
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:

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— Marina, ¿Quieres ser madre cuando nos casemos, verdad?
— ¿Después de una semana, dices, Pablo?
La sonrisa de su novio se transformó en una risa, la abrazó y ella también le echó los. brazos al cuello y se puso a reír.
— Claro que sí… Deseo mucho que tengamos niños… Pero el año que viene. La próxima semana por fin vamos a vivir juntos, tú y yo, pasando cada noche en la misma cama, voy a cocinar por ti, podremos pasar todo el tiempo libre juntos, ¡solo tú y yo!
—Yo también opino lo mismo. Además, quiero pasar contigo unas vacaciones especiales, después de la boda… ¡Vamos a convertirnos en padres dentro de un año!
Después de ese año especial, concentrado en la feliz convivencia de Marina y Pablo, decidieron vivir en compañía de un niño que naciera de su amor, y con el carácter agradable de los dos… Pero pasaron meses, y el niño no lograban crearlo… Cada mes Marina tenía el ciclo menstrual y descubría que no se había quedado embarazada, cada vez más preocupada y decepcionada.
Según el médico, no había problemas: seguro que, dentro de poco ese hijo, tan deseado y ya querido por los dos, llegaría…
— ¿Qué nos va a pasar, Pablo, si no logramos tener el niño?
— ¡Confía en lo que nos ha dicho el doctor, querida!
Así que, después de otro año, cuando Marina se quedó embarazada, se lo contaron a todos: ¡no solo a su doctor, a sus padres y a sus hermanos, no solo a sus mejores amigos, sus compañeros de trabajo, sus vecinos de casa, sino a cualquiera! La gran sonrisa de los dos se había hecho radiante, y ya estaban comprando su cuna, el cochecito, la ropa para bebés…
Marina no se sentía físicamente bien durante los primeros meses de embarazo, pero luego se sintió mejor, y cuando volvió al médico, satisfecha de no tener dolores de vientre ni muchísima náusea, se sintió todavía más feliz, porque su embarazo iba muy bien…
Marina se convirtió en madre y Pablo en padre: nacieron Elisa, luego Carmen, y también Andrés… y ¡su vida fue feliz!
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Mi madre tenía una pequeña caja de madera que guardaba siempre en el cajón de su mesita de noche. Cuando era niña, le preguntaba qué había dentro.
—Es un secreto —respondía sonriendo—. Algún día lo sabrás.
Después de su muerte, encontré la caja.
Dentro había una fotografía de ella, muy joven, y una pequeña concha de nácar, blanca y brillante, que parecía guardar una luz propia.
Le di la vuelta a la fotografía. En el reverso, con su letra, había escrito:
«La madre es como la madreperla: convierte una herida en algo hermoso.»
Me quedé mucho tiempo mirando aquellas palabras.
Entonces recordé sus manos. Las manos que me habían acariciado la frente cuando tenía fiebre, que habían cosido mis vestidos, preparado mi comida y secado mis lágrimas. Recordé también las veces que la había visto triste y, al preguntarle qué le pasaba, me había respondido:
—Nada, cariño. Estoy bien.
Ahora entendía que no siempre había estado bien.
Había tenido sus propias heridas, como aquella pequeña partícula de arena que entra en una ostra y la obliga, poco a poco, a cubrirla de capas de nácar para protegerse del dolor.
Quizá mi madre había hecho lo mismo durante toda su vida.
Había cubierto sus heridas de paciencia, de ternura, de sonrisas. Y con ellas había construido algo precioso: mi infancia.
Apreté la concha contra mi pecho.
Por fin comprendí por qué había escrito aquella frase.
Madre.
Madreperla.
Dos palabras tan distintas y, sin embargo, tan cercanas.
Porque una madre también puede ser eso: alguien que recibe el dolor, lo transforma en amor y, sin decir nada, deja en nuestras manos algo que seguirá brillando mucho después de que ella se haya ido.
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En enero de 1916, en un pequeño pueblo de Friuli, nació Anna (mi madre). Su padre, que entonces tenía veintisiete años, estaba en la guerra en los montes del Carso. Con motivo del nacimiento, el regimiento le concedió dos días de permiso. La vio, la besó y se marchó. Ocho días después murió en el monte S. Michele. Este podría ser el final de una triste historia, pero es solo el principio.
En aquellos tiempos, los pechos de la madre de Anna (la abuela Giuditta), rebosante de rica leche, eran un bien preciado. Entre la rica burguesía véneta, las neo madres dejaban sus recién nacidos en manos de nodrizas. Para no estropear sus tetas o, quizás, como forma de prestigio. Así la abuela Giuditta se marchó dejando a la pequeña Anna y a su hermanito de tres años, a sus viejos padres (mis bisabuelos) y a una vecina que había dado a luz más o menos en el mismo periodo y que se convirtió en la madre de leche.
Anna vivió toda su vida en el pueblo sin padre ni madre porque su madre, una vez terminada su labor como nodriza, pasó el resto de su vida cuidando hijos de familias ricas como ama de llaves. Este trabajo le permitió mantener a toda la familia que había dejado en el pueblo.
Anna era una niña inteligente y vivaz. Cursó la escuela primaria sin obtener resultados brillantes, pues le costaba adaptarse a la disciplina y a las horas que debía pasar sentada inmóvil en un incómodo pupitre de madera.
Aprendió a bailar desde muy pequeña y se unió al grupo de danzas folclóricas del pueblo. Tenía además una voz preciosa. El coro “La betulla”, orgullo del pueblo, la quería entre sus filas. Pronto aprendió a bordar y a coser, logrando así insuflar nueva vida a las prendas desechadas por las jóvenes ricas que le enviaba su madre.
Eran los primeros años de 1930.
Anna empezó a trabajar en el taller de sastrería del pueblo. Era una adolescente alta, delgada, con piernas perfectas. Siempre dispuesta a sonreír y reír. Tenía un agudo sentido del humor, irónico y a veces mordaz. Con sus amigas asistía a todas las fiestas de la zona y sus alrededores, bailando y dejando resonar su risa cautivadora.
Era el año 1936.
Anna tenía veinte años.
Muchos pretendientes y un casi novio con intenciones serias, pero nadie había logrado conmover su corazón. Hasta que llegó Umberto, mi padre. Fascinante, 10 años mayor que ella y con fama de mujeriego. Como dicen las novelas por entregas fue “amor a primera vista”.
Se casaron un año después. Tres días de luna de miel en Venecia. Recuerdo que mi madre siempre me contaba que de Venecia no vieron casi nada, recordaba solo el techo de la habitación del hotel.
Como la mayoría de los friulanos de la época, Umberto pensaba en emigrar. La abuela Giuditta, que entonces trabajaba en Milán para la misma familia adinerada cuyos hijos había criado, se opuso con terquedad a la idea.
En poco tiempo encontró un trabajo para Umberto y un pequeño apartamento de alquiler de 40 metros cuadrados en Milán. Allí nació mi hermana en 1939 y yo misma en 1945.
Han pasado más de 80 años, pero aún puedo oír su risa y ver su tierno rostro a través del humo de su imprescindible cigarrillo.
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En un pequeño pueblo, donde el río serpenteaba lento y las casas parecían susurrar historias antiguas, vivía Matilda, una maestra jubilada. Ahora era una mujer muy mayor, conocida simplemente como «la madre» por la manera en que su amor envolvía a todos los que la conocían. Matilda nunca conoció a la mujer que la dio a luz, y para ella «madre» era la mirada paciente de la mujer que la adoptó y de la que aprendió que el amor se construye cada día. Los habitantes la consideraban la herencia y la tradición, una “memoria histórica” del pueblo. Era por eso que los padres animaban a sus hijos a pasar un poco de tiempo con ella para que les contara las historias o anécdotas del pasado.
Fue así que un día decidió contarme lo que le habían referido dos chicas sobre la palabra madre, palabra que tenía diferentes significados.
Me llamo Rocío.
Mi madre me parió en la madrugada de un día de lluvia. Non es cierto que los recién nacidos no entiendan, y por muy improbable que pueda parecer recuerdo una voz, suave y al mismo tiempo cansada, que susurraba “Es la mañana más hermosa de mi vida”. Era la voz de mi madre.
Abrazándome me envolvía cuando el mundo parecía demasiado complicado, incomprensible, peligroso, cuando una rodilla raspada o un corazón roto necesitaban solo un refugio, un puerto seguro en sus brazos.
Dedicaba su tiempo a mí, los días y las noches con una paciencia infinita. Las meriendas preparadas con amor, las lecciones repasadas a la tenue luz de la lámpara, su incansable trabajo para ayudarme a construir una base firme bajo mis pies.
Relataba mis orígenes, mis raíces, enseñándome de dónde vengo. Me hablaba de su madre, y de la madre de su madre, contando historias, canciones y recetas antiguas que formaban una especie de collar de perlas preciosas.
Eternidad, ese vínculo no conoce el fin.
Ahora, cuando la veo con canas en el cabello y la misma sabiduría en la mirada, sé que su amor es la única cosa eterna que he tocado. Rocío
Yo soy Inés
Mi madre también me parió en la madrugada de un día, pero un día de sol. No tenía una voz suave, sino estridente, chillona con la que me informó enseguida que no estaba muy dispuesta a mimarme.
Así que crecí bajo el peso de esa sombra. Su amor me parecía una jaula. Aprendí a sonreír cuando sentía ganas de llorar, a obedecer cuando quería rebelarme. Me concedía un poco de cariño solo cuando me comportaba exactamente como ella esperaba. Aprendí que ser yo misma iba a chocar con su indiferencia.
Despreciaba cualquier cosa que hiciera o dijera. Mi madre siempre tenía una forma de torcer mis palabras, de hacer que mis sueños parecieran tontos o imposibles. Cada elección que hacía era sometida a su escrutinio, retorcida hasta que parecía un error.
Rencorosa, este es el adjetivo adecuado para ella. Guardaba cada desacuerdo, cada acto de rebeldía adolescente para utilizarlos en discusiones con sus amigas, como prueba de mi ingratitud.
Egoísmo. Su mundo giraba alrededor de sus propios deseos. Mis necesidades eran una distracción, mis crisis, un inconveniente. Aprendí a ahogar mi llanto para no molestar su paz.
Al final para mí, la palabra madre perdió su significado, no me evocaba calor ni refugio, sino una cárcel perfectamente construida con manipulación, desdén, rencor y egoísmo y sin amor.
Mi verdadera madre podía ser la tierra bajo mis pies, húmeda y fértil, que sostenía las raíces del viejo roble en el jardín de la escuela. Era paciente, generosa, y en su silencio contenía el secreto del crecimiento. O también la madre Patria, mi nación de origen, una entidad vasta y a veces abstracta, hecha de historia, banderas, con un sentimiento y una carga afectiva profunda que podía henchir el pecho de orgullo. Inés
Rocío e Inés asistieron a las mismas escuelas y la misma universidad, volviéndose muy amigas Poco a poco Rocío ayudó a Inés a considerar la palabra madre desde una perspectiva diferente y, al final, a pesar de todo, Inés se dio cuenta de que madre era la mujer que daba la vida, la que enseñaba a caminar y cuyo abrazo curaba cualquier rasguño. Era un sustantivo propio, único y lleno de calor. Ese calor y ese amor que Inés nunca había recibido.
Por fin comprendieron que el verdadero significado de madre no está en el diccionario, sino en el acto de sostener, de nutrir, de dar forma a la vida desde la sombra, sin pedir nada a cambio. Madre es, al final, sinónimo de origen. De donde venimos todos, de una forma u otra.
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— Lo ves, ella me da patadas.
— Ella se mueve, seguro, pero crees que son los pies.
— No lo sé, pero lo importante es que ella quiere salir.
El médico predijo que Fabienne nacería hace dos días, pero ella se hizo esperar. En cualquier caso, había planeado que María entrara a la clínica esta noche. El peso y la altura del bebé ya no permitían esperar más. María tenía una necesidad desesperada de verla, tocarla, amamantarla.
Ella había pensado en todo, las pequeñas prendas llenaban los armarios, pero también todos los accesorios necesarios, habían asaltado las tiendas especializadas y luego la madre de Juan y todos sus amigos habían contribuido. El apartamento estaba lleno.
El proyecto nació antes incluso de que se casaran. Habían huido juntos a Spa, la famosa y célebre ciudad termal. María ya trabajaba en un internado cerca del pequeño pueblo en una colina. Habían alquilado un local para estudiantes, pero la primera noche lo habían pasado en el hotel. Juan, que había decidido acabar con la vida desordenada que llevaba en las Facultades universitarias de Namur, quería casarse con María, en aquella época, en los años 60, para convivir, no había alternativas. Y querían tener un hijo de inmediato para consolidar su amor y que todo el mundo lo supiera.
Estaban convencidos, Fabienne fue concebida esa noche.
María tiene mucho miedo del dolor, y sin embargo lo que la había convencido cuando aún dudaba de Juan, pues tenía mala reputación, era un seductor, fue ese extraño deseo en un hombre de querer un hijo, e incluso más, prefería tener una hija.
El ginecólogo la había tranquilizado, lo más pronto posible la anestesiará durante el parto. Asistieron, por supuesto, a los cursos que preparaban a las parejas para esta aventura que no podía considerarse peligrosa.
Hubo que aplicar anestesia e incidir la membrana, pues la cabeza de Fabienne buscaba salir y se corría el riesgo de desgarramiento. El médico dio la autorización al anestesista. María no había podido evitar el sufrimiento provocado por las primeras contracciones y el esfuerzo casi insoportable de empujar al niño en el canal pélvico. Todos los médicos y enfermeras se unieron a Juan, el padre, para apoyar a María durante su trabajo. La liberación está cerca ahora, ella puede descansar.
Cuando se despierta en la pequeña habitación clara, su mirada es elocuente, desea a su bebé. Fabienne duerme en una pequeña cama alejada. Juan está con ella. También está un poco cansado, tuvo que ayudar a la matrona a lavar al niño, vestirlo y ponerle en la muñeca una pequeña pulsera de identificación. Todo esto fue bastante rápido, ya que se había procedido a una anestesia ligera y de corta duración. Rápidamente, agarró a Fabienne y se acercó a la cama. Él desplegó las sábanas y colocó al bebé sobre el pecho de María. Sin dudar, Fabienne, como si ya hubiera aprendido, pone su mano sobre el seno y agarra el pezón con la boca pequeña abierta. Su mirada brillante plantada sobre los ojos azules y tiernos de su madre que ya se había levantado para ayudarlo a mamar mejor.
María continuó amamantando, después de su permiso de maternidad, el mayor tiempo posible. Tenía leche en abundancia.
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Desde antes de nacer ya era yo un caso raro. Para empezar, no me trajo, como a los demás niños, una cigüeña desde París y, además, el día en que nací, mi madre no estaba en casa. «Salí un momento —se excusó avergonzada— a casa de una vecina», y cuando regresó se encontró con la sorpresa. A mí, que nunca me han gustado los dramas, en vez de llorar, me armé de paciencia y me puse a jugar al ajedrez en tanto que la esperaba. La matrona, que era una señora muy seria y vestía de negro, le aseguró a mi madre que aquello no era normal, pero mamá se lo tomó a risa y sentándose a mi lado, se puso a hacer ganchillo.
Y cuando un poco más tarde llegaron mi padre y hermanos, todos se pusieron muy contentos y hasta brindaron con una botella de zarzaparrilla.
«A ti te trajo un águila calva, desde Oklahoma», me contó cuando fui un poco más grande. «Cosas de tu padre, que siempre fue muy moderno».
El caso es que, al principio, como consecuencia de ese origen, solo hablaba en inglés y no me entendía con ningún otro niño porque todos lo hacían en francés, mirándome como si fuera un bicho raro. Pero mi madre no se daba cuenta porque no sabía idiomas —bueno, un poco el suyo—. Para ella, ni unos ni otros hablábamos en cristiano. Yo la quería a pesar de todo porque sabía que era primeriza. Con el tiempo, no me quedó más remedio que aprender a hablar español.
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Tengo 82 años, todas las personas famosas que he conocido en mi vida, más o menos jóvenes, han muerto o están a punto de morir. Mi mujer, sobre todo con la que he vivido cerca de 60 años difíciles pero muy felices después de todo, también falleció hace un año. Escribir sobre el tema «La alegría de vivir» parece un desafío.
Y sin embargo no. Hay que decirles que no soy creyente. Ahora que el fin se acerca, me empujaría más bien en la otra dirección. Pero, ya saben, la fe no se manda. A mi edad uno fácilmente se pregunta por qué vivir todavía. Mi salud tambalea, todo se vuelve más difícil, ¿seré una carga desagradable para mi familia?
Cuando el otro día vi la Desserte rouge de Matisse, presentada con ese verdadero lema «Alegría de vivir», me pregunté: ¿por qué este cuadro?
Una verdadera revolución este fauvismo, adiós a la perspectiva y al realismo, despliegue de colores escandalosamente bellos y una colección de escenografías sencillas y tranquilas.
El epicureísmo de Horacio, siempre me ayudó a captar los verdaderos valores que la vida me ofrecía. Hoy ya no está muy de moda, pero una vida de pareja larga, llena de giros peligrosos, para poder vivir juntos ese final que puede parecer una desilusión, es según mi experiencia el valor más valioso que se obtiene.
Mi esposa lamentablemente ha fallecido, espero encontrarla más tarde, pero no sé si es posible. Lo que es seguro, sin embargo, es que ella sigue viviendo en mis pensamientos diarios, está allí a mi lado, hablamos todos los días juntos y les aseguro que no quiero perderla.
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Alma nació en un pequeño pueblo de montaña. Su infancia no fue fácil. Nunca conoció a su padre. A los seis años se trasladó con su madre a un pueblo en la costa, en un pequeño apartamento con vista al mar. Su madre trabajaba como criada al servicio de una familia muy rica; su tarea principal consistía en preparar los desayunos y las comidas, y en poner la mesa de forma impecable. No era un trabajo que le aportara muchas satisfacciones, pero su madre estaba feliz de todos modos. Le gustaban sobre todo los colores de la habitación y de los manteles, muy vivos, casi estridentes, como a veces puede ser la vida.
A los 18 años, Alma se mudó a la ciudad para estudiar Historia del Arte. De vuelta al pueblo, años después, volvió a vivir en el pequeño apartamento, con su madre. Nunca se casó. Pero sí tuvo un hijo, al que puso el nombre de Julio, el del padre que no había conocido. En el comedor colgaba un cuadro, una reproducción de «La desserte» de Matisse. Lo había comprado en un viaje a París, años atrás y ahora al mirar esta pintura recordaba que, de pequeña, observando a su madre poner la mesa, colocar meticulosamente la fruta en la bandeja, había visto su meticulosidad como una manía, una obsesión por controlarlo todo. Pero ahora, veía algo más: en un mundo caótico, su madre creaba un pequeño universo de color y forma donde todo tenía su lugar. Un universo que, como el cuadro de Matisse, no pretendía ser realista, sino verdadero en su emoción.
Como solía hacer desde pequeña, Alma se levantaba muy temprano para mirar cómo el sol emergía del mar. Cada mañana, ese ritual simple la llenaba de una paz profunda. No eran necesarias grandes aventuras; la alegría estaba en ese instante preciso, en el destello dorado sobre las olas, en el aire salado que acariciaba su rostro. Recordaba los años de prisa en la ciudad, atrapada en un ciclo de estrés y expectativas.
Ahora, su riqueza se medía en amaneceres. El sol, al elevarse, pintaba el cielo de naranja y rosa. Una sonrisa se dibujó en sus labios. La verdadera felicidad, comprendió, no era un destino lejano, sino la capacidad de apreciar el regalo del presente. Allí, mirando el horizonte infinito, Alma sentía la alegría de vivir latiendo en su pecho, tan cálida y constante como el sol que nacía del mar.
En aquella temporada, su hijo, que solía vivir en otra ciudad, también estaba allí con ella en el apartamento frente al mar, y Alma quería que él también viviera la emoción del amanecer; entonces aquella mañana intentó despertarlo:
<¡Levántate! Date prisa, por favor Julio.
Amanece ya, ¡ya sabes que este espectáculo dura solo unos minutos! ¡te lo vas a perder! Cada vez que vienes aquí no consigues admirar la maravilla del amanecer. Esta vez me gustaría de verdad verlo contigo. Hay un lugar perfecto para ello: este balcón justo frente al mar, orientado al este. Ahí está, sale el sol, en el horizonte>
<A mí no me importa, respondió Julio, si por mí fuera, el sol podría desaparecer, prefiero la oscuridad donde no veo casi nada, donde todo parece igual.>
Al no poder transmitirle su certeza de que la alegría de vivir, para ella consistía, por ejemplo, en un amanecer, le decía a su hijo que el sol, a pesar de todos nuestros problemas, siempre se levanta, a veces se esconde detrás de unas nubes caprichosas, pero entra en nuestros corazones para que comprendamos que se puede ser feliz con poco, por ejemplo con los pequeños detalles, sólo hay que saber buscarlos y apreciarlos.
<Gracias mamá>, respondió Julio, <pero, por favor, no me des la lata, no me importa el sol. ¡Déjame en paz!>
<Vale, pero recuerda hijo, la alegría de vivir no es algo que se aprende en los libros. Es como una colección de momentos, como las piezas de un mosaico. Hay días grises y días llenos de preocupaciones, pero tienes que aprender a buscar la belleza incluso allí. Y recuerda que el sol entra en tu vida saliendo de la nada como un arcoíris después de la lluvia, va creciendo hasta llegar lleno, pasional, rojo. ¡Aprende de él!
Entonces Alma volvió al balcón para contemplar el sol, que ya había salido.
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Clarisa se despierta serena, con la tibieza de comienzos de verano bajo su cuerpo, la luz tenue que se filtra por sus párpados cerrados. Piensa en todas las cosas por las que hay que estar agradecidos: las sensaciones que la invaden (el peso caliente de sus bebés contra el pecho, el olor a grano seco, el rumor del viento en las rendijas), el hecho de que hay comida suficiente porque no pasa día sin que se oigan las pisadas de las botas de él trayendo lo necesario; los hijitos recién nacidos respiran acompasados, son la imagen de la felicidad, las vecinas del fondo hoy están silenciosas, quizás gozando como ella de este amanecer pacífico.
Pero, de pronto, los pequeños empiezan a agitarse. Ella sabe que es hora de conseguir el desayuno, de abrir los ojos y levantarse… justo cuando irrumpe el terrible despertador que es el cacareo de su vecina, que acaba de poner un huevo.
—Doña Facunda —piensa —, siempre tan puntual.
Se incorpora con cuidado, mira hacia la luz. El día, a pesar del ruido, sigue siendo hermoso. Y el huevo de la vecina está allí, grande y blanco, esperando.
Clarisa bosteza y musita: “Qué terrible es la eficiencia de las gallinas. Nunca fallan. Ni los domingos.” Y, sin embargo, al levantarse y ver el huevo tibio que la vecina ha dejado en el felpudo, no puede evitar sentir esa misma gratitud del principio: la vida, aunque cacaree, también alimenta. La alegría de vivir es también esto: desayunar gracias a la puntualidad ajena.
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Barbara se despertó sonriendo como siempre cuando se despertaba oyendo lo grititos de Andrés, su hijo de 14 meses, que le había devuelto la gloria de vivir.
Cuando pensaba en cómo estaba de desesperada dos años atrás, cuando había quedado embarazada de él y el padre la había dejado para casarse con otra muy rica e importante que lo podía ayudar a hacer carrera en el mundo bancario. Cuando la había dejada sola, sin dinero, sin casa, porque vivían juntos y ella no trabajaba, estaba terminando la facultad de lenguas y literatura extranjeras: ruso y alemán. Le faltaba solamente la tesis y fue su amiga Mónica quien la ayudó cuando la encontró llorando en el parque; la llevó a su casa, la ayudó a graduarse y a encontrar un trabajo come traductora donde trabajaba ella, y la convenció a pedir ayuda y comprensión a sus padres, que aceptaron de buen grado al nieto. Hoy, mientras cogía a Andrés en los brazos y lo hacía volar, un juego que Andrés adoraba se dio cuenta de que la alegría de vivir para ella era posible criando a Andrés para que fuera un hombre mejor que su padre.
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También en Milán a veces es primavera, que desaparece para los distraídos, pero para los demás brilla y alegra. Aquel día había aparecido el azul del cielo y el verde de los árboles: fue uno de los motivos por los que decidí irme yo sola al parque… pero también por el aire enmohecido de mi jefe, la descortesía de la secretaria, y por el color demasiado gris del vestido que llevaba yo. Cuando llegó la pausa para comer, me fui sin dar explicaciones. Dejé de ir al bar donde normalmente vamos con los compañeros y me fui al Parque Sempione, donde tomé un bocadillo y una Coca Cola. Escondiendo bajo el abrigo azul mi vestido oscuro, esperaba esconderme en aquella afortunada multitud de personas que disfrutaban del primer sol. Pero éramos muchos compitiendo por los asientos del parque, así que yo decidí sentarme al lado de una chica, más o menos de mi edad, que también estaba comiendo su bocadillo y bebiendo su Coca Cola. Nos miramos y nos echamos a reír las dos.
“¡Buen provecho!”
“¡A ti también!”
“¿Estudias en la Universidad?”
“Sí, en la Católica” me contestó. “¿Y tú?”
“Yo ahora trabajo en un despacho. Pero hoy… me he escapado” le confié.
“¿Te has escapado del jefe o de los compañeros?”
“De todos…”
Para nosotras fue muy natural hablar la una con la otra sobre temas personales: charlamos una hora sin darnos cuenta, luego decidimos dar un paseo juntas por el parque primaveral Sempione. Hablábamos de nuestros estudios, del trabajo. Ella estaba muy alegre y llena de proyectos. De repente, vio una persona y se puso pálida.
“He visto a mi exnovio” tartamudeó, enseñándome a un joven que estaba hablando y riendo con su grupo de compañeros.
“Hace dos años que no lo veo” murmuró “No tengo valor de ir a saludarlo…”
Después de dudar un momento, de repente se puso a correr y lo alcanzó.
Yo me quedé donde estábamos: si me hubiera acercado hubiera sido inoportuna; mientras en la cara del chico la sorpresa se mudó en una gran sonrisa. Le dio un beso en los labios. Ella le gritó “¡Loco! ¿Qué haces?” pero luego lo abrazó con ternura y se besaron otra vez.
El grupo de los compañeros del novio, siempre riendo, se alejaron, y yo también estaba a punto de irme, sorprendida y feliz.
“Tiene que volver al despacho, ¿verdad?” le preguntó ella.
“Puedo no volver… si tú quieres” contestó el con ternura. “Bueno, llamo a mi jefe y le pido medio día de vacaciones… ¡quiero estar contigo! Pero tú… estabas aquí con alguien, ¿verdad?”
“Sí, con ella…” contestó la chica, solicitándome que me acercara.
“Hola, yo soy Giovanni” me dijo, dándome la mano.
“Yo me llamo Viviana”.
“¡Encantada yo también de conocerte! No nos habíamos presentado… ¡yo soy Elisa!” dijo la chica. “Bueno, ahora Giovanni y yo vamos a dar un paseo… Tú… ¿Tú quieres venir con nosotros?”
“Gracias, pero… no me parece oportuno”.
Me fui. Imaginé que con toda probabilidad nunca habría vuelto a verlos, pero sentía que, también gracias a ellos, el cielo azul y el sol que iluminaba los árboles verdes se quedarían conmigo para siempre.
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María conoció a Sofia, una mujer tranquila que pasaba muchas tardes sentada junto a la ventana de un pequeño taller de arte. Sofia estaba enferma y su cuerpo ya no tenía la fuerza de antes. A menudo sentía dolor y cansancio, pero nunca olvidaba llevar consigo una pequeña caja de acuarelas.
Un día, mientras preparaba los pinceles, dijo en voz baja:
—Yo no sé pintar.
María sonrió y le respondió:
—Henri Matisse, cuando ya era mayor y estaba enfermo, tampoco podía trabajar como antes. Entonces empezó a recortar papeles de colores y creó algunas de sus obras más libres y llenas de vida.
Aquellas palabras quedaron en la mente de Sofia. Desde ese día empezó a mirar sus acuarelas de otra manera.
Sus dibujos no eran perfectos: las líneas temblaban y los colores a veces se mezclaban sin seguir ninguna regla. Sin embargo, cuando tomaba el pincel, parecía olvidar por un instante la enfermedad. Sobre el papel nacían cielos azules, flores rojas, sombras verdes y reflejos amarillos como pequeños rayos de sol.
Cada tarde pintaba junto a la ventana. La luz iluminaba el vaso de agua y hacía brillar los colores. Poco a poco, Sofia comprendió que no necesitaba ser una gran artista. Lo importante era expresar lo que sentía y encontrar belleza en los pequeños momentos de cada día.
Un atardecer recordó también a Claude Monet. Cuando envejeció y su vista se debilitó, pintó sus famosas ninfeas cada vez más grandes y más libres, como si quisiera atrapar la luz y los colores antes de que desaparecieran.
Entonces Sofía entendió algo importante: el arte no consiste en hacerlo todo perfectamente, sino en seguir creando, incluso cuando la vida se vuelve difícil.
Desde aquel día, cada acuarela le pareció una pequeña victoria. Porque la alegría de vivir puede esconderse en las cosas más sencillas: un pincel, un poco de agua, la luz de la tarde y el deseo de seguir llenando el mundo de colores.
*«Memento vivere» («recuerda vivir») es una expresión inspirada en la antigua frase latina «Memento mori» («recuerda que morirás»). Esta última se utilizaba en la Antigua Roma y, más tarde, en la tradición filosófica y artística occidental para recordar la fragilidad de la vida humana. El título de este relato propone una idea complementaria: recordar la importancia de vivir plenamente, valorar la vida y la alegría de vivir y apreciar la belleza de las pequeñas cosas de cada día.
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Mi primera reacción ante la idea de escribir sobre el tema de la guerra fue de rechazo absoluto.
«¿Que puedo escribir yo sobre esta catástrofe que está arrastrando el
mundo?»:
¡Escribe lo que tienes en el corazón!
Me surgió una sabia voz amiga.
Yo que fui concebida con alegría en una noche de primavera del 45.
Yo, pacifista, como he demostrado en innumerables manifestaciones.
Yo, ahora, a mis 80 años, ante estas guerras me siento derrotada.
Las imágenes, de las que a menudo huyo cobardemente, se me quedan grabadas sin piedad. Estas guerras sobre las que revolotean millones de dólares manchados de sangre me indignan. Estas guerras de videojuegos donde espantosos pájaros de metal golpean a cualquiera, dirigidos por manos expertas detrás de pantallas a kilómetros de distancia.
Entre los escombros vagan fantasmas de hombres, mujeres y niños. ¿Como puedo hablar de estas guerras en las que se utiliza el hambre como arma de exterminio?
Soy atea, quizá rezar sería un alivio.
¿Quién sabe? A lo mejor este Papa americano logra encontrar las palabras adecuadas para llegar a los corazones de esos asesinos.
Yo no soy capaz de hablar de estas guerras, puedo solo sufrir.
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Álvaro tenía diez años y se consideraba afortunado por no haber sido reclutado como soldado y utilizado en el conflicto bélico que estaba destruyendo su país.
La guerra que ya había comenzado unas semanas antes, hasta ahora le parecía un ruido sordo, como los truenos lejanos del verano. Pero ese día, mientras Álvaro estaba en el aula dibujando, al igual que sus compañeros, de pronto la maestra pidió a todos que se escondieran bajo las mesas. Los bombardeos se habían intensificado y se iban acercando a la ciudad. Luego, el techo de la escuela se llenó de agujeros y el patio se convirtió en un montón de escombros. Y entonces, la guerra llegó desde la calle, con un ruido de disparos que Álvaro nunca había oído hasta ese momento.
Aquella noche toda la familia de Álvaro se había reunido en la cocina. Sus padres, sus hermanas Paula y Francisca y su hermano pequeño José. El motivo era trágico. Los combates se estaban volviendo cada vez más intensos y se lanzaban muchas bombas. El peligro se acercaba rápidamente, por lo tanto, se habían visto obligados a huir. Huir de un lugar que siempre habían creído que era seguro y que ya no lo era.
Álvaro dijo que quería llevar consigo unos lápices de colores y hojas de papel para poder escribir y dibujar, y quizá también un par de libros, ya que le gustaba mucho leer. Sus padres se lo permitieron, sin decirle, para no asustarlo demasiado, que casi seguramente no habría luz en los refugios.
Fue así que como muchas otras familias habían logrado esconderse bajo tierra en refugios subterráneos. Álvaro había tenido que dejar atrás a sus amigos, sus recuerdos, la escuela, todas sus cosas. Pero a pesar de todo esto, Álvaro se consideraba afortunado puesto que allí, bajo tierra, había encontrado otros niños, huérfanos o niños no acompañados. Al menos él tenía a todos sus familiares. No había luz. Solo algunos habían conseguido traer unas cuantas linternas muy pequeñas que se podían encender durante muy poco tiempo. El lugar olía a tierra húmeda, también había olor a pólvora y llegaba el sonido de las explosiones. Tenía miedo y trataba de esconderlo hablando con los otros niños. A veces incluso conseguían simular que estaban en el colegio y, sentados en círculo en el suelo, recitaban en voz alta lo que habían aprendido.
Todo parecía continuar bajo tierra, casi sin luz, con muy pocas cosas que comer y con mucho miedo. Álvaro echaba mucho de menos el sol, el cielo y contemplar las estrellas, y para compensar esta ausencia intentaba dibujar. Se daba cuenta de que el miedo y la ansiedad se mezclaban con el deseo de sobrevivir y, sobre todo, el deseo de que la guerra acabara pronto. No fue así. La guerra duró mucho tiempo y un día el refugio donde se escondían se derrumbó bajo los bombardeos. Solo sobrevivieron Álvaro y otros dos niños. Álvaro había visto morir a su familia. La guerra le había robado todo. Ahora que se había quedado solo, confiado a un instituto para huérfanos, tenía que despertar de esa pesadilla, para renacer, para vivir y contar su experiencia a otros niños.
Cuando ya era mayor y salió del orfanato, se hizo famoso al narrar los horrores que había vivido, a través de sus pinturas, en las que no ponía su nombre, sino que solo escribía la palabra «PAZ».
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:

Hay una guerra sorda, invisible a los ojos, una guerra que se libra contra la locura.
Empieza con pequeñas distracciones que uno se puede tomar a risa o disimular de puertas afuera para no preocupar a los que le rodean y que los demás, por su parte, también callan para que tú tampoco te preocupes.
De pronto, un día no te acuerdas de cómo se anuda el cordón de los zapatos y, aunque al principio el olvido tan solo te provoque una leve ansiedad, olvidas ese olvido que poco a poco se multiplica. En los momentos de lucidez te aterras con el cálculo amargo de cuánto tiempo le queda a tu razón. Hasta que el pensamiento se desvanece, pierdes el hilo de tu propia angustia y te refugias en el sueño donde a veces se esconden las pesadillas.
—¡Mamá, ¿dónde estás?! —gritas creyéndote otra vez un niño.
Al despertar las horas se confunden: no sabes si es la hora del almuerzo o la de la cena, pero sí que tienes una sensación en el estómago que te dice que tienes que meterte algo por la boca. Abres la lata del betún e introduces en ella los dedos que luego saboreas. Una y otra vez. Hasta que alguien a quien no reconoces ni como familiar ni como amigo corre hacia ti asustado.
—¡¿Qué haces?! ¡Suelta eso!
Y te quita la lata de las manos con gesto irritado. Tú, confundido, no comprendes qué hay de malo en querer matar el hambre. Pero luego te acarician, te lavan la boca y las manos.
A ti eso te gusta. Que te hablen con voz suave te tranquiliza. Pero el enemigo no cede y en tu interior continúa sin tregua esa guerra de desgaste que devasta tu cerebro y la vida de los que te rodean.
Forma parte de la vida.
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Nací durante la guerra, a finales de diciembre de 1943. Obviamente no recuerdo nada, pero mi madre se encargó de contarme lo que pasaba.
En 1944, incluso después de su liberación, la ciudad de Lieja donde nací sufrió un bombardeo de represalia realmente importante, como otras ciudades por supuesto (Amberes, Londres, …). De hecho, al principio estaban los V1, bombas voladoras, un poco similares a los drones actuales, excepto que no eran teledirigidas y caían un poco al azar y según la cantidad de gasolina que se les había cargado. Luego los V2, cohetes similares a los misiles actuales. Realmente terribles.
Vivíamos en las bodegas, nuestra casa tenía bodegas enormes y reforzadas. Nosotros acogíamos a una parte del vecindario y yo, como niño pequeño con una voz poderosa, me encargaba de evitar que durmieran. Por supuesto, hoy esto es divertido, pero puedo asegurarles que aquellos que vivieron conscientemente ese terror horroroso no estarían dispuestos a revivirlo para defender ninguna religión o modelo cultural.
De hecho, creo que los europeos en general, gracias a su nivel cultural y económico, en general, ya no serían fáciles de convencer, por ningún motivo. No entendemos que en los Estados Unidos se pueda elegir a una figura como Trump y todavía esperamos que puedan deshacerse de él.
Hoy celebramos la Fiesta del Libro, una celebración esencial para difundir la cultura. Creo que es esencial defenderlo, protegerlo, no creer que se puede sustituirlo por vídeos o crearlo con instrumentos como la inteligencia artificial, que son muy útiles, pero no están en condiciones de sustituir lo que es nuestra principal arma contra la bestialidad de la guerra, el humanismo.
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Conversaba con una amiga sobre el significado de la guerra para la humanidad y no supimos cómo afrontar del todo el argumento. Ella, escritora de relatos cortos, ha profundizado en personajes literarios junto a un grupo de psicoanalistas que también publican sus propios destellos narrativos. Escritores de profesión.
Era como si observáramos un prisma de múltiples caras. Hablamos de la percepción de la guerra en la conciencia colectiva: una construcción dialéctica que nos condiciona en cada momento. Dependemos de quién maneje el relato, de ese poder que moldea el pensamiento y nos induce a asumir posiciones frente a la realidad cotidiana. Después descendimos hacia la conciencia familiar y, finalmente, hacia la conciencia personal.
Hubo muchos altibajos. Muchos. Pero la amistad sobrevivió.
Con cierta sorpresa, y no sin agrado, se unió a la conversación un compañero de universidad. Polémico. Representaba una de esas caras del prisma nítidas, casi rígidas: sin tonalidades, sin matices. Un personaje síntesis, podría decirse. O así quiso presentarse. Y así expresó sus puntos de vista:
Hablamos del presente más reciente: la intervención de Estados Unidos e Israel en Irán; el Euromaidán de Ucrania en 2014 y los sucesivos intentos de Estados Unidos de promover un gobierno favorable a sus objetivos estratégicos frente a Rusia.
De la posición rusa en la ONU, denunciando el avance de la OTAN hacia sus fronteras en contra de los compromisos de 1991, cuando el muro de Berlín cayó y la OTAN ya no tenía razón de existir.
Consecuencias esperadas: la intervención especial de la Federación Rusa en Ucrania, un país que arrastra un conflicto interno desde 2014.
Después, el mapa se amplió: Venezuela, México, Colombia, Cuba, Groenlandia y, con más preguntas que certezas, Canadá.
Terminamos analizando lo que significa una «sanción» para un país que depende de un sistema financiero global para sostener sus intercambios comerciales. Para un país al que se le congelan los activos —la riqueza en el exterior— y se le impide acceder a bienes fundamentales para su supervivencia. Y ese país, en potencia, puede ser cualquiera dentro de Occidente. Las sanciones son mecanismos que paralizan sociedades enteras, economías completas. ¿No es eso también una forma de guerra? ¿Una guerra contra qué? ¿Contra quién o quiénes?
Vivimos en un estado de caos.
Entonces retomamos una frase que recorrió la agradable conversación. La tomamos de un interesante libro de Graham Greene, L’americano tranquillo, como un punto de anclaje en medio del desconcierto:
«Prima o poi bisogna scegliere da che parte stare, se si vuole restare esseri umani».
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