se enfadará conmigo, con él, con el mundo… en fin, ¿qué más da?  Nuestras discusiones son añejas. Por nada que le diga, siempre se irrita: por una vez, tendrá una buena razón para enojarse.

Me voy sin despedirme, llevándome solo unas pocas cosas en mi maleta pequeña.

Grandes serán los paisajes de viento y de sol que atravesaremos juntos; largos serán los días cabalgando en la sabana, mirando el horizonte; lentas serán las tardes, sentados en el porche, esperando la puesta del sol detrás de las acacias…

Hasta que nos parezca tarde. 

Silvia Zanetto

Fragmentos (2)

Primera parte https://wp.me/pcDIqM-rc

A veces una inquietud irreprimible se apoderaba de ella. El aburrimiento la invadía hasta el punto que deseaba chillar, y cada cosa le parecía la enésima copia de lo ya vivido y experimentado. Entonces salía, buscaba a una amiga, compraba. Sobre todo, cosas inútiles. Y por la tarde se enfundaba en uno de sus nuevos vestidos para acoger a Jorge, que siempre le sabía demostrar su aprecio. 

Elisa se había considerado una mujer feliz, afortunada, un tiempo. Pero ahora, sentada en el suelo con cortes en las manos y buscando una excusa para justificar el parqué dañado, se preguntó si acaso su  deseo más profundo en los últimos años  no hubiera sido eso: quebrantar un jarrón en mil piezas, o hacer cualquier ademán inconsulto e injustificable ante los ojos de Jorge. La luz negra de aquella carta la había empujado a descubrir una tercera dimensión en su vida llana como un dibujo en un libro de cuentos de hadas, revelando su dejo amargo. Como si el hechizo se hubiera roto, liberando la serpiente.

Recogió los últimos fragmentos del jarrón. Hubiera podido cubrir el daño del parqué desplazando un poco la alfombra. Hubiera podido poner otro jarrón en la mesa, o contarle a Jorge que se había roto por accidente. Hubiera podido quemar los últimos trozos de la carta y él no se habría dado cuenta de nada.

Hubiera podido.

Imaginó a Jorge volviendo a casa y abrazándola con ternura, o a lo mejor un poco de prisa, aflojando el nudo de la corbata. La imagen se concretizó tan real en su mente que le pareció sentir en sus labios el sabor del beso con el que la rozaría apenas.  Lo vio quitarse la chaqueta, ponerla en el armario, ir al cuarto de baño y volver exactamente después de siete minutos, dirigirse al despacho para controlar la correspondencia, tardando desde ocho hasta once minutos, según el número de los sobres. Pero esta vez no. Esta tarde regresaría casi de inmediato, con los fragmentos de la carta en sus manos, pálido, incapaz de hablar, con una mirada en la que acusación y remordimiento se mezclarían. O a lo mejor se quedaría en el despacho, incapaz de enfrentarse a ella. O le preguntaría: “¿Por qué la has abierto, Elisa?” y “¿Por qué la has roto?” Pero ella no lo sabía…  Quizás por curiosidad. O quizás porque no tenía absolutamente nada que hacer.

Lo normal hubiera sido estar enojada con él, sentirse engañada, pretender una explicación. En cambio, no: se sentía consternada, sofocada por los remordimientos: fragmentos de cristal y de papel para esconder, fragmentos para desvelar, dejar atisbar, encomendar al azar.

“¿Por qué la has roto, Elisa?” resonó otra vez la voz de Jorge en su congoja. “Porque no quería que fuera verdad” imaginó contestarle.

Pero, a lo mejor, él se preocuparía tanto por el parqué destrozado que no se enteraría de los fragmentos de la carta, se creería sus excusas y la carta desaparecería, tragada en la nada. Hasta que el cartero trajera otra.

Entonces, se imaginó a Jorge sentado muy ordenado en su silla, los ojos grises hechos de hielo, las manos nudosas jugueteando con las gafas, la mirada enclavada en un punto preciso de la mesa.

“Tendría que haberte hablado antes de eso” le diría.

“Sí” contestaría simplemente ella.

O a lo mejor, no pasaría nada de todo eso.

Silvia Zanetto

Fragmentos (1)

Y de repente se enteró de que el destino se había hartado de ser generoso con ella. Entendió que aquel molinete incesante de días felices bajo un cielo despejado, turbado solo por leves escaramuzas o malhumores pasajeros, de repente terminaría, dejando que fuera el viento de los recuerdos el que barrería su casa y su mente. 

No fue una idea de las que se insinúan sutilmente bajo las demás y poco a poco tiñen cada cosa de un color diferente. Fue fulminante, cuando le precipitó entre las manos aquella carta, que por supuesto no era para ella.

No titubeó ni un instante: rasgó la hoja, recogió los fragmentos y los llevó a la cocina para quemarlos.  Unos trozos de papel se quedaron en el escritorio, uno en el suelo. Levantó una ceja, un poco contrariada. No volvió a recogerlos: ya todo estaba en manos del azar, merecía la pena dejarlo hacer.

Un leve olor a quemado había invadido su cocina inmaculada: abrió la ventana, luego volvió a la sala de estar.

De repente la perfección absoluta de su casa la golpeó como un silbido agudo y disonante: agarró el jarrón de cristal de la mesa del salón y lo arrojó al suelo en un fragoroso resplandor de fragmentos. Por un fugaz, loco instante se sintió feliz, ebria de su propia locura. Luego, las lagrimas empezaron a desprenderse, mientras se cortaba las manos recogiendo fragmentos de cristal del parqué destrozado sin remedio. 

Elisa se podía definir una mujer mimada, hasta caprichosa. Estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta, pero la vida todavía no había rasguñado su piel de porcelana dorada, ni mucho menos sus indudables certezas, en primer lugar, la de haber nacido para ser adorada.

O quizás, eso era lo que le había dejado creer Jorge. 

Ella se había adaptado con gusto: era agradable, pero sobre todo fácil abandonarse, dejarse ir, librándose un poco a la vez de todas las responsabilidades. Como cuando él le propuso que dejara su trabajo: aquella vez, Elisa sintió serpentear algo como una huella de nostalgia, pero era tan sutil que no tuvo dificultad en desatenderla. Pensándolo bien, ahora le parecía que no había sido nostalgia, sino arrepentimiento. Entonces se había decidido por un tiempo parcial, pero después de algunos meses había pedido la dimisión y se la había ofrecido a Jorge adornada con lazos.

Con la misma amable despreocupación, había aceptado una ayuda para las tareas domésticas, y luego otra para planchar, mientras que llenaba la inutilidad de sus días yendo al gimnasio o recibiendo masajes relajantes en el centro estético. 

Sonriente y sosegada, cada tarde le abría la puerta a Jorge lista para ser exactamente lo que él se esperaba de ella, mientras que aquella serpiente -que fuera nostalgia o remordimiento u otra cosa – se movía desasosegada y cada vez más camuflada.

…continuará https://wp.me/pcDIqM-th

Silvia Zanetto

El Río de los Sueños Turquesas

Ulises era un pececillo que vivía con su madre Burbujazul y su padre Rojobubul en el Río de los sueños Turquesas. Era el menor de ocho hermanos: los demás eran de un único color, él en cambio tenía todos los colores del arco iris. Era un pececillo muy vivaz e incluso bastante desobediente. El Río de los sueños Turquesas estaba rodeado de altos chopos verdes y perfumadas acacias florecidas, y el agua corría siempre en la misma dirección, hacia… ¿hacia dónde? Ulises quería descubrirlo, pero mamá Burbujazul y papá Rojobubul siempre repetían: — Niños, tenéis que quedaros cerca de nosotros, porque el río es grande y esconde muchos peligros. Sobre todo, no os acerquéis nunca a la desembocadura del río. ¡Nunca!

— Nunca, nunca, nunca… —repetían Blanquillo, Amarillo, Verdillo y los demás hermanitos, pero Ulises pececillo multicolor no decía nada. Así que un día decidió dejarse ir por la corriente para ver lo que pasaría. 

Bajo los chopos, vio dos humanos que tenían en sus manos un palo con un cable. — ¿Qué será esa cosa? — se preguntó Ulises, y se acercó para ver mejor.

— ¡Huye, huye!— le gritó un anciano pez gris con gafas, un poco gordo.— Son pescadores, te van a capturar! 

Ulises atisbó un pobre pez clavado a la caña de pescar que se contorsionaba con una mirada de muerte en los ojos, y huyó a toda velocidad. 

— ¡Vuelve a tu casa! ¡Rápido! — le aconsejó el pez con gafas, pero Ulises pececillo multicolor decidió seguir adelante.   

De repente, el agua del río perdió su color azul transparente y se volvió de un marrón amarillento desconocido, con un sabor asqueroso y un hedor insoportable. Ulises empezó a toser.

—¡Aléjate, niño! ¡Es peligroso! 

Era otra vez el pez gris con gafas, que lo observaba desde lejos. —Es un desagüe industrial —le explicó. — Si te quedas allí, ¡te vas a morir envenenado!

Ulises atisbó unos peces flotando en la superficie del río y huyó cuanto más rápido podía. 

— ¡Vuelve a tu casa! ¡Rápido! — le aconsejó el pez con gafas, pero Ulises pececillo multicolor decidió seguir adelante. 

La corriente se hizo más fuerte y el paisaje iba cambiando: las orillas del río estaban cada vez más lejanas y se podía vislumbrar una cantidad desmesurada de agua azul celeste. 

— ¿Y eso que es? —se preguntó Ulises abriendo los ojos maravillados.

— ¡No te acerques, niño! Es el mar. No es para pececillos como tú, ¡es peligroso!

— ¿Otra vez tú? ¡Déjame en paz, por favor! ¡Quiero conocer el mundo! — se enfadó Ulises. Y decidió seguir adelante.

Y así Ulises pececillo multicolor se fue, siguiendo su camino y sus deseos. Descubrió dónde acababa el río, se enteró de lo que era el mar, y de muchas otras cosas.

Sus hermanitos, abriendo y cerrando las bocas, seguían repitiendo “Nunca, nunca, nunca” …

Silvia Zanetto

Susana

Chaste Suzanne Felix Vallotton 1922

Hay algo que me molesta en ellos. No es la edad, no: siempre he sentido respeto por las personas mayores. Tampoco la obesidad del hombre hundido en este sofá color rosa empalagoso. Y tampoco la actitud sumisa del otro, que se dirige a mí con el aire servil de un camarero. No, nada de eso.

Yo creo que son los rectángulos de luz que se reflejan sobre sus cabezas redondas y lustrosas como huevos de avestruz. Los reflejos también son rosados, encima de las cabezas rosadas como este sofá rosa. 

Detesto el rosa.

Por eso no me voy a quitar mi capa roja, ancha y gruesa: me voy a enfundar en ella hasta el cuello, y que esperen, estos cabrones. Mi mirada sutil y oblicua les va a contestar que no, antes de que cualquier pregunta impertinente se deslice de sus labios codiciosos, mi pelo largo y reluciente se va a quedar escondido bajo el sombrero gris, cuajado de falsas estrellas.

Que esperen hasta la mañana, hasta dentro de un año, hasta el fin del mundo. Que se callen, que no pidan nada. Mis ojos entornados los van a fulminar, si se atreven. 

Detesto el rosa.

Silvia Zanetto

El mundo es mío

El hedor me pica la nariz, mientras estoy mordiendo la manzana.

A pesar de que ya me las he lavado dos veces, mis manos siguen apestando a desinfectante. Quizás sea el del verdulero, o el del panadero. O, con toda probabilidad, es la mezcla de los dos antisépticos la que ha creado una fetidez incongruente e imborrable, destrozando el sabor azucarado de la manzana crujiente.

La luz oblicua del sol otoñal se ríe, a través de las ramas del cedro del Atlas del jardín que llego a tocar desde mi balcón, el cerúleo del cielo es del color de la libertad que poco a poco vamos perdiendo. Son casi las dos: la hora del telediario regional, el “castigo” como lo llamo yo, en el que como cada día darán la cuenta de los nuevos contagiados, de los nuevos ingresados en cuidados intensivos y de los muertos de hoy.  El sol me guiña el ojo otra vez: hoy no tengo compromisos por la tarde y ¿quién sabe si mañana será un día precioso como hoy? 

El aire es tibio cuando salgo de la puerta con mi bicicleta azul y me dirijo al parque.  Pedaleo cada vez más rápido, y el viento ligero me hace cosquillas en la cara, alcanza mi piel a pesar de la mascarilla. Me alejo hacia el color naranja dorado de los árboles, atisbo unos arces rojos, que presumen de su caleidoscopio de matices colorados, detrás de la tierra parda de los campos arados. El aire libre penetra en mis pulmones, me acaricia el pelo. Empiezo a canturrear “El mundo es mío”, la canción de Aladdin y Jasmine en la alfombra voladora, saludo a cada desconocido que encuentro: parejas de ancianos, personas solas con sus perros, algún que otro ciclista pedaleando en su bicicleta. Saco unas fotos de este mundo maravilloso de follaje anaranjado, se las envío a un par de amigas. Sonrío y me alejo todavía un poco, sorprendida por el verde todavía tan intenso de los céspedes. Ahora no hay nadie más, solo dos tórtolas que se buscan y persiguen volando entre las ramas. Puedo quitarme la mascarilla: el mundo es mío. 

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Silvia Zanetto

Los juguetes del abuelo

Minervino se aburría como una ostra, encerrado en la casa de los abuelos, mientras afuera se desencadenaba una tormenta. 

“Voy a ver los dibujos animados en la tele” dijo resignado, pero justo en aquel momento un rayo cayó muy cerca del jardín, seguido por un rugido espantoso.

“Vaya rayo!” exclamó la abuela “Y además, hay un apagón… Nada de tele, por hoy” .

“Entonces voy a jugar un poco con el ordenador”

“Es imposible”, contestó el abuelo. “La batería está descargada”

“Puedo jugar con el móvil…”

“Tengo una idea mejor. ¡Vamos a la buhardilla!” propuso el abuelo.

Minervino nunca se había fijado en la trampa en el techo del salón de los abuelos.

La trampa se abrió rechinando un poco, como si no quisiera abrirse después de tanto tiempo, y el abuelo bajó la escalera plegable. “¡Vamos!” le animó.

A Minervino le daba miedo ese mundo oscuro que se atisbaba desde la trampa, pero si era el abuelo el que lo invitaba a subir…  En la buhardilla, todo estaba gris, cubierto de un montón de polvo. Mientras el niño miraba a su alrededor, desconcertado, el abuelo buscó hasta encontrar una caja muy gorda. “Acaso, ¿alguna vez te has preguntado cómo nos divertíamos los abuelos de niños, cuando no existían los juegos electrónicos y la televisión?” le preguntó.

A Minervino no le gustaban para nada las cosas viejas, pero el abuelo era tan bueno y simpático que se resignó a abrir la caja, pero…  

La caja se estremeció, cobró vida, se iluminó en una fantasmagoría de colores y de repente se oyeron voces provenientes del interior: “¡Por fin! ¡Hay un niño que quiere jugar con nosotros!” “¡Salgamos de aquí!”

Había soldados de juguete mecánicos que marchaban al ritmo de una marcha militar, un caballito de madera se balanceaba invitándolo a subir, una peonza giraba al ritmo frenético de una canción antigua. Canicas de vidrio de todos los colores, como locas, corrían por toda la buhardilla: se alcanzaron, se golpearon, volvieron a entrar en la caja gritando “¡Gané! ¡Gané!”

“Pero abuelo…  Tú…  tú … ¿tenías juegos de control remoto?” preguntó Minervito, nada más recuperar el aliento.

“No son de control remoto”, contestó el abuelo con una mirada de encantamiento, “¡son mágicos!”

“¿Mágicos? ¿Qué quieres decir?”

“Quiero decir, Minervito, que la magia está en la fantasía que nos permite ver lo que los demás no ven, y en la capacidad de apreciar lo que tenemos sin quejarnos por lo que no tenemos, ¡eso es la verdadera magia!”

Minervito se lo pensó un poco. No estaba seguro de que lo había entendido bien, pero seguro había descubierto un nuevo mundo y no quería dejárselo escapar.

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Silvia Zanetto

La Velocidad de las flores

Ir de paseo de la mano de mi padre me encantaba. El domingo por la mañana, después de la misa, él me llevaba a dar una vuelta antes de volver a casa, donde mi madre nos esperaba con la hermanita, demasiado pequeña para salir de casa en la estación fría.

El pueblo en el que vivíamos era bastante reducido, con muchas casas bajas rodeadas de jardines. Esa primavera había sido un triunfo: los jacintos pintados de azul y rosa que aturdían con su perfume tan intenso, los narcisos presumidos en su corona amarilla, las violetas que desperdiciaban sus infinitos matices de morado, lila y rosa pálido, y luego los matorrales de azalea que rebozaban de pimpollos, las hortensias florecientes cuando ya se asomaba el verano. 

En ese día de noviembre, recalentados por una ligera oleada de sol, papá y yo nos paramos frente a la verja de un jardín, ya anaranjado en su traje otoñal.

– ¿Te acuerdas de este lugar? -me preguntó.

– Claro que sí: estaba mirando el jardín y grité: “¡Qué flores tan bonitas!”. La dueña me oyó y me regaló un ramo grandísimo, con tantas flores bellísimas, de todos los colores.

– Qué amable fue la señora, ¿verdad?

– Sí, pero… ¿papá?

– Dime.

– ¿Dónde están ahora las flores que me regaló?

Esa fue la primera vez en que me enteré de la velocidad de las flores.

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Silvia Zanetto

Azules

Picasso Azul “Le gourmet” 1901

Azul marino, las olas del vestido de una niña que se escabulle livianamente hacia la cocina.

Azul turquesa, los latidos del corazón y los mechones de pelo que le cubren la cara.

Azul oscuro, los pasos de una princesa de la noche, en una ráfaga de desasosiego.

Azul rapsodia, las cortinas teñidas de índigo temeroso, alrededor de su escapada.

Azul mantel, el manto de la Virgen y sus matices que se deshacen en el blanco.

Azul noche, sus calcetines que se refugian en unos zapatos brillantes.

Azul taza, el más exquisito manjar prohibido que una niña pueda desear.

Azul ternura, una luz tímida que aligera la noche y anticipa el alba.

Azul perdón, la levedad despejada de un espíritu ya libre de culpas.

Azul sábana, volver a la habitación y dormirse tranquila, aún saboreando su delicioso robo.

Azul celeste, el rectángulo que mañana le iluminará la cara, cuando se abran los postigos.

Silvia Zanetto

La piedra


“No lo vas a hacer de verdad” —me dice, fingiendo una sonrisa que se deshace en una mueca— “No serás capaz”.
Es una piedra áspera, ovalada, con venas grises. Es demasiado pesada para mí: me cuesta un esfuerzo descomunal levantarla. Con una piedra así podría hasta matarla, a Myrna.


Veo relampaguear el miedo en sus ojos redondos, casi siempre inexpresivos, y me gusta. Ya lo sé, que Myrna tiene toda la razón, es justamente por eso que la odio.
No hay otros niños en el patio hoy, un aire asfixiante y húmedo nos aprieta en esta tarde de inicio de verano. El distrito industrial no está lejos y el olor a azufre de las fábricas cercanas nos alcanza.
Myrna y yo nunca hemos sido amigas, ni antes que me dijera eso: creo que a ella le irritaban mi exagerada delgadez y mi carácter huraño, como a mí me molestaban su cuerpo gordito y su alegre locuacidad: por aquel entonces, no sospechaba lo que le pasaría, y que no tendría motivos para estar tan contenta.

Ver el susto en su mirada me alegra. La piedra es tan gruesa que casi no puedo seguir sosteniéndola, pero la cólera vuelve vigorosos mis brazos sutiles. Inspiro el olor a azufre y ahora me siento invencible. Se lo merece todo. Se lo merece por su cara redonda, por su pelo oscuro demasiado corto, por sus vestiditos ajustados que parecen robados a una hermana menor. Pero sobre todo por decirme eso.
De repente, los ojitos negros de Myrna se cierran y su boca se abre de par en par: un chillido agudísimo rompe el silencio.
Todo mi cuerpo tiembla de rabia, la piedra áspera y pesada me agota los brazos. La madre de Myrna se asoma a la puerta. Está embarazada, lleva un vestido rojo de flores, sin mangas, que deja descubiertos sus brazos rollizos. Observa a su hija, que ahora llora desconsolada, luego me mira a mí: me clava la mirada en los ojos y se queda callada.
Ella sí, que es fea. Tiene el mismo pelo corto y moreno que su hija, la misma cara redonda de ojos insípidos. Ella es fea, y no mi madre.
— ¿Qué pasa, niñas? —La madre de Myrna se acerca lentamente, intentando sonreír. Mira primero mi cara y luego mis manos, que siguen sosteniendo la piedra. Una piedra tan gruesa y tan pesada que podría matarla, a su hija.
— ¿No queréis decírmelo? —la mujer habla en plural, pero se dirige solo a mí.
— ¡Myrna ha dicho que mi madre es fea! —exploto, rompiendo a llorar.
— ¡Sì, es fea, es feísima! ¡Está siempre enfadada, y no sonríe nunca! — grita Myrna.
Ya sé que Myrna tiene toda la razón y la piedra se me cae de las manos.

* * *

En noviembre, Myrna murió, abatida por una leucemia fulminante. Tenía nueve años. Todo el pueblo asistió a su entierro, y nosotros fuimos a la iglesia con las maestras, alineados para dos. Todas las niñas lloraban, menos yo.
Yo pensaba en la piedra que no le había lanzado y en los pocos meses que ella había vivido después. Ella habría muerto, en cualquier caso, y me parecía justo que Dios la arrugara y tirara rápidamente, como si fuera un dibujo malogrado. Sí, era justo que Myrna muriera, era demasiado sincera y aguda en reconocer la auténtica naturaleza de las personas, un testigo incómodo de la inquietud que me sacudía como un viento rabioso: la herencia de mi madre que yo no quería aceptar.
Myrna habría muerto, en cualquier caso.
Al salir de la iglesia, con los ojos bajos, vi un guijarro y lo pateé.
Era una pequeña piedra áspera, ovalada, con venas grises.


Silvia Zanetto

Venecia en invierno

Antonietta Brandeis (Austrian painter) 1848 – 1926 Palazzo Albrizzi,

Su ausencia me destroza, me sigue por la calle, como si fuera el ruido de pasos enemigos que se acercan y me asustan. 

Desde hace horas estoy caminando sola por los barrios de una Venecia que los turistas no conocen, buscando mis recuerdos e intentando alejarme de ellos.

Pero su ausencia por fin me alcanza, me agarra las piernas, las quiebra y me hace caer derrotada sobre los peldaños de un puente.

Yo creía que solo podría sufrir así por un hombre: sé que el amor tiene bastante vigor como para partirme el corazón y dejarme sin fuerzas. En cambio, ahora es la ausencia de Lucía la que me derrumba y me deja agotada, sin aliento.

Lo sé: habría tenido que llamarla otra vez. 

Si hubiera sido un hombre, lo habría llamado, olvidándome del orgullo y de todo.

El agua del canal es turbia, grisácea, debe de ser fría… por un momento me imagino como sería dejarme caer hasta el fondo. 

Hay días en los que los canales de Venecia reflejan los colores alegres de las casas, en un juego de imágenes que hacen aparecer una segunda ciudad igual aunque opuesta a la de verdad. Pero hoy no: hoy una niebla húmeda y pálida cubre la ciudad, impregnada de ese olor a podrido que siempre me deslumbra y al mismo tiempo  me repugna.

No me acuerdo exactamente las palabras que dije a Lucía, cuando me llamó: sólo me acuerdo que fue muy difícil encontrarlas al principio, y aun más difícil controlarlas después.

Hay un barco en el canal, parece abandonado a su destino, como yo. Dos señoras ancianas charlan y se cogen del brazo: hablan de sus nietos, de la compra y de pequeñeces: dos amigas, como éramos Lucía y yo.

De repente, desde una ventana entreabierta sale una música, azucarada y melancólica como un perro perdido, me agarra la garganta y me obliga a parar mi caminata sin rumbo.  Dos voces femeninas que gorjean juntas, soltándose y entrelazándose armónicamente como nuestras voces intercambiando secretos. Teníamos diecisiete años: era el tercer año del bachillerato, y vinimos de viaje escolar justo aquí.

Mi corazón se había quebrado por Mauricio en mil pedazos de vidrio, y yo tenía cortes en las manos por intentar arreglarlo. 

En cambio, Lucía paseaba por la orilla cogida del brazo de Gabriel, tan tranquilos que parecían un matrimonio de ancianos.

Las dos habíamos descubierto el amor, pero de una manera muy diferente. Eso no nos alejó, sino que nos unió todavía más y nos hizo más amigas. No sentía ninguna envidia por ellos, por el afecto sosegado que demostraban, mientras que yo me moría para obtener una sonrisa, una mirada de Mauricio, regalada como una limosna…

Había aprendido a amar con desesperación y la tranquilidad de un cariño seguro no me interesaba.

Lucía y yo éramos tan amigas que nunca un chico – o un hombre – podría separarnos. Claro, nos gustaban tipos diferentes, pero entonces estábamos convencidas de que nuestra amistad era más fuerte que el amor, más fuerte que todo.

Lo sé: tendría que haberla llamado otra vez. 

Tendría que haber esperado unas horas, dejar que nos calmáramos las dos y luego haberla llamado otra vez. Pero no lo hice.

Decido volver atrás y alcanzar los barrios llenos de turistas con sus cámaras insaciables. Miro la laguna abrumada y me abandono a la profunda quietud del espacio que se extiende delante de mis ojos y a los recuerdos que flotan a mi alrededor.   

El agua en los canales está gris, fría como el hielo que alberga mi alma; la luz del día se desvanece hasta desaparecer.

Venecia en invierno es así: a veces te encadena, a veces te embruja.

Y aquí quiero perderme todavía un poco antes de volver, antes de que esta tarde húmeda y grisácea pueda borrar mi recuerdo más antiguo: Lucía y yo, cogidas del brazo, bisbiseando nuestros secretos por la Riva degli Schiavoni.

Silvia Zanetto

Aquella luz

Se tiró a la arena tibia, jadeando.

Ya estaba lejos: podía descansar. Sentía los granitos de arena en su mejilla, húmedos, punzantes. Le costó un esfuerzo descomunal mover el brazo derecho y arrastrar la mano para protegerse un poco la cara, pero el ademán se quedó a mitad, la mano torcida en una posición afectada.

Aquella luz.

Aquella gente.

Poco a poco su respiración se hizo más lenta, y Adela consiguió levantarse un poco. Se quitó la arena de la cara, el aire salobre le acarició la piel.

A lo mejor, había sido un sueño, una pesadilla.

O un espejismo.

Allí, en la playa, todo era igual que siempre: el rítmico meneo de las olas, la enérgica vitalidad de las gaviotas, la brisa suave que siempre la acompañaba en sus paseos matinales. Poco más allá, la casita donde desde hacía años veraneaba con su marido, las adelfas con sus flores rosadas y carmín. 

Aquella luz cegadora.

Aquella gente inmóvil, como hechizada.

Adela consiguió ponerse de pie. No estaba acostumbrada a correr tanto, ni tan rápido: había dejado de jadear, pero ahora sentía en las piernas un dolor sordo y continuo. 

Quizás Francisco ya estuviera en el jardín, cuidando de las plantas y esperándola. Mejor no decirle nada, la habría tomado por loca. O por tonta. 

— ¿Cómo ha sido tu paseo? —le preguntaría su marido como todas las mañanas.

— Muy tranquilo y agradable —le contestaría Adela como todas las mañanas.

Empezó a caminar pausadamente hacía la casita. Tenía que haber sido un sueño, un espejismo. Una broma de mal gusto de sus nervios afectados.

Aquella luz cada vez más intensa, cegadora, hipnotizadora.

Aquella gente inmóvil, cada uno sentado en su silla, sin decir una palabra, como hechizados.

No podía decírselo a Francisco: no era explicable, no era racional. No podía relatarlo a un hombre que solía interpretar cada cosa con una precisión lógica y matemática. 

No le diría nada, intentaría buscar una explicación por su cuenta o a lo mejor simplemente olvidarlo, volver a su vida como si nada. 

En fin, no había sido nada: Adela se había tapado los ojos con las manos, había huido sin ceder a la tentación de sentarse en una silla libre y dejarse hechizar, había corrido hasta agotarse y se había desmoronado en la playa. Y ahora volvía a la casita. Nada más.

Se preguntó si sabría ocultarle a Francisco el temblor de los labios, el rubor de la mejilla derecha rasgada por la arena, si sería capaz de esconder los ojos hinchados por las lágrimas… por que sí, ahora se daba cuenta de que estaba llorando. 

Se desplomó en la playa otra vez.

Aquella luz inesperada, repentina, cada vez más intensa y cegadora, aquella luz hipnotizadora que Adela había sabido evitar. 

Aquella gente, estatuas vivientes, cada uno sentado en su silla, mudos, con las miradas fijas hacia el intolerable fulgor al que se rendían, quietos y fríos, ya sin voluntad. 

Unas horas después, Francisco encontró a Adela tumbada en la playa, los ojos hinchados, la mejilla derecha ruborizada, rascada por la arena.

 

Silvia Zanetto

La montaña y yo


Todos me preguntan por qué lo hago, especialmente ahora, que estoy viejo.
Me crie con las cumbres nevadas en la mirada, el olor a abedules en la brisa fresca de la mañana, así que plantearme esa pregunta es como preguntarle a un niño por qué quiere a su madre.

Carlo Soria

Empecé muy joven. Luego, escalada tras escalada, han pasado los años. No sé si hubo un momento en el que me planteé alcanzar los 8000, creo que fue el resultado de un proceso largo cuanto mi vida: la ascensión a una montaña más alta llevaba a una escalada más difícil, cada éxito me empujaba hacia nuevos desafíos, y cada fracaso también: ¿si he llegado hasta aquí -me decía – por qué no puedo ir más allá?
La edad nunca ha sido un estorbo para mis proyectos: las cumbres más elevadas las escalé después de los sesenta, y no voy a renunciar ahora a conquistar los picos de 8000 que todavía me faltan.
No le tengo miedo a la muerte: a mi edad, esa idea se convierte en algo muy cercano, que se acepta con naturalidad. Pero los que practicamos el alpinismo extremo aprendimos a convivir con ella desde jóvenes, así que no temo a la muerte, porque ya he conocido su cara más de una vez.
Lo que sí me da miedo es morir enfermo, encerrado en una habitación de hospital saturada de olor a medicamentos, rodeado de batas blancas: una muerte de viejo.
En cambio, concluir mi vida en la montaña, después de escalar mi último 8000, es mi deseo más grande. Y quiero que abandonen mi cuerpo allí, sepultado en la nieve, con mis botas y mi mochila, sin ceremonias, ni flores.
Que lo dejen en el paraíso que tuve la suerte de conocer aún viviendo: mi montaña.


Silvia Zanetto

La montaña

Todos me preguntan por qué lo hago, especialmente ahora, que estoy viejo. 

Me crie con las cumbres nevadas en la mirada, el olor a abedules en la brisa fresca de la mañana, así que plantearme esa pregunta es como preguntarle a un niño por qué quiere a su madre. 

Empecé muy joven. Luego, escalada tras escalada, han pasado los años. No sé si hubo un momento en el que me planteé alcanzar los 8000, creo que fue el resultado de un proceso largo cuanto mi vida: la ascensión a una montaña más alta llevaba a una escalada más difícil, cada éxito me empujaba hacia nuevos desafíos, y cada fracaso también: ¿si he llegado hasta aquí -me decía – por qué no puedo ir más allá? 

La edad nunca ha sido un estorbo para mis proyectos: las cumbres más elevadas las escalé después de los sesenta, y no voy a renunciar ahora a conquistar los picos de 8000 que todavía me faltan.

No le tengo miedo a la muerte: a mi edad, esa idea se convierte en algo muy cercano, que se acepta con naturalidad. Pero los que practicamos el alpinismo extremo aprendimos a convivir con ella desde jóvenes, así que no temo a la muerte, porque ya he conocido su cara más de una vez. 

Lo que sí me da miedo es morir enfermo, encerrado en una habitación de hospital saturada de olor a medicamentos, rodeado de batas blancas: una muerte de viejo.

En cambio, concluir mi vida en la montaña, después de escalar mi último 8000, es mi deseo más grande. Y quiero que abandonen mi cuerpo allí, sepultado en la nieve, con mis botas y mi mochila, sin ceremonias, ni flores. 

Que lo dejen en el paraíso que tuve la suerte de conocer aún viviendo: mi montaña. 

 

Silvia Zanetto

La invitación de Rebeca

Cada noche vuelvo a verlo, labrado en mis ojos recién cerrados, y sé que no me permitirá conciliar el sueño: sus ramas rojas retorcidas en un ademán de congoja, la una estrangulada por la hiedra, la otra mutilada, la otra reseca y sin una hoja, a pesar de que estábamos en junio.

La invitación de Rebeca para que fuera a verla me había sorprendido: siempre era ella la que venía a mi casa, se quedaba a merendar un chocolate caliente o un helado y luego, juntas, hacíamos los deberes. Nunca mencionaba a su familia y cambiaba de tema frente a mis preguntas, a veces tímidas, a veces insistentes. Pero aquel viernes me propuso “Ven tú a mi casa” y la curiosidad empezó a hervir en mi cabeza.

Pero… el árbol, decía antes. Las sombras grises de sus ramas en la pared amarillenta de la casa evocaban a un hombre ahorcado. A lo mejor era aquella luz de inicio de verano lo que me aturdía, el azul exagerado del cielo, el exceso de silencio en una tarde resplandeciente. No había pájaros cantando, ni un soplo de viento, ni se podía adivinar un horizonte detrás de la esquina.

“Rebeca ha muerto” entendí de golpe. “Por eso me pidió que viniera”.

El amarillo dorado de la gavilla de trigo detrás de la tapia brillaba de alegría, se reflejaba en el empedrado soleado de la calle desierta. El engaño de los colores tiernos del muro me invitaba a entrar. “Rebeca ha muerto” me repetí a mí misma. Me acerqué a la puerta, resuelta a entrar, pero no había timbre ni tarjeta con apellidos. Oí la voz de Rebeca que me llamaba detrás de la esquina y corrí hacia ella.

Silvia Zanetto

No pienso vestirme de negro

El aire estaba denso, negro, silencioso. La casa parecía enfundada en una oscuridad calurosa. Ningún perfume a heno llegaba de los campos, ni una luciérnaga que iluminara la noche sin luna.  La luz eléctrica, de un blanco tajante, recortaba el porche de la casa en zonas rectangulares.

Laura se había quedado afuera.

—¿Pero ¿qué te has puesto? —Le preguntó su hermano, mirándole las piernas pálidas bajo la minifalda rosa.

—Y ¿a ti qué te importa? Hace calor… Acaso ¿quieres que me ponga ya de luto? Mira que no pienso vestirme de negro ni después. Es más… tampoco pienso entrar.

— Entonces, ¿para qué has venido?

La mujer miró a su alrededor como en búsqueda de una respuesta, pero el aire negro le devolvió su pregunta.

Su hermano se había encendido un cigarrillo y lo dejaba consumirse sin fumarlo. Laura se sentó en los peldaños, abrazándose las rodillas. Desde lejos, se oyó el ruido de un tren.

— ¿Así que no vas a entrar? Le he dicho que estás aquí. Hoy está todavía consciente, pero mañana podría ser demasiado tarde, podría no reconocerte… Laura, es tu madre.

Roberto era el hijo perfecto, joven, educado, exitoso en los estudios, a punto de licenciarse a los veintitrés, prometido con una buena chica. El hijo deseado y buscado. A ella, en cambio, nunca le habían perdonado haber nacido demasiado temprano, para destrozarles la juventud a unos padres de veinte años. 

Miró a Roberto: estaba muy delgado, las ojeras marcaban sus ojos verdes y su sonrisa impertinente, que ella había detestado tanto cuando era niño, parecía apagada para siempre.

— Y tú, ¿Cómo estás?

— ¿Acaso te importa?

— Me voy —murmuró Laura— Ya es demasiado tarde… ¿No quieres abrazarme?

Mirándose los zapatos, Roberto contestó:  

— No.

Silvia Zanetto

El sueño de Suzón

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Todos saben que los críticos de arte critican.

Lo que critican de mí es la actitud indiferente. 

Pero no se trata de indiferencia, sino de cansancio. Es casi la medianoche y todavía el bar está repleto de gente. La música es un ronroneo, amalgamada al tintineo de las copas, a las risas agudas de las señoras y a las voces abaritonadas de los hombres. 

El corsé me molesta: aparentar una cintura tan fina pide sufrimiento. Y el ramito de flores tan bonitas en el escote me pica los pechos. 

No vamos a cerrar antes de las dos y, cuando por fin los clientes se vayan, tendré que limpiar vasos y platos y ponerlo todo en orden. Hace horas que estoy de pie con estas botitas estrechas: me duelen los tobillos, pero el patrón me dice que tengo que estar elegante…  Aunque ¡detrás del mostrador los pies ni se ven!

¡Ojalá pudiera hacer un buen matrimonio y librarme de este trabajo agobiante! Eso pienso cuando miro a los caballeros distinguidos en el gran salón, con su bigote bien arreglado y su sombrero de copa alta. Parece que sus miradas examinadoras intentan establecer un precio, porque a una camarera no se le pide matrimonio, sino otra cosa. Pero yo sigo esperando que algo bueno pase… Me siento un poco mareada, se me cierran los ojos. El cansancio, claro. Estoy agotada. Y de repente, mientras que mi cuerpo se queda inmóvil mirando con aire indiferente el salón, una parte de mí se desprende y da la vuelta por atrás, donde hay un mundo igual, pero diferente. Donde el caballero no me pide una copa ni me ofrece dinero, sino que me pregunta como me siento, si estoy cansada, o infeliz. 

El vaso que estoy limpiando se me cae de las manos y despierto.

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Silvia Zanetto