Espejo engañoso


EDOUARD MANET (1832 – 1883I
Devant la glace, 1876

Me habían colgado aquí hacía unos días, delante de la puerta de entrada de un apartamento flamante de muebles modernos. En el suelo resplandeciente, había montones de regalos recién abiertos y el olor a nuevo invadía las estancias, incluso las que yo no podía ver. Porque desde mi sitio, lo que yo podía reflejar era parte del salón, medio sofá, un cuadro y medio y el lado izquierdo de la mesa pequeña. Y la puerta, por supuesto.

Los novios entraron en la casa por primera vez en la noche de bodas, y yo reflejé sus risas: él quiso recogerla en los brazos, según una antigua tradición, y por un momento estuvo a punto de perder el equilibrio, pero lo recuperó enseguida. Ella me miró, y dijo que le hubiera gustado que alguien les sacara una foto para eternizar este cuadro de cristal que pronto desvanecería: el brillo de las perlas en el corpiño de encaje de ese vestido blanco que había deseado tanto y que no podría ponerse nunca más, y sus miradas inocentes hacia un futuro inextinguible y perfecto. 

Yo me sentí muy orgulloso por ser el único propietario de una imagen tan hermosa e importante.

No vi nada de lo que pasó durante la noche, excepto cuando él me pasó por delante para ir a la cocina a coger la botella de champán. Entonces sentí un poco de envidia por mis compañeros que estaban en el dormitorio, o en el baño. Pero, con el tiempo me di cuenta de que mi posición era excepcional: no solo podía controlarlos cada vez que salían o volvían a casa, sino que podía ver amigos, parientes, huéspedes o vecinos, descubrir si llegaba un paquete de Amazon o un ramo de flores el día del cumpleaños, inspeccionar las bolsas de la compra (a pesar de que eran jóvenes, solían comer mucha verdura) y también las de la basura (eran muy diligentes con el reciclaje). En fin, lo que pasa en la cama ya se sabe. Además, había aprendido a leer los pensamientos. No los de todos, es obvio, pero sí los de las personas que se miraban en mí por al menos dos o tres segundos. Pero casi siempre eran constataciones obvias, si los zapatos hacían juego con el vestido y banalidades así.

Con el tiempo me acostumbré a todo y, para no aburrirme, decidí convertirme en algo engañoso. Claro, no quería portarme como el malvado espejo de la madrastra de Blancanieves: ella no pensaba ser la más bella del reino y no se lo merecía, pero necesitaba algo para divertirme un poco… Así que empecé a reflejar a las personas más bajas y gordas cuanto más se alejaban de mí.

Al principio, los dos no se dieron cuenta: ella normalmente, antes de salir, se maquillaba en el baño y miraba su vestuario en mi compañero de la habitación, él iba a trabajar muy temprano, salía de casa todavía medio dormido y no me dedicaba ni una mirada veloz.

Pero aquel día llegaron las suegras. Ya sabemos que las suegras no son como las madrastras, pero casi (siempre me he preguntado por qué no hay suegras en los cuentos de hadas).  Las conocía desde hacía años y sabía que la suegra de él era un poco como la madrastra de Hansel y Gretel, deseosa de desprenderse de ellos, mientras que la de ella era como la de Cenicienta, mandona y envidiosa. Estaba entusiasmado, imaginando sus reacciones al verse rechonchas y  diminutas, enfundadas en sus trajes elegantes y pasados de moda casi explotando. 

Cuando las suegras sonaron el timbre, él dijo que llevaría a la mesa el agua y el vino, ella se quitó el delantal y abrió la puerta. Tal y como entraron, las dos me miraron como hipnotizadas, con los ojos fijos en los dos esperpentos. Ni contestaron a sus hijos que las saludaron y les pidieron que se quitasen el abrigo.  Yo, después de tres segundos, pude leer lo que les atormentaba el alma: ¡Vaya! ¡Cuánto ha engordado mi consuegra!


Silvia Zanetto

La coinquilina

Ya no la soporto.

Nunca me imaginé, cuando contesté al anuncio, que la convivencia sería tan difícil. Parecía una buena ocasión: el alquiler barato, la habitación cerca de la universidad… Además, todavía no conocía a nadie en la ciudad y contaba con que Lidia, la coinquilina, y yo haríamos buenas migas.

Ella está adormecida, como siempre. Se acuesta y se duerme en un santiamén, luego duerme toda la noche de un tirón y por la mañana se despierta fresca como una rosa.
Aprieto el cuchillo con tanta fuerza que me duelen las manos, pero la cólera vuelve vigorosos mis brazos gráciles. 

Ella sigue durmiendo como un angelito, sonríe en los sueños, mueve la boca como si paladeara algo delicioso.
Pero yo la voy a matar, a Lidia. Por sus muñequitas, por sus cortinas de florecitas, porque no le cuesta ningún esfuerzo dormirse. Porque no puedo aguantar esta habitación nauseabunda de niña, donde no hay nada mío, aparte de mi cama de sábanas oscuras y algún que otro par de vaqueros y camisetas negras.

 Sin despertar, Lidia se mueve un poquito en su cama, rodeada de peluches de colores tiernos: conejitos, ositos, gatitos. -Mmmmhhh, sí… sí…- murmura. Porque sí, habla en sueños, también, pero nada de sexo como se podría imaginar por sus gemidos: sueña con pasteles y pastelitos porque, además de dormir, le encanta comer.

Por eso voy a clavarle el cuchillo en el pecho, para volver rojo ese color rosa empalagoso de sus sábanas.

De repente, Lidia se da la vuelta en la cama y empieza con lo que yo no puedo soportar. Porque, además de todo, Lidia ronca: ronca como un cerdo. Cuando me parece que consigo conciliar el sueño, después de que me han dado las tantas dando vueltas en la cama, ella empieza a roncar, roncar y roncar, cada vez más fuerte. Yo me desvelo y me quedo mirando el techo hasta que suene el despertador, pensando en una solución. Pero ahora ya la tengo. Si solo Lidia despertara… Porque si no pudiera gozar del miedo en su mirada sosa, mi venganza sería incompleta. 

Repentinamente, los ojos azulados de Lidia se abren de par en par.

Todo mi cuerpo tiembla de rabia y el cuchillo me agota las manos.

La voy a matar, a Lidia, y por fin ella también lo sabe

Silvia Zanetto

La mujer-niña verde


Era un día cualquiera, sin sol ni lluvia. La mujer estaba terminando de limpiar la casa, como todos los viernes, antes de irse al supermercado. Solo le faltaba abrillantar el magnífico espejo ovalado con marco de oro que estaba en la pared del salón, frente a la puerta de entrada. Lo roció con el limpiacristales y cogió un trapo para limpiarlo perfectamente. Detrás de las gotas de limpiador, vislumbró su rostro blanquecino y grisáceo y su mirada que huía de sí misma, unos ojos perdidos que se hundían en las ojeras. Decidió centrarse en las pequeñas manchas del cristal, las eliminó completamente, y observó satisfecha el espejo. Habría sido perfecto, si su imagen no hubiera estado allí.
De repente, algo pasó. Detrás de su reflejo ya no estaba la de la puerta de entrada, ni la del salón, sino la de algo vivo, algo verdoso. Se dio la vuelta: el salón estaba como siempre, el suelo lúcido, sin una mota de polvo. Volvió a mirar el espejo y percibió la húmeda presencia de los árboles, que se cernían sobre ella con una pasión desinteresada. Una vida silenciosa de clorofila que traía consigo recuerdos de una infancia verde e inocente, una niñez jugando al escondite entre los arbustos, corriendo por el césped hasta alcanzar el bosque. Se giró de nuevo. La mesa estaba perfectamente limpia, las sillas puestas en orden meticuloso, las cortinas recién lavadas y planchadas. Volvió a mirarse al espejo y vio sus ojos color esmeralda de niña sin ojeras, sus manitas de madera clara, su pelo de hierba verde. El amoroso tronco de un roble la abrazó con delicadeza, y su piel se hizo verde, su corazón se convirtió en un melocotón, sus dientes en minúsculas almendras. “Señor Árbol” murmuró la mujer-niña verde, “Lléveme de aquí”.


Silvia Zanetto

Prímulas


Sé que te gustan las prímulas, así que mañana cuando te vaya a ver te las llevaré:

una de color violeta, mi favorito, para que tus sueños de volver a casa te puedan ilusionar y para que el calor del rojo y el frío del azul se puedan abrazar en una fusión de emociones, y te dejen olvidar que nosotras no, no podemos abrazarnos ya.

Otra de color rosa, como las paredes de mi habitación de niña y el helado de fresa que tanto me gustaba, para que el inocente blanco le quite un poco de violencia al rojo, el sentido de culpa que siempre me golpea cuando te veo aquí, con los ojos perdidos entre un pasado borrado y un futuro engañoso. 

La última prímula será roja como la sangre que nos iguala a las madres y a las hijas, la sangre que me sorprendió aquel día en el que tú no estabas, y luego por un tiempo nos hizo mujeres a las dos; te la daré para que puedas atisbar la pasión por la vida que desde hace tiempo te ha abandonado.

Así que te llevaré las prímulas, te encontraré en la sala de visitas, con la mascarilla puesta, mientras la enfermera controlará que no nos acerquemos y no nos toquemos las manos.  Tú intentarás devolverme las flores, como siempre, al principio, luego las aceptarás y, cuando la enfermera te acompañe a tu habitación en la sección de Alzheimer, las pondrá en el umbral de tu puerta: una prímula violeta, una rosa y una roja.


Silvia Zanetto

Historia de un amor

Es la historia de un amor
Como no hay otro igual
Que me hizo comprender
Todo el bien, todo el mal
Que le dio luz a mi vida
Apagándola después
Ay que vida tan obscura
Sin tu amor no viviré

Aprendimos un montón de canciones españolas durante aquel curso del profesor Antonio Blanco Tejero, en nuestro antiguo Instituto Cervantes de Milán. El de la Avenida Dante, por supuesto. Después de lograr el 2012 el diploma DELE B2, conquistado gracias a mi tenaz voluntad de autodidacta, quise absolutamente participar en un curso y, como la música siempre me ha gustado, el título “Canta con nosotros” me inspiró. Fue entonces cuando me enamoré del Instituto Cervantes, que en unos pocos años se convertiría en mi “segunda casa”. Por eso ahora me pongo triste cuando, caminando por la avenida Dante, paso por delante del edificio en reestructuración donde, en vez de profesores y estudiantes de español, se ven obreros y albañiles, y la bandera de España roja y amarilla ya no está. 

Existen muchos géneros de amor, y encariñarse con un precioso lugar y con las personas que a poco a poco encuentras allí es uno. Quizás por eso esa canción me encantó. Cada miércoles, después de clase, me iba corriendo a la parada del autobús cantando alegremente las nuevas melodías que acababa de aprender: boleros, sevillanas, villancicos… Canciones tradicionales, o con palabras nuevas que creábamos nosotros: la Marimorena, la Llorona, Guantanamera… Pero sobre todo me gustaba cantar “Historia de un amor”, porque estos años en el Instituto Cervantes fueron para mí el inicio de una nueva vida hecha de amistades y de cultura, de tapas y de aprendizaje, de música, de tertulias y de escritura. Logré pasar el DELE C1 y dejé atrás un trabajo que no era lo mío, y todo esto “le dio luz a mi vida”, pero “apagándola después”.

Así que hoy, pasando otra vez por delante de nuestro antiguo Cervantes, además de ver a los obreros, atisbo la cara sonriente de una amiga querida que se fue para siempre hace unas semanas, la de un amigo que nunca volverá a Milán, y la de otros que perdimos de vista pero que siguen viviendo su vida en otro lugar… Pero en diez minutos alcanzaré el bar donde los amigos del Tapañol nos encontraremos, ¡por fin en persona! Al principio me quedaré con la mascarilla puesta, luego me sentiré ridícula por ser la única y me la quitaré. Y hablaremos de sueños que se convierten en proyectos y de proyectos que se convierten en realidad. Porque eso es vida. Y también es amor.

Silvia Zanetto

Asteriscos

Como todos los clásicos que tenía en casa, el ejemplar de la novela “Guerra y Paz” en mi estantería formaba parte de la herencia libresca de mi padre. Estaban “Los dolores del joven Werther” en una edición de 1957 de la Biblioteca internacional Rizzoli, “Hamlet” de Shakespeare en un libro de 120 liras, los cuentos de Poe, 130 liras, en un ejemplar de 1960, y muchos otros que leería años después. 

El oficial con uniforme blanco y rojo retratado por Kiprenskij en la cubierta de “Guerra y Paz”, edición Sansoni de 1965, me miraba siempre desde la estantería. Parecía decirme: “Léeme. Solo tengo 644 páginas, y tu padre hace tiempo gastó 450 liras para comprarme…”

Yo tenía más o menos 17 años, y enfundarme en un libro así me parecía una empresa desmesurada. Pero, a fin de cuentas, 644 páginas se podían leer. Bajo el título había un asterisco, pero ni me planteé el por qué. Me encantó la historia de la joven Natasha, me costó aguantar las descripciones saturadas de los detalles de las fiestas, me fascinó el personaje de Pierre, me molestaron los episodios crueles de guerra. 

Y llegué hasta el final. Al menos, eso era lo que creía yo. Leyendo las últimas páginas, me parecía un final muy raro: todos los episodios estaban abiertos, no había conclusión. Volví al principio y descubrí el sentido del asterisco: “libro primero”. Así que en el segundo habría dos asteriscos, y en el tercero tres. Claro, en 1965 acababa de nacer mi hermana, y con dos niñas pequeñas en casa no tenía que ser fácil para mi pobre papá concentrarse en la lectura de tres volúmenes de 644 páginas cada uno. Evidentemente, nunca había comprado los que tenían dos y tres asteriscos. Nunca leyó completamente “Guerra y Paz”. 

Yo tampoco.

Silvia Zanetto

Hechizo

Me despierta la primera luz que se desliza entre las grietas de las persianas. En el silencio atónito de la mañana, contemplo con suspendido encanto la armonía del cuerpo de Simón abandonado en el sueño: por fin despojado de defensas, aparece inerme, casi frágil, maravilloso entre las sábanas sueltas.

Me pregunto qué milagro inmerecido me ha ofrecido la suerte y sigo volando en la regularidad de su respiración, me hago mirada y silencio, por temor a que hasta un imperceptible movimiento pueda agrietar el sortilegio y hacerlo desaparecer…

Desde niña he amado los cuentos de hadas al revés: he sido amiga del lobo, de la bruja infeliz, de la hermanastra fea y soltera. Siempre he considerado insípidos los finales “vivieron felices y comieron perdices”: parece que quieren entrañar la quintaesencia del éxtasis. En realidad, es una frase que presupone el tedio de la nada, reiterado al infinito: cuando el círculo se recompone y parece que nada puede rayar la perfección de la felicidad conquistada, el hechizo ya se ha roto y la princesa se ha despertado para siempre, con los ojos bien abiertos.

Así que Simón no será mi Príncipe Azul, no me dará un beso casto y prosaico para romper un hechizo. Será mi Caballero Negro, el mago de la capa oscura y del beso que embruja: el que crea el encanto, y no el que lo quiebra.

Silvia Zanetto

Lluvia

No sé… a lo mejor me he abrigado demasiado. Es lo que pasa en estos cambios de estación: una siempre se equivoca. Podría quitarme la bufanda, eso sí. No es de lana, es de seda, pero aun así me asfixia.

Llueve. Llueve a cántaros.

Los limpiaparabrisas se agitan en una danza monótona, chirrían adelante y atrás, adelante y atrás.

No veo casi nada.

Sigo teniendo calor, así que intento desabrocharme la chaqueta con la mano izquierda, mientras con la derecha me aferro al volante.

De repente, el vehículo de adelante da un frenazo, lo mismo hago yo. 

Hay un atasco, llueve y no se ve casi nada. Voy a llegar tarde.

No he tenido un accidente, por suerte, pero ahora me viene un sofoco, el sudor me empapa el pelo y el cuello. Me he abrigado demasiado.

Hay un atasco. Estamos todos parados en la autovía bajo la lluvia y yo no consigo quitarme la chaqueta.

Y voy a llegar tarde.

No se ve casi nada. Llueve a cántaros.

Silvia Zanetto

Ciento dos

La muy estimada profesora Priscilla Puricelli, enseñante de matemáticas en la escuela Torricelli, en Biancavilla, provincia de Vercelli, tenía 102 años. La eximia docente trabajaba en el instituto desde hacía más o menos 80 años, pero nadie sabía decirlo con precisión, porque todos sus colegas, incluso los jubilados, juraban que ella siempre había estado allí. 

Existía también una leyenda: decían que la joven Priscilla Puricelli, recién licenciada con 111 y doble matrícula de honor, una mañana se había puesto allí en el centro de Biancavilla, sentada en la cátedra con el registro en las manos y, como por arte de magia, el edificio escolar se había creado por sí mismo, surgido de la nada, nacido únicamente de su desmesurado afán de compartir las joyas de las matemáticas con los jóvenes cerebros de sus pupilos.

Durante los 80 años de su honorable carrera, la estimada profesora Puricelli había pasado a través de todas las reformas escolares de todos los gobiernos, pero la monarquía, las dictaduras y la democracia no habían mellado sus regulares costumbres cotidianas.

Claro, lo que más echaba de menos era la embriagadora sensación de poder que experimentaba cuando infligía penas corporales, que en los primeros años de su fantástica carrera no solo eran permitidas sino también recomendadas. En realidad, la estimada docente Puricelli no se avergonzaba cuando admitía que le encantaba golpear a los estudiantes con el palillo: el sutil placer que le provocaba mirar a través de sus gafas situadas en la punta de la nariz la cara pálida del niño que tendía titubeante la mano para ser golpeado… ¡era una sensación inigualable! 

Así que, cuando los tiempos cambiaron y eso se volvió ilegal, Priscilla había implorado al jefe de estudios para que le permitiera, al menos, poner a los estudiantes de rodillas sobre granos de maíz bajo la pizarra…

Cuando cumplió los sesenta, decidió naturalmente no jubilarse.

Cuando cumplió los setenta, la ilustre docente fue llamada por Nello Caramelli, proveedor de Vercelli, que la alabó por su honorable carrera, pero aprovechó para sugerirle con extrema delicadeza que podría ser buena idea ponerse a reposo. La profesora Puricelli contestó otra vez que no.

Cuando cumplió los 80, el nuevo proveedor Donato Imbranato (Nello Caramelli ya se había jubilado) intentó convencerla otra vez, sin éxito. Así que fue él el que se jubiló y Priscilla siguió con su honorable carrera.

La muy estimada profesora Priscilla Puricelli, enseñante de matemáticas en la escuela Torricelli, en Biancavilla en la provincia de Vercelli, se fue de repente a la tierna edad de 102, mientras estaba explicando a sus alumnos el teorema de Pitágoras. No se cayó al suelo, sino que se bloqueó contra la pizarra, con la tiza en la mano, apoyando la cabeza sobre el ángulo recto del triángulo. 

Cuando la pusieron en la caja, el jefe de estudios propuso que le dejaran la tiza en la mano y también el registro, con gran felicidad de los alumnos que tenían todos malas notas en matemáticas…

A la mañana siguiente, una joven delgada con las gafas gruesas, un viejo traje pasado de moda y el pelo recogido se presentó delante del jefe de estudios: -Soy Ludmilla Puricelli, la nueva profesora de matemáticas.

Silvia Zanetto

La clienta

Brigitte, la dependienta jefa, me abre la puerta para que pueda pasar con mi voluminoso paquete. Me enseña una amable media sonrisa: soy una clienta habitual y hoy también le he dado la oportunidad a Pierre, mi adinerado marido, de demostrarme su generoso amor con unos cuantos regalos. El paquete que tiene Brigitte en las manos también es mío, una faja que necesitaba absolutamente para que hiciera juego con el vestido nuevo. 

Por supuesto, él me espera afuera: se fía de mí, de mis gustos tan refinados en elegir vestidos distinguidos que nos permitirán -a él más que a mí, claro- dar buena impresión a los invitados de la cena de esta noche. Pierre nunca entra en la tienda: son cosas de mujeres y le aburren desmesuradamente. Y el dinero, seamos sinceros, no es un problema para él, puedo gastar todo lo que quiera, con tal de que él pueda enseñarles a todos una esposa admirable y elegante: la mujer de un importante hombre de negocios.

La luz de la tarde se desliza levemente por el suelo lúcido de madera de la tienda, acaricia cálida los tapices bordeados de color naranja. Antes de recoger el último paquete de las manos de Brigitte, se me cae la mirada sobre una cinta hundida en el suelo, que parece un  corazoncito. “¡Qué mono!” pienso riendo, “Es el símbolo del amor tan profundo que Pierre siente por mí”.

Pierre está al otro lado del escaparate, mirando hacia el interior con una mirada pícara y una sonrisa vagamente estúpida. No me mira a mí, tampoco a la ropa: está observando a Yvonne, la dependienta más joven: contempla la forma de sus pechos que sobresalen al poner la ropa en una estantería más alta, sus ojos azules, su sonrisa de complacimiento: ya se sabe, las mujeres trabajadoras no son mujeres de bien, y me imagino que, después de la cena elegante con los hombres de negocios, Pierre pasará la noche con ella, en lugar de conmigo.

Brigitte me entrega el paquete. -¡Hasta pronto señora!

-¡Hasta mañana!- le contesto. Ya me he fijado en un bonito vestido azul, bordado y con encaje, que me encantaría comprarme.

Silvia Zanetto

Un oxímoron viviente

¿Te acuerdas, mamá, de cuando dejé a Marcos?

Fueron mis sollozos violentos los que te sacudieron el sueño en el medio de la noche.

Me encontraste enrocada en el rincón del sofá, las rodillas contra el pecho, el cuerpo acurrucado y percutido por los espasmos. Me secaba frenéticamente los ojos con los kleenex y los tiraba con rabia al suelo, como proyectiles lanzados desde las murallas de una fortaleza.

Intentaste abrazarme, pero la rigidez de mi cuerpo te encerraba fuera de mi sufrimiento.

El dolor que te estaba aportando a ti, a Marcos y a mí misma me parecía ineluctable, mi crueldad fatal y sin remedio.

Tú no le hiciste caso a mis frases inconexas que apenas conseguías entender entre los sollozos. Considerabas tu deber de madre soportar mis despropósitos y mis lloriqueos, por eso no reconociste las últimas gotas de verdad que dejé chorrear entre nosotras: “No soy capaz de amar, mamá, a mi alma le falta una pieza…” 

Mi sufrimiento te llenó el corazón de espejismos y les dijiste a todos que Marcos y yo volveríamos a estar juntos, porque yo todavía le quería… Pero yo nunca le había querido, mamá, porque no era capaz.

Aquella noche no lloré por Marcos.

Lloré por mi incapacidad para amar, por el trozo de hielo que me dolía, clavado en el pecho, que yo hubiera querido arrancar con mis mismas manos en una laceración abrasada y perfecta. Sufría por mi incapacidad para sufrir, por el desasosiego que tendría que infligirme el dolor provocado a un hombre que tenía como única culpa la de quererme, por el remordimiento que no sabía sentir.

Marcos me amaba con la transparente honestidad de las personas simples. Había aceptado mis incongruencias y mis cambios repentinos de humor con una indulgencia que había acabado por irritarme. Lo atormenté con mis caprichos para que me dejara él, exasperado por el desamor con el que le había pagado, pero él no lo hizo.

Así que al final lo dejé yo, porque ya no soportaba su afecto incondicionado y sin riesgos, la perspectiva de un amor en pijama, la trampa de la solución fácil que había encarcelado a tantas mujeres de tu generación.

No espero que me entiendas, mamá: lo sé que no soy un tipo fácil. 

Silvia Zanetto

Cuento rápido (y lento)

Son las siete y cuarto. Levántate.

Es verdad que tienes todo el tiempo del mundo para prepararte, tu autobús no va a partir hasta las ocho y cuarenta. La mochila con los libros la preparaste anoche, el desayuno está prácticamente listo, la ropa que tienes que ponerte está allí, sobre la silla.

Pero la gata maúlla con insistencia, sube a la cama y empieza a mordisquearte las muñecas.

Levántate. Así no tendrás que hacerlo todo de prisa. 

Vas a la cocina, enciendes un fogón, le pones encima una olla llena de agua para el té. 

La gata sigue maullando, sube a la mesa, pasea sobre el fogón encendido, poniendo en peligro la incolumidad de su preciosa cola. Abres una lata de comida y le pones un poco en su cuenco. 

Son las siete y veinte.

Vas al cuarto de baño, vuelves, viertes el agua en la tetera, la gata ha terminado de comer y pide más. Son las siete y veinticinco.

Pones otra olla sobre los fogones, tienes que prepararte algo de comida, un poco de arroz para cuando vuelvas a casa, no puedes empezar a cocinar a tu vuelta, a las dos menos cuarto.

Vuelves al cuarto de baño para asearte, regresas a la cocina, echas una ojeada a la olla del arroz y te sientas para desayunar. Comes tranquila, no es tarde. Pones un poco de sal al arroz, un poco de aliño. Son la siete y cuarenta y cinco, todavía puedes vaciar el lavavajillas. Mientras, sigues controlando al arroz para que no se queme.

Son las siete y cincuenta.

La gata va pidiendo otra comida y le das todavía un poco. El arroz sigue un poco crudo.

Son las ocho menos cinco.

Ya no es tan temprano. Lavas de prisa las tazas del desayuno, son las ocho y todavía tienes que vestirte y maquillarte. Debes salir de casa como máximo a las ocho y veinte, si no quieres perder el autobús. Tus prendas están allí sobre la silla, donde las pusiste ayer, pero las medias son negras y no hacen juego con el vestido azul. Buscas otras en el cajón, las encuentras, son perfectas, te vistes y son las ocho y cinco; todavía estás sin maquillar. Ahora es tarde y lo haces de prisa: te das un poco de color y un poco de carmín, te miras rápidamente al espejo y te das cuenta de que tu pelo, aun recién lavado, te hace parecer a un erizo. Te peinas con vehemencia, pero sirve de poco: tendrás que mojarte al menos el flequillo y arreglarlo con el secador.

Es muy tarde: son las ocho y cuarto, pero ahora estás lista. Te pones los zapatos y el abrigo y buscas las llaves de casa: en la cerradura de la puerta no están. Deben de estar en la mochila que preparaste anoche, bajo los libros, los cuadernos y todo lo imaginable. La gata te ronda maullando, le das toda la lata de la comida con la mano derecha, mientras con la izquierda por fin encuentras las llaves. De repente te acuerdas de la olla del arroz y corres a la cocina: se ha quemado un poco, pero no tanto, en cualquier caso es solo para ti y tú sabes conformarte.

Sales de casa. El espejo del ascensor refleja la imagen de una mujer recién escapada del manicomio, pero bien peinada y con las medias a juego. Lo lograste: son las ocho y veinte y estás fuera de casa.

Hurgando en el bolso buscas la cartera: ya no hay billetes para el autobús, así que tendrás que comprarlos. Mejor ir a la parada del autobús en coche.

A las ocho y veinticinco alcanzas la carretera. Todavía estás a tiempo, no es tarde. A la vuelta de la esquina te encuentras con una cola larguísima. Te dan ganas de sonar la bocina, pero intentas tranquilizarte: es tarde, pero todavía estás a tiempo. A las ocho y treinta sales del atasco y llegas a la parada del autobús a las ocho y treinta dos. Buscas un aparcamiento, pero todos parecen ocupados. Mucho más allá hay uno libre, aparcas el coche y son las ocho y treinta cinco. 

Corres hasta la parada, entras en el bar para comprar el billete y allí también te encuentras con una cola. Una señora te mira con un poco de pena y te pregunta si quieres pasar. Le contestas con un “sí gracias” jadeante, compras el billete y sales del bar, justo a tiempo para tomar el autobús.

No hay mucha gente hoy, así que puedes escoger libremente el asiento, lejos de las personas que charlan en voz alta, cerca de la ventanilla, no demasiado adelante ni demasiado atrás. Eliges el asiento al lado de una señora de mediana edad que está tranquilamente leyendo su libro. Te quitas los guantes, el sombrero, la bufanda e incluso el abrigo, porque normalmente hace calor en el autobús, y los pones en un asiento libre. Luego, buscas las gafas de cerca y el libro de Maggie O’ Farrel “Hamnet”, que casi has terminado: solo te faltan veinte páginas. El libro es en italiano, por supuesto: tu nivel de inglés no es bastante alto para leer el original.

Miras afuera de la ventanilla, relajada, y das un suspiro de alivio. Ahora tienes un montón de tiempo para terminar el libro: el autobús te llevará a Milán a eso de las nueve y media así que, cuando llegues, podrás disfrutar del paseo, porque la clase de literatura no va a empezar hasta las diez. Podrás mirar los escaparates, alargar tu recorrido hasta el Duomo, o gozar del final del verano en el parque Sempione… En fin, ¡tienes todo el tiempo del mundo!

Silvia Zanetto

Abre tu puerta cerrada

PABLO PICASSO (1881-1973) La ronde

Desde el patio rodeado de árboles ya se oye la música: 

Abre tu puerta cerrada”… (1)

Escucho la risa cristalina de Isabel antes de verla bailando en círculo, con la mascarilla puesta o quizás colgando de la oreja. 

Que en tu mano está la llave…”  

Nosotros todavía no podemos tomarnos de las manos, por eso se eligieron danzas en círculo en las que se baila sueltos. Pero María y yo, guiñando el ojo, nos saludamos sonrientes con un golpecito de codo, Alberto lanza hacia los amigos que llegan gestos alegres, las miradas de los danzadores resplandecen de vida que vuelve. 

Corro hacia el círculo y empiezo a bailar yo también.

El amor a ti te vela…” 

Fue aquí que la sonrisa de Alejandra enamoró a Sergio: solo estaba feliz cuando bailaba y por eso su vida se convirtió en una danza. 

Partemos rosa, partemos de aquí” 

Tomamos el ritmo, los cuerpos dan vueltas armónicamente sincronizadas, los movimientos de los brazos se funden en el mismo compás, que hincha las faldas largas de colores de Ana y de Rebeca. 

Yo demandi por la tu hermozura

como te la dio el Dió” 

De repente la felicidad me inunda: de verdad me encuentro aquí en el patio y no en el salón de mi casa, y Carlos, Victoria, Laura ya no son imágenes electrónicas en el ordenador sino cuerpos vivos en un círculo, que la música empuja a bailar. 

la hermozura tuya escura

la merezco sólo yo.

En fin, creo que nosotros también merecemos esta hermosura.

(1) Canción sefardí del siglo XV, sobre la que se ha creado la coreografía de una danza en círculo

Silvia Zanetto

Claudio y Claude

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

Sacaban fotos.

No salían de casa, pero sacaban fotos, como si quisieran concretar en imágenes unos átomos del tiempo cristalizado en el que ya no vivían.

Copias electrónicas se difundían a través de las redes sociales, de los mensajes que explotaban en los móviles. Les sacaban fotos a los perros, a los gatos, a los niños en los columpios, a los platos que se habían lanzado a cocinar con recetas nuevas, a sus bicicletas estáticas en los cuartos, a las pantallas de los ordenadores donde se encontraban “rectangulados” con sus amigos convertidos en ectoplasmas, a las páginas amarillentas de viejos libros. Y las compartían, hasta saturar la red.

Claudio sólo le sacaba fotos a las flores. 

No tenía un vergel privado, pero en los alféizares de sus ventanas estallaban los matices de color de decenas de orquídeas: un desafío vital y desmesurado a las tristezas de los telediarios y a la angustia del “homo homini virus”. El balcón era su “puente japonés” sobre el jardín de la comunidad, desde el que él hacía volar su espíritu por las ramas de los cedros atlánticos, hasta olfatear las magnolias y jugar con las tórtolas y los mirlos que nidificaban entre el verde tierno de aquella primavera tan extraña.

No hacía falta ir tan lejos para dar con la belleza, pensaba. Bastaba con saberla reconocer. Hasta un gran artista como Monet, en los últimos años de su vida, había elegido como única fuente de inspiración su jardín acuático en Giverny, al que se dedicaba con una pasión paternal. Incluso decía que su más bella obra maestra era su jardín.  El esplendor de sus ninfeas blancas y rosadas, frágiles y perfectas, los reflejos infinitos de los azules del estanque, las hojas planas de esmeralda, las ramas verdosas de los sauces habían sido suficientes para inspirar la creación de 250 obras de arte, cada una con su magia particular.

Hoy, después de más de un año de confinamiento, vuelven a abrir los museos y por primera vez Claudio se atreve a visitar una exposición. Le tiembla la respiración, sus manos sudan, pero sus ojos vuelven a vivir, aun sobre la mascarilla. Por fin, el cuadro está aquí, delante de sus ojos, magnifico, llenándole el alma de una paz infinita: Ninfeas azules de Monet.

Silvia Zanetto

Por eso, ahora me voy

“Mi madre, por supuesto, no estará de acuerdo” pienso, mientras pongo lo esencial en una maleta.

Nunca lo estuvo: desde el principio él no le cayó bien. No esperaba que se hicieran amigos: eso habría sido pedir demasiado, pero al menos confiaba en que lo tratara con respeto.

Pero a ella nunca le gustó y sigue sin gustarle.

A mí, en cambio, me enamoró enseguida.

Ni siquiera me fijé en el color gris de su pelo y de su barba. Me deslumbró la luz oscura que vi brillar en sus ojos mientras hablaba de su viaje a África. Me encantaron las palabras verdes y azules de ríos y valles lejanos, que su voz me acercaba y hacía reales.

Me sedujo su mirada, en la que atisbé en un solo instante toda una vida que yo ni siquiera había imaginado, y que entera estaba allí, en su primera sonrisa.

Todo en él prometía una existencia diferente: su sombrero de viajero, que no se quitaba ni en casa, su camisa arrugada que siempre parecía recién sacada de una maleta mal hecha, los gestos anchos de sus manos que me llevarían de mi sosa vida hasta un mundo desconocido…

Creo que fue un flechazo. Ni siquiera tuve el tiempo de olvidarme de los chicos que había frecuentado antes, no hizo falta: ya no existían estos amorcitos pachuchos. Si me hubiera parado a pensarlo, me habría dado cuenta de que a ellos les había entregado sólo la cáscara de mí misma.  Pero ahora toda mi anodina vida anterior ya no existía.

Al principio, creo que él se enamoró de mi amor, del halago que le producía verme tan hechizada, de las tardes delante al fuego, de los paseos por la orilla del río, siempre escuchándole. 

Pero una tarde me tomó la cara entre sus manos, fuertes y cálidas, y me dijo -Ahora, habla tú. 

Y eso fue el amor.

—Pero ¡Gabriela! ¡Si es más viejo que tu padre!  —me regañó mi madre. — ¿Qué pretendes hacer de tu vida?  ¿Hacer de enfermera?  ¿Quedarte viuda pronto? ¡Con lo joven y guapa que eres! ¡Con la de pretendientes que tienes, y tu vas a salir con ese… ese anciano! -me escupió en la cara.

Por eso, ahora me voy.

Todo lo más, mi madre se enfadará conmigo, con él, con el mundo… en fin, ¿qué más da?  Nuestras discusiones son añejas. Por nada que le diga, siempre se irrita: por una vez, tendrá una buena razón para enojarse.

Me voy sin despedirme, llevándome solo unas pocas cosas en mi maleta pequeña.

Grandes serán los paisajes de viento y de sol que atravesaremos juntos; largos serán los días cabalgando en la sabana, mirando el horizonte; lentas serán las tardes, sentados en el porche, esperando la puesta del sol detrás de las acacias…

Hasta que nos parezca tarde. 

Silvia Zanetto

Fragmentos (2)

Primera parte https://wp.me/pcDIqM-rc

A veces una inquietud irreprimible se apoderaba de ella. El aburrimiento la invadía hasta el punto que deseaba chillar, y cada cosa le parecía la enésima copia de lo ya vivido y experimentado. Entonces salía, buscaba a una amiga, compraba. Sobre todo, cosas inútiles. Y por la tarde se enfundaba en uno de sus nuevos vestidos para acoger a Jorge, que siempre le sabía demostrar su aprecio. 

Elisa se había considerado una mujer feliz, afortunada, un tiempo. Pero ahora, sentada en el suelo con cortes en las manos y buscando una excusa para justificar el parqué dañado, se preguntó si acaso su  deseo más profundo en los últimos años  no hubiera sido eso: quebrantar un jarrón en mil piezas, o hacer cualquier ademán inconsulto e injustificable ante los ojos de Jorge. La luz negra de aquella carta la había empujado a descubrir una tercera dimensión en su vida llana como un dibujo en un libro de cuentos de hadas, revelando su dejo amargo. Como si el hechizo se hubiera roto, liberando la serpiente.

Recogió los últimos fragmentos del jarrón. Hubiera podido cubrir el daño del parqué desplazando un poco la alfombra. Hubiera podido poner otro jarrón en la mesa, o contarle a Jorge que se había roto por accidente. Hubiera podido quemar los últimos trozos de la carta y él no se habría dado cuenta de nada.

Hubiera podido.

Imaginó a Jorge volviendo a casa y abrazándola con ternura, o a lo mejor un poco de prisa, aflojando el nudo de la corbata. La imagen se concretizó tan real en su mente que le pareció sentir en sus labios el sabor del beso con el que la rozaría apenas.  Lo vio quitarse la chaqueta, ponerla en el armario, ir al cuarto de baño y volver exactamente después de siete minutos, dirigirse al despacho para controlar la correspondencia, tardando desde ocho hasta once minutos, según el número de los sobres. Pero esta vez no. Esta tarde regresaría casi de inmediato, con los fragmentos de la carta en sus manos, pálido, incapaz de hablar, con una mirada en la que acusación y remordimiento se mezclarían. O a lo mejor se quedaría en el despacho, incapaz de enfrentarse a ella. O le preguntaría: “¿Por qué la has abierto, Elisa?” y “¿Por qué la has roto?” Pero ella no lo sabía…  Quizás por curiosidad. O quizás porque no tenía absolutamente nada que hacer.

Lo normal hubiera sido estar enojada con él, sentirse engañada, pretender una explicación. En cambio, no: se sentía consternada, sofocada por los remordimientos: fragmentos de cristal y de papel para esconder, fragmentos para desvelar, dejar atisbar, encomendar al azar.

“¿Por qué la has roto, Elisa?” resonó otra vez la voz de Jorge en su congoja. “Porque no quería que fuera verdad” imaginó contestarle.

Pero, a lo mejor, él se preocuparía tanto por el parqué destrozado que no se enteraría de los fragmentos de la carta, se creería sus excusas y la carta desaparecería, tragada en la nada. Hasta que el cartero trajera otra.

Entonces, se imaginó a Jorge sentado muy ordenado en su silla, los ojos grises hechos de hielo, las manos nudosas jugueteando con las gafas, la mirada enclavada en un punto preciso de la mesa.

“Tendría que haberte hablado antes de eso” le diría.

“Sí” contestaría simplemente ella.

O a lo mejor, no pasaría nada de todo eso.

Silvia Zanetto

Fragmentos (1)

Y de repente se enteró de que el destino se había hartado de ser generoso con ella. Entendió que aquel molinete incesante de días felices bajo un cielo despejado, turbado solo por leves escaramuzas o malhumores pasajeros, de repente terminaría, dejando que fuera el viento de los recuerdos el que barrería su casa y su mente. 

No fue una idea de las que se insinúan sutilmente bajo las demás y poco a poco tiñen cada cosa de un color diferente. Fue fulminante, cuando le precipitó entre las manos aquella carta, que por supuesto no era para ella.

No titubeó ni un instante: rasgó la hoja, recogió los fragmentos y los llevó a la cocina para quemarlos.  Unos trozos de papel se quedaron en el escritorio, uno en el suelo. Levantó una ceja, un poco contrariada. No volvió a recogerlos: ya todo estaba en manos del azar, merecía la pena dejarlo hacer.

Un leve olor a quemado había invadido su cocina inmaculada: abrió la ventana, luego volvió a la sala de estar.

De repente la perfección absoluta de su casa la golpeó como un silbido agudo y disonante: agarró el jarrón de cristal de la mesa del salón y lo arrojó al suelo en un fragoroso resplandor de fragmentos. Por un fugaz, loco instante se sintió feliz, ebria de su propia locura. Luego, las lagrimas empezaron a desprenderse, mientras se cortaba las manos recogiendo fragmentos de cristal del parqué destrozado sin remedio. 

Elisa se podía definir una mujer mimada, hasta caprichosa. Estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta, pero la vida todavía no había rasguñado su piel de porcelana dorada, ni mucho menos sus indudables certezas, en primer lugar, la de haber nacido para ser adorada.

O quizás, eso era lo que le había dejado creer Jorge. 

Ella se había adaptado con gusto: era agradable, pero sobre todo fácil abandonarse, dejarse ir, librándose un poco a la vez de todas las responsabilidades. Como cuando él le propuso que dejara su trabajo: aquella vez, Elisa sintió serpentear algo como una huella de nostalgia, pero era tan sutil que no tuvo dificultad en desatenderla. Pensándolo bien, ahora le parecía que no había sido nostalgia, sino arrepentimiento. Entonces se había decidido por un tiempo parcial, pero después de algunos meses había pedido la dimisión y se la había ofrecido a Jorge adornada con lazos.

Con la misma amable despreocupación, había aceptado una ayuda para las tareas domésticas, y luego otra para planchar, mientras que llenaba la inutilidad de sus días yendo al gimnasio o recibiendo masajes relajantes en el centro estético. 

Sonriente y sosegada, cada tarde le abría la puerta a Jorge lista para ser exactamente lo que él se esperaba de ella, mientras que aquella serpiente -que fuera nostalgia o remordimiento u otra cosa – se movía desasosegada y cada vez más camuflada.

…continuará https://wp.me/pcDIqM-th

Silvia Zanetto

El Río de los Sueños Turquesas

Ulises era un pececillo que vivía con su madre Burbujazul y su padre Rojobubul en el Río de los sueños Turquesas. Era el menor de ocho hermanos: los demás eran de un único color, él en cambio tenía todos los colores del arco iris. Era un pececillo muy vivaz e incluso bastante desobediente. El Río de los sueños Turquesas estaba rodeado de altos chopos verdes y perfumadas acacias florecidas, y el agua corría siempre en la misma dirección, hacia… ¿hacia dónde? Ulises quería descubrirlo, pero mamá Burbujazul y papá Rojobubul siempre repetían: — Niños, tenéis que quedaros cerca de nosotros, porque el río es grande y esconde muchos peligros. Sobre todo, no os acerquéis nunca a la desembocadura del río. ¡Nunca!

— Nunca, nunca, nunca… —repetían Blanquillo, Amarillo, Verdillo y los demás hermanitos, pero Ulises pececillo multicolor no decía nada. Así que un día decidió dejarse ir por la corriente para ver lo que pasaría. 

Bajo los chopos, vio dos humanos que tenían en sus manos un palo con un cable. — ¿Qué será esa cosa? — se preguntó Ulises, y se acercó para ver mejor.

— ¡Huye, huye!— le gritó un anciano pez gris con gafas, un poco gordo.— Son pescadores, te van a capturar! 

Ulises atisbó un pobre pez clavado a la caña de pescar que se contorsionaba con una mirada de muerte en los ojos, y huyó a toda velocidad. 

— ¡Vuelve a tu casa! ¡Rápido! — le aconsejó el pez con gafas, pero Ulises pececillo multicolor decidió seguir adelante.   

De repente, el agua del río perdió su color azul transparente y se volvió de un marrón amarillento desconocido, con un sabor asqueroso y un hedor insoportable. Ulises empezó a toser.

—¡Aléjate, niño! ¡Es peligroso! 

Era otra vez el pez gris con gafas, que lo observaba desde lejos. —Es un desagüe industrial —le explicó. — Si te quedas allí, ¡te vas a morir envenenado!

Ulises atisbó unos peces flotando en la superficie del río y huyó cuanto más rápido podía. 

— ¡Vuelve a tu casa! ¡Rápido! — le aconsejó el pez con gafas, pero Ulises pececillo multicolor decidió seguir adelante. 

La corriente se hizo más fuerte y el paisaje iba cambiando: las orillas del río estaban cada vez más lejanas y se podía vislumbrar una cantidad desmesurada de agua azul celeste. 

— ¿Y eso que es? —se preguntó Ulises abriendo los ojos maravillados.

— ¡No te acerques, niño! Es el mar. No es para pececillos como tú, ¡es peligroso!

— ¿Otra vez tú? ¡Déjame en paz, por favor! ¡Quiero conocer el mundo! — se enfadó Ulises. Y decidió seguir adelante.

Y así Ulises pececillo multicolor se fue, siguiendo su camino y sus deseos. Descubrió dónde acababa el río, se enteró de lo que era el mar, y de muchas otras cosas.

Sus hermanitos, abriendo y cerrando las bocas, seguían repitiendo “Nunca, nunca, nunca” …

Silvia Zanetto

Susana

Chaste Suzanne Felix Vallotton 1922

Hay algo que me molesta en ellos. No es la edad, no: siempre he sentido respeto por las personas mayores. Tampoco la obesidad del hombre hundido en este sofá color rosa empalagoso. Y tampoco la actitud sumisa del otro, que se dirige a mí con el aire servil de un camarero. No, nada de eso.

Yo creo que son los rectángulos de luz que se reflejan sobre sus cabezas redondas y lustrosas como huevos de avestruz. Los reflejos también son rosados, encima de las cabezas rosadas como este sofá rosa. 

Detesto el rosa.

Por eso no me voy a quitar mi capa roja, ancha y gruesa: me voy a enfundar en ella hasta el cuello, y que esperen, estos cabrones. Mi mirada sutil y oblicua les va a contestar que no, antes de que cualquier pregunta impertinente se deslice de sus labios codiciosos, mi pelo largo y reluciente se va a quedar escondido bajo el sombrero gris, cuajado de falsas estrellas.

Que esperen hasta la mañana, hasta dentro de un año, hasta el fin del mundo. Que se callen, que no pidan nada. Mis ojos entornados los van a fulminar, si se atreven. 

Detesto el rosa.

Silvia Zanetto

El mundo es mío

El hedor me pica la nariz, mientras estoy mordiendo la manzana.

A pesar de que ya me las he lavado dos veces, mis manos siguen apestando a desinfectante. Quizás sea el del verdulero, o el del panadero. O, con toda probabilidad, es la mezcla de los dos antisépticos la que ha creado una fetidez incongruente e imborrable, destrozando el sabor azucarado de la manzana crujiente.

La luz oblicua del sol otoñal se ríe, a través de las ramas del cedro del Atlas del jardín que llego a tocar desde mi balcón, el cerúleo del cielo es del color de la libertad que poco a poco vamos perdiendo. Son casi las dos: la hora del telediario regional, el “castigo” como lo llamo yo, en el que como cada día darán la cuenta de los nuevos contagiados, de los nuevos ingresados en cuidados intensivos y de los muertos de hoy.  El sol me guiña el ojo otra vez: hoy no tengo compromisos por la tarde y ¿quién sabe si mañana será un día precioso como hoy? 

El aire es tibio cuando salgo de la puerta con mi bicicleta azul y me dirijo al parque.  Pedaleo cada vez más rápido, y el viento ligero me hace cosquillas en la cara, alcanza mi piel a pesar de la mascarilla. Me alejo hacia el color naranja dorado de los árboles, atisbo unos arces rojos, que presumen de su caleidoscopio de matices colorados, detrás de la tierra parda de los campos arados. El aire libre penetra en mis pulmones, me acaricia el pelo. Empiezo a canturrear “El mundo es mío”, la canción de Aladdin y Jasmine en la alfombra voladora, saludo a cada desconocido que encuentro: parejas de ancianos, personas solas con sus perros, algún que otro ciclista pedaleando en su bicicleta. Saco unas fotos de este mundo maravilloso de follaje anaranjado, se las envío a un par de amigas. Sonrío y me alejo todavía un poco, sorprendida por el verde todavía tan intenso de los céspedes. Ahora no hay nadie más, solo dos tórtolas que se buscan y persiguen volando entre las ramas. Puedo quitarme la mascarilla: el mundo es mío. 

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Silvia Zanetto