La fuga

La vida de Cristina había llegado al tope, su carrera profesional estaba proyectada hacia un futuro luminoso y ella transcurría todo el día entre su oficina en el distrito policial y el tribunal donde actuaba como abogada.

Su último caso le había dejado un malestar que después de un mes aun la agotaba.

Cuando su compañera del colegio la llamó por un repatriado pensó que un largo fin de semana en una casita de campo, cerca del lago, la ayudaría a recuperarse.

Sin pensarlo llamó a su jefe comunicándole que ese fin de semana se tomaría algún día de descanso y regresaría el lunes; fue a su habitación a cambiarse y a preparar un maletín con lo necesario para esa temporada de descanso y salió con su coche.

Finalmente alcanzó el pueblo donde vivía su compañera, un lugar totalmente aislado, al borde de un bosque. Las instrucciones recibidas le indicaron el hostal donde pasaría la noche. El programa era muy rico y al día siguiente organizaban una búsqueda del tesoro.

Por la mañana se presentó con una mochila y, a quien le preguntaba, decía que necesitaba un cambio de ropa por si acaso se caía al arroyo. El grupo de compañeras se marchó y a los pocos pasos empezaron a dividirse, siguiendo diferentes caminos. 

Cristina se aseguró de que nadie le seguía, se cambió de ropa, se puso una peluca encontrada en el cesto de los objetos perdidos que estaba al lado de la conserjería, y se dirigió hacia la pequeña estación de trenes. Subió en el primero que paró y, al llegar a la primera ciudad, salió para cambiar otra vez su destino. Al final del día estaba a unos quinientos kilómetros. Compró unos vestidos grunge en una tienda de ropa usada, luego entró en el servicio de una cafetería muy grande donde nadie le haría caso, se cortó el pelo, lo tiñó de un color castaño y se cambió la ropa. La nueva Cristina estaba lista.

Se alojó en una pequeña pensión y, tras dejar sus cosas, decidió dar un paseo por el pequeño pueblo donde le parecía respirar un aire nuevo. Su mirada se paró sobre el cartel expuesto en el escaparate de una tienda de flores: buscaban una ayuda para preparar el festival de las flores que empezaría dentro de un mes. Entró en la tienda buscando más información; el dueño, un joven muy amable, con una sonrisa cálida, le explicó que el festival atraía a mucha gente y era muy divertido ya que se organizaban juegos y venían muchas atracciones. La persona a la que buscaba le ayudaría en la organización y también en el arreglo floral; Cristina le dijo que si y se acordaron para que empezara a la mañana siguiente.

Ahora solo necesitaba un lugar donde vivir, no le gustaba quedarse en una pensión anónima; entró en una cafetería para tomarse un refresco y pensar en los pasos a seguir. Mientras esperaba a la camarera, oyó la conversación de dos señoras sentadas en la mesa a su izquierda; la mas anciana ofrecía una habitación en cambio de compañía y de algún servicio. Se presentó, intercambiaron algunas palabras y la habitación fue suya.

A lo largo de dos días su vida había cambiado completamente; la fuga desde su viejo trabajo agotador se volvió en un nuevo inicio.

Elettra Moscatelli

El cruce de ferrocarril (2)

Primera parte https://wp.me/pcDIqM-r1

Un golpe en la ventanilla le despertó de sobresalto, un anciano gruñón golpeando la ventana le gritaba que pasara. ¡Qué pena, la mujer rubia le parecía tan real!

Cruzó la carretera y comenzó el ascenso al estanque encantado, lo llamaba así de niño, cuando venía a beber chocolate mágico con su abuelo. Pasó la curva y se encontró en un estacionamiento inmenso, el antiguo quiosco se había convertido en un edificio moderno, las ventanas cubiertas de carteles de exposiciones y festivales. Flores de malva rosa salían del asfalto como hierba; una decena de clientes sentados en los bancos de madera de las mesas exteriores, descansaban sobre cojines esponjosos que representan amapolas rojas elevándose entre los hilos de hierba de un césped verde. Geranios rebosantes de grandes jarrones descendían de las ventanas de la primera planta. En el estacionamiento se bajó de la camioneta y caminó hacia dentro. Entró en la cafetería, todo azulejos y espejos, un lugar moderno, sin encanto, a pesar de los mapas representando los senderos circundantes para caminar durante largos paseos. ¡Qué maravilla poder pasear por aquellos senderos con una chica rubia como la de su sueño! ¡Ojalá la conociera! Se acercó a la barra: un rayo de sol se reflejaba en el cromado de la máquina de café iluminando el pelo largo, rubio, ondulado de la persona situada detrás de la barra. Estaba de espaldas y para llamar su atención Jordi la saludó: “Buenos días!”. La persona se volvió: dos ojos celestiales y magnéticos le miraron, una sonrisa abierta y tierna, enmarcada por una barba gruesa, y una voz rasguñosa de barítono, le preguntó, “¿Que desea?”

Instintivamente Jordi se volvió hacia la ventana en busca de ayuda, otro cliente, un transeúnte cualquiera. Miró el reflejo del sol, tenía la impresión de que su vida se había puesto patas arriba; un nombre volvió a su cabeza, irreal, surrealista: Antón. Jordi arregló esa cara enmarcada por la barba. Un dolor agudo, se llevó la mano al corazón, le gustaría hablar, escapar, deshacerse de ese maldito sueño. Señor, señor, ¿qué tiene?, ¿está enfermo? ¿Desea un chocolate? 

¡Un chocolate!

Elettra Moscatelli

El cruce de ferrocarril (1)

Era la última entrega antes del largo puente de Pascua; un día de primavera que sugería la necesidad de ir despacio, y Jordi quería sumergirse en la naturaleza. En ese día soleado no quería colarse en un túnel y en lugar de tomar la autopista, decidió recorrer la antigua carretera que subía a lo largo de la montaña, al lado del bosque, a pesar de que el recorrido era más largo.

Cuando llegó al cruce del ferrocarril se sorprendió porque no había coches esperando y pensó que habrían cerrado las barras hacía poco; sabía que la espera sería larga, pensó bajarse de la camioneta e irse a la vieja cafetería para conseguir un chocolate.

Cuando entró, en seguida reconoció el olor casi mágico de cuando era niño: un olor a casa antigua, paredes altas, suelos húmedos, cruasanes recién horneados, fermentación y vino malo, que, por un momento, lo aturdió. Nada había cambiado. Tocó la campana esperando al mayor que le había enseñado jugar los dardos, si, los mismos dardos que todavía veía en la pared detrás de la caja. Quién sabe cuántos años tenía, había pasado un tiempo desde la última vez que lo vieron allí. Por fin se abrió la puerta que daba a la parte trasera del local, prácticamente un acceso privado al bosque, y entró una criatura angelical. Se quedó con la boca abierta. Una cascada de pelo rubio ondulado y dos ojos azules en los que parecía permanecer un pedacito de cielo. Le saludó y comenzó el hechizo. La voz angelical le preguntó lo que quería y Jordi tartamudeó que quería chocolate, el habitual del lugar. “Por supuesto, voy a prepararlo para ti ahora mismo” dijo el ángel rubio y Jordi se sintió perdido.

…continua https://wp.me/pcDIqM-sT

Elettra Moscatelli

Un encuentro al río

Era un día frío y nublado, el viento azotaba los juncos al lado del río y levantaba en el aire pequeñas gotas de agua. Ana iba andando despacito con su perro, un setter inglés blanco y negro. No encontró a nadie hasta cuando llegó a su sitio preferido, una curva del río que formaba un refugio perfecto ya que el viejo árbol, poderoso, con sus ramas desnudas, escondía la vista desde el sendero.

Tras acomodarse sobre su roca preferida que tenía un apoyo natural para los riñones, se dio cuenta de que, al fondo del sendero, un hombre pintaba su tela, apoyada en un caballete. Ana quedó un rato mirándole y luego decidió acercarse al hombre y, sin hacer ruido, se paró a su lado, pero detrás de él, de manera que el hombre no pudiera verle mientras ella observaba sus pinceladas capaces e intensas. Estuvo mirándole; le gustaba observar a las personas y él tenía un aspecto familiar. El perro seguía buscando olores y pasó bastante tiempo antes de que volviera y se echara cerca de ella.

En fin el hombre se dio cuenta de su presencia y le sonrió; su mirada era dulce como el terciopelo, el pelo largo, movido por el viento, un color castaño con los hilos de plata como reflejos del sol. Ana quedó encantada, sin emitir un sonido, acunada por el sentimiento de amistad, quizás de amor, que el hombre le inspiraba. Le vinieron a la mente recuerdos de su juventud; otro día, otro río, su primer enamorado. Jordi era un joven tranquilo, un estudiante riguroso, que la hacía sentir como a una reina y Ana pensaba que habría sido para siempre. En cambio, el joven, que era muy religioso, la dejó para entrar en el seminario y seguir su vocación. Ana sufrió muchísimo y, a pesar del tiempo que pasaba, de los hombres que conoció, nunca se atrevió a formar una familia, siempre pensando en su amor perdido.

El sol se asomó a través de las nubes, calentando el aire. El perro, cansado por la inmovilidad, ladró, rompiendo la burbuja del silencio. Ana y Jordi se acercaron el uno a la otra, miraron cada uno en los ojos del otro, y como un relámpago en las noches de verano, se encontraron, dos almas perdidas que finalmente miraban juntas al futuro, un regalo llegado del cielo, un nuevo inicio.

Elettra Moscatelli

Un mal encuentro

Chaste Suzanne Felix Vallotton 1922

Ana tenía la capacidad de evocar imágenes con su música, cuando tocaba el piano la música pintaba temporales con los relámpagos, los campos con el trigo ondulando por la lluvia. Terminado el concierto, descansó un rato en el vestuario esperando que Jorge viniera a recogerla para ir al restaurante donde los amigos la celebrarían como siempre. No tenía tiempo suficiente para mudarse el vestido y decidió ponerse el abrigo y el nuevo sombrero que brillaba en la noche como si las estrellas fueran sentadas en su cabeza. Cuando oyó golpear se levantó con una sonrisa que se apagó al abrir la puerta y viendo entrar a un señor calvo, más bien dos mellizos y de repente su mundo se oscureció. Amiguitos de Don Ramiro, el viejo profesor de música con los brazos flácidos y la barriga con pliegues, que en cambio de una casa y de las clases le exigió caricias, venían con el propósito de recibir el mismo tratamiento. Verdad y mentira peleaban en su cabeza; nunca había hablado a Jorge de su pasado, ahora debería renunciar a sus deseos más profundos. No, no podía ser, su vida destruida, no: la defendería dientes y uñas. Y supo en aquel momento que las horas de los mellizos estaban contadas.

Elettra Moscatelli

Tomarse la vida

Tal y como las flores, nosotros también debemos aceptar nuestro destino, día a día intentando sacar lo mejor de lo que la vida nos ofrece y enfrentando lo malo con la sonrisa. 

Somos lo que queremos ser. Para ello debemos perdonar a nosotros mismos y practicar la paciencia y la resiliencia en cada situación.   

Y siempre podemos ser lo que queremos cuando seamos libres de no actuar como quieran los otros, sino actuar, vivir, ser lo que sabemos y queremos ser.

Y como las flores podemos florecer, perfumar y marchitar dependiendo solo de nosotros.

Elettra Moscatelli

¡Socorro!

Hoy es un día especial; me llamó el director del banco informándome de que tenía una sorpresa para sus clientes y me fijó una cita para esta tarde.

Es una temporada muy afortunada, en este periodo negro del Covid19, me siento como el ganador de una medalla de oro en las Olimpiadas. Me acreditaron el préstamo por € 25.000 que el Gobierno asignó como incentivo para la economía y mañana empiezan las obras para la reestructuración de mi casa que saldrá prácticamente gratis ya que recuperaré el 100% del gasto. Bueno, ya estoy en el banco. Subo las escaleras que me llevarán a la oficina del director, empiezo a sudar, las escaleras nunca terminan, se están alargando, y yo subo, subo, una sensación de constricción cierra mi garganta, ahora las escaleras van cuesta abajo, voy corriendo y extraño los pasos debajo de mis pies, un calor impresionante, extraño el aire, estoy cayendo, más y más abajo, ¡socorro! ¡socorro! Y me despierto en un baño de sudor. 

Elettra Moscatelli

Un mal encuentro

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Ana tenía la capacidad de evocar imágenes con su música, cuando tocaba el piano la música pintaba temporales con los relámpagos, los campos con el trigo ondulando por la lluvia. Terminado el concierto, descansó un rato en el vestuario esperando que Jorge viniera a recogerla para ir al restaurante donde los amigos la celebrarían como siempre. No tenía tiempo suficiente para mudarse el vestido y decidió ponerse el abrigo y el nuevo sombrero que brillaba en la noche como si las estrellas fueran sentadas en su cabeza. Cuando oyó golpear se levantó con una sonrisa que se apagó al abrir la puerta y viendo entrar a un señor calvo, más bien dos mellizos y de repente su mundo se oscureció. Amiguitos de Don Ramiro, el viejo profesor de música con los brazos flácidos y la barriga con pliegues, que en cambio de una casa y de las clases le exigió caricias, venían con el propósito de recibir el mismo tratamiento. Verdad y mentira peleaban en su cabeza; nunca había hablado a Jorge de su pasado, ahora debería renunciar a sus deseos más profundos. No, no podía ser, su vida destruida, no: la defendería dientes y uñas. Y supo en aquel momento que las horas de los mellizos estaban contadas.

Elettra Moscatelli

Consciencia

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Todos los personajes del cuadro comparten los mismos espacios, las mismas actitudes y de alguna manera parecen alienados, sin comunicar el uno con el otro. De hecho, la pareja a la derecha ni siquiera se mira a los ojos: el hombre aparta completamente la mirada de la mujer que lo acompaña. Lo mismo que los clientes de restaurantes y bares que, aunque sentados en la misma mesa, miran cada uno a su teléfono, sin hablar entre ellos. En estos días de emergencia me encontré como el Pierrot del cuadro de Edward Hopper – Soir bleu – la tristeza y la inquietud como amigos diarios que nunca me abandonaban. Tuve que dejar los encuentros sociales, las compras compulsivas, los aperitivos, las vacaciones y después de un mes llevando esta melancolía, me di cuenta de que estaba mejor que nunca, como no pasaba desde hace mucho tiempo. Finalmente puedo leer horas sin parar, sin que los compromisos sociales me impidan llegar al tope del cuento, siguiendo hasta que pueda observar como va a terminar. Puedo cocinar todas aquellas recetas que tanta satisfacción regalan cuando veo a mi marido comiendo con gusto y regalándome una sonrisa y un “¡bravo!”. Y dedicar el tiempo necesario a la meditación y gracias a esta práctica, observar la belleza de mi imperfección. Ahora doy un significado distinto a los acontecimientos pasados; ya no considero la soledad como una ausencia sino como una experiencia útil, impulsando el viaje hacia el bienestar interior. Como la mujer que atenta mira al Pierrot, advertencia que aclara nuestra situación, un hilo transparente une la ausencia con la expectativa y la falta a que me obliga el Covid se convierte en una oportunidad para el futuro.

Elettra Moscatelli