Tiempo

Tiempo, un lugar por el que estamos condenados a transitar, algo qué pasa al otro lado. Allí,  están personas que se han ido, mis queridas mascotas, plantas, tantas cosas.

Ahora en una tierra baldía, llena de sol le pregunto a un pequeño niño si refrescamos las plantas. Me contesta con una carcajada ¡pero no ves que hace sol! después, a la tarde, será el momento de regar. 

Blanca Quesada

Reflexiones otoñales

El sol ha salido temprano esta mañana, las montañas, suspendidas, se han vuelto azules.

El maíz, "macho " y viril, mide tres metros. Un poco más abajo, las mazorcas despeinadas se ríen felices.

El mar de soja ondea acariciado por un viento dudoso. 

Pedaleando por un camino de rocas, de vez en cuando me riegan los aspersores que, sin saberlo,  dibujan frágiles arcoíris.

Tendría que concentrarme sobre el tema "El tiempo" pero me distrae una garza blanca que ha perdido su ruta y, asustada, busca refugio en un gran roble.

Tendría que concentrarme sobre el tema "El tiempo"
De pronto, el tamaño de mi tiempo pasado me parece enorme.
¿Por dónde empezar?
No siempre se recuerda lo que se quiere, ni se olvida lo que se desea.
El tiempo no remienda  los huecos de la vida. Tienes que crecer alrededor de ellos.
El tiempo no es caballero.
El tiempo no sana.
El tiempo no enseña.
El tiempo hace bien solo una cosa: pasa.

El sol está alto.  Hace calor.
Alrededor el testarudo canto de las cigarras 
Iris Menegoz

Cuento rápido (y lento)

Son las siete y cuarto. Levántate.

Es verdad que tienes todo el tiempo del mundo para prepararte, tu autobús no va a partir hasta las ocho y cuarenta. La mochila con los libros la preparaste anoche, el desayuno está prácticamente listo, la ropa que tienes que ponerte está allí, sobre la silla.

Pero la gata maúlla con insistencia, sube a la cama y empieza a mordisquearte las muñecas.

Levántate. Así no tendrás que hacerlo todo de prisa. 

Vas a la cocina, enciendes un fogón, le pones encima una olla llena de agua para el té. 

La gata sigue maullando, sube a la mesa, pasea sobre el fogón encendido, poniendo en peligro la incolumidad de su preciosa cola. Abres una lata de comida y le pones un poco en su cuenco. 

Son las siete y veinte.

Vas al cuarto de baño, vuelves, viertes el agua en la tetera, la gata ha terminado de comer y pide más. Son las siete y veinticinco.

Pones otra olla sobre los fogones, tienes que prepararte algo de comida, un poco de arroz para cuando vuelvas a casa, no puedes empezar a cocinar a tu vuelta, a las dos menos cuarto.

Vuelves al cuarto de baño para asearte, regresas a la cocina, echas una ojeada a la olla del arroz y te sientas para desayunar. Comes tranquila, no es tarde. Pones un poco de sal al arroz, un poco de aliño. Son la siete y cuarenta y cinco, todavía puedes vaciar el lavavajillas. Mientras, sigues controlando al arroz para que no se queme.

Son las siete y cincuenta.

La gata va pidiendo otra comida y le das todavía un poco. El arroz sigue un poco crudo.

Son las ocho menos cinco.

Ya no es tan temprano. Lavas de prisa las tazas del desayuno, son las ocho y todavía tienes que vestirte y maquillarte. Debes salir de casa como máximo a las ocho y veinte, si no quieres perder el autobús. Tus prendas están allí sobre la silla, donde las pusiste ayer, pero las medias son negras y no hacen juego con el vestido azul. Buscas otras en el cajón, las encuentras, son perfectas, te vistes y son las ocho y cinco; todavía estás sin maquillar. Ahora es tarde y lo haces de prisa: te das un poco de color y un poco de carmín, te miras rápidamente al espejo y te das cuenta de que tu pelo, aun recién lavado, te hace parecer a un erizo. Te peinas con vehemencia, pero sirve de poco: tendrás que mojarte al menos el flequillo y arreglarlo con el secador.

Es muy tarde: son las ocho y cuarto, pero ahora estás lista. Te pones los zapatos y el abrigo y buscas las llaves de casa: en la cerradura de la puerta no están. Deben de estar en la mochila que preparaste anoche, bajo los libros, los cuadernos y todo lo imaginable. La gata te ronda maullando, le das toda la lata de la comida con la mano derecha, mientras con la izquierda por fin encuentras las llaves. De repente te acuerdas de la olla del arroz y corres a la cocina: se ha quemado un poco, pero no tanto, en cualquier caso es solo para ti y tú sabes conformarte.

Sales de casa. El espejo del ascensor refleja la imagen de una mujer recién escapada del manicomio, pero bien peinada y con las medias a juego. Lo lograste: son las ocho y veinte y estás fuera de casa.

Hurgando en el bolso buscas la cartera: ya no hay billetes para el autobús, así que tendrás que comprarlos. Mejor ir a la parada del autobús en coche.

A las ocho y veinticinco alcanzas la carretera. Todavía estás a tiempo, no es tarde. A la vuelta de la esquina te encuentras con una cola larguísima. Te dan ganas de sonar la bocina, pero intentas tranquilizarte: es tarde, pero todavía estás a tiempo. A las ocho y treinta sales del atasco y llegas a la parada del autobús a las ocho y treinta dos. Buscas un aparcamiento, pero todos parecen ocupados. Mucho más allá hay uno libre, aparcas el coche y son las ocho y treinta cinco. 

Corres hasta la parada, entras en el bar para comprar el billete y allí también te encuentras con una cola. Una señora te mira con un poco de pena y te pregunta si quieres pasar. Le contestas con un “sí gracias” jadeante, compras el billete y sales del bar, justo a tiempo para tomar el autobús.

No hay mucha gente hoy, así que puedes escoger libremente el asiento, lejos de las personas que charlan en voz alta, cerca de la ventanilla, no demasiado adelante ni demasiado atrás. Eliges el asiento al lado de una señora de mediana edad que está tranquilamente leyendo su libro. Te quitas los guantes, el sombrero, la bufanda e incluso el abrigo, porque normalmente hace calor en el autobús, y los pones en un asiento libre. Luego, buscas las gafas de cerca y el libro de Maggie O’ Farrel “Hamnet”, que casi has terminado: solo te faltan veinte páginas. El libro es en italiano, por supuesto: tu nivel de inglés no es bastante alto para leer el original.

Miras afuera de la ventanilla, relajada, y das un suspiro de alivio. Ahora tienes un montón de tiempo para terminar el libro: el autobús te llevará a Milán a eso de las nueve y media así que, cuando llegues, podrás disfrutar del paseo, porque la clase de literatura no va a empezar hasta las diez. Podrás mirar los escaparates, alargar tu recorrido hasta el Duomo, o gozar del final del verano en el parque Sempione… En fin, ¡tienes todo el tiempo del mundo!

Silvia Zanetto

Con el tiempo va, todo se va

Con el tiempo va, todo se va.
La página está blanca, todo se fue.

La nieve, poco a poco, fue cubriendo todo,
Los recuerdos, 
Los juegos de nuestra infancia,
Las revoluciones de nuestra adolescencia,
Los viajes, los lugares que hemos amado,
El éxito de nuestras carreras,
Los descubrimientos de nuestra vejez.

Con el tiempo va, todo se va.
La página está aún más blanca.

El tiempo desapareció,
No sabemos si nos queda algo,
¿Qué objetivos podemos todavía alcanzar?
Nuestra generación fallece, persona por persona,
Nuestra época pasó, ¿qué más podemos hacer?
La nieve lo ha cubierto todo.

Y sin embargo, nuestros hijos, nuestros amigos, nuestra obra...
Están ahí y bien, nos esperan,
Como el acogedor banco en medio del parque nevado.

Unos días, unos años nos quedan,
Para amar, para ser amados.

¿Por qué contar?
Jean Claude Fonder

Babas de caracol

Esta tarde la terraza está repleta. Es extraño. Reina el silencio. Colgaron farolitos chinos y la

Los caracoles avanzan sin apuro. Se arrastran un metro por hora y en una sola noche pueden devorar el pequeño jardín de casa, los canteros del balcón o el huerto trasero. Sus presas no pueden escapar. Los caracoles lo saben, no necesitan apresurarse. Nadie intuye la desesperación de las jóvenes acelgas al verlos acercarse, ni escucha los gritos de auxilio de fresas y brócolis o de las tiernas hojas de maceta. Los caracoles tienen tiempo de sobra. Esperan el momento adecuado como los campesinos la maduración del sembradío, mientras arrasan con lentitud melancólica los pétalos mustios que encuentran a su paso o el tapiz de moho que recubre las piedras. Dejan huellas sinuosas, tortuosos surcos de plata relumbran como senderos de estrellas en la oscuridad de las terrazas. Y se aparean por horas en lujuria simbiótica de hermafrodita antes que la llegada del frio o de largas sequías, los obligue a refugiarse por un tiempo indefinido en la humedad de su caparazón. 

No tienen apuro los caracoles, viven en la espera del próximo diluvio. Son seres milenarios. Llevan grabado en la coraza el exacto espiral de las galaxias. Será por eso que sus babas fosforescentes son tan codiciadas por los humanos. Esa plaga de bípedos atormentados en perenne búsqueda de la inmortalidad.

Adriana Langtry

Entre tiempos

Tiempo de felicidad 

Muchos tiempos pasan en la vida. Algunos se disfrazan de colores brillantes y otros, en cambio, nos enseñan las tonalidades más oscuras. Sí, lo sé, hay que distinguir. Hay un tiempo cronológico marcado por los relojes, objetivo, inflexible y al parecer, inacabable. Pero también hay otro, el de los sentimientos, inevitablemente subjetivo y perecedero. Para Maribel hubo un tiempo de felicidad. O, por lo menos, esa era su  sensación al pasear por las calles tortuosas del pueblecito, en una calurosa tarde de verano. En el aire se percibía un triunfo de olores floreados, desde los jazmines hasta los glicinas, que embriagaban los sentidos de los pocos transeúntes que se atrevían a salir pese al calor… Una ligera brisa marina acariciaba la piel de Maribel y de su pareja, aliviando así el bochorno de aquel día. Eran felices. Por fin podían disfrutar de las tan ansiadas vacaciones, de los paseos por la playa, de los sabores genuinos de los platos costeros, de las horas pasadas charlando y riéndose de la vida. Casi los veo desde aquí, las fotos que seguían enviándome por WhatsApp, sus sonrisas espontáneas y vitales que tanto enriquecían mi día a día, que pasaba sin descanso entre un compromiso y otro. Pero un punto negro en el horizonte habría de cambiar el plácido fluir del tiempo. Ese  tiempo, que huye cada momento es, a veces, un tirano cruel que quiebra las voluntades más tenaces, desgasta los sentimientos, separa para siempre los eternos amantes, y se ceba de nuestra savia vital. Ese  tiempo maldito, que llega a burlarse de nosotros y hace que unos segundos cambien para siempre lo que ni en una vida entera, recordándonos inexorablemente la precariedad del ser humano.  El objeto oscuro era una moto de media cilindrada que, sin percatarse de la presencia de los dos jóvenes, procedía a fuerte velocidad por las callejuelas antiguas. Fue así como las miradas cómplices se apagaron y la luz del sol se tornó oscuridad…

Tiempo de dolor

El blanco se desvaneció. Entre las neblinas de la razón, poco a poco, volvió a la vida. El coma, que la había retenido en un limbo sin sueños se disipó, devolviéndola al mundo de los vivos. La primera cosa que vio fue la cara ovalada de una mujer, de ojos rasgados y labios finos, tratando de llamarla con su nombre. Se llamaba Patricia, psicóloga del hospital. Así supo la verdad y fue como precipitar al vacío. Había pasado un mes del terrible accidente. Con el alma desgarrada por dentro, el corazón hecho pedazos, solo el dolor de las heridas físicas le recordaban que aún seguía viva, pese a todo. El tiempo para Maribel cambió su disfraz y le hizo ver los matices más oscuros de la existencia. Los titulares de los periódicos locales reportaron cada detalle del accidente, incluidas las fotos de la joven pareja, con sus vestidos nupciales el día de la boda. Maribel se sintió sola en su pena, no obstante los familiares continuaran a velarla de día y de noche. “Con el tiempo- pensaban sus familiares- logrará salir de esta. Es joven…”… Como si la juventud fuese un antídoto natural al dolor que la vida entraña en sí misma.

Tiempo de sobrevivir

Pasaron los años. La juventud de Maribel quedó marcada para siempre, en cuerpo y alma. Sin embargo el tiempo se volvió menos oscuro. Por amor a la vida que siempre supo expresar con sus sonrisas, por no desperdiciar el tiempo que el destino no le había restado,  Maribel reanudó los hilos de su vida para tejer algo nuevo. El tiempo le había enseñado todos los colores, ahora le tocaba a ella elegir el de su vida. Al fin y al cabo el dolor y la felicidad se mezclan en el tiempo,  dejando huellas con las que construimos nuestras experiencias y alimentamos, a la vez,  nuestras expectativas. Vivir es aprender a situarnos entre lo que somos y lo que quisiéramos ser. 

Eso Maribel lo aprendió con el pasar del tiempo, ese mismo tiempo que algunas veces hiere y otras, en cambio, cura. 

A  V.  , por su coraje de volver a la vida.

Manila Claps………..

La trampa

Einstein tuvo que pensar en el tiempo cuando elaboró su teoría: para jóvenes y viejos, para quien trabaja y quien está jubilado, no hay nada más relativo. Porque el tiempo es la más carroñosa de las trampas: si tienes prisa nunca es suficiente, si no sabes que hacer nunca pasa. 

Como la lluvia, el tiempo es bipolar: o no llueve o llueve demasiado. 

Dios nos tomó el pelo cuando lo inventó.

Giulia Muttoni………..

El tiempo aprieta

El momento había llegado. Tenía que dar su discurso sobre los detalles. Así que pasó por alto su indecisión y empezó. <Amigos aquí reunidos, vengo en representación de nuestra comunidad y quisiera destacar que el camino va ser largo y duro. Hay muchos kilómetros por recorrer, nunca hemos marchado y nadado tan lejos. La cita está fijada para el lunes 21 de junio, a las 3 de la madrugada, pero supongo que eso ya lo sabéis. Lo que aún tengo que comunicaros es la ubicación del sitio. Sólo os informo de que vamos a otro círculo. Entonces cuanto antes nos pongamos en camino, mejor.> En fila india, ordenadamente empezaron el recorrido que los llevaría a destino. Marcharon siguiendo el Círculo Ártico, cruzando el océano Glacial donde encontraron pocos bloques de hielo en los que descansar. Llegaron a la llanura de Salisbury, al círculo de piedra de Siempre que tenía que salir de viaje, la pesadilla volvía a repetirse, era la imagen de un hombre aplastado entre dos enormes relojes; el “tiempo aprieta” parecía decirle. Ese miércoles, unos minutos después de despegar, sentado en su asiento, Pablo cerró los ojos intentando descansar un poco, consciente del hecho que le resultaba difícil dormirse. Lo sabía, su insomnio era perfecto para hablar en silencio con los recuerdos. Así que se vio a sí mismo en la cocina de la casa de campo de sus abuelos. Allí, el niño Pablo intentaba terminar los deberes antes de que comenzara el nuevo año lectivo. Las matemáticas no le gustaban. No, esta asignatura no era para él. Siempre perdía mucho tiempo resolviendo problemas absurdos que no le importaban. En cambio le gustaba observar aquel reloj que desde hacía años cumplía con su trabajo, día tras día. Se imaginaba las agujas como dos piernas, una más larga que la otra, que se movían sin interrupción. La más larga trataba, a veces, de dar saltos hacia adelante, como para ganar la carrera, poniendo en dificultad la corta que no podía ir más rápido. Él lo miraba fijo e imaginaba hablar con ese objeto pidiéndole que redujera su velocidad, de manera que pudiera terminar con sus tareas antes de que regresara la abuela, que siempre le regañaba por perder el tiempo. Había pensado en retroceder las manecillas, engañando así a la abuela, pero el reloj estaba colgado en la parte superior de la pared, demasiado alto para que Pablo lo pudiera alcanzar. Cuando volvió a abrir los ojos era de noche. Se asomó a la ventanilla del avión y observó el cielo negro y estrellado. Se encontraba suspendido en el aire, sobre el océano. Pablo, el adulto, el ejecutivo de una importante sociedad, tenía que viajar mucho y siempre era un trabajo a contrarreloj, a expensas de su vida matrimonial. Le parecía ser la manecilla corta del reloj de la abuela, siempre en movimiento, siempre tratando de perseguir el tiempo. El tiempo era una verdadera obsesión, quizás fuera culpa de la abuela. A veces se preguntaba donde se había quedado ese niño que ya no estaba. La imagen del hombre entre dos relojes volvió entonces a aparecer. Aquel hombre  era él. Pero ahora Pablo había llegado a un compromiso. En el reloj a su izquierda las manecillas corrían hacia atrás como para ralentizar un poco el tiempo, mientras que en el otro, a su derecha, las manecillas corrían hacia adelante con el tiempo pasando a toda velocidad. Había aceptado que no hay armas para enfrentarse con el tiempo, no se puede parar. Tiene una ventaja, es más listo, no piensa, no espera, es implacable y simplemente se va. Volvió a cerrar los ojos y por fin se quedó dormido.

Raffaella Bolletti

Un día estival

Es un caluroso día de verano, mantengo las persianas cerradas para que salga el calor; ya a media mañana la ropa se pega al cuerpo y espero a que se ponga el sol y llegue la primera ráfaga de aire.

Esta noche es la fiesta del pueblo, una multitud emocionada y alegre, bombillas de colores, globos y los puestos de pasteles y golosinas.

Me siento en un taburete cerca de la ventanilla de una cafetería en la plaza; durante el día es frecuentado por los ancianos: una copa de vino tinto y las cartas de triunfo. Al anochecer muchos chicos vienen de las afueras atraídos por el aperitivo de Juan, sus cócteles son un mito.

Veo a una chica, seguro que llega de la ciudad, sandalias rojas con tacones, vestido con estilo blanco y rojo. Parece nerviosa, quizás su novio está retrasado o quizás es la amante de un hombre importante y tiene miedo de que alguien les descubra.

Como siempre estoy fantaseando; tengo la costumbre de construir historias. Mi amiga Carla dice que lo hago porque no soy capaz de vivir la mía. ¡Quién sabe! A menudo me pierdo en pensamientos que se generan automáticamente. 

El camarero se acerca y le pido un Hugo; es difícil hacerlo bien, tienes que equilibrar la cantidad de vino blanco, sifón, jarabe de sambu, menta, pero Juan, a pesar del nombre, es tirolés del sur, por lo tanto es una certeza.

Recuerdo unas vacaciones en la montaña, en la región del Alto Adige: largos paseos por las orillas del río, comía con apetito, dormía soñando simples sueños. La vieja cabaña, semi asfixiada por los arbustos que la rodean, estaba hundida. Las ventanillas con las cortinas blancas estaban cubiertas con una pátina antigua, los muebles viejos. Pero este aire de antigüedad tuvo el poder de calmar mi inquietud. El anochecer era el momento que más disfrutaba, la luz tenía una suavidad que junto a la belleza del paisaje, le daba un aura surrealista al mundo.

Hoy el calor es agotador, el recuerdo de la montaña no logra mitigar la sensación de asfixia, la garganta está cerrada, casi no puedo respirar.

Empiezo la cuenta regresiva, faltan cuarenta días al inicio del otoño; finalmente se reanudará mi vida; el programa semanal ya lo tengo en mi cabeza:  gimnasio, voluntariado, la revolución de la casa. En un instante veo una montaña de libros entre los cuales elegir cuales regalar al hospital para el mercadillo, cuyas ganancias ayudarán a comprar una silla de ruedas para los pobres; ropa, mucha ropa, demasiada ropa, una montaña para escalar de vestidos, camisetas, suéteres, zapatos y ya un sutil malestar toma posesión de mi.  Me acuerdo de una sentencia que aprendí cuando era estudiante: “menos es más”, parece que la pronunció un arquitecto de los que llaman minimalistas, Mies van der Rohe. Debo encontrar dentro de mi misma el coraje de eliminar todo lo que sobra y que no es necesario, el tiempo se me escapa dentro tantos compromisos, me doy cuenta de que solo deseo llegar a una vida más simple y consciente, una vida en la que todo está valorado y el tiempo sigue despacito, la mente libre de oropel más ligera, sabe valorar las relaciones humanas, el tiempo vuelve a ser regenerador. Mi compromiso conmigo misma.

Elettra Moscatelli

Tiempo

Pasa, se desliza entre los dedos como la arena, se dice que siempre falta, que no hay…

El hombre occidental no tiene tiempo para ser feliz, afirmaba el jefe Tuiavii di Tiavea de las islas Samoa, según lo describe el artista alemán amigo de Herman Hesse, Erich Scheurmann en su ensayo antropológico “Papalagi” (los hombres blancos), que es la recopilación de las reflexiones de Tuiavii durante su estancia en Europa.

“Hay Papalagi que afirman que nunca tienen tiempo. Corren como dioses desesperados, como poseídos por el diablo y dondequiera que vayan lastiman, causan problemas y atemorizan porque han perdido el tiempo. Esta locura es terrible, una enfermedad que ningún médico puede curar, que infecta a muchas personas y lleva a la ruina”.

“.. Papalagi ama sobre todo lo que no se puede captar y que, sin embargo, está siempre presente: el tiempo. Y de esto hace un gran revuelo y una tontería. Aunque nunca hay más de lo que puede haber entre la salida y la caída del sol, no le parece suficiente.


Papalagi siempre está descontento con su tiempo y se queja con mucho ánimo porque no se le ha dado suficiente. Sí, se trata de blasfemar contra Dios y su gran sabiduría, ya que Él corta y corta y divide y divide cada nuevo día según un sistema preciso. Lo corta como si abrieras un coco blando con un cuchillo. Y todas las partes que corta tienen un nombre: segundos, minutos, horas. El segundo es menor que el minuto, este es menor que la hora; todos juntos hacen las horas y tienes que tener sesenta minutos y muchos segundos para tener una hora”. Cuanto más se fracciona el tiempo, menos queda.

Quizás el tiempo se le escapa al hombre blanco como una serpiente se escapa de la mano mojada, precisamente porque trata de sujetarla con tanta fuerza.

La obsesión por el tiempo nos lleva a actuar como si el que camina más rápido tuviera más valor que el que camina despacio. Gastamos mucho tiempo planificando, yendo de prisa…. Y cuando nos detenemos a mirar atrás, nos damos cuenta de lo fugaz de la vida. ¡Ya han pasado 20 años! ¡el niño ya va a la universidad!

Si no destinamos tiempo para ser felices, Cronos nos devora, nos somete. En realidad, hay más tiempo que vida.

Bueno, lo dejo aquí…. Se acabó mi tiempo.

Maria Victoria Santoyo Abril

Afrodita III

Afrodita al pilar.
Mármol, copia romana del siglo I-II ap. C., según un original griego de finales del siglo V a. C. Antiguamente restaurado en Thalie.

El taller de Fidias se encuentra fuera de la ciudad, una pequeña casa rodeada de árboles que nos protegen del sol que inunda con su luz el cercano campo de olivo. El canto de las cigarras es obsesivo y exalta el calor fuerte, cargado de almizcle. Afortunadamente un poco de viento, el mar no está lejos, nos ofrece de vez en cuando un poco de descanso. Estoy desnuda, mantengo la pose, mi muslo izquierdo ligeramente alzado hacia adelante, la cadera derecha que sobresale para formar una curva perfecta, el torso inclinado hacia el mismo lado para marcar mi cintura fina y la cabeza bien erecta para equilibrar todo el cuerpo. 

Afrodita soy, nacida de la espuma del mar.

Soñaba. 

Él, el más querido, aquel para quien estaba dispuesta a sacrificarlo todo, incluso mi divinidad, estaba en peligro. Elissa, una belleza extraña y rara, amenazaba su destino. Acostada sobre un sofá instalado sobre una terraza que se abre al mar, llevaba una larga túnica blanca en la que su cuerpo dibujaba formas atractivas, una cintura dorada sostenía el pecho que ofrecía generosamente apenas cubierto, una tiara sublime denunciaba su realeza imperiosa, tenía el color del mar. Una avalancha de bucles negros rodeaba un rostro de rasgos perfectos. En sus brazos, una pequeña esclava rubia que no llevaba ningún vestido y se dejaba acariciar con toda ingenuidad. Ella escuchaba a mi hermoso héroe, sentado frente a ella, con su traje marcial. Él contaba sus hazañas al lado de Héctor en la guerra que habían perdido.

De repente me estremezco. Es Fidias, acaba de pasar una mano acariciando mi muslo levantado para evaluar su rotundidad. Percibo toda la sensualidad que debía invadir a la bella soberana.

Está buscando un marido, el potentado local que la acogió no era de su gusto. Por supuesto, lo apruebo, si no puedes elegir al padre de tus hijos, ¿qué nos queda a nosotras, las mujeres? Pero no puedo enternecerme. La felicidad de esta mujer, que después de todo no es nada para mí, podría alterar todos los planes que he elaborado para él y para su descendencia.

Una ciudad, un imperio nacerá, heredero de la vieja Troya, barrerá a todos, los griegos, los celtas, los fenicios, y muchos otros.

Al día siguiente, me descubro de nuevo y ofrezco mi cuerpo a las tijeras del escultor.

Afrodita, soy, la diosa de la belleza.

Veía a Elissa. 

Empapada, exponiendo su cuerpo, ella también, para seducirle sin vergüenza, a Él, mi hijo. Una tormenta provocada por Hera durante una partida de caza, los había empujado a refugiarse en una cueva. El cielo era negro, estaba lloviendo a cántaros, truenos espantosos resonaban al ritmo de sus miedos, los relámpagos traspasaban la oscuridad para descubrirles, abrazados de terror. La esposa de Zeus me desprecia desde siempre, pero después del juicio de París que me había designado como la más bella, me odiaba. El efecto de su ira fue contrario a sus propios designios, los amantes conocieron aquella noche su primera unión carnal. Tenía que reaccionar.

Fidias, impenitente, insiste con sus manos viajeras, ellas sopesan un seno, acarician un muslo, se introducen en mi cueva, húmeda también. Me está llevando con él.

Afrodita, soy, la diosa del amor. 

Los romanos me llamarán Venus.

Mercurio enviado por Júpiter, interpeló a la pareja todavía abrazada. Se dirigió directamente al hijo de Anquises, Eneas, nuestro hijo. Le intimó a reunir sus navíos e salir inmediatamente a Italia, donde su destino le esperaba. Enéas comprendió que eso era ineludible y zarpó el día mismo. Didon desesperada se dio la muerte.

Despiadada dejo entonces a Fidias, voy a Roma. 

Venus, seré. El mundo me está esperando.


Jean Claude Fonder

Afrodita II

Afrodita al pilar.
Mármol, copia romana del siglo I-II ap. C., según un original griego de finales del siglo V a. C. Antiguamente restaurado en Thalie.

El cuerpo… Mi cuerpo, pensé mirándome en el gran espejo que adornaba la pared de mi habitación y permitía a mis amantes y a mí misma observar con lujuria nuestros encuentros. De repente miré hacia otro lado y corrí hacia la piscina, como hacía siempre antes de que mi compañero se despertara, no quería que me viera en el estado en que una noche de placeres desenfrenados me había dejado. 

Nadaba lentamente en el agua fresca y estimulante, que me regeneraba cada mañana. No demasiado rápido, no quería muscular un cuerpo que, ante todo, debía seguir siendo femenino. Me acordaba de la noche anterior. Por la mañana, Xenia tampoco era hermosa. Ya lo había notado antes, se maquillaba abundantemente, la cara, los ojos, e incluso el cuerpo, al despertar después de una noche de exceso, era la derrota. Esta mañana la acompañó Fidias, con la intención sin duda de prolongar un poco más, quizás en su casa, una noche de libertinaje para intentar influir en la decisión del escultor.

— Djamilah, tráeme mi Quitón de lino, — dije al salir del agua.

Me sequé cuidadosamente y me drapeé con el precioso y ligero tejido que mi compañera ató con fíbulas doradas sobre mis delicados hombros. A contraluz se podían vislumbrar las curvas que serpenteaban peligrosamente cuando me movía por las calles de la ciudad. 

Visité a la pobre comerciante y le compensé ampliamente el robo que había sufrido. Ella aceptó voluntariamente retirar su denuncia y yo fui a casa de Nicandro para informarle.

— No se pueden permitir todas tus maniobras deshonestas para influir en la elección del escultor. El modelo debe ser elegido por un tribunal imparcial y competente. La Heliea que presides sería sin duda la más apta, con su voto secreto, para garantizar este objetivo.

Esa misma tarde, el ceryx, el pregonero público, anunció el acontecimiento que tendría lugar en el Ágora a primera hora de la mañana, el día de la luna llena.

Unos días más tarde, me desperté muy temprano, hoy es la decisión. Sabré si Afrodita querrá encarnarse en mí, si yo también me convertiré en inmortal, si tendré mi propio templo en honor a este cuerpo que me halaga.

Yo no había vuelto a ver a Fidias, le había cerrado mi puerta, Héctor no le dejaba entrar. Si él pensaba en su estatua, debería contentarse con los recuerdos que no podía dejar de tener después de la noche, la larga noche de amor en la que me había entregado a él y la noche en la que, después de todo, me había traicionado. Sin duda se acostaba con Xenia, a la que se veía por todas partes, más ultrajantemente maquillada que nunca. 

Habían puesto un estrado donde tendríamos que desfilar, las candidatas modelo, y una tribuna para los miembros del tribunal. La muchedumbre era numerosa y quería influir con sus gritos a los miembros del jurado al que se habían incorporado para la ocasión el escultor y los principales magistrados de la ciudad. La tensión era alta, Xenia y yo teníamos que pasar las últimas, se había autorizado la participación de candidatas provenientes de todo el mundo heleno, en el cual se celebraba el culto de la diosa. La que elijan para ser el cuerpo de Afrodita, diosa del amor, tiene que ser la más bella de todas las griegas.

El público está entusiasmado, el juicio de Paris no es nada ante lo que ven, todas las formas que puede tener la belleza femenina en su desnudez reveladora desfilan delante de ellos, rubias y morenas, pequeñas y grandes, todas en curvas y andróginas, pero hay que elegir. Xenia pasa antes que yo, yo pasaré la última, la suerte o la diosa han decidido así.

Xenia es la más bella de todas, su cuerpo es perfecto, sus proporciones son divinas, sus pechos parecen vivir, sus nalgas y su cintura bailan con ellos el ballet eterno del acto de procreación. Se ofrece completamente al público. Sus pezones están maquillados con el mismo rojo que sus labios hinchados y que la hendidura en medio de su pubis entreabierto. Toda el ágora ruge ante esta exhibición desvergonzada. Sin duda ganará.

Entonces subo lentamente a la escena, resignada. Mi cuerpo está completamente cubierto por mi Quitón. Desabrocho las fíbulas que lo retienen.

El vestido cae, estoy completamente desnuda, mi carne es blanca como el mármol, muy finas, casi invisibles venas marmoladas azules, lo recorren.

Un silencio total, mágico, divino cubre el Ágora: Afrodita está allí ante el jurado maravillado.


Continuará


Jean Claude Fonder

Afrodita I

Afrodita al pilar.
Mármol, copia romana del siglo I-II ap. C., según un original griego de finales del siglo V a. C. Antiguamente restaurado en Thalie.

He visitado el nuevo templo. Simple e inmaculado, se parece al de Atenea Niké. Me gusta, aislado sobre una pequeña colina verde, sus columnas de orden jónico soportan ligeramente el friso, el tímpano y el triángulo plano del techo. Se ve desde lejos. Me veo ya como una estatua de la diosa Afrodita, después de todo me llamo Dafne. Tengo que convencer a Fidias, mi cuerpo no es perfecto, pero sólo yo conozco sus pequeños defectos. A menudo son éstos los que agradan a los hombres.

A Fidias, al menos. Me dejó esta tarde hacia las tres de la tarde, hicimos el amor toda la noche. Este hombre es más incansable e inventivo que una mujer. Creo que no hay parte de mi cuerpo que no conozca, una caricia que no me haya dado. Yo estaba exhausta y él también se durmió. ¿Qué hace mi rival Xenia? Probablemente también se acostó con él. Es muy guapa, debo decir, pero la encuentro fría y altiva, y probablemente menos experta que yo.

¡Bah! Ya no será un problema. Esta mañana la han encontrado, desangrada en su bañera, con las venas abiertas, se ha suicidado por despecho. Esto es lo que le sugerí a Nicandro, el presidente del tribunal de la Heliea, que me despertó esta tarde. Le he invitado a cenar esta noche para hablar de ello. Tengo que prepararme.

—Djamilah, ¿está listo mi baño?

Djamilah es mi esclava, con su marido Héctor, un coloso de ébano, formamos un buen equipo. Ella sabe prepararme bien, él me ayuda en los casos en que la fuerza debe hablar. Y luego, a veces, hacemos el amor juntos. 

La hora del baño es cuando empiezo a adorarme, con mi pelo y mis pechos hago mil juegos encantadores. A veces, incluso, concedo a mis perpetuos deseos una complacencia más eficaz, y ningún lugar de descanso se ofrece tan bien a la lentitud minuciosa de este delicado alivio. 

Confié a Djamilah mi cuerpo lánguido y descansado, me limpió, me peinó, y me afeitó, también el pubis, para que tuviera toda la desnudez de una estatua. Finalmente me cuidó enteramente, hasta en las partes más secretas de este instrumento que me sirve para ofrecer a mis amantes de una noche, las alegrías más sofisticadas.

Me levanté desnuda y adornada con todas mis joyas, me miré un instante en el espejo, luego tiré de la caja fuerte donde había doblado una vasta tela transparente de lino amarillo, la hice girar alrededor de mí y me envolvió de la cabeza a los pies.

Nicandro no tardó. Entró sin demasiada ceremonia. Diré incluso que me pareció un poco demasiado excitado, estaba acompañado por varias personas. La cena íntima que había planeado parecía comprometida.

—Dafne, estos dos testigos dicen que te vieron entrar en casa de Xenia esta mañana.

—Pero eso no es posible —declaré orgullosamente—, estaba en la cama con Fidias, pasamos la noche juntos.

—Te vimos, estabas velada, pero tu andar es tan reconocible … era tú, estamos seguros. Xenia también te reconoció.

—¿Cómo? ¿Xenia está viva todavía? — Dije, casi gritando a Nicandro.

Me respondió que no me la había dado por muerta, más bien que estaba desangrada. Esperaba todavía el informe de los médicos.

Fue entonces cuando entró Héctor, sin aliento y cubierto de sudor. “¡Qué hombre tan apuesto!” pensé, Djamilah tiene mucha suerte, menos mal que me deja disfrutar de él un poco.

—¡Han robado a la vendedora de pollos! Le robaron un ánfora llena de sangre.

Esta vez apostrofé a Nicandro:

—¡Estaba desangrada! ¿De sangre de pollo, sin duda?

El presidente del tribunal se retiró entonces declarando que debía investigar, que había nuevos datos.

Me encontré sola con Héctor, a quien agradecí prodigándole una caricia como se debe, y Djamilah, que propuso que cenáramos juntos:

—La señora se había preparado, y el huésped que iba a honrarla esta noche nos ha dejado plantados. —Explicó a su marido.

Djamilah sabe cómo manejarme. Me ayudó a quitarme el drapeado que, según ella, sólo permite ver un esbozo de la más bella cortesana de la ciudad. Ella le ayudó a descubrir los tesoros que ella misma acariciaba cada día para proponerlos al mejor postor. Héctor también tenía algo que ofrecer, y tengo que decir que estaba bastante segura de que esa noche sería de mi agrado. 

Xenia entró entonces bella como una diosa. La línea suave del cuerpo ondulaba a cada paso, y se animaba con el balanceo de los pechos libres, o con el balanceo de las caderas hermosas, sobre las que se doblaba la cintura. La ira de su cabello rodeaba el delicado óvalo facial, donde ardían dos ojos negros.

—Esta mañana no estabas muy lejos —gritó-, creíste que te estrangularían por haberme asesinado. Te vi entre la multitud, estabas asustada.

—Creíste verme, estaba en la cama con Fidias.

—No, preciosa, dijo este último. Se había unido al grupo sin que nadie lo viera. Cuando te escapaste de mi abrazo por la mañana, me di cuenta, y cuando regresaste, más rápido de lo que creía, fingí dormir otra vez.

Estábamos en el punto de partida. Esta mañana debo confesar que mis intenciones no eran muy claras, pero cuando vi a Xenia pálida como una muerta en esa profusión de sangre, me escapé. 

Atraje a Xenia y Fidias al seno del grupo y dejando al pobre Héctor en manos de las dos mujeres, recordé a Fidias cómo estaba hecho el único cuerpo posible para Afrodita.


Continuará


Jean Claude Fonder

Recordar, contemplar y encontrarse a sí mismo


“….Y cuando el viento 
oigo crujir entre el ramaje, yo ese 
infinito silencio ....”
Giacomo Leopardi

Aquella mañana subió al coche, llegó a donde había decidido, aparcó, bajó y empezó a caminar hacia el bosque. Se sentó apoyando las espaldas en el tronco de un árbol y, mirando a lo lejos, se quedó pensando en los muchos años que veraneaba en Las Marcas. Esta región a la que se conoce sobretodo por sus playas largas de arena fina, en realidad es una tierra para descubrir por la pluralidad de paisajes, por la variedad de bellezas naturales y artísticas. La naturaleza y la mano del hombre se mezclan aquí en los bosques históricos, en los santuarios, en los castillos, en las abadías. Allí sentada, mientras le parecía oler la brisa marina, recordó los extensos campos de lavanda o de ginestras, las colinas donde se cultivan los diferentes viñedos, la intensidad del olor penetrante de las trufas negras de Acqualagna y de las zonas de los Montes Sibilinos. Allí mismo estaba ahora a los piés de los montes. Bueno sí, los fascinantes Sibilinos conocidos desde la Edad Media en toda Europa como reinos de demonios, nigromantes y hadas. Si se habla de los Montes Sibilinos se habla de leyendas, de magia y de cuentos antiguos.  Los Montes deben su nombre a la leyenda de la Sibila – la profetisa de la mitología clásica – que se escondió aquí en una gruta, conocida como la Gruta de las Hadas, cuando fue exiliada del inframundo. Otra leyenda que está relacionada con los Sibilinos es la de Pilato, según la cual el cuerpo muerto del prefecto romano fue arrastrado a las aguas del “demoniaco” lago, situado en uno de los valles más elevados del Monte Vettore.  Más abajo podía divisar la ciudad de Ascoli, una ciudad que ella había aprendido a conocer y apreciar, y que se reveló un lugar riquísimo de preciosos detalles: los restos romanos, los testimonios del románico y del gótico son indelebles en la que se ha definido la ciudad de las cien torres. El centro histórico debe su aspecto tan armónico y compacto al travertino local, material principal en todas las construcciones. Cada año Ascoli vuelve a vivir la magia del pasado, entre carreras a caballo y desfiles en trajes de época, proponiendo elocuentes recuerdos de hechos históricos, como la famosa Quintana, que se desarrollan en el centro de la ciudad antigua. La Pinacoteca, rica en obras de Carlo Crivelli, Tiziano, Guido Reni, la Galleria Civica d’Arte Contemporanea, El Museo Arqueológico Nacional, la Cartiera Papale y el Teatro Romano. Y Piazza del Popolo que es el salón y lugar de encuentro de la ciudad, conocido también por albergar el histórico Caffè Meletti. Sí, así es, fue allí en este Café que, hace muchos años, encontró la aceituna rellena y frita “all’ ascolana”, enamorandose de la que es la “tierna” de Ascoli, considerada la mejor aceituna de mesa. Desde que veraneba en San Benedetto del Tronto, por la mañana le gustaba dar largos paseos en bicicleta hasta llegar al muelle norte, donde atracaban los barcos pesqueros. O bien, llegando al muelle sur donde se encuentra el MAM, Museo de Arte en el Mar, un museo permanente al aire libre que cuenta con 145 obras de arte,  esculturas y  murales. En cambio su habitual paseo diario por la tarde se dirigía hacia el sur andando por una playa casi desierta de 5 km. A la izquierda el mar y a la derecha la reserva natural de La Sentina. El silencio de la naturaleza que la rodeaba se interrumpía sólo por el sonido de las olas y de los animalitos de la reserva. En este tramo de playa sólo se encontraba alguien practicando el kitesurfing, deslizándose entre las olas, o algunas parejas nudistas tomando el sol. En la arena, arrastrados por el mar, troncos de arboles, de formas diferentes y  curiosas, parecían descansar. Este paseo la llevaba a la desembocadura del río Tronto que marca la frontera entre Las Marcas y la región de Abruzos. De allí, de vuelta hacia su casa pasaba por dentro de la reserva, un ecosistema de gran valor formado por un conjunto homogéneo de zona terrestre, fluvial y lacustre creado a partir de los sedimentos dejados por la actividad del río Tronto. La reserva natural cuenta con pequeños lagos y ríos, especies vegetales endémicas y además es un punto de parada para las aves migratorias. Un verdadero laberinto de senderos escondidos entre arboles, arbustos, plantas de regaliz, cabañas para observar las aves y disfrutar de la visión de la avifauna de los humedales que hay detrás de las dunas. A pesar del miedo a las serpientes -sin duda algunas vivían en la reserva-, y aunque los sonidos más mínimos la alertaran, el  lugar capturaba su interés. Con un poco de suerte y paciencia logró ver el fratino, un pequeño pájaro que se alimenta y anida en la playa, unas grullas comunes, el aguilucho lagunero, la nutrias, y algunos simpaticos herizos, sus favoridos. Le gustaba pensar que se parecía a ellos. Aparentemente espinosos, pero en realidad reservados y tiernos. La reserva es también un refugio para murciélagos. Contrariamente a la mayoría de las personas, ella no tenía miedo o a los murciélagos, estos mamíferos voladores con potentes alas, que se alimentan con insectos, polillas, moscas, y sobretodo con mosquitos. Nunca se imaginaría que años atràs los mismos animalitos, que ya tenían que cargar con creencias injustas, se considerarían siniestros murciélagos causantes de una pandemia. Apoyada al árbol el tiempo parecía haberse parado…ya era el momento de volver a casa. Su apartamento contaba con tres terrazas, dos daban al mar, al este, y una a la montaña al oeste, y sólo lo separaba de la playa el hermoso jardín de un pequeño chalet. En las terrazas albergaban dos animalitos. Uno era precisamente un pequeño murciélago, de cuerpo diminuto, que solía llegar cada tarde. Cerraba sus grandes alas, y agarrandose al tejado de la terraza, se quedaba allí, tranquilo colgado cabeza abajo. Ella lo consideraba una especie de amuleto de buena suerte. El otro, que frecuentaba las paredes de las terrazas, de preferencia las al este, era un gecko, un animalito nocturno, que parece una lagartija normal, pero que en realidad es una especie de pequeño alienígena con superpoderes, capaz de desafiar la gravedad. Se lo veía trepar por superficies lisas como el cristal esmerilado e incluso correr por los techos sin caerse. Ambos la acompañaban en su lectura nocturna durante los veranos. Pero ya llevaba dos años sin su amuleto, el murciélago había desaparecido. Aquella tarde, al regresar de su paseo se sentó en la terraza que daba al mar, y tomando un aperitivo pensó que sí eso era:  “…naufragar en este mar me es dulce” (G. Leopardi).

Raffaella Bolletti

El círculo perfecto

EDWARD HOPPER (1882 – 1967) Lectora en el tren (1965)

El silbido del tren la despertó de sus pensamientos. “Volverás ….. ya verás. Pronto…. volverás…”.

Las palabras tranquilizadoras de su madre acariciando las líneas regulares de su cara, el abrazo final en el umbral de la puerta de casa. El claxon del coche devolviéndola a la realidad y luego, sus miradas por la ventanilla, tratando de memorizar, como si fuera necesario, cada detalle de los barrios que la habían visto crecer.

Un tren. Una estación de tren casi desierta. Una decisión tomada después de meses. Ya no había vuelta atrás. Subió al tren, levantando con cierta dificultad las maletas llenas. En ellas, trozos de su vida pasada. Buscó el número de su asiento, pero las lágrimas a duras penas le consentían ver claramente. Una señora entrada en años, nada más verla, se percató del sufrimiento de aquella chica rubia, tan guapa con sus vaqueros ceñidos y su sudadera de colores. “Hola muchacha, ¿puedo ayudarte en algo? Sabes, estoy tan acostumbrada a viajar que, a lo mejor, en lugar de jubilarme habría podido trabajar de inspectora del ferrocarril”. Una leve sonrisa y el mundo le pareció menos gris. 

Muchos años después, habría de recordar aquella madrugada tan triste.

Apagó el ordenador sin más. La luminosidad de la pantalla le molestaba los ojos después de tanto teclear. Estaba satisfecha. Acababa de terminar su última novela. Sin duda, otro éxito de ventas como las anteriores. Pero ¿Cómo había llegado hasta allí? …. Una maleta. Un tren. Un viaje. Allí se encontraba la clave de todo. 

Muchas veces se había arrepentido de haber cogido aquel tren; otras, había dado las gracias a Dios por su suerte. A menudo pasaba horas fantaseando sobre cómo habría sido su vida si no hubiera tomado aquella determinación. ¿Habría sido recepcionista en un hotel del centro o guía turística en Londres? Nadie tenía la respuesta. Lo que sí le quedaba claro era el recuerdo de aquella mañana. Ese viaje, pese a su voluntad, marcó un nuevo comienzo. Partir significa querer llegar a un lugar, real o imaginario. Aquella chica joven y bella comprendió que las raíces  no crecen debajo de nuestros pies, sino que las llevamos dentro del alma. Partir no es morir, es volver a nacer. No se trata de un desplazamiento en línea recta, más bien, de un movimiento circular. Y cuando lo queremos de verdad, puede llegar a ser un círculo perfecto.

Manila Claps………..

Una circular promesa

A mediodía en un día de miércoles al improviso Don Atanacio Balboa (Nacho) dejaba de existir a los 75 años. Sus hijos confundidos por tal triste e imprevista noticia se preguntaban el ¿por qué? En

Mi abuelo y yo solíamos ir al cine todos los fines de semana. A él le encantaban las películas western y a mí las románticas. Un día fuimos a ver los Caballeros de la Mesa Redonda, yo aún era un niño extrovertido y, cuando veía algo nuevo, quería verlo dos veces para entenderlo debido a mi escasa capacidad mental, por eso siempre me hacía explicar por mi abuelo las películas después de haberlas visto. 

Me quedé tan impresionado y anonadado por escuchar el pacto que hacían los Caballeros de la Mesa Redonda, que un día con mis amigos hicimos un círculo y 6 niños nos metimos dentro de él haciendo un juramento: que de grandes nos ayudaríamos en todo momento, que nos comunicaríamos y que nunca dejaríamos de ser amigos. 

Han pasado 30 años desde aquella inocente y circular promesa, y para ser honesto, casi ni los veo; pero sé que aún están vivos, tienen sus familias; uno es policía, otro médico, de los demás sinceramente no sé cuál será su profesión, he tenido contacto solo por teléfono, creo que no les gustan las redes sociales porque solo dos de ellos tienen Facebook. 

Me pongo a pensar en tantas promesas que a lo largo de la vida uno se hace así mismo, a la familia o a la pareja con quién se está en algún momento; me pregunto si estuviéramos pendientes de aquellas promesas circulares individuales, familiares o sociales para no olvidarlas, entonces creo yo que prometeríamos menos y cumpliríamos más.

 

Luis Alberto Prado

Círculo

Hay tantas miradas desde las que uno puede observar; el panadero, la vecina y su perrito, el señor de la esquina, la peluquera, la maestra, la profesora de cocina. Todas ellas son personas que viven en un mundo exterior, en un mundo con los otros, donde, aunque no quieran, ven el recorrido de los demás y el mío, ven el camino que voy trazando a mí alrededor. 

Ellos tienen una mirada con la que ver; un circulo que lo matiza todo, que lo parcela en redondo, burbujas de aire sin esquinas, sin recovecos donde esconder lo que ni siquiera pueden ver.  Un mundo perfecto donde la vida es amanecer y anochecer con sus tranquilos y relajados quehaceres diarios, mañana, tarde y noche y al día siguiente comenzar otra vez. 

Yo tengo esquinas y las escribiría con z porque son tan escabrosas, variadas y llenas de sorpresas, mi vida entera sin esperarlo se ha dado la vuelta más de una vez y hay que comenzar por decisión propia,  por decisión de los demás y los motivos son la mayoría de las veces  por falta de aire, de tranquilidad, de confianza, de seguridad y por exceso de actividad, inquietud, curiosidad o simplemente hay nubes más allá de la oscuridad.

Ahora, de pronto aparece alguien que se escribe con una sencilla s de serenidad y me doy cuenta de que llego a mis esquinas con el alma tranquila, segura, haciendo que mi vida sea como las demás; un círculo perfecto. Una vida redonda llena de flores en las ventanas y de felicidad. Mañana, tarde y noche y otra vez a comenzar.

A Sergio. 

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Blanca Quesada

Asamblea de los círculos

El momento había llegado. Tenía que dar su discurso sobre los detalles. Así que pasó por alto su indecisión y empezó. <Amigos aquí reunidos, vengo en representación de nuestra comunidad y quisiera destacar que el camino va ser largo y duro. Hay muchos kilómetros por recorrer, nunca hemos marchado y nadado tan lejos. La cita está fijada para el lunes 21 de junio, a las 3 de la madrugada, pero supongo que eso ya lo sabéis. Lo que aún tengo que comunicaros es la ubicación del sitio. Sólo os informo de que vamos a otro círculo. Entonces cuanto antes nos pongamos en camino, mejor.> En fila india, ordenadamente empezaron el recorrido que los llevaría a destino. Marcharon siguiendo el Círculo Ártico, cruzando el océano Glacial donde encontraron pocos bloques de hielo en los que descansar. Llegaron a la llanura de Salisbury, al círculo de piedra de Stonehenge construido hace miles de años. Los grupos procedentes de los otros 4 círculos terrestres ya estaban presentes, sentados en el suelo, en círculo, en silencio. También el grupo del Ártico tomó asiento. Esperaban el amanecer, con el sol atravesando el círculo megalítico e incidiendo perfectamente sobre la piedra talón. El aire estaba cargado de energía. Al llegar la luz los presentes se asombraron con la maravilla del rayo de sol entrando a través de los monolitos y advirtiendo de la llegada del verano. Cada círculo terrestre tenía varios representantes de su comunidad. Al terminar el momento mágico los jefes, los únicos que llevaban una larga capa blanca con capucha, se levantaron. El Jefe Mayor explicó que aquel lugar era simbólico, que allí se saludaba el invierno y se recibía una nueva temporada. Explicó también que el espectáculo que acababa de aparecer volvería a presentarse el 21 de junio del próximo año y que el rayo de sol podía entenderse como un mensajero de una vida que se reitera, en círculos que se arrastran, que se abren y se cierran. Terminó así su discurso <Gracias a todos por participar, regresemos a nuestros Círculos Terrestres, que ahora nos distancian y que podrían desaparecer al derretirse los glaciares, todo reduciéndose en un único círculo mayor sin diferencias atmosféricas. Pensémoslo bien y actuemos en consecuencia>. Los participantes se miraron unos a otros sin hacer comentarios y lentamente se fueron.

Raffaella Bolletti

El corro

PABLO PICASSO (1881-1973) La ronde

El despertar le recordó a Paolo que tenía que levantarse si no quería perder su avión. Se separó suavemente del espléndido cuerpo de Francisca. Habían follado toda la noche, una noche explosiva, una noche que no olvidaría en mucho tiempo.

Pero bueno, tenía que ducharse, le esperaban en Roma. Cuando estuvo preparado, lanzó una última mirada al Modigliani, que lo había satisfecho y además era su secretaria particular. Puso tiernamente un beso sobre sus labios púrpura, humedeció con satisfacción su cuerpo que aún sentía el amor y se fue.

Llegó al aeropuerto justo a tiempo, tomó el Milán Roma, para un pasajero habitual como él, no era más difícil que coger el autobús.

Subiendo al avión que iba a tomar, se topó con su colega Julio, un mujeriego impenitente, pensó, saludándole con una gran sonrisa. 

A bordo estaba sentado al lado de una minifalda vertiginosa color beige, tacones de 12 cm, un corpiño blanco ceñido y bien lleno bajo una pequeña chaqueta de color burdeos, un perfume seductor muy almizclado y de largo cabello negro levantado en moño.

— Usted va a Roma por trabajo? preguntó, yo soy Michelle.

Era una ejecutiva comercial de una firma de ropa interior femenina francesa. Al final del viaje, se reunieron en un pequeño restaurante en Testaccio para cenar juntos. Se despertaron en el San Anselmo, el hotel de Michelle, que no estaba muy lejos. Antes de bajar a almorzar, le presentó sus productos haciendo su parte. Con ella, las braguitas, los sostenes y las diversas piezas de lencería femenina se transformaban en verdaderas bombas sexuales. Paolo no resistió, reanudaron los debates de la noche anterior. 

Michelle volvía a Milán esa misma noche para seguir la semana de la moda, Paolo tenía que pasar dos días más en Roma, por lo que le dejó algunas buenas direcciones lamentando no poder acompañarle. Le dio el número de móvil de Julio.

Michelle se preparó cuidadosamente, llevaba un tanga de su colección, un micro vestido de la tarde ampliamente escotado entre los pechos que no permitía sujetador y un maquillaje que requirió por lo menos una hora delante del espejo.

Julio pensó que era él quién debía ligar con ella, para que no se eternizaran en la taberna de los Navigli con los aperitivos. El streap-tease de Michelle en el hotel no duró mucho, la noche fue larga, afortunadamente los desfiles comenzaban sólo por la tarde. Después de un último polvo, Julio se involucró en la oficina donde tenía una cita con la secretaria del jefe, Paolo, su amigo.

No sabía que Francisca y Paolo estaban juntos, por lo demás, si se lo hubieran dicho no lo habría creído, conociendo las aventuras infinitas de su amigo. Francisca además era una recluta reciente de Paolo, estar cerca de ella sería de todos modos útil. Francisca era grande, sus piernas eran largas, la minifalda plisada que llevaba, pasaba por encima de la mesa cuando se acercaba a él, tenía sudor frío. Pronto no pudo resistir, le acarició la rodilla… Una bofetada bien sonante fue el resultado. Para hacer las paces, la invitó al restaurante. Le suplicó, le contó que Paolo y él eran amigos, también compañeros de salidas, y vaso tras vaso, contó sus aventuras, sus conquistas numerosas sobre todo cuando estaban de viaje.

Unos momentos más tarde, Francisca lo llevó a los baños femeninos y prácticamente le forzó en el lugar, si se puede decir así, porque fue más que voluntario. Por desgracia, él también tenía que ir al aeropuerto para volver a Roma. Cuando, a su vez, se topó con Paolo que salía del avión, le contó todo feliz.

— ¡Qué guapa la nueva secretaria!

Jean Claude Fonder

Abre tu puerta cerrada

PABLO PICASSO (1881-1973) La ronde

Desde el patio rodeado de árboles ya se oye la música: 

Abre tu puerta cerrada”… (1)

Escucho la risa cristalina de Isabel antes de verla bailando en círculo, con la mascarilla puesta o quizás colgando de la oreja. 

Que en tu mano está la llave…”  

Nosotros todavía no podemos tomarnos de las manos, por eso se eligieron danzas en círculo en las que se baila sueltos. Pero María y yo, guiñando el ojo, nos saludamos sonrientes con un golpecito de codo, Alberto lanza hacia los amigos que llegan gestos alegres, las miradas de los danzadores resplandecen de vida que vuelve. 

Corro hacia el círculo y empiezo a bailar yo también.

El amor a ti te vela…” 

Fue aquí que la sonrisa de Alejandra enamoró a Sergio: solo estaba feliz cuando bailaba y por eso su vida se convirtió en una danza. 

Partemos rosa, partemos de aquí” 

Tomamos el ritmo, los cuerpos dan vueltas armónicamente sincronizadas, los movimientos de los brazos se funden en el mismo compás, que hincha las faldas largas de colores de Ana y de Rebeca. 

Yo demandi por la tu hermozura

como te la dio el Dió” 

De repente la felicidad me inunda: de verdad me encuentro aquí en el patio y no en el salón de mi casa, y Carlos, Victoria, Laura ya no son imágenes electrónicas en el ordenador sino cuerpos vivos en un círculo, que la música empuja a bailar. 

la hermozura tuya escura

la merezco sólo yo.

En fin, creo que nosotros también merecemos esta hermosura.

(1) Canción sefardí del siglo XV, sobre la que se ha creado la coreografía de una danza en círculo

Silvia Zanetto