Feria

Para Jean Claude Fonder

En los jaulones revoloteaban las palomas de ninguna paz.

Los naipes marcados de infortunios brillaban en las mangas del adivino y en el cuello del oso, la cadena para cortar en óxido a la mujer barbuda.

Él escupía fuego; ella tragaba las cenizas.

Los espejos deformantes devolvían
                                               tu exacta figura.
Me fui antes de que los guantes del mago acertaran a fruncir los dedos
para formar el puño.

No quise ver al tigre pasear al payaso con traílla.
Ni a los monos, tan humanos.
Ni las telas de la carpa por el piso cuando los enanos, con un alboroto de albatros, desmantelaran la cruz de la estructura.

Que tire la primera piedra quien no le ha dado la espalda al triste circo del mundo.

Desde la Revista Casapaís, han elegido una selección de poemas inéditos de Valeria Correa Fiz que ya están disponible en linea en esta pagina http://www.casapais.org.

Valeria me hizo el honor y el placer de dedicarme un poema entre ellos. Se llama Feria, lo comparto con ellos.  Hizo una traducción en francés para profundizarlo y apreciarlo mejor.
A mí me gustó muchísimo, desprende una sorda e imposible nostalgia, por un mundo que hay que reconstruir sin saber cómo.


Jean Claude Fonder
Foire


Dans les grandes cages, voltigeaient  les colombes de paix aucune.
 
Les cartes marquées d’infortunes brillaient dans les manches du devin et sur le cou de l’ours, la chaîne pour couper la femme à barbe déjà rouillée. 

Il crachait du feu, elle avalait les cendres. 

Les miroirs déformants renvoyaient 
					   ton image exacte. 


Je suis partie avant que les gants du magicien n’arrivent à plier les doigts 
pour former le poing. 

Je ne voulais pas voir le tigre promener le clown au bout d’une corde. 
Ni aux singes, tant humains.
Ni les toiles de la tente sur le sol quand les nains, avec un tumulte d’albatros, démonteront la croix de la structure. 

Que jette la première pierre celui qui ne lui a pas tourné le dos
au triste cirque du monde.
Valeria Correa Fiz

Cincuenta matices de rosa

TENCONI GIUSEPPE & FIGLI - Seta italiana dal 1900

Eso decía el letrero colgado sobre la puerta de la tienda situada en el corazón elegante de la ciudad. En el interior los muebles se remontaban a la época de la apertura. Estantes de roble contenían, en perfecto orden, cajitas de cartón azul claro.  Una impresionante y reluciente calculadora de cobre y bronce, orgullo de la señora Amalia Tenconi que vivía sentada detrás de ella.
Ana trabajaba allí desde hacía 5 años. Siempre muy elegante en su "uniforme". Camiseta de seda blanca y una falda negra plisada. Ana era muy valorada por la clientela y también por la señora Amalia que apreciaba tanto sus maneras educadas y amables.
Eran la 6 y media de un sofocante viernes de junio. Ana estaba de pie desde las 9 de la mañana. Mirando el viejo reloj de pared, contaba los minutos que faltaban para el cierre de la tienda.
—¡Todavía quedan 30 minutos! - Pensó -¡No aguanto más! ¡Mis pies están hinchados como dos salchichas!
Dos minutos después, la puerta se abrió y apareció Doña Maria Rosaria Felicita Benetti in De Sanctis, que Ana llamaba "Lema".
—¡Buenas tarde Ana! —chirrió la señora —¡Sé que es un poco tarde pero lo juro, necesito un par de bragas rosas!
Sonriendo, Ana tomó la primera cajita y mostró un par de suaves bragas rosa.
—Sí, si son muy bonitas pero.....el rosa no me convence— dijo la señora.
Otra cajita.
—¡Sí, pero el rosa…!
Otra cajita.
—¡Sí, pero el rosa…!
Otra cajta.
—¡Sí, pero el rosa…!
A la décima cajita Ana se acordó de que, la semana anterior, una camiseta roja de su hijo se mezcló en la lavadora con su ropa blanca tiñendo todo, incluidas sus bragas de algodón, de un rosa raro e indefinido.
Mirando a la señora Benetti en los ojos, Ana sonriendo se levantó la falda.
—¿Puede ser esto el rosa que usted está buscando? 
Iris Menegoz

La dependienta

Estaba guardando los vestidos que la persona anterior no había comprado cuando la puerta emitió un pequeño timbre y la fragancia vaga de un perfume barato invadió la tienda. ¡Una clienta!

Era imponente y ocupaba un espacio importante en la tienda. Una XXL sin duda.

— Quisiera un vestido pequeño para la tarde. ¿Podría usted proponerme algo?, me encantan los colores brillantes y las flores. – dijo con cierta agresividad.

Mala suerte, querida, pensé, nuestra colección es toda de colores neutros este invierno: marrón, beige y negro.

De lo poco que me quedaba de la temporada pasada encontré un vestido ligeramente ceñido, rosa vitamina y sin motivos, uno de alta costura con flores atemporales rosas y moradas oscuras sobre fondo violeta pálido, y otro completamente diverso de la colección de este año, un vestido de lana marrón claro con cuello de tortuga muy amplio sin cinturón.

La cliente entró en el probador y después de un cierto tiempo, o más bien un tiempo cierto – ni siquiera se hizo ver con los dos primeros vestidos – salió con el vestido marrón que ni siquiera podía disimular su vientre y sus fuertes muslos.

— ¡Qué bien! —exclamé. —usted está perfecta con este vestido. Muy elegante. Y además, está de moda este año. ¿No es así, Simona?

Mi compañera asintió con una gran sonrisa.

— Mire lo bien que le queda con este hermoso fular de seda, —añadí.

Le presenté el accesorio que iba con el vestido, un cuadrado de seda con estampados de color marrón sobre fondo negro. Un émulo de Hermes. Tengo que decir que me gustaba. 

Eso fue lo que me hizo ganar la batalla. 

Puse una pequeña muestra de nuestro perfume en el paquete y la llevé feliz hasta la salida.

Jean Claude Fonder

Un sábado de otoño

Es un sábado de otoño. Hay gente paseando y también hay gente en la terraza de la cafetería de enfrente, tal vez tomando chocolate caliente o una taza de té aprovechando el día soleado y los maravillosos colores otoñales que empiezan a teñir las hojas de los árboles. ¿Y yo? Aquí, trabajando en esta tienda, con Inés, atendiendo a los clientes, aconsejando colores, recomendando aquel producto, aquella cinta o pasamanería que realmente van buscando o que necesitan. Al igual que todos los sábados, desde hace unas semanas se presenta en la tienda este hombre, este tipo que parece un galán envejecido. Es casi como si tuviera una obligación de comparecencia periódica ante mí. Siempre hace lo mismo, empieza a dar un vistazo, compra algunos lazos de diferentes colores para su mujer, luego me pregunta por mi salud y por fin me cuenta hechos de su aburrida vida de casado, intentando seducirme con su cálida y aterciopelada voz. Conoce mi nombre por habérselo preguntado a Inés. Hoy ha comprado cintas de diferentes tonos de rojo. Me mira a los ojos y me dice “Rojo, el color de la pasión, la que me persigue al mirarte. Ven conmigo ahora mismo y deja que envuelva en las cintas rojas tu cuerpo, que solo puedo imaginar bajo este vestido negro que llevas puesto. No te vas a arrepentir”. Yo no digo nada, me da la lata, pero tengo que aguantarme, sonreír y ser amable. Ahora le mantengo abierta la puerta para que salga rápido y me deje en paz. Su amigo lo espera afuera, cruzando la mirada de Inés desde el escaparate. Lo sé, los dos se han vuelto amantes, a pesar de la diferencia de edad, y cada sábado se van a la casa de campo de él. ¿Y yo? Cerraré la tienda y me quedaré un rato en la cafetería dejándome llevar por la belleza de las hojas amarillas.

Raffaella Bolletti

La clienta

Brigitte, la dependienta jefa, me abre la puerta para que pueda pasar con mi voluminoso paquete. Me enseña una amable media sonrisa: soy una clienta habitual y hoy también le he dado la oportunidad a Pierre, mi adinerado marido, de demostrarme su generoso amor con unos cuantos regalos. El paquete que tiene Brigitte en las manos también es mío, una faja que necesitaba absolutamente para que hiciera juego con el vestido nuevo. 

Por supuesto, él me espera afuera: se fía de mí, de mis gustos tan refinados en elegir vestidos distinguidos que nos permitirán -a él más que a mí, claro- dar buena impresión a los invitados de la cena de esta noche. Pierre nunca entra en la tienda: son cosas de mujeres y le aburren desmesuradamente. Y el dinero, seamos sinceros, no es un problema para él, puedo gastar todo lo que quiera, con tal de que él pueda enseñarles a todos una esposa admirable y elegante: la mujer de un importante hombre de negocios.

La luz de la tarde se desliza levemente por el suelo lúcido de madera de la tienda, acaricia cálida los tapices bordeados de color naranja. Antes de recoger el último paquete de las manos de Brigitte, se me cae la mirada sobre una cinta hundida en el suelo, que parece un  corazoncito. “¡Qué mono!” pienso riendo, “Es el símbolo del amor tan profundo que Pierre siente por mí”.

Pierre está al otro lado del escaparate, mirando hacia el interior con una mirada pícara y una sonrisa vagamente estúpida. No me mira a mí, tampoco a la ropa: está observando a Yvonne, la dependienta más joven: contempla la forma de sus pechos que sobresalen al poner la ropa en una estantería más alta, sus ojos azules, su sonrisa de complacimiento: ya se sabe, las mujeres trabajadoras no son mujeres de bien, y me imagino que, después de la cena elegante con los hombres de negocios, Pierre pasará la noche con ella, en lugar de conmigo.

Brigitte me entrega el paquete. -¡Hasta pronto señora!

-¡Hasta mañana!- le contesto. Ya me he fijado en un bonito vestido azul, bordado y con encaje, que me encantaría comprarme.

Silvia Zanetto

La dependienta

La primera vez que lo vio casi se le cayó encima. Chocó con el pie derecho en la silla de ruedas donde estaba sentado el hombre. Sus súbitas disculpas no suscitaron ninguna reacción particular en él. Ni siquiera una mirada. Sus ojos estaban empeñados en otras tareas. Ildefonso se dio la vuelta y prosiguió su tarde de compras sin más. Tenía prisa. Muchos regalos por comprar y las tiendas abarrotadas de gente no prometían nada bueno. Su secretaria, que nunca iba de vacaciones por ser solterona y aburrida, le había pedido  diez días seguidos de permiso para irse de viaje a Lisboa.. ¡Increíble! Se estaba volviendo blando.. Además, él no podía perder el tiempo porque el tiempo es dinero, ¿no? Todo el mundo lo sabía. Sobre todo Ildefonso. Venido de la nada había construido un imperio económico del que estaba orgulloso y del que presumía delante de amigos y enemigos. ¿Cómo lo había conseguido? Nada de milagros, claro. Simplemente volcando cuerpo y alma en un único objetivo: el dinero. Una palabra que lo decía todo. Al menos para él. Sin embargo, pese a todos sus numerosos compromisos, la figura oscura de aquel hombre en su silla de ruedas volvió a aparecer en su memoria en los días sucesivos. También en las semanas sucesivas. Hasta que el recuerdo de aquel encuentro fortuito se convirtió en una especie de obsesión. No sabía explicárselo. Ni siquiera su analista, al que solía acudir todos los jueves por la tarde, tenía la respuesta. Fue así como, el día antes de Navidad, dejando las maletas a medio hacer y los billetes de ida y vuelta para  New York en la mesilla de noche, decidió volver al centro comercial con la absurda esperanza de encontrarlo otra vez allí.  ¿Para qué? No lo sabía. Mientras conducía por las carreteras atascadas por las inminentes festividades, seguía repitiéndose que todo aquello era simplemente absurdo. ¿Qué hacía allí un hombre de éxito como él? Ildefonso nunca había hecho nada por nadie excepto por sí mismo, menos aún por nada que no rentase dinero. Invertir el tiempo en algo que no fuesen los negocios era un absurdo desperdicio. Tenía una agenda llena de compromisos hasta el año sucesivo y a sus espaldas solo amores consumados de prisa para satisfacción de la carne y empobrecimiento del espíritu. ¿Qué le faltaba por tener? Pero allí estaba, tratando de llegar a tiempo al centro comercial en búsqueda de un hombre perfectamente desconocido. Una locura. Una broma que podría contar a sus colaboradores para pavonearse de su temeridad frente a un tullido. Con esos pensamientos caminaba por los largos pasillos del centro comercial que seguían llenos de gente apresurada por las últimas compras. Había niños por todas partes que correteaban. Familias enteras con bolsas repletas de paquetes de colores. Música de Navidad que salía de los altavoces. Sin hablar de los escaparates, adornados con juegos de luces y guirnaldas navideñas. Caminaba ensimismado en sus pensamientos cuando se percató de su presencia. Se paró de pronto. Su hombre estaba allí. Sentado en su silla de rueda, casi inmóvil, y la mirada fija hacia los transeúntes. Entonces se concedió algún tiempo para escudriñarlo mejor. El hombre vestía un abrigo negro pese al calor del ambiente y llevaba una bufanda verde anudada con cura. Tenía la piel muy clara o a lo mejor era la negrura de su vestimenta que la resaltaba. Su nariz pequeña chocaba con sus ojos negros, muy grandes y expresivos. Ahora que estaba allí casi no tenía el valor de acercarse. Sin embargo, lo hizo,  como empujado por una fuerza oscura. Fue entonces cuando el hombre del abrigo oscuro empezó a hablarle, con una voz profunda y tierna al mismo tiempo, casi como si estuviera esperándole: “Estoy aquí por ella… No. No es lo que usted imagina. Desde luego es una mujer guapa y encantadora pero, fíjese en sus gestos. Suaves y firmes, precisos y elegantes. La gracia con la que empaqueta los regalos, la atención casi materna con la que prepara los escaparates para que sean más atractivos, las sonrisas preciosas con las que acoge a sus clientes, la mirada limpia de una conciencia sin manchas. Y el tiempo. Su tiempo. Todo lo que necesita con tal de hacer bien su trabajo. Para ella no hay prisa, solo dedicación y pasión. Llevo meses observándola, pero nunca me he atrevido a entrar en la tienda.  Tal vez me arme de valor, en futuro.- Pasaron unos segundos que a Ildefonso le parecieron eternos y el hombre, como si adivinara el trasiego interior de su improvisado interlocutor, añadió – “Mire, en mi vida, hubo un antes y un después. Pero, solo ahora soy dueño de mi tiempo. ¿Le parece poco?”

Manila Claps………..

La vendedora

No os extrañe ver a un hombre delante de un escaparate con artículos de lujo para mujeres: está mirando la exposición de la mercancía, no a la vendedora. Ella sí que está mirándole a él; su cara sonriente se pone triste y pronuncia algo que se puede descifrar fácilmente observándole los labios. Son cuatro palabras.

—Lo siento, don Ernesto.

—No te puede oír desde la acera —masculla la otra dependienta.

—Pero seguro que entiende mi pésame —contesta Carmen petulante, mientras que elige de la balda una preciosa chaqueta púrpura y la expone sobre el maniquí del escaparate.

Le han contado que ya antes de que ella empezara a trabajar allí (—Vaya —piensa—, ¡lo rápido que pasan ocho años!) él solía examinar cuidadosamente la vidriera con su esposa, doña Isabel. Luego entraban para buscar en cada rincón de la tienda, riéndose como niños, hasta que ella no encontrara algo que encantara a los dos. No a diario, claro, pero seguro que al menos una vez por semana: ella podía permitírselo, pertenecía a una de las familias más influyentes de la ciudad. Era bastante mayor que don Ernesto, quizás una quincena de años, pero siempre había parecido más joven. Una mujer encantadora, una risa contagiosa, unos ojos sonrientes, una tez luminosa: 

—¡Que ni yo, y tengo veintitrés…! —piensa Carmen, frunciendo el ceño.

En el tibio sol de mediodía Don Ernesto sonríe recordando la fiesta que era, con sus ojos y dedos, acariciar faldas de terciopelo, enaguas de seda, cuellos de piel, frías joyas relucientes en sus tecas.

—Te lo agradezco mucho, Isabel, de haberme inculcado tu buen gusto, excelente de verdad. Cuando te conocí sólo era un joven que acababa de concluir la carrera, ahora soy un hombre hecho y derecho, a pesar de tus padres que siguen odiándome —piensa, alejándose con paso firme de la tienda y desapareciendo en la Gran Vía. Tiene gente que ver, cosas que arreglar.

Cae la noche en la discreta Calle de la Zarzuela. Escrutando por la ventana las sombras que se mueven en la oscuridad, Carmen exclama: 

—Míralo, ¡allí está Ernesto con mi chaqueta púrpura!

Giulia Muttoni………..

Una noche inolvidable

Llovía que ni Noé

Llovía a cántaros. Haciendo la compra, Amaia se había empapado totalmente, pero había salvado la comida del agua: la cena del jueves estaba sagrada desde cuando su hija Dani, después de graduarse, se había mudado de la gran ciudad a la provincia para trabajar en los dos consultorios de su exmarido. Normalmente llegaba alrededor de las ocho y cuarto/ocho y media y, después de una charla para contarse las últimas novedades, se sentaban en el sofá para ver el nuevo episodio de Grey’s Anatomy comiendo cada vez platos diferentes con un par de copas de cava.

A las 9 pensó que quizás con el diluvio la autopista estaría atascada, pero Dani siempre la avisaba si se retrasaba. Cuando el programa comenzó la llamó al móvil, pero no tuvo respuesta.

Empezó a dar vueltas por el salón, invocando una calma que se acabó en diez minutos. La llamó otra vez. Otra vez solo el timbre del teléfono. Entonces contactó a su hijo y al novio de Dani, pero nadie sabía nada.

Más tarde hizo lo más obvio, pero en el primer consultorio contestaba un buzón de voz y Amaia, por alguna razón, no tenía el número del segundo. 

Inspiró profundamente y, en un gesto sin precedentes desde su divorcio – es decir veintidós años – tecleó el número de su ex.

—Hoy hemos trabajado por separado, no la he visto. Voy a llamar a la secretaria, luego te haré saber.

En diez minutos se sucedieron las llamadas entrantes de los tres hombres, de escasas e inquietas palabras y ninguna novedad. Diez minutos dando vueltas por el salón.

El hijo vino a su casa para no dejarla sola. Su ex había empezado a llamar a la policía y hospitales del área, algo que ella no podía hacer con las manos temblorosas.

—Vas a dejar un surco en el mármol del piso, ¡mamá! — intentó desdramatizar Leo.

Pero Amaia no oía nada excepto el latido de su corazón que, por su parte, también trataba de calmarla.

—Soy su madre, ¡lo sabría si le hubiera pasado algo malo!

A las 11 de la noche por fin una llamada de su ex: Dani había sufrido un accidente de coche y se encontraba en el hospital cerca de su casa, pero por teléfono no le decían nada más, sólo que estaba viva.

Su ex y su novio se precipitaron al hospital – uno desde el pueblo, el otro desde la ciudad – mientras Amaia no paraba de dar vueltas, discutiendo con su corazón.

—¿Así es como sabías que no le había pasado nada malo?

—Pero no está muerta, ¿no es cierto?

—Ya ¿y si se encontrara en la UCI?

—Serénate, que mis latidos se aceleran…

—¿Que me serene? ¡Si no sé cómo está mi hija!

—Tranquilízate, que lo necesitarás cuándo llegue la próxima llamada…

Y la llamada llegó.

Llovía que ni Noé. Dani conducía con mucho cuidado, pero no se esperaba el torrente rabioso de agua que tuvo que afrontar a la entrada de la autopista, una curva estrecha cuesta arriba. El coche era viejo, aún no tenía ABS y cuando entró en la autovía las ruedas se deslizaron hacia la barandilla a la derecha. Dani intentó un volantazo para evitar el impacto, pero chocó contra la barandilla central, arrojándola en el medio de la carretera. Lo último que recordaba eran dos faros altos que estaban a punto de atropellarla y que sólo distaban…

—¡Nooooooooo!

Un número desconocido.

—Mamá, mamá, soy yo. Estoy bien. El coche hay que tirarlo, es una chatarra, pero yo estoy bien, te lo juro. Me están haciendo un montón de exámenes. Los médicos no me dejaban telefonearte, seguían preguntándome si tenía un marido a quien avisar, pero yo les contestaba que tenía que llamar a mi mamá, mi mamá, que había quedado contigo y que estarías destrozada sin tener noticias, pero no me han dejado hasta ahora…

Durante diez segundos la red telefónica mezcló lágrimas de madre e hija, hasta que a la última le quitaron el móvil para entrar en otro laboratorio radiológico.

Casi eran las 2 de la mañana – Amaia lo comprobó rápido – cuando el novio le entregó como un regalo precioso a Dani, descalza y con la ropa un poco rota. Se estaba muriendo por abrazar a su hija, pero moretones, tiritas y collarín cervical la disuadieron. 

Escuchó horrorizada el cuento que le hizo: como que los faros eran de un camión que no pudo hacer nada para esquivarla y cómo en el choque – con el conocimiento – había perdido zapatos, anillos, brazalete. Cómo fueron los bomberos a liberarla con un soplete: esto se lo contaron los enfermeros porque ella se había despertado en una camilla en urgencias, con médicos que ladraban órdenes alrededor alternándolos con preguntas deletreadas a ella y cegándole los ojos con una luz. Por suerte estaba sola, porque un pasajero en el asiento delantero sin duda habría muerto.

Por fin los calmantes hicieron efecto y Amaia la acostó en su vieja cama, en su viejo cuarto, sin desnudarla. Se sentó en una silla y allí pasó el resto de la noche, despertándola cuando gritaba: «Nooooooooo!»

—Sólo es una pesadilla, cielo, se acabó, se acabó. Todo va bien, sólo es una pesadilla.

El día después Leo le mostró la foto del coche en el depósito de autos, del que había sacado lo que su hermana había perdido en el accidente. Amaia todavía la tiene en su pantalla para no olvidar esa noche. El terror y la suerte de esa noche. Pero, aún queriendo, ¿quién podría olvidarla?

Giulia Muttoni………..

¿Una noche inolvidable?

—¿Empezar de nuevo? 

¿Una nueva vida?

¿Estuve de veras enamorada de Paulo?

Cuando le dije que nuestra historia se iba a terminar me dio la espalda, sin decir una palabra, como si estuviera esperando aquel momento desde hacía mucho tiempo.

Esto pensaba Ana mientras se ponía gel en su pelo corto despeinándolo, dando a su cara desigual y picassiana un aspecto infantil. Se puso el traje negro que le dejaba desnuda la espalda y los zapatos de tacón 11 (que no se ponía desde hacía años porque Paulo era bajito).

Sonó el interfono. Era Ángela, su mejor amiga, que después de mucho insistir había logrado que aceptase ir a una fiesta en una famosa enoteca de la Ciudad. 

—¡Tienes que empezar de nuevo! –  le decía. 

En realidad, Ana, después de la ruptura con Paulo hacía ocho meses, no se sentía triste, al contrario, estaba tranquila, en paz. Le gustaba su trabajo, su casa, sus lecturas, su música, la amistad con Ángela y Arturo, su gato rojo. 

Cuando llegaron, la fiesta estaba en pleno desarrollo. Ana saludó algunos amigos y amigas de la universidad y, sentada sobre un largo taburete, miraba la gente tomando una copa de vino blanco. 

—¡Hola! — le dijo un hombre tendiendo la mano —Me llamo Marcelo, ya estaba aquí antes que llegara esta muchedumbre.  No conozco a nadie. ¡Tú eres muy linda! 

Ana sonrió un poco sorprendida.

—¿Que estas bebiendo? — preguntó Marcelo mirando sospechoso el líquido amarillo en su vaso.

—¡La verdad es que no lo sé — respondió Ana — pero está bueno!

Esta fatal respuesta dio comienzo a la «Enciclopedia del vino de calidad» tema sobre el que Marcelo parecía gran experto. No hablaron solo de vino. Descubrieron tener las mismas raíces y hablaron de sus pueblos lejanos. 

Se hizo tarde. La gente se alejaba.

—¿Puedo acompañarte a tu casa? —preguntó Marcelo.

Con la promesa de cocinar un plato regional muy complicado, Marcelo la invitó a comer a su casa. 

— Es la única cosa que sé hacer. Te sorprenderá. Voy a buscarte sábado a las 8.

A las 7,45, mirándose al espejo Ana capturó en sus ojos una luz olvidada. 

Después de 20 minutos llegaron a la casa de Marcelo. 

Debido a su proverbial sentido de la orientación de oso perezoso ciego Ana no tenía ni idea del barrio donde estaba.

El apartamento de Marcelo, invadido por el perfume de la comida, era pequeño pero amueblado con estilo. Comieron, charlaron, rieron y bebieron. Sobre todo Marcelo bebía sin parar.

Pidiendo perdón, Marcelo se levantó dirigiéndose hacia el cuarto de baño.  Después de algunos minutos, Ana oyó un ruido raro. Una tos ahogada. La puerta del baño estaba abierta. Marcelo asomado a la ventana sollozaba desesperado. Ana intentó hablar pero él, siempre llorando, decía palabras incomprensibles y al mismo tiempo, con fuerza y con rabia, rompía las resistentes cuerdas de colgar la ropa de la fachada del patio donde estaban colgados calzoncillos, calcetines y camisetas. Cada vez que se rompía una cuerda Ana se lanzaba para recuperar la ropa.

De repente Marcelo se dirigió hacia el living. 

Ana, aun con sus brazos llenos de ropa mojada, oyó un golpe tremendo.

Se precipitó en el living e vio el cuerpo de Marcelo en el suelo, la mesita derramada, el hilo del teléfono partido, la última botella en pedazos y un metro y 80 por 80 kilos de coma etílico».

Desde el dormitorio tomó una manta y una almohada. Levantando la cabeza de Marcelo para poner la almohada, advirtió algo húmedo.  Miró su mano. Era sangre.  El corazón de Ana se paró. Bañó una servilleta y constató que se trataba de un gran arañazo. Marcelo respiraba tranquilo. A veces con un ligero roncar.

Hacía frio.  Ana se puso el abrigo y la bufanda.

Por un momento pensó en irse y dejarlo allí.

¿Irse dónde? ¿y cómo? Eran las 3 de la noche.

No sabía dónde estaba.

No tenía teléfono. (El móvil todavía no existía).

Echó un vistazo a la librería. Solo libros que trataban de vino.

Se sentó cerca de Marcelo que ahora roncaba como una vieja locomotora.

—¿Qué hago yo aquí? – pensó – en una habitación desconocida, en un barrio desconocido, con un hombre inútil y desconocido.

Calma, lúcida, resignada, esperó la salida del sol que, como siempre, llegó. 

Marcelo abrió los ojos. Se sentó. Miró los escombros que lo rodeaban.

—¡Perdona, perdona, perdona! — decía — ahora me ducho y te acompaño a tu casa!

—¡No, no gracias, — respondió Ana con voz firme — dime solo dónde puedo buscar un taxi! 

Marcelo insistió largamente, pero Ana fue inamovible.

Marcelo la acompañó a un taxi cerca de casa y la saludó con un pequeño beso. 

—¡Por la tarde te llamo! 

—¡Sí, sí…pero no te preocupes — respondió Ana cerrando la puerta del taxi!

En el auto, su primer pensamiento fue hacia Arturo.

—¡Pobrecito, me estará esperando! ¡No le gusta dormir solo!

Una dulce nostalgia invadió su mente. Pensó en el musical ronronear de Arturo y, sin darse cuenta, lo comparó al ruidoso y grosero roncar de la noche antes. 

Una noche inútil. 

Una noche para olvidar.

Iris Menegoz

Un oxímoron viviente

¿Te acuerdas, mamá, de cuando dejé a Marcos?

Fueron mis sollozos violentos los que te sacudieron el sueño en el medio de la noche.

Me encontraste enrocada en el rincón del sofá, las rodillas contra el pecho, el cuerpo acurrucado y percutido por los espasmos. Me secaba frenéticamente los ojos con los kleenex y los tiraba con rabia al suelo, como proyectiles lanzados desde las murallas de una fortaleza.

Intentaste abrazarme, pero la rigidez de mi cuerpo te encerraba fuera de mi sufrimiento.

El dolor que te estaba aportando a ti, a Marcos y a mí misma me parecía ineluctable, mi crueldad fatal y sin remedio.

Tú no le hiciste caso a mis frases inconexas que apenas conseguías entender entre los sollozos. Considerabas tu deber de madre soportar mis despropósitos y mis lloriqueos, por eso no reconociste las últimas gotas de verdad que dejé chorrear entre nosotras: “No soy capaz de amar, mamá, a mi alma le falta una pieza…” 

Mi sufrimiento te llenó el corazón de espejismos y les dijiste a todos que Marcos y yo volveríamos a estar juntos, porque yo todavía le quería… Pero yo nunca le había querido, mamá, porque no era capaz.

Aquella noche no lloré por Marcos.

Lloré por mi incapacidad para amar, por el trozo de hielo que me dolía, clavado en el pecho, que yo hubiera querido arrancar con mis mismas manos en una laceración abrasada y perfecta. Sufría por mi incapacidad para sufrir, por el desasosiego que tendría que infligirme el dolor provocado a un hombre que tenía como única culpa la de quererme, por el remordimiento que no sabía sentir.

Marcos me amaba con la transparente honestidad de las personas simples. Había aceptado mis incongruencias y mis cambios repentinos de humor con una indulgencia que había acabado por irritarme. Lo atormenté con mis caprichos para que me dejara él, exasperado por el desamor con el que le había pagado, pero él no lo hizo.

Así que al final lo dejé yo, porque ya no soportaba su afecto incondicionado y sin riesgos, la perspectiva de un amor en pijama, la trampa de la solución fácil que había encarcelado a tantas mujeres de tu generación.

No espero que me entiendas, mamá: lo sé que no soy un tipo fácil. 

Silvia Zanetto

Inolvidable

María cubrió tiernamente con una bata a la pobre Suzy, todavía temblorosa y cubierta de sudor cuando entró en los vestuarios reservados a las bailarinas. Ella sacó los billetes que habían deslizado en su tanga, le puso un gorro de baño en el pelo y la empujó a la ducha bien caliente.

— La receta es buena esta vez, —dijo ella con una gran y amplia sonrisa.

— No me digas eso, María —respondió con una mueca triste. Este trabajo es demasiado repugnante.

— Bueno, es un buen negocio. Y no debes acostarte con los clientes.

Se impuso un silencio mientras Suzy se lavaba cuidadosamente como para deshacerse de todos los toqueteos que la marchitaban. Finalmente salió de la ducha, tomó un nuevo tanga y volvió a ponerse la bata. Luego se sentó, sin prisa por llegar al bar y a su rebaño de machos concupiscentes.

— ¿Cómo haces María, para estar siempre de buen humor? ¿Eres tan feliz? Nadie se hace rico con este trabajo. Antes solías ser bailarina, ¿verdad?

— Mi noche, mi noche inolvidable me cambió la vida. Estoy satisfecha con eso.

— Tu noche inolvidable cuéntame, cuéntame, —se apresuró a decir Susy.

María no se hizo rogar más. Se sentó al lado de Suzy y no ahorró en detalles.

“Estábamos en el 68, teníamos los Juegos Olímpicos en la Ciudad de México, los seguí por televisión. En el bar instalamos televisores, para que los chicos pudieran seguir las competiciones, mientras nos manoseaban. Estábamos cerca de la piscina Francisco Márquez. A veces los nadadores venían a visitarnos, sobre todo los americanos.

Un día, reconocí a uno de ellos, era hermoso como un dios con sus hombros anchos y musculosos. Sus ojos eran grises-verdes, su sonrisa imparable. No lo dudé ni un instante, tenía que conocerlo. Bebimos champán y se conformó con un besito en mis labios. Le di cita en mi casa, me tomé un día de vacación. Dejé de tomar la píldora, era mi período fértil.

¡La noche fue inolvidable! Yo concebí a mi hija esa noche. Hoy es profesora y enseña inglés a los adolescentes.

Jean Claude Fonder

Una noche inolvidable

Cuando tenía 16 años me quedaba en el mar hasta finales de septiembre porque la escuela empezaba el 1 de octubre.

La última noche nos daban el permiso de encender una hoguera en la playa con el socorrista que nos vigilaba.

Era un joven de 25 años, rubio, alto, muy guapo, todas estábamos enamoradas de él, en invierno estudiaba y en verano trabajaba, era muy serio y apreciado por nuestros padres.

Esa noche de otoño todavía era cálida, empezamos a jugar juegos de playa, mientras nos divertíamos intentamos ahuyentar la melancolía del final de las vacaciones, cuando empezó la música, yo siendo muy tímida, como siempre, me resignaba a sentarme en un rincón, esperando en vano que alguien me invitara a bailar los famosos bailes lentos, pero tan pronto como escuché mi canción favorita, lo vi venir hacia mí. No me lo podía creer, me temblaban las piernas, logré levantarme, bailó siempre conmigo, yo estaba en el séptimo cielo.

En un momento, cansados de bailar, nos sentamos junto al mar, me dijo que su familia era muy pobre, él trabajaba para pagar sus estudios y que pronto sería médico, quería ayudar a los niños enfermos.

Cuando nos despedimos me dio un ligero beso en los labios, luciendo un poco triste, yo no pude decir una palabra.

Pensé en él mucho tiempo, pero nunca lo volví a ver.

Después de muchos años, mi nieta se rompió un brazo al caer de su caballo y fue ingresada en el hospital pediátrico. Yendo a verla, vi una placa con la lista de médicos del hospital, entre los cuales estaba su nombre. Esto despertó en mí dulces recuerdos de una maravillosa noche de mi adolescencia, pero sobre todo me encanto saber que su sueño se había hecho realidad.

Leda Negri

¡Que nadie duerma!

Felipe siempre estaba un poco cascarrabias al despertar en la mitad de la noche, en la cama donde dormía solo. Lo sabía, no iba a recobrar el sueño. Así que primero solía tomar un café corto y luego salía de casa y echaba a andar sin darse cuenta de hacia dónde iba. Desde hacía una semana se había mudado a la ciudad tras ganar las oposiciones obteniendo el cargo de Registrador Municipal. Su relación amorosa se había roto definitivamente. Había dejado todo eso atrás. Ahora era el momento de cambiar. Parecía una noche cualquiera, de un martes cualquiera, parecía…Se sentía un desconocido en busca de la mirada de alguien, de otro desconocido como él, perdido en un Madrid todavía dormido. Caminaba por las calles vacías a las tres de la noche mirando con indiferencia los coches aparcados, los edificios, los escaparates oscuros, dando vueltas sin ningún propósito. Llegó a los Jardines del Templo de Debod. Le gustaba ese lugar, se podía admirar todo Madrid. Parecía una noche cualquiera, parecía… Todo estaba tranquilo. La luna había salido y luego se había ido. El cielo estaba lleno de estrellas más brillantes que nunca. De repente apareció una sombra, una chica de piel muy blanca, pelo rojo, largo y rizado, con un aspecto atlético y atractivo y enormes ojos azules que parecían un espejo vacío que no reflejaba nada. La sombra nítida de su ex-novia. Se acercó y susurró a Felipe: <Adivina mi nombre, antes de que amanezca, grítalo al cielo y volveré para pasar contigo muchas noches>. Entonces desapareció con rapidez. Extrañado y atraído por la misteriosa chica, Felipe empezó a hablar consigo mismo <¡Que nadie duerma!¡Que nadie duerma!> Sin casi darse cuenta, preguntó a las estrellas cuál podría ser el nombre de la chica. Las estrellas guardaron silencio. Conforme pasaban los minutos, Felipe se iba poniendo inquieto y nervioso. Fue entonces que el perfil de una media luna volvió a aparecer y Felipe comprendió, gritó al cielo <Selene, tu nombre es Selene>. La mujer apareció de la nada, se acercó. Ahora sus ojos reflejaban felicidad. Se fueron a la casa de Felipe. La que parecía una noche cualquiera se había convertido en una noche inolvidable.  Ahora las estrellas podían ponerse. Él había triunfado.

Raffaella Bolletti

Una noche en Venecia

Han pasado muchos años, más de cuarenta, pero todavía recuerdo las mariposas en mi estómago cuando me fui con mi novio a Venecia.

Al principio parecía un viaje como cualquier otro, el tiempo en el tren parecía no pasar nunca; rara vez me apasiona el paisaje, mirando por la ventana había una sucesión de pubs, cementerios de automóviles, basureros y chatarra. Recuerdo que dormí mucho, en un continuo medio sueño. 

Finalmente llegamos a nuestro destino y de inmediato una agradable sorpresa me hizo retomar el viaje; el hotel reservado por el tío de mi novio era un lugar elegante, un hotel de cuatro estrellas con un toque antiguo. La habitación tenía una cama con dosel y las paredes estaban cubiertas de seda de damasco, el suelo de madera crujía a cada paso y estaba cubierto con alfombras antiguas; desde la ventana se veía el canal.

Inmediatamente nos dispusimos a descubrir la ciudad, visitamos un antiguo palacio noble donde los descendientes nos ofrecieron una copa de vino espumoso acompañado de los típicos “cicchetti”, las tapas de la zona.

Para cenar encontramos un “bacaro”, una pequeña sala con mesas de madera; el posadero, un hombre que ya no era joven, hablaba solo veneciano y nos llevó a una mesa en un rincón desde donde se veía el canal.

No había otros turistas, sino clientes locales que se conocían y hablaban sobre los hechos de la ciudad. La cena fue perfecta, los platos apetitosos y el vino una verdadera delicia.

Cuando salimos del club estábamos un poco achispados y empezamos a caminar por las calles, subiendo y bajando estrechos puentes que nos alejaban de nuestro hotel, aunque no lo supiéramos. La ciudad estaba desierta, no conocíamos a nadie, ni siquiera al clásico dueño con el perro para el paseo nocturno. Pero no nos desanimamos: la luz de la luna se reflejaba en el agua de los canales y cuando llegamos a un cuadrado oscuro, la magia de las estrellas nos hacía sentir cada vez más enamorados y felices. Como en un laberinto infinito, nos perdimos y, cansados de ir caminando durante más de media hora, con la digestión ya en marcha, llegados a un “campiello” pequeño y aislado, nos detuvimos en un banco y nos dormimos.

Un policía que pasaba por la guardia nocturna nos despertó y nos dio un buen sermón. Pero luego, compadeciéndose de nuestra situación, nos acompañó un rato hasta que tomamos el camino correcto hacia el hotel.

El recuerdo de aquel viaje sigue vivo en mí y, en unos meses, con mi marido, porque me casé con él, volveremos a Venecia; espero volver a sentir las mariposas en el estómago y encontrar la misma atmósfera de aquella época, el silencio de la noche, la magia de las estrellas, el aroma de una ciudad.

Elettra Moscatelli

Unas noches inolvidables

PRESENTE

La ceremonia fue sobria. Los pocos presentes se limitaron a dar el pésame y nada de charlas superfluas. Después del entierro, Gabriel volvió a casa con la intención de empezar a leer el cuadernillo que su mujer escribió hasta que sus facultades lo consintieron. Nunca había tenido el valor de hacerlo antes. Ni siquiera a escondidas. Ahora que Teresa lo había dejado para siempre, sentía la desesperada necesidad de entender. Cogió el cuaderno, lo hojeó y se paró a leer un fragmento:

“Macarena y yo fuimos dos amigas de verdad. Nos unió la necesidad, eso sí. Tan solo había pocos niños en el barrio. Cuando llegué, yo era la niña pobre que venía de un lugar desconocido y ella era la de las trenzas negras y cuerpo gordito a la que todo el mundo le tomaba el pelo. Fue la diversidad lo que nos ligó para siempre. Más allá de lo que yo podía suponer. La amistad es el sentimiento que nos hace seres humanos. Solo ahora lo entiendo. Macarena y yo. La echo tanto de menos.”… Ahora empezaba a entender. Ahora lo tenía claro.

ALGUNOS AÑOS ANTES

A menudo había oído decir que la vida pasa por instantes. Los buenos y los malos. Y que son precisamente estos últimos los que nos hacen entender el valor de la vida. Pero ahora que la memoria empezaba a faltarle cada día más, ahora que le costaba incluso abrocharse el collar que le regaló su madre el día de la boda, se preguntaba sobre el valor de la memoria. Antes de que su cerebro terminase de funcionar, Teresa solía pasar horas pensando en sus recuerdos, tratando de agarrarse a ellos cuando los vislumbraba desde algún rincón de su mente. Pero ellos se empeñaban en esconderse, como si fueran niños traviesos. No tenía mucho tiempo. Lo sabía. Por eso, algunas veces en mitad de la noche, se levantaba sigilosamente de su cama, con la respiración entrecortada y, tratando no despertar a Gabriel, su marido, iba al despacho de la casa, con unos interrogantes sin respuestas:

«¿Qué hace que recordemos algunos instantes y que nos olvidemos de otros? ¿Cuáles son los mecanismos desconocidos que nos permiten recordar y, al mismo tiempo, reconstruir nuestra vida pasada para entender nuestro presente?». Teresa, una mujer de pelo cano a la que le quedaba por vivir unos pocos años, no se conformaba con vivir una vejez sin memoria. Si hubiera podido elegir… pero no, las cosas importantes de la vida no se eligen, ocurren y solo nos queda enfrentarnos a ellas o sucumbir. Teresa sabía que la luz de sus recuerdos habría ido apagándose poco a poco, como una vela encendida y luego olvidada en algún alféizar de la casa. Tenía que actuar. Tenía que ponerse manos a la obra antes de que fuera demasiado tarde. Así, en unas de esas noches que pasaba en vela, a escondidas del marido que seguía durmiendo plácidamente, empezó a escribir sobre todo lo que podía recordar, desde su infeliz adolescencia hasta su vida actual. Poco a poco y con una constancia y tozudez que siempre la habían caracterizado, fue reconstruyendo las piezas de su pasado, trozos de vida que a un lector hipotético habrían de aparecer insignificantes, incluso para ella, meses después. Entre todos los que pudo atisbar en el laberinto de sus memorias agonizantes, el recuerdo de aquel desván de su niñez, donde muchas noches se quedaban mirando las estrellas por un agujero que había en el techo, seguía siendo nítido para Teresa. Fue en una de aquellas noches inolvidables con su amiga Macarena que Teresa comprendió, por primera vez en su vida, el valor de la amistad.  Ah si pudiera fotografiarlas ahora, aquellas estrellas, quedarían iluminando la vida hasta finales de sus días. ¿Cuántos años tenía entonces? Doce o a lo mejor trece, no conseguía recordarlo. Pero, a esas alturas, qué más le daba la edad. Lo que sí todavía permanecía vital era el calor de aquella amistad sin intereses de la que hoy casi no quedaba rastro. Excepto en su memoria. Claro. Macarena había muerto unos años atrás, dejándola sola de la noche a la mañana. Una enfermedad oculta y sin síntomas se la había llevado. Ahora que ya no estaba, solo tenía sus recuerdos. Al menos por un tiempo.  En el cuadernillo que siempre la acompañaba, Teresa escribía todo lo que nunca confió ni siquiera a su marido Gabriel. Su marido y sus hijos lo comprendieron después. Lo entendieron cuando Teresa ya había muerto. Aquellos fragmentos de su pasado lo decían todo.

Manila Claps………..

Tiempo

Tiempo, un lugar por el que estamos condenados a transitar, algo qué pasa al otro lado. Allí,  están personas que se han ido, mis queridas mascotas, plantas, tantas cosas.

Ahora en una tierra baldía, llena de sol le pregunto a un pequeño niño si refrescamos las plantas. Me contesta con una carcajada ¡pero no ves que hace sol! después, a la tarde, será el momento de regar. 

Blanca Quesada

Reflexiones otoñales

El sol ha salido temprano esta mañana, las montañas, suspendidas, se han vuelto azules.

El maíz, "macho " y viril, mide tres metros. Un poco más abajo, las mazorcas despeinadas se ríen felices.

El mar de soja ondea acariciado por un viento dudoso. 

Pedaleando por un camino de rocas, de vez en cuando me riegan los aspersores que, sin saberlo,  dibujan frágiles arcoíris.

Tendría que concentrarme sobre el tema "El tiempo" pero me distrae una garza blanca que ha perdido su ruta y, asustada, busca refugio en un gran roble.

Tendría que concentrarme sobre el tema "El tiempo"
De pronto, el tamaño de mi tiempo pasado me parece enorme.
¿Por dónde empezar?
No siempre se recuerda lo que se quiere, ni se olvida lo que se desea.
El tiempo no remienda  los huecos de la vida. Tienes que crecer alrededor de ellos.
El tiempo no es caballero.
El tiempo no sana.
El tiempo no enseña.
El tiempo hace bien solo una cosa: pasa.

El sol está alto.  Hace calor.
Alrededor el testarudo canto de las cigarras 
Iris Menegoz