
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:

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Tengo 82 años, todas las personas famosas que he conocido en mi vida, más o menos jóvenes, han muerto o están a punto de morir. Mi mujer, sobre todo con la que he vivido cerca de 60 años difíciles pero muy felices después de todo, también falleció hace un año. Escribir sobre el tema «La alegría de vivir» parece un desafío.
Y sin embargo no. Hay que decirles que no soy creyente. Ahora que el fin se acerca, me empujaría más bien en la otra dirección. Pero, ya saben, la fe no se manda. A mi edad uno fácilmente se pregunta por qué vivir todavía. Mi salud tambalea, todo se vuelve más difícil, ¿seré una carga desagradable para mi familia?
Cuando el otro día vi la Desserte rouge de Matisse, presentada con ese verdadero lema «Alegría de vivir», me pregunté: ¿por qué este cuadro?
Una verdadera revolución este fauvismo, adiós a la perspectiva y al realismo, despliegue de colores escandalosamente bellos y una colección de escenografías sencillas y tranquilas.
El epicureísmo de Horacio, siempre me ayudó a captar los verdaderos valores que la vida me ofrecía. Hoy ya no está muy de moda, pero una vida de pareja larga, llena de giros peligrosos, para poder vivir juntos ese final que puede parecer una desilusión, es según mi experiencia el valor más valioso que se obtiene.
Mi esposa lamentablemente ha fallecido, espero encontrarla más tarde, pero no sé si es posible. Lo que es seguro, sin embargo, es que ella sigue viviendo en mis pensamientos diarios, está allí a mi lado, hablamos todos los días juntos y les aseguro que no quiero perderla.
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Alma nació en un pequeño pueblo de montaña. Su infancia no fue fácil. Nunca conoció a su padre. A los seis años se trasladó con su madre a un pueblo en la costa, en un pequeño apartamento con vista al mar. Su madre trabajaba como criada al servicio de una familia muy rica; su tarea principal consistía en preparar los desayunos y las comidas, y en poner la mesa de forma impecable. No era un trabajo que le aportara muchas satisfacciones, pero su madre estaba feliz de todos modos. Le gustaban sobre todo los colores de la habitación y de los manteles, muy vivos, casi estridentes, como a veces puede ser la vida.
A los 18 años, Alma se mudó a la ciudad para estudiar Historia del Arte. De vuelta al pueblo, años después, volvió a vivir en el pequeño apartamento, con su madre. Nunca se casó. Pero sí tuvo un hijo, al que puso el nombre de Julio, el del padre que no había conocido. En el comedor colgaba un cuadro, una reproducción de «La desserte» de Matisse. Lo había comprado en un viaje a París, años atrás y ahora al mirar esta pintura recordaba que, de pequeña, observando a su madre poner la mesa, colocar meticulosamente la fruta en la bandeja, había visto su meticulosidad como una manía, una obsesión por controlarlo todo. Pero ahora, veía algo más: en un mundo caótico, su madre creaba un pequeño universo de color y forma donde todo tenía su lugar. Un universo que, como el cuadro de Matisse, no pretendía ser realista, sino verdadero en su emoción.
Como solía hacer desde pequeña, Alma se levantaba muy temprano para mirar cómo el sol emergía del mar. Cada mañana, ese ritual simple la llenaba de una paz profunda. No eran necesarias grandes aventuras; la alegría estaba en ese instante preciso, en el destello dorado sobre las olas, en el aire salado que acariciaba su rostro. Recordaba los años de prisa en la ciudad, atrapada en un ciclo de estrés y expectativas.
Ahora, su riqueza se medía en amaneceres. El sol, al elevarse, pintaba el cielo de naranja y rosa. Una sonrisa se dibujó en sus labios. La verdadera felicidad, comprendió, no era un destino lejano, sino la capacidad de apreciar el regalo del presente. Allí, mirando el horizonte infinito, Alma sentía la alegría de vivir latiendo en su pecho, tan cálida y constante como el sol que nacía del mar.
En aquella temporada, su hijo, que solía vivir en otra ciudad, también estaba allí con ella en el apartamento frente al mar, y Alma quería que él también viviera la emoción del amanecer; entonces aquella mañana intentó despertarlo:
<¡Levántate! Date prisa, por favor Julio.
Amanece ya, ¡ya sabes que este espectáculo dura solo unos minutos! ¡te lo vas a perder! Cada vez que vienes aquí no consigues admirar la maravilla del amanecer. Esta vez me gustaría de verdad verlo contigo. Hay un lugar perfecto para ello: este balcón justo frente al mar, orientado al este. Ahí está, sale el sol, en el horizonte>
<A mí no me importa, respondió Julio, si por mí fuera, el sol podría desaparecer, prefiero la oscuridad donde no veo casi nada, donde todo parece igual.>
Al no poder transmitirle su certeza de que la alegría de vivir, para ella consistía, por ejemplo, en un amanecer, le decía a su hijo que el sol, a pesar de todos nuestros problemas, siempre se levanta, a veces se esconde detrás de unas nubes caprichosas, pero entra en nuestros corazones para que comprendamos que se puede ser feliz con poco, por ejemplo con los pequeños detalles, sólo hay que saber buscarlos y apreciarlos.
<Gracias mamá>, respondió Julio, <pero, por favor, no me des la lata, no me importa el sol. ¡Déjame en paz!>
<Vale, pero recuerda hijo, la alegría de vivir no es algo que se aprende en los libros. Es como una colección de momentos, como las piezas de un mosaico. Hay días grises y días llenos de preocupaciones, pero tienes que aprender a buscar la belleza incluso allí. Y recuerda que el sol entra en tu vida saliendo de la nada como un arcoíris después de la lluvia, va creciendo hasta llegar lleno, pasional, rojo. ¡Aprende de él!
Entonces Alma volvió al balcón para contemplar el sol, que ya había salido.
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Clarisa se despierta serena, con la tibieza de comienzos de verano bajo su cuerpo, la luz tenue que se filtra por sus párpados cerrados. Piensa en todas las cosas por las que hay que estar agradecidos: las sensaciones que la invaden (el peso caliente de sus bebés contra el pecho, el olor a grano seco, el rumor del viento en las rendijas), el hecho de que hay comida suficiente porque no pasa día sin que se oigan las pisadas de las botas de él trayendo lo necesario; los hijitos recién nacidos respiran acompasados, son la imagen de la felicidad, las vecinas del fondo hoy están silenciosas, quizás gozando como ella de este amanecer pacífico.
Pero, de pronto, los pequeños empiezan a agitarse. Ella sabe que es hora de conseguir el desayuno, de abrir los ojos y levantarse… justo cuando irrumpe el terrible despertador que es el cacareo de su vecina, que acaba de poner un huevo.
—Doña Facunda —piensa —, siempre tan puntual.
Se incorpora con cuidado, mira hacia la luz. El día, a pesar del ruido, sigue siendo hermoso. Y el huevo de la vecina está allí, grande y blanco, esperando.
Clarisa bosteza y musita: “Qué terrible es la eficiencia de las gallinas. Nunca fallan. Ni los domingos.” Y, sin embargo, al levantarse y ver el huevo tibio que la vecina ha dejado en el felpudo, no puede evitar sentir esa misma gratitud del principio: la vida, aunque cacaree, también alimenta. La alegría de vivir es también esto: desayunar gracias a la puntualidad ajena.
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Barbara se despertó sonriendo como siempre cuando se despertaba oyendo lo grititos de Andrés, su hijo de 14 meses, que le había devuelto la gloria de vivir.
Cuando pensaba en cómo estaba de desesperada dos años atrás, cuando había quedado embarazada de él y el padre la había dejado para casarse con otra muy rica e importante que lo podía ayudar a hacer carrera en el mundo bancario. Cuando la había dejada sola, sin dinero, sin casa, porque vivían juntos y ella no trabajaba, estaba terminando la facultad de lenguas y literatura extranjeras: ruso y alemán. Le faltaba solamente la tesis y fue su amiga Mónica quien la ayudó cuando la encontró llorando en el parque; la llevó a su casa, la ayudó a graduarse y a encontrar un trabajo come traductora donde trabajaba ella, y la convenció a pedir ayuda y comprensión a sus padres, que aceptaron de buen grado al nieto. Hoy, mientras cogía a Andrés en los brazos y lo hacía volar, un juego que Andrés adoraba se dio cuenta de que la alegría de vivir para ella era posible criando a Andrés para que fuera un hombre mejor que su padre.
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También en Milán a veces es primavera, que desaparece para los distraídos, pero para los demás brilla y alegra. Aquel día había aparecido el azul del cielo y el verde de los árboles: fue uno de los motivos por los que decidí irme yo sola al parque… pero también por el aire enmohecido de mi jefe, la descortesía de la secretaria, y por el color demasiado gris del vestido que llevaba yo. Cuando llegó la pausa para comer, me fui sin dar explicaciones. Dejé de ir al bar donde normalmente vamos con los compañeros y me fui al Parque Sempione, donde tomé un bocadillo y una Coca Cola. Escondiendo bajo el abrigo azul mi vestido oscuro, esperaba esconderme en aquella afortunada multitud de personas que disfrutaban del primer sol. Pero éramos muchos compitiendo por los asientos del parque, así que yo decidí sentarme al lado de una chica, más o menos de mi edad, que también estaba comiendo su bocadillo y bebiendo su Coca Cola. Nos miramos y nos echamos a reír las dos.
“¡Buen provecho!”
“¡A ti también!”
“¿Estudias en la Universidad?”
“Sí, en la Católica” me contestó. “¿Y tú?”
“Yo ahora trabajo en un despacho. Pero hoy… me he escapado” le confié.
“¿Te has escapado del jefe o de los compañeros?”
“De todos…”
Para nosotras fue muy natural hablar la una con la otra sobre temas personales: charlamos una hora sin darnos cuenta, luego decidimos dar un paseo juntas por el parque primaveral Sempione. Hablábamos de nuestros estudios, del trabajo. Ella estaba muy alegre y llena de proyectos. De repente, vio una persona y se puso pálida.
“He visto a mi exnovio” tartamudeó, enseñándome a un joven que estaba hablando y riendo con su grupo de compañeros.
“Hace dos años que no lo veo” murmuró “No tengo valor de ir a saludarlo…”
Después de dudar un momento, de repente se puso a correr y lo alcanzó.
Yo me quedé donde estábamos: si me hubiera acercado hubiera sido inoportuna; mientras en la cara del chico la sorpresa se mudó en una gran sonrisa. Le dio un beso en los labios. Ella le gritó “¡Loco! ¿Qué haces?” pero luego lo abrazó con ternura y se besaron otra vez.
El grupo de los compañeros del novio, siempre riendo, se alejaron, y yo también estaba a punto de irme, sorprendida y feliz.
“Tiene que volver al despacho, ¿verdad?” le preguntó ella.
“Puedo no volver… si tú quieres” contestó el con ternura. “Bueno, llamo a mi jefe y le pido medio día de vacaciones… ¡quiero estar contigo! Pero tú… estabas aquí con alguien, ¿verdad?”
“Sí, con ella…” contestó la chica, solicitándome que me acercara.
“Hola, yo soy Giovanni” me dijo, dándome la mano.
“Yo me llamo Viviana”.
“¡Encantada yo también de conocerte! No nos habíamos presentado… ¡yo soy Elisa!” dijo la chica. “Bueno, ahora Giovanni y yo vamos a dar un paseo… Tú… ¿Tú quieres venir con nosotros?”
“Gracias, pero… no me parece oportuno”.
Me fui. Imaginé que con toda probabilidad nunca habría vuelto a verlos, pero sentía que, también gracias a ellos, el cielo azul y el sol que iluminaba los árboles verdes se quedarían conmigo para siempre.
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María conoció a Sofia, una mujer tranquila que pasaba muchas tardes sentada junto a la ventana de un pequeño taller de arte. Sofia estaba enferma y su cuerpo ya no tenía la fuerza de antes. A menudo sentía dolor y cansancio, pero nunca olvidaba llevar consigo una pequeña caja de acuarelas.
Un día, mientras preparaba los pinceles, dijo en voz baja:
—Yo no sé pintar.
María sonrió y le respondió:
—Henri Matisse, cuando ya era mayor y estaba enfermo, tampoco podía trabajar como antes. Entonces empezó a recortar papeles de colores y creó algunas de sus obras más libres y llenas de vida.
Aquellas palabras quedaron en la mente de Sofia. Desde ese día empezó a mirar sus acuarelas de otra manera.
Sus dibujos no eran perfectos: las líneas temblaban y los colores a veces se mezclaban sin seguir ninguna regla. Sin embargo, cuando tomaba el pincel, parecía olvidar por un instante la enfermedad. Sobre el papel nacían cielos azules, flores rojas, sombras verdes y reflejos amarillos como pequeños rayos de sol.
Cada tarde pintaba junto a la ventana. La luz iluminaba el vaso de agua y hacía brillar los colores. Poco a poco, Sofia comprendió que no necesitaba ser una gran artista. Lo importante era expresar lo que sentía y encontrar belleza en los pequeños momentos de cada día.
Un atardecer recordó también a Claude Monet. Cuando envejeció y su vista se debilitó, pintó sus famosas ninfeas cada vez más grandes y más libres, como si quisiera atrapar la luz y los colores antes de que desaparecieran.
Entonces Sofía entendió algo importante: el arte no consiste en hacerlo todo perfectamente, sino en seguir creando, incluso cuando la vida se vuelve difícil.
Desde aquel día, cada acuarela le pareció una pequeña victoria. Porque la alegría de vivir puede esconderse en las cosas más sencillas: un pincel, un poco de agua, la luz de la tarde y el deseo de seguir llenando el mundo de colores.
*«Memento vivere» («recuerda vivir») es una expresión inspirada en la antigua frase latina «Memento mori» («recuerda que morirás»). Esta última se utilizaba en la Antigua Roma y, más tarde, en la tradición filosófica y artística occidental para recordar la fragilidad de la vida humana. El título de este relato propone una idea complementaria: recordar la importancia de vivir plenamente, valorar la vida y la alegría de vivir y apreciar la belleza de las pequeñas cosas de cada día.
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Mi primera reacción ante la idea de escribir sobre el tema de la guerra fue de rechazo absoluto.
«¿Que puedo escribir yo sobre esta catástrofe que está arrastrando el
mundo?»:
¡Escribe lo que tienes en el corazón!
Me surgió una sabia voz amiga.
Yo que fui concebida con alegría en una noche de primavera del 45.
Yo, pacifista, como he demostrado en innumerables manifestaciones.
Yo, ahora, a mis 80 años, ante estas guerras me siento derrotada.
Las imágenes, de las que a menudo huyo cobardemente, se me quedan grabadas sin piedad. Estas guerras sobre las que revolotean millones de dólares manchados de sangre me indignan. Estas guerras de videojuegos donde espantosos pájaros de metal golpean a cualquiera, dirigidos por manos expertas detrás de pantallas a kilómetros de distancia.
Entre los escombros vagan fantasmas de hombres, mujeres y niños. ¿Como puedo hablar de estas guerras en las que se utiliza el hambre como arma de exterminio?
Soy atea, quizá rezar sería un alivio.
¿Quién sabe? A lo mejor este Papa americano logra encontrar las palabras adecuadas para llegar a los corazones de esos asesinos.
Yo no soy capaz de hablar de estas guerras, puedo solo sufrir.
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Álvaro tenía diez años y se consideraba afortunado por no haber sido reclutado como soldado y utilizado en el conflicto bélico que estaba destruyendo su país.
La guerra que ya había comenzado unas semanas antes, hasta ahora le parecía un ruido sordo, como los truenos lejanos del verano. Pero ese día, mientras Álvaro estaba en el aula dibujando, al igual que sus compañeros, de pronto la maestra pidió a todos que se escondieran bajo las mesas. Los bombardeos se habían intensificado y se iban acercando a la ciudad. Luego, el techo de la escuela se llenó de agujeros y el patio se convirtió en un montón de escombros. Y entonces, la guerra llegó desde la calle, con un ruido de disparos que Álvaro nunca había oído hasta ese momento.
Aquella noche toda la familia de Álvaro se había reunido en la cocina. Sus padres, sus hermanas Paula y Francisca y su hermano pequeño José. El motivo era trágico. Los combates se estaban volviendo cada vez más intensos y se lanzaban muchas bombas. El peligro se acercaba rápidamente, por lo tanto, se habían visto obligados a huir. Huir de un lugar que siempre habían creído que era seguro y que ya no lo era.
Álvaro dijo que quería llevar consigo unos lápices de colores y hojas de papel para poder escribir y dibujar, y quizá también un par de libros, ya que le gustaba mucho leer. Sus padres se lo permitieron, sin decirle, para no asustarlo demasiado, que casi seguramente no habría luz en los refugios.
Fue así que como muchas otras familias habían logrado esconderse bajo tierra en refugios subterráneos. Álvaro había tenido que dejar atrás a sus amigos, sus recuerdos, la escuela, todas sus cosas. Pero a pesar de todo esto, Álvaro se consideraba afortunado puesto que allí, bajo tierra, había encontrado otros niños, huérfanos o niños no acompañados. Al menos él tenía a todos sus familiares. No había luz. Solo algunos habían conseguido traer unas cuantas linternas muy pequeñas que se podían encender durante muy poco tiempo. El lugar olía a tierra húmeda, también había olor a pólvora y llegaba el sonido de las explosiones. Tenía miedo y trataba de esconderlo hablando con los otros niños. A veces incluso conseguían simular que estaban en el colegio y, sentados en círculo en el suelo, recitaban en voz alta lo que habían aprendido.
Todo parecía continuar bajo tierra, casi sin luz, con muy pocas cosas que comer y con mucho miedo. Álvaro echaba mucho de menos el sol, el cielo y contemplar las estrellas, y para compensar esta ausencia intentaba dibujar. Se daba cuenta de que el miedo y la ansiedad se mezclaban con el deseo de sobrevivir y, sobre todo, el deseo de que la guerra acabara pronto. No fue así. La guerra duró mucho tiempo y un día el refugio donde se escondían se derrumbó bajo los bombardeos. Solo sobrevivieron Álvaro y otros dos niños. Álvaro había visto morir a su familia. La guerra le había robado todo. Ahora que se había quedado solo, confiado a un instituto para huérfanos, tenía que despertar de esa pesadilla, para renacer, para vivir y contar su experiencia a otros niños.
Cuando ya era mayor y salió del orfanato, se hizo famoso al narrar los horrores que había vivido, a través de sus pinturas, en las que no ponía su nombre, sino que solo escribía la palabra «PAZ».
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Hay una guerra sorda, invisible a los ojos, una guerra que se libra contra la locura.
Empieza con pequeñas distracciones que uno se puede tomar a risa o disimular de puertas afuera para no preocupar a los que le rodean y que los demás, por su parte, también callan para que tú tampoco te preocupes.
De pronto, un día no te acuerdas de cómo se anuda el cordón de los zapatos y, aunque al principio el olvido tan solo te provoque una leve ansiedad, olvidas ese olvido que poco a poco se multiplica. En los momentos de lucidez te aterras con el cálculo amargo de cuánto tiempo le queda a tu razón. Hasta que el pensamiento se desvanece, pierdes el hilo de tu propia angustia y te refugias en el sueño donde a veces se esconden las pesadillas.
—¡Mamá, ¿dónde estás?! —gritas creyéndote otra vez un niño.
Al despertar las horas se confunden: no sabes si es la hora del almuerzo o la de la cena, pero sí que tienes una sensación en el estómago que te dice que tienes que meterte algo por la boca. Abres la lata del betún e introduces en ella los dedos que luego saboreas. Una y otra vez. Hasta que alguien a quien no reconoces ni como familiar ni como amigo corre hacia ti asustado.
—¡¿Qué haces?! ¡Suelta eso!
Y te quita la lata de las manos con gesto irritado. Tú, confundido, no comprendes qué hay de malo en querer matar el hambre. Pero luego te acarician, te lavan la boca y las manos.
A ti eso te gusta. Que te hablen con voz suave te tranquiliza. Pero el enemigo no cede y en tu interior continúa sin tregua esa guerra de desgaste que devasta tu cerebro y la vida de los que te rodean.
Forma parte de la vida.
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Nací durante la guerra, a finales de diciembre de 1943. Obviamente no recuerdo nada, pero mi madre se encargó de contarme lo que pasaba.
En 1944, incluso después de su liberación, la ciudad de Lieja donde nací sufrió un bombardeo de represalia realmente importante, como otras ciudades por supuesto (Amberes, Londres, …). De hecho, al principio estaban los V1, bombas voladoras, un poco similares a los drones actuales, excepto que no eran teledirigidas y caían un poco al azar y según la cantidad de gasolina que se les había cargado. Luego los V2, cohetes similares a los misiles actuales. Realmente terribles.
Vivíamos en las bodegas, nuestra casa tenía bodegas enormes y reforzadas. Nosotros acogíamos a una parte del vecindario y yo, como niño pequeño con una voz poderosa, me encargaba de evitar que durmieran. Por supuesto, hoy esto es divertido, pero puedo asegurarles que aquellos que vivieron conscientemente ese terror horroroso no estarían dispuestos a revivirlo para defender ninguna religión o modelo cultural.
De hecho, creo que los europeos en general, gracias a su nivel cultural y económico, en general, ya no serían fáciles de convencer, por ningún motivo. No entendemos que en los Estados Unidos se pueda elegir a una figura como Trump y todavía esperamos que puedan deshacerse de él.
Hoy celebramos la Fiesta del Libro, una celebración esencial para difundir la cultura. Creo que es esencial defenderlo, protegerlo, no creer que se puede sustituirlo por vídeos o crearlo con instrumentos como la inteligencia artificial, que son muy útiles, pero no están en condiciones de sustituir lo que es nuestra principal arma contra la bestialidad de la guerra, el humanismo.
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Conversaba con una amiga sobre el significado de la guerra para la humanidad y no supimos cómo afrontar del todo el argumento. Ella, escritora de relatos cortos, ha profundizado en personajes literarios junto a un grupo de psicoanalistas que también publican sus propios destellos narrativos. Escritores de profesión.
Era como si observáramos un prisma de múltiples caras. Hablamos de la percepción de la guerra en la conciencia colectiva: una construcción dialéctica que nos condiciona en cada momento. Dependemos de quién maneje el relato, de ese poder que moldea el pensamiento y nos induce a asumir posiciones frente a la realidad cotidiana. Después descendimos hacia la conciencia familiar y, finalmente, hacia la conciencia personal.
Hubo muchos altibajos. Muchos. Pero la amistad sobrevivió.
Con cierta sorpresa, y no sin agrado, se unió a la conversación un compañero de universidad. Polémico. Representaba una de esas caras del prisma nítidas, casi rígidas: sin tonalidades, sin matices. Un personaje síntesis, podría decirse. O así quiso presentarse. Y así expresó sus puntos de vista:
Hablamos del presente más reciente: la intervención de Estados Unidos e Israel en Irán; el Euromaidán de Ucrania en 2014 y los sucesivos intentos de Estados Unidos de promover un gobierno favorable a sus objetivos estratégicos frente a Rusia.
De la posición rusa en la ONU, denunciando el avance de la OTAN hacia sus fronteras en contra de los compromisos de 1991, cuando el muro de Berlín cayó y la OTAN ya no tenía razón de existir.
Consecuencias esperadas: la intervención especial de la Federación Rusa en Ucrania, un país que arrastra un conflicto interno desde 2014.
Después, el mapa se amplió: Venezuela, México, Colombia, Cuba, Groenlandia y, con más preguntas que certezas, Canadá.
Terminamos analizando lo que significa una «sanción» para un país que depende de un sistema financiero global para sostener sus intercambios comerciales. Para un país al que se le congelan los activos —la riqueza en el exterior— y se le impide acceder a bienes fundamentales para su supervivencia. Y ese país, en potencia, puede ser cualquiera dentro de Occidente. Las sanciones son mecanismos que paralizan sociedades enteras, economías completas. ¿No es eso también una forma de guerra? ¿Una guerra contra qué? ¿Contra quién o quiénes?
Vivimos en un estado de caos.
Entonces retomamos una frase que recorrió la agradable conversación. La tomamos de un interesante libro de Graham Greene, L’americano tranquillo, como un punto de anclaje en medio del desconcierto:
«Prima o poi bisogna scegliere da che parte stare, se si vuole restare esseri umani».
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Se cuenta que, hace años, en el caribe colombiano la gente cantaba todo el día y caminaba danzando.
En las zonas rurales de Colombia durante mediados del siglo XX, las primeras guerrillas eran campesinos armados para protegerse ante la expropiación de sus tierras por parte de terratenientes, apoyados por el ejército y paramilitares.
En el marco del conflicto armado entre guerrillas y paramilitares, el objetivo era quitarle la base social a la guerrilla mediante masacres y terror para obligar a la población al desplazamiento forzado. Proyectaban el control de los mercados de drogas y la apropiación del territorio. En los años 80, el exmilitar israelí Yair Klein fue contratado para entrenamiento militar. Empezaron las masacres (torturas, violaciones, desapariciones) para sembrar el terror y lograr el dominio territorial, haciendo inhabitable el espacio físico y social.
Como la mayoría de víctimas son hombres, las mujeres han desafiado los roles tradicionales asignados por el patriarcado mediante una participación activa en lo político, lo público y lo comunitario. Lideran actividades como la búsqueda de desaparecidos y denuncian violaciones de derechos humanos, lo que las convierte en objetivo militar. 171 lideresas sociales han sido asesinadas desde la firma del Acuerdo de Paz de 2016. En la visión machista, castigar el cuerpo de la mujer con la violencia sexual significa dominio absoluto y humillación a toda la comunidad. En todas las guerras el cuerpo de las mujeres es campo de batalla.
Pero mujeres como Soraya dicen: “tenemos que secarnos las lágrimas y echar pa’lante…” “El día que me violaron no me mataron… ahora acompaño a 160 mujeres de la región. No me quedé en la condición de víctima”. Estas mujeres crearon redes de solidaridad y reconstrucción del tejido social.
En 2016 se creó la Comisión para lograr Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, donde fueron escuchadas 10.864 mujeres víctimas. La magnitud de la violencia es aterradora: más de 450.000 asesinados, millones de desplazados, desaparecidos, la mayoría de las víctimas fueron civiles.
Como se hizo en Sudáfrica, la Comisión de la Verdad y el Juzgado especial para la paz (JEP) han logrado que muchos victimarios confiesen sus crímenes y pidan perdón a las víctimas. Es una gigantesca operación de MEMORIA COLECTIVA. La verdad procesual contribuye a la verdad histórica y a sanar el trauma colectivo.
EL ARTE también ha tenido un papel importante. En la Casa de la Memoria de Bogotá, la artista plástica Doris Salcedo creó “Fragmentos”, un contra-monumento, hecho con 37 toneladas de armas fundidas, entregadas por la guerrilla FARC, al firmar el Acuerdo de Paz con el gobierno. Es una obra colectiva, potente y simbólica, hecha por mujeres víctimas de violencia sexual durante el conflicto. NO ES SÓLO ARTE, ES MEMORIA.
En las comunidades afrodescendientes de la costa Caribe se volvió a cantar el BULLERENGUE, un CANTO DE RESISTENCIA cantado por mujeres, acompañado por tambores y palmas. Una voz llama y otras responden.
Había surgido en contextos de esclavitud y es una forma de transmisión oral y una herramienta más del proceso de memoria histórica.
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El martillear rítmico de la maquina era lo único que lo mantenía en la realidad. Dentro del túnel de la resonancia magnética el soldado cerró los ojos, dejando que el zumbido de los imanes camuflara el eco de las bombas que caían en el exterior.
Cuando el ruido cesó, esperó escuchar la voz de la enfermera. El tiempo se volvió blando, maleable.
Pasó mucho tiempo.
Nada
¿Hola? preguntó, y su propia voz le sonó densa.
Salió de la máquina con cautela. La sala estaba intacta. No había nadie. Las luces parpadeaban con una energía moribunda. No había heridos gritando, ni médicos, ni el olor a pólvora que antes lo impregnaba todo; solo un silencio absoluto.
Al salir del hospital, vio que las calles, antes destrozadas por la artillería; ahora, estaban cubiertas por un manto de hierba vibrante que parecía haber crecido en aquel momento. No había resto de tanques, ni cables caídos, ni casas destruidas. Entre las grietas del asfalto brotaban árboles de hojas iluminadas por el sol que susurraban con una brisa limpia.
Su caminar era torpe como quien estrena un cuerpo nuevo lleno de curiosidad.
El hombre, que hasta hacia un momento sostenía un fusil, extendió una mano temblorosa. Al tocar la piel del árbol en el que se apoyó sintió un pulso eléctrico que lo unió al latido de la Tierra. No quedaba ya huella de la humanidad. Se había desvanecido la confusión y el estrépito de la guerra. La hiel del odio había ido dejando que la serenidad fértil de la naturaleza lo reclamara todo.
Mientras dejaba caer sus defensas ante la paz de un nuevo mundo esperó ser el último de su especie. En sus pupilas, de un azul tan maravilloso como el luminoso firmamento, se reflejó el alivio de fundirse con el pulso eterno y sereno de la vida.
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Frío, lluvia.
La lluvia caía como una maldición antigua, atravesando las grietas de la roca. Dentro de la cueva, Grunt golpeaba dos piedras una y otra vez. Chispas débiles, humo que se apagaba enseguida. El agua caía justo sobre su intento de fuego, como si el cielo mismo se lo negara.
Gruñó. Frío. Humedad. Hambre. Oscuridad.
Entonces lo vio: un resplandor cálido en la cueva vecina.
Se acercó en silencio. Dentro, un hombre y una mujer estaban sentados junto a un fuego vivo, estable, casi sagrado. Sobre las llamas, trozos de carne se asaban lentamente, dejando caer grasa que chisporroteaba y llenaba la cueva de un olor denso y primitivo. La luz bailaba sobre sus cuerpos. Allí no entraba la lluvia.
Grunt entró. Entró como una sombra, sin hacer ruido. No dijo nada. Una piedra en su mano derecha.
El otro hombre apenas tuvo tiempo de girar la cabeza. Un golpe seco. Piedra contra hueso. Un sonido breve, definitivo.
El cuerpo cayó.
La sangre comenzó a brotar del cráneo abierto, oscura y caliente, mezclada con trozos de cerebro deslizándose por la piedra y mezclándose con el barro de la cueva. El fuego seguía crepitando, amarillo y rojo.
Grunt respiraba hondo.
Atrapó la mujer, la violó.
Después se sentó frente al fuego, ocupando el lugar del muerto.
El calor le envolvió el rostro; luego alargó la mano, tomó uno de los trozos de carne del fuego y lo mordió. La grasa le quemó los labios, pero no se apartó. Un hilo de grasa le resbaló por el labio y goteó lenta. Se comió toda la carne, escupiendo los huesos en el suelo.
Por primera vez él se encontraba satisfecho, sin lluvia, sin frío, sin hambre, con los apetitos sexuales apagados.
El fuego siguió ardiendo, rojo como el color de la guerra.
El fuego siguió crepitando, lanzando chispas rojas, como el color de un dios (Ares, che después tuvo también otros nombres), que aún no había nacido, pero que ya empezaba a abrir sus ojos al mundo.
Y así, sin palabras, sin memoria, con sangre sobre barro, piedra sobre hueso, comenzó la historia de la humanidad.
Empezó así.
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Fue la noche cuando decidimos casarnos.
El aire todavía limpio nos invitaba a gozar los últimos recortes del verano, buscando mesas al aire libre, o simplemente a pasear. Caminábamos dándonos la mano, con la mirada en el suelo para buscar las palabras…
Luego, nos sentamos en aquel bar.
Y ella llegó: piernas largas, seguras sobre los tacones altos, una chaqueta estrecha sobre una minifalda negra, una chaqueta morena, un maquillaje perfecto. Se sentó sola, poco lejos de nosotros.
Pasaron diez minutos, antes que el camarero se le acercara: “¿Está esperando a alguien, señorita, o quiere ordenar?”
Yo no pude oír su respuesta, pero después de unos minutos vi al camarero volver, llevando con desenvoltura profesional una bandeja con una botella de champán y un solo vaso.
“¿Va a celebrar algo?” le preguntó, bajando hacia ella su cabeza gris.
“Puede ser…” contestó la joven.
El camarero sonrió, casi con vergüenza, dándole el vaso. Luego empezó a destapar la botella.
“¿Es una buena tarde, verdad, señorita? Parece que todavía es verano…”
“Sí” susurró ella, golpeteando la mesa con sus uñas. Luego lo miró a la cara, con una triste gratitud. El hombre se quedó unos minutos, charlando de temas irrelevantes. Ahora la chica le contestaba. Luego lo llamaron por otro pedido y tuvo que irse.
La linda mano llenó otro vaso.
Y luego, otro.
Y después otro.
Inesperadamente, se le acercó una gitanilla, con el habitual ramo de rosas rojas que los gitanos intentan vender y casi nadie compra.
“¿Quieres una flor?” le preguntó.
“Sí, con mucho gusto. ¿Cuánto cuesta?”
“Nada. Te lo voy a regalar porque eres realmente bonita”.
La joven se levantó y abrazó con cariño a la niña, que se retiró un poco desorientada. Pero luego sonrío, cuando la vio abrir la cartera para darle una propina generosa.
“Siéntate un poco conmigo, charlamos un poco… ¿Cómo te llamas?” le estaba preguntando.
Pero nosotros nos fuimos, y nos olvidamos de ella.
Porque fue aquella noche cuando decidimos casarnos.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:

Olga observó el elegante vestido de seda, blanco, cuidadosamente dispuesto sobre la cama. No se había escatimado en gastos, y cualquiera que lo viera, aunque no supiera nada de trajes de novia, sabría que había costado una pasta.
—¡Vaya suerte que has tenido! ¡Señora de Brontano! ¡Que envidia! —dijo riendo su mejor amiga, mientras la miraba a través del espejo del tocador, donde se estaba retocando las uñas.
Sí, envidia. Eso es lo que siempre todas sus amigas habían sentido desde que conoció al que dentro de poco iba a ser su marido: Mauricio Brontano, inversionista y empresario de éxito. Para cualquier familia, un inmejorable partido.
Miró el portarretrato colocado sobre el velador. En él se veía un hombre de rasgos agradables, de cabello castaño muy bien cortado y pronunciadas entradas, premonitorias de una futura calvicie. Sonreía como si le hubiera hecho gracia alguna ocurrencia que le había dicho el fotógrafo, quizá:
«¡Vamos, señor Brontano! ¡Una hermosa sonrisa para su bella prometida!»
Y Mauricio sonrió porque no le costaba sonreír. Ya desde muy joven lo hacía, a veces sin motivo alguno. Esa fue una de las cosas de él que la había cautivado. Y no sólo a ella, pero había sido por lo visto la afortunada, o la más lista.
Contrastaba la foto con el óleo que colgaba de la pared. En él se veía un Mauricio Brontano mucho más joven. Lo había pintado ella misma como lo corroboraba la firma de Olga Pardo, que se leía al pie. Desde joven había sido su obsesión. Ser pintora y vivir en París. Sentarse en las escalinatas de Montmartre al atardecer y pintar por unas monedas retratos de seres anónimos hasta bien entrada la noche. Hasta que le apeteciera. Sentirse libre e independiente. Y tener una gata que se llamaría Lucy.
Sueños de juventud que en muy poco se esfumarían. En cuanto pasara a ser la señora de Brontano.
Por un momento, el hilo de su reflexión se vio interrumpido. Su amiga había terminado de retocarse y se dispuso a salir en ese momento de la estancia.
—Ahora vuelvo —le dijo. Y añadió algo más, antes de salir de la habitación que Olga no entendió porque estaba sumergida en sus pensamientos.
En el armario de su habitación todavía guardaba el maletín de sus pinturas. Mauricio sería sin duda un marido excelente, pero ella era todavía muy joven, y antes de ser señora de Brontano quería ser Olga Pardo. Aunque se equivocara, valía la pena arriesgarse. Y cogiendo su abrigo y su bolso, se fue sin esperar a despedirse de su amiga. Mientras cerraba la puerta, murmuró para sí «Lucy me está esperando», y esbozó una sonrisa.
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En la fría y rancia ciudad colonial de Tunja, cuando yo era niña, el “novio” de la prima María Mercedes era casi una prolongación de su sombra. La acompañaba a todas partes, pero si la invitaba al cine, también debía asistir Víctor, el hermano, guardián discreto de una virtud vigilada.
Los novios apenas se rozaban las manos, con una castidad casi ceremonial, mientras esperaban el momento solemne de “pedir la mano”. Cualquier desliz más allá de ese guion impuesto por la mojigatería encendía de inmediato el murmullo de las solteronas sin oficio, siempre alertas, siempre ávidas, y —en el fondo— secretamente envidiosas.
En las familias más rígidas, un embarazo antes del matrimonio no era sólo un escándalo: era un terrible secreto cuidadosamente enterrado, a veces por generaciones. Ni pensar en que los novios se fueran a vivir juntos.
Hoy, por fortuna, esa comedia de apariencias ha ido quedando atrás.
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