“El futuro” (2)

Primera parte https://wp.me/pcDIqM-rm

… un ruido repentino. El faro se apaga. Una ola inmensa estrellándose contra “El Futuro” nos hace resbalar y me caigo en el mar. Despierto. Descubro la amarga realidad: estoy en el suelo de mi habitación, me caí de la cama. El silencio es completo, la oscuridad me asusta. No hay ningún faro. Ni rastro de “El Futuro”. Andrés ya no está. Es entonces que todo se desmorona en un instante sin que yo pueda hacer nada. Sólo un sueño, un recuerdo detrás de un horizonte lejano, fuera de mi alcance, un viaje que nunca empezó. Quizá fuera mi alma que se paseaba por el mundo, quizá se tratara sólo de escapar de esta ciudad que parece apagada, en estado de queda. Sólo hay coches de policía circulando lentamente, un dron sobrevuela el barrio. Pero no, no quiero escaparme, no quiero marcharme, nunca tiraré la toalla. No me quedaré aquí mirando al horizonte para “ver un día un hilo de humo levantarse en extremo confín del mar”. No soy Madama Butterfly, por supuesto. Así que, en un futuro no distante, ese viaje comenzará. Fue nuestro sueño, o tal vez fuera sólo el mío, porque los faros siempre me han fascinado, con su vaivén de luces que se encienden y luces que se apagan. Como en los altibajos de la vida, una mezcla de luz y oscuridad. ¿El faro del fin del mundo estará allá esperándome?

Raffaella Bolletti

“El futuro” (1)

Desperté bajo un rayo de sol que entraba por la ventana a través de la persiana bajada casi del todo. Andrés seguía durmiendo, tal vez se había olvidado de que teníamos una cita con la tripulación del velero “El Futuro”. El olor a café lo despertó al instante. Era un día muy especial y estaba bastante nerviosa. Después de un año muy pesado, Andrés y yo necesitábamos retomar nuestras vidas, alejándonos de toda pesadilla. En estos tiempos nada excepto el silencio del mar abierto podía ser la solución. Además, era la oportunidad perfecta para realizar un viejo sueño. Yo estaba llena de alegría y de esperanza. ¡Y de inquietud también! Zarpamos rumbo al sur con el propósito de cruzar el océano Atlántico. El cielo estaba despejado y el mar tranquilo.

La navegación seguía lenta en este lugar donde sólo existían agua y cielo, como si se disolvieran uno en otro. Pero los navegantes expertos lo saben bien, los riesgos merodean por los océanos, y los cambios son repentinos. Así que de pronto una tormenta nos sorprendió cerca de la costa argentina. El mar estaba a merced de un viento impetuoso y aterrador y el barco se alejaba cada vez más hacia un horizonte invisible en el que flotaba una neblina oscura. La brújula parecía enloquecida. Al pensar que habíamos perdido el rumbo y que estábamos navegando hacia el vacío, el miedo se apoderó de mí. Pensé que mi primer viaje por mar acabaría muy mal. Al cabo de un tiempo que me resultó interminable, poco a poco la costa argentina apareció a lo lejos. Un brillo intermitente estaba allá comunicándose con nosotros, regalándonos su mensaje de luz. Era un faro. El Faro del fin del Mundo. « Has visto Alicia, tu sueño va haciéndose realidad.» Me dije a mí misma. En aquel entonces, abrazando a Andrés…

…continuará https://wp.me/pcDIqM-tp

Raffaella Bolletti

El deseo de un río

No soy uno de esos ríos famosos por recorrer ciudades importantes. Tampoco soy uno de esos imponentes ríos de América. Soy un rio cualquiera, en un país cualquiera. Y pues sí, casi estoy allí, al final de mi vida. Lo correcto sería que me dejara morir desembocando en el mar. Pero tengo una idea dando vueltas en mi cabeza. ¿Y ahora qué? Tengo que pensarlo bien…Al nacer del hueco de una roca en la montaña sabía que mi recorrido pasaría por diferentes etapas. No necesito una brújula para este viaje, está dentro de mí. Mis aguas son como recién nacidas, pero yo soy el de siempre. Cada día vuelvo a empezar como si fuera un niño que corre y da saltos. ¡Qué maravilla! Soy un arroyo que va convirtiéndose en un torrente, mis aguas van bajando con cierta velocidad, a veces muy rápida, con saltos y también pequeñas cascadas, las aguas salpicando las rojas sobre las que las lagartijas descansan al sol. No puedo controlar la velocidad, solo puedo bajar. Llegando más abajo, la velocidad es más moderada y mis aguas fluyen en un recorrido con curvas y meandros. He tenido suerte. Soy un río corto, no atravieso ciudades, sino bosques y campos. Todo en un silencio solitario y a veces temible. En realidad, esta soledad palpita de vida, miríadas de insectos zumbando sobre las flores, pájaros, lobos, zorros. Y a veces se levanta el viento, acaricia los campos y rompe el silencio. De pronto escucho un murmullo de gente lejana que parece acercarse. Es un grupo de jóvenes; se acercan a mi orilla se desnudan y se tiran al agua. También llegan niños felices con trozos de madera como piraguas. Soy parte de ellos, oigo sus palabras y sus risas que se quedan aquí en el fondo, y estoy feliz. Bajo todavía más y me extiendo como una sábana en la llanura. Ahora, a lo largo de mis orillas, hay sauces llorones reflejándose en mis aguas que parecen verdes. El olor a mar se acerca. Tengo que pensarlo bien ….No quiero desembocar otra vez, no quiero el abrazo de ese mar que todo lo confunde y lo mezcla, es más, todo lo contrario. Me gustaría alejarme de él. Los ríos siempre corremos hacia abajo, desembocamos en otros ríos o en el mar, pero esta idea… ¡Podría tal vez intentar repetir el proceso al revés! ¿Podría desobedecer a las leyes de la naturaleza? Correr tierra adentro, convertirme al subir en un torrente y luego en un arroyo, llegando arriba siendo solo un hilo de agua. Podría llevar todo lo que he arrastrado, las hojas muertas, las risas, la felicidad de cada persona que encontré, los colores, al interior de la montaña de la que nací, como si fuera el museo de mis recuerdos. Pero sí, lo sé, no hay regreso. Allá lo veo, el mar que me recoge en una gran ola para que todo siga igual.

Raffaella Bolletti

Así hacen todas

Chaste Suzanne Felix Vallotton 1922

Es el 7 de diciembre. El Teatro alla Scala presenta la nueva temporada lírica con una versión de Así hacen todas. A Susana le gustaba asistir al estreno de la temporada, aunque se había convertido en un escaparate para muchas personas. A ella la ópera lírica le encantaba. No le importaba lucir su mejor traje de noche, le interesaba la música. Se había casado con un hombre adinerado que no tenía intereses fuera de su trabajo. Por lo tanto, siempre acudía al Teatro sola. Esta vez tenía que compartir el palco con dos hombres desconocidos de mediana edad. El estreno estaba a punto de empezar y los dos estaban cuchicheando ¡Qué molestia! ¿De qué están hablando por aquí tan calladamente? El guion se fundaba en el intercambio de parejas, en la volubilidad del amor, en la infidelidad de las mujeres y sobre todo en la falta de principios morales de los hombres. Al terminar la representación, cuando ya se había puesto su abrigo rojo y su sombrero brillante los dos hombres se le acercaron y le pidieron que se quedara un rato. Tenían que hablar con ella. Ya conocía la situación por estar al tanto de que a menudo, al final de las óperas, dos hombres trataban de cortejar a las mujeres solas, apostando por cuál de ellos hubiera sido el elegido. Sus calvas cabezas relucían bajo la luz, sus miradas lúbricas no daban lugar a dudas. Los ojos negros y profundos de Susana sostenían esas miradas con desafío. Casi a burlarse de ellos. “Así hacen todas, pero yo no, y menos con vosotros” dijo. Se levantó e se fue a la salida del Teatro.

Llueve a cántaros en la ciudad mientras Susana regresa a su hogar riéndose a más no poder.

Raffaella Bolletti

La desconocida

En una fría noche de invierno, Carlos había decidido dar una vuelta a la manzana. No podía conciliar el sueño, Tenía que pasear para quitarse esa mujer de su cabeza. La conoció en el bar donde solía ir sobre las ocho de la mañana para desayunar. Nunca saludaba al entrar. Siempre llevaba zapatos de tacones altos, que la obligaban a moverse de una forma sensual. Unos pantalones ajustados envolvían sus piernas perfectas. El pelo largo le caía por la espalda balanceándose suavemente a cada paso, sus labios pintados de rojo acentuaban su palidez. La mirada provocadora, la sonrisa casi de superioridad, de desafío. A penas la conocía pero estaba atrapado dentro de un deseo muy fuerte. Mientras seguía paseando por el barrio, pasando varias veces por la misma acera, una pequeña luz se encendió iluminando un poco la oscuridad. Una mujer estaba de pie detrás de la ventana. Llevaba una enagua de color amarillo. Parecía ella. De pronto la luz se apagó ¿Una broma de sus ojos? Sí, pero probablemente no. Miró de nuevo, la luz seguía encendiéndose y apagándose, dejándolo todo oscuro otra vez. Pensó entonces que esta mujer coqueteaba como si fuera una luciérnaga hembra iluminándose y apagándose en una noche cálida para atraer y confundir a los machos. El cortejo luminoso no podía continuar, era molesto. Entonces mientras la luz se apagaba se dio la vuelta y se fue.

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Raffaella Bolletti

Felicidad

Había empezado a aficionarse al mundo planetario y siempre que iba a su casa del mar trataba de aprovechar la ausencia de contaminación lumínica para explorar el cielo con sus binoculares. Pero no estaba satisfecha, no podía alcanzar todos los planetas. Hasta que un día Pablo le regaló un telescopio. El montaje básico resultó bastante fácil. Ahora la pregunta era ¿cómo hacer que funcione? Y ¿que diablos es la alineación del eje polar con el eje de rotación de la Tierra? Las instrucciones estaban llenas de términos desconocidos. No había sido fácil, pero al final había aprendido lo esencial para el uso correcto del aparato. En el silencio de la oscuridad de aquella noche de fin de verano de un año muy complicado, posicionó el telescopio en la terraza, orientado al Sur, para poder observar, además de la luna y estrellas, algunos planetas. Había aprendido que los planetas tienen un brillo constante y no parpadean. Se sentó en un sillón de espalda a la ventana. El cielo estaba oscuro, aún más oscuro de lo habitual. Un apagón parecía haberse apoderado de las estrellas. ¿Y la luna? Ni rastro de ella. Estaban allí escondiéndose, tenía que esperar. Mientras tantos, escuchando el sonido de las olas del mar rompiéndose en la arena se preguntaba si las estrellas se iluminarían para que alguien las mirara. Poco a poco empezó a aparecer una luna menguante, en esta fase se veían muy bien los cráteres con sus detalles. La constelación de Casiopea, su preferida, también apareció, con su encantadora forma de uve doble. Iba acercándose la medianoche y ella estaba concentrada en la búsqueda del planeta Saturno y sus anillos, que, a pesar de ser el segundo planeta más grande del Sistema Solar, nunca había logrado encontrar con binoculares por estar mucho más lejos de la Tierra que Júpiter o Marte. Cuando por fin lo encontró se sintió como Galileo que debió sentir una gran felicidad al observar la Luna por primera vez a través del telescopio que construyó. Observar el cielo era su momento íntimo, especial, una conexión con algo desconocido y misterioso que de alguna manera le ayudaba a alcanzar un poco de felicidad, dejándola en un estado de relajación, paseando por las maravillas del firmamento, sin restricción alguna, considerando que el cielo seguía siendo abierto.

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Raffaella Bolletti

El maletín

Por fin, Luz María se había decido. Había comprado un pasaje a Italia. Un vuelo largo, pero merecía la pena y, sobre todo, tenía ganas de encontrar a su novio que se había trasladado a Milán. A pesar de sus 25 años era la primera vez que viajaba sola al extranjero. Le habían asegurado que alguien vendría a recogerla a Malpensa. Un coche estaría esperándola. Llegó al aeropuerto internacional, realizó la facturación de su equipaje, una maleta y otro maletín que un amigo le había entregado para que se lo llevara a Carlos. El amigo le había dicho: «Contiene regalitos que le ayudarán a enfrentar la añoranza del hogar». Retiró su tarjeta de embarque y subió al avión sentándose en el asiento de ventanilla. El miedo a volar le hacía imaginar que algo irreparable iba a suceder y cuando el avión, envuelto por las nubes, perdió altura con bruscos espasmos, con el ala derecha inclinándose, sintió un vacío en el estómago. pensó en la agonía de los que mueren en el interior de un avión, en morir fuera del mundo en mitad de la nada y luego en los cuerpos quebrados en el suelo. Siempre había pensado que los aviones eran trampas para los seres humanos. Por supuesto nunca imaginaría que le esperaba una trampa diferente. Llegó a Milán en una fría noche de invierno. Acababa de recoger su maleta y el maletín de la cinta de equipaje cuando dos hombres uniformados la detuvieron. Revisaron el maletín encontrando allí 200 esmeraldas de diferentes tamaños y tonalidades. La acusaron de traficar con piedras preciosas y la trasladaron a una celda a la espera del interrogatorio. Allí abandonada, asustada, tiritando de frío, se acordó de esos animalitos aterciopelados de pequeño tamaño, con grandes uñas y unos pequeños ojos, atrapados en las trampas que el abuelo ponía en la huerta. Se acordó de cómo intentaba llegar antes que el abuelo para liberarlos. Como ellos, sin darse cuenta, había caído en una trampa y ahora sólo tenía que esperar a ver lo que iba a suceder, a que alguien viniera, un salvador o tal vez un verdugo.

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Raffaella Bolletti

La flor de hibisco

Desde hace tiempo me repetía a mí misma que no estaría mal salir un rato del mundo real para descansar. La vida no puede seguir pareciendo un tren de alta velocidad, necesitaría de algunos semáforos en ámbar intermitente para ralentizar. Así que acepté tu invitación, dejé atrás la ciudad y vine a visitarte. De hecho, hay momentos en los que parece ser en sintonía con el universo, como aquel día cuando dimos un paseo por los senderos de las hermosas colinas que rodean la ciudad, y fue fantástico. Al volver a casa, sentados en el jardín, rodeados de árboles de hibisco florecientes, cerré los ojos y me entregué a ti. Hablabas de la velocidad con la que vivimos, la falta de paciencia, la incapacidad de saborear los momentos importantes de la vida, haciendo cosas con prisa. Me dijiste que también nuestro amor pasaría a la velocidad de una flor. Yo me dejaba llevar por tu voz y ya no te escuchaba. Pensaba en qué podría compararte. Tal vez con un día de un caliente verano. Pero el verano es demasiado breve. ¿Podría comparar tus palabras de amor, que emborracharon mis oídos, con vientos soplando sin control? ¡Una insensatez! ¡El viento no se queda en el alma! Mientras tus palabras sí, se quedan. ¿Podría comparar nuestro amor con estas maravillosas flores del árbol de hibisco? ¡Un error! Ellas duran un día y en vez de perder los pétalos, poco a poco se envuelven en un capullo como cuando nacieron y luego se caen de una vez. Sería un error puesto que no dejaré que nuestro amor pueda cerrarse en un capullo, pueda morirse a la velocidad de una flor. Nuestro amor tiene un futuro. De pronto me dí cuenta de que ya no hablabas y abrí los ojos. Me mirabas con intensidad y en tus manos había algunas flores de hibisco recién caídas. La velocidad de la naturaleza

había acabado con sus vidas mientras yo habría deseado que cerrar los ojos de nuevo me bastara para borrar automáticamente el mundo y aprender de esta flor, que vive su día con intensidad, que permite que se admire su belleza mientras permanece tranquila en la rama, y, tal vez, a pesar de la velocidad de su vida, se alegra de todo esto, porque está segura de que cuando caiga habrá dado lo mejor de sí misma.

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Raffaella Bolletti

Reflexiones de una niña

Picasso Azul “Le gourmet” 1901

Soy Milagros. Perdí a mis padres a la edad de 4 años, y desde entonces he estado viviendo en un monasterio de monjas. Me han adoptado y acogido bajo su protección. Cada fin de semana una familia me lleva a su casa para que pase unos días con ellos. Poco a poco me he acostumbrado a la vida de los adultos. Estos esposos, Raimunda y Álvaro, no tienen hijos, me tratan bien, son personas adineradas y me regalan ropa agradable, siempre de color azul, y zapatos. Yo me llevo bien con ellos. Lo único que no me gusta es que, como tengo sobrepeso, no me dejan comer mucho. Pero voy a desobedecer, vale la pena arriesgarse para comer algo más. Por ejemplo, ahora se han ido a la cama y yo me he atrevido a entrar en el comedor azul en el que antes estábamos reunidos. En la mesa solo hay un plato casi vacío, un trocito de pan y un vaso, me conformo y con tranquilidad voy a terminar lo que queda. Pero esta especie de helado cuarto donde todo es azul me parece irreal. ¿Por qué les gustará tanto este color? A mí me pone triste, todo me parece frío, como una tumba. El aire huele a humedad. Una vez le pregunté a Raimunda <Si me porto bien, quizás algún día. pueda vivir con vosotros ¿verdad?> Ahora lo tengo claro. A pesar de que Raimunda lo tiene todo lindo y ordenado, realmente no me apetece estar aquí, tengo que calentar mi corazón que se va enfriando, apagando mis emociones. Las mesas en el comedor del monasterio no tienen manteles y los platos tienen astillas, pero en el aire hay aromas que me hacen sentir en casa, como el olor a comida recién hecha y el sol al entrar por las ventanas crea un ambiente agradable. Seguiré viviendo con las monjas.

Raffaella Bolletti

Barcarola

Navarra Gerolamo, Gondole sul Canal Grande

Soy Milagros. Perdí a mis padres a la edad de 4 años, y desde entonces he estado viviendo en un monasterio de monjas. Me han adoptado y acogido bajo su protección. Cada fin de semana una familia me lleva a su casa para que pase unos días con ellos. Poco a poco me he acostumbrado a la vida de los adultos. Estos esposos, Raimunda y Álvaro, no tienen hijos, me tratan bien, son personas adineradas y me regalan ropa agradable, siempre de color azul, y zapatos. Yo me llevo bien con ellos. Lo único que no me gusta es que, como tengo sobrepeso, no me dejan comer mucho. Pero voy a desobedecer, vale la pena arriesgarse para comer algo más. Por ejemplo, ahora se han ido a la cama y yo me he atrevido a entrar en el comedor azul en el que antes estábamos reunidos. En la mesa solo hay un plato casi vacío, un trocito de pan y un vaso, me conformo y con tranquilidad voy a terminar lo que queda. Pero esta especie de helado cuarto donde todo es azul me parece irreal. ¿Por qué les gustará tanto este color? A mí me pone triste, todo me parece frío, como una tumba. El aire huele a humedad. Una vez le pregunté a Raimunda <Si me porto bien, quizás algún día. pueda vivir con vosotros ¿verdad?> Ahora lo tengo claro. A pesar de que Raimunda lo tiene todo lindo y ordenado, realmente no me apetece estar aquí, tengo que calentar mi corazón que se va enfriando, apagando mis emociones. Las mesas en el comedor del monasterio no tienen manteles y los platos tienen astillas, pero en el aire hay aromas que me hacen sentir en casa, como el olor a comida recién hecha y el sol al entrar por las ventanas crea un ambiente agradable. Seguiré viviendo con las monjas.

Raffaella Bolletti

Una mañana diferente

La gente en el sol de Edward Hopper

Cuando llegó un grupo de personas para pasar algunos días en mi pequeño hotel pensé que por fin la situación iba normalizándose. Además, me parecían personas adineradas, si consideramos sus prendas. Dos hombres que parecían ejecutivos y una mujer elegante con zapatos blancos de tacones. Otra mujer, la rubia, actuaba de portavoz. Fue ella que me pidió cuatro habitaciones silenciosas y nada de comida. Cuando se levantaron, la mañana siguiente, la rubia me dijo que no necesitaban desayunar, solo deseaban tomar el sol en un lugar tranquilo. Ahora están sentados en las sillas, cada uno mirando hacia el campo de trigo o las colinas que parecen perfiles. Los tres están atrapados, hipnotizados y sumergidos en una contemplación silenciosa, Parecen esperar algo. Yo me siento en la segunda fila, y me pongo a leer, o mejor dicho, trato de concentrarme en la lectura, pero en realidad me he dado cuenta de que la joven rubia no está inmueble tomando el sol, se ha girado hacia su derecha. Tal vez podría acercarme y hablar un poco con ella. De pronto me llegan palabras, y en una comunicación cerebral la rubia me explica lo que yo en este lugar aislado no había bien entendido. “Un día la normalidad se acabó. No se podía salir de casa, ni acercarse a los demás. Nada de relaciones personales. Pero yo, al estar harta de la situación, desobedecí. Salí de casa y solo encontré a estas personas a las que me uní, sin darme cuenta de lo que iba a pasar. Me obligaron a ser su acompañante. He tenido que traerlas a este lugar para que pudieran recuperarse lo más pronto posible. Estos tipos, son robot autómatas y cada tres días necesitan tomar el sol para recargar las baterías y actuar como si estuvieran humanos. Yo no soy así, no puedo fingir ser un robot, tengo que alejarme de esta condición. ¡Ayúdame!” Le contesté: “Haré mi mayor esfuerzo para sacarte de esto y devolverte tu vida. Diferente a como era antes pero quizás mejor. Este no es el mundo de mañana. Habrá un mañana diferente y ojalá mejor. ¡Tienes que creerlo!

Raffaella Bolletti

Mujer acostada con una blusa roja

Mujer acostada con blusa roja, aquarelle de Egon Schiele (1890-1918, Croatia)

Fue una noche larga, maravillosa. Cuando por fin estabas lista para salir de mi casa y volver a tu familia, el sueño prevaleció y te acostaste aquí. Ahora duermes y pareces feliz, ojalá estés sonriendo por nuestra nueva relación. No puedo apartar la mirada y sigo sentado aquí con el deseo de abrazarte de nuevo. Has puesto la mano derecha cerca de la nariz. Tu mano que aún lleva el olor de mi piel, de tu piel. Yo también llevo puesto el olor de nuestros cuerpos, yo también estoy tranquilo y seguro de que nuestra relación borrará la anterior y dejará una huella distinta en mi alma, una nueva emoción, una emoción ruidosa. Recuerdo que en la cama todo era intenso, la mirada, las caricias, el espasmo. Sé que cuando despertarás y te irás, al cerrar yo también los ojos, los recuerdos surgirán con olor a tristeza. Déjame entonces el rojo vivo de tus labios en mi piel, para que pueda hundirme en una espiral de felicidad desconocida. Estoy preparado para aceptar lo que llegue. Pero ahora duerme mi amor, ¡duerme! Yo seguiré aquí mirándote con tu blusa roja

Raffaella Bolletti

Una pasión devastadora

Algún día despertaré y dejaré atrás la pesadilla en la que se ha convertido mi vida.  Tenía todo para ser feliz, una mujer enamorada, una profesión independiente y exitosa, cobraba muy bien.  Pero el trabajo absorbía todo mi tiempo, afectando mi relación de pareja. En casa se respiraba un clima de tensión. Fue así que, para aliviar el estrés y experimentar algo nuevo empecé a jugar a los juegos del ordenador, máquinas tragaperras, casinos en línea, apuestas deportivas. Y un día el final empezó. Como una piedra caí dentro de un pozo oscuro. El juego se había trasformado en una pasión obsesiva y descontrolada que me empujó a intentar más, así que poco a poco la pasión por apostar se fue haciendo más fuerte. Nunca me retiraba, aunque sabía que iba a perder. Seguía repitiéndome a mí mismo la mentira <<esto lo dejo cuando yo quiera>>. Me abandoné al juego disipando mi patrimonio. Harta de esta situación mi esposa se fue. Afortunadamente el trabajo me iba muy bien. El dinero cobrado a los clientes, siempre en efectivo, lo utilizaba para apostar y, claro, perder. Un día la suerte dio un giro a mi favor y empecé a ganar pensando <<sí, ahora por fin me he convertido en un jugador afortunado>>, pero fue como un relámpago y todo volvió como al principio. Una noche mirando hacia fuera, me di cuenta que en el jardín la planta del fruto de la pasión había florecido. Al abrir la ventana la fragancia de esas flores me inundó sacudiéndome de mi pesadilla. <<Sí, mañana despertaré y reanudaré mi vida.>>

Raffaella Bolletti

La maison à l’arbre rouge

La maison à l’arbre rouge de LÉO GAUSSON (1860-1944)

Decidió aparcar en la pequeña plaza de la iglesia y bajó del coche. Su hijo estaba a su lado, un poco aburrido. No habían planeado ninguna parada, y menos en un lugar tan silencioso que parecía abandonado. Por el contrario su padre, un encorbatado ejecutivo, parecía feliz. Llevaba mucho tiempo deseando echar un vistazo a la casa rural con su solar colindante, que había heredado años atrás. Empezaron a subir por una carretera secundaria, sin asfaltar, estrecha, donde no podrían pasar dos coches a la vez. Una pequeña muralla, pintada de colores diferentes costeaba la carretera. Un poco antes de llegar a la curva, apareció su casa, de la que nunca se había interesado y que se había convertido en la vivienda de los campesinos que ya trabajaron para su abuelo. Había sido restaurada y pintada de un color verde claro. Detrás de la muralla se veía un pajar de espigas de trigo. El cielo estaba despejado y azul. Toda la luz parecía estar en ese lugar, donde todo era ausencia. Ni agricultores, ni una herramienta, ni un rastrillo. El árbol de tronco rojo todavía estaba allí, más alto que la última vez que lo vio, proyectando su sombra en la pared de la casa. Aquel árbol de corteza lisa y fina como una piel, le despertaba recuerdos lejanos. Aquel árbol fue testigo y compañero silencioso de sus primeros amores, cuando se ruborizaba dando besos escondidos y abrazos torpes, un poco torcidos, como esas ramas. La melancolía lo llevó a pensar que tal vez había dejado pasar una parte importante de su vida sin hacer lo que de verdad quería hacer; tal vez tomaría la decisión de volver a sentarse bajo el amparo del árbol de tronco rojo. Su hijo, mientras tanto, ya había regresado al coche.

Raffaella Bolletti

Negro

Alto, de pelo negro, grandes ojos azules, atlético. Licenciado en derecho, se había convertido desde hacía tiempo en un letrado sin conciencia ni escrúpulos. Se desprendió de la toga negra y la colgó en el perchero. Por fin se acababa la semana laboral. Al salir a la calle mirando el cielo plomizo y gris del principio del invierno pensó que dentro de unas horas estaría en su casa del mar. Mañana, como siempre que estaba allí, empezaría el día tomando un café en la cocina, mirando el mar desde la ventana, luego daría un largo paseo por la playa. Más tarde se citaría con una chica que con solo verla se le aceleraba el corazón. Un cuerpo delgado, la sonrisa radiante, la capa negra con capucha que llevaba puesta para proteger su blanca piel de los rayos del sol, sus pies descalzos sobre la arena, siempre habían ejercido una gran atracción sobre él. Una chica prohibida, que acabó por ser su amante. Nerea, este era su nombre en clave, actuaba como enlace con el peligroso mercado negro de armas. Armas que él entregaba a los clientes que él mismo había defendido y que, a pesar de ser culpables de delitos, estaban en libertad gracias a él que no tenía límites a la hora de ganar un caso. A él no le importaba un bledo que fueran delincuentes. Pero aquel fin de semana Nerea no compareció en la playa. Su móvil estaba desconectado. En la orilla del mar solo encontró la capa negra con capucha. Permaneció sentado en la arena, envuelto en una sombra fría, bajo un sol negro, como un total eclipse. Los pocos transeúntes pasaban a su lado esquivando la mirada. El mar nunca devolvió el cuerpo de Nerea.

Raffaella Bolletti

Negro

Esta soy yo, Suzon, buscando una salida. Descubro una puerta medio escondida. La cruzo, atravieso y salgo. Salgo del espejo. Salgo de este lugar, de este estanque de personas que, a pesar de estar hablando, parecen silenciadas. Me quedo al otro lado del espejo. Aquí, en esta sala elegante, estoy de camarera, me apoyo en la barra y espero a los clientes. Me llegan las voces, alguien cuenta, uno comenta, otros se están riendo. Qué raro, en el espejo el reflejo me hace inclinar el cuerpo hacia adelante para hablar con un caballero. Pero ¿quién es? ¿qué quiere? Mi reflejo hace como si no entendiera lo que le propone. Además, ni siquiera le gusta. ¿Es esta la realidad? Aquí cerca de la barra no hay nadie y yo estoy cansada, triste y un poco aburrida. Te espero. ¿No pensarás darme plantón hoy también? ¡Qué alivio, por fin has llegado! Ánimo no te detengas, el hombre que ves es una trampa del espejo, no es un cliente. Acércate, no te invitaré a una copa amarga de mi tristeza, te brindaré una calurosa bienvenida y caeré en tus brazos otra vez, atrapada. Y mientras vamos alejándonos de la barra llevando una botella de champagne, te haré cruzar la puerta y entraremos en el espejo para descubrir si la realidad está dentro o fuera. O bien si todo solo es una ilusión.

Raffaella Bolletti

Futuro

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Recuerdo que fue como si me hubiera despertado de una larga pesadilla. Eran malos tiempos. Tenía que marcharme cuanto antes. Dejarlo todo atrás, mi isla, mi casa, los pocos amigos y buscar un futuro que imaginaba linealmente hacia adelante. Eso era lo que deseaba. Tenía ganas de subir a mi pequeño barco pesquero y surcar las aguas. La cocina del barco estaba completamente abastecida con todo lo que necesitaría. Era tiempo de zarpar, finalmente sin equipamiento de protección individual, sin rumbo fijo, sin saber lo que me esperaría. Entonces me alejé del muelle para ganar las aguas del mar abierto. A solas con los sonidos del viento y de las gaviotas. Navegué algunas semanas por el Mediterráneo hasta llegar al Atlántico donde me abandoné a una locura seductora para perder la noción de una realidad devastadora. Me gustaba estar a merced de las olas. Una tarde me senté en la proa y cerré los ojos. Entonces imaginé tener en mis manos una bola de cristal que me permitiera ver el futuro, imaginé, también, disponer de la posibilidad de preguntarle a la bola hacia cuál de los puntos cardinales hacer rumbo. De repente tuve la sensación de que algo semejante a agua me mojaba las piernas. Probablemente me había quedado dormido un rato con la bola en el regazo. Al abrir los ojos me di cuenta de que tenía en la mano izquierda una copa de Cava que iba derramándose y que en el suelo estaba una botella vacía. Una vez desaparecido el efecto de la borrachera todo fue más claro. Tomé el timón y puse la proa al este hacia un nuevo amanecer. Mi futuro era esto: volver a mi pequeña isla y empezar desde cero.

Raffaella Bolletti

Soir bleu

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Estoy de mala leche. Hace mucho que no la encuentro, la echo de menos y no puedo esperar a verla. Llego a la cafetería, tal vez coincida con ella. Han puesto algunas linternas de varios colores colgando del techo y hay personas sentadas en la terraza. Son hombres que conozco bien. Están allí, juntos, pero aparentemente ensimismados. Parece que no hay vida. Yo me quedo por dentro, a la espera. De repente un escalofrío recorre mi cuerpo, ya la veo, viene acercándose. Ha adelgazado. Incluso se ha cortado el pelo y se ha maquillado, pintándose los labios y las mejillas quizás de un rojo demasiado rojo. El pecho un poco expuesto. El escote deja poco a la imaginación. Su blanca piel resalta en la luz azul de la tarde. Seguro no va a pasar desapercibida. Ha echado una mirada de desafío a cada uno de los hombres sentados en la terraza, los que ahora se hacen de los ciegos. Los que sin duda se acuerdan de cuando la rodeaban con sus brazos dándole besos por la piel, olvidando la razón y dejándose llevar por el deseo. A mí me ocurrió lo mismo. Además, me infectó con los brotes de un sentimiento nuevo. ¡Vaya! Se ha dado cuenta de que estoy aquí y me mira fijamente. Viene a por mí. Aunque sin comunicación verbal, ahora lo entiendo todo. Viene a por mí. E igual que un animalito venenoso dejará caer una gota de su veneno en mi corazón. Apagará la luz y yo también me volveré una de esas sombras, suspendidas e inmuebles, sin vida, envueltas por la fría luz de una tarde azul.

Raffaella Bolletti

Un día particular

Los amigos, abreviando mi nombre, me llaman Lope. Cada día me asomo a esta ventana y escucho los ruidos procedentes de la calle, del jardín donde, por extraño que parezca, el perro ya no ladra. A veces me parece oír tu nombre en el aire. La vida de la gente sigue adelante, mientras la mía se ha parado en seco desde entonces. No es lo mío tejer telas interminables, prefiero escribirte una carta cada mañana y tirarla a la basura cada noche, para luego volver a escribir otra, día tras día. No puedo enviártelas, desconozco tu paradero. Me he quedado en mis aposentos en la planta de arriba. Preguntas sin responder me llenan la cabeza. Los días transcurren despacio y, en mi habitación, aparentemente soy inmune al dolor y a la soledad. Pero hoy 25 de marzo de 2020 me uniré a la fiesta que han organizado en la planta baja, celebrando un día particular dedicado a Dante Alighieri porque yo también, después de que te marchaste, he cruzado el Infierno de la desesperación, he pasado por el Purgatorio de la esperanza y… ¿Qué pasa? De pronto el perro ladra feliz, tu perfume me llena la nariz y sé que no es una broma de mis sentidos. ¡Has vuelto! No estoy preparada para una sorpresa tan grande. Tu ausencia me ha agobiado. Ahora necesito un poco de descanso, necesito que me cuentes qué regiones has visto, los olores que has capturado, quién has encontrado, y luego deja que yo pueda reconocer tus manos, tus dedos, tu cuerpo así que podamos volver a nuestro Paraíso. ¡Y que nadie se entere de nuestras cosas íntimas! Tendrá que ser un día particular.

Raffaella Bolletti

Prensa

Conducía deprisa para llegar a tiempo a la rueda de prensa. Estaba muy nervioso, conocía bien ese tipo de situación. Sabía por experiencia que los corresponsales de prensa en víspera de noticias siempre estaban al borde de un ataque de nervios y hacían preguntas sin sentido. Todo eso podía pasar también hoy. Ya imaginaba a sí mismo ajustándose las gafas empezando a leer las palabras escritas en las finas hojas de papel…. De pronto, fue como si la luz del sol se apagara. Miró entonces a través del retrovisor y tal fue su sorpresa al enterarse de que una cantidad enorme de lo que parecía ser nubes, iba acercándose y por fin adelantaba a su coche a toda velocidad. Esas nubes estaban llenas de palabras, mezcladas entre ellas, puestas al azar, emitiendo un ruido ensordecedor. Detrás, flotando a una velocidad más reducida, seguían unas cuantas bolas llenas de papeles impresos, de diferentes periódicos; el ruido no era molesto, sino más bien agradable. Otras ya llegaban, jugando a pillarse. ¡Aquí está! La prensa en el ciberespacio. Llegó por fin a la sala donde se tendría la rueda de prensa. El silencio era aplastante. Ya no era necesaria su intervención. Los corresponsales ya se habían enterado de todo. Ni siquiera empezó la lectura del comunicado y se fue. Los pocos que se habían personado allí, parecían murciélagos adormilados. Murciélagos desprestigiados que ya no necesitaban desplegar sus alas para difundir el virus. Ahora la difusión viral de las noticias le correspondía a la prensa escrita, a su hermana la prensa digital, con su nuevo lenguaje, su inmediatez, su interactividad, y su incontrolabilidad.

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Raffaella Bolletti