Carta a mi esposa

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

En Santa Clara, Cuba a 15 de septiembre de 1914.

Querida Emilia, espero que al recibo de esta te encuentres bien, tú y los niños.

Yo estoy bien de salud, a Dios gracias. 

Hasta ayer tenía trabajo en la plantación de azúcar del presidente de Cuba, don Aurelio García Menocal, ese que te dije que ha puesto maestros de escuela hasta en los campos, esto está revuelto, pero quédate tranquila que yo estoy bien. En relación al trabajo, ya tengo pensado ir a Camagüey donde me han dicho que puedo emplearme de cualquier cosa, hasta en el ferrocarril. Esa zona está creciendo y el patrón también tiene plantaciones para allá y el capataz me va a recomendar. Tú sabes que soy buen trabajador. No le tengo miedo a nada.  

Llego cada noche a este cuarto de aperos de apenas veinte metros que comparto con otros siete canarios.  Muerto de cansancio me acuesto soñando con verte pronto. Me arropo con tus cartas y beso la foto que me mandaste de los dos hijos y la niña en tu regazo, tan crecida.

Esa es la ilusión que me da fuerzas: la de volverte a ver, acariciar tu cara y oír la voz de los hijos. Por las noches me reconforta recordar tus recatados besos cuando nos despedimos en ese puerto de Arrecife, ahora tan lejos. Han pasado seis meses. Me parecen años. Vivo solo para volver a mi casita blanca y a mis tierras. Cuídalas, mujer. 

Esperando tu respuesta se despide, tuyo

Zacarías.

Blanca Quesada

La Carta

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

Mi amor,

Te escribo de nuevo. Todavía no he recibido respuesta a mi última carta. Desde hace casi un año te escribo cada semana y sólo he recibido dos cartas tuyas.

La primera en la que me decías que habías llegado bien a Dnipró, que tu prima Raysa te había recibido bien. Me decías que era muy guapa, que llevaba su pelo rubio recogido en una trenza que llevaba encima de la cabeza formando como una corona. Te respondí que sin duda imitaba a Loulia. Debo decir que tu interés por su peinado me sorprendió un poco.

La segunda, un mes después, cuando ibas a ir al frente acompañado por tu prima, que también se había alistado. Entiendo tu entusiasmo, tu voluntad de no dejar que los rusos invadan tu país, pero que una mujer participe en estas matanzas incluso por una causa justa no me parece natural.

Desde entonces, ni una palabra, sigo la guerra en los periódicos. Hay tantos muertos. Me he dirigido a la embajada, me dicen que siga escribiendo. Esto ayuda a la moral de las tropas, que el correo llegará. 

Me desespera, si lees este correo, respóndeme, una sola palabra me basta, sabría que estás vivo.

Ta Françoise

Ella firmó la carta, un garabato apenas legible. Sabía que era inútil. Su marido había muerto. Sin embargo, no quería renunciar. Quizás estaba prisionero, o herido, incluso pensó en ir a buscarlo. Su familia le suplicaba que no lo hiciera, nunca hubieran creído que casarse con un ucraniano habría desembocado en una situación tan dramática. Stepan era un chico tan hermoso, su melena dorada como la de su padre, sus ojos profundamente azules, y su cuerpo flexible y esbelto conquistaría muchos corazones cuando fuera adulto. 

—Como su padre, —decía la abuela.

Quién hubiera pensado que iría a luchar por su país. Al principio cuando lo conoció, para Françoise se trataba de un ruso como hay tantos en París, le encantaba su acento y, después de todo, era francés como ella, se habían conocido en la Sorbona y los dos enseñaban en el liceo Victor Hugo. Volvía a Ucrania un par de veces al año, pero ella nunca había querido acompañarlo. No quería que su hijo tuviera vínculos con ese país.

Y de repente surgieron las tensiones, la invasión de Crimea, él seguía los acontecimientos de cerca, se apasionaba contra los rusos, quería la integración con la comunidad europea. Viajó con más frecuencia a Dnipró, de donde procedía su familia. Cuando la invasión estalló y Zelensky hizo su llamamiento, decidió irse. Nada pudo retenerlo. En Francia, como siempre en estas situaciones, todos se declaraban ucranianos y llevaban la bandera maquillada en la cara o en su perfil de Facebook.

Aquella mañana, la señora de la limpieza sonriente le trajo una carta.

Ella la miró sospechosa, venía de él. Parecía que había una postal dentro. La abrió febrilmente. Era una foto, sin una palabra. Una foto de él y de Raysa, besándose en uniforme de combate, con una bandera azul y amarilla en la mano.

Jean Claude Fonder

La Carta

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

Todo había empezado desde que Jorge se había marchado, de repente, quién sabe dónde, sin ninguna explicación. Inés había perdido una parte importante de sí misma, le parecía que algo había muerto en su corazón, algo había dejado de existir. Le parecía que las vidas de los demás seguían fluyendo con normalidad mientras que ella se sentía como si viviera en una extraña realidad. Ni siquiera salía de su casa.

La última carta llegó puntualmente a las once de la mañana de aquel 3 de diciembre de 2021, exactamente como las cartas anteriores. Su hermana se la entregó mientras Inés estaba sentada en la silla, cerca del viejo escritorio que había pertenecido a su abuela. Había abierto el cajón y sacado el manojo de sobres, atados con una banda elástica, que parecía estar esperándola. Por supuesto ya conocía bien lo que iba a pasar. Desde hacía casi dos años recibía una carta cada 15 días. Manuscritas y todas iguales. Ninguno de los sobres llevaba matasellos. En la parte superior derecha estaba la fecha, en el lado izquierdo estaba “Queridísima Inés” y una firma ilegible en la parte final de la página. No había texto, solo un gran espacio en blanco.

La primera llegó el 3 de enero de 2020. ¿Una provocación? ¿Un admirador secreto, demasiado tímido? ¿Un amenazador, alguien tratando de volverla loca? No. Inés estaba segura de que conocía al no-escritor anónimo.

Esta vez Inés, antes de poner la carta en el cajón, decidió escribir alguna respuesta “¿Pero a quién vas a escribir, Inés?” Le dijo una voz en su cerebro. “No me hagas preguntas, por favor, déjame en paz, pues no es un asunto tuyo”. Y suponiendo que las cartas procediesen de su amado, Inés empezó así:

Madrid, 18 de diciembre de 2021

Queridísima Ines,

intenté escribirte muchas veces, sin conseguirlo. Quizás por vergüenza.

Me fui como un ladrón, dejándote así, sin explicación alguna. La verdad es que otra persona me robó el corazón, y me convenció para que huyera. No puedo pretender tu perdón, solo sería feliz si tu pudieras empezar de nuevo una nueva vida sin mi presencia. Atesora los maravillosos días que pasamos juntos y borra la tristeza, si quieres enfadarte con alguien hazlo conmigo, incluso insúltame si quieres.

Jorge

Puso la carta en el sobre, escribió la dirección y el día siguiente, entregó el sobre cerrado a su hermana para que lo llevara a la oficina de correos para el envío.

Unos quince días después, llegó otra carta. Al abrir el sobre Ines por fin se dio cuenta de lo que iba pasando desde mucho tiempo. Su incapacidad para aceptar la realidad, el hecho de que Jorge se hubiera ido se había convertido en una neurosis que la había llevado a intentar escribirse cartas a sí misma haciéndose pasar por Jorge. Ahora, por fin, se había dado cuenta de que el pasado no se podía cambiar. Tenía que reanudar su vida pensando en el futuro. No más cartas. Sólo mensajes de Whatsapp.

Raffaella Bolletti

Dos Cartas

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

Perdone, señorita… acaban de traer esta carta. Creo que es la que estaba esperando desde hace unos días — le dijo Consuelo.

Pilar apoyó la pluma. Si eso fuera verdad, lo que estaba escribiendo ahora ya no tendría ningún sentido. Hubiera aparecido lo de que ya casi no se ilusionaba, a través de la oscuridad de su habitación, en las manos de su criada tan respetuosa y fiel…

El sobre era pequeño, hecho de papel grueso y áspero.

Y claro, Consuelo no sabía leer, y solo el deseo de complacerla le hacía creer que fuera justo aquella carta lo que convertiría la palidez de su cara en un rubor de mejillas y la oscuridad de su casa en un resplandor incomparable. A menos que…

— Consuelo, ¿quién ha traído la carta? —preguntó Pilar, mirándola a los ojos, la mano en la barbilla.

— No lo sé, señorita… era un hombre que nunca había visto. Pero puede leerla, así contestará vuestra pregunta.

Las manos blancas de Pilar, iluminadas por la luz de la ventana, titubearon antes de coger la carta.

— ¿Acaso lo sabe mi padre?

— No, señorita, nadie ha visto nada.

La tímida sonrisa de Consuelo quería darle ánimo, quitarle un poco de miedo por su padre déspota, que ya había establecido que Pilar se casaría con un viejo rico de más de cuarenta años. Si pudiera la abrazaría, si no supiera que una sirvienta solo es una sirvienta, y nunca puede ser una amiga.

Pilar volvió a mirar la nueva carta que estaba escribiendo a Celedonio, esa carta que -ahora estaba segura- nunca le enviaría. Huir con él, escapar de la boda con aquel hombre desconocido pero detestado, casarse en secreto con el joven que amaba, sin el permiso de sus padres, perder su familia para siempre… Una locura. ¿Cómo podía haber pensado algo así?

Pero, la carta… Si esa carta tan minúscula y secreta, que seguía en las manos bondadosas de Consuelo, si de verdad hubiera sido enviada por Celedonio, si el sueño de la huida que habían concebido juntos se convirtiera en realidad, entonces…

— Leedla, señorita —se atrevió a decir Consuelo.

— Sí —contestó Pilar— y abrió el sobre. 

Silvia Zanetto

Carta

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

Ciudad de Mexico, 20 de enero de 1860.

Ángel mío,

Hace días que no te veo en la Santa Misa en la Catedral y mi alma desespera por saber de ti. Te seguiré dejando cartas en el lugar convenido,  esperando poder organizar tu fuga de esas frías paredes que te aprisionan. Necesito que me cuentes bien toda tu historia para buscar a tu familia.

He sabido que en poco tiempo las monjas van a ser exclaustradas.

Aquella tarde lluviosa, en que lograste esconderte en la sacristía y pude estrecharte entre mis brazos, ha quedado grabada en mi mente. La lluvia caía incesante, juguetona y cómplice…»

[Las palabras que siguen se han borrado, como si sobre ellas se hubiera vertido un dolor salado y corrosivo. Ya no son palabras sino larvas moribundas.

Hay otra carta, escrita con letra menuda, de delicados trazos]

«Amor mío,  no sé si esta misiva llegue a tus manos. Aún vivo el recuerdo de nuestra despedida y tu mirada cargada de promesas…

Quería terminar de contarte mi historia: al fallecer mi amada madre en Toledo, mi padre cuidó de mí hasta cuando se vio obligado a exiliarse por motivos políticos.  Acordándose de que su hermano había emigrado a América,  reunió todos nuestros bienes para constituir mi dote y me confió en las manos de la Madre superiora de la Orden de la Inmaculada Concepción,  sabiendo que pronto viajaría a Las Indias y podrían entregarme en las manos de mi tío,  don Absalón Borráis  Cabrejo, a quien envió una carta encomendándole mi educación.

Nunca supe la dirección de la hacienda de mi tío  y las monjas no me dan noticia alguna.

Mi anhelo es huir contigo y buscar a mi familia.

No me dejan volver a la Catedral, pues sospechan de nuestra relación y de que yo planee la fuga.

Te busco en las partículas de luz que se filtran por la ventana de mi angosta celda.

Hoy también llueve, pero no estás a mi lado.

Dejo constancia en este papel de lo mucho que te amo y seguiré amándote,  en silencio,  por siempre y para siempre.

Odalinda Borráis «

Maria Victoria Santoyo Abril