El círculo perfecto

EDWARD HOPPER (1882 – 1967) Lectora en el tren (1965)

El silbido del tren la despertó de sus pensamientos. “Volverás ….. ya verás. Pronto…. volverás…”.

Las palabras tranquilizadoras de su madre acariciando las líneas regulares de su cara, el abrazo final en el umbral de la puerta de casa. El claxon del coche devolviéndola a la realidad y luego, sus miradas por la ventanilla, tratando de memorizar, como si fuera necesario, cada detalle de los barrios que la habían visto crecer.

Un tren. Una estación de tren casi desierta. Una decisión tomada después de meses. Ya no había vuelta atrás. Subió al tren, levantando con cierta dificultad las maletas llenas. En ellas, trozos de su vida pasada. Buscó el número de su asiento, pero las lágrimas a duras penas le consentían ver claramente. Una señora entrada en años, nada más verla, se percató del sufrimiento de aquella chica rubia, tan guapa con sus vaqueros ceñidos y su sudadera de colores. “Hola muchacha, ¿puedo ayudarte en algo? Sabes, estoy tan acostumbrada a viajar que, a lo mejor, en lugar de jubilarme habría podido trabajar de inspectora del ferrocarril”. Una leve sonrisa y el mundo le pareció menos gris. 

Muchos años después, habría de recordar aquella madrugada tan triste.

Apagó el ordenador sin más. La luminosidad de la pantalla le molestaba los ojos después de tanto teclear. Estaba satisfecha. Acababa de terminar su última novela. Sin duda, otro éxito de ventas como las anteriores. Pero ¿Cómo había llegado hasta allí? …. Una maleta. Un tren. Un viaje. Allí se encontraba la clave de todo. 

Muchas veces se había arrepentido de haber cogido aquel tren; otras, había dado las gracias a Dios por su suerte. A menudo pasaba horas fantaseando sobre cómo habría sido su vida si no hubiera tomado aquella determinación. ¿Habría sido recepcionista en un hotel del centro o guía turística en Londres? Nadie tenía la respuesta. Lo que sí le quedaba claro era el recuerdo de aquella mañana. Ese viaje, pese a su voluntad, marcó un nuevo comienzo. Partir significa querer llegar a un lugar, real o imaginario. Aquella chica joven y bella comprendió que las raíces  no crecen debajo de nuestros pies, sino que las llevamos dentro del alma. Partir no es morir, es volver a nacer. No se trata de un desplazamiento en línea recta, más bien, de un movimiento circular. Y cuando lo queremos de verdad, puede llegar a ser un círculo perfecto.

Manila Claps………..

Una circular promesa

A mediodía en un día de miércoles al improviso Don Atanacio Balboa (Nacho) dejaba de existir a los 75 años. Sus hijos confundidos por tal triste e imprevista noticia se preguntaban el ¿por qué? En

Mi abuelo y yo solíamos ir al cine todos los fines de semana. A él le encantaban las películas western y a mí las románticas. Un día fuimos a ver los Caballeros de la Mesa Redonda, yo aún era un niño extrovertido y, cuando veía algo nuevo, quería verlo dos veces para entenderlo debido a mi escasa capacidad mental, por eso siempre me hacía explicar por mi abuelo las películas después de haberlas visto. 

Me quedé tan impresionado y anonadado por escuchar el pacto que hacían los Caballeros de la Mesa Redonda, que un día con mis amigos hicimos un círculo y 6 niños nos metimos dentro de él haciendo un juramento: que de grandes nos ayudaríamos en todo momento, que nos comunicaríamos y que nunca dejaríamos de ser amigos. 

Han pasado 30 años desde aquella inocente y circular promesa, y para ser honesto, casi ni los veo; pero sé que aún están vivos, tienen sus familias; uno es policía, otro médico, de los demás sinceramente no sé cuál será su profesión, he tenido contacto solo por teléfono, creo que no les gustan las redes sociales porque solo dos de ellos tienen Facebook. 

Me pongo a pensar en tantas promesas que a lo largo de la vida uno se hace así mismo, a la familia o a la pareja con quién se está en algún momento; me pregunto si estuviéramos pendientes de aquellas promesas circulares individuales, familiares o sociales para no olvidarlas, entonces creo yo que prometeríamos menos y cumpliríamos más.

 

Luis Alberto Prado

Círculo

Hay tantas miradas desde las que uno puede observar; el panadero, la vecina y su perrito, el señor de la esquina, la peluquera, la maestra, la profesora de cocina. Todas ellas son personas que viven en un mundo exterior, en un mundo con los otros, donde, aunque no quieran, ven el recorrido de los demás y el mío, ven el camino que voy trazando a mí alrededor. 

Ellos tienen una mirada con la que ver; un circulo que lo matiza todo, que lo parcela en redondo, burbujas de aire sin esquinas, sin recovecos donde esconder lo que ni siquiera pueden ver.  Un mundo perfecto donde la vida es amanecer y anochecer con sus tranquilos y relajados quehaceres diarios, mañana, tarde y noche y al día siguiente comenzar otra vez. 

Yo tengo esquinas y las escribiría con z porque son tan escabrosas, variadas y llenas de sorpresas, mi vida entera sin esperarlo se ha dado la vuelta más de una vez y hay que comenzar por decisión propia,  por decisión de los demás y los motivos son la mayoría de las veces  por falta de aire, de tranquilidad, de confianza, de seguridad y por exceso de actividad, inquietud, curiosidad o simplemente hay nubes más allá de la oscuridad.

Ahora, de pronto aparece alguien que se escribe con una sencilla s de serenidad y me doy cuenta de que llego a mis esquinas con el alma tranquila, segura, haciendo que mi vida sea como las demás; un círculo perfecto. Una vida redonda llena de flores en las ventanas y de felicidad. Mañana, tarde y noche y otra vez a comenzar.

A Sergio. 

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Blanca Quesada

Asamblea de los círculos

El momento había llegado. Tenía que dar su discurso sobre los detalles. Así que pasó por alto su indecisión y empezó. <Amigos aquí reunidos, vengo en representación de nuestra comunidad y quisiera destacar que el camino va ser largo y duro. Hay muchos kilómetros por recorrer, nunca hemos marchado y nadado tan lejos. La cita está fijada para el lunes 21 de junio, a las 3 de la madrugada, pero supongo que eso ya lo sabéis. Lo que aún tengo que comunicaros es la ubicación del sitio. Sólo os informo de que vamos a otro círculo. Entonces cuanto antes nos pongamos en camino, mejor.> En fila india, ordenadamente empezaron el recorrido que los llevaría a destino. Marcharon siguiendo el Círculo Ártico, cruzando el océano Glacial donde encontraron pocos bloques de hielo en los que descansar. Llegaron a la llanura de Salisbury, al círculo de piedra de Stonehenge construido hace miles de años. Los grupos procedentes de los otros 4 círculos terrestres ya estaban presentes, sentados en el suelo, en círculo, en silencio. También el grupo del Ártico tomó asiento. Esperaban el amanecer, con el sol atravesando el círculo megalítico e incidiendo perfectamente sobre la piedra talón. El aire estaba cargado de energía. Al llegar la luz los presentes se asombraron con la maravilla del rayo de sol entrando a través de los monolitos y advirtiendo de la llegada del verano. Cada círculo terrestre tenía varios representantes de su comunidad. Al terminar el momento mágico los jefes, los únicos que llevaban una larga capa blanca con capucha, se levantaron. El Jefe Mayor explicó que aquel lugar era simbólico, que allí se saludaba el invierno y se recibía una nueva temporada. Explicó también que el espectáculo que acababa de aparecer volvería a presentarse el 21 de junio del próximo año y que el rayo de sol podía entenderse como un mensajero de una vida que se reitera, en círculos que se arrastran, que se abren y se cierran. Terminó así su discurso <Gracias a todos por participar, regresemos a nuestros Círculos Terrestres, que ahora nos distancian y que podrían desaparecer al derretirse los glaciares, todo reduciéndose en un único círculo mayor sin diferencias atmosféricas. Pensémoslo bien y actuemos en consecuencia>. Los participantes se miraron unos a otros sin hacer comentarios y lentamente se fueron.

Raffaella Bolletti

El corro

PABLO PICASSO (1881-1973) La ronde

El despertar le recordó a Paolo que tenía que levantarse si no quería perder su avión. Se separó suavemente del espléndido cuerpo de Francisca. Habían follado toda la noche, una noche explosiva, una noche que no olvidaría en mucho tiempo.

Pero bueno, tenía que ducharse, le esperaban en Roma. Cuando estuvo preparado, lanzó una última mirada al Modigliani, que lo había satisfecho y además era su secretaria particular. Puso tiernamente un beso sobre sus labios púrpura, humedeció con satisfacción su cuerpo que aún sentía el amor y se fue.

Llegó al aeropuerto justo a tiempo, tomó el Milán Roma, para un pasajero habitual como él, no era más difícil que coger el autobús.

Subiendo al avión que iba a tomar, se topó con su colega Julio, un mujeriego impenitente, pensó, saludándole con una gran sonrisa. 

A bordo estaba sentado al lado de una minifalda vertiginosa color beige, tacones de 12 cm, un corpiño blanco ceñido y bien lleno bajo una pequeña chaqueta de color burdeos, un perfume seductor muy almizclado y de largo cabello negro levantado en moño.

— Usted va a Roma por trabajo? preguntó, yo soy Michelle.

Era una ejecutiva comercial de una firma de ropa interior femenina francesa. Al final del viaje, se reunieron en un pequeño restaurante en Testaccio para cenar juntos. Se despertaron en el San Anselmo, el hotel de Michelle, que no estaba muy lejos. Antes de bajar a almorzar, le presentó sus productos haciendo su parte. Con ella, las braguitas, los sostenes y las diversas piezas de lencería femenina se transformaban en verdaderas bombas sexuales. Paolo no resistió, reanudaron los debates de la noche anterior. 

Michelle volvía a Milán esa misma noche para seguir la semana de la moda, Paolo tenía que pasar dos días más en Roma, por lo que le dejó algunas buenas direcciones lamentando no poder acompañarle. Le dio el número de móvil de Julio.

Michelle se preparó cuidadosamente, llevaba un tanga de su colección, un micro vestido de la tarde ampliamente escotado entre los pechos que no permitía sujetador y un maquillaje que requirió por lo menos una hora delante del espejo.

Julio pensó que era él quién debía ligar con ella, para que no se eternizaran en la taberna de los Navigli con los aperitivos. El streap-tease de Michelle en el hotel no duró mucho, la noche fue larga, afortunadamente los desfiles comenzaban sólo por la tarde. Después de un último polvo, Julio se involucró en la oficina donde tenía una cita con la secretaria del jefe, Paolo, su amigo.

No sabía que Francisca y Paolo estaban juntos, por lo demás, si se lo hubieran dicho no lo habría creído, conociendo las aventuras infinitas de su amigo. Francisca además era una recluta reciente de Paolo, estar cerca de ella sería de todos modos útil. Francisca era grande, sus piernas eran largas, la minifalda plisada que llevaba, pasaba por encima de la mesa cuando se acercaba a él, tenía sudor frío. Pronto no pudo resistir, le acarició la rodilla… Una bofetada bien sonante fue el resultado. Para hacer las paces, la invitó al restaurante. Le suplicó, le contó que Paolo y él eran amigos, también compañeros de salidas, y vaso tras vaso, contó sus aventuras, sus conquistas numerosas sobre todo cuando estaban de viaje.

Unos momentos más tarde, Francisca lo llevó a los baños femeninos y prácticamente le forzó en el lugar, si se puede decir así, porque fue más que voluntario. Por desgracia, él también tenía que ir al aeropuerto para volver a Roma. Cuando, a su vez, se topó con Paolo que salía del avión, le contó todo feliz.

— ¡Qué guapa la nueva secretaria!

Jean Claude Fonder

Abre tu puerta cerrada

PABLO PICASSO (1881-1973) La ronde

Desde el patio rodeado de árboles ya se oye la música: 

Abre tu puerta cerrada”… (1)

Escucho la risa cristalina de Isabel antes de verla bailando en círculo, con la mascarilla puesta o quizás colgando de la oreja. 

Que en tu mano está la llave…”  

Nosotros todavía no podemos tomarnos de las manos, por eso se eligieron danzas en círculo en las que se baila sueltos. Pero María y yo, guiñando el ojo, nos saludamos sonrientes con un golpecito de codo, Alberto lanza hacia los amigos que llegan gestos alegres, las miradas de los danzadores resplandecen de vida que vuelve. 

Corro hacia el círculo y empiezo a bailar yo también.

El amor a ti te vela…” 

Fue aquí que la sonrisa de Alejandra enamoró a Sergio: solo estaba feliz cuando bailaba y por eso su vida se convirtió en una danza. 

Partemos rosa, partemos de aquí” 

Tomamos el ritmo, los cuerpos dan vueltas armónicamente sincronizadas, los movimientos de los brazos se funden en el mismo compás, que hincha las faldas largas de colores de Ana y de Rebeca. 

Yo demandi por la tu hermozura

como te la dio el Dió” 

De repente la felicidad me inunda: de verdad me encuentro aquí en el patio y no en el salón de mi casa, y Carlos, Victoria, Laura ya no son imágenes electrónicas en el ordenador sino cuerpos vivos en un círculo, que la música empuja a bailar. 

la hermozura tuya escura

la merezco sólo yo.

En fin, creo que nosotros también merecemos esta hermosura.

(1) Canción sefardí del siglo XV, sobre la que se ha creado la coreografía de una danza en círculo

Silvia Zanetto

Yo soy una ninfea

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

Yo soy una ninfea rosa, flotando en un lago pequeño entre ninfeas azules.

Meditando, meditando, transformándome ahí me quedo: llegan las ninfeas blancas a mi encuentro y las espero con alegría. Hace mucho calor, pero el agua nos refresca evaporando el sol. Mi Alma se encuentra allí con el gran pintor.

Simonetta Ferrante

Reflexiones

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

Era uno de esos días en los que lloraba como una Magdalena. Ya le había ocurrido varias veces. El dolor era el causante de todo, parecía sepultado, pero en realidad sólo estaba escondido en un lugar secreto, preparándose para morderla, listo para el ataque. Aquel atardecer, estaba sentada en el césped del jardín detrás de la granja, cerca del estanque. Había algo especial, algo tranquilizante en quedarse mirando a las ninfeas que flotaban sinuosamente en la superficie como en una danza. Pero el llanto la sorprendió otra vez. Se acercó un poco más al agua, inclinando el cuerpo, su largo pelo casi acariciando las flores mientras algunas lágrimas caían en el estanque. Miró al agua sin reconocer su propio reflejo, identificándose entonces con uno de esos sauces llorones plantados en la orilla. En el estanque también había manchas de colores como las nubes rosadas en el cielo medio nublado de ese atardecer. Desearía hundirse allí, mezclándose con los azules y los verdes desapareciendo de manera que nadie pudiera dar con ella. Por siempre jamás. De pronto se acordó de una expresión de un famoso poeta “Dale palabras al dolor. El dolor que no habla susurra al corazón oprimido y le dice que se rompa”. Pero ahora las palabras, sobraban en este lugar encantado, no las necesitaba. Sin embargo, las palabras llegan cuando quieren y de hecho alguien estaba hablando, o así le pareció a ella: <Mírame por favor. No llores y escucha. Por la tarde me hundo en esta agua sucia, pero al amanecer nazco sin impurezas para lucir mi mejor traje rosado, con hojas verdes y, puede que tú no lo sepas, pero también tengo piernas. Bueno, sólo una, pero larga y bonita, un tallo que se hunde en el barro del estanque y que me atrapa en el fondo. Aquí bloqueada, sin poder ir a ningún sitio. Tú no eres yo. Tú eres libre. >

Así que levantó la mirada. El sol poniente aparecía y desaparecía, jugando con los colores y las sombras. Quizás debería regresar a casa. ¡Pero aún no! Tenía que disfrutar de los colores. El agua y el cielo reflejándose uno en el otro. Y ella reflejándose en la ninfea, cortó el tallo que la bloqueaba y empezó a dar palabras a su dolor.

Raffaella Bolletti

Claudio y Claude

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

Sacaban fotos.

No salían de casa, pero sacaban fotos, como si quisieran concretar en imágenes unos átomos del tiempo cristalizado en el que ya no vivían.

Copias electrónicas se difundían a través de las redes sociales, de los mensajes que explotaban en los móviles. Les sacaban fotos a los perros, a los gatos, a los niños en los columpios, a los platos que se habían lanzado a cocinar con recetas nuevas, a sus bicicletas estáticas en los cuartos, a las pantallas de los ordenadores donde se encontraban “rectangulados” con sus amigos convertidos en ectoplasmas, a las páginas amarillentas de viejos libros. Y las compartían, hasta saturar la red.

Claudio sólo le sacaba fotos a las flores. 

No tenía un vergel privado, pero en los alféizares de sus ventanas estallaban los matices de color de decenas de orquídeas: un desafío vital y desmesurado a las tristezas de los telediarios y a la angustia del “homo homini virus”. El balcón era su “puente japonés” sobre el jardín de la comunidad, desde el que él hacía volar su espíritu por las ramas de los cedros atlánticos, hasta olfatear las magnolias y jugar con las tórtolas y los mirlos que nidificaban entre el verde tierno de aquella primavera tan extraña.

No hacía falta ir tan lejos para dar con la belleza, pensaba. Bastaba con saberla reconocer. Hasta un gran artista como Monet, en los últimos años de su vida, había elegido como única fuente de inspiración su jardín acuático en Giverny, al que se dedicaba con una pasión paternal. Incluso decía que su más bella obra maestra era su jardín.  El esplendor de sus ninfeas blancas y rosadas, frágiles y perfectas, los reflejos infinitos de los azules del estanque, las hojas planas de esmeralda, las ramas verdosas de los sauces habían sido suficientes para inspirar la creación de 250 obras de arte, cada una con su magia particular.

Hoy, después de más de un año de confinamiento, vuelven a abrir los museos y por primera vez Claudio se atreve a visitar una exposición. Le tiembla la respiración, sus manos sudan, pero sus ojos vuelven a vivir, aun sobre la mascarilla. Por fin, el cuadro está aquí, delante de sus ojos, magnifico, llenándole el alma de una paz infinita: Ninfeas azules de Monet.

Silvia Zanetto

Dentro del cuadro

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

Abro de nuevo los ojos e intento concentrarme en los colores. Desde aquí puedo ver los azules del cuadro flotando en la pared frente a la cama. Veo todo borroso a causa del intenso resplandor que reina en este lugar y que me obliga a abrir y cerrar los ojos continuamente. De tanto parpadear se me caen las lágrimas lo que no me impide, en este blanco y húmedo ofuscamiento, reconocer los trazos de nuestro lienzo preferido, las Ninfeas Azules de Monet. Me digo que ahora la tarea consiste en concentrarse. Por eso me esfuerzo una y otra vez en rotar la mirada a pesar del dolor agudo que me atraviesa las cuencas oculares. Por otro lado, si quiero despertar es necesario que entre en el paisaje. Aprieto el entrecejo como si desde el tercer ojo pudiese lanzar una especie de rayo telescópico con el que develar las formas sumergidas en las oscilaciones del estanque. Pienso en ti Blanche, eso está claro, y en la hijastra del pintor que llevaba tu nombre y que fuera también nuera y discípula. Imagino sus furtivas pinceladas, las esquirlas de luz que con ardor filial derramaba desde sus pupilas en la ceguera del viejo pintor. Trato de enfocar la fosforescencia de nubes reflejada en el agua. Vuelvo a parpadear. Me pregunto si los que entran y salen de esta pieza se detienen alguna vez delante de la tela. Si conocen la antigua sacralidad del loto azul, el poder de las guirnaldas florales que acompañaban el viaje de los faraones al más allá. Si acaso alguien se pregunta por la obsesión que pueden desatar los nenúfares en la visión temblorosa de un anciano, si han jamás sospechado de nuestra tardía, reservada pasión. Los pensamientos me asaltan mientras intento concentrarme en los colores. ¿Quién es más ciego, el que ha perdido la vista o el que mira sin ver? Pienso en ti Blanche, mi bien amada, te veo envuelta en el follaje de Giverny ¿es recuerdo o ensueño? Y pensando en ti fantaseo con las ninfas, espíritus acuáticos que ambos sabíamos ocultos bajo el fulgor lechoso del estanque y que, en el intenso resplandor que hoy me rodea, intuyo cada vez más cercanos. Vuelvo a rotar los ojos, otra vez y otra vez, intento orientarlos hacia los violetas, el índigo, los cobaltos. En esta enceguecedora claridad observo el cuadro. ¿O es solo la emoción aflorando como flor de loto en mi memoria? Decía, despertar es penetrar el paisaje. Por eso abro y cierro los ojos, aunque haga mal, aunque duelan las órbitas y se llenen de lágrimas. Para entrever por fin, bajo el ramaje invertido de los sauces, las formas de las divinidades danzando en torno a Blanche que ahora avanza cubierta de guirnaldas. Blanche que me extiende los brazos y me arrastra en el azul profundo del estanque, mientras al pie de la cama alguien solloza y una voz monótona repite que es común en los estados comatosos la espontánea actividad ocular.

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Adriana Langtry

La hermosura

CLAUDE MONET (1840-1926) Ninfeas beues – Musée Marmottan

— ¡Qué belleza! —Oí detrás de mí.

Me volví lentamente. Quedé atónito. Una hermosa dama vestida de azul, – un pequeño vestido de verano apretado en la cintura y ligeramente hinchado, un gran sombrero verde botella, un pequeño racimo de flores rosas colgadas en la parte superior del vestido, zapatos del mismo color -observaba el cuadro por encima de mi hombro. Sus cabellos casi grises rodeaban una cara aún joven con unos ojos de un azul sorprendentemente profundo que destacaban sobre un lápiz labial rosa. El mismo rosa que eligió Monet para pintar los ninfeas azules del museo Marmottan.

Cuando vio que yo la detallaba, se alejó rápidamente y desapareció después de unos momentos.

Sentí que estaba soñando y que acababa de despertar. Esta mujer encarnaba el cuadro que más amaba. La armonía de sus colores era única, siempre me gustaron las ninfeas de Monet, hay muchos pero el del museo Marmottan me conmocionaba.

Regresé al día siguiente, estaba en París por unas semanas como parte de un proyecto de la empresa donde trabajaba. Esperaba volver a verla, pero debo decir que no me acordaba bien de sus rasgos, cuando pensaba en ella, era el cuadro que veía, esta audaz armonía de color, el azul, el verde, el gris y el rosa como un solista que dominaba mis recuerdos en este virtuoso cuarteto.

Evidentemente, la escena del día anterior no se repitió, dejé por un momento el cuadro, esas ninfeas que me obsesionaban. Fui a sentarme en un banco en el parque vecino. Me parecía que conocía a esta. Varias veces durante mi carrera pasé algún tiempo en París, en nuestra filial, era entonces que frecuentaba con frecuencia el museo Marmottan, llevaba allí a algunos colegas. Una imagen se precisó en mis recuerdos, a una colega de grandes ojos azules y de cabello largo y rubio, también le gustaba Monet, había tenido una aventura con ella y, y… sí, era ella la mujer que vi ayer, los ojos eran sus ojos.

Ella se sentó a mi lado y me abrazó impúdicamente, su perfume voluptuoso y sensual me embriagó definitivamente.

Jean Claude Fonder

El partido

Llueve a cántaros, el cielo está oscuro, la habitación donde escucha la radio está sumergida en la oscuridad. Escucha el rumor rugiente de los espectadores que trasciende la voz envuelta del periodista que, como si fuera un solista, dialoga interminablemente con su orquesta. De vez en cuando un grito del orador destaca un acontecimiento que provoca al público. El cual responde con gritos salvajes, trompetas o entona en voz alta canciones populares. 

Ella teme sobre todo los goles que detonan como un cañonazo en medio de la pelea a los hinchas que están furiosos y que, si pudieran, se precipitarían al campo para participar en los abrazos, las carreras, los saltos y la locura de los jugadores que, a su vez, tienen gestos de orgullo que se asemejan a los de un gorila que golpea con sus puños su torso desnudo en señal de orgullo.

Pero lo que más le asusta es cuando un árbitro odiado sanciona a un jugador y una mitad del estadio se levanta contra la otra, los gritos no se detienen, las invectivas llueven y se puede temer enfrentamientos asesinos.

Ella enciende la luz, como para poder olvidar esos momentos horribles. 

María sabe de lo que habla. Cuando conoció a Paolo servía en una de esas cervecerías que rodean el estadio donde ríos de cerveza fluyen para dar de beber a los que celebran la victoria y a los que lloran la derrota. Esa noche, él y sus amigos se consolaban de un desastre atroz que podría hacer descender a su club a una división inferior. María se había ofrecido a llevarlo a casa, no estaba en condiciones de volver. Ella tuvo que defenderse ante su ebriedad agresiva, pero como él era guapo y ella lo quería, lo llevó a su casa.

Hicieron el amor por la mañana, después de ducharse juntos. Fue maravilloso y poco después empezaron a salir.

Ella lo acompañaba a los partidos de los domingos, aunque no entendía nada de este juego que le irritaba y rechazaba el clima de violencia que la rodeaba. Dejó de ir cuando una noche después del partido había sido víctima de una escena excesiva, debido a la agresividad del grupo de amigos del que formaba parte Paolo. Pretendían de su parte favores que no podía conceder. Se había escapado a su casa y se había encerrado en su habitación. Paolo volvió furioso, intentó forzar la puerta, pero afortunadamente sus amigos se lo impidieron. Al día siguiente, con Paolo, vinieron a disculparse.

“Goooool” se oye en la radio.

¡El equipo de Paolo ha perdido el derbi contra el equipo contrincante! 

Es horrible, piensa ella, se irá de bares y volverá borracho. Así que se encierra, como cada vez, en su habitación con una silla que bloquea la puerta. Pero está asustada. De hecho, él llega tarde y los ruidos que oye no presagian nada bueno. Tocan con rabia la puerta y de repente escucha un ruido sordo, golpean la puerta para derribarla. Tiene que huir absolutamente, pero ¿por dónde? La habitación está en el primer piso, no puede tirarse por la ventana. La puerta se tambalea con los golpes repetidos. Va a ceder.

—¡Socorro! — Grita.

Es entonces cuando se despierta, el sol inunda su habitación, un hermoso sol de primavera. 


Huir del sueño es despertar.
Cita de Henri-Frédéric Amiel; Diario, 25 de abril de 1879.
Jean Claude Fonder

Rosas de lana

Afuera hay luz todavía. La hora legal retrasa la oscuridad.
¿Es viernes?… No, quizás es sábado...
Los días se mezclan como los ingredientes de una tarta. Todos con el mismo color, todos con el mismo sabor, el sabor de la ausencia.
¿Adónde huyeron estos meses de vida no vivida?
¿Dónde estarán todos aquellos abrazos hechos únicamente con la mirada?
¿Podré rescatarlos?
¿Me devolverán aquellos momentos secretos en que los dos intentábamos desatar los nudos de la vida?
¿Logrará mi cabeza recobrar su orden después de la invasión de miles de telediarios y múltiples versiones?
Se fue un invierno, y después otro invierno, y ahora otra primavera.
¡La huida más grande del siglo!
¿Y yo?
Yo sigo haciendo rosas de lana.

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Iris Menegoz

Por eso, ahora me voy

“Mi madre, por supuesto, no estará de acuerdo” pienso, mientras pongo lo esencial en una maleta.

Nunca lo estuvo: desde el principio él no le cayó bien. No esperaba que se hicieran amigos: eso habría sido pedir demasiado, pero al menos confiaba en que lo tratara con respeto.

Pero a ella nunca le gustó y sigue sin gustarle.

A mí, en cambio, me enamoró enseguida.

Ni siquiera me fijé en el color gris de su pelo y de su barba. Me deslumbró la luz oscura que vi brillar en sus ojos mientras hablaba de su viaje a África. Me encantaron las palabras verdes y azules de ríos y valles lejanos, que su voz me acercaba y hacía reales.

Me sedujo su mirada, en la que atisbé en un solo instante toda una vida que yo ni siquiera había imaginado, y que entera estaba allí, en su primera sonrisa.

Todo en él prometía una existencia diferente: su sombrero de viajero, que no se quitaba ni en casa, su camisa arrugada que siempre parecía recién sacada de una maleta mal hecha, los gestos anchos de sus manos que me llevarían de mi sosa vida hasta un mundo desconocido…

Creo que fue un flechazo. Ni siquiera tuve el tiempo de olvidarme de los chicos que había frecuentado antes, no hizo falta: ya no existían estos amorcitos pachuchos. Si me hubiera parado a pensarlo, me habría dado cuenta de que a ellos les había entregado sólo la cáscara de mí misma.  Pero ahora toda mi anodina vida anterior ya no existía.

Al principio, creo que él se enamoró de mi amor, del halago que le producía verme tan hechizada, de las tardes delante al fuego, de los paseos por la orilla del río, siempre escuchándole. 

Pero una tarde me tomó la cara entre sus manos, fuertes y cálidas, y me dijo -Ahora, habla tú. 

Y eso fue el amor.

—Pero ¡Gabriela! ¡Si es más viejo que tu padre!  —me regañó mi madre. — ¿Qué pretendes hacer de tu vida?  ¿Hacer de enfermera?  ¿Quedarte viuda pronto? ¡Con lo joven y guapa que eres! ¡Con la de pretendientes que tienes, y tu vas a salir con ese… ese anciano! -me escupió en la cara.

Por eso, ahora me voy.

Todo lo más, mi madre se enfadará conmigo, con él, con el mundo… en fin, ¿qué más da?  Nuestras discusiones son añejas. Por nada que le diga, siempre se irrita: por una vez, tendrá una buena razón para enojarse.

Me voy sin despedirme, llevándome solo unas pocas cosas en mi maleta pequeña.

Grandes serán los paisajes de viento y de sol que atravesaremos juntos; largos serán los días cabalgando en la sabana, mirando el horizonte; lentas serán las tardes, sentados en el porche, esperando la puesta del sol detrás de las acacias…

Hasta que nos parezca tarde. 

Silvia Zanetto

La fuga

La vida de Cristina había llegado al tope, su carrera profesional estaba proyectada hacia un futuro luminoso y ella transcurría todo el día entre su oficina en el distrito policial y el tribunal donde actuaba como abogada.

Su último caso le había dejado un malestar que después de un mes aun la agotaba.

Cuando su compañera del colegio la llamó por un repatriado pensó que un largo fin de semana en una casita de campo, cerca del lago, la ayudaría a recuperarse.

Sin pensarlo llamó a su jefe comunicándole que ese fin de semana se tomaría algún día de descanso y regresaría el lunes; fue a su habitación a cambiarse y a preparar un maletín con lo necesario para esa temporada de descanso y salió con su coche.

Finalmente alcanzó el pueblo donde vivía su compañera, un lugar totalmente aislado, al borde de un bosque. Las instrucciones recibidas le indicaron el hostal donde pasaría la noche. El programa era muy rico y al día siguiente organizaban una búsqueda del tesoro.

Por la mañana se presentó con una mochila y, a quien le preguntaba, decía que necesitaba un cambio de ropa por si acaso se caía al arroyo. El grupo de compañeras se marchó y a los pocos pasos empezaron a dividirse, siguiendo diferentes caminos. 

Cristina se aseguró de que nadie le seguía, se cambió de ropa, se puso una peluca encontrada en el cesto de los objetos perdidos que estaba al lado de la conserjería, y se dirigió hacia la pequeña estación de trenes. Subió en el primero que paró y, al llegar a la primera ciudad, salió para cambiar otra vez su destino. Al final del día estaba a unos quinientos kilómetros. Compró unos vestidos grunge en una tienda de ropa usada, luego entró en el servicio de una cafetería muy grande donde nadie le haría caso, se cortó el pelo, lo tiñó de un color castaño y se cambió la ropa. La nueva Cristina estaba lista.

Se alojó en una pequeña pensión y, tras dejar sus cosas, decidió dar un paseo por el pequeño pueblo donde le parecía respirar un aire nuevo. Su mirada se paró sobre el cartel expuesto en el escaparate de una tienda de flores: buscaban una ayuda para preparar el festival de las flores que empezaría dentro de un mes. Entró en la tienda buscando más información; el dueño, un joven muy amable, con una sonrisa cálida, le explicó que el festival atraía a mucha gente y era muy divertido ya que se organizaban juegos y venían muchas atracciones. La persona a la que buscaba le ayudaría en la organización y también en el arreglo floral; Cristina le dijo que si y se acordaron para que empezara a la mañana siguiente.

Ahora solo necesitaba un lugar donde vivir, no le gustaba quedarse en una pensión anónima; entró en una cafetería para tomarse un refresco y pensar en los pasos a seguir. Mientras esperaba a la camarera, oyó la conversación de dos señoras sentadas en la mesa a su izquierda; la mas anciana ofrecía una habitación en cambio de compañía y de algún servicio. Se presentó, intercambiaron algunas palabras y la habitación fue suya.

A lo largo de dos días su vida había cambiado completamente; la fuga desde su viejo trabajo agotador se volvió en un nuevo inicio.

Elettra Moscatelli

Fuga de la realidad

¿Quién nunca ha sentido la tentación de escapar de la Realidad? Se puede hacer solo durante los sueños, pero al despertar todo vuelve a aparecer como es.

La vida es una batalla constante y es hermosa por esta misma razón, a fin de cuentas no se puede sentir felicidad sin antes haber sentido dolor.

Ciertamente hay momentos terribles en los que a uno le gustaría huir, pero se deben tener en cuenta las probabilidades  de ser víctimas, pensamos que somos los arquitectos de todo, quien creó el mundo  nos ha dejado libres para actuar.

La única forma de no tener que escapar de la realidad es explotar la belleza que nos rodea en cada lugar y en cada circunstancia y, sobre todo, luchar por encontrar la solución y sentirnos en paz con nosotros mismos.

Leda Negri

¡A la fuga!

Picasso – La muerte del torero, 1933

Fin de semana. Mañana va a ser domingo y se celebrará una gran fiesta, o por lo menos eso es lo que dice la voz traída por el viento, aquí en esta valla que comparto con otros compañeros de aventura. Estamos esperando desde hace unos días. La voz ha dicho que sólo elegirán a algunos de nosotros para participar en este evento y todos estamos ansiosos por conocer los nombres de los afortunados. Parece que una muchedumbre de personas asistirá aclamando, gritando con pasión y tirando flores. Parece que un hombre lucirá un traje de luz de color oro o plata, muy elegante, para recibirnos, y llevará una muleta de color rojo puesto que se cree que este color llama nuestra atención; de hecho, a mí me da igual. Habrá otros hombres llevando algo que llaman banderillas. No sé lo que son.

Un día más; de verdad espero ir de viaje a Las Ventas en Madrid. Por fin han decidido. Vamos a salir, yo y otros cinco compañeros. El viento sigue soplando muy fuerte, y me parece tan engañoso. Me trae esa voz que dice que tengo que tener cuidado. ¿Pero cuidado de qué? ¡Estoy tan animado! Es mi estreno en sociedad.

Gordito va ser el primero a salir al ruedo. La gente silba y grita un nombre. El espectáculo ha empezado. Ha transcurrido ya bastante tiempo, y Gordito aún no regresa. La gente repite un nombre, lo aclama una y otra vez. ¿Qué pasa?

Atrevido es mi nombre y realmente lo soy. En este momento estoy recibiendo palizas con sacos de arena, me duelen mucho, no entiendo por qué puesto que me estoy portando bien. Ahora van a abrir la puerta de toriles, me toca a mí salir al ruedo. La voz me persigue: <date prisa, date cuenta de que estás en peligro, no te hagas el héroe>. De pronto al entrar en la arena todo se hace evidente. ¡Qué estupidez pensar que fuera una fiesta! debo de estar completamente loco. Claro está que se trata de un espectáculo sangriento y cruel. Siento que se desvanece instantáneamente la alegre excitación causada por mi ingenuidad de joven novillo. Entonces sorprendiendo al público, que se queda callado, a los picadores y sobretodo al hombre del traje de luz, rompo el vallado y me doy a la fuga. Cruzo calles y avenidas corriendo sin saber para donde estoy yendo. Quisiera llegar a los recintos del campo y avisar a todos de lo que pasa en estas fiestas, quisiera retomar mi libertad y celebrar el peligro evitado, y sobretodo quisiera agradecer a la voz que me había llamado a la realidad. Un viento fuerte sigue soplando en la ciudad, pero ahora sólo trae voces gritando ¡Toro a la fuga!

Raffaella Bolletti