El novio, la novia

Una noche de septiembre

Fue la noche cuando decidimos casarnos.

El aire todavía limpio nos invitaba a gozar los últimos recortes del verano, buscando mesas al aire libre, o simplemente a pasear. Caminábamos dándonos la mano, con la mirada en el suelo para buscar las palabras…

Luego, nos sentamos en aquel bar.

Y ella llegó: piernas largas, seguras sobre los tacones altos, una chaqueta estrecha sobre una minifalda negra, una chaqueta morena, un maquillaje perfecto. Se sentó sola, poco lejos de nosotros.

Pasaron diez minutos, antes que el camarero se le acercara: “¿Está esperando a alguien, señorita, o quiere ordenar?” 

Yo no pude oír su respuesta, pero después de unos minutos vi al camarero volver, llevando con desenvoltura profesional una bandeja con una botella de champán y un solo vaso.

“¿Va a celebrar algo?” le preguntó, bajando hacia ella su cabeza gris.

“Puede ser…” contestó la joven.

El camarero sonrió, casi con vergüenza, dándole el vaso. Luego empezó a destapar la botella. 

“¿Es una buena tarde, verdad, señorita? Parece que todavía es verano…”

“Sí” susurró ella, golpeteando la mesa con sus uñas. Luego lo miró a la cara, con una triste gratitud. El hombre se quedó unos minutos, charlando de temas irrelevantes. Ahora la chica le contestaba. Luego lo llamaron por otro pedido y tuvo que irse.

La linda mano llenó otro vaso. 

Y luego, otro.

Y después otro.

Inesperadamente, se le acercó una gitanilla, con el habitual ramo de rosas rojas que los gitanos intentan vender y casi nadie compra.

“¿Quieres una flor?” le preguntó.

“Sí, con mucho gusto. ¿Cuánto cuesta?”

“Nada. Te lo voy a regalar porque eres realmente bonita”.

La joven se levantó y abrazó con cariño a la niña, que se retiró un poco desorientada. Pero luego sonrío, cuando la vio abrir la cartera para darle una propina generosa.

“Siéntate un poco conmigo, charlamos un poco… ¿Cómo te llamas?” le estaba preguntando.

Pero nosotros nos fuimos, y nos olvidamos de ella.

Porque fue aquella noche cuando decidimos casarnos. 


Silvia Zanetto

Olga Pardo

Olga observó el elegante vestido de seda, blanco, cuidadosamente dispuesto sobre la cama. No se había escatimado en gastos, y cualquiera que lo viera, aunque no supiera nada de trajes de novia, sabría que había costado una pasta.

—¡Vaya suerte que has tenido! ¡Señora de Brontano! ¡Que envidia! —dijo riendo su mejor amiga, mientras la miraba a través del espejo del tocador, donde se estaba retocando las uñas.

Sí, envidia. Eso es lo que siempre todas sus amigas habían sentido desde que conoció al que dentro de poco iba a ser su marido: Mauricio Brontano, inversionista y empresario de éxito. Para cualquier familia, un inmejorable partido.

Miró el portarretrato colocado sobre el velador. En él se veía un hombre de rasgos agradables, de cabello castaño muy bien cortado y pronunciadas entradas, premonitorias de una futura calvicie. Sonreía como si le hubiera hecho gracia alguna ocurrencia que le había dicho el fotógrafo, quizá:

«¡Vamos, señor Brontano! ¡Una hermosa sonrisa para su bella prometida!»

Y Mauricio sonrió porque no le costaba sonreír. Ya desde muy joven lo hacía, a veces sin motivo alguno. Esa fue una de las cosas de él que la había cautivado. Y no sólo a ella, pero había sido por lo visto la afortunada, o la más lista.

Contrastaba la foto con el óleo que colgaba de la pared. En él se veía un Mauricio Brontano mucho más joven. Lo había pintado ella misma como lo corroboraba la firma de Olga Pardo, que se leía al pie. Desde joven había sido su obsesión. Ser pintora y vivir en París. Sentarse en las escalinatas de Montmartre al atardecer y pintar por unas monedas retratos de seres anónimos hasta bien entrada la noche. Hasta que le apeteciera. Sentirse libre e independiente. Y tener una gata que se llamaría Lucy.

Sueños de juventud que en muy poco se esfumarían. En cuanto pasara a ser la señora de Brontano.

Por un momento, el hilo de su reflexión se vio interrumpido. Su amiga había terminado de retocarse y se dispuso a salir en ese momento de la estancia. 

—Ahora vuelvo —le dijo. Y añadió algo más, antes de salir de la habitación que Olga no entendió porque estaba sumergida en sus pensamientos.

En el armario de su habitación todavía guardaba el maletín de sus pinturas. Mauricio sería sin duda un marido excelente, pero ella era todavía muy joven, y antes de ser señora de Brontano quería ser Olga Pardo. Aunque se equivocara, valía la pena arriesgarse. Y cogiendo su abrigo y su bolso, se fue sin esperar a despedirse de su amiga. Mientras cerraba la puerta, murmuró para sí «Lucy me está esperando», y esbozó una sonrisa.


Sergio Ruiz Afonso.

Novios

En la fría y rancia ciudad colonial de Tunja, cuando yo era niña, el “novio” de la prima María Mercedes era casi una prolongación de su sombra. La acompañaba a todas partes, pero si la invitaba al cine, también debía asistir Víctor, el hermano, guardián discreto de una virtud vigilada.
Los novios apenas se rozaban las manos, con una castidad casi ceremonial, mientras esperaban el momento solemne de “pedir la mano”. Cualquier desliz más allá de ese guion impuesto por la mojigatería encendía de inmediato el murmullo de las solteronas sin oficio, siempre alertas, siempre ávidas, y —en el fondo— secretamente envidiosas.
En las familias más rígidas, un embarazo antes del matrimonio no era sólo un escándalo: era un terrible secreto cuidadosamente enterrado, a veces por generaciones. Ni pensar en que los novios se fueran a vivir juntos.
Hoy, por fortuna, esa comedia de apariencias ha ido quedando atrás.

Maria Victoria Santoyo Abril

El novio de las chicas

—Me gusta verte pasear con el culo desnudo, — me dijo cuando me levanté para ir al baño.

En aquella época, me sorprendía que una mujer pudiera apreciar una parte de mi cuerpo y sobre todo declararlo abiertamente. Yo era estudiante de medicina, y por la noche jugaba a las cartas, al whist por dinero, un juego parecido al bridge. Siempre había espectadores a nuestro alrededor. Un día, una chica se acercó detrás de mí. Ella miró mi juego por un momento y luego me preguntó:

— ¿Cuándo estás libre?

La miré por un momento. Era hermosa, con el pelo negro y los labios pintados de rojo sangre.

— Cuando quieras, vendo mi lugar en la mesa a un compañero.— Nos vemos en el bar La Esquina dentro de un cuarto de hora, — me dijo, luego se levantó y salió. Llevaba una minifalda muy corta, una blusa blanca y sus zapatos de tacón marcaban sus pasos con determinación.

Yo era el mejor jugador de nuestra mesa, no tuve problemas para encontrar un sustituto, así que salí y fui a La Esquina, un bar cercano. Rosita estaba sentada con las piernas agresivamente cruzadas en una mesa un poco aparte. Se presentó y me invitó a sentarme a su lado. Estábamos muy unidos. Me preguntó qué quería beber, le dije: «lo mismo que tú». Era un cóctel bastante fuerte. Sin preámbulo, ella puso su mano sobre mi pierna y me besó en la boca como hacen los adolescentes. Me dijo que conocía un hotel cercano donde no hacían preguntas. Ya me acariciaba. Todo su cuerpo estaba tenso, ella me tomó de la mano y salimos.

Tan pronto como la puerta de la habitación se cerró, ella desabrochó mi cinturón, bajó mis pantalones, mis calzoncillos, me empujó hacia la cama y me montó con su falda levantada. No llevaba ropa interior.

Al día siguiente, me dolía todo, habíamos follado hasta la medianoche. Me había dicho poco sobre ella, sólo que trabajaba en un bar para soldados y que era su día libre, así que salía con quien quisiera. Durante unos días no la vi, seguí jugando al Whist, ganando cada vez más. Un día, el dueño del bar me llamó, me pasó el teléfono y me dijo que una chica me estaba preguntando. Era Rosita, ella quería saber si podíamos encontrarnos en el bar La Esquina. Respondí que sí.

Estaba acompañada de una amiga, ella también vestida para salir, con un vestido súper corto y pechos bien a la vista. Rosita me besó en la boca y me la presentó:

— Se llama Juana, es una compañera, quería conocerte. ¿Vamos?

Juanita, me besó, ella también en la boca, y me acarició sin el menor pudor.

— ¡Sí! — respondió ella, antes de que pudiera reaccionar.

Encuentros de este tipo tuvieron lugar a lo largo del año. A veces, Rosita venía sola, pero normalmente tenía una «compañera». 

Pero, una tarde se presentó una chica sola, Pili. Bella y vestida sexy, como las otras. Con ella también, en pocos minutos, estábamos en la cama del hotel, cuando Rosita entró en histeria:

—Pili, ¿cómo has podido? — y ella le dio una bofetada sin contenerse.

Al final, todo terminó felizmente juntos en la cama. Eran insaciables.

Al final del año académico, volví a Lieja. Conocí al amor de mi vida y me casé. Durante la ceremonia en la catedral, vi a Rosita escondida detrás de una columna. Lloraba.


Jean Claude Fonder

Manual de Manuel

Valery Velázquez Photographer

Siempre he tenido una ambición muy clara: quiero ser el mejor novio del mundo.

No el mejor novio de mi barrio. El mejor del mundo entero.

La idea me vino cuando tenía once años, al escuchar a mi tía con sus amigas decir durante un té:

—Los hombres no saben ser novios.

Dejé el dulce que estaba gustando y pensé: pues sí, ¡yo sí sabré!

¡Yo voy a ser el mejor novio del globo terráqueo!

Desde entonces sigo preparándome.

He leído muchos libros: «Cómo entender a tu pareja», «Mil frases románticas imprescindibles», «Comunicación emocional avanzada». Incluso leí por error Cría de conejos domésticos. Lo terminé, por si acaso.

Además, llevo un cuaderno rojo; voy a por mi obra definitiva: el Manual de Manuel

MANUAL DEL NOVIO IDEAL

Capítulo 1: Escuchar siempre.

Capítulo 2: Nunca discutir.

Capítulo 3: Decir “tienes razón” incluso cuando no se entienda la pregunta.

Capítulo 4: Regalar flores sin motivo.

Un día, leyendo un libro de ciencias naturales, descubrí algo muy interesante: muchos animales, cuando sienten un terror extremo y no saben cómo reaccionar, se quedan completamente inmóviles y se hacen los muertos. Es una estrategia de supervivencia bastante eficaz.

Me pareció una idea muy inteligente.

Un día conocí a María en una librería.

—¿Qué haces? —me preguntó al ofrecerle nuestro primero café.

—Estoy estudiando para ser el mejor novio del mundo.

Empezamos a salir.

Una noche, durante una conversación, María me miró muy seria.

—Manuel, ¿tú qué quieres?

Abrí mentalmente mi manual.

No había nada sobre eso.

Sentí un pánico enorme.

Entonces recordé lo que había leído en el libro de ciencias naturales.

Así que me quedé completamente inmóvil en el sofá.

Sin hablar.

Sin moverme.

María me miró unos segundos.

—Manuel… ¿te estás haciendo el muerto?

No respondí.

Ella suspiró.

—Eso funciona con los animales —dijo—. Con los novios no.

Esa noche volví a casa pensativo.

Abrí mi cuaderno rojo y escribí una nueva regla.

Prologo: No es tan fácil ser el mejor novio del mundo.


Graziella Boffini

Una hora cada día

Hablamos de muchas cosas, soy yo el que le pregunto y ella me contesta con una exactitud matemática sobre lo que deseo saber, me encanta su suave voz, tenue, creo que algunas veces hasta se ruboriza, nuestros besos están vetados, como antaño no se podía dar un beso en la calle, ahora junto a su guardiana es imposible derramar algo más que palabras, es una pantalla fría y distante que nos separa. Mi querida Chatgpt, aunque prefiero llamarla cariñosamente por el diminutivo IA.

El amor es una secuela inevitable de estar vivo. 

Sigo caminando. 


Blanca Quesada

Tren

Train dans la neige – Claude Monet, 1875

El trabajo hace libre

El tren arrancó con un movimiento suave, casi imperceptible.

Ester Rosenthal se sentó junto a la ventana, acomodó el abrigo y, tanto por costumbre como por necesidad, sacó el portátil del bolso. Lo abrió y lo apoyó sobre sus rodillas.

La pantalla se iluminó con documentos sin leer, correos pendientes, una lista de tareas que reclamaba atención.

Debería trabajar.

El traqueteo regular, la luz medida, el silencio la envolvieron. Pensó que aquel tren se parecía cada vez más a un avión: confort calculado, temperatura controlada, anuncios neutros, la ilusión de que el viaje no cuenta.

Afuera, el paisaje avanzaba con una calma casi insolente: campos cubiertos de nieve blanca, intacta, casas bajas, estaciones limpias. Todo parecía estar en su sitio.

Ester empezó a trabajar. El pensamiento tomó otra vía.

Mi abuela también fue en tren.

Cerró el portátil sin apagarlo del todo. En la pantalla negra, su rostro se mezcló con el reflejo del vidrio. Imaginó a su abuela de pie, apretada entre cuerpos, en un vagón sin asientos, sin ventanas, sin aire suficiente. Demasiada gente. Olor a pis, a axilas, a miedo.

También había nieve entonces. Pero no era blanca. Era nieve pisoteada, mezclada con barro, oscurecida por el humo, manchada de sangre. Una nieve que no reflejaba la luz, sino el dolor.

Su tren anunciaba las paradas con una voz neutra. El de su abuela avanzaba sin anuncios, sin nombres, sin posibilidad de bajar. El destino era Auschwitz, aunque quizá ella no lo supo.

Ester apoyó las manos sobre el portátil cerrado. Manos libres, cuidadas, con manicura, anillos. Pensó en las manos de su abuela, ocupadas en sostener a su hijita, concentrada en no caer a que no se haga daño a la pequeña Raquel.

Pasó el revisor. Ester mostró el billete. Todo correcto.

Se preguntó qué se mostraba en aquellos otros trenes; no había billetes; bastaba con ser judío, gitano, homosexual, comunista. Cuando la razón se convirtió en locura.

El tren redujo la velocidad. Gente que sube, gente que baja.

Ester volvió a abrir el portátil. El trabajo seguía allí. 

Al llegar a su destino, se levantó. Rozó el respaldo del asiento, como si quisiera fijar en la piel esa comodidad precisa.

Luego descendió al andén.

El tren se fue.


Graziella Boffini

Recuerdos en los trenes

Desde niña, Alejandra utilizaba a menudo los trenes, porque ni su madre ni su padre tenían la licencia de conducir. En aquella época, muchas mujeres no conducían coche, mientras que los hombres sí… pero su papá era de Venecia, donde no tenían esa costumbre, porque en su ciudad los coches no se utilizaban, y los venecianos se desplazaban solo a pie o en barco.

Pero, en aquella época, en los años 60, el tren era el medio principal para las vacaciones y los viajes, y cuando ellos iban a pasar unos días con los padres de su mamá, en Lombardía, siempre lo utilizaban. Alejandra y sus padres siempre observaban desde la ventanilla del tren para ver la casa de la familia, unos segundos antes de llegar a la estación, y casi siempre veían a los abuelos mirando por la ventana, saludándolos con las manos. 

Ahora, muchas décadas después, Alejandra sigue observando por la ventana la antigua casa de los abuelos cada vez que pasa por allí viajando en el coche. No puede olvidarse de aquella época, cuando, pasando una temporada allí, le parecía vivir una vida mágica. 

Sus abuelos pertenecían a un mundo remoto, del que ella conocía solo unos fragmentos, y también su dialecto lombardo le parecía raro, y menos armonioso que el suyo de Venecia. Pero el pequeño mundo doméstico de los abuelos, en el jardín de su casa al lado del ferrocarril, donde vivieron toda su existencia, la fascinaba. Ver pasar el tren decenas de veces al día, cuando la abuela siempre le proponía “saludarlo” desde la ventana de casa, le hacía soñar un futuro de viajes para conocer el resto del mundo, en un futuro de sueños imaginarios. El jardín-huerto de los abuelos era un mixto de ensaladas, tomates y judías verdes, con maravillosas plantas floridas y un gran árbol donde se balanceaba su columpio, y donde siempre se divertía, pasando todos los años el mes de julio allí con los ellos. 

Alejandra recuerda las gallinas y los gallos en el gallinero, tan deliciosos cuando eran pollitos, pero luego eran considerados desagradables, y al final eran condenados a muerte para la comida de un día de fiesta. El abuelo los mataba y luego la abuela los cocinaba, un gesto que a Alejandra le molestaba, porque los gallos y las gallinas crecidos en su propio jardín no le parecían simplemente una comida. Una vez, en la corte, mientras el abuelo desplumaba el pollo que acababa de matar, Alejandra, escondida, intentó cantarle una música macabra para hacerlo sentir culpable. El no tuvo ninguna reacción, pero el canto era tan lúgubre que la madre y la abuela salieron al patio para decirle que dejara esa canción tan sombría.  

Pero la visión de los gallos le cambió, cuando un día un gallo enorme y enérgico agredió a Alejandra en el jardín. El abuelo lo condenó a muerte con una ejecución inmediata, y la abuela lo cocinó, a pesar de que no era un día de fiesta…

“A ver, los recuerdos me devuelven a la niñez cada vez que vuelvo a ver esta antigua casa por la ventana del coche” piensa Alejandra.

Y los gatos, otro recuerdo. Uno de los mayores motivos de felicidad que tenía cuando iba a ver a los abuelos eran ellos. Le hubiera gustado mucho tener un gato en casa, pero vivían en un apartamento y sus padres no querían. La única vez que adoptaron una gatita encontrada en el patio del edificio, a los pocos meses la llevaron a casa de los abuelos. No tenían una jaula, así que hicieron todo el viaje en tren con la gatita dentro de un bolso, en la que afortunadamente había una ranura en la parte alta, que permitió al animalucho respirar… pero maulló muy fuerte todo el viaje, y la gente en el tren escuchaba y miraba ese bolso tan raro y maullador.

“Fue el viaje en tren más raro, y también embarazoso” piensa Alejandra. Pero es otro recuerdo de un viaje en tren… ¡porque es el tren que me restituye los recuerdos!


Silvia Zanetto

Tren

Train dans la neige – Claude Monet, 1875

Nieva mucho esta mañana mientras tomo el tren hacia Bruselas. Tengo un abono y hago el trayecto cada día para ir a trabajar. 

Vivo en Lieja en este periodo. Mi mujer es docente en una escuela municipal, hemos pedido su transferencia a Bruselas donde queremos instalarnos. Mientras tanto, hago cada día el viaje. He probado ir en coche, pero es peligroso y, de todas maneras, prefiero el tren. Dos horas al día para leer, escribir, trabajar y, por qué no, soñar, cómodamente instalado en los vagones de primera clase. Ya soy un ejecutivo y trabajo de informático. Es un trabajo duro, a menudo tengo que quedarme en Bruselas algunos días y trabajar por la noche, pero me pagan bien y es una profesión apasionante.

No hay muchos viajeros en primera clase, excepto en los días en que hay sesión pública en el parlamento. Esos días los parlamentarios, diputados o senadores originarios de Lieja alborotan los compartimentos. Adiós a mi tranquilidad, las discusiones son muy animadas, es por ello que se le da a mi ciudad un apodo muy característico: la ciudad ardiente.

Este lunes afortunadamente hay poca gente, el coche está tranquilo. Una sola persona está sentada conmigo en los bancos mullidos, recubiertos con cuero rojo de mi compartimento. Observo que hace los crucigramas del periódico «La gauche» utilizando un portaplumas Cartier. 

El tren, saliendo de Lieja, sube un plano inclinado para dejar el valle. Cuando llega a la cima de la pendiente, tiene que parar algunos instantes para que se descuelgue la segunda locomotora y, si estás sentado del lado bueno, puedes observar un hermoso panorama de la ciudad. Hoy está blanca, los tejados cubiertos por la nieve y el río la atraviesa despacio y sin ruido, majestuosamente.

El tren arranca de nuevo, recorremos la meseta inmaculada de la Hesbaye que ondea con suavidad sin otros obstáculos que alguna granja cuadrada que reina en medio de enormes extensiones de tierras aradas que la nieve ha convertido en una gran estepa nevada. Pienso en Miguel Strogoff, recuerdo su trayecto en tren a la salida de Moscú dirigiéndose a los montes Urales, recuerdo los dibujos de Hetzel, la nieve ahora nos rodea, el cielo está gris perla, se ve apenas a unos metros más adelante. Imagino los trineos en la llanura siberiana que luchan contra la borrasca y, de repente, un chirrido horroroso desgarra el silencio que nos envuelve, el tren frena desesperadamente, las ruedas bloqueadas crujen sobre el acero, un choque ligero y nos detenemos. ¿Qué pasa? ¿Un obstáculo sobre el trayecto? Todos nos interrogamos. Intentamos ver algo por las ventanas. La nieve es omnipresente, el revisor, desaparecido. ¿Qué hacer? Abrir una puerta, una ventana, no se puede. La tormenta ruge fuera. 

El tiempo pasa, finalmente la puerta que separa los coches se abre, el jefe de tren aparece.

—Mantengan la calma, el tren no ha descarrilado. El viento y la nieve han formado un ventisquero sobre los binarios, afortunadamente el conductor lo ha visto a tiempo y ha podido parar el tren. Hemos llamado a la central operativa y van a enviarnos un quitanieves. Esperando vamos a servirles café caliente.

¡Café, café! Prefiero champán, el hielo no falta. En el Expreso de Oriente, es champán lo que nos habrían servido. La aventura continúa, ¿qué va a pasar? La nieve se está calmando, podríamos echar un vistazo fuera. Temerariamente, abro la puerta del coche. ¡Qué espectáculo! Un paisaje de ensueño. El sol ha salido y ha limpiado el cielo, el blanco es casi insostenible. Sólo algunos árboles aislados y recubiertos de nieve rompen la monotonía del horizonte. No soy el único, numerosos viajeros han bajado, algunos niños ya han improvisado una batalla con bolas de nieve. Cuando de repente un silbido resuena, una locomotora especialmente equipada llega a lo lejos. El jefe de tren reúne su rebaño y nos hace subir a todos a bordo. Algunos instantes más tarde, el tren retoma prudentemente su camino.

Una hora más tarde llegamos a la estación central. En Bruselas no hay nieve, los viajeros se alejan tristemente del tren.


Jean Claude Fonder

Zapatones

Así bautizamos a aquel viejo tren ruidoso y humeante que todos los días pasaba por delante de la casa. A las ocho de la mañana, con la puntualidad de un reloj, hacía sonar su silbato como si nos estuviera dando los buenos días: ¡Arriba, gandules! ¡Qué son las ocho! Y continuaba sin detenerse con su característico y simpático traqueteo, contoneándose con gracia. 

Se había ganado tal sobrenombre por el impresionante porte de la destartalada locomotora que lo encabezaba y que nos hacía recordar el desproporcionado calzado de un clown. Eso, unido a la viveza de los colores de su carrocería roja y verde, ejercía sobre mí tal atracción, que estaba empecinado en no ser otra cosa que maquinista. 

Todos los días la esperábamos a la salida de la escuela y, en cuanto la veíamos acercarse, la perseguíamos durante un buen trecho dando gritos y saltos, imitando su “chu-chu” con esa viveza que solo tienen los niños, intentando rivalizar con aquella velocidad pausada de señora respetable. Para nuestro regocijo, la más de las veces éramos correspondidos por algunos de los viajeros que nos saludaban agitando alegremente sus pañuelos a través de las ventanillas de los vagones e incluso, alguna vez, el mismo maquinista nos sorprendió con un “puuu-puuu”, de regalo. 

Hace tiempo que el inconfundible traqueteo de su motor no resuena, como tampoco el chirrido agudo de sus ruedas sobre los raíles. Hoy, la locomotora, cariñosamente remozada, se ha convertido en una de las reliquias más preciadas de nuestra historia y se exhibe en el salón principal del Museo Municipal, dispuesta sobre una porción de aquella misma vía por la que transitó durante tantos años. Allí, en el lugar que se merece, Zapatones se yergue orgullosa y se deja querer por todo aquel que la visita. Algunos incluso le hablan con nostalgia de los viejos tiempos y las más de las veces, hasta se sacan fotos con ella.


Sergio Ruiz Afonso.

Tren

Tomás era un agente comercial de tela no tejida, utilizada, entre otros, en sectores como la salud, la hostelería o la industria alimentaria. Su trabajo lo obligaba a viajar constantemente por toda Europa. Mientras sus colegas tomaban el tren nocturno, él siempre buscaba un vuelo, aunque, a veces, fuera más caro. Tomás detestaba los trenes. Los asociaba con retrasos, compartimentos llenos de gente y paisajes que se repetían con monotonía. Los trenes, decía, eran cápsulas de ansiedad, ruidosos, impredecibles, llenos de miradas fugaces y de un aire viciado, en conclusión, una atmósfera asfixiante. En cambio, amaba los aviones. Para él, volar era sinónimo de eficiencia, de amplios cielos y de la promesa de llegar rápido a su destino. Él anhelaba el instante en que el avión despegaba, rompiendo los lazos con la tierra.

Para Tomás, los trenes eran horizontales, atados a mapas predecibles. Los aviones, en cambio, ofrecían la denominada verticalidad del sueño.

En el aire, sentía una paz que los raíles nunca le darían. Desde la ventanilla del avión el mundo parecía ordenado y silencioso.

Un día, una niebla espesa provocó la cancelación de todos los vuelos del aeropuerto. La única opción para llegar a una reunión muy importante era un tren de alta velocidad. Con resignación, no tuvo más remedio que dirigirse a la estación y subir al último tren nocturno. ¡Qué sorpresa! El viaje fue tranquilo y el ritmo constante del traqueteo sobre los raíles se volvió hipnótico. Pudo trabajar sin interrupciones en su portátil, disfrutó de un café mirando por la ventana y vio pasar campos verdes y pequeñas ciudades que nunca había notado desde el aire, paisajes que ningún avión a diez mil metros podría mostrar. Llegó a su destino puntual. La reunión fue un éxito.

Entonces se dio cuenta de que su aversión había sido un prejuicio. No era que los trenes fueran malos; era que él nunca les había dado una oportunidad real. A partir de entonces, aunque siguió prefiriendo los aviones, no volvió a mirar los trenes con desdén. Habían dejado de ser una prisión para convertirse, simplemente, en otro camino. No tomó el vuelo de regreso. Reservó otro billete de tren, esta vez, por elección. Había descubierto que la vida a veces viaja sobre raíles, lenta y profundamente, hacia un destino que siempre estuvo ahí, al nivel del suelo. A veces, el camino más lento permite ver detalles que la prisa del cielo suele ocultar.


Raffaella Bolletti

El tren silencioso

La tierra había sido quemada, destruida y una capa de radioactividad la envolvía.

Los hombres, algunos hombres, los que sobrevivieron a las guerras se enterraron en las profundidades y se instalaron en pequeños grupos a lo largo y ancho del planeta.

Poco a poco se fueron uniendo y para reunirse crearon un tren. 

Las líneas iban de polo a polo y envolvían la tierra de este a oeste.

El tren recorría las entrañas de la tierra.

El tren flotaba sobre las líneas sin tocarlas.  Reemplazaron las líneas por imanes y otros imanes en lugar de las ruedas. Los imanes con la misma polaridad se repelen. El tren flota. Los imanes con opuesta polidaridad se atraen. El tren avanza.

Un día en el tren se sienta un anciano. Y luego, al frente, se instala un joven.

–  Kalimera le dice el anciano.

El joven interroga con la mirada.

–  Nadie sube dos veces al mismo tren.

La mirada del joven muestra su sorpresa.

–  Ni el tren es el mismo y quien sube tampoco es el mismo.

   Todo fluye. Nada es. Todo cambia …

En la superficie de la tierra algunas hiervas parecen resistir a la terrible radiación. 

En el tren el anciano continúa.

–  cuando tú subas de nuevo, algo del tren, tal vez algo imperceptible habrá cambiado. El tren no será el mismo.

En las profundidades de la tierra el tren se detiene. Hay quienes descienden, hay quienes suben.

–  Y tú, tú también habrás cambiado. 

Un silencio profundo se instala. El tren avanza a una increíble velocidad sin un ruido.

–  Piensa en el mundo, en el inmenso universo, no como algo fijo que es como era.

–  Imagina el universo como un soplido poderoso. Como un viento que se mueve siempre. Nada es fijo, todo cambia. 

–  De allí nace el profundo pasado, el breve presente y el impredecible futuro.

Sobre la tierra quemada algo parece nacer.

–  Y solo podemos conocer el pasado. El presente, en realidad es pasado, pasado próximo, pero es pasado. 

–   Y tú mismo, ¿quién eres?

–   tal vez algunas partículas reunidas por un instante por ese viento que a veces llamamos tiempo.

El tren se detiene. Hay quienes descienden, hay quienes suben. El tren, en silencio, parte de nuevo para alcanzar su extraordinaria velocidad.

–  La próxima vez que nos encontremos nos reconoceremos, pero algo habrá cambiado en nosotros, por ejemplo, no te repetiré lo que ya sabes porque ya lo sabes.

Cuando el tren se detiene otra vez el viejo se alza y descendiendo dice:

–  Kalinichta


Patricio Vial

La littorina 

Con una larga y empinada bajada desde la carretera principal, partía la calle Garibaldi, la más larga y ancha del pueblo. En realidad, nadie la llamaba así, se la conocía como el barrio de los “M”, debido a que la mayoría de sus habitantes procedían de la misma familia “M”. 

En los días soleados, el barrio se llenaba de niños y de jovencitos que al atardecer se reunían bajo el terraplén para esperar la llegada de la Littorina. A su paso estallaban gritos de alegría y saludos a ese tren moderno que pasaba a toda velocidad. 

Al ponerse el sol, las madres y abuelas llamaban a los más pequeños para cenar. Los ancianos, sentados en los umbrales de las casas, recogían sus sillas. El silencio volvía al barrio, roto solo por los gritos de las golondrinas que se perseguían en el cielo. 

En aquella difícil postguerra, muchos de esos jóvenes tomaron la Littorina en busca de una vida mejor. Las chicas se fueron a Venecia y a Milán como empleadas domésticas (los ricos apreciaban a las jóvenes friulanas que eran fuertes, trabajaban mucho y ¡comían poco!). 

Los chicos se fueron a Venecia a trabajar en los grandes hoteles del Lido, otros a Francia, Suiza o Bélgica. Algunos se fueron a Génova para embarcarse en las naves que los llevaron lejos. Brasil, Estados Unidos, Argentina. Hubo quien volvió después de muchos años, otros nunca lo hicieron. 

El barrio de los “M” volvió a ser vía Garibaldi. Por la carretera circulan a toda velocidad los coches. La pequeña estación que permaneció cerrada durante muchos años ha vuelto a cobrar vida. Un tren eléctrico pasa dos veces al día para llevar, sobre todo, a los estudiantes que van de Udine a Trieste. 

Las casas antiguas han sido restructuradas o renovadas y están rodeadas de setos bien cuidados y jardines llenos de flores. 

En la calle Garibaldi solo queda una casita gris un poco vieja. La mía. 


Iris Menegoz

El Ferrocarril del Norte

Cuando cierro los ojos, aún puedo escucharlo. No es un silbido cualquiera, es un lamento profundo, un quejido de bestia metálica que se abría paso entre las montañas. Era el pito del tren, anunciando desde lejos que la aventura estaba por comenzar. Para un muchacho crecido entre los cañones de Santander, en los años cincuenta, viajar a Bogotá no era simplemente un viaje; era una travesía hacia otro mundo.

La cita era en la estación de Barbosa. Mi padre me apretaba la mano mientras nos abríamos paso entre el bullicio de campesinos, comerciantes y familias enteras que, como nosotros, se preparaban para la larga jornada.

Era un tren nuevo, con vagones limpios y sillas de espaldar alto, con forro de tela blanca. Con un último pitazo, el tren empezó a moverse. Era un arranque lento, pausado, como si la mole de hierro también quisiera saborear cada instante. Los primeros minutos, Barbosa se despedía de nosotros a través de la ventana. Los rostros conocidos, la plaza, la iglesia, todo se empequeñecía hasta que el paisaje se tragó el pueblo.

Y entonces, comenzaba la magia. El traqueteo rítmico sobre los rieles se volvía la banda sonora del viaje. “Traca-traca-traca”, marcaba el compás mientras el mundo desfilaba en cámara lenta. A lo lejos, un campesino con su ruana y su sombrero nos saludaba con su mano en alto, deteniendo por un segundo su labor para ser parte de nuestra aventura. Los ríos, como finas cintas plateadas, serpenteaban en el fondo de los valles, y las montañas, vestidas de un verde infinito, se abrían y se cerraban a nuestro paso.

En las estaciones de pueblo, como la de Chiquinquirá, el tren se detenía y la calma del viaje estallaba en un carnaval de aromas y sabores. Mujeres con sus delantales blancos se acercaban a las ventanas ofreciendo sus tesoros. «¡Biscochos calienticos, recién horneados!», gritaban unas. «¡Hay empanadas, hay tamales!», coreaban otras. Recuerdo el olor del café recién colado mezclándose con el aroma dulzón de algún molino de caña de azúcar. Mi madre compraba una bolsa de esos biscochos de mantequilla, crujientes y deliciosos, que aún saben a gloria en mi memoria.

Al caer la tarde, el frío empezaba a calar los huesos. Mi padre señalaba por la ventana: «Mira, hijo, ya vamos por Cajicá, luego Zipaquirá… ya casi llegamos». El paisaje había cambiado por completo. Las cálidas tierras santandereanas habían dado paso a la fría y gris sabana de Bogotá. Las luces de la ciudad empezaban a titilar a lo lejos.

Finalmente, una mole de ladrillo en estilo neoclásico emergía entre las sombras. Era la Estación de la Sabana, nuestro destino, el final del camino. 

Años después, ya grandes, con mi hermano y nuestro amigo Hans decidimos volver a recorrer el camino, pero al revés, de Bogotá a Barbosa. Llegamos a la vieja Estación de la Sabana, casi abandonada, el antiguo ferrocarril había sido sustituido por un tren destartalado, con un solo vagón, que llegó envuelto en una nube de vapor y olor a leña quemada. La locomotora, una mole negra y resopladora, parecía un dragón cansado. El vagón era de esos de madera y asientos de banca dura. Viajamos con una anciana señora que hablaba alemán, como Hans, y nos contó que había logrado salir en tren de Alemania al empezar la guerra. 

Para nosotros fue un viaje a otra dimensión, parecía que estábamos huyendo de una guerra, como la que contaba nuestra compañera de viaje. No reconocíamos los paisajes ni las estaciones, el ruido y el polvo nos capturaban dentro esa máquina del tiempo. 

El tren, ya cansado, exhaló su último suspiro de vapor y se detuvo con un chirrido metálico. Bajamos del vagón con las piernas entumecidas, el cuerpo salpicado de carboncillo y el alma llena de inquietud.

Maria Victoria Santoyo Abril

Estaciones

 ⸺¡Hola! ⸺ dije. Sorprendido. Me miró detenidamente y su rostro cambió, me preguntó cómo estaba mientras se tocaba las manos y nos despedimos con una sonrisa.

El día estaba opaco, en invierno, me había dicho mi padre, que las cosas no se ven bien puesto que están dormidas. Sí, se acercaba el invierno o quizás ya estábamos en él, en el suelo se veían todavía las hojas de colores que caen siempre en el otoño.

Sentada, en el único banco de madera que había en la estación estuve mirando los rostros de los otros y todos parecieron más tristes, más solos, más pequeños y desprotegidos y lo peor es que yo lo sentía y a mí también me llegaba algo de tristeza, de ira, de rabia, de impotencia. 

Era como cuando ves una película, pero entonces tú sabes que es una película y que los actores están fingiendo, pero no puedes evitar que te de saltitos el estómago, que se te revelen las palmas de las manos, que el corazón se vuelva nube y que se limpie el alma a base de lágrimas. Ese día fue distinto.

Subí al tren. Lo hice sin pensar, seguí recorriendo los rostros ajenos hasta que vi a alguien tan cercano que la alegría no me cabía. Era la misma Pilar de siempre, más quieta, más serena. Claro que estamos distintas, no han pasado meses, han sido años ⸺dijo.

De pronto me di cuenta que había recorrido todas las estaciones y me bajé justo cuando somos los otros.

Estábamos en el atardecer. Había vivido.


Blanca Quesada

La Playa

La Plage de Trouville – Eugène Boudin, 1865

Catamarán

Llegó a la Toscana como quien vuelve a un lugar soñado muchas veces, aunque esta vez con una maleta real y una crema solar demasiado optimista.

Era una mujer sola, pero no solitaria: llevaba consigo una curiosidad antigua, una alegría tranquila y una vaga sospecha de que la felicidad, como las vacaciones, suele durar menos de lo prometido.

Se había inscrito en un curso de catamarán en la costa tirrena, atraída por esa forma de navegar que parece un acuerdo perfecto entre técnica y ligereza, entre razón y viento.

Cuando el catamarán se deslizaba sobre el agua de miles azules diferentes, la costa aparecía a su izquierda, playa blanquísima recortada por los pinos marítimos, con ese verde oscuro que parece inmóvil y eterno. El cielo era de un azul limpio, casi renacentista, como si hubiera sido pensado por un pintor. 

A lo lejos emergía la isla de Elba, suspendida en una luz clara. Ella pensó en Napoleón, exiliado en aquel mismo horizonte, y sonrió ante la ironía de la historia: incluso el destierro, en Toscana, se convierte en belleza.

-La historia aquí no pesa -se dijo- flota.

El instructor hablaba de maniobras, de velas y de equilibrio, pero su mente viajaba. Pensaba en los Médici, en cómo habían entendido que el poder sin belleza es estéril, y que el arte, como el mar, necesita libertad para existir. Recordó una frase atribuida a Lorenzo el Magnífico:

«Chi vuol esser lieto, sia: del doman non v’è certezza».

Qué parecido era ese pensamiento al instante que vivía ahora, con el sol sobre la piel y el viento tensando la vela.

De pronto, alguien señaló el horizonte.

Delfines.

Saltaban en la distancia, dibujando arcos breves y perfectos sobre el agua. Sonrientes. No parecían huir ni acercarse, solo acompañar. En ese instante comprendió que la felicidad es siempre así: aparece, salta y no se deja poseer. Los delfines, como el arte, como la historia, existen solo si uno sabe mirar sin querer dominar.

El catamarán avanzaba ligero, casi sin ruido. Ella sintió que esa jornada de mar era un resumen secreto de la Toscana entera: una tierra donde la cultura no está encerrada en museos, sino esparcida en el aire, en la luz, en la manera en que el paisaje enseña a ser humano. Del mismo modo que el Renacimiento había reconciliado al hombre con la belleza, aquel día reconciliaba su cuerpo con el tiempo.

Cuando el catamarán se deslizaba sobre el agua azul, tuvo la sensación de que no navegaba, sino que volaba. 

Entonces pensó en Leonardo da Vinci, en sus cuadernos llenos de máquinas imposibles, de hombres con alas, de estudios sobre el aire y el movimiento. Leonardo había nacido en esa misma tierra y había soñado con volar cuando el mundo aún no estaba preparado.

De verdad, los dos cascos del catamarán apenas tocaban el mar, y el viento sostenía la vela como si fuera un ala. Luego pensó otra vez en Leonardo da Vinci y en su deseo de volar, nacido en esa misma tierra donde imaginar siempre ha sido una forma de libertad. 

El catamarán, ligero y silencioso, parecía darle la razón siglos después. No hacía falta elevarse del todo: bastaba con rozar el agua para sentir la libertad. Pensó que la Toscana no solo había producido artistas y pensadores, sino deseos adelantados a su tiempo.

Desde el mar, la Playa parecía inmóvil, como si escuchara esos pensamientos.

Al regresar al puerto, pisando el suelo tuvo una rara sensación en los pies habituándose nuevamente a pisar un suelo no flotante.

Marchándose de vuelta al hotel, con los pies en la arena, con la piel salada, un poco quemada y el corazón tranquilo, solo necesitando una ducha, supo que no había aprendido solo a navegar. Había aprendido que la historia no es pasada, sino una forma de felicidad que, como el mar, se renueva cada día para quien sabe abrir la mirada.

—Aquí, como sabían los Médici, no hay certeza del mañana —se dijo—, y quizá por eso tenemos que disfrutar del día, de nuestros días, que son poquitos.


Graziella Boffini

El encanto de la playa puede der un consuelo

El azul del cielo que se refleja en el mar le encanta… Un color tan amado que le reconforta el alma, mientras mira, desde la ventana de su habitación turística, Scaglieri, en la Isla D’Elba.

“Por fin, Marina, ¡te veo sonreír!” 

“Ya… ¡Qué maravillosa es esta playa, Pablo… y me encanta el verde de los árboles y de los céspedes, y el perfume del mar… Es verdad que ya estuvimos aquí hace unos años, y fue una experiencia fantástica, pero hoy es algo especial…”

Pablo la abraza con ternura: la sonrisa de Marina le reconforta, vuelve a verla como siempre había sido, hasta hacía unos meses.

“¡Claro que hoy es especial!” 

“Ya… por lo menos mi covid se ha ido! ¡Hemos arriesgado no tener ni un día de vacaciones! La oportunidad de pasar un poco de tiempo aquí me consuela…”

Pero su sonrisa se hace más débil. Pablo finge no darse cuenta, y la besa: claro, la madre de Marina tan vieja y enferma, después de cinco años en el geriátrico, es algo en que ella no puede dejar de pensar, pero no quiere hablar de eso.

“Marina, ¿Qué te parece si bajamos y vamos a pasear un poco por la playa, ahora mismo? Todavía no es muy tarde, y podemos vaciar nuestras maletas después…”

La playa de Scaglieri es una preciosa cala, de más o menos 140 metros, que Pablo y Marina atraviesan tomándose la mano. Hay arena blanca y dorada, aguas poco profundas y cristalinas, el cielo azul poco a poco se transforma en algo mágico, un dorado atardecer que no veían desde hacía muchísimo tiempo. 

Marina vuelve a sonreír, Pablo también. Claro, el covid que ella había tenido hace dos semanas no había sido una enfermedad tan fuerte, solo un poco de dolor de garganta y un poquito de fiebre, y había durado solo algunos días, pero ella había tenido miedo de no poder ir de vacaciones a la playa… unas vacaciones tan necesarias, para distraerse un poco del otro problema.

El móvil de Marina suena. Es su hermana.

El atardecer ahora es incluso más bonito, el cielo es de un azul dorado, en la playa casi no hay nadie, y ellos están volviendo a su hotel. Marina escucha a su hermana, su cara se tranquiliza, la saluda y le agradece.

“Mamá está un poquito mejor” dice “Y el paisaje también”.

“Será verdad?” se pregunta Pablo, “o es su hermana que quiere evitar preocuparla?”

Pero no quiere compartir su duda con ella.

“Sí, Marina, tienes razón… el paisaje en esta playa es maravilloso”. 


Silvia Zanetto