Miedo

Estoy celebrando mi 80 cumpleaños, nunca pensé que llegaría hasta aquí. A orillas de un mar fantástico, respiro el olor a sal que tanto me gusta, con toda mi familia: marido, hijos, nietos y mi mejor amiga que me cogió de la mano el primer día de escuela mientras lloraba. También nos acompañan los dos perros que adoro por todo el amor que solo ellos saben dar.

¿Realmente estoy bien? He recibido regalos, flores, buenos deseos; me siento feliz, pero de repente siento una punzada, un escalofrío, ¿es miedo? Pienso que me quedan pocos años, me gustaría hacer muchas cosas, la vita me gusta.

Miro a mi esposo y trato de recordar cómo fue cuando nos casamos hace 56 anos y lo enamorados que estábamos.

También miro a mi amiga, era muy hermosa y sobre todo transgresora, ¡cómo nos divertíamos juntas! Ahora es vegetariana, ecologista, metódica, en fin, perfecta, pero ya no es ella.

Lo más triste es que a mis hijos les están empezando a salir mechones blancos, me pare e imposible que envejezcan también.

Todo a mi alrededor ha cambiado, pero dentro de mí siempre siento lo mismo.

Finjo ser feliz para no defraudar a los que amo, pero la sensación de miedo no desaparece, la siento por todo mi cuerpo.

La fiesta se acaba, ha sido como quería, gracias a mi familia. Me pregunto: «¿qué me deparará el futuro? Vamos, tal vez todavía puede pasarme algo bueno.

Mi esposo me toma de la mano y siempre siento el mismo calor, mi nieta de 6 años me abraza y pienso que si llego hasta los 90 la veré crecer también.

Leda Negri

La maldita herencia del murciélago chino

Bat hanging upside down on the tree.

—¡Por fin! —dijo Gabriela, tirándose sobre el asiento del coche. Se cubrió los ojos con las manos: le dolían de una forma rara, como si dos agujas los traspasaran. 

Sintió la sospecha otra vez: no podía ser. No, no podía ser. 

Acababa de pasar una hora charlando con su amiga Patricia, tomando un helado, algo que debía ser agradable, pero… esa cefalea que le taladraba la cabeza le parecía demasiado para ser un simple resfriado, ese dolor agudo que desde el cuello se deslizaba hacia los hombros y la espalda… La sospecha se hizo temor.

Encendió el coche, salió del aparcamiento del centro y se dirigió hacia casa. 

Ahora el miedo le revolvía el estómago. Así que esa maldita herencia del murciélago chino, que con sus metamorfosis a lo largo de más de dos años había angustiado y encerrado el mundo, ¿ahora le tocaba a ella? Y si fuera así…

— Patricia, hoy —pensó — y ayer la comida con Pablo y Manuela. Y el otro día mi prima Francisca, Pedro y Gabriel. ¿A cuántas personas podría haberle transmitido la maldición del murciélago?

Pero sobre todo a su padre, tan viejo y ya magullado por otras enfermedades. 

Cuando era niña, a Gabriela le daban terror los murciélagos, sus alas babosas y asquerosas: creía que se le podían pegar al pelo, o a la cara. Una noche de verano –tendría siete, ocho años- por la ventana de su habitación había entrado un murciélago, había dado varias vueltas sobre su cama y luego se había escapado, quizás después de una decena de segundos, que a ella le habían parecido horas. Gabriela había empezado a chillar, a llorar, pero el abrazo de su padre, la placidez de su voz la habían sosegado, le habían quitado los prejuicios sobre el murceguillo. Papá le había acariciado el pelo y la niña se había dormido.

Gabriela aparcó el coche el garaje. — Es sólo un golpe de frío— se dijo. Pero los dolores serpeaban por todo el cuerpo. Entró en casa, vio en el espejo su cara pálida de miedo o quizás de indisposición. 

Se midió la fiebre: tenía casi 38. 

La garganta se cerró, las manos empezaron a temblar. 

El tampón resultó positivo y ella se transformó en un murciélago.

Silvia Zanetto

El árbol exclusivo

Domingo. Otro día completamente vacío. Ya sé que me sentiré demasiado mal puesto que no tengo, o no quiero hacer nada. Han transcurrido tres semanas desde que me encerraron aquí, en esta habitación. ¿Por qué estoy aquí? Tal vez porque la vida me parece una enorme confusión, llena de amenazas, pandemias, cambios climáticos, guerras. Mejor estar encerrado. Vale, pero después se apodera de mí la inquietud por el tiempo que pasa, que se va sin que yo reaccione.

Quizás tendría que salir al jardín. Pero no, mejor que no. El miedo al monstruo desconocido que está afuera me aplasta.

Soy escritor, tendría que volver a escribir. Pero no, no quiero escribir.

Quisiera dormir mucho para evitar la angustia de la realidad. Pero no, mejor que no. No puedo dormir, el sueño me da miedo y luego tendría que despertarme. No, mejor que permanezca despierto. Tomo otro café, ya he tomado tres. Mejor que me enfrente a otro día, muy fatigoso, complicado, pero real. Por lo contrario, dormir es escapar de la realidad o, mejor dicho, encontrarme en algo no real, incluso una pesadilla.

Efectivamente todo empezó aquella noche en que las ramas de los árboles del jardín se chocaban entre sí, bajo la furia del viento, golpeando la ventana. Parecían llamarme. A pesar del miedo, me asomé y escuché. El viento traía voces diferentes. Algunas pertenecían a animales, otras a niños y una, aunque no podía estar seguro, pertenecía a … ¡¿un árbol!? “Tienes que buscarme, soy el árbol exclusivo” Pregunté: “¿qué quieres decir con el árbol exclusivo?”. “Tú mismo te darás cuenta al encontrarlo y entonces comprenderás”.

No sé por qué, pero a pesar del miedo, por fin conseguí salir y me adentré en la reserva natural que costeaba la playa. El viento se había detenido y todo estaba silencioso, de no ser por el leve ruido de las olas. La luna estaba creciendo, al horizonte, salía del mar, roja, sangrienta, parecía el sol, palideciendo a medida que se elevaba en el cielo. Mientras tanto, ni rastro del árbol exclusivo. De pronto, al mirar hacia el estanque donde solían nadar las nutrias, vi a una joven con un largo vestido blanco que se sumergía lentamente, el agua acariciando suavemente sus piernas, sus muslos. La joven avanzaba. El agua era como un abrazo alrededor de su pecho, llegando a su cuello. Empieza a nadar, pero algo pasa. Se sumerge y no reaparece. Yo que no nado, yo que me ahogo, me quedé paralizado, sin hacer nada. Por fin salió a la superficie. “¿Qué haces aquí a esta hora?”. “Estoy buscando un árbol”. “Vamos entonces, te ayudaré, sé de qué estás hablando”. Después de un largo camino en la reserva me señaló un árbol con varios agujeros, donde se escondían murciélagos, bichos y distintos animalitos. Todos parecían felices. Decidí quedarme allí yo también, al amparo del árbol exclusivo, que se había convertido en mi madriguera. Antes de que pudiera agradecérselo, la chica se había ido. Permanecí en el hueco del árbol unos días; sorprendentemente allí el miedo había desaparecido. Pero, puesto que me estaban buscando, por fin me encontraron y me trajeron aquí, en esta habitación donde a veces lloro y a veces río y donde la mitad de mi cerebro está aplastada por el miedo a vivir y la otra está fuera, buscando emociones.

Raffaella Bolletti

El miedo está al final del camino

La noche sería larga y el camino también. Intentaba resistir al sueño. El brillo de los faros de los coches que se me cruzaban me mantenía despierto. Conducía un viejo Pontiac americano largo como un barco, o mejor dicho se conducía a sí mismo, había embragado el control automático de la velocidad en el máximo permitido, 70 millas por hora.

No podía dejar de pensar en Elizabeth, Dios mío, qué hermosa estaba esa noche. Su melena de pelo negro rodeaba un rostro hermoso con unos trazos muy finos que se iluminaban con una sonrisa insoportable. Casi no se notaba su largo vestido rojo, que ocultaba lo menos posible sus generosos pechos y descubría sus interminables piernas con dos largas ranuras que se detenían sobre el pubis. Imaginaba que seducida, ella le saltaba al cuello, anudaba sus piernas alrededor de su cintura y que ningún obstáculo impedía el acceso a su pequeña gruta húmeda de deseo.

De repente vio a lo lejos dos faros que se encontraban demasiado a la derecha. Frenó incierto, la automática se desenganchó, pero no sabía qué hacer. Detenerse no podía, en este lugar no había cinta de parada de emergencia. Era un vehículo en sentido contrario, lo veía ahora y llegaba a toda velocidad, por el lado izquierdo. Se inclinó hacia el carril de la derecha, pero el otro lo hizo también. 

«Horror, me va espolonear», no pude evitar pensar en mi deseo desenfrenado por Isabel y el choque ocurrió, terrible, no recuerdo nada más.

Cuando me desperté, busqué a mi alrededor los dispositivos de la clínica, las botellas para la infusión, el monitor de control cardíaco, nada. Estaba en mi cama, mi esposa entró.

— Llegaste temprano, bebiste demasiado. ¡Qué idea también ir al cumpleaños de tus colaboradores! Un día acabará mal. 

Jean Claude Fonder

La clave

— Lo siento —me espetó sin apenas pestañear. Sus ojos miopes fijos en los míos— No existen alternativas.

— ¿Ninguna? — le interrogué sin apenas mostrar emoción.

— Nada. —me respondió negando con la cabeza para enfatizar aún más sus palabras.

— Intente arreglar sus asuntos pendientes —me exhortó con tono grave— Viva.

Así terminó la breve conversación. Le estreché con vigor su mano tendida a la vez que me incorporaba. El doctor me siguió con la mirada todavía un rato más. Antes de salir le miré nuevamente a los ojos sin pronunciar palabra. Luego, cerré tras de mí la puerta de su despacho.

El mundo no era ya el mismo que veinte minutos antes, que fue lo que duró la consulta. Ciertamente es que no había habido mucho más que decir. Solamente aquella escueta aunque, para cualquiera, devastadora noticia. No sentía temor. Sólo silencio y aceptación, quizá también algo de vacío, ante lo implacable de la sentencia: cáncer, tal y como esperaba. 

Mientras me dirigía hasta el ascensor me dediqué a sopesar los pros y los contras de mi nueva circunstancia: “Es mucho más tiempo del que han dispuesto otros.” —razoné en primer lugar para quedar a continuación ensimismado.  “Y tampoco es para tanto.” —concluí después de la breve pausa, a la vez que, en un casi imperceptible gesto, me encogía de hombros.

El elevador abrió sus puertas en la planta baja y saliendo del mismo sin decir palabra, me deslicé entre la gente que transitaba por los pasillos del hospital como si fuera un fantasma. Ellos me ignoraban a mí, y yo, enfrascado en mis pensamientos más profundos, también a ellos.

Como un autómata, salí a la calle y una vez en el exterior respiré tan hondo como pude. “Ahora eres tú el protagonista.” -me dije mientras apretaba los labios. 

Nadie sabía nada de mí. Para el mundo yo era otro mortal más. Con sus pequeñas preocupaciones cotidianas, como todos. Un vendedor de lotería le decía en aquel momento a su cliente que lo miraba con cierta resignación:

— Lo siento, no habido suerte. Siga intentándolo.

Y yo pensé: “que sabrá este lo que es tener o no suerte”

Supongo que cuando uno fantasea en la distancia sobre su propia muerte puede incluso imaginarse enfrentándola con un comportamiento romántico, teatral, casi heroico. Pero cuando sabe que es justo a la vuelta de la esquina donde de seguro le está esperando la de la guadaña, sus pensamientos y reacciones son más prosaicos. Mucho menos grato de observar. Puede ser que este fuera mi caso, pero muy lejano de mi más que masticado propósito: el encarar aquellos instantes finales sin perder ni un ápice de dignidad. Incluso con elegancia. Tal era mi deseo. Al fin y al cabo, y como decía Sófocles: la muerte no es el más grande de los males; aún peor es querer morir y no poder hacerlo.

Había recreado esta escena infinidad de veces. En todas ellas la reacción ante la noticia había sido muy diferente. En algunas, me había puesto a llorar; en otras, había pensado incluso en el suicidio. Tampoco me hubiera parecido una reacción muy incongruente la decisión de no prolongar un dolor inútil. Pero no era ese en absoluto mi estilo. Para un nihilista como yo, el no disfrutar de lo único que en principio tenía constancia de que existiera, me parecía como mínimo absurdo. Ahora me encontraba ante lo que parecía la versión definitiva de un drama interior y la conclusión era que por sorprendente que fuera, no me sentía en absoluto asustado. En realidad, tal situación me parecía hasta interesante. Mi tiempo estaba decidido: a lo sumo un año y ello en el mejor de los casos, según se me había explicado.

Desde mucho atrás había descubierto con cierta desazón aquel bulto sospechoso, pero desde un primer momento había optado por la estrategia de ignorarlo por completo y más adelante, a mantenerlo en secreto el mayor tiempo que fuera posible. No me podía quejar. No me debía quejar. Después de una buena vida me había alcanzado el tiempo de la cosecha. De recoger lo sembrado. Únicamente temía al dolor. Pero para eso sí que existían remedios.

La brisa acarició con suavidad mi rostro. Y no lo digo como una metáfora. Literalmente sentí como si su mano invisible me acariciara con cariño. Ahora que estaba a punto de perder la vida me sentía como nunca parte de ella. Por primera vez, observé el mundo con una cierta sensación de alivio. También con algo de nostalgia. El cielo de un delicado azul pintado de nubes, el despreocupado ir y venir de los transeúntes en medio del otrora molesto bullicio hacia el cual me sentía ahora indulgente, la elegancia de algunos edificios, el encanto de aquella fuente que día y noche me refrescaba el oído con su musical cadencia… El más nimio detalle llamaba mi atención. Todo se había vuelto importante. En poco tiempo formaría parte del recuerdo de algunos. Luego me extinguiría para siempre. 

“Como tantos.”  —continué para mis adentros. Una sonrisa se dibujó en mis labios. Saludé amigablemente a un perrito que se acercó a olisquearme y sin perder aquella sonrisa, dispuesto a seguir a rajatabla las indicaciones del médico, me adentré en las que suponía iban a ser las últimas páginas del diario de mi vida. Sabía cuál debía de ser mi camino. La clave estaba en disfrutar del momento,

Viva —me había recomendado con vehemencia mi médico

Y sin perder una pizca de aplomo, salí a la vida.

Sin miedo.

Sergio Ruiz Afonso

Salir del tiempo

Él necesitó crear un país para no salir de él y así nunca más tuvo miedo al esfuerzo de vivir. En ese país nunca hubo problema, pero tampoco había nadie y enfermó. 

Demasiada paz y después entro una nube negra, me dijo.

 En silencio seguí escuchando.

Las personas sanas no suelen acordarse de visitar a los enfermos, me parece lo normal, es triste la habitación de un hospital. Poco puedes hacer y menos cuando el paciente, “nunca mejor dicho” no tiene ganas de hablar.

Todos nos ocupamos, estamos haciendo nuestras cosas, en nuestra vida, con gente sana. 

Alguna persona entra y sale para cuidarte, pero la estancia sigue vacía y gigantesca. El mejor lugar para estar cuando realmente necesitas serenidad.

Todos tenemos miedo cuando fuimos niños, hicimos un esfuerzo enorme durante meses, pero tú eras el que sentía la soledad de levantar la cabeza, el esfuerzo de ponerte en pie, lo difícil que era entonces caminar, tan difícil como ahora para mí estar. Tan solo estar.

Intento explicarte desde tu mirada la mía, a ti, amigo, al que te pido ayuda.  

Asentí con la cabeza mientras le dije que ya me había explicado lo que tenía que hacer. Sabía que éramos uno. Lo escucho atentamente. Sé que son importante sus palabras. 

Aprendí todo con la dificultad propia de la vida y entonces no era un trabajo llegar a la adolescencia, terminar la carrera, llegar al despacho, caminar y hasta correr bajo el sol, eran etapas. La vida era sencilla, pero los escalones eran muy altos y los subí.

Ahora no puedo elevar mi alma, las nubes también son grises y la mayoría de las veces miro y veo un agujero, un pozo oscuro y profundo. 

Estás tan lejos, Nada hay más terrorífico que poder caminar, poder hablar, pero no me salen las palabras, podría, pero es tan largo el camino.

En este momento me da miedo darme la vuelta en la cama porque algunas veces cuando me acerco al borde comienzo a ver un mundo aún más gris. Si, es el miedo a una mayor tristeza.

La tristeza más profunda que además nadie entiende. 

La oscura fortaleza de la soledad y la ingravidez comenzó cuando me di cuenta que tenía que

seguir aquí, con el terror de estar vivo entre mis venas. Quisiera sacar el tiempo para no soportar el dolor que me causa vivir. 

Gracias. Dijiste que me ayudarías, te expliqué como. Hazlo

Blanca Quesada

Miedo

Cuando Laura se despertó se encontró sumida en la oscuridad más profunda, no había ninguna diferencia si tenía los ojos abiertos o no, cuando probó a moverse se dio cuenta de que estaba atada y amordazada, momento en el que comprendió lo que era sentir miedo verdaderamente. El miedo que no te permite respirar bien y te hace temblar. Recordó que estaba volviendo a casa cuando un coche se puso de través obligándola a frenar y después no recordaba nada más. La habían raptado, un peligro siempre presente en ese rincón de África donde ejercía de médico. De repente se abrió la puerta y un hombre con la cara cubierta le dijo que lo siguiera. 

Llegó a una habitación con un camastro donde estaba un hombre herido al que querían que curara. Si lo hacía, la dejarían libre. Vio que habían traído su maletín con sus instrumentos, diciendo que lo sujetaran porque iba a sufrir tomo el bisturí. Mientras sentía miedo de no conseguir hacerlo y que la infección se hubiera propagado en modo imparable, empezó a abrir la herida para extraer el proyectil. Consiguió extraerlo, limpió, desinfectó y vendó la herida. Ahora, les dijo, había que esperar y pidió agua limpia y tela para ponerle en la frente y favorecer así que bajase la fiebre. Le trajeron lo que había pedido y la dejaron con el herido que ella había reconocido como uno de los cabecillas de la guerrilla que había tenido un enfrentamiento con el ejército el día anterior.

Pasaron algunas horas en las que tuvo un miedo tremendo. Por suerte la fiebre bajó y cuando volvieron para ver como estaba lo encontraron despierto y le pidieron que les enseñara cómo tenían que curarle la herida y que la dejarían libre.

Algunas horas después la llevaron cerca de su casa. De esa terrible experiencia había aprendido como era el verdadero miedo, y sabía que desde ese momento las cosas que podían asustarla eran muy pocas.

Gloria Rolfo

Miedo

Vas por una calle sórdida, las escasas bombillas iluminan apenas el asfalto con baches, fango, hay basura por doquier… En el cruce, a lo lejos, ves figuras que se escurren entre los edificios, ¿estará alguien al acecho detrás de la esquina? 

Te corre por las venas un estremecimiento, te enfría el estómago y entorpece tus manos. Pero no te rindas, tú eres más fuerte, ¡que no te congele el aliento! Siente fluir la vida por las narices, llénate de prana salvadora, extiende tus crispados miembros y endulza tu rostro.

Acuérdate de que eres cintura marrón de karate, además, llevas en el bolsillo el talismán que te dio el chamán. No podrán hacerte daño.

Maria Victoria Santoyo Abril

Cólera

Rosa estaba hojeando el álbum de foto familiar, encontró una foto de su hija Sara cuando tenía 15 años, era muy hermosa, ojos oscuros con pestañas largas, nariz pequeña, mejillas llenas con piel brillante, cuerpo tonificado de gimnasta; en ese tiempo asistía al bachillerato lingüístico y era una de las mejores alumnas de la escuela. Todo parecía perfecto, quizás demasiado.

Una vez volvió del gimnasio donde hacía ejercicio cada tarde, se veía muy deprimida, sus compañeras le habían dicho varias veces que estaba subiendo de peso y que nunca podría ganar una competición. En efecto su cuerpo estaba cambiando, estaba volviéndose más maduro, estaba floreciendo, como es normal a esa edad, sus amigas solo tenían envidia, pero ella ahora se veía gorda, por lo que decidió ponerse a dieta.

Este fue el comienzo de un desastre, ella comía muy poco, adelgazaba rápido, dejó la gimnasia artística y se incorporó a un gimnasio de fitness donde hacía sesiones extenuantes, su cara estaba irreconocible, su cuerpo cada vez más esquelético, su hermoso pelo ahora desgastado, las reglas se detuvieron, la situación era muy grave. Ella fue visitada por médicos y psicólogos, pero rechazó su tratamiento, tenía una visión distorsionada de sí misma, su peso estaba ahora en el límite más bajo. Fue declarada anoréxica sin esperanza.

En familia estaban desesperados, un día en el almuerzo estaban sentados alrededor de la mesa y Sara una vez más se negó a tocar la comida que su madre le había preparado con todo lo que le gustaba. El padre, a pesar de sufrir terriblemente, siempre se había controlado para tranquilizar a la familia. Aquel día fue tomado por una ira incontenible, tomó el mantel con todo lo que había arriba y lo arrojó contra la pared, luego corrió hacia su habitación desde donde todos escucharon a ese hombre tan bueno y paciente sollozando desesperado.

Sara se puso de pie y temblando, con las pocas fuerzas que le quedaban, recogió todo y el mismo día dijo a sus padres que aceptaría ser atendida.

Fue un camino largo y difícil, pero logró curarse por completo.

Rosa, con las lágrimas en los ojos por esos dramáticos recuerdos, sacó una foto de Sara radiante el día de su graduación y pensó en lo mucho que amaba a su esposo y en la inmensa gratitud que sentía por él que con ese arrebato de cólera y lágrimas había logrado penetrar en el corazón de su hija.

Leda Negri

La coinquilina

Ya no la soporto.

Nunca me imaginé, cuando contesté al anuncio, que la convivencia sería tan difícil. Parecía una buena ocasión: el alquiler barato, la habitación cerca de la universidad… Además, todavía no conocía a nadie en la ciudad y contaba con que Lidia, la coinquilina, y yo haríamos buenas migas.

Ella está adormecida, como siempre. Se acuesta y se duerme en un santiamén, luego duerme toda la noche de un tirón y por la mañana se despierta fresca como una rosa.
Aprieto el cuchillo con tanta fuerza que me duelen las manos, pero la cólera vuelve vigorosos mis brazos gráciles. 

Ella sigue durmiendo como un angelito, sonríe en los sueños, mueve la boca como si paladeara algo delicioso.
Pero yo la voy a matar, a Lidia. Por sus muñequitas, por sus cortinas de florecitas, porque no le cuesta ningún esfuerzo dormirse. Porque no puedo aguantar esta habitación nauseabunda de niña, donde no hay nada mío, aparte de mi cama de sábanas oscuras y algún que otro par de vaqueros y camisetas negras.

 Sin despertar, Lidia se mueve un poquito en su cama, rodeada de peluches de colores tiernos: conejitos, ositos, gatitos. -Mmmmhhh, sí… sí…- murmura. Porque sí, habla en sueños, también, pero nada de sexo como se podría imaginar por sus gemidos: sueña con pasteles y pastelitos porque, además de dormir, le encanta comer.

Por eso voy a clavarle el cuchillo en el pecho, para volver rojo ese color rosa empalagoso de sus sábanas.

De repente, Lidia se da la vuelta en la cama y empieza con lo que yo no puedo soportar. Porque, además de todo, Lidia ronca: ronca como un cerdo. Cuando me parece que consigo conciliar el sueño, después de que me han dado las tantas dando vueltas en la cama, ella empieza a roncar, roncar y roncar, cada vez más fuerte. Yo me desvelo y me quedo mirando el techo hasta que suene el despertador, pensando en una solución. Pero ahora ya la tengo. Si solo Lidia despertara… Porque si no pudiera gozar del miedo en su mirada sosa, mi venganza sería incompleta. 

Repentinamente, los ojos azulados de Lidia se abren de par en par.

Todo mi cuerpo tiembla de rabia y el cuchillo me agota las manos.

La voy a matar, a Lidia, y por fin ella también lo sabe

Silvia Zanetto

El libro

Amalia llegó hasta el nacimiento del río siguiendo el viejo sendero que ya nadie frecuentaba, y se sentó sobre una roca plana. Había pensado que subir hasta allí la ayudaría a mantener a raya los nervios. Parecía no ser así. Al morir su marido, después del entierro, había vaciado los armarios de las prendas de él y había encontrado, bien escondido en un cajón, un pequeño libro. El mismo que ahora estaba en su bolso y que, dentro de poco, dejaría de existir. Cerró los ojos y repasó los últimos años, aguardando la calma. Tenía 27 años cuando conoció a Pedro, un hombre que le llevaba 10 años, del que se había enamorado y cuyos ojos negros y profundos penetraban su alma. Cada dos días Pedro le entregaba un pequeño poema de amor dedicado a ella cuchicheándole: “Eres mi musa inspiradora. Son de puño y letra para ti.” Ella guardaba las hojas en una carpeta roja. Acabaron casándose un nublado día de noviembre. Pero después de unos pocos años la falta de intereses comunes y la insatisfacción fueron la causa de un total aburrimiento. Ya no era tiempo de poesía. Compartían la cama por simple costumbre. Del matrimonio no nacieron hijos. Pedro se había dado a la bebida, a menudo estaba borracho y la vida conyugal se volvió pronto en una pelotera diaria. Hasta que un ataque de corazón acabó con su existencia.

Amalia dejó los recuerdos y abrió los ojos. El imprevisto descubrimiento del libro había empañado la tristeza y el dolor desatando su cólera. El libro era una colección de poemas cortos, los mismos que él le había dedicado, pero escritos por un verdadero poeta. Pedro sólo hizo un gran esfuerzo en copiarlos. ¡Ay, Amalia, qué tonta!, ¡qué pobre ilusa! Sufría ataques de rabia sólo con leer el nombre de él al final de los poemas.

Arrancó las páginas del libro y las que estaban en la carpeta, y las redujo a trocitos con los que formó pequeñas bolas. Tiró la primera al agua, con mucha fuerza como si la bolita fuera muy pesada. Una a una las arrojó al río, acompañando cada una de una palabrota diferente. La última le pareció muy ligera como si a medida que la corriente arrastraba las bolitas se llevara también un poco de su cólera.

Recorrió el sendero cuesta abajo, feliz y tranquila.

Raffaella Bolletti

La cólera del General Bourakine

Caramba, —gritó, —con la cara roja de cólera mientras trataba de desatar el corsé inextricablemente apretado de Armande de Castelroux, la famosa cortesana, una amiga de Odette de Crecy, que sin duda conoceréis.

El General Bourakine, no es su verdadero nombre, por supuesto. Es un famoso general ruso, un Boyard que no se llevaba bien con el Zar, ahora exiliado en Francia y muy conocido por sus terribles rabietas. Había tomado una suite en la Posada del nudo gordiano. 

Al final de la tarde, un carruaje barroco de colores pastel azul y blanco, con el nombre de Armande pintado de rosa, llegó al patio de la posada. El General, que seguía orgulloso de sus prestaciones y no quería de ninguna manera permanecer discreto, la esperaba en la escalinata del Auberge en un bonito albornoz verde botella con forrado de Astrakan negro. Sus botas de jinete brillaban como un espejo. Su bigote en forma de doble V sonreía ampliamente para dar la bienvenida a la hermosa Armande. Su cráneo ampliamente despoblado y sus patillas bien surtidas se apresuraron a abrir la puerta del coche a la gran cortesana. Una pierna delgada envuelta en seda inmaculada que terminaba en un zapatito rosa se deshizo divinamente de todas las enaguas que la ocultaban a las miradas indecentes del General. Armande puso el pie en el escalón y tomó la mano del oficial que le ayudó a descender magníficamente. 

Bourakine dio un paso atrás ante la imponente cortesana vestida en los mismos colores que su carroza y coronada majestuosamente con un gran sombrero envuelto en gasas ligeramente violetas y cubierto de flores blancas postizas. Se sumergió en una amplia reverencia y terminó con la nariz en el ramo de lilas que ella sostenía contra su corpiño que era imponente. Embriagado por el poderoso perfume que emanaba de todo su cuerpo, se levantó penosamente, retomó su mano y subió casi tambaleándose por las escaleras del porche.

Apenas entró en su suite en la planta baja, llevó a Armande al dormitorio. Al lado de la cama sobre una mesita se había instalado el cubo de champán, su botella y dos flautas, un sobre rosa, todo adornado por un ramo de flores blancas. Armande, sin esperar, abrió el sobre, contó su contenido, tomó las flautas que le tendía el General, brindó rápidamente con él y comenzó a desvestirse.

Y allí estábamos, Bourakine eructaba su cólera ante los dobles cordones que Armande llevaba en la parte delantera para levantar mejor su pecho que ahora se veía a través de una fina capa de algodón transparente. Ella era realmente imponente con los pezones anchos que apuntaban a Bourakine como dos pistolas cargadas de peligro. Bourakine, cada vez más rojo, declinaba gritando cada vez más fuerte la larga lista de sus palabrotas más sofisticadas. Nada que hacer, este fuerte de disfrute era inexpugnable. De repente se levantó, acompañado de las pequeñas risas que Armande le otorgaba generosamente, se precipitó en su armario y volvió la espada al aire. Armande gritó, él se arrodilló ante ella, puso el arma cortante detrás de los cordones y de un solo golpe definitivo liberó un par de pechos desenfrenados que lo cargaron como lanceros arrastrando con ellos el cuerpo entero de Armande de Chatelroux.

— ¡Rusos! — Grita, —¡vienen los rusos! 

Jean Claude Fonder

Las virtudes del padre Lucas

Era un sacerdote muy admirado por su paciencia y sabias disertaciones con las  que, cada domingo, armado de la fe, encaramado en el decrépito púlpito de su iglesia, exhortaba, con voz segura,  a seguir el camino del bien a sus humildes y temerosos feligreses. Hombre culto, pero humilde. De ademanes refinados. Hombre del que no se conocía falta alguna. Ejemplo de vida para muchos. Para algunos un santo.

Aquella soleada mañana de Pentecostés, ensimismado en su sermón que versaba sobre el ejercicio de la muy recomendada virtud de la resignación,  no escuchó el imperceptible aviso, apenas audible, que le hubiera podido salvar del fatal desenlace. Fue un insignificante crujido, casi normal para aquella vetusta iglesia, que no detuvo su discurso. 

En el justo momento en el que hacía especial hincapié en la virtud de la paciencia, el leve crujido dio paso al estruendo y en medio del mismo, mientras la carcomida atalaya se venía abajo, las plácidas maneras del padre Lucas se transformaron en gritos y ademanes de cólera incontrolable. Sucedió apenas un segundos antes de que una  centenaria viga le aplastara la cabeza.

Sergio Ruiz Afonso

Lulú

Son las cinco, no duermo, echo de menos algo, no tengo sueño. El cuerpo tibio y tierno de Lulú no está en su lugar, en medio de la cama. Me levanto, no quiero que la noche sea larga. La veo como una sonámbula, no me besa. Cuando vuelvo, no me acuesto hacia la ventana, me vuelvo hacia el centro del lecho, pero ella no me mira, está en el borde de la cama y mira hacia el exterior. Ya está dormida, tranquila como una marmota.

Están muy lejanas las noches dominadas por Eros. Las noches en las que Lulú llevaba un mini vestido que rozaba la indecencia más atrevida. Sus piernas delgadas e interminables le permitían ponerse un atuendo tan corto. Sus padres antes de que yo la conociera, nunca hubieran aceptado que ella se lo pusiera. Lulú, una chica hermosa que conocí en un bar-discoteca, por la tarde. No creía que pudiera conquistarla tan rápidamente, pero estábamos hechos el uno para el otro, intelectuales, amantes de las artes, de la literatura y de la música y no despreciábamos los placeres de la carne, al contrario.

Le acaricio la curva de sus caderas que no son estrechas y sus glúteos que no dejan la menor duda sobre su feminidad exacerbada. Se vuelve contra mí, se pega perfectamente a mi cuerpo, y no dudo en acoger su seno perfecto en mi mano en forma de copa. No quiero despertarla. Es su instinto, quiero creerlo, lo que la atrae a mí. Cuando no duerme, siempre pretende que somos demasiado viejos para eso.

Yo sigo sin dormir, no puedo evitar que mi imaginación recorra el cuerpo sinuoso y preciosamente curvado de mi Lulú. Mi mujer, a la que nunca he dejado de amar con todo mi cuerpo y con la que estoy tan profundamente vinculado por una relación de amistad que desde hace tanto tiempo dura, y durará siempre.

Me despierto en sus brazos. Este día, lo sé, no me decepcionará.

Jean Claude Fonder

El amor más grande

A mí siempre me ha parecido que tenemos los mismos gustos y muy parecidos disgustos. En su cara muestra un rictus de seriedad cuando uno de los niños del edificio entra votando con una pelota. A mí tampoco me gustan los ruidos o las personas que no reconocen lo apropiado o no de sus actos. Es agradable sentir un “buenos días” o la cordialidad de un vecino que abre la puerta para que los demás podamos salir o entrar, sentir la sonrisa satisfecha de un joven que mantiene abierto el ascensor. Detalles que se están perdiendo, de la misma manera que la palabra cortesía está pasando de moda.  También nos molestan los gestos un tanto bruscos, algunas veces insolentes de los jóvenes, quizás la educación no es la misma que aquella severa formación que entonces recibíamos, pienso. Él lo comento alguna vez.

Nuestras miradas se encuentran de forma fortuita. Ocasionalmente, cuando hay mucha gente en el ascensor del edificio donde vivimos, se roza nuestra piel, sin intención y me encuentro con su mirada de disculpa, con unos ojos casi llorosos. 

Después de veinte años. Aunque muchas cosas han cambiado en nuestras vidas: mis hijos han crecido, se han independizado, su madre, con la que vivía, ha fallecido y mi esposo ha muerto. 

Ahora me parece que su mirada es más firme y cuando nos encontramos solos en la escalera, en la puerta, en el ascensor su saludo es más lento y el mío también. Es un amor que no se toca.

Blanca Quesada

Una historia de amor

Carmen salió al jardincito de detrás de la casa para saborear el aire fresco de un día de primavera que ella sintió que la sorprendería. El cielo estaba atravesado por nubes que se perseguían dando la impresión de que objetos y animales flotasen en el aire. Comió una galleta de la fortuna y la nota adjunta la sorprendió: “tu bondad dará frutos inesperados”. Quien sabe qué significa eso. Regresó a casa, desayunó y comenzó su trabajo como blogger. Hoy se dedicaría a la cocina y contaría cómo preparar un buen arroz.

Después de un rato que no supo cuantificar (cuando escribía no se daba cuenta de si habían pasado diez minutos o dos horas), oyó un golpe en la puerta principal. No vio a nadie a través de la lente y estaba a punto de regresar a su escritorio cuando escuchó un gemido, como de un animal herido. Abrió la puerta y en el mismo felpudo un caballero bien vestido, dos ojos hechizantes, una sonrisa que salió como una mueca, con voz débil pidió ayuda y luego se desmayó. Carmen se activó de inmediato: llamó una ambulancia, tomó un trapo mojado y un vaso de agua. Unos segundos y el extraño se recuperó. El médico que llegó en ese momento le visitó y decidió que había que hospitalizarlo para hacerle pruebas. Carmen se dio cuenta de que el hombre ya se estaba convirtiendo en una pasión irracional, pero no pudo reflexionar sobre esta repentina idea porque los enfermeros de la ambulancia hacían que el hombre se subiera a la camilla. La sirena sonó y ella se quedó sola en la puerta pensando en el extraño. Al regresar a la casa, notó que el hombre había dejado un libro en el felpudo; parecía antiguo, una copia de la Divina Comedia de Dante con dibujos. Lo recogió y lo colocó con cuidado en un armario. Pensó seguir escribiendo su blog, pero el recuerdo del hombre se deslizó en su mente; asustada por esa repentina pasión, sintió un ligero malestar al pensar que había dejado que se fuera sin preguntarle al menos su nombre. Decidió aclararse la cabeza y dar un paseo por el río que fluía lentamente detrás de la casa. Debido a la sequía el agua estaba muy baja; se quitó los zapatos y los calcetines y lo vadeó hasta la orilla opuesta, donde se elevaban miles de abedules con sus delgados tallos y ramas mecidas por el viento. Siguió el camino hasta llegar al antiguo molino, la cuchilla del molino giraba perezosamente a pesar de que no quedaba nada por moler. Sorprendida, se dio cuenta de que alguien vivía allí, se podía ver una ventana con cortinas, unas flores en el porche suavizaban la entrada. Intentó llamar, pero nadie le contestó. Tal vez habían decidido renovar la antigua masía. Volvió y vadeó de nuevo el río, sin darse cuenta de que ya habían pasado horas; se dirigió hacia el panadero del pueblo para comer sus famosos palitos de oliva y para tener noticias del extraño. El pueblo era pequeño y la panadería era el lugar de reunión donde todos pasaban durante el día. Así fue como supo que el desconocido, que acababa de comprar la masía, había muerto poco después de su hospitalización sin que los médicos entendieran la causa. Una lágrima bañó su rostro, salió de la tienda pensando en el hombre cuyos ojos grises verdosos la habían embrujado. Fue cuando regresó a casa, en la quietud de su jardín, que recordó dónde había encontrado esos ojos. Era una niña pequeña, de vacaciones en el mar junto con sus padres y había conocido a Andrés, que era mayor que ella; habían pasado una tarde entera juntos, visitando las afueras del pueblo.

Entonces el tiempo los separó, las vacaciones terminaron, ella volvió a la ciudad y ya no pensó en el muchacho. Ahora, después de una visión romántica, su visita a la puerta esa mañana, la mente comenzó a dar vueltas. Cómo habría sido su vida si no se hubiera ido, si hubiera estado con él. Todos esos arrepentimientos por solo unos instantes compartidos en un felpudo. ¿Cómo hubiera sido si ella hubiera tenido tiempo para amarlo? No había esperado a que muriera para encantarla; ella no perdió a un amante soñado, la suya había sido una relación real, aunque corta. Con esta certeza recordó el libro: ¿qué tenía que hacer con él? Buscando en Internet pensó que podría tener valor y contactó a un técnico para que lo evaluara.

Para su sorpresa le dijeron que era una primera edición muy rara y por lo tanto de gran valor; ¿Quería venderlo en una subasta? Una de libros antiguos se llevaría a cabo solo un mes después. Carmen aceptó esperando un ingreso excepcional. Había decidido que ese pueblito de provincias volviera a tener escuela primaria y que se llamaría «La escuela de Andrés». Abrió una suscripción y en su blog contó la historia de la niña, de los ojos grises verdosos que la habían conquistado y el epílogo de un amor especial.

Elettra Moscatelli

Historia de un amor

Es la historia de un amor
Como no hay otro igual
Que me hizo comprender
Todo el bien, todo el mal
Que le dio luz a mi vida
Apagándola después
Ay que vida tan obscura
Sin tu amor no viviré

Aprendimos un montón de canciones españolas durante aquel curso del profesor Antonio Blanco Tejero, en nuestro antiguo Instituto Cervantes de Milán. El de la Avenida Dante, por supuesto. Después de lograr el 2012 el diploma DELE B2, conquistado gracias a mi tenaz voluntad de autodidacta, quise absolutamente participar en un curso y, como la música siempre me ha gustado, el título “Canta con nosotros” me inspiró. Fue entonces cuando me enamoré del Instituto Cervantes, que en unos pocos años se convertiría en mi “segunda casa”. Por eso ahora me pongo triste cuando, caminando por la avenida Dante, paso por delante del edificio en reestructuración donde, en vez de profesores y estudiantes de español, se ven obreros y albañiles, y la bandera de España roja y amarilla ya no está. 

Existen muchos géneros de amor, y encariñarse con un precioso lugar y con las personas que a poco a poco encuentras allí es uno. Quizás por eso esa canción me encantó. Cada miércoles, después de clase, me iba corriendo a la parada del autobús cantando alegremente las nuevas melodías que acababa de aprender: boleros, sevillanas, villancicos… Canciones tradicionales, o con palabras nuevas que creábamos nosotros: la Marimorena, la Llorona, Guantanamera… Pero sobre todo me gustaba cantar “Historia de un amor”, porque estos años en el Instituto Cervantes fueron para mí el inicio de una nueva vida hecha de amistades y de cultura, de tapas y de aprendizaje, de música, de tertulias y de escritura. Logré pasar el DELE C1 y dejé atrás un trabajo que no era lo mío, y todo esto “le dio luz a mi vida”, pero “apagándola después”.

Así que hoy, pasando otra vez por delante de nuestro antiguo Cervantes, además de ver a los obreros, atisbo la cara sonriente de una amiga querida que se fue para siempre hace unas semanas, la de un amigo que nunca volverá a Milán, y la de otros que perdimos de vista pero que siguen viviendo su vida en otro lugar… Pero en diez minutos alcanzaré el bar donde los amigos del Tapañol nos encontraremos, ¡por fin en persona! Al principio me quedaré con la mascarilla puesta, luego me sentiré ridícula por ser la única y me la quitaré. Y hablaremos de sueños que se convierten en proyectos y de proyectos que se convierten en realidad. Porque eso es vida. Y también es amor.

Silvia Zanetto