El Pierrot

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

No, no soy Joker, sería demasiado fácil. Soy el Pierrot lunaire. ¿Saben? Arnold Schönberg, un compositor vienés, la música es extraña, contemporánea se dice, una mujer canta o más bien habla en esta música sin melodía. Al principio, yo mimaba sin comprender, pero poco a poco, percibí la poesía que emanaba de este espectáculo azul como la noche, de las notas atonales y misteriosas, de las letras cantadas al hablar, de este idioma musical que es el alemán, donde apenas reconocía la evocación de Colombine y su Pierrot.

Ahora estoy aquí en este cuadro, como la mujer desnuda en medio de hombres en el Déjeuner sur l’herbe de Manet. Hopper, que estaba presente en el teatro, se inspiró sin duda en nuestro espectáculo y me contrató para figurar en este. Le Soir Bleu es el título. El ambiente es parisino, pero sigue siendo un Hopper, los personajes se congelan y miran a un vacío un poco triste. Estamos en París a principios de siglo. Alrededor de las pequeñas mesas redondas, un obrero, un pintor, un militar de opereta, una pareja en trajes para ir a teatro y luego yo escandalosamente extraño que estoy en el medio. Obviamente soy objeto de la concupisciencia imperiosa de una putita de Montmartre en ropa de trabajo.

Es un poco menos poético que mi Colombine, pero creo que, pensándolo bien, voy a encontrar unas coplas inflamadas para alcanzar con ella una quimérica voluptuosidad.

Jean Claude Fonder

Tarde azul

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Es un viaje entre los amigos de antaño, sentados en la terraza con vistas al mar azul, está la tía Leonor, con su vestido verde, su maquillaje rosa para ocultar esablancura insólita, mi cuñado Gustavo, con su bigote y su traje elegante y a nuestra mesa se sienta un bizarro personaje, parece amigable, con su cigarrillo en los labios, pero hay algo inquietante: su palidez, su cabeza o calavera pelada y brillante. Jugamos a las cartas de la suerte. ¿A quién le toca la mejor carta? Espero seguir jugando sin perder esta partida.

Ojalá esta partida dure lo suficiente para que muchos podamos ganar y no nos someta el miedo. ¡Adelante, otra carta!

Maria Victoria Santoyo Abril

Diálogo frente a un cuadro

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Todos me preguntan por qué lo hago, especialmente ahora, que estoy viejo. 

Me crie con las cumbres nevadas en la mirada, el olor a abedules en la brisa fresca de la mañana, así que plantearme esa pregunta es como preguntarle a un niño por qué quiere a su madre. 

Empecé muy joven. Luego, escalada tras escalada, han pasado los años. No sé si hubo un momento en el que me planteé alcanzar los 8000, creo que fue el resultado de un proceso largo cuanto mi vida: la ascensión a una montaña más alta llevaba a una escalada más difícil, cada éxito me empujaba hacia nuevos desafíos, y cada fracaso también: ¿si he llegado hasta aquí -me decía – por qué no puedo ir más allá? 

La edad nunca ha sido un estorbo para mis proyectos: las cumbres más elevadas las escalé después de los sesenta, y no voy a renunciar ahora a conquistar los picos de 8000 que todavía me faltan.

No le tengo miedo a la muerte: a mi edad, esa idea se convierte en algo muy cercano, que se acepta con naturalidad. Pero los que practicamos el alpinismo extremo aprendimos a convivir con ella desde jóvenes, así que no temo a la muerte, porque ya he conocido su cara más de una vez. 

Lo que sí me da miedo es morir enfermo, encerrado en una habitación de hospital saturada de olor a medicamentos, rodeado de batas blancas: una muerte de viejo.

En cambio, concluir mi vida en la montaña, después de escalar mi último 8000, es mi deseo más grande. Y quiero que abandonen mi cuerpo allí, sepultado en la nieve, con mis botas y mi mochila, sin ceremonias, ni flores. 

Que lo dejen en el paraíso que tuve la suerte de conocer aún viviendo: mi montaña. 

Silvia Zanetto

Soir bleu

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Estoy de mala leche. Hace mucho que no la encuentro, la echo de menos y no puedo esperar a verla. Llego a la cafetería, tal vez coincida con ella. Han puesto algunas linternas de varios colores colgando del techo y hay personas sentadas en la terraza. Son hombres que conozco bien. Están allí, juntos, pero aparentemente ensimismados. Parece que no hay vida. Yo me quedo por dentro, a la espera. De repente un escalofrío recorre mi cuerpo, ya la veo, viene acercándose. Ha adelgazado. Incluso se ha cortado el pelo y se ha maquillado, pintándose los labios y las mejillas quizás de un rojo demasiado rojo. El pecho un poco expuesto. El escote deja poco a la imaginación. Su blanca piel resalta en la luz azul de la tarde. Seguro no va a pasar desapercibida. Ha echado una mirada de desafío a cada uno de los hombres sentados en la terraza, los que ahora se hacen de los ciegos. Los que sin duda se acuerdan de cuando la rodeaban con sus brazos dándole besos por la piel, olvidando la razón y dejándose llevar por el deseo. A mí me ocurrió lo mismo. Además, me infectó con los brotes de un sentimiento nuevo. ¡Vaya! Se ha dado cuenta de que estoy aquí y me mira fijamente. Viene a por mí. Aunque sin comunicación verbal, ahora lo entiendo todo. Viene a por mí. E igual que un animalito venenoso dejará caer una gota de su veneno en mi corazón. Apagará la luz y yo también me volveré una de esas sombras, suspendidas e inmuebles, sin vida, envueltas por la fría luz de una tarde azul.

Raffaella Bolletti

Consciencia

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Todos los personajes del cuadro comparten los mismos espacios, las mismas actitudes y de alguna manera parecen alienados, sin comunicar el uno con el otro. De hecho, la pareja a la derecha ni siquiera se mira a los ojos: el hombre aparta completamente la mirada de la mujer que lo acompaña. Lo mismo que los clientes de restaurantes y bares que, aunque sentados en la misma mesa, miran cada uno a su teléfono, sin hablar entre ellos. En estos días de emergencia me encontré como el Pierrot del cuadro de Edward Hopper – Soir bleu – la tristeza y la inquietud como amigos diarios que nunca me abandonaban. Tuve que dejar los encuentros sociales, las compras compulsivas, los aperitivos, las vacaciones y después de un mes llevando esta melancolía, me di cuenta de que estaba mejor que nunca, como no pasaba desde hace mucho tiempo. Finalmente puedo leer horas sin parar, sin que los compromisos sociales me impidan llegar al tope del cuento, siguiendo hasta que pueda observar como va a terminar. Puedo cocinar todas aquellas recetas que tanta satisfacción regalan cuando veo a mi marido comiendo con gusto y regalándome una sonrisa y un “¡bravo!”. Y dedicar el tiempo necesario a la meditación y gracias a esta práctica, observar la belleza de mi imperfección. Ahora doy un significado distinto a los acontecimientos pasados; ya no considero la soledad como una ausencia sino como una experiencia útil, impulsando el viaje hacia el bienestar interior. Como la mujer que atenta mira al Pierrot, advertencia que aclara nuestra situación, un hilo transparente une la ausencia con la expectativa y la falta a que me obliga el Covid se convierte en una oportunidad para el futuro.

Elettra Moscatelli

La careta

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Esta tarde la terraza está repleta. Es extraño. Reina el silencio. Colgaron farolitos chinos y la transparencia del aire es tan azul que, mirando desde la barandilla, las ondulaciones de las colinas podrían confundirse con el oleaje del mar. Un paisaje sereno, no cabe duda. Sin embargo, es extraño.  

De todos modos, hoy, para la entrada triunfal, me pintaré el rostro de blanco, los pómulos bien rojos, labios de sangre y dos manchones oscuros en los ojos.  Algunos dirán que me parezco al payaso que desde hace meses viene todas las tardes. Un tipo triste, fumador solitario que ya no causa sorpresa ni alegría. A mis clientes, en cambio, sé que les gustará mi disfraz, gritarán excitados: ¡sácate la careta Amerí! -así me llaman porque vengo de América. Sueñan con arrancarme el vestido escotado y poseerme. Conozco a todos los presentes, al pintor para el que posé en posiciones de contorsionista, al general en jefe que me transformó en su campo de batalla, al burgués cabizbajo que arrastró hasta aquí a su frígida mujer, tan solo por volver a verme. A todos, marineros asiáticos e ilustres banqueros europeos, todos se pierden en pos de fuertes emociones. Conozco a esta gente. Detrás de los buenos modales y la fe en el progreso adoran, aunque no lo confiesen, la vulgaridad y sobre todo la muerte. 

Por eso me paso de las críticas. Mi careta es auténtica. Dicen que soy arrogante por este modo que tengo de andar con la cabeza alta. ¿De qué tendría que avergonzarme? Al fin de cuentas, esta terraza está llena de máscaras, sin contar los clientes que espían del otro lado del lienzo. No hago más que cumplir con mi tarea en esta extraña tarde de julio de 1914, donde reina el silencio y todo parece seguir igual.

Adriana Langtry

Las noches de azul

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Esa noche Claudine no sabía qué ponerse, sería una noche como cualquier otra, las mismas caras, los personajes habituales. El vestido azul, un poco escotado, tal vez estaba bien. Todavía era la hora del cóctel cuando se fue a patrullar a la terraza.

Comenzó la caza del cliente, y sus idas y venidas subrayaban su intención.

El suyo era un juego de miradas y silencios, un vistazo hechizante y penetrante mediante el típico maquillaje de las putas parisinas. Un “look” pesado deliberadamente excéntrico para despertar los deseos y enmascarar los surcos de las arrugas. Ya no era muy jovencita, su cara se deslizaba con los años, las noches que pasaba bebiendo, fumando y quedándose despierta. Las madrugadas “en bleu” y como siempre decía ella, pintar “el silencio”, a través de los ojos, penetrar en los deseos de la gente.

Le gustaba quedarse despierta hasta tarde en los ateliers de los artistas, o descubrir nuevos restaurantes y luego traer amigos.

Un pintor y un oficial de la marina estaban sentados frente a un payaso vestido como un Pierrot, que hacía el figurante para ir tirando. En la mesa de la izquierda, solo, un trabajador cansado, el día estaba llegando a su fin para todos.

No debería sorprenderte nada, por otro lado, era un lugar frecuentado también por artistas, gente extraña, vaga, aprovechados con poco dinero en sus bolsillos, y a menudo cuatro “pelagatos” borrachos molestándola y agarrándola.

Nadie podía juzgarla, ella era la que juzgaba a los demás.

A la derecha, notó sorprendida una pareja de la rica burguesía, elegantemente vestida. El hombre de la pareja la saludó y le dijo: – Señorita, ¿le gustaría pasar la noche con nosotros? –

Tal vez no sería una noche azul habitual.

Luigi Chiesa

Una fabula verdadera

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Cuando Elsa lo parió, pronto se dio cuenta que el cachorro era raro. En toda su larga vida nunca había visto un cachorro de gorila enteramente blanco.

Mientras lo acunaba susurrando una vieja nana, mirando su carita rosada y su pelo tan suave dijo. 

—¡Que hermoso eres mi amor! Nadie en el mundo se parece a ti. ¡Tú eres único! -. El sonido de sus palabras le produjeron un raro escalofrío.

¡Ya! Tú eres diferente. Demasiado diferente de todos los de tu raza. La manada nunca te aceptará. Tenemos que huir de aquí lo más lejos posible.

Aprestándolo a su corazón se puso a correr volando de árbol en árbol hasta que alcanzaron al borde extremo de la selva. Muy lejos de la manada, pero demasiado cerca de la cabaña de Zomu. Un viejo cazador sin escrúpulos que robaba y vendía animales selváticos a los zoológicos.

Elsa y Luna (así lo llamó) vivían felices. Elsa tenía abundante leche y Luna crecía gordito y alegre. Pasaron algunos meses. Luna como todos los chicos de su edad se volvían más vivaz y juguetón.

Zomu, que siempre iba explorando la zona cerca de su cabaña, se dio cuenta de aquella energía. Les sorprendió abrazados bajo un viejo árbol. Mató a Elsa. Tomó a Luna. Lo vendió a un tipo, que lo vendió a otro tipo, que lo vendió al zoológico de Barcelona.

Luna se convirtió en copito de nieve. Fue la estrella del zoológico de Barcelona. Se hizo muy viejo.

Detrás de las rejas de su jaula, copito de nieve, a pesar de su gran notoriedad, siempre fue un gorila triste. Quizás nunca pudo olvidar los abrazos de Elsa, su olor, la tibia dulzura de su leche, el perfume y la música de la selva.

Iris Menegoz

La tarde y el azul infinito

Hopper, Edward

La tarde estaba llena de gente, el café tenía el mar azul al fondo, quieto, en calma, eran las cinco de la tarde. Las mesas estaban llenas. Una pareja con sus mejores galas, ella mirando a lo lejos, buscando ese barquito que estará en algún lugar y él con la mirada perdida explicándose el horizonte. En otra mesa había dos marineros, encantados por estar llenos de tiempo y compartiendo el espacio; ocupando la vida. Ellos hablaban de mí, lo sé, ellos siempre miran el vestido y el maquillaje alegre, de circo, con el único que mi hermano me puede ver.  Él estaba sentado en una mesa, el payaso vestido de blanco, silencioso, preparándose para actuar, quizás, ¿quién lo sabe? él era el payaso y lo único que le interesaba era sentarse en el azul infinito y yo lo esperaba de pie en la tarde, llena de gente donde él nunca estuvo. 

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Blanca Quesada

Felicidad mínima

Al atardecer de un domingo de inicio verano, regresaba cantando para mÍ misma un viejo estribillo de una canción que decía “de vez en cuando la vida te besa en la boca…” (¡Qué gusto da la felicidad cuando te agarra así, sin motivo!)”.

Llegué frente a mi portal de vidrio y metal junto con la señora Benetti, una señora mayor gruñona y chismosa que vive en el tercer piso. Dimos tres pasos y me paré. Sentí como un puñetazo en el estómago y, con un nudo en la garganta, le pregunté.

“¿Está viendo lo que veo yo?”  Ella me respondió que sí.

A esta altura del cuento necesito describir cómo se desarrolla la entrada de mi edificio. Desde el portón hacia el ascensor hay un pasillo de aproximadamente veinte metros subdivididos de la siguiente manera: diez metros de pasillo, cinco peldaños, a la izquierda la portería y otros diez metros más allá el ascensor.

Hicimos los cinco peldaños y, cerca de la puerta de la portería (un hueco donde vive la chica rumana que se ocupa de la portería y la limpieza), vimos un excremento enorme.

“¡La culpa es de los malcriados que tienen perros!” dijo de pronto la señora Benetti.

“No” le respondí yo. “Aquí nadie tiene perros que puedan hacer cosas de este tamaño. Estos no son excrementos de animales. Esta es mierda, mierda humana”.

Durante el trayecto en ascensor la señora Benetti siguió hablando mal de todos los extranjeros. ”¡Perezosos, animales sin vergüenza!”.

Yo no la escuchaba. Pensaba en la pobre chica que tenía que limpiar aquella falta, aquel desprecio, aquel ultraje. La señora Benetti bajó al tercero piso y yo seguí a mi casa, al sexto piso.

Abrí mi puerta, pero en seguida la cerré. Advertía que tenia que hacer algo para ayudar la chica rumana a borrar aquel insulto del cual no tenía ninguna culpa.

Con mi móvil llame a Elena (este es su nombre). Me abrió de pronto. Le mostré lo que había a un metro de su puerta. “Trata de encontrar una paleta y una escoba”. Le dije con voz segura. “Te ayudo a limpiar este asco”.

Me entregó una paleta y una vieja escoba, pero cuando se acercó aquel material tan enorme y maloliente se fue corriendo al baño de la portería y empezó a vomitar.

“No, Dios mío, no por favor, ¡Elena!”. Le grité yo.

La paleta era pequeña, la escoba pelada. ¡No era fácil trabajar con esa herramienta! Yo intentaba no mirar lo que estaba haciendo. Estaba muy concentrada en un solo pensamiento. “Estas haciendo la cosa justa”. Entretanto oía las arcadas de Elena.

“¡Elena por favor deja eso!”. Le grité otra vez. “Busca la llave para ir al bajo donde están los cubos de la basura”

Elena me precedía a lo largo de la escalera que llegaba al bajo. Intentando no caerme con mi inconcebible fardo, recuerdo que pensé “¿En qué basura se echa este material?”

Acompañada por la música de las arcadas de Elena, nos dirigimos a una especie de baño del sótano. Un agujero oscuro y maloliente con un lavabo lleno de agua gris donde flotaban cosas indefinibles. Para bien o para mal logré limpiar un poco la paleta y la escoba y regresamos a la portería.

Elena me abrazó llorando y, dándome las gracias, me dijo “Nadie habría hecho esto por mí”. Y yo, que notoriamente tengo un corazón duro y no me dejo impresionar fácilmente, le dije “Ni hablar, chica, vete a dormir.  Necesito beber algo fuerte”.

Regresé a mi cuarto. Destapé una botella de vino blanco helado y mientras lo bebía me di cuenta de que me sentía bien. Al fin y al cabo había hecho algo que se acercaba a los principios en los que creía.

Que la vida podía ser una mierda ya lo sabía. Pero nunca habría imaginado que limpiar una mierda podía hacerte tan feliz.

Iris Menegoz