Fantasma

Dali – El sueño

De niño veraneaba en la casa de campo de mi abuela materna. Era una antigua casa en dos plantas que constaba de dos pisos, un comedor con chimenea, una enorme cocina, cuatro habitaciones, un baño. Me acuerdo que la abuela solía decir, a mis primos y a mí, que en la casa vivía, desde siempre, un típico fantasma, con una sábana blanca y que era él quien producía los ruidos que oíamos por la noche. Yo siempre he creído en las presencias fantasmales. Pero negaba la presencia del fantasma, de ese fantasma, y, al contrario de mis primos, no tenía miedo de él, es más, me habría gustado conocerle.

Al volverme adulto me di cuenta de que los fantasmas no son los que llevan sábanas blancas. Parafraseando parte del título de un libro puedo decir que es verdad que los fantasmas llegan sin avisar. Y llegan, siempre llegan, aunque no los veas. Yo mismo tenía muchos fantasmas revoloteando por mi casa y por mi mente. Problemas no resueltos, malas experiencias, un pasado complicado. Por fin me enamoré. Francisca era una chica guapa, alegre, que me hacía sentir bien, los fantasmas desaparecieron. Vivimos tres años en un pequeño apartamento alquilado, en un barrio tranquilo de la ciudad de Milán. Un día, de pronto y sin ninguna razón aparente, Francisca se fue sin dejarme ni una carta, ni un mensaje. Esta repentina fractura de lo normal, y la paralizadora sensación de pérdida y de soledad que llevaba a cuestas, hicieron que poco a poco la depresión se apoderara de mí. Empecé a perder interés en todo, también en el trabajo, que tanto me gustaba. Me despidieron y me quedé sin sueldo y sin la posibilidad de hacer frente a los gastos. Así que dejé el apartamento y sin hogar me convertí en un vagabundo. Un vagabundo entre los muchos vagabundos y pordioseros que poblaban las calles. Hoy, como todos los días me aproximo, allí donde me esperan; el lugar donde encuentro a los invisibles de la ciudad, como soy yo, haciendo cola para un plato de comida, o para ducharse. El lugar está al alcance de los zapatos pero yo no puedo llegar. Hoy no. Hoy no busco comida, camino hasta la esquina, me detengo un rato, miro a los paseantes; ellos miran, pero no ven que yo ya estaba allí, pasan, no se detienen, yo saludo y ellos me ignoran. Ya no me importa, ya lo he comprobado. Nada ni nadie puede convertirme en fantasma, ya lo soy.

Raffaella Bolletti

Reproducción prohibida

Reproduction interdite – René Magritte (1898 – 1967)

 Soy Julio, un hombre cualquiera. Soy Asistente en la Oficina de Información y Atención al ciudadano de un ayuntamiendo en el centro de Italia. Mi cargo me facilita conocer a muchas personas y con cada una trato comprender y resolver los problemas burocráticos que ellas me presentan. Enfrentarse a ciudadanos a menudo enfadados, non es tan fácil, para mí es el lado más complicado. A las 13 horas, terminado mi día laboral en el ayuntamiento, salgo de la oficina, y me voy al Centro Hospitalario donde hay niños con enfermedades importantes. Allí me disfrazo de payaso, convirtiéndome en Juanito, me pongo una peluca rubia, una nariz de goma redonda y roja, y en los labios un carmín. Entro en las habitaciones donde están los niños; las paredes pintadas de colores vivos a veces con dibujos de animales. Los niños parecen divertirse mucho, se ríen y tratan de imitarme. A veces traigo algunas narices de goma para regalárselas. Termino de ser el payaso y vuelvo a mi apartamento; descanso un poco y vuelvo a salir. Por la noche me voy a un club muy popular de la ciudad, donde me llaman Gladys. Allí llevo una falda negra, una blusa de rayas blancas y negras y zapatos de tacón. También me pongo una peluca rubia de pelo largo. Es una diversión un poco loca la de vestirme de mujer, pero me ayuda a superar los momentos complicados de la vida. No soy transexual, ¡o tal vez lo sea!

Hoy tengo una cita con mi jefe en el ayuntamiento. Ni idea de por qué el jefe me ha citado en su despacho. Estoy un poco preocupado. ¿Me va a echar un rapapolvo? ¿se ha enterado de mis disfraces y va despedirme? ¿O bien me va a proponer una promoción? Hoy llevo traje de chaqueta y pantalón oscuros, camisa blanca y corbata. Antes de salir me miro al espejo para asegurarme de que todo está perfecto. Qué extraño, veo mi cuerpo, pero no veo mi cara. Y además hay otro yo detrás de mí, también sin rostro. Pero sí veo el reflejo del libro en el espejo. ¿Por qué esa falta de imagen?, ¿dónde estoy? El espejo parece contestarme. ¿Cómo puedo reflejar una imagen tuya? Los humanos tenéis diferentes aspectos, no sois siempre los mismos, sois una mezcla de situaciones. ¿cómo sé quién eres? ¿Julio, Juanito, Gladys, otro?. Ay espejo, tienes razón, a veces ni siquiera yo sé quién soy, a veces me parece que no tengo una identidad mía y temo quedarme en una posible tiniebla, una tiniebla donde somos otros y todos un pedazo de un engaño, el engaño de un espejo.

Raffaella Bolletti

Recuerdo

He estado pensando en llevarte de excursión el próximo sábado. Viajaremos a un destino sorpresa. Así le había dicho su novio Pedro. A Francisca no le gustaban las sorpresas. Pero qué más da.

El destino desconocido, una sorpresa… Por fin había llegado el tan esperado sábado. El fin de semana prometía ser intenso. Nada de trabajo, un poco de descanso. Pedro conducía el pequeño coche alquilado, concentrado en el recorrido, no había tráfico en la carretera. Ella conocía esa localidad, por haber estado allí años atrás con su exnovio Andrés, pero no se lo podía revelar a Pedro arruinando su idea de sorprenderla. Nada más llegar, y aparcado el coche, Pedro se desnudó y se zambulló en el agua de la pequeña cala tranquila en un entorno natural. En cambio, Francisca, subió al bosque que rodeaba la playa, se sentó en la base de un árbol, apoyando la espalda a su tronco y cerró los ojos. De repente fue como si una cascada de agua le cayera encima. Una cascada en la que flotaban los recuerdos. Trozos del pasado, algunos buenos y divertidos, otros dolorosos. Uno particularmente insistente. Le apareció Andrés, en el mismo lugar donde se encontraba ahora, Andrés abrazándola, Andrés besándola, Andrés, Andrés… le pareció notar nada menos que su perfume. Andrés, ya no estaba, nunca volvería a encontrarlo, si no en otra vida ya que se murió en un accidente de tráfico; entonces ¿Por qué evocar un recuerdo tan doloroso? ¿Por qué vibra y en mi cerebro?, estoy como detenida por su imagen, se decía Francisca a sí misma. Andrés estaba dentro de un chubasco repentino que seguía mojándole la cara con agua fría.

¿Pero qué estaba pasando? De verdad su cara estaba mojada.

Al abrir los ojos vio a Pedro, que dejaba que el agua del mar, del que acababa de salir, goteara sobre su cuerpo. ¿Y tú quién eres? Le preguntó, todavía concentrada en el recuerdo. Soy tu salida de emergencia de los recuerdos que duelen. Y aunque se diga que recordar es volver a vivir, por favor deja ir a Andrés.

Yo estoy aquí. Ahora soy yo tu presente, soy tu futuro recuerda que te quiero.

Raffaella Bolletti

Sol

Como cada noche, el murciélago ya se había colocado en su rincón habitual de la terraza. Paula encendió una pequeña vela y se sentó en la terraza, mirando hacia el horizonte. La oscuridad lo envolvía todo. El mar estaba allí, negro, invisible, sólo se podía oír el sonido ligero de las olas al romperse contra la orilla. Con el paso de las horas algunas estrellas empezaban a asomarse en el cielo, aportando un poco de luz a la noche sin luna. A Paula le gustaba observar y navegar por el cielo con su proprio telescopio. Algunas noches se quedaba en la terraza, medio dormida, esperando el amanecer y acordándose de que alguien le había contado años atrás que el sol, según lo que creían los Kuna, un pueblo localizado en Panamá y en el norte de Colombia, había nacido de la unión entre la luna-mujer y la luna-hombre. Después del nacimiento, la luna-mujer se fue a vivir cerca de la Tierra, mientras que la luna-hombre se quedó con el recién nacido. Quién sabe, tal vez por eso los habitantes de la Tierra sólo vemos una cara de la luna.

Por fin una lejana luz rosada aparecía al horizonte. Mientras tanto, el murciélago ya se había alejado de su rincón para ir a esconderse a otro lugar más oscuro. La luz del horizonte iba cambiando color, empezaba el amanecer; un color violeta, un rosado tenue, luego un naranja intenso y por fin allá estaba él. El sol, con toda su luminosidad reflejándose en el mar. Como un niño recién nacido que trae luz y felicidad. Como un niño que poco a poco aprende a ponerse de pie y a marchar, el sol poco a poco revelaba sus poderosos rayos. Un espectáculo al que Paula no podía renunciar, porque cada mañana los colores, la luz y el mar eran diferentes. Parecía haberse establecido entre Paula y el sol un dialogo silencioso. Ella lo esperaba y él cambiaba de color cada vez, como si quisiera que fuera feliz.

Al mediodía el sol emanaba todo su calor, toda su fuerza. Si de verdad se empieza a vivir a los 40, entonces Paula se imaginaba al mediodía de la vida, con unas increíbles ganas de vivir, conocer, disfrutar de cualquier cosa. A esas horas el sol también seguía trayendo un calor molesto, casi aplastante y Paula se quedaba tranquila leyendo bajo el toldo, disfrutando de la terraza y picando algo. Pero aquel día, la depresión se había apoderado de ella, estaba deprimida y simular ser feliz le resultaba cada vez complicado, ni un movimiento, ella seguía estando allí, aparentando dormir, los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil. Fue entonces que utilizando uno de sus rayos como si fuera un látigo, el sol golpeó un brazo de Paula una y otra vez, para que despertara de esta muerte aparente, para que reaccionara, se levantara de la silla y aprovechara el día. Entonces la alcanzó con otro rayo, el rayo hablante diciendo: “Sabes que siempre estaré aquí, mi deber es despertar al mundo, traer luz y calor, felicidad ¡no te atrevas a abandonarme! Necesito tus fotos al amanecer, al levantarme”. Paula abrió los ojos y sonrió. Otro rayo, el de las caricias, pasó sobre su cuerpo con ternura, hasta que Paula se levantó, salió de casa y dio un largo paseo por la playa. Por fin llegó la hora de regresar, el sol empezaba a esconderse detrás del horizonte, ocultando muy lentamente los rayos en su cuerpo redondo, cerrando el cielo sobre el mundo y dejando paso a la oscuridad. Era este el peor momento para Paula que, en su casa, sentada en la terraza se daba cuenta de que todo seguía igual, con la monotonía persistente y contagiosa de un dolor que solo pasaría al próximo amanecer, cuando los rayos de su amigo sol volverían para acariciarla.

Raffaella Bolletti

Ayer

Hoy no es un viernes cualquiera. Hoy estoy aquí, sentada en un banco del parque. Lo que pasó tiene que tener un porqué. Me pregunto cuál. No tengo respuesta. Una canción me persigue, “AYER”, algunas notas van repitiéndose, como mis preguntas. “AYER”. ¿nde está el hombre seductor de ojos azules? ¿Dónde estabas, dónde te escondiste cuando yo te necesitaba para seguir viviendo? REcuerdo tu mirada intensa, recuerdo nuestro primer encuentro. Nos conocimos por casualidad, y por casualidad seguimos encontrándonos dando vueltas por el barrio con nuestros perros. El MIsterio de una atracción desconocida nos rodeaba. Seguimos liberando nuestra pasión, nada de amor, sólo fisicidad. O por lo menos así lo creía yo, hasta que un día algo sucedió. ¿Fue cil para ti  abandonarme? No puedo encontrar una respuesta, solo sé lo que pasó aquella mañana cuando me revelaste que te mudarías de ciudad y frente a mi se abrió el desconcierto, abrazándome dijiste: “mira hacia allá. ¿Lo ves? El SOL se levanta a pesar de todo. Tienes que actuar de esta manera, levantarte y seguir viviendo, todo termina. ¿Por qué? LAdrón, miserable. ¿Por qué SIgo pensando en tí, cuando lo mejor sería olvidarte?. “AYER”. Un DOlor molesto y aplastante. Quizás al DOblar la esquina pueda volver a encontrarte? Un SIlbido cerebral parece avisarme de que va a pasar algo. grimas dulces caen sobre mis labios, la SOLedad que había crecido como un balón inflado va reventar en mis manos. “AYER”. Las notas de la FAmosa canción siguen dando vueltas en mi cabeza, MI corazón, que “AYER” parecía estar quebrado en este momento, late feliz. REcuerdos, un montón de recuerdos. ¿nde me llevará este deseo de volver a verte? Claro, a ninguna parte, lo sé bien. Por supuesto lo pasado, pasado está, ni yo puedo volver atrás.

Siguen en mi cabeza las notas de “AYER”.

Luis Miguel – «Ayer» 

Raffaella Bolletti

Magdalena penitente

Maddalena penitente Georges de la Tour

 ¡Ay! Calavera que reposas en mi regazo. Estoy segura de que puedes oírme, aunque no te hable. Sé que entiendes mi sufrimiento. Como ves estoy aquí, sentada en la penumbra de un cuarto semivacío, descalza, esperando a que llegue un nuevo día. Estoy cansada, pero no consigo dormir, tengo que reflexionar sobre mí misma. ¿Quién soy? O bien ¿Quién dice la gente que soy? Soy Magdalena, pues sí, soy pecadora. El paso de las horas se va convirtiendo en una penitencia. El aire huele a tristeza. ¿Estoy mirando la llama? Parece que sí, pero no, estoy mirando al vacío. Mi mano izquierda tiene que prestar apoyo y descanso a mi cabeza que parece haberse transformado en un peñasco pesado. La llama de la lámpara de aceite ilumina los objetos que están sobre la mesa, dos tomos, el látigo con el que tendría que azotarme y una cruz. También mi pierna izquierda está bajo la luz, mientras que la pierna derecha está en la oscuridad. Igual que mis pensamientos. La mitad son oscuros, son una sombra que me envuelve y que me pregunta si es correcto lo que dice la gente, si es verdad que he pecado mucho. Soy Magdalena, pues sí, soy pecadora. Mis pecados no desaparecerán. Siempre me acompañarán. La otra mitad reflejan una parte diferente de mi vida, la que dediqué a ese hombre. Cambié mi vida. Me encomendé a él. Y hoy que ya no está, hoy me doy cuenta de que también mi vida se va apagando, como se apagará la llama de la lámpara. ¡Ay! Calavera ¿Quién fuiste en vida? ¿Fuiste una mujer o fuiste un hombre? Seguro que fuiste pecador, como todos lo somos. Ahora lo entiendo, eres el reflejo de mí misma. Esta calavera soy yo.  ¡Ay! Calavera. Mi futuro es esto.

Raffaella Bolletti

Libro

Law and Justice concept. Gavel of the judge, books, scales of justice

Leer era, y sigue siendo, la pasión más grande para mí. Empecé a leer desde muy pequeño, gracias a mi abuelo materno que, cada vez que venía a visitarme, me traía un regalo, y el regalo era siempre un libro. Era increíble cómo el abuelo sabía involucrarme en la lectura, por supuesto él había leído mucho en su vida y acertaba al elegir los títulos para regalarme.

El tiempo pasaba rápido mientras yo leía y estudiaba mucho. Había montones de libros en mi escritorio. Me gustaba verlos allí, parecían estar esperándome. Claro está que mi preferido se titulaba Cuentos de Justicia, puesto que ya estaba pensando en mi futuro.

Barcelona, ciudad en la que yo vivía, se había convertido en un lugar peligroso. Mis padres tenían esa percepción de inseguridad, vivían con el temor de ser víctimas de un crimen y el resultado de ello les producía un daño físico y psicológico afectando su bienestar individual, su salud mental, su felicidad y su calidad de vida. Su estado de ánimo estaba influenciado por las noticias de varios delitos cometidos en las calles. Mi padre ya no leía el periódico, ni leía libros, estaba como aplastado. Mi madre solo leía su libro favorito: la Biblia.

“Reuniones de hampones”: Así llamaba mi padre a los grupos de jóvenes en el parque. “Date prisa, termina tus estudios y cumple tu sueño. Al menos podrás hacer respetar la ley y castigar a los culpables.” Eso me decía mi padre, que estaba obsesionado con lo que ocurría.

Obtuve mi Bachillerato en Ciencias Sociales y Humanidades, aprobé la Prueba de acceso universitaria, cursé la carrera de derecho me licencié en la Universidad Autónoma de Madrid. Superé la oposición y por fin cumplí con mi deseo de ser Juez. Los libros que cambiaron mi vida y que siempre permanecen sobre mi escritorio se titulan Código Penal e Código de Procesamiento Penal. Ahora libro sentencias condenatorias, libro sentencias absolutorias, libro, libro, libro…esta forma verbal se está convirtiendo en una persecución.

Raffaella Bolletti

Casas

Ante la puerta, el viejo felpudo pelado y lleno de hilitos que se iban deshaciendo, rezaba: ¡Bienvenidos!

Al entrar por primera vez en el apartamento, junto al propietario que explicaba lo bueno que sería vivir allí, Marta percibió un extraño olor, una mezcla de desinfectante y polvo rancio. Mientras el propietario seguía enumerando elogios, como estar dentro del bloque de apartamentos y no tener ventanas que miraran a la calle, sino sólo al patio y poder así disfrutar del silencio, sin el estrés del ruido del tráfico, Marta pensaba que sí, todo estaba tranquilo, pero tal vez demasiado silencioso y además ¿qué sentido tenía ese pasillo tan largo? Por supuesto todo tenía una respuesta lógica, “Ya verá cuando usted tenga hijos y haga mal tiempo, cómo disfrutarán correteando por el pasillo” dijo el propietario. Marta ya estaba pensando en el vecino de abajo, en cómo disfrutaría él con las correrías de sus hijos. El propietario seguía indicando los cuartos. Casi al final del pasillo había una habitación con las paredes pintadas de color rojo púrpura y una raya enorme de pintura negra. Algo que a Marta le pareció bastante inquietante. Por eso preguntó al propietario si había alguna razón para ese color de paredes. Respondió que sí, que las había pintado de rojo después de que su padre se ahorcara en el sótano. Aún más inquietante. Finalizada la visita al piso Marta se despidió y dijo que hablaría con su marido y tomarían una decisión.

Otra casa con muerto. Tenía recuerdos de casas con muertos. Se acordó de la tía Francisca. Se acordó del cuerpo del marido de su tía en la cama, esperando a la empresa funeraria y de cuando solía pasar unos días en esa pequeña casa de dos plantas, en la planta baja estaba la cocina y por una escalera estrecha y empinada se subía a la primera planta donde había un dormitorio y un cuarto de baño. La casa prácticamente consistía sólo en lo esencial. La tía de Marta trabajaba de camarera y portera de una adinerada familia milanesa que pasaba las vacaciones en su villa en un pequeño pueblo del lago de Como. Marta pasaba la mayor parte del tiempo en el balcón de la habitación, desde donde podía ver el lago. Siempre que se quedaba allí, oía la voz del difunto marido de su tía contándole su vida. Todo esto no la asustaba, sus abuelos le habían enseñado que las casas son como esponjas, lo absorben todo y luego lo devuelven a las personas que viven en ellas, y que los espíritus de quienes las habitaban allí permanecen. En efecto, incluso en casa de sus abuelos había visto muertos en sus camas, e incluso allí había oído sus voces hablándole. Entonces, hablaría con su marido, le contaría lo del ahorcado en el sótano y de las paredes rojas, intentaría convencerle para que compraran esa casa porque, además de que le gustaba mucho, tenía curiosidad por oír lo que el difunto le diría.

Raffaella Bolletti

La vieja llave

Tengo muy claro por qué estoy aquí, tumbado en esta especie de cama, intentando conciliar el sueño. Mis pensamientos me lo impiden; el día ha transcurrido como cualquier otro, nada nuevo, nada diferente. Le sigo dando vueltas una y otra vez en mi cabeza, como si fuese una película… Iba conduciendo el coche por esa avenida arbolada; era el coche de mi padre y lo había tomado sin que él lo supiera. Estábamos solos Pablo y yo, cantábamos a todo pulmón. De repente el coche derrapó y chocó con violencia contra un árbol. Yo no me hice mucho daño, solo me rompí el brazo derecho. Pablo, en cambio, se golpeó con la cabeza en el parabrisas rompiéndose también el hombro; estuvo en coma durante tres meses. No sobrevivió. Yo no tenía el carné de conducir. Mis padres me habían puesto la cabeza como un bombo con eso de sacarme el carné, pero yo no quería gastar tiempo en una autoescuela, ya sabía cómo conducir un coche, lo había aprendido con mi amigo Pablo.

Me explicaron que cuando alguien comete un delito y la justicia actúa, el culpable es condenado, y cumplirá su pena encerrado en algún sitio. Entonces me entregaron los documentos oficiales de la Policía Judicial y del Juez relativos a mi crimen, comunicándome que a tenor de lo que establecía el Código Procesal Penal “Quien cause culpablemente la muerte de una persona en violación de las normas de tráfico será condenado a una pena de prisión de dos a siete años», me iban a encerrar en esta celda, en esta vieja cárcel. Para mí se cerró el cielo y empezó la oscuridad. Recuerdo que el carcelero recorría los pasillos para comprobar si en las pequeñas celdas todo estaba tranquilo. El silencio total sólo se interrumpía por el sonido metálico y algo lúgubre de esas grandes llaves de hierro, que colgaban de su cinturón golpeándose entre sí. Un sonido que nunca olvidaré. Cumplí mi condena de cinco años de cárcel, y el día que salí el carcelero vino a saludarme y me dijo “Te deseo que atesores esta mala experiencia y, para que no la olvides, te regalo esta vieja llave un poco oxidada. Es la de tu celda.”

Ahora tengo 45 años y soy funcionario de prisiones. Las puertas de las celdas ya no se abren con llaves de hierro, sino con dispositivos electrónicos, pero siempre llevo conmigo la vieja llave oxidada, colgando de mi cinturón. Hay muchas llaves en la vida de cada ser humano, cada uno tiene la suya. La mía no es una llave de música o de literatura, la mía es una vieja llave de hierro.

Raffaella Bolletti

La Carta

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

Todo había empezado desde que Jorge se había marchado, de repente, quién sabe dónde, sin ninguna explicación. Inés había perdido una parte importante de sí misma, le parecía que algo había muerto en su corazón, algo había dejado de existir. Le parecía que las vidas de los demás seguían fluyendo con normalidad mientras que ella se sentía como si viviera en una extraña realidad. Ni siquiera salía de su casa.

La última carta llegó puntualmente a las once de la mañana de aquel 3 de diciembre de 2021, exactamente como las cartas anteriores. Su hermana se la entregó mientras Inés estaba sentada en la silla, cerca del viejo escritorio que había pertenecido a su abuela. Había abierto el cajón y sacado el manojo de sobres, atados con una banda elástica, que parecía estar esperándola. Por supuesto ya conocía bien lo que iba a pasar. Desde hacía casi dos años recibía una carta cada 15 días. Manuscritas y todas iguales. Ninguno de los sobres llevaba matasellos. En la parte superior derecha estaba la fecha, en el lado izquierdo estaba “Queridísima Inés” y una firma ilegible en la parte final de la página. No había texto, solo un gran espacio en blanco.

La primera llegó el 3 de enero de 2020. ¿Una provocación? ¿Un admirador secreto, demasiado tímido? ¿Un amenazador, alguien tratando de volverla loca? No. Inés estaba segura de que conocía al no-escritor anónimo.

Esta vez Inés, antes de poner la carta en el cajón, decidió escribir alguna respuesta “¿Pero a quién vas a escribir, Inés?” Le dijo una voz en su cerebro. “No me hagas preguntas, por favor, déjame en paz, pues no es un asunto tuyo”. Y suponiendo que las cartas procediesen de su amado, Inés empezó así:

Madrid, 18 de diciembre de 2021

Queridísima Ines,

intenté escribirte muchas veces, sin conseguirlo. Quizás por vergüenza.

Me fui como un ladrón, dejándote así, sin explicación alguna. La verdad es que otra persona me robó el corazón, y me convenció para que huyera. No puedo pretender tu perdón, solo sería feliz si tu pudieras empezar de nuevo una nueva vida sin mi presencia. Atesora los maravillosos días que pasamos juntos y borra la tristeza, si quieres enfadarte con alguien hazlo conmigo, incluso insúltame si quieres.

Jorge

Puso la carta en el sobre, escribió la dirección y el día siguiente, entregó el sobre cerrado a su hermana para que lo llevara a la oficina de correos para el envío.

Unos quince días después, llegó otra carta. Al abrir el sobre Ines por fin se dio cuenta de lo que iba pasando desde mucho tiempo. Su incapacidad para aceptar la realidad, el hecho de que Jorge se hubiera ido se había convertido en una neurosis que la había llevado a intentar escribirse cartas a sí misma haciéndose pasar por Jorge. Ahora, por fin, se había dado cuenta de que el pasado no se podía cambiar. Tenía que reanudar su vida pensando en el futuro. No más cartas. Sólo mensajes de Whatsapp.

Raffaella Bolletti

Ladrón

SALVADOR DALÍ (1904-1989) – La persistencia de la memoria (1931)

“Papá, trata de no distraerte”, dice Felipe. “He encontrado algo que te puede interesar y quisiera interpretarlo para ti como si fuera en actor.” Y así, sentado en su sillón favorito, Javier escucha a su hijo, que empieza a leer:

“La vida nunca fue fácil para mí. Nunca he sido completamente feliz. Mis padres me procrearon sin amor y yo nací bajo una mala suerte. No he podido estudiar porque se necesitaba la ayuda de todos los componentes de la familia para que la actividad de mi padre, el cultivo y el manejo de la viña, pudiera seguir funcionando. Mi hermano menor se hizo sacerdote, no por vocación, sino para poder estudiar.

Todos decían que era un hombre guapo. No sé. La verdad es que nunca me he fijado en esas cosas, aunque probablemente esto me ayudó a tener algunas novias muy hermosas. Las mismas que al enterarse de que no estaba rico y no poseía mi propia casa, me dejaban por otro. Aun sabiendo que la verdadera riqueza no se encuentra en el dinero, el echo de estar solo me causó una depresión. Un día encontré a Lucia y fue amor a primera vista. Nos casamos unos meses después de conocernos. A ella no le importaba compartir la casa con mis padres. De nuestra unión nacieron dos hijos Juan y Felipe. Al morir mi padre yo no fue a la altura de seguir los viñedos, y todo se fue al infierno. En el pueblo se sabía que, puesto que lo había perdido todo, necesitaba ganar algo para vivir y los vecinos me ofrecían pequeños trabajos.

En el centro del pueblo había una pequeña tienda, de esas que venden cualquier cosa, desde alimentos hasta juguetes y ropa. Es allí que compraba lo poco que mi familia y yo necesitábamos. El dueño, Pablo, cuando yo no tenía ni un duro, se fiaba de mí y me hacía crédito.

Un día frío de enero, fui a hacer la compra, y mientras Pablo preparaba la cuenta de cuánto tenía que pagar, hice algo que no debería; tomé dos paquetes de mantequilla artesanal, que en aquellos tiempos era considerada como un bien de lujo cuyo precio estaba por las nubes, y los escondí en los bolsillos de los pantalones. Por supuesto, Pablo se había dado cuenta de lo sucedido y en vez de enfadarse conmigo, me invitó a sentarme un momento y hablar. Me ofreció un vaso de vino tinto y una silla casi pegada a la estufa, que estaba encendida por el gran frío. Es evidente que, con el calor de la estufa, la mantequilla comenzó a derretirse y yo intentaba levantarme para irme, pero Pablo me obligaba a sentarme de nuevo. Por fin la mantequilla se derritió por completo entre mis piernas dejando una gran mancha grasienta en los pantalones. Sólo en este momento Pablo me permitió salir. La vergüenza me persiguió durante mucho tiempo”.

Bien, dijo Felipe, ¿te acuerdas papá? Son cosas que escribiste hace décadas.

¡Ay, Felipe!, le contesté, solo ahora me acuerdo, y solo porque me lo leíste. Ese pobre chico era un ladrón insignificante. Había robado para su familia. Yo conozco a uno muy poderoso. Es un ladrón que te roba la memoria, escondiendo tus recuerdos detrás de una puerta que no puedes abrir. Es un ladrón silencioso y astuto, que ataca cuando menos te los esperas y que te deja algo que parece sólo una larga página blanca, donde no hay ni un solo recuerdo. Ese ladrón se llama tiempo.

Raffaella Bolletti

El árbol exclusivo

Domingo. Otro día completamente vacío. Ya sé que me sentiré demasiado mal puesto que no tengo, o no quiero hacer nada. Han transcurrido tres semanas desde que me encerraron aquí, en esta habitación. ¿Por qué estoy aquí? Tal vez porque la vida me parece una enorme confusión, llena de amenazas, pandemias, cambios climáticos, guerras. Mejor estar encerrado. Vale, pero después se apodera de mí la inquietud por el tiempo que pasa, que se va sin que yo reaccione.

Quizás tendría que salir al jardín. Pero no, mejor que no. El miedo al monstruo desconocido que está afuera me aplasta.

Soy escritor, tendría que volver a escribir. Pero no, no quiero escribir.

Quisiera dormir mucho para evitar la angustia de la realidad. Pero no, mejor que no. No puedo dormir, el sueño me da miedo y luego tendría que despertarme. No, mejor que permanezca despierto. Tomo otro café, ya he tomado tres. Mejor que me enfrente a otro día, muy fatigoso, complicado, pero real. Por lo contrario, dormir es escapar de la realidad o, mejor dicho, encontrarme en algo no real, incluso una pesadilla.

Efectivamente todo empezó aquella noche en que las ramas de los árboles del jardín se chocaban entre sí, bajo la furia del viento, golpeando la ventana. Parecían llamarme. A pesar del miedo, me asomé y escuché. El viento traía voces diferentes. Algunas pertenecían a animales, otras a niños y una, aunque no podía estar seguro, pertenecía a … ¡¿un árbol!? “Tienes que buscarme, soy el árbol exclusivo” Pregunté: “¿qué quieres decir con el árbol exclusivo?”. “Tú mismo te darás cuenta al encontrarlo y entonces comprenderás”.

No sé por qué, pero a pesar del miedo, por fin conseguí salir y me adentré en la reserva natural que costeaba la playa. El viento se había detenido y todo estaba silencioso, de no ser por el leve ruido de las olas. La luna estaba creciendo, al horizonte, salía del mar, roja, sangrienta, parecía el sol, palideciendo a medida que se elevaba en el cielo. Mientras tanto, ni rastro del árbol exclusivo. De pronto, al mirar hacia el estanque donde solían nadar las nutrias, vi a una joven con un largo vestido blanco que se sumergía lentamente, el agua acariciando suavemente sus piernas, sus muslos. La joven avanzaba. El agua era como un abrazo alrededor de su pecho, llegando a su cuello. Empieza a nadar, pero algo pasa. Se sumerge y no reaparece. Yo que no nado, yo que me ahogo, me quedé paralizado, sin hacer nada. Por fin salió a la superficie. “¿Qué haces aquí a esta hora?”. “Estoy buscando un árbol”. “Vamos entonces, te ayudaré, sé de qué estás hablando”. Después de un largo camino en la reserva me señaló un árbol con varios agujeros, donde se escondían murciélagos, bichos y distintos animalitos. Todos parecían felices. Decidí quedarme allí yo también, al amparo del árbol exclusivo, que se había convertido en mi madriguera. Antes de que pudiera agradecérselo, la chica se había ido. Permanecí en el hueco del árbol unos días; sorprendentemente allí el miedo había desaparecido. Pero, puesto que me estaban buscando, por fin me encontraron y me trajeron aquí, en esta habitación donde a veces lloro y a veces río y donde la mitad de mi cerebro está aplastada por el miedo a vivir y la otra está fuera, buscando emociones.

Raffaella Bolletti

El libro

Amalia llegó hasta el nacimiento del río siguiendo el viejo sendero que ya nadie frecuentaba, y se sentó sobre una roca plana. Había pensado que subir hasta allí la ayudaría a mantener a raya los nervios. Parecía no ser así. Al morir su marido, después del entierro, había vaciado los armarios de las prendas de él y había encontrado, bien escondido en un cajón, un pequeño libro. El mismo que ahora estaba en su bolso y que, dentro de poco, dejaría de existir. Cerró los ojos y repasó los últimos años, aguardando la calma. Tenía 27 años cuando conoció a Pedro, un hombre que le llevaba 10 años, del que se había enamorado y cuyos ojos negros y profundos penetraban su alma. Cada dos días Pedro le entregaba un pequeño poema de amor dedicado a ella cuchicheándole: “Eres mi musa inspiradora. Son de puño y letra para ti.” Ella guardaba las hojas en una carpeta roja. Acabaron casándose un nublado día de noviembre. Pero después de unos pocos años la falta de intereses comunes y la insatisfacción fueron la causa de un total aburrimiento. Ya no era tiempo de poesía. Compartían la cama por simple costumbre. Del matrimonio no nacieron hijos. Pedro se había dado a la bebida, a menudo estaba borracho y la vida conyugal se volvió pronto en una pelotera diaria. Hasta que un ataque de corazón acabó con su existencia.

Amalia dejó los recuerdos y abrió los ojos. El imprevisto descubrimiento del libro había empañado la tristeza y el dolor desatando su cólera. El libro era una colección de poemas cortos, los mismos que él le había dedicado, pero escritos por un verdadero poeta. Pedro sólo hizo un gran esfuerzo en copiarlos. ¡Ay, Amalia, qué tonta!, ¡qué pobre ilusa! Sufría ataques de rabia sólo con leer el nombre de él al final de los poemas.

Arrancó las páginas del libro y las que estaban en la carpeta, y las redujo a trocitos con los que formó pequeñas bolas. Tiró la primera al agua, con mucha fuerza como si la bolita fuera muy pesada. Una a una las arrojó al río, acompañando cada una de una palabrota diferente. La última le pareció muy ligera como si a medida que la corriente arrastraba las bolitas se llevara también un poco de su cólera.

Recorrió el sendero cuesta abajo, feliz y tranquila.

Raffaella Bolletti

Una historia de amor

Salvador Dalí et Gala, una historia de amor infinita

Fragmentos al revés

Isabel:

Viernes. 23 horas y 5 minutos. Subo las escaleras, llego a una puerta cerrada y me detengo. ¿Qué hago aquí? De pronto el corazón se me acelera. Soy consciente de que nuestra historia terminó hace unos años. Pero me doy cuenta de que he venido porque en este momento necesito que me hables de nuestro pasado, de tus pecados y de los míos, necesito que tus manos reconozcan mi piel, mi olor. Me pregunto si te acuerdas de los dos pequeños lunares en mi nalga izquierda que te encantaban. Quiero verte. Los recuerdos me aplastan. Quiero hablarte. Mis ojos, todavía brillantes, están rodeados de pequeñas arrugas; me he cortado el pelo que ya no es negro, sino teñido para esconder las canas. Toco el timbre, te llamo y no me contestas. La puerta sigue cerrada.

Jueves. Me estás asfixiando. El fuego de la pasión se va apagando. No nos volvimos a ver. Cada uno por su camino.

Miércoles por la madrugada. Bajo las escaleras. He salido de tu casa. El pelo largo y suelto parece hablar de libertad. He olvidado las llaves del coche bajo tu cama, tengo que volver. Abres la puerta y corremos a tu cuarto, amándonos otra vez. Las llaves permanecen bajo la cama.

Martes. Un amigo en común nos presenta. Empezamos a salir juntos. Hasta que una noche te despides de mí con un beso en la boca. Nuestra historia acaba de empezar.

Un día cualquiera. Ni siquiera sé quién eres, pero siempre que te encuentro me late el corazón muy rápido. Cada vez que no doy contigo estoy perdida.

Álvaro:

Viernes. 23 horas y 5 minutos. Alguien ha tocado el timbre. Eres tú, de eso no me cabe la menor duda. Siempre tocabas el timbre de esta manera. Te escucho decir mi nombre. No quiero que te enteres de que estoy en casa. Me enamoré de ti de una manera tan loca que perdí la razón. Pero ahora no quiero caer en tus manos otra vez. No quiero volver a sentirme para siempre un prisionero tuyo. Tú, que fuiste una mantis religiosa, una criatura fascinante y peligrosa de ojos verdes.

Jueves. Me alejo de ti, sin hablarte, sin explicarme. Soy emocionalmente dependiente. ¡Demasiado! Aún sigo soñando contigo, atrapado a tu cuerpo, pero dentro de una pesadilla. Quiero olvidarte.

Miércoles por la noche. Te vas, bajando de prisa las escaleras y de pronto vuelves para recuperar tus llaves. Terminamos otra vez en mi cama. Te quiero.

Martes. Gracias a un amigo, por fin te conozco. Quiero besarte y me atrevo a hacerlo. Siento el fuego en tus labios.

Un día cualquiera. Como todas las mañanas doy contigo y cada vez me imagino empezando una historia de amor

Raffaella Bolletti

Guerra y Paz

Ya habían pasado algunos meses desde el día en el que comunicaron que comenzaría el combate. También aseguraron que ahora se disponía de armas muy eficaces para enfrentarse a la guerra que, por supuesto iba a ser difícil y larga. La lucha empezó casi como un desafío contra un enemigo sí conocido, pero engañoso y traicionero, difícilmente dispuesto a negociar, y que además no tenía prisa. Así fue como empezó el entrenamiento para hacer frente a la nueva situación y se recibió la dosis apropiada y diaria de armas y municiones. Después de una larga lucha, pareció verse un rayo de luz. El enemigo se retiraba. En realidad, se había escondido para multiplicarse con velocidad y volver a aparecer fortalecido. Aquel día después de tanto andar de aquí para allá, igual que todas las tardes, desde hacía unas semanas, pasando por la puerta en la que había un cartel que decía “Por favor, guarden silencio”, entré en esa habitación que también se había convertido en la mía, me senté en una de las dos sillas y permanecí allí toda la tarde, toda la noche, atrapada, ausente, mirando al hombre en la cama. Parecía dormir, pero yo sabía que seguía luchando en una batalla que claramente había perdido. A ese hombre se lo tragaban las sombras. Entonces le dije : <<A veces la vida te sirve un fruto amargo. En esta habitación hay dos cuerpos, el tuyo y el mío, dos olvidos.>>

Al final la paz parecía haber llegado, llevando consigo un silencio aterrador. Después de tanto ruido en mi cabeza, durante un largo tiempo, mis pensamientos apresurados, mis demonios internos, a pesar del silencio, todavía estaban presentes. Caminé descalza por el campo, gozando de la suavidad de la hierba mojada. Por fin me senté en el césped mirando al cielo. Pero esta era una paz feroz y no podía evitar chocar contra ella. ¿Puede la paz ser feroz? Claro que sí, por tener recuerdos que arañan el alma como uñas puntiagudas, pintadas de rojo, como la sangre que fluye por las venas.

A veces, especialmente, cuando el mundo que me rodea está tranquilo y en paz, me doy cuenta de que yo no lo estoy, ya que ahora es conmigo misma con quien necesito hablar.

Raffaella Bolletti

El despertar

Soñaba con estar de vacaciones. En el sueño era justo como es. Las vacaciones de verano, esas, en la casa de campo de sus abuelos. Felipe conocía bien los hábitos del abuelo y el último día de agosto, que era también el último día de vacaciones, tenía que acompañarlo a buscar setas. Se había levantado muy temprano y todo estaba tan oscuro que a Felipe le parecía que estaba vendado. De vez en cuando una ráfaga de viento producía silbidos inquietantes. A pesar de llevar una chaqueta y un gorro impermeable, la humedad parecía penetrar por la piel. Ni rastro de hongos, ni siquiera venenosos. La cesta de mimbre estaba vacía. Cansado de mirar al suelo miró hacia arriba y se detuvo. ¡Qué raro! Veía todo del revés. Los hongos colgaban de las copas de los arboles como las estalactitas en una cueva. Llamó al abuelo y éste le pidió que se bajara los pantalones. Se había puesto la ropa interior al revés. Nada de brujería, sólo había intentado…para traer buena suerte. El abuelo le echó un rapapolvo, diciéndole que la brujería de los calzoncillos al revés había llevado a otra brujería, la de las setas al revés. ¿Y ahora qué? ¡Vaya, el despertador! El sueño, o mejor dicho la pesadilla, se termina y el despertar comienza. Felipe sabe que tiene que levantarse, pero su cuerpo opone resistencia y sus ojos permanecen cerrados. De hecho, ¿por qué levantarse? Todavía está de vacaciones. Ah sí, el abuelo, los hongos, ¡nada de ropa al revés por favor! El despertar no puede esperar.

Raffaella Bolletti

Un buen matrimonio

Tras vagar por antiguos senderos, en el mismo bosque en el que paseaba con su abuelo, acompañada por un viento fuerte, frio, bajando de un cielo plomizo, Mariana descansa sentada al pie de un haya. Descansa y piensa en los años, cuando, de niña, solía pasar las vacaciones de verano en la casa de campo y sabía que el último día de agosto, que era también el último día de vacaciones, tendría que saludar sus amigos y regresar a la ciudad. Hoy es una mañana de principios de septiembre. El sol parece no estar dispuesto a levantarse. Sí, es una mañana de un día nublado y frío. Por fin la lluvia empieza a caer. A Mariana le parece oír unas voces llegando desde lejos; quizás sean la lluvia y el viento mezclando sus lenguajes misteriosos e intangibles o quizás sean las gotas al caer sobre las hojas, penetrando dentro de sus pensamientos, metiéndose en su cabeza, o tal vez es su alma, la que creyó haber dejado atrás con su dolor, que ahora la alcanza, a través de estas gotas. El ruido de la lluvia no cubre el eco de unos pasos aproximándose. Mariana se asusta. Se esconde entre ramas enredadas y hojas mojadas precipitando en un vértigo sin fin. Un hombre mojado, delgado, alto va acercándose. ¿Quién eres tú? O ¿Qué eres? Se pregunta Mariana. El hombre, camina entre la lluvia y los relámpagos. Le sonríe y Mariana lo reconoce. La misma capa negra en invierno y en verano. Es él. Es Quique, uno de sus viejos compañeros de juego. Se acuerda que era parco en palabras, mejor dicho ninguna. Pero ahora sus ojos…como los de ningún otro. Parecían ecos de lluvia, una luz clara en un rostro blanquísimo, pálido, austero. Este hombre, Quique, la lleva a un sendero que une el bosque a una pradera, a una granja. Esta noche, bajo esta lluvia helada, en esta granja con la puerta que Quique ha abierto para ella, Mariana quiere dejar el pasado atrás. Quiere amar y ser amada. Y tal vez mañana volver los dos a ser niños, jugar saltando en los charcos de agua, besándose bajo la lluvia. 

Raffaella Bolletti

Un buen matrimonio

Llevaba una vida frugal, no tenía pretensiones y se confortaba con poco. José era un hombre tranquilo, un campesino feliz. Nadie le daba órdenes. Su familia eran sus animales, cerdos, ovejas, gallinas y conejos. Era feliz y se sentía libre. Los sábados por la tarde, después de trabajar en su campo y cuidar de sus animales, le gustaba tocar el acordeón. En el pueblo donde vivía no había salas de baile. A veces se organizaban pequeñas fiestas en la finca de un vecino o, durante el verano, en el bosque.

Aquella noche de septiembre, el destino le tendió una emboscada. Algo cambiaría. Carlota apareció en su vida. Una mujer hermosa y atractiva que le bailaba el agua a José con tantos cumplidos, “Qué bien tocas el acordeón! Y qué músculos”, a los que, evidentemente, no estaba acostumbrado, así que se quedó confundido y encantado a la vez.

Empezaron a salir y al cabo de un par de semanas Carlota consiguió convencer a José de que se casara con ella. Después de la ceremonia hubo una gran fiesta en el pueblo, con música y bailes. Cuatro meses y medio más tarde la esposa dio a luz a una niña. José, poco convencido de la regularidad del evento, pidió con delicadeza una explicación a su mujer.

Carlota convenció a su marido con esta respuesta: “Mira José, cuatro meses y medio de día más cuatro meses y medio de noche son nueve meses. ¿Es que no sabes contar?

Y vivieron felices y comieron perdices

Raffaella Bolletti

Un sábado de otoño

Es un sábado de otoño. Hay gente paseando y también hay gente en la terraza de la cafetería de enfrente, tal vez tomando chocolate caliente o una taza de té aprovechando el día soleado y los maravillosos colores otoñales que empiezan a teñir las hojas de los árboles. ¿Y yo? Aquí, trabajando en esta tienda, con Inés, atendiendo a los clientes, aconsejando colores, recomendando aquel producto, aquella cinta o pasamanería que realmente van buscando o que necesitan. Al igual que todos los sábados, desde hace unas semanas se presenta en la tienda este hombre, este tipo que parece un galán envejecido. Es casi como si tuviera una obligación de comparecencia periódica ante mí. Siempre hace lo mismo, empieza a dar un vistazo, compra algunos lazos de diferentes colores para su mujer, luego me pregunta por mi salud y por fin me cuenta hechos de su aburrida vida de casado, intentando seducirme con su cálida y aterciopelada voz. Conoce mi nombre por habérselo preguntado a Inés. Hoy ha comprado cintas de diferentes tonos de rojo. Me mira a los ojos y me dice “Rojo, el color de la pasión, la que me persigue al mirarte. Ven conmigo ahora mismo y deja que envuelva en las cintas rojas tu cuerpo, que solo puedo imaginar bajo este vestido negro que llevas puesto. No te vas a arrepentir”. Yo no digo nada, me da la lata, pero tengo que aguantarme, sonreír y ser amable. Ahora le mantengo abierta la puerta para que salga rápido y me deje en paz. Su amigo lo espera afuera, cruzando la mirada de Inés desde el escaparate. Lo sé, los dos se han vuelto amantes, a pesar de la diferencia de edad, y cada sábado se van a la casa de campo de él. ¿Y yo? Cerraré la tienda y me quedaré un rato en la cafetería dejándome llevar por la belleza de las hojas amarillas.

Raffaella Bolletti

¡Que nadie duerma!

Felipe siempre estaba un poco cascarrabias al despertar en la mitad de la noche, en la cama donde dormía solo. Lo sabía, no iba a recobrar el sueño. Así que primero solía tomar un café corto y luego salía de casa y echaba a andar sin darse cuenta de hacia dónde iba. Desde hacía una semana se había mudado a la ciudad tras ganar las oposiciones obteniendo el cargo de Registrador Municipal. Su relación amorosa se había roto definitivamente. Había dejado todo eso atrás. Ahora era el momento de cambiar. Parecía una noche cualquiera, de un martes cualquiera, parecía…Se sentía un desconocido en busca de la mirada de alguien, de otro desconocido como él, perdido en un Madrid todavía dormido. Caminaba por las calles vacías a las tres de la noche mirando con indiferencia los coches aparcados, los edificios, los escaparates oscuros, dando vueltas sin ningún propósito. Llegó a los Jardines del Templo de Debod. Le gustaba ese lugar, se podía admirar todo Madrid. Parecía una noche cualquiera, parecía… Todo estaba tranquilo. La luna había salido y luego se había ido. El cielo estaba lleno de estrellas más brillantes que nunca. De repente apareció una sombra, una chica de piel muy blanca, pelo rojo, largo y rizado, con un aspecto atlético y atractivo y enormes ojos azules que parecían un espejo vacío que no reflejaba nada. La sombra nítida de su ex-novia. Se acercó y susurró a Felipe: <Adivina mi nombre, antes de que amanezca, grítalo al cielo y volveré para pasar contigo muchas noches>. Entonces desapareció con rapidez. Extrañado y atraído por la misteriosa chica, Felipe empezó a hablar consigo mismo <¡Que nadie duerma!¡Que nadie duerma!> Sin casi darse cuenta, preguntó a las estrellas cuál podría ser el nombre de la chica. Las estrellas guardaron silencio. Conforme pasaban los minutos, Felipe se iba poniendo inquieto y nervioso. Fue entonces que el perfil de una media luna volvió a aparecer y Felipe comprendió, gritó al cielo <Selene, tu nombre es Selene>. La mujer apareció de la nada, se acercó. Ahora sus ojos reflejaban felicidad. Se fueron a la casa de Felipe. La que parecía una noche cualquiera se había convertido en una noche inolvidable.  Ahora las estrellas podían ponerse. Él había triunfado.

Raffaella Bolletti