El flechazo

Raffaello Sanzio – El triumfo de Galatea 1512-14

“Giuro di amarti così”

Mi cielo de adolescente solía estar surcado por flechazos. Sus estelas luminosas brillaban durante un instante para luego perderse, acompañadas de un trueno sonoro, en los rincones de la memoria. 

Era una romántica soñadora. Creía en el amor eterno, ese que dura para siempre, ese inolvidable. En realidad, los flechazos los he olvidado todos. 

Menos uno. El primero.

De niña pasaba los veranos en el pueblo de mi abuela. A unos metros de nuestra casa, un poco más arriba de la cuesta, detrás de una gran puerta que siempre estaba cerrada, vivía una familia modesta, pero para mí muy especial a la que quería mucho y con la que compartí gran parte de mis días de verano.

En esta familia, más o menos cada año, nacía un nuevo bebé. Con el paso de los años llegaron a ser nueve. Siete niñas y dos niños. 

Jugar en ese gran patio, en el huerto, a orillas del canal, con esa tribu de niños todos rubios, todos hermosos, fue una de mis mayores alegrías. 

Ferdinando, el primogénito, tenía casi 19 años cuando yo, con trece, decidí enamorarme de él. Ferdinando era alto, guapo, rubio, con un mechón rebelde que intentaba domar en vano. Yo era delgada, con el pelo negro cortado por el barbero del pueblo, que sin duda no contribuía a resaltar mi incierta feminidad.

A Ferdinando le gustaba hablar conmigo (¡no consigo recordar de qué hablábamos!), pero teniendo en cuenta su carácter tímido y reservado, nuestras frecuentes charlas llamaron la atención de su familia. 

Por la tarde, sentada en la piedra frente a la puerta, lo esperaba cuando volvía del trabajo (trabajaba como mecánico en la Base Americana que por entonces estaba en construcción). Llegaba montando su nueva bicicleta “Stella Veneta” de color amarillo ácido.

Ferdinando tenía un gran talento para tocar el acordeón. Yo lo escuchaba hipnotizada. Después de tantos tangos, valses y virtuosismos musicales, siempre terminaba con una canción que cantaba sonriéndome. Era una melodía de otro tiempo, quizás un poco cursi. Se titulaba “Giuro di amarti così” de Panzeri y Mascheroni. 

Luego llegó el otoño y yo volví a Milán. Y, como siempre, también ese flechazo fue disolviéndose lentamente entre las nubes de los recuerdos.  

Mientras tanto, la vida siguió su rumbo. 

Este verano, en uno de mis solitarios paseos en bicicleta me encontré, sin darme cuenta, en frente de su casa. Pensé en él durante un rato. Me armé de valor y llamé al timbre. Pareció feliz de verme. Nos abrazamos.  “Due romantici rottami” … diría Guccini! 


Iris Menegoz

El flechazo

Cursaba los primeros años de la carrera de Medicina en la Universidad de Namur, o “Candidatures”, como se llamaban a principios de los años 60. No me gustaba en absoluto, la materia principal consistía en un estudio detallado del cuerpo humano, los trabajos prácticos eran la disección de cadáveres para identificar sus componentes, músculos, vasos sanguíneos, sistema nervioso, … 

Os dejo imaginar el resto.

Sin duda, lo interesante aparecería más tarde, en los estudios posteriores, pero en aquella época, lo odiaba. Fue mi madre quien eligió estos estudios, yo no sabía qué elegir y ser profesor de latín, como me sugerían mis profesores del colegio, estaba lejos de entusiasmarme.

Sin embargo, alojarme solo en una habitación de estudiante en Namur con un presupuesto reducido y organizar mi vida a mi manera era un verdadero placer. Tanto o más que llevar la bata médica cuidadosamente decorada y el berrete “namurense”, lo que constituía un verdadero prestigio.

Por supuesto, con el crecimiento de las actividades estudiantiles, frecuentar bares y tener éxito entre la población femenina rápidamente agotaba mis recursos ordinarios. Yo era un buen jugador de cartas y podía completar mi presupuesto con bastante facilidad, pero cuanto más jugaba, más terminaba ganando y menos tiempo dedicaba a mis estudios.

Algunos fines de semana, volvía a Lieja, mi ciudad natal. Me paseaba por los bares, y me daba cuenta de que me había metido en un callejón sin salida. Mi moral estaba muy baja, tendría que volver a Namur para sumergirme en esa vida desastrosa y olvidar mis reflexiones derrotistas.

Ese día, había pasado la tarde en un bar del Carré, donde se escuchaba jazz mientras se bebía una caña. No había nadie, finalmente decidí volver a casa y salir por la noche a un dancing para encontrar gente. Al salir vi un local que nunca había frecuentado. Se llamaba “El Tranvía” y, en efecto, se parecía a eso. Me dije que tenía que echarle un vistazo.

El local se presentaba como el pasillo central de una carroza, los bancos similares a los de los tranvías estaban separados por una pequeña mesa. No había nadie, excepto un banco donde una joven estaba sentada sola. Ella me miró por un momento y luego una linda sonrisa le brilló en el rostro.

— Usted está muy sola, señorita. ¿Puedo sentarme en su mesa?, será más guai

No esperé su respuesta y me deslicé ante ella. Sus ojos de un azul insondable me sonreían también.

— Creo que te gusta Aznavour. ¿Me concederías este baile?

— “Je m’voyais déjà” es mi canción favorita – dijo, al levantarse.

Unos momentos después, ella estaba apretada entre mis brazos. Bailamos y hablamos el resto de la tarde. Esa noche no salí. Y el lunes por la mañana a la hora del almuerzo, la llamé al colegio donde me dijo que trabajaba. Aquella mañana, el cielo inmensamente azul, la noche de tormenta había refrescado la atmósfera, el futuro lleno de esperanza se abría ante mí, ante nuestra pareja.

Hoy les hablo de ello frente a una foto donde estamos a punto de celebrar sesenta años de matrimonio. Ella era tan bella como entonces y vivimos una vida llena de aventuras, problemas, logros y sobre todo de amor. Estábamos hechos el uno para el otro, los mismos gustos, las mismas pasiones y rodeados de nuestra familia.

Ella ahora ha fallecido, pero estoy seguro de que me sigue acompañando mientras les escribo.


Jean Claude Fonder

El flechazo

Bajé del avión y tras pasar los controles del aeropuerto, salí en busca de un taxi para ir al hotel que se encontraba en una zona céntrica de la ciudad. Puse el equipaje en la habitación y salí a dar un paseo. Con solo verla, esa mujer de piel dorada por el sol de la tarde me provocó un flechazo. Un flechazo instantáneo, físico. Pero, sobre todo, un flechazo que no sería pasajero, sino que duraría mucho tiempo. Un respiro suave me abrazó como un susurro de bienvenida. Tenía las piernas largas y el cuerpo esbelto; caminaba rápido y yo seguí su ritmo, perdido y feliz. Era una mujer de belleza magnética, vibrante y sofisticada, y parecía tener una sonrisa de bienvenida en los labios. Me imaginaba sus piernas como dos largas avenidas que conducían al Parque del Retiro, para llegar al Palacio de Cristal con sus líneas duras hechas de hierro y al mismo tiempo suaves como sus pechos redondos, el cuello era largo y su cabeza estaba cubierta de cabello castaño, como las hojas del parque en otoño. Conquistarla no era una cuestión de prisa, sino de dejarse llevar por su ritmo, perderse en sus callejuelas para, al doblar una esquina, encontrar su mirada más íntima por ejemplo en el reflejo del estanque del Retiro. 

Madrid me pareció así, esa mujer de piel dorada, con ojos profundos y llenos de historia. El aire cálido de la Plaza Mayor me envolvió con el aroma a chocolate con churros. Las calles no eran asfalto, eran venas pulsantes, y yo seguí su ritmo, perdido y feliz. No me conquistó a base de monumentos, sino de momentos. De tardes interminables en terrazas donde el tiempo se diluía, de risas compartidas con extraños que en cinco minutos dejaban de serlo. Era fuerte y vibrante, pero tenía una ternura escondida en el silencio respetuoso de sus museos al caer la noche. Supe que estaba perdidamente enamorado cuando, una madrugada, me encontré solo ante la fuente de Cibeles. La ciudad dormía, pero su latido seguía ahí, un rumor sordo y poderoso. Y yo, en medio de esa inmensidad, no me sentí pequeño. Me sentí parte de ella. Su energía es contagiosa y vibrante. Acogedora y hospitalaria, siempre dispuesta a compartir una tapa y una conversación en una terraza, a cualquier hora. Madrid es una mujer de belleza magnética, vibrante y sofisticada, que nunca duerme y siempre tiene una sonrisa de bienvenida en los labios. No es una mujer que se pueda definir con una sola palabra. Es muchas a la vez: tradicional y vanguardista, solemne y festiva, serena y apasionada. Me atrapó con su autenticidad y me ha dado ganas de volver, para descubrir otros de sus incontables matices. Madrid no es una musa para mirar desde lejos; es una mujer que te abraza, te invita a vivir la vida con intensidad y que, una vez que la conoces, siempre querrás volver a sus brazos. Te pide que camines sus kilómetros, que te pierdas en ella para encontrarte, que aceptes sus contradicciones: su silencio aristocrático en el Retiro a las siete de la mañana y su estruendosa alegría en la Puerta del Sol a medianoche. 

Y, como en un verdadero flechazo, me cambió. Ya no soy el mismo después de haberla visto. Llevo su ritmo en la sangre, su ruido de fondo en la memoria, el sabor de sus tapas en el paladar. Me he enamorado no de una postal, sino de una presencia: “Sí, volveré pronto”, me dije a mí, mismo. Y así fue. 

La cortejé. Y ella, con la generosidad de quien sabe que es amada, me abrió sus puertas y pareció pedirme que me quedara. Para siempre. El flechazo continúa y seguirá para siempre.


Raffaella Bolletti

Mi flechazo

Estaba trabajando para mi último examen de latín y para la tesis, hace más de 40 años, y seguro que no pensaba en la posibilidad de un flechazo: en aquella época, me quedaba casi siempre en casa estudiando. Pero un día acepté la propuesta de mi hermana para ir al Oratorio de San Doménico. Yo no estaba tan convencida, pero sabía que allí un chico había tenido un flechazo, cuando la vio por primera vez, y ahora era el novio de mi hermana…

Así que yo empecé a frecuentar ese oratorio porque estaban organizando un espectáculo navideño con cantos y bailes, y por eso me propusieron realizar los dibujos de los vestidos para los artistas, que luego harían las costureras. Dibujar trajes era una pasión mía, así que acepté la propuesta con alegría… también porque tenía ganas de salir un poco de casa y de ver gente.

Luego, una noche cuando faltaban algunos chicos que tenían que recitar, alguien me preguntó si estaba dispuesta a subir al escenario para recitar también… yo acepté y luego me asignaron el papel de un ángel que daba el anuncio a María, así que recité, canté, bailé… ¡Pero sobre todo recibí un flechazo, encontrando a un chico especial que antes no conocía! ¿Fue también por él que decidí seguir organizando el espectáculo navideño? Estoy segura de que sí.

Lamentablemente, en aquella época no escribía casi nada en mi agenda, porque no tenía tiempo, pero afortunadamente he encontrado algunas fotos, donde aparezco como un ángel, una bailarina, y en la foto de grupo realizada a final del espectáculo. Y en estas fotos… yo estaba siempre cerca de Davide. ¡Fue allí que nos conocimos, y desde entonces nunca nos hemos alejado!

He encontrado solo unas 10 líneas en mi agenda, las únicas que escribí, para hablar de nosotros:

¿Porque vuelvo a tomar mi agenda, después de tanto tiempo? Porque… bueno, no sé cómo decirlo. Porque soy una chica que necesita escribir en el diario para confiar sus secretos… Porque creo que me he enamorado. Es una historia muy dulce: él me toma la mano con ternura y me la calienta cuando tengo frío, y también tiernos besitos y ligeras caricias en la mejilla… Me hace sentir tan joven, y hace que me sienta alegre y mimada… 


Silvia Zanetto

La flecha que se convirtió en flechazo

 Marian se había apuntado a un curso de tiro con arco para desconectar de la oficina. Al salir del trabajo, sentía que necesitaba hacer algo completamente distinto: dejar atrás el ordenador, las reuniones y las llamadas y concentrarse en una sola cosa.

El tiro con arco le pareció una idea casi zen; recordaba un libro que había leído de adolescente en el que el protagonista hablaba de la calma que producía tensar el arco, apuntar y esperar el momento exacto antes de soltar la flecha.

Las clases eran los miércoles por la noche.

Durante la tercera lección, una flecha salió desviada y terminó clavándosele en la pierna. No fue grave, pero sí lo bastante para acabar en urgencias.

La flecha la había disparado Reubén, un compañero del curso.

Al día siguiente apareció en el hospital con un ramo de flores enorme. Tan enorme que no pasaba por la puerta. Después de varios intentos, tuvo que dejarlo fuera y entrar con unas cuantas flores en la mano.

A partir de entonces él empezó a visitarla todos los días.

Al principio, por culpa; después, porque ella le caía bien. Y, sin darse cuenta, las visitas empezaron a convertirse en la mejor parte de su día.

Le llevaba café, revistas, chocolates o alguna pequeña tontería que había visto por el camino. Hablaban durante horas.  Lo que había empezado con una flecha terminó convirtiéndose en una rutina que ninguno de los dos parecía tener prisa por abandonar.

Cuando ella recibió el alta, él la esperaba en la puerta.

—¿Te acompaño?

Ella aceptó.

Caminaron juntos hasta la esquina. Allí se quedaron unos segundos sin saber muy bien quién debía decir algo primero.

—Todo esto empezó por una flecha —dijo ella.

Él sonrió.

—Sí.

—Y mira dónde hemos acabado.

El miércoles siguiente volvieron juntos al curso.

Esta vez él lo comprobó todo dos veces y después una vez más: el arco, la cuerda y la distancia hasta la diana.

Ella lo observaba divertida.

—¿Nervioso?

Él negó con la cabeza.

No era la flecha lo que le preocupaba.

Era ella.

Y entonces lo entendieron los dos: la primera flecha había sido un accidente; el flechazo, no.

Porque una flecha puede clavarse en una pierna.

Pero un flechazo puede quedarse mucho más hondo: en el corazón.


Graziella Boffini

La última flecha

No era Mateo una persona preocupada por el amor. No. Su mundo se reducía a la penumbra de aquella tienda de paredes forradas de espejos y envejecida madera, de la que colgaban decenas de corazones de metal que, con pasos de hormiga, marcaban los segundos. Sus breves latidos avisaban: «un instante pasó y al que estaba delante pisó», mientras devoraban el tiempo. Mateo los cuidaba, les hablaba como si fueran sus hijos, y estos le respondían en una sutil sinfonía de engranajes que tan solo él entendía. Ese era su tiempo y ese era su mundo; no necesitaba más. Fue cosa del destino que aquel día a Cupido se le hubieran acabado las flechas y solo le quedara una. También que el angelito se pusiera nervioso y no atinara con la puntería. 

En realidad, la saeta estaba destinada a unos amantes que, cada tarde, se refugiaban bajo el alero de la tienda, pero la morena de grandes ojos almendrados empujó sin querer la puerta justo cuando el angelito soltaba la cuerda. El desprevenido Mateo se interpuso en la trayectoria del disparo, la campana de la entrada tintineó y ambos corazones quedaron entrelazados para siempre.


Sergio Ruiz Afonso.

Búscame en el sueño, marinero

Era un hombre con pantalón vaquero, cazadora de cuero negro, una gorra inglesa o plana de toda la vida, y unos zapatos de piel, deportivos. Me gustó desde el primer día que lo vi. Fue en el año mil novecientos ochenta, lo veía desde el balcón de la calle Ataulfo de Barcelona.

Él pasaba todos los días, iba a la bodega que había en nuestra calle, una calle empedrada con adoquines muy gastados, donde a más de una mujer se le había roto el tacón entre los huecos, después de una buena noche y comenzaban a lanzar culebras y dragones por la boca. Me encantaba reírme con mi compañera de piso de estas cosas. Blanca tenía una risa sonora, espontánea y pegadiza. 

A ella fue a la primera que le dije que ese era el tipo de hombre que me gustaba.

Me miró detenidamente, como siempre que quería decir algo importante y me dijo: es una persona que va por la calle de la manera que a ti te gusta. No haz visto bien su pelo, ¡a ti no te gustan los calvos! ¿por qué no lo conoces? Vamos a la bodega. Fuimos y entonces me gustó más, tenía un pelo rizado, negro y espeso. Moreno como los marineros.

Después de saludar, hablamos del frío y compramos una cuarta de vino; él contestó a nuestro saludo, tenía una voz de tenor que ella definió como rasposa.

Y cuando acudíamos a las clases, los profesores hablaban y hablaban, pero yo realmente estaba en mi balcón o en la bodega mirando a aquel chico que me gustaba tanto. Empecé a salir con él, me di cuenta de que bebía cada día, y me seguía pareciendo atractivo. 

Mi amiga me dijo que él no hablaba. Ahora sé que es que no podía; tenía la profundidad de un charco.

Con el tiempo le tuve que dar la razón. No era interesante, yo me inventé su personalidad, yo soñé. Cupido hizo muy bien su trabajo: atravesó mi cerebro con su flecha llena de ideales.

— Sara —me dijo—, aprendí que los príncipes dan miedo, que los finales son tristes, y que lo importante es el camino que aún queda por recorrer. Elige bien.

Nos despedimos para siempre.  

Ella no irá nunca a una república de borrachos. Encuéntrame en el sueño. Ahora estoy en el suave peso del recuerdo.


Blanca Quesada

Amor a primera vista

Aquel día Lucía se dirigía a reunirse con un arquitecto para hablar sobre los detalles de la casa que ella y su marido habían comprado para darle más espacio a los hijos.

Atravesaba una tapa muy triste: había perdido a su hermana y descubierto las infidelidades de su marido y ya no sentía ganas de nada.

Llegó a una plaza muy concurrida y ruidosa; una vez dentro del estudio, ya no se oía ningún ruido, solo música suave y agradable, le impresionó la belleza del entorno, los colores, la pintura, el mobiliario y las alfombras, todo era exactamente de su agrado.

Un hombre se acercó a ella, le tomó la mano, la tuvo un momento entre la suyas y se presentó, Lucía sintió de inmediato como si algo, que había permanecido latente en su interior durante mucho tiempo, hubiera despertado, pensó en lo maravilloso que sería ser acariciada por esas hermosas manos masculinas. Aquella reacción la tomó por sorpresa, pero fue una sensación muy agradable.

Empezaron a hablar de las obras que había que hacer en la casa, pero parecía que ninguno de los dos estaba realmente interesado, él no dejaba de mirarla fijamente y ella se sentía confundida.

Más tarde, él le dijo que en cuanto vio su hermoso rostro con aquel aire de tristeza sintió un impulso inmediato de abrazarla y protegerla.

Empezaron a verse, para ella era el único momento de felicidad, hasta que se encontraron entre los brazos del otro, la conexión física era perfecta como si se hubieran conocido de toda la vida. Lucía se sentía viva de nuevo tras tanto dolor. El flechazo no siempre es correspondido, pero ellos habían tenido suerte, por nada al mondo habrían renunciado a ese amor que llegó justo en el momento oportuno, cuando lo necesitaban.

Leda Negri

Madre

Femme avec ombrelle de Claude Monet, 1886

Ser Madre y Padre

— Marina, ¿Quieres ser madre cuando nos casemos, verdad?

— ¿Después de una semana, dices, Pablo?

La sonrisa de su novio se transformó en una risa, la abrazó y ella también le echó los. brazos al cuello y se puso a reír.

— Claro que sí… Deseo mucho que tengamos niños… Pero el año que viene. La próxima semana por fin vamos a vivir juntos, tú y yo, pasando cada noche en la misma cama, voy a cocinar por ti, podremos pasar todo el tiempo libre juntos, ¡solo tú y yo! 

—Yo también opino lo mismo. Además, quiero pasar contigo unas vacaciones especiales, después de la boda… ¡Vamos a convertirnos en padres dentro de un año!

Después de ese año especial, concentrado en la feliz convivencia de Marina y Pablo, decidieron vivir en compañía de un niño que naciera de su amor, y con el carácter agradable de los dos… Pero pasaron meses, y el niño no lograban crearlo… Cada mes Marina tenía el ciclo menstrual y descubría que no se había quedado embarazada, cada vez más preocupada y decepcionada. 

Según el médico, no había problemas: seguro que, dentro de poco ese hijo, tan deseado y ya querido por los dos, llegaría…

— ¿Qué nos va a pasar, Pablo, si no logramos tener el niño?

— ¡Confía en lo que nos ha dicho el doctor, querida!

Así que, después de otro año, cuando Marina se quedó embarazada, se lo contaron a todos: ¡no solo a su doctor, a sus padres y a sus hermanos, no solo a sus mejores amigos, sus compañeros de trabajo, sus vecinos de casa, sino a cualquiera! La gran sonrisa de los dos se había hecho radiante, y ya estaban comprando su cuna, el cochecito, la ropa para bebés…

Marina no se sentía físicamente bien durante los primeros meses de embarazo, pero luego se sintió mejor, y cuando volvió al médico, satisfecha de no tener dolores de vientre ni muchísima náusea, se sintió todavía más feliz, porque su embarazo iba muy bien…

Marina se convirtió en madre y Pablo en padre: nacieron Elisa, luego Carmen, y también Andrés… y ¡su vida fue feliz!


Silvia Zanetto

Madreperla

 Mi madre tenía una pequeña caja de madera que guardaba siempre en el cajón de su mesita de noche. Cuando era niña, le preguntaba qué había dentro.

—Es un secreto —respondía sonriendo—. Algún día lo sabrás.

Después de su muerte, encontré la caja.

Dentro había una fotografía de ella, muy joven, y una pequeña concha de nácar, blanca y brillante, que parecía guardar una luz propia.

Le di la vuelta a la fotografía. En el reverso, con su letra, había escrito:

«La madre es como la madreperla: convierte una herida en algo hermoso.»

Me quedé mucho tiempo mirando aquellas palabras.

Entonces recordé sus manos. Las manos que me habían acariciado la frente cuando tenía fiebre, que habían cosido mis vestidos, preparado mi comida y secado mis lágrimas. Recordé también las veces que la había visto triste y, al preguntarle qué le pasaba, me había respondido:

—Nada, cariño. Estoy bien.

Ahora entendía que no siempre había estado bien.

Había tenido sus propias heridas, como aquella pequeña partícula de arena que entra en una ostra y la obliga, poco a poco, a cubrirla de capas de nácar para protegerse del dolor.

Quizá mi madre había hecho lo mismo durante toda su vida.

Había cubierto sus heridas de paciencia, de ternura, de sonrisas. Y con ellas había construido algo precioso: mi infancia.

Apreté la concha contra mi pecho.

Por fin comprendí por qué había escrito aquella frase.

Madre.

Madreperla.

Dos palabras tan distintas y, sin embargo, tan cercanas.

Porque una madre también puede ser eso: alguien que recibe el dolor, lo transforma en amor y, sin decir nada, deja en nuestras manos algo que seguirá brillando mucho después de que ella se haya ido.


Graziella Boffini

La sonrisa de mi madre

En enero de 1916, en un pequeño pueblo de Friuli, nació Anna (mi madre). Su padre, que entonces tenía veintisiete años, estaba en la guerra en los montes del Carso. Con motivo del nacimiento, el regimiento le concedió dos días de permiso. La vio, la besó y se marchó. Ocho días después murió en el monte S. Michele. Este podría ser el final de una triste historia, pero es solo el principio. 

En aquellos tiempos, los pechos de la madre de Anna (la abuela Giuditta), rebosante de rica leche, eran un bien preciado. Entre la rica burguesía véneta, las neo madres dejaban sus recién nacidos en manos de nodrizas. Para no estropear sus tetas o, quizás, como forma de prestigio. Así la abuela Giuditta se marchó dejando a la pequeña Anna y a su hermanito de tres años, a sus viejos padres (mis bisabuelos) y a una vecina que había dado a luz más o menos en el mismo periodo y que se convirtió en la madre de leche.

Anna vivió toda su vida en el pueblo sin padre ni madre porque su madre, una vez terminada su labor como nodriza, pasó el resto de su vida cuidando hijos de familias ricas como ama de llaves. Este trabajo le permitió mantener a toda la familia que había dejado en el pueblo. 

Anna era una niña inteligente y vivaz. Cursó la escuela primaria sin obtener resultados brillantes, pues le costaba adaptarse a la disciplina y a las horas que debía pasar sentada inmóvil en un incómodo pupitre de madera. 

Aprendió a bailar desde muy pequeña y se unió al grupo de danzas folclóricas del pueblo. Tenía además una voz preciosa. El coro “La betulla”, orgullo del pueblo, la quería entre sus filas. Pronto aprendió a bordar y a coser, logrando así insuflar nueva vida a las prendas desechadas por las jóvenes ricas que le enviaba su madre. 

Eran los primeros años de 1930. 

Anna empezó a trabajar en el taller de sastrería del pueblo. Era una adolescente alta, delgada, con piernas perfectas. Siempre dispuesta a sonreír y reír. Tenía un agudo sentido del humor, irónico y a veces mordaz. Con sus amigas asistía a todas las fiestas de la zona y sus alrededores, bailando y dejando resonar su risa cautivadora. 

Era el año 1936.


Anna tenía veinte años.

Muchos pretendientes y un casi novio con intenciones serias, pero nadie había logrado conmover su corazón. Hasta que llegó Umberto, mi padre. Fascinante, 10 años mayor que ella y con fama de mujeriego. Como dicen las novelas por entregas fue “amor a primera vista”. 

Se casaron un año después. Tres días de luna de miel en Venecia. Recuerdo que mi madre siempre me contaba que de Venecia no vieron casi nada, recordaba solo el techo de la habitación del hotel. 

Como la mayoría de los friulanos de la época, Umberto pensaba en emigrar. La abuela Giuditta, que entonces trabajaba en Milán para la misma familia adinerada cuyos hijos había criado, se opuso con terquedad a la idea. 

En poco tiempo encontró un trabajo para Umberto y un pequeño apartamento de alquiler de 40 metros cuadrados en Milán. Allí nació mi hermana en 1939 y yo misma en 1945. 

Han pasado más de 80 años, pero aún puedo oír su risa y ver su tierno rostro a través del humo de su imprescindible cigarrillo. 


Iris Menegoz

Rocío e Inés dos caras de un mismo amor

En un pequeño pueblo, donde el río serpenteaba lento y las casas parecían susurrar historias antiguas, vivía Matilda, una maestra jubilada. Ahora era una mujer muy mayor, conocida simplemente como «la madre» por la manera en que su amor envolvía a todos los que la conocían. Matilda nunca conoció a la mujer que la dio a luz, y para ella «madre» era la mirada paciente de la mujer que la adoptó y de la que aprendió que el amor se construye cada día. Los habitantes la consideraban la herencia y la tradición, una “memoria histórica” del pueblo. Era por eso que los padres animaban a sus hijos a pasar un poco de tiempo con ella para que les contara las historias o anécdotas del pasado.

Fue así que un día decidió contarme lo que le habían referido dos chicas sobre la palabra madre, palabra que tenía diferentes significados.

Me llamo Rocío.  

Mi madre me parió en la madrugada de un día de lluvia. Non es cierto que los recién nacidos no entiendan, y por muy improbable que pueda parecer recuerdo una voz, suave y al mismo tiempo cansada, que susurraba “Es la mañana más hermosa de mi vida”. Era la voz de mi madre.

Abrazándome me envolvía cuando el mundo parecía demasiado complicado, incomprensible, peligroso, cuando una rodilla raspada o un corazón roto necesitaban solo un refugio, un puerto seguro en sus brazos.

Dedicaba su tiempo a mí, los días y las noches con una paciencia infinita. Las meriendas preparadas con amor, las lecciones repasadas a la tenue luz de la lámpara, su incansable trabajo para ayudarme a construir una base firme bajo mis pies.

Relataba mis orígenes, mis raíces, enseñándome de dónde vengo. Me hablaba de su madre, y de la madre de su madre, contando historias, canciones y recetas antiguas que formaban una especie de collar de perlas preciosas. 

Eternidad, ese vínculo no conoce el fin. 

Ahora, cuando la veo con canas en el cabello y la misma sabiduría en la mirada, sé que su amor es la única cosa eterna que he tocado. Rocío

Yo soy Inés

Mi madre también me parió en la madrugada de un día, pero un día de sol. No tenía una voz suave, sino estridente, chillona con la que me informó enseguida que no estaba muy dispuesta a mimarme. 

Así que crecí bajo el peso de esa sombra. Su amor me parecía una jaula. Aprendí a sonreír cuando sentía ganas de llorar, a obedecer cuando quería rebelarme. Me concedía un poco de cariño solo cuando me comportaba exactamente como ella esperaba. Aprendí que ser yo misma iba a chocar con su indiferencia.

Despreciaba cualquier cosa que hiciera o dijera. Mi madre siempre tenía una forma de torcer mis palabras, de hacer que mis sueños parecieran tontos o imposibles. Cada elección que hacía era sometida a su escrutinio, retorcida hasta que parecía un error.

Rencorosa, este es el adjetivo adecuado para ella. Guardaba cada desacuerdo, cada acto de rebeldía adolescente para utilizarlos en discusiones con sus amigas, como prueba de mi ingratitud.

Egoísmo. Su mundo giraba alrededor de sus propios deseos. Mis necesidades eran una distracción, mis crisis, un inconveniente. Aprendí a ahogar mi llanto para no molestar su paz.

Al final para mí, la palabra madre perdió su significado, no me evocaba calor ni refugio, sino una cárcel perfectamente construida con manipulación, desdén, rencor y egoísmo y sin amor.

Mi verdadera madre podía ser la tierra bajo mis pies, húmeda y fértil, que sostenía las raíces del viejo roble en el jardín de la escuela. Era paciente, generosa, y en su silencio contenía el secreto del crecimiento. O también la madre Patria, mi nación de origen, una entidad vasta y a veces abstracta, hecha de historia, banderas, con un sentimiento y una carga afectiva profunda que podía henchir el pecho de orgullo. Inés

Rocío e Inés asistieron a las mismas escuelas y la misma universidad, volviéndose muy amigas Poco a poco Rocío ayudó a Inés a considerar la palabra madre desde una perspectiva diferente y, al final, a pesar de todo, Inés se dio cuenta de que madre era la mujer que daba la vida, la que enseñaba a caminar y cuyo abrazo curaba cualquier rasguño. Era un sustantivo propio, único y lleno de calor. Ese calor y ese amor que Inés nunca había recibido.

Por fin comprendieron que el verdadero significado de madre no está en el diccionario, sino en el acto de sostener, de nutrir, de dar forma a la vida desde la sombra, sin pedir nada a cambio. Madre es, al final, sinónimo de origen. De donde venimos todos, de una forma u otra.


Raffaella Bolletti

Vivir

Nuestro encuentro es ya perpetuo. Quedó registrado en las líneas invisibles del universo. Llegaste llena de entusiasmo y me enseñaste a sentir y vivir.

Llegaste como el aroma de la tierra húmeda y dejaste para siempre la fragancia de las rosas. Te fuiste inmarcesible: jamás te marchitas. El tiempo no te afecta; tu fuerza, tu vigor y tu belleza permanecen intactos. El paso de las horas transcurre sin consecuencia alguna sobre ti.

Eres el lugar donde reza el mayor de los silencios: un conticinio pleno, sereno y perfecto. Allí habita la sabiduría que les falta a tus juzgamundos y a tus zascandiles.

Estás llena de calma.

Verte por primera vez, madre, fue una serendipia y una epifanía a la vez. Fue descubrir mi sulamita: esa mujer capaz de dejar una estela perpetua en la línea de la vida.

Eterna amabilidad.

Eterna sencillez.

Por tus venas corre el icor, la sangre de los dioses.

Mi momento de gracia fue nacer de ti.

Y mi privilegio, haberte conocido.


Blanca Quesada

La Madre

Louise amamanta a su hijo de Mary Cassat, 1899

— Lo ves, ella me da patadas.

— Ella se mueve, seguro, pero crees que son los pies.

— No lo sé, pero lo importante es que ella quiere salir.

El médico predijo que Fabienne nacería hace dos días, pero ella se hizo esperar. En cualquier caso, había planeado que María entrara a la clínica esta noche. El peso y la altura del bebé ya no permitían esperar más. María tenía una necesidad desesperada de verla, tocarla, amamantarla. 

Ella había pensado en todo, las pequeñas prendas llenaban los armarios, pero también todos los accesorios necesarios, habían asaltado las tiendas especializadas y luego la madre de Juan y todos sus amigos habían contribuido. El apartamento estaba lleno.

El proyecto nació antes incluso de que se casaran. Habían huido juntos a Spa, la famosa y célebre ciudad termal. María ya trabajaba en un internado cerca del pequeño pueblo en una colina. Habían alquilado un local para estudiantes, pero la primera noche lo habían pasado en el hotel. Juan, que había decidido acabar con la vida desordenada que llevaba en las Facultades universitarias de Namur, quería casarse con María, en aquella época, en los años 60, para convivir, no había alternativas. Y querían tener un hijo de inmediato para consolidar su amor y que todo el mundo lo supiera.

Estaban convencidos, Fabienne fue concebida esa noche.

María tiene mucho miedo del dolor, y sin embargo lo que la había convencido cuando aún dudaba de Juan, pues tenía mala reputación, era un seductor, fue ese extraño deseo en un hombre de querer un hijo, e incluso más, prefería tener una hija. 

El ginecólogo la había tranquilizado, lo más pronto posible la anestesiará durante el parto. Asistieron, por supuesto, a los cursos que preparaban a las parejas para esta aventura que no podía considerarse peligrosa.

Hubo que aplicar anestesia e incidir la membrana, pues la cabeza de Fabienne buscaba salir y se corría el riesgo de desgarramiento. El médico dio la autorización al anestesista. María no había podido evitar el sufrimiento provocado por las primeras contracciones y el esfuerzo casi insoportable de empujar al niño en el canal pélvico. Todos los médicos y enfermeras se unieron a Juan, el padre, para apoyar a María durante su trabajo. La liberación está cerca ahora, ella puede descansar.

Cuando se despierta en la pequeña habitación clara, su mirada es elocuente, desea a su bebé. Fabienne duerme en una pequeña cama alejada. Juan está con ella. También está un poco cansado, tuvo que ayudar a la matrona a lavar al niño, vestirlo y ponerle en la muñeca una pequeña pulsera de identificación. Todo esto fue bastante rápido, ya que se había procedido a una anestesia ligera y de corta duración. Rápidamente, agarró a Fabienne y se acercó a la cama. Él desplegó las sábanas y colocó al bebé sobre el pecho de María. Sin dudar, Fabienne, como si ya hubiera aprendido, pone su mano sobre el seno y agarra el pezón con la boca pequeña abierta. Su mirada brillante plantada sobre los ojos azules y tiernos de su madre que ya se había levantado para ayudarlo a mamar mejor.

María continuó amamantando, después de su permiso de maternidad, el mayor tiempo posible. Tenía leche en abundancia.


Jean Claude Fonder

Ajedrez, ganchillo y zarzaparrilla

Desde antes de nacer ya era yo un caso raro.  Para empezar, no me trajo, como a los demás niños, una cigüeña desde París y, además, el día en que nací, mi madre no estaba en casa. «Salí un momento —se excusó avergonzada— a casa de una vecina», y cuando regresó se encontró con la sorpresa. A mí, que nunca me han gustado los dramas, en vez de llorar, me armé de paciencia y me puse a jugar al ajedrez en tanto que la esperaba. La matrona, que era una señora muy seria y vestía de negro, le aseguró a mi madre que aquello no era normal, pero mamá se lo tomó a risa y sentándose a mi lado, se puso a hacer ganchillo.

Y cuando un poco más tarde llegaron mi padre y hermanos, todos se pusieron muy contentos y hasta brindaron con una botella de zarzaparrilla. 

«A ti te trajo un águila calva, desde Oklahoma», me contó cuando fui un poco más grande. «Cosas de tu padre, que siempre fue muy moderno».

El caso es que, al principio, como consecuencia de ese origen, solo hablaba en inglés y no me entendía con ningún otro niño porque todos lo hacían en francés, mirándome como si fuera un bicho raro. Pero mi madre no se daba cuenta porque no sabía idiomas —bueno, un poco el suyo—. Para ella, ni unos ni otros hablábamos en cristiano. Yo la quería a pesar de todo porque sabía que era primeriza. Con el tiempo, no me quedó más remedio que aprender a hablar español.


Sergio Ruiz Afonso.

Alegría de vivir

La desserte rouge de Henri Matisse, 1908

Alegría de vivir

La desserte rouge de Henri Matisse, 1908

Tengo 82 años, todas las personas famosas que he conocido en mi vida, más o menos jóvenes, han muerto o están a punto de morir. Mi mujer, sobre todo con la que he vivido cerca de 60 años difíciles pero muy felices después de todo, también falleció hace un año. Escribir sobre el tema «La alegría de vivir» parece un desafío.

Y sin embargo no. Hay que decirles que no soy creyente. Ahora que el fin se acerca, me empujaría más bien en la otra dirección. Pero, ya saben, la fe no se manda. A mi edad uno fácilmente se pregunta por qué vivir todavía. Mi salud tambalea, todo se vuelve más difícil, ¿seré una carga desagradable para mi familia?

Cuando el otro día vi la Desserte rouge de Matisse, presentada con ese verdadero lema «Alegría de vivir», me pregunté: ¿por qué este cuadro?

Una verdadera revolución este fauvismo, adiós a la perspectiva y al realismo, despliegue de colores escandalosamente bellos y una colección de escenografías sencillas y tranquilas.

El epicureísmo de Horacio, siempre me ayudó a captar los verdaderos valores que la vida me ofrecía. Hoy ya no está muy de moda, pero una vida de pareja larga, llena de giros peligrosos, para poder vivir juntos ese final que puede parecer una desilusión, es según mi experiencia el valor más valioso que se obtiene.

Mi esposa lamentablemente ha fallecido, espero encontrarla más tarde, pero no sé si es posible. Lo que es seguro, sin embargo, es que ella sigue viviendo en mis pensamientos diarios, está allí a mi lado, hablamos todos los días juntos y les aseguro que no quiero perderla.


Jean Claude Fonder

Alegría de vivir

Alma nació en un pequeño pueblo de montaña. Su infancia no fue fácil. Nunca conoció a su padre. A los seis años se trasladó con su madre a un pueblo en la costa, en un pequeño apartamento con vista al mar. Su madre trabajaba como criada al servicio de una familia muy rica; su tarea principal consistía en preparar los desayunos y las comidas, y en poner la mesa de forma impecable. No era un trabajo que le aportara muchas satisfacciones, pero su madre estaba feliz de todos modos. Le gustaban sobre todo los colores de la habitación y de los manteles, muy vivos, casi estridentes, como a veces puede ser la vida.

A los 18 años, Alma se mudó a la ciudad para estudiar Historia del Arte. De vuelta al pueblo, años después, volvió a vivir en el pequeño apartamento, con su madre. Nunca se casó. Pero sí tuvo un hijo, al que puso el nombre de Julio, el del padre que no había conocido. En el comedor colgaba un cuadro, una reproducción de «La desserte» de Matisse. Lo había comprado en un viaje a París, años atrás y ahora al mirar esta pintura recordaba que, de pequeña, observando a su madre poner la mesa, colocar meticulosamente la fruta en la bandeja, había visto su meticulosidad como una manía, una obsesión por controlarlo todo. Pero ahora, veía algo más: en un mundo caótico, su madre creaba un pequeño universo de color y forma donde todo tenía su lugar. Un universo que, como el cuadro de Matisse, no pretendía ser realista, sino verdadero en su emoción.

Como solía hacer desde pequeña, Alma se levantaba muy temprano para mirar cómo el sol emergía del mar. Cada mañana, ese ritual simple la llenaba de una paz profunda. No eran necesarias grandes aventuras; la alegría estaba en ese instante preciso, en el destello dorado sobre las olas, en el aire salado que acariciaba su rostro. Recordaba los años de prisa en la ciudad, atrapada en un ciclo de estrés y expectativas.

Ahora, su riqueza se medía en amaneceres. El sol, al elevarse, pintaba el cielo de naranja y rosa. Una sonrisa se dibujó en sus labios. La verdadera felicidad, comprendió, no era un destino lejano, sino la capacidad de apreciar el regalo del presente. Allí, mirando el horizonte infinito, Alma sentía la alegría de vivir latiendo en su pecho, tan cálida y constante como el sol que nacía del mar. 

En aquella temporada, su hijo, que solía vivir en otra ciudad, también estaba allí con ella en el apartamento frente al mar, y Alma quería que él también viviera la emoción del amanecer; entonces aquella mañana intentó despertarlo:

<¡Levántate! Date prisa, por favor Julio.

Amanece ya, ¡ya sabes que este espectáculo dura solo unos minutos! ¡te lo vas a perder! Cada vez que vienes aquí no consigues admirar la maravilla del amanecer. Esta vez me gustaría de verdad verlo contigo. Hay un lugar perfecto para ello: este balcón justo frente al mar, orientado al este. Ahí está, sale el sol, en el horizonte>

<A mí no me importa, respondió Julio, si por mí fuera, el sol podría desaparecer, prefiero la oscuridad donde no veo casi nada, donde todo parece igual.>

Al no poder transmitirle su certeza de que la alegría de vivir, para ella consistía, por ejemplo, en un amanecer, le decía a su hijo que el sol, a pesar de todos nuestros problemas, siempre se levanta, a veces se esconde detrás de unas nubes caprichosas, pero entra en nuestros corazones para que comprendamos que se puede ser feliz con poco, por ejemplo con los pequeños detalles, sólo hay que saber buscarlos y apreciarlos. 

<Gracias mamá>, respondió Julio, <pero, por favor, no me des la lata, no me importa el sol. ¡Déjame en paz!>

<Vale, pero recuerda hijo, la alegría de vivir no es algo que se aprende en los libros. Es como una colección de momentos, como las piezas de un mosaico. Hay días grises y días llenos de preocupaciones, pero tienes que aprender a buscar la belleza incluso allí. Y recuerda que el sol entra en tu vida saliendo de la nada como un arcoíris después de la lluvia, va creciendo hasta llegar lleno, pasional, rojo. ¡Aprende de él!

Entonces Alma volvió al balcón para contemplar el sol, que ya había salido.


Raffaella Bolletti