
Clarisa se despierta serena, con la tibieza de comienzos de verano bajo su cuerpo, la luz tenue que se filtra por sus párpados cerrados. Piensa en todas las cosas por las que hay que estar agradecidos: las sensaciones que la invaden (el peso caliente de sus bebés contra el pecho, el olor a grano seco, el rumor del viento en las rendijas), el hecho de que hay comida suficiente porque no pasa día sin que se oigan las pisadas de las botas de él trayendo lo necesario; los hijitos recién nacidos respiran acompasados, son la imagen de la felicidad, las vecinas del fondo hoy están silenciosas, quizás gozando como ella de este amanecer pacífico.
Pero, de pronto, los pequeños empiezan a agitarse. Ella sabe que es hora de conseguir el desayuno, de abrir los ojos y levantarse… justo cuando irrumpe el terrible despertador que es el cacareo de su vecina, que acaba de poner un huevo.
—Doña Facunda —piensa —, siempre tan puntual.
Se incorpora con cuidado, mira hacia la luz. El día, a pesar del ruido, sigue siendo hermoso. Y el huevo de la vecina está allí, grande y blanco, esperando.
Clarisa bosteza y musita: “Qué terrible es la eficiencia de las gallinas. Nunca fallan. Ni los domingos.” Y, sin embargo, al levantarse y ver el huevo tibio que la vecina ha dejado en el felpudo, no puede evitar sentir esa misma gratitud del principio: la vida, aunque cacaree, también alimenta. La alegría de vivir es también esto: desayunar gracias a la puntualidad ajena.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:





















