Cólera

Rosa estaba hojeando el álbum de foto familiar, encontró una foto de su hija Sara cuando tenía 15 años, era muy hermosa, ojos oscuros con pestañas largas, nariz pequeña, mejillas llenas con piel brillante, cuerpo tonificado de gimnasta; en ese tiempo asistía al bachillerato lingüístico y era una de las mejores alumnas de la escuela. Todo parecía perfecto, quizás demasiado.

Una vez volvió del gimnasio donde hacía ejercicio cada tarde, se veía muy deprimida, sus compañeras le habían dicho varias veces que estaba subiendo de peso y que nunca podría ganar una competición. En efecto su cuerpo estaba cambiando, estaba volviéndose más maduro, estaba floreciendo, como es normal a esa edad, sus amigas solo tenían envidia, pero ella ahora se veía gorda, por lo que decidió ponerse a dieta.

Este fue el comienzo de un desastre, ella comía muy poco, adelgazaba rápido, dejó la gimnasia artística y se incorporó a un gimnasio de fitness donde hacía sesiones extenuantes, su cara estaba irreconocible, su cuerpo cada vez más esquelético, su hermoso pelo ahora desgastado, las reglas se detuvieron, la situación era muy grave. Ella fue visitada por médicos y psicólogos, pero rechazó su tratamiento, tenía una visión distorsionada de sí misma, su peso estaba ahora en el límite más bajo. Fue declarada anoréxica sin esperanza.

En familia estaban desesperados, un día en el almuerzo estaban sentados alrededor de la mesa y Sara una vez más se negó a tocar la comida que su madre le había preparado con todo lo que le gustaba. El padre, a pesar de sufrir terriblemente, siempre se había controlado para tranquilizar a la familia. Aquel día fue tomado por una ira incontenible, tomó el mantel con todo lo que había arriba y lo arrojó contra la pared, luego corrió hacia su habitación desde donde todos escucharon a ese hombre tan bueno y paciente sollozando desesperado.

Sara se puso de pie y temblando, con las pocas fuerzas que le quedaban, recogió todo y el mismo día dijo a sus padres que aceptaría ser atendida.

Fue un camino largo y difícil, pero logró curarse por completo.

Rosa, con las lágrimas en los ojos por esos dramáticos recuerdos, sacó una foto de Sara radiante el día de su graduación y pensó en lo mucho que amaba a su esposo y en la inmensa gratitud que sentía por él que con ese arrebato de cólera y lágrimas había logrado penetrar en el corazón de su hija.

Leda Negri

La coinquilina

Ya no la soporto.

Nunca me imaginé, cuando contesté al anuncio, que la convivencia sería tan difícil. Parecía una buena ocasión: el alquiler barato, la habitación cerca de la universidad… Además, todavía no conocía a nadie en la ciudad y contaba con que Lidia, la coinquilina, y yo haríamos buenas migas.

Ella está adormecida, como siempre. Se acuesta y se duerme en un santiamén, luego duerme toda la noche de un tirón y por la mañana se despierta fresca como una rosa.
Aprieto el cuchillo con tanta fuerza que me duelen las manos, pero la cólera vuelve vigorosos mis brazos gráciles. 

Ella sigue durmiendo como un angelito, sonríe en los sueños, mueve la boca como si paladeara algo delicioso.
Pero yo la voy a matar, a Lidia. Por sus muñequitas, por sus cortinas de florecitas, porque no le cuesta ningún esfuerzo dormirse. Porque no puedo aguantar esta habitación nauseabunda de niña, donde no hay nada mío, aparte de mi cama de sábanas oscuras y algún que otro par de vaqueros y camisetas negras.

 Sin despertar, Lidia se mueve un poquito en su cama, rodeada de peluches de colores tiernos: conejitos, ositos, gatitos. -Mmmmhhh, sí… sí…- murmura. Porque sí, habla en sueños, también, pero nada de sexo como se podría imaginar por sus gemidos: sueña con pasteles y pastelitos porque, además de dormir, le encanta comer.

Por eso voy a clavarle el cuchillo en el pecho, para volver rojo ese color rosa empalagoso de sus sábanas.

De repente, Lidia se da la vuelta en la cama y empieza con lo que yo no puedo soportar. Porque, además de todo, Lidia ronca: ronca como un cerdo. Cuando me parece que consigo conciliar el sueño, después de que me han dado las tantas dando vueltas en la cama, ella empieza a roncar, roncar y roncar, cada vez más fuerte. Yo me desvelo y me quedo mirando el techo hasta que suene el despertador, pensando en una solución. Pero ahora ya la tengo. Si solo Lidia despertara… Porque si no pudiera gozar del miedo en su mirada sosa, mi venganza sería incompleta. 

Repentinamente, los ojos azulados de Lidia se abren de par en par.

Todo mi cuerpo tiembla de rabia y el cuchillo me agota las manos.

La voy a matar, a Lidia, y por fin ella también lo sabe

Silvia Zanetto

El libro

Amalia llegó hasta el nacimiento del río siguiendo el viejo sendero que ya nadie frecuentaba, y se sentó sobre una roca plana. Había pensado que subir hasta allí la ayudaría a mantener a raya los nervios. Parecía no ser así. Al morir su marido, después del entierro, había vaciado los armarios de las prendas de él y había encontrado, bien escondido en un cajón, un pequeño libro. El mismo que ahora estaba en su bolso y que, dentro de poco, dejaría de existir. Cerró los ojos y repasó los últimos años, aguardando la calma. Tenía 27 años cuando conoció a Pedro, un hombre que le llevaba 10 años, del que se había enamorado y cuyos ojos negros y profundos penetraban su alma. Cada dos días Pedro le entregaba un pequeño poema de amor dedicado a ella cuchicheándole: “Eres mi musa inspiradora. Son de puño y letra para ti.” Ella guardaba las hojas en una carpeta roja. Acabaron casándose un nublado día de noviembre. Pero después de unos pocos años la falta de intereses comunes y la insatisfacción fueron la causa de un total aburrimiento. Ya no era tiempo de poesía. Compartían la cama por simple costumbre. Del matrimonio no nacieron hijos. Pedro se había dado a la bebida, a menudo estaba borracho y la vida conyugal se volvió pronto en una pelotera diaria. Hasta que un ataque de corazón acabó con su existencia.

Amalia dejó los recuerdos y abrió los ojos. El imprevisto descubrimiento del libro había empañado la tristeza y el dolor desatando su cólera. El libro era una colección de poemas cortos, los mismos que él le había dedicado, pero escritos por un verdadero poeta. Pedro sólo hizo un gran esfuerzo en copiarlos. ¡Ay, Amalia, qué tonta!, ¡qué pobre ilusa! Sufría ataques de rabia sólo con leer el nombre de él al final de los poemas.

Arrancó las páginas del libro y las que estaban en la carpeta, y las redujo a trocitos con los que formó pequeñas bolas. Tiró la primera al agua, con mucha fuerza como si la bolita fuera muy pesada. Una a una las arrojó al río, acompañando cada una de una palabrota diferente. La última le pareció muy ligera como si a medida que la corriente arrastraba las bolitas se llevara también un poco de su cólera.

Recorrió el sendero cuesta abajo, feliz y tranquila.

Raffaella Bolletti

La cólera del General Bourakine

Caramba, —gritó, —con la cara roja de cólera mientras trataba de desatar el corsé inextricablemente apretado de Armande de Castelroux, la famosa cortesana, una amiga de Odette de Crecy, que sin duda conoceréis.

El General Bourakine, no es su verdadero nombre, por supuesto. Es un famoso general ruso, un Boyard que no se llevaba bien con el Zar, ahora exiliado en Francia y muy conocido por sus terribles rabietas. Había tomado una suite en la Posada del nudo gordiano. 

Al final de la tarde, un carruaje barroco de colores pastel azul y blanco, con el nombre de Armande pintado de rosa, llegó al patio de la posada. El General, que seguía orgulloso de sus prestaciones y no quería de ninguna manera permanecer discreto, la esperaba en la escalinata del Auberge en un bonito albornoz verde botella con forrado de Astrakan negro. Sus botas de jinete brillaban como un espejo. Su bigote en forma de doble V sonreía ampliamente para dar la bienvenida a la hermosa Armande. Su cráneo ampliamente despoblado y sus patillas bien surtidas se apresuraron a abrir la puerta del coche a la gran cortesana. Una pierna delgada envuelta en seda inmaculada que terminaba en un zapatito rosa se deshizo divinamente de todas las enaguas que la ocultaban a las miradas indecentes del General. Armande puso el pie en el escalón y tomó la mano del oficial que le ayudó a descender magníficamente. 

Bourakine dio un paso atrás ante la imponente cortesana vestida en los mismos colores que su carroza y coronada majestuosamente con un gran sombrero envuelto en gasas ligeramente violetas y cubierto de flores blancas postizas. Se sumergió en una amplia reverencia y terminó con la nariz en el ramo de lilas que ella sostenía contra su corpiño que era imponente. Embriagado por el poderoso perfume que emanaba de todo su cuerpo, se levantó penosamente, retomó su mano y subió casi tambaleándose por las escaleras del porche.

Apenas entró en su suite en la planta baja, llevó a Armande al dormitorio. Al lado de la cama sobre una mesita se había instalado el cubo de champán, su botella y dos flautas, un sobre rosa, todo adornado por un ramo de flores blancas. Armande, sin esperar, abrió el sobre, contó su contenido, tomó las flautas que le tendía el General, brindó rápidamente con él y comenzó a desvestirse.

Y allí estábamos, Bourakine eructaba su cólera ante los dobles cordones que Armande llevaba en la parte delantera para levantar mejor su pecho que ahora se veía a través de una fina capa de algodón transparente. Ella era realmente imponente con los pezones anchos que apuntaban a Bourakine como dos pistolas cargadas de peligro. Bourakine, cada vez más rojo, declinaba gritando cada vez más fuerte la larga lista de sus palabrotas más sofisticadas. Nada que hacer, este fuerte de disfrute era inexpugnable. De repente se levantó, acompañado de las pequeñas risas que Armande le otorgaba generosamente, se precipitó en su armario y volvió la espada al aire. Armande gritó, él se arrodilló ante ella, puso el arma cortante detrás de los cordones y de un solo golpe definitivo liberó un par de pechos desenfrenados que lo cargaron como lanceros arrastrando con ellos el cuerpo entero de Armande de Chatelroux.

— ¡Rusos! — Grita, —¡vienen los rusos! 

Jean Claude Fonder

Las virtudes del padre Lucas

Era un sacerdote muy admirado por su paciencia y sabias disertaciones con las  que, cada domingo, armado de la fe, encaramado en el decrépito púlpito de su iglesia, exhortaba, con voz segura,  a seguir el camino del bien a sus humildes y temerosos feligreses. Hombre culto, pero humilde. De ademanes refinados. Hombre del que no se conocía falta alguna. Ejemplo de vida para muchos. Para algunos un santo.

Aquella soleada mañana de Pentecostés, ensimismado en su sermón que versaba sobre el ejercicio de la muy recomendada virtud de la resignación,  no escuchó el imperceptible aviso, apenas audible, que le hubiera podido salvar del fatal desenlace. Fue un insignificante crujido, casi normal para aquella vetusta iglesia, que no detuvo su discurso. 

En el justo momento en el que hacía especial hincapié en la virtud de la paciencia, el leve crujido dio paso al estruendo y en medio del mismo, mientras la carcomida atalaya se venía abajo, las plácidas maneras del padre Lucas se transformaron en gritos y ademanes de cólera incontrolable. Sucedió apenas un segundos antes de que una  centenaria viga le aplastara la cabeza.

Sergio Ruiz Afonso

La mujer-niña verde


Era un día cualquiera, sin sol ni lluvia. La mujer estaba terminando de limpiar la casa, como todos los viernes, antes de irse al supermercado. Solo le faltaba abrillantar el magnífico espejo ovalado con marco de oro que estaba en la pared del salón, frente a la puerta de entrada. Lo roció con el limpiacristales y cogió un trapo para limpiarlo perfectamente. Detrás de las gotas de limpiador, vislumbró su rostro blanquecino y grisáceo y su mirada que huía de sí misma, unos ojos perdidos que se hundían en las ojeras. Decidió centrarse en las pequeñas manchas del cristal, las eliminó completamente, y observó satisfecha el espejo. Habría sido perfecto, si su imagen no hubiera estado allí.
De repente, algo pasó. Detrás de su reflejo ya no estaba la de la puerta de entrada, ni la del salón, sino la de algo vivo, algo verdoso. Se dio la vuelta: el salón estaba como siempre, el suelo lúcido, sin una mota de polvo. Volvió a mirar el espejo y percibió la húmeda presencia de los árboles, que se cernían sobre ella con una pasión desinteresada. Una vida silenciosa de clorofila que traía consigo recuerdos de una infancia verde e inocente, una niñez jugando al escondite entre los arbustos, corriendo por el césped hasta alcanzar el bosque. Se giró de nuevo. La mesa estaba perfectamente limpia, las sillas puestas en orden meticuloso, las cortinas recién lavadas y planchadas. Volvió a mirarse al espejo y vio sus ojos color esmeralda de niña sin ojeras, sus manitas de madera clara, su pelo de hierba verde. El amoroso tronco de un roble la abrazó con delicadeza, y su piel se hizo verde, su corazón se convirtió en un melocotón, sus dientes en minúsculas almendras. “Señor Árbol” murmuró la mujer-niña verde, “Lléveme de aquí”.


Silvia Zanetto

La profesión más antigua del mundo

Mujeres en la ventana
BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO (1617-1682)

El sol brilla sin piedad en la mancebía de Sevilla. Sin embargo, una sombra benévola nos permite abrir ampliamente la ventana que da a la calle Castellar. Una corriente de aire ligero como una pluma me acaricia sensualmente, Celestina se ocupa de recordarme, con cuidado ha escotado ampliamente mi blusa sobre mis hombros desnudos. El pequeño nudo rojo de la blusa hace juego con mis labios y una pinza en mi pelo marrón oscuro.
Sonrío, mis ojos brillan como un par de diamantes negros. Celestina también sonríe, pero ella se esconde coquetamente la cara con la punta de su velo. Las dos vimos llegar a Juan con su pelo rizado que emerge entre la multitud de hombres que deambulan por el barrio. Nuestras miradas se han cruzado, ya siento su beso que me embruja. Todo mi cuerpo está listo para recibirlo. Cierro la ventana y vuelo.

 — Tienes que levantarte, cariño.
Celestina me sacude como un títere desarticulado que no quiere sentarse, y sobre todo no quiere dejar su sueño. Juan está conmigo, mi Juan guapo como Cupido en el rapto de Psique.
— Ve a lavarte y prepárate. Tenemos que recibir a más clientes esta tarde.
Hago una mueca de disgusto y Celestina me recuerda:
— Es la profesión más antigua del mundo y, en todo caso, la que le permitirá a tu padre librarse de sus problemas. Está impedido y ya no puede trabajar. Se necesita estiércol para hacer florecer la rosa más brillante. ¿Quién sabe si a esta rosa un hermoso príncipe la recogerá un día para instalarla en un jarrón de plata y convertirla en su enamorada?

Han pasado muchos años, demasiados. Vuelvo a abrir la ventana: la noche ha caído, la frescura también. Aprieto un chal grueso alrededor de mis hombros. Los hombres se apresuran, sus miradas indecentes me erizan, mi sonrisa ansiosa se pierde en la lejanía.
Alguien golpea la puerta, la ventana ya está cerrada. Como el tejido de Penélope, el día fue interminable; también los pretendientes, como yo los llamo, innumerables. No quiero recibir ni uno más. Los golpes en la puerta son insistentes, Celestina de su cama donde el cansancio la clava, le grita:
— Abre, nunca se sabe, cariño.
Abro la puerta, un hombre entra decidido, su cara está surcada por el mar y las aventuras, su pelo canoso, rizado todavía, su mirada de gran alcance me penetra hasta el alma. Todo mi cuerpo se estremece. Sonrío y lo acojo en mis brazos. Apenas puedo pronunciar:
— Juan



Jean Claude Fonder

Cristófol y Esteve

Esa mañana tenía una cita con mi mejor amiga. Se llamaba Montserrat y era española, concretamente catalana, su familia era originaria de Espot en los Pirineos, donde íbamos a pasar nuestras vacaciones de verano.
Unos días antes, de hecho, mi Padre había puesto sobre la mesa una revista turística.
— Este año iremos al Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. No se quejarán de que hace demasiado calor y que es demasiado húmedo como en los lagos italianos. Esta vez estaremos en plena montaña.
La foto de la portada nos mostraba un lago de un azul profundo casi mágico rodeado de gigantescas montañas que se recortaba netamente sobre un cielo inmensamente puro. Le había enseñado la foto a mi amiga, que la había reconocido inmediatamente. Estábamos en la misma escuela en Bruselas, su padre trabajaba en la comisión.
— Mañana traeré algo que te será muy útil para ir allí.
En el patio durante el recreo, en un rincón apartado, ella sacó de su bolso un extraño objeto. Parecía un ovillo de costurera, de esos que se usan para pinchar agujas y alfileres, tenía la forma de dos conos cuyas bases estaban unidas y formaban un pequeño cojín donde se pinchaban todas las agujas. Pero lo más raro era que en la punta de los conos se podían reconocer dos caras que se miraban.
— Se llaman Cristófol y Esteve, eran dos cazadores que una noche de tormenta fueron petrificados por un rayo embrujado que los transformó en dos picos similares a los que has visto en la foto, el gran y el pequeño Encantat. Se habían saltado la peregrinación anual a la ermita de Sant Mauricio para ir de caza, explica Monserrat.
— No son muy bonitos -— dije, — ¿por qué tengo que llevarlos?
— Ya lo verás —contestó, — asumiendo un aire misterioso.

Como cada año, sola en la parte de atrás del coche, me aburría, hacía mucho calor. Mi madre había desarrollado una estrategia para mantener un poco de sombra y frescura en el interior del Ford Fairlane que, afortunadamente, era amplia. Con frecuencia nos deteníamos, pero nada que hacer, el viaje era como una música minimalista, una repetición infinita de los mismos gestos sin ninguna variación. No podía ni siquiera leer, inmediatamente me mareaba.

Era ya el segundo día que íbamos en coche. Habíamos hecho una parada en Limoges, en un pequeño hotel fuera de la ciudad. Mi padre vigilaba la media, como decía, no quería perder tiempo, habíamos reservado el hotel para esta misma noche.
Finalmente, al salir de la autopista para tomar la carretera nacional, aparecieron en la lejanía los Pirineos en toda su majestuosidad. Sin duda nos traerían un poco de frescura, de hecho, no pasó mucho tiempo hasta que el cielo se llenó de nubes que se cernían sobre la cima de las montañas. La tempestad reinaba, pesadas nubes moradas y negras atravesadas de relámpagos dominaban a las demás.
Mi madre decretó, tenemos que detenernos, encontrar un hotel. ¡El camino se volverá demasiado peligroso! Mi padre no quiso cambiar opinión, nos esperaban en el hotel. Y partimos al asalto de las carreteras con cordones. La tormenta no se hizo esperar, las primeras gotas, pesadas, solitarias y amenazadoras cayeron sobre el parabrisas. Miré asustada la bolsa que Monserrat me había dado. Y rápidamente nuestro viaje se convirtió en un infierno, llovía a cántaros, el camino era estrecho. Cada dos curvas, nos asomábamos al precipicio sin barandilla. No se veía nada, a pesar del parabrisas que barría a gran velocidad, mi padre iba inclinado sobre el volante tratando de distinguir la carretera. De repente, dos faros enormes nos cegaron, un enorme camión ocupaba toda la carretera y descendía a toda velocidad. Grité, mamá también, el Ford se desvió, la rueda trasera estaba fuera de la carretera, giraba loca en el vacío. Íbamos a precipitarnos cuando de repente sentí una fuerza que nos levantaba milagrosamente, la rueda enganchó y seguimos nuestro rumbo. Nos habíamos librado por muy poco de caer por el barranco, yo lloraba en silencio. Papá se había detenido en el borde, en una zona de descanso. Busqué las muñecas en la bolsa de Montserrat, no estaban allí.
Finalmente llegamos al valle de Aigüestortes. Era de noche. Habíamos esperado a que la tormenta se calmara. El lago oscuro de color azul reflejaba ahora un cielo bien despejado, busqué los famosos Encantats pero no pude distinguirlos.
— Es hora de acostarse, insistió mi madre.
Estaba agotada y me refugié bajo las mantas en un sueño reparador.
Al día siguiente, un rayo de sol me despertó, abrí mi maleta, Cristófol y Esteve estaban allí. Los tomé en mis brazos y salí. A lo lejos, dominaban el lago de un hermoso color índigo, generosos, los picos.


Jean Claude Fonder

Prímulas


Sé que te gustan las prímulas, así que mañana cuando te vaya a ver te las llevaré:

una de color violeta, mi favorito, para que tus sueños de volver a casa te puedan ilusionar y para que el calor del rojo y el frío del azul se puedan abrazar en una fusión de emociones, y te dejen olvidar que nosotras no, no podemos abrazarnos ya.

Otra de color rosa, como las paredes de mi habitación de niña y el helado de fresa que tanto me gustaba, para que el inocente blanco le quite un poco de violencia al rojo, el sentido de culpa que siempre me golpea cuando te veo aquí, con los ojos perdidos entre un pasado borrado y un futuro engañoso. 

La última prímula será roja como la sangre que nos iguala a las madres y a las hijas, la sangre que me sorprendió aquel día en el que tú no estabas, y luego por un tiempo nos hizo mujeres a las dos; te la daré para que puedas atisbar la pasión por la vida que desde hace tiempo te ha abandonado.

Así que te llevaré las prímulas, te encontraré en la sala de visitas, con la mascarilla puesta, mientras la enfermera controlará que no nos acerquemos y no nos toquemos las manos.  Tú intentarás devolverme las flores, como siempre, al principio, luego las aceptarás y, cuando la enfermera te acompañe a tu habitación en la sección de Alzheimer, las pondrá en el umbral de tu puerta: una prímula violeta, una rosa y una roja.


Silvia Zanetto

Lulú

Son las cinco, no duermo, echo de menos algo, no tengo sueño. El cuerpo tibio y tierno de Lulú no está en su lugar, en medio de la cama. Me levanto, no quiero que la noche sea larga. La veo como una sonámbula, no me besa. Cuando vuelvo, no me acuesto hacia la ventana, me vuelvo hacia el centro del lecho, pero ella no me mira, está en el borde de la cama y mira hacia el exterior. Ya está dormida, tranquila como una marmota.

Están muy lejanas las noches dominadas por Eros. Las noches en las que Lulú llevaba un mini vestido que rozaba la indecencia más atrevida. Sus piernas delgadas e interminables le permitían ponerse un atuendo tan corto. Sus padres antes de que yo la conociera, nunca hubieran aceptado que ella se lo pusiera. Lulú, una chica hermosa que conocí en un bar-discoteca, por la tarde. No creía que pudiera conquistarla tan rápidamente, pero estábamos hechos el uno para el otro, intelectuales, amantes de las artes, de la literatura y de la música y no despreciábamos los placeres de la carne, al contrario.

Le acaricio la curva de sus caderas que no son estrechas y sus glúteos que no dejan la menor duda sobre su feminidad exacerbada. Se vuelve contra mí, se pega perfectamente a mi cuerpo, y no dudo en acoger su seno perfecto en mi mano en forma de copa. No quiero despertarla. Es su instinto, quiero creerlo, lo que la atrae a mí. Cuando no duerme, siempre pretende que somos demasiado viejos para eso.

Yo sigo sin dormir, no puedo evitar que mi imaginación recorra el cuerpo sinuoso y preciosamente curvado de mi Lulú. Mi mujer, a la que nunca he dejado de amar con todo mi cuerpo y con la que estoy tan profundamente vinculado por una relación de amistad que desde hace tanto tiempo dura, y durará siempre.

Me despierto en sus brazos. Este día, lo sé, no me decepcionará.

Jean Claude Fonder

El amor más grande

A mí siempre me ha parecido que tenemos los mismos gustos y muy parecidos disgustos. En su cara muestra un rictus de seriedad cuando uno de los niños del edificio entra votando con una pelota. A mí tampoco me gustan los ruidos o las personas que no reconocen lo apropiado o no de sus actos. Es agradable sentir un “buenos días” o la cordialidad de un vecino que abre la puerta para que los demás podamos salir o entrar, sentir la sonrisa satisfecha de un joven que mantiene abierto el ascensor. Detalles que se están perdiendo, de la misma manera que la palabra cortesía está pasando de moda.  También nos molestan los gestos un tanto bruscos, algunas veces insolentes de los jóvenes, quizás la educación no es la misma que aquella severa formación que entonces recibíamos, pienso. Él lo comento alguna vez.

Nuestras miradas se encuentran de forma fortuita. Ocasionalmente, cuando hay mucha gente en el ascensor del edificio donde vivimos, se roza nuestra piel, sin intención y me encuentro con su mirada de disculpa, con unos ojos casi llorosos. 

Después de veinte años. Aunque muchas cosas han cambiado en nuestras vidas: mis hijos han crecido, se han independizado, su madre, con la que vivía, ha fallecido y mi esposo ha muerto. 

Ahora me parece que su mirada es más firme y cuando nos encontramos solos en la escalera, en la puerta, en el ascensor su saludo es más lento y el mío también. Es un amor que no se toca.

Blanca Quesada

Una historia de amor

Carmen salió al jardincito de detrás de la casa para saborear el aire fresco de un día de primavera que ella sintió que la sorprendería. El cielo estaba atravesado por nubes que se perseguían dando la impresión de que objetos y animales flotasen en el aire. Comió una galleta de la fortuna y la nota adjunta la sorprendió: “tu bondad dará frutos inesperados”. Quien sabe qué significa eso. Regresó a casa, desayunó y comenzó su trabajo como blogger. Hoy se dedicaría a la cocina y contaría cómo preparar un buen arroz.

Después de un rato que no supo cuantificar (cuando escribía no se daba cuenta de si habían pasado diez minutos o dos horas), oyó un golpe en la puerta principal. No vio a nadie a través de la lente y estaba a punto de regresar a su escritorio cuando escuchó un gemido, como de un animal herido. Abrió la puerta y en el mismo felpudo un caballero bien vestido, dos ojos hechizantes, una sonrisa que salió como una mueca, con voz débil pidió ayuda y luego se desmayó. Carmen se activó de inmediato: llamó una ambulancia, tomó un trapo mojado y un vaso de agua. Unos segundos y el extraño se recuperó. El médico que llegó en ese momento le visitó y decidió que había que hospitalizarlo para hacerle pruebas. Carmen se dio cuenta de que el hombre ya se estaba convirtiendo en una pasión irracional, pero no pudo reflexionar sobre esta repentina idea porque los enfermeros de la ambulancia hacían que el hombre se subiera a la camilla. La sirena sonó y ella se quedó sola en la puerta pensando en el extraño. Al regresar a la casa, notó que el hombre había dejado un libro en el felpudo; parecía antiguo, una copia de la Divina Comedia de Dante con dibujos. Lo recogió y lo colocó con cuidado en un armario. Pensó seguir escribiendo su blog, pero el recuerdo del hombre se deslizó en su mente; asustada por esa repentina pasión, sintió un ligero malestar al pensar que había dejado que se fuera sin preguntarle al menos su nombre. Decidió aclararse la cabeza y dar un paseo por el río que fluía lentamente detrás de la casa. Debido a la sequía el agua estaba muy baja; se quitó los zapatos y los calcetines y lo vadeó hasta la orilla opuesta, donde se elevaban miles de abedules con sus delgados tallos y ramas mecidas por el viento. Siguió el camino hasta llegar al antiguo molino, la cuchilla del molino giraba perezosamente a pesar de que no quedaba nada por moler. Sorprendida, se dio cuenta de que alguien vivía allí, se podía ver una ventana con cortinas, unas flores en el porche suavizaban la entrada. Intentó llamar, pero nadie le contestó. Tal vez habían decidido renovar la antigua masía. Volvió y vadeó de nuevo el río, sin darse cuenta de que ya habían pasado horas; se dirigió hacia el panadero del pueblo para comer sus famosos palitos de oliva y para tener noticias del extraño. El pueblo era pequeño y la panadería era el lugar de reunión donde todos pasaban durante el día. Así fue como supo que el desconocido, que acababa de comprar la masía, había muerto poco después de su hospitalización sin que los médicos entendieran la causa. Una lágrima bañó su rostro, salió de la tienda pensando en el hombre cuyos ojos grises verdosos la habían embrujado. Fue cuando regresó a casa, en la quietud de su jardín, que recordó dónde había encontrado esos ojos. Era una niña pequeña, de vacaciones en el mar junto con sus padres y había conocido a Andrés, que era mayor que ella; habían pasado una tarde entera juntos, visitando las afueras del pueblo.

Entonces el tiempo los separó, las vacaciones terminaron, ella volvió a la ciudad y ya no pensó en el muchacho. Ahora, después de una visión romántica, su visita a la puerta esa mañana, la mente comenzó a dar vueltas. Cómo habría sido su vida si no se hubiera ido, si hubiera estado con él. Todos esos arrepentimientos por solo unos instantes compartidos en un felpudo. ¿Cómo hubiera sido si ella hubiera tenido tiempo para amarlo? No había esperado a que muriera para encantarla; ella no perdió a un amante soñado, la suya había sido una relación real, aunque corta. Con esta certeza recordó el libro: ¿qué tenía que hacer con él? Buscando en Internet pensó que podría tener valor y contactó a un técnico para que lo evaluara.

Para su sorpresa le dijeron que era una primera edición muy rara y por lo tanto de gran valor; ¿Quería venderlo en una subasta? Una de libros antiguos se llevaría a cabo solo un mes después. Carmen aceptó esperando un ingreso excepcional. Había decidido que ese pueblito de provincias volviera a tener escuela primaria y que se llamaría «La escuela de Andrés». Abrió una suscripción y en su blog contó la historia de la niña, de los ojos grises verdosos que la habían conquistado y el epílogo de un amor especial.

Elettra Moscatelli

Historia de un amor

Es la historia de un amor
Como no hay otro igual
Que me hizo comprender
Todo el bien, todo el mal
Que le dio luz a mi vida
Apagándola después
Ay que vida tan obscura
Sin tu amor no viviré

Aprendimos un montón de canciones españolas durante aquel curso del profesor Antonio Blanco Tejero, en nuestro antiguo Instituto Cervantes de Milán. El de la Avenida Dante, por supuesto. Después de lograr el 2012 el diploma DELE B2, conquistado gracias a mi tenaz voluntad de autodidacta, quise absolutamente participar en un curso y, como la música siempre me ha gustado, el título “Canta con nosotros” me inspiró. Fue entonces cuando me enamoré del Instituto Cervantes, que en unos pocos años se convertiría en mi “segunda casa”. Por eso ahora me pongo triste cuando, caminando por la avenida Dante, paso por delante del edificio en reestructuración donde, en vez de profesores y estudiantes de español, se ven obreros y albañiles, y la bandera de España roja y amarilla ya no está. 

Existen muchos géneros de amor, y encariñarse con un precioso lugar y con las personas que a poco a poco encuentras allí es uno. Quizás por eso esa canción me encantó. Cada miércoles, después de clase, me iba corriendo a la parada del autobús cantando alegremente las nuevas melodías que acababa de aprender: boleros, sevillanas, villancicos… Canciones tradicionales, o con palabras nuevas que creábamos nosotros: la Marimorena, la Llorona, Guantanamera… Pero sobre todo me gustaba cantar “Historia de un amor”, porque estos años en el Instituto Cervantes fueron para mí el inicio de una nueva vida hecha de amistades y de cultura, de tapas y de aprendizaje, de música, de tertulias y de escritura. Logré pasar el DELE C1 y dejé atrás un trabajo que no era lo mío, y todo esto “le dio luz a mi vida”, pero “apagándola después”.

Así que hoy, pasando otra vez por delante de nuestro antiguo Cervantes, además de ver a los obreros, atisbo la cara sonriente de una amiga querida que se fue para siempre hace unas semanas, la de un amigo que nunca volverá a Milán, y la de otros que perdimos de vista pero que siguen viviendo su vida en otro lugar… Pero en diez minutos alcanzaré el bar donde los amigos del Tapañol nos encontraremos, ¡por fin en persona! Al principio me quedaré con la mascarilla puesta, luego me sentiré ridícula por ser la única y me la quitaré. Y hablaremos de sueños que se convierten en proyectos y de proyectos que se convierten en realidad. Porque eso es vida. Y también es amor.

Silvia Zanetto

Una historia de amor

Empezaba a amanecer. Haces de luz se colaban tímidos por las rendijas del gran ventanal. La ciudad todavía estaba dormida, solo se podía ver a algún paseante madrugador esperando en una de las paradas de autobús o entrando en la boca del metro. Pronto, todo el mundo se habría volcado en sus actividades, pero a Montse eso poco le importaba. A sus ochenta y tantos años, solo le quedaba su pasado y muy poco por hacer. 

Ahora que el tiempo se le escapaba de las manos como granitos de arena entre los dedos, el presente de sus días tenía otra forma y significado. Quedarse durante muchas e interminables horas detrás de la ventana de su salón escudriñando a los atareados transeúntes se había convertido en su rutina diaria. Observar el mundo era su forma de seguir con vida porque con el paso de los años Montse había perdido interés por sus aficiones, pero no su curiosidad. 

Sin embargo, no siempre fue así. Cuando la melancolía de sus pensamientos la atormentaba, Montse solía recordar el rostro de aquel joven chaval que fue su alumno cuarenta años antes. Sus ojos almendrados le devolvían la ilusión con la que la miraba y escuchaba sus clases de latín. Sus esfuerzos para comprender palabras antiguas que contaban historias de civilizaciones perdidas…Un relámpago le sacudió el cerebro y tuvo conciencia de un amor inconfesable. ¿Por qué recordarlo ahora? Los años habían pasado rápido y Montse se había convertido en una viejecita sin haber estado joven. A veces, las cosas que pasan como detalles sin importancia de la existencia, con el tiempo pueden tornarse indispensables. El recuerdo de aquel amor le demostró que había existido por alguien.

Manila Claps………..

Una historia de amor

Salvador Dalí et Gala, una historia de amor infinita

Fragmentos al revés

Isabel:

Viernes. 23 horas y 5 minutos. Subo las escaleras, llego a una puerta cerrada y me detengo. ¿Qué hago aquí? De pronto el corazón se me acelera. Soy consciente de que nuestra historia terminó hace unos años. Pero me doy cuenta de que he venido porque en este momento necesito que me hables de nuestro pasado, de tus pecados y de los míos, necesito que tus manos reconozcan mi piel, mi olor. Me pregunto si te acuerdas de los dos pequeños lunares en mi nalga izquierda que te encantaban. Quiero verte. Los recuerdos me aplastan. Quiero hablarte. Mis ojos, todavía brillantes, están rodeados de pequeñas arrugas; me he cortado el pelo que ya no es negro, sino teñido para esconder las canas. Toco el timbre, te llamo y no me contestas. La puerta sigue cerrada.

Jueves. Me estás asfixiando. El fuego de la pasión se va apagando. No nos volvimos a ver. Cada uno por su camino.

Miércoles por la madrugada. Bajo las escaleras. He salido de tu casa. El pelo largo y suelto parece hablar de libertad. He olvidado las llaves del coche bajo tu cama, tengo que volver. Abres la puerta y corremos a tu cuarto, amándonos otra vez. Las llaves permanecen bajo la cama.

Martes. Un amigo en común nos presenta. Empezamos a salir juntos. Hasta que una noche te despides de mí con un beso en la boca. Nuestra historia acaba de empezar.

Un día cualquiera. Ni siquiera sé quién eres, pero siempre que te encuentro me late el corazón muy rápido. Cada vez que no doy contigo estoy perdida.

Álvaro:

Viernes. 23 horas y 5 minutos. Alguien ha tocado el timbre. Eres tú, de eso no me cabe la menor duda. Siempre tocabas el timbre de esta manera. Te escucho decir mi nombre. No quiero que te enteres de que estoy en casa. Me enamoré de ti de una manera tan loca que perdí la razón. Pero ahora no quiero caer en tus manos otra vez. No quiero volver a sentirme para siempre un prisionero tuyo. Tú, que fuiste una mantis religiosa, una criatura fascinante y peligrosa de ojos verdes.

Jueves. Me alejo de ti, sin hablarte, sin explicarme. Soy emocionalmente dependiente. ¡Demasiado! Aún sigo soñando contigo, atrapado a tu cuerpo, pero dentro de una pesadilla. Quiero olvidarte.

Miércoles por la noche. Te vas, bajando de prisa las escaleras y de pronto vuelves para recuperar tus llaves. Terminamos otra vez en mi cama. Te quiero.

Martes. Gracias a un amigo, por fin te conozco. Quiero besarte y me atrevo a hacerlo. Siento el fuego en tus labios.

Un día cualquiera. Como todas las mañanas doy contigo y cada vez me imagino empezando una historia de amor

Raffaella Bolletti

Una historia de amor …felino

Fue una tarde de lluvia otoñal. Regresando a mi casa oí, bajo un coche, una débil llamada. Me bajé y la vi. Era algo pequeño, peludo, delgado y sucio con larga orejas y hermosos ojos verdes. Me miró y dijo.

—¡ Por fin me oíste. Te estaba esperando. ¡Vamos a tu casa!

La cogí en mis manos. Era tan leve, del tamaño de la palma de mi mano. Tenía el pelo blanco y gris como ciertas porcelanas de Copenhague. Su mirada sorprendida y su inmediato ronronear tocaron mi corazón. Enrollándola en mi bufanda pensé:

— Estarás conmigo una semana o dos, después te buscaré una buena familia. Te llamaré Alice, Alice en este país sin maravillas.

Ahora, después veinte años, Alice y yo aún estamos juntas. Fiel amiga capaz de discernir mis días buenos y los malos, mis vacaciones, mi sofá y mi cama.

Ahora es una señora mayor. Tiene todos los pequeños problemas propios de su edad. Pero cuando está en mis brazos y escucho su inmediato ronronear, recuerdo todos los juegos que hicimos juntas. Su carácter alegre y su felicidad cuando cada noche regresaba del trabajo y me saludaba con secretas palabras conocidas solo por nosotras.

Aún hoy, cuando ella está frente a mí mirándome de esta profunda, tierna, humana manera, me siento un poco asustada porque me parece casi imposible pensar que detrás de esa mirada los pensamientos sean ausentes.

Alice, filosofa, sabia, rutinaria, fan del silencio y de Mozart.  Tú me has elegido y decidiste que merecía ser tu amiga, pero nunca siendo mi esclava.

Iris Menegoz

Etel Adnan (Beirut 1925 – París 2021)


“…fui feliz el día que descubrí que el acto de escribir es un acto pictórico”

Esta declaración de la escritora libanesa, poeta plurilingüe y artista visual Etel Adnan, ayuda a comprender su acercamiento a la pintura y la interconexión de lenguajes expresivos que cultivará a lo largo de su vida. Etel Adnan, una de las voces más importantes de la diáspora de Medio Oriente, pionera en la lucha por la igualdad de género, transcurre de hecho su existencia en un cruce constante de caminos, culturas, idiomas. Nace en una familia mixta, de madre griega-cristiana y padre siriano-musulmano, funcionario del Imperio otomano. Infancia y adolescencia están atravesadas por los fermentos y tensiones derivados del choque entre la dominación francesa y las comunidades locales; pasará el resto de su vida entre Beirut, París y los Estados Unidos donde se traslada en 1955, luego de obtener la licenciatura en Filosofía en la Sorbona. 

Es justamente en esos años, ya residente en California donde enseña disciplinas humanísticas, que Etel inicia a pintar mientras se adentra cada vez más en el nuevo idioma que se convertirá en su nueva lengua literaria. Entre tanto, del otro lado del océano ha estallado la guerra de independencia de Argelia. La escritora entra en conflicto con su idioma de origen. Como dirá más tarde, pintar parecía el único modo de tomar partido contra el colonialismo: si el conflicto con el francés le impedía escribir, ahora iba a  “pintar en árabe.”

“El arte abstracto era el equivalente de la expresión poética. No tenía necesidad de pertenecer al idioma de una determinada cultura sino a una forma de expresión abierta…

Es así que en sus acuarelas inicia a transcribir versos de poetas árabes, sin comprender casi el significado, como lo hacia en la niñez, cuando copiaba de los libros del padre el alfabeto árabe prohibido en la escuela, y sin llegar a aferrar las palabras, se iba enamorando de la forma plástica de la caligrafía. De este ejercicio nacen sus “Leporello”, pequeños libros en forma de acordeón que irán a sumarse a los óleos abstractos y paisajísticos, de formas esenciales, geométricas, trazos fuertes, colores brillantes, donde aparecen reiterados: el sol, el mar, el cielo, el monte californiano Tamalpais. Una visión armónica del universo que parece contrastar con sus profundas y dolorosas reflexiones sobre la guerra: la de Vietnam, la de Irak, aquella que martiriza al mundo árabe y que la sorprende de vuelta en Beirut a inicios de los años setenta, obligándola a emigrar a París donde escribe, esta vez en francés, la novela Sitt Marie Rose galardonada por la Asociación de Solidaridad Franco-Árabe y traducida en diferentes idiomas.

En su casa de París, donde vivía con su compañera de vida, la escultora francolibanesa Simone Fattal, Adnan disponía de dos mesas de trabajo idénticas: en una escribía sus poemas; en la otra, acomodaba horizontalmente la tela y pintaba apretando el tubo de color directamente sobre el lienzo mientras lo extendía con una espátula. 

La pintura también es un ejercicio mental, pero para mí siempre ha sido, ante todo, un trabajo sobre el color. El instante en que la pintura sale del tubo y se prepara para ser mezclada con otros tonos me parece mágico”.

Por mucho tiempo, mientras como escritora publicaba antologías poéticas, novelas y ensayos, su pasión por la pintura quedaría relegada a una intimidad compartida con amigos artistas. 

La pintura es un deporte,” declara en una entrevista, “mientras que la escritura es casi una cárcel…La primera me relaja, la segunda me agota.”

Un deporte que le viene reconocido a nivel global solo en 2012, a los 87 años, cuando participa a la exposición internacional Documenta 13 en Kassel (Alemania). 

“…Tres años antes,”cuenta Etel no sin cierta ironía, ”los mismos cuadros colgaban de mi comedor sin que nadie les prestara atención.”

A partir de entonces, su obra será expuesta en galerías y museos del mundo. En 2021, unos meses antes de su muerte, el Guggenheim de Nuova York le dedica su primera individual, conjuntamente a la retrospectiva de Kandinsky.

“En realidad, el arte me sirve para redescubrir la belleza del mundo o lo que queda de ella,” confiesa la artista.Yo creo que la belleza de una montaña es política” Ser feliz es un gesto político. En los momentos trágicos puede tener un efecto transformador.”


Adriana Langtry