El casco

Los motores finalmente liberados rugen hasta asustar, los cinco semáforos rojos se encienden uno tras otro; Fernando parte como un bólido para llegar primero a la curva en horquilla al final de la línea derecha; rueda a la extrema izquierda y debe virar a su derecha el coche de fórmula 1 que lo flanquea, no lo deja pasar; él no frena todavía, es deportado, va a salir de la carretera y luego de repente un clac, su volante no reacciona más, se precipita a 250 por hora en la montaña de neumáticos que cierran la ruta de fuga. 

Permanece allí durante varios minutos, aunque no es la primera vez que le ocurre, debería estar ileso. Los socorros llegan, le ayudan a salir del coche, parece aturdido, pero camina, monta la moto que debe llevarlo a su stand. Unos días más tarde, los periódicos dicen que renuncia a correr, sin más explicaciones.

Al mes siguiente, una periodista de Elle hace una cita con su novia del momento, la que Fernando acababa de dejar. 

—No sé qué pasó, respondió ella a sus preguntas. —Habla de «Espejo virtual«.

La periodista, que es ella misma un personaje muy destacado, una mujer muy guapa, insiste en varias veces y acaba por ser invitada a una fiesta en la que el piloto un poco ebrio y atraído por la joven, consiente finalmente en contarle lo que había sucedido.

«Cuando se da cuenta de que el impacto es inevitable, las consecuencias inciertas e incluso mortales, en pocos momentos la visera de su casco se transforma en una pantalla panorámica. Las imágenes de su historia desfilan antes de él como si se tratara de un espejo virtual. Primero ve el susto que cubre su rostro como una lepra devoradora, luego todo se revuelve y aparece en la pantalla  el momento de su primer accidente en un circuito de Karting, las máquinas que se chocan y luego giran unas encima de otras. Zoom, y se encuentra enyesado con muletas, su madre gritándole, como cada vez que se estrelló, las heridas, las mujeres que lloran, luego el choque enorme, irresistible, que siente en el momento en que ve la muerte de Ayrton Senna, el impacto, las llamas, la ambulancia…»

La periodista pálida, intenta estirar su minifalda, cierra su estola sobre su pecho demasiado descubierto, y con una voz poco segura, pregunta:

— ¿Quiere beber algo?

Jean Claude Fonder

El futuro

Jean Michel Folon

Durante la primavera del primer confinamiento, escribí Regreso al futuro, aquí estamos. El covid quiere ser un recuerdo, la paz en Europa es otro. Cuando escribí este relato, la esperanza me guiaba, los hechos eran reales, la escritura pecaba sin duda por exageración.

Regreso al futuro

El olor a pan, un olor de mi infancia; el sol, que hace sonreír a nuestra vieja ringhiera; las aves que cantan de nuevo; la frescura del aire, un verdadero decorado primaveral para el nuevo día. Me despierto. 

El timbre de mi puerta resuena en el silencio matutino. Alegremente voy a abrirla. 

—¿Quién es?

—Tu vecina, responde una voz joven y femenina.

Abro sin miedo. Una mujer hermosa y despeinada me sonríe francamente a pesar de la máscara, está en bata rosa y usa guantes. La reconozco. Es la persona que vive al final de la ringhiera. Nunca habíamos hablado. Creo haberla visto alguna vez en el ascensor. Hay que decir que, como en todas las grandes ciudades, entre vecinos apenas había contactos.

—Te he traído dos porciones de la tarta de verdura que acabo de hacer, es demasiado para nosotros.

¡Que maravilla! No sólo ese perfume que me rejuvenece, sino también el hermoso aspecto dorado de la tarta que rebosa salsa bechamel y que me anuncia un pequeño festín. Confundida de emoción por este gesto inesperado, se lo agradezco calurosamente.

—Sé que bajas la basura por la noche, déjala aquí cerca de mi puerta. Tengo que llevar la mía también y, como es mejor no usar el ascensor, bajaré también la tuya.

¿Qué más puedo decir? Al día siguiente la vecina de abajo nos propuso ir a comprar el pan, la portera nos hace la compra en el supermercado, la vecina de la otra esquina organiza todas las noches un aperitivo de ringhiera, a distancia, cada uno detrás de la celosía que da al balcón. 

¡A su salud! ¡Hablemos por Whatsapp!

Exagerar es también comunicar, la tarta era hermosa, la cocinera también. El olor de mi infancia, una hermosa mañana fresca y soleada, mi imaginación me los había regalado. La habilidad culinaria de nuestra vecina era más que limitada, pero la emoción era sincera, tales gestos de solidaridad en 25 años, nunca los habíamos recibido.

El impulso inicial se perdió poco a poco. Hay que decir que los servicios en línea se multiplicaban, la sociedad se adaptaba, la creatividad era desenfrenada para quienes querían verla y utilizarla. 

Esta mañana, después de una calurosa noche de primavera llena de juerguistas que frecuentan la pizzería que ha sustituido el bar, oigo unas palomas que se arrullan y el metro que pasa en la lejanía. Es sábado, hace frío en el patio bajo la ringhiera, el silencio es casi perfecto. 

He soñado mucho esta noche, el mundo cambia 🤗. De Covid y de la vacuna apenas se habla, la solidaridad la hemos llevado a los ucranianos, el arte performativo 🤩sustituye a muchos otros y nos lo cuentan en las redes sociales a la manera de los jóvenes en un lenguaje que tuvo que recuperar los jeroglíficos 😱 para enriquecer sus expresiones a falta de literatura.


Jean Claude Fonder

Contemplando el mar

Contemplando el mar, 1885
ALFRED THOMPSON BRICHER (1837 – 1908)

—Sírveme un poco de licor, por favor, — me pidió mi colega, profesora de literatura. Su rostro era rojo ladrillo y su pecho subía y bajaba rápidamente bajo su corpiño.
Durante una cena con amigos, acababa de contar los comentarios que me habían hecho mis alumnos después de una visita al museo Thyssen. Habíamos visto, entre otros, el lienzo «Contemplando el mar» de Thompson Bricher. Les pedí después de la visita que escribieran algunas líneas sobre lo que para ellos evocaba este cuadro. Voy a resumir aquí los principales comentarios. 
Primero Alberto, un muchacho brillante. Evocaba el mar lleno de veleros, pequeños y grandes, y luego los vapores, los barcos a larga distancia, la bahía de Hudson, inmensa y abierta al océano, a la aventura. Se dio cuenta de que la chica retratada no miraba a la lejanía, su mirada estaba girada hacia un rincón rodeado por una roca grande y algunas otras más pequeñas, el agua tenía un color un poco rojizo. 
Para seguir, la más joven Isabel, utilizó palabras apasionadas para expresar su amor por el mar, se sentía representada por la chica retratada, que como ella llevaba una falda corta con el pelo trenzado, un pequeño sombrero de paja en la mano. Estaba impresionada ante el infinito de este azul profundo, de este cielo salpicado de pequeñas nubes blancas. No olvidaba la preciosa cesta que había preparado amorosamente aquella mañana. ¿Tal vez algún apuesto oficial de la marina se le uniría para compartirlo?
Para concluir, intervino Ana, la primera de la clase, una joven muy dotada. Su voz triste temblaba mientras leía su texto, perlas de lágrimas aparecían en esos ojos claros.
—El mar es peligroso —dijo—. Mira este azul misterioso y amenazante, en pocos momentos una ráfaga de viento puede despertar al monstruo. Una ola inesperada y gigantesca ha podido surgir y llevarse a los padres de la joven que mira tristemente al lugar del desastre, al color sangriento que cuelga sobre la roca, y en el agua que la rodea. La pequeña huérfana habrá venido a recogerse como cada mes llevándose consigo una cesta de víveres que ya no servirían de nada.



Jean Claude Fonder

La profesión más antigua del mundo

Mujeres en la ventana
BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO (1617-1682)

El sol brilla sin piedad en la mancebía de Sevilla. Sin embargo, una sombra benévola nos permite abrir ampliamente la ventana que da a la calle Castellar. Una corriente de aire ligero como una pluma me acaricia sensualmente, Celestina se ocupa de recordarme, con cuidado ha escotado ampliamente mi blusa sobre mis hombros desnudos. El pequeño nudo rojo de la blusa hace juego con mis labios y una pinza en mi pelo marrón oscuro.
Sonrío, mis ojos brillan como un par de diamantes negros. Celestina también sonríe, pero ella se esconde coquetamente la cara con la punta de su velo. Las dos vimos llegar a Juan con su pelo rizado que emerge entre la multitud de hombres que deambulan por el barrio. Nuestras miradas se han cruzado, ya siento su beso que me embruja. Todo mi cuerpo está listo para recibirlo. Cierro la ventana y vuelo.

 — Tienes que levantarte, cariño.
Celestina me sacude como un títere desarticulado que no quiere sentarse, y sobre todo no quiere dejar su sueño. Juan está conmigo, mi Juan guapo como Cupido en el rapto de Psique.
— Ve a lavarte y prepárate. Tenemos que recibir a más clientes esta tarde.
Hago una mueca de disgusto y Celestina me recuerda:
— Es la profesión más antigua del mundo y, en todo caso, la que le permitirá a tu padre librarse de sus problemas. Está impedido y ya no puede trabajar. Se necesita estiércol para hacer florecer la rosa más brillante. ¿Quién sabe si a esta rosa un hermoso príncipe la recogerá un día para instalarla en un jarrón de plata y convertirla en su enamorada?

Han pasado muchos años, demasiados. Vuelvo a abrir la ventana: la noche ha caído, la frescura también. Aprieto un chal grueso alrededor de mis hombros. Los hombres se apresuran, sus miradas indecentes me erizan, mi sonrisa ansiosa se pierde en la lejanía.
Alguien golpea la puerta, la ventana ya está cerrada. Como el tejido de Penélope, el día fue interminable; también los pretendientes, como yo los llamo, innumerables. No quiero recibir ni uno más. Los golpes en la puerta son insistentes, Celestina de su cama donde el cansancio la clava, le grita:
— Abre, nunca se sabe, cariño.
Abro la puerta, un hombre entra decidido, su cara está surcada por el mar y las aventuras, su pelo canoso, rizado todavía, su mirada de gran alcance me penetra hasta el alma. Todo mi cuerpo se estremece. Sonrío y lo acojo en mis brazos. Apenas puedo pronunciar:
— Juan



Jean Claude Fonder

Cristófol y Esteve

Esa mañana tenía una cita con mi mejor amiga. Se llamaba Montserrat y era española, concretamente catalana, su familia era originaria de Espot en los Pirineos, donde íbamos a pasar nuestras vacaciones de verano.
Unos días antes, de hecho, mi Padre había puesto sobre la mesa una revista turística.
— Este año iremos al Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. No se quejarán de que hace demasiado calor y que es demasiado húmedo como en los lagos italianos. Esta vez estaremos en plena montaña.
La foto de la portada nos mostraba un lago de un azul profundo casi mágico rodeado de gigantescas montañas que se recortaba netamente sobre un cielo inmensamente puro. Le había enseñado la foto a mi amiga, que la había reconocido inmediatamente. Estábamos en la misma escuela en Bruselas, su padre trabajaba en la comisión.
— Mañana traeré algo que te será muy útil para ir allí.
En el patio durante el recreo, en un rincón apartado, ella sacó de su bolso un extraño objeto. Parecía un ovillo de costurera, de esos que se usan para pinchar agujas y alfileres, tenía la forma de dos conos cuyas bases estaban unidas y formaban un pequeño cojín donde se pinchaban todas las agujas. Pero lo más raro era que en la punta de los conos se podían reconocer dos caras que se miraban.
— Se llaman Cristófol y Esteve, eran dos cazadores que una noche de tormenta fueron petrificados por un rayo embrujado que los transformó en dos picos similares a los que has visto en la foto, el gran y el pequeño Encantat. Se habían saltado la peregrinación anual a la ermita de Sant Mauricio para ir de caza, explica Monserrat.
— No son muy bonitos -— dije, — ¿por qué tengo que llevarlos?
— Ya lo verás —contestó, — asumiendo un aire misterioso.

Como cada año, sola en la parte de atrás del coche, me aburría, hacía mucho calor. Mi madre había desarrollado una estrategia para mantener un poco de sombra y frescura en el interior del Ford Fairlane que, afortunadamente, era amplia. Con frecuencia nos deteníamos, pero nada que hacer, el viaje era como una música minimalista, una repetición infinita de los mismos gestos sin ninguna variación. No podía ni siquiera leer, inmediatamente me mareaba.

Era ya el segundo día que íbamos en coche. Habíamos hecho una parada en Limoges, en un pequeño hotel fuera de la ciudad. Mi padre vigilaba la media, como decía, no quería perder tiempo, habíamos reservado el hotel para esta misma noche.
Finalmente, al salir de la autopista para tomar la carretera nacional, aparecieron en la lejanía los Pirineos en toda su majestuosidad. Sin duda nos traerían un poco de frescura, de hecho, no pasó mucho tiempo hasta que el cielo se llenó de nubes que se cernían sobre la cima de las montañas. La tempestad reinaba, pesadas nubes moradas y negras atravesadas de relámpagos dominaban a las demás.
Mi madre decretó, tenemos que detenernos, encontrar un hotel. ¡El camino se volverá demasiado peligroso! Mi padre no quiso cambiar opinión, nos esperaban en el hotel. Y partimos al asalto de las carreteras con cordones. La tormenta no se hizo esperar, las primeras gotas, pesadas, solitarias y amenazadoras cayeron sobre el parabrisas. Miré asustada la bolsa que Monserrat me había dado. Y rápidamente nuestro viaje se convirtió en un infierno, llovía a cántaros, el camino era estrecho. Cada dos curvas, nos asomábamos al precipicio sin barandilla. No se veía nada, a pesar del parabrisas que barría a gran velocidad, mi padre iba inclinado sobre el volante tratando de distinguir la carretera. De repente, dos faros enormes nos cegaron, un enorme camión ocupaba toda la carretera y descendía a toda velocidad. Grité, mamá también, el Ford se desvió, la rueda trasera estaba fuera de la carretera, giraba loca en el vacío. Íbamos a precipitarnos cuando de repente sentí una fuerza que nos levantaba milagrosamente, la rueda enganchó y seguimos nuestro rumbo. Nos habíamos librado por muy poco de caer por el barranco, yo lloraba en silencio. Papá se había detenido en el borde, en una zona de descanso. Busqué las muñecas en la bolsa de Montserrat, no estaban allí.
Finalmente llegamos al valle de Aigüestortes. Era de noche. Habíamos esperado a que la tormenta se calmara. El lago oscuro de color azul reflejaba ahora un cielo bien despejado, busqué los famosos Encantats pero no pude distinguirlos.
— Es hora de acostarse, insistió mi madre.
Estaba agotada y me refugié bajo las mantas en un sueño reparador.
Al día siguiente, un rayo de sol me despertó, abrí mi maleta, Cristófol y Esteve estaban allí. Los tomé en mis brazos y salí. A lo lejos, dominaban el lago de un hermoso color índigo, generosos, los picos.


Jean Claude Fonder

La bruja

Paris – La rue du Havre, 1893
LOUIS MARIE DE SCHRYVER(1862-1942)

La llamaban La Bruja, era española, su carro rebosante de flores era como una gran mancha de color que hechizaba la antigua calle De Havre con el fondo de la estación Saint Lazare, un enorme edificio clásico tristemente pardusco. Las clientas la rodeaban. Los sombreros posados con coquetería sobre sus cabellos levantados añadían toques florales y sus vestidos colorados para celebrar la primavera, participaban en la fiesta. La calle misma respiraba ruidosamente; los carruajes y los ómnibus pasaban sin cesar, dejando demorarse el olor de sus caballos; los militares, uniformados resplandecientes, chaqueta azul con botones dorados sobre pantalones rojos, paseaban por las aceras y sonreían a las hermosas damas que paseaban sus perros y a sus hijos. Era París, el París canalla.
La florista con su gran delantal azul cansado que cubría su vestido rosa y su camisola con grandes rayas azules también trabajaba duro. Una pequeña bufanda a juego con su vestido la hacía simpática. ¿Por qué demonios la llamaban La Bruja? 
Amaba las flores, las plantaba ella misma e incluso poseía un invernadero donde las cultivaba con otras plantas. Es por eso que era conocida y apreciada en todo el vecindario y no solo. También hacía pociones, combinaba plantas y flores para colmar así las esperanzas de estas damas. 
Un día, yo también me acerqué a su carro. Localicé unas flores muy bonitas en forma de campanilla de color morado, me dijo que eran belladona. «La hacedora de ángeles» me dijo mientras preparaba el ramo y me dejó un folio en el que explicaba con todo detalle lo que no había que hacer para obtener este resultado.



Jean Claude Fonder

La consagración de la primavera

La clase de danza
Edgar Degas (1834-1917)

El tiempo es gris, llueve intermitentemente, como sucede a menudo en Bruselas. Mi esposa nos lleva al circo Royal. En realidad es un circo de invierno transformado en teatro; el escenario tiene todavía las típicas características circenses: una pista redonda central rodeada casi en su totalidad por el público, como en un teatro griego.
No me gusta la danza, la que nos muestra aquí el cuadro de Degas, los tutús de las bailarinas y los zapatos de punta para las niñas, y para los niños los leotardos y las chaquetas de príncipe encantador. Pero, naturalmente, hay que hacer concesiones a la mujer. Por otra parte, este circo fue asignado a Maurice Béjart y su Ballet del siglo XX y me dicen que está de moda entre los jóvenes. Es muy difícil conseguir entradas.
Sin embargo, he logrado comprar dos y estamos sentados en las primeras filas para ver La Consagración de la primavera de Igor Stravinsky
El impacto es brutal, impresionante. Conozco la música, maravillosa y muy figurativa, pero hay que saber cómo mostrarla.
En la primera parte, la naturaleza se despierta. La savia sube a los árboles y a los machos humanos. Parece que están desnudos en el escenario, llevan un simple leotardo color carne que prácticamente no esconde nada, y están en una posición agresiva. Como animales, bailan al ritmo de una música salvaje y potente, tienen necesidad de luchar, de enfrentarse entre ellos para elegir al jefe que tendrá derecho a la hembra más bella.
Las hembras también se despiertan, se ofrecen, piernas separadas, pubis alzados. La reina ya ha sido elegida, su belleza lo determina; bailan a su alrededor y ponen de relieve la seducción de sus curvas. Pero permanecen atentas a la presencia de los machos, ante cualquier señal de su presencia – un ruido, un olor -, se asustan y se retiran a la corola que forma sus cuerpos alrededor de la elegida. 
Finalmente, los machos aparecen, empujan hacia adelante a su líder que pierde toda su prepotencia ante la mujer, se vuelve tímido. Entonces comienza el juego del amor, ella lo atrae, lo rechaza; es ella quien elige mediante la seducción, lo provoca y finalmente sucede el coito desenfrenado, se lanzan el uno en los brazos del otro, entre sus cortes de hombres y de mujeres reunidos para procrear juntos en un aceleramiento musical.
Y al fin un gran aplauso, silbidos como hacen los jóvenes, y gritos agudos del público de mujeres jóvenes desenfrenadas.
La danza, así, me conquistó.



Jean Claude Fonder

Susurros en la fontana

SUSURROS DE AMOR
William-Adolphe Bouguereau (1825 – 1905 )

Siempre he considerado Roma como una ciudad de provincias. Me gustan sus pequeñas calles de color inextricablemente medievales. Me gusta perderme por ellas, guiado por el olor del pan de trigo a las cuatro de la mañana, cuando el panadero lo saca crujiente del horno. Me gustan los gatos vagabundos que se acercan libremente, saltan a tu alrededor, como el gatito en el pelo de Anita Ekberg. Un gatito blanco como su estola blanca que pasea su hermoso cabello rubio en su desnuda espalda escotada.

Me gusta cuando, ya de mañana, salgo atontado de la fiesta, sigo el sonido del agua en la oscuridad fresca, y encuentro, majestuosa, la Fontana de Trevi. Anita está dentro, bañándose, su abundante y lechoso pecho regado por las cascadas chorreantes, da saltitos ante mis ojos maravillados. Me llama, sin dudarlo me remango los pantalones y con los pies descalzos, chapoteo hacia ella. La abrazo, la beso y ella, simplemente, coge un poco de agua en su mano y según amanece, me bautiza en el pelo, susurrando «Marcello».



Jean Claude Fonder

Conversación sobre un balcón

Le Balcon (1868-1869)
Edouard Malet (1832 – 1883)

—¿Sabes, Fanny, que no me gustan los balcones? — confió Berthe Morisot a su amiga, observando atentamente el retrato que la representaba en el centro del cuadro que lleva el mismo nombre.

Edouard Manet y Suzanne Leenhoff, su mujer, la habían invitado a su casa en Boulogne sur mer, con los otros protagonistas del cuadro, Fanny Claus la violinista, y el pintor Jean Baptiste Guillemet, jurado del Salón de los Artistas Franceses donde se había exhibido la tela en París en 1869. 

Acababan de terminar un almuerzo ligero en el comedor. La mesa estaba cubierta por un mantel inmaculado cuya blancura iluminaba la habitación un poco oscura. El olor de medio limón acompañaba a las conchas de ostras que habían sido servidas en un lecho de hielo triturado en una bandeja de plata. Algunas rebanadas de pan negro con mantequilla salada, un vaso de vino blanco seco en un servicio de cristal componían los restos de la comida. La criada servía el té a las damas, los señores acababan de encender cuidadosamente un puro cuyo aroma invasivo comenzaba a empeorar el aire de la habitación. 

— ¿Y por qué? — preguntó Manet. 

— No lo sé, es como de pequeño burgués que observa al pueblo miserable que desfila bajo las banderas. Parece Madame Bovary.

— Pero sabes que me inspiré en el cuadro de Goya Las Majas con balcón.

— Peor aún, son mujeres galantes que se burlan de los fieles en procesiones durante la Semana Santa.

— Berthe, creo que lo que pasa es que no te gusta el retrato que te hice, no te sientes hermosa.

— No es cierto, me siento incluso demasiado hermosa. Los críticos ya me llaman “femme fatale”.

— ¿Por qué crees que es?

— Tu reputación, sin duda, después de Olympia y Le Déjeuner sur l’herbe

— ¿Qué puedo hacer? Nunca te he representado desnuda.

— Bueno, hete aquí: — dijo ella, podrías haberme dejado pintar a mí el personaje.



Jean Claude Fonder

El regalo

Primera nevada
Arkady Alexandrovich Plastov
Pintor realista ruso (1893- 1972)

Cuando me desperté esa mañana, había nevado. 

Imperaba un silencio inusual, como si estuviéramos envueltos en algodón suave y protector. En todas las habitaciones había un aire frío y seco, se respiraba la nieve. Me precipité hacia la sala de estar donde el gran ventanal me descubriría todo el jardín. La nieve estaba allí, virgen, me volví hacia la puerta de entrada que daba a la calle, la gran ventana lateral permitía ver el callejón que sube al garaje. Éramos prisioneros, la nieve nos rodeaba, al menos 30 o 40 centímetros.

Mi hija estaría feliz, una Navidad blanca. El abeto, con los colores resplandecientes de sus bolas se pavoneaba en una esquina cerca de las ventanas, rompiendo maravillosamente la blancura inmaculada que se extendía ante él. 

¡Qué espectáculo! ¡Un jardín de postal! Este jardín que tanto me había hecho sufrir, erigía sus arbustos y sus jóvenes árboles, orgullosamente revestidos de su uniforme invernal, para montar la guardia alrededor del vasto césped y del terraplén de algunos metros que delimitaba nuestro espacio. Este blanco uniforme se oponía en mi recuerdo al caos arcilloso que habíamos descubierto cuando nos habíamos instalado tres años antes en nuestra nueva casa.

¡Qué decepción! La habíamos comprado viendo unos folletos. Aunque nos había alegrado tomar posesión de la casa, nos tomó un par de toneladas de turba y horas de trabajo paciente para crear un césped digno de ese nombre y luego poder proceder a la plantación de lo que no quería ser un seto. Todavía recuerdo cómo con una paleada rápida y una regadera de agua por cada planta, un jardinero municipal, amigo de un vecino oficial de policía, en apenas una hora había diseñado la arquitectura y plantado el primer esbozo de un jardín que iba a florecer de marzo a septiembre y que ganó el premio al jardín más bello del barrio. Por supuesto, eso no se hizo solo, compré una enciclopedia de botánica, y mi esposa y yo dedicamos todas nuestras horas de ocio a hacer crecer y cuidar a este nuevo miembro exigente de la familia. Todos, mi esposa, nuestra hija que en aquella época tenía 11 años, y yo lo amábamos y estábamos orgullosos de él. También el gato, un persa cuyo nombre era Negus.

De pie frente a la ventana de las maravillas, mi hija se había unido a mí y contemplaba amorosamente nuestra obra maestra, por primera vez nevada.

— ¿Qué es esto? —dijo, mostrándome los bonitos pequeños dibujos que ahora decoraban la superficie blanca de la terraza delante de las puertas-ventanas y que se escapaban serpenteando hacia el fondo del jardín.

— Creo que son pajaritos, quizás gorriones. Ya vi unos por aquí.

— Y más al fondo, grandes manchas negras que venían del terreno que está enfrente, en lo alto del terraplén.

«Allí es donde siempre va Negus a cazar en sus salidas nocturnas», pensé. Fui a la cocina donde teníamos su almohada y su comedero. No estaba allí. Regresé a la ventana, mi mujer se había levantado y con su hija apretada contra ella, abrazaba con una mirada fascinada el espectáculo que la naturaleza nos ofrecía tan generosamente en este día de Navidad. 

— Hay un montón de regalos bajo el árbol, —dijo ella—vamos a abrirlos, pero antes vamos a tomar un buen desayuno. Queda todavía un poco de panettone.

Juntos fuimos hacia la cocina. El gato estaba acostado en su cojín mientras ronroneaba. Un pequeño gorrión estaba tendido en el suelo delante de él, una mancha roja en su cuello. Negus nos miraba con una esperanza insoportable, el oro deslumbrante de sus pupilas anchamente abiertas pedía reconocimiento. 

— ¿Papa? —Me dijo mi hija volviéndose hacia mí, con los ojos llenos de lágrimas y preguntas.



Jean Claude Fonder

Psique

El rapto de Psique
William Adolphe Bouguereau (1825 – 1925)

Amor me lleva Alto en el cielo, Amor me lleva.

Me abraza con fuerza. Me estremezco, siento el calor de su cuerpo contra el mío apenas cubierto. Su abrazo me tranquiliza. Con los ojos cerrados inclino mi cabeza contra su hombro. Su amor, el amor de Eros, me envuelve, me protege, una sonrisa dichosa florece en mi rostro. Estoy feliz.

Recuerdo todo lo que sufrí antes de beber ambrosía y recibir de las manos de Zeus mis alas de mariposa. 

El primero que me hizo sufrir fue el mismo Eros, cuando se enamoró de mí tras ser herido con la flecha que debía golpear a un ser monstruoso, por orden de su madre Afrodita, celosa de mi belleza. Me salvó y me escondió en un hermoso palacio sin decirme quién era. Sólo me visitaba de noche y se escapaba antes del amanecer dejándome palpitante de deseo y de amor.

Luego, cuando su madre todavía furiosa, me condenó a todo tipo de pruebas imposibles, como poner en una caja una parte de la belleza de Perséfone, la reina de los infiernos, llevándome casi hasta las puertas de la muerte.

Fue entonces que Eros, mi amor liberado de la cruel Afrodita, me llevó al Olimpo donde Zeus decidió compasivo hacerme diosa y unirme a Eros ante el Panteón de los dioses.

¡Amor mío llévame! ¡A lo más alto del cielo, Amor mío llévame!



Jean Claude Fonder

El columpio

Les Hasards heureux de l’escarpolette, 1766
Jean Honoré Fragonard (1732 – 1806)

Me siento coqueta y luminosa con el frufrú de este vestido de seda rosa anaranjado que rima con el verdor que me rodea. Su seda burbujea alrededor de mi corpiño florido ampliamente escotado que corona una bonita cinta anudada alrededor de mi cuello. Un pequeño sombrero adornado con flores protege mi tez mientras trata de ordenar mis rizos rubios que vuelan al ritmo del columpio.

Paco, mi pobre marido, lo hizo con el fondo de terciopelo rojo de una vieja silla y dos cuerdas grandes que colgó de las ramas de nuestro viejo castaño en el fondo de nuestro parque. Sabe que me gusta balancearme, ¡qué bueno es!

—Más alto, Paquito, más alto, ¡vamos!

Un ligero viento me acaricia agradablemente los muslos bajo la falda que se remanga según los movimientos del artefacto que manipula mi marido.

De repente veo, tendido detrás de un espeso arbusto lleno de capullos de rosas salvajes, a un joven que me parece reconocer. Él me mira impunemente, su cara es aún más rosa que mi vestido. ¿Qué puede ver que lo emociona hasta ese punto? Probablemente mis medias atadas por ligas y quién sabe si algo más. Es el joven barón, nuestro vecino, que me está haciendo la corte desde hace algún tiempo.

Debo decir que no me desagrada. Es muy joven, obviamente, pero me halaga y no lo he desanimado. ¡Al contrario!

No sé lo que me pasó, con el movimiento levanté mi pierna aún más alto, mi zapato voló en su dirección, él lo agarró, lo llevó a sus labios y me hizo señas de callarme, mientras se ocultaba aun más.

Tendré que recuperarlo, ¿no?



Jean Claude Fonder

Un amor de Colibrí

Trochilidae – Colibris
Ernst Heinrich Haeckel (Alemán; 1834 – 1919)

Por mi cumpleaños, mi nieta me regaló un colibrí, o más bien una colibrí hembra.

La jaula dorada era hermosa, grande, llena de perchas y pequeños rincones, incluso había un abrevadero rojo con un tanque para la comida. La colibrí era de color verde. Es decir, una combinación de tonos verdes según las diversas partes de su cuerpo, un cuerpo minúsculo (es el pájaro más pequeño del mundo) y un pico muy largo. Aleteaba todo el tiempo a un ritmo tal que apenas se veían sus pequeñas alas. Casi nunca se posaba, la pobre, la sentía infeliz en su pequeña prisión. Casi quería liberarla. Emitía un grito oscuro, parecía el de una contralto.

Un día en la ventana apareció un espléndido pájaro del mismo tipo que el mío, pero era más grande, tenía un vientre blanco manchado con un pequeño punto verde, una gran mancha marrón bajo los ojos, una cresta azul sobre la cabeza y su gran cola levantada en abanico de plumas verdes y blancas. Era un macho majestuoso.

Mi pequeña hembra exultaba y emitía sus gritos graves con una alegría inusitada mientras levantaba también su cola. Me precipité, abrí la ventana muy grande y la puerta de la jaula también. Un verdadero ballet de amor encantó la habitación. Salí a escondidas para dejarlos solos.

Hacia la noche, antes de ir a dormir, entré sigilosamente. Mi pequeña colibrí dormía tranquilamente en una percha en su jaula dorada. Dejé todo abierto. Por la mañana estaba incubando dos hermosos huevos blancos instalados en una pequeña copa en la jaula que debía sin duda servir de nido. Durante el día otros machos intentaron acercarse, pero ella se defendió ferozmente. Desde donde se encontraba podía acceder fácilmente al abrevadero, la jaula estaba bien diseñada. Por supuesto, la dejé abierta para que los pequeños pudieran volar tranquilamente. La ventana daba a un parque, las flores no faltaban.

Picaflores, como yo la llamaba, nunca dejó su jaula, convocó a otros colibríes y la habitación fue dedicada a estas hermosas aves que la frecuentaban de buen grado, formando un verdadero cuadro vivo de colibríes de todos los colores.



Jean Claude Fonder

Afrodita III

Afrodita al pilar.
Mármol, copia romana del siglo I-II ap. C., según un original griego de finales del siglo V a. C. Antiguamente restaurado en Thalie.

El taller de Fidias se encuentra fuera de la ciudad, una pequeña casa rodeada de árboles que nos protegen del sol que inunda con su luz el cercano campo de olivo. El canto de las cigarras es obsesivo y exalta el calor fuerte, cargado de almizcle. Afortunadamente un poco de viento, el mar no está lejos, nos ofrece de vez en cuando un poco de descanso. Estoy desnuda, mantengo la pose, mi muslo izquierdo ligeramente alzado hacia adelante, la cadera derecha que sobresale para formar una curva perfecta, el torso inclinado hacia el mismo lado para marcar mi cintura fina y la cabeza bien erecta para equilibrar todo el cuerpo. 

Afrodita soy, nacida de la espuma del mar.

Soñaba. 

Él, el más querido, aquel para quien estaba dispuesta a sacrificarlo todo, incluso mi divinidad, estaba en peligro. Elissa, una belleza extraña y rara, amenazaba su destino. Acostada sobre un sofá instalado sobre una terraza que se abre al mar, llevaba una larga túnica blanca en la que su cuerpo dibujaba formas atractivas, una cintura dorada sostenía el pecho que ofrecía generosamente apenas cubierto, una tiara sublime denunciaba su realeza imperiosa, tenía el color del mar. Una avalancha de bucles negros rodeaba un rostro de rasgos perfectos. En sus brazos, una pequeña esclava rubia que no llevaba ningún vestido y se dejaba acariciar con toda ingenuidad. Ella escuchaba a mi hermoso héroe, sentado frente a ella, con su traje marcial. Él contaba sus hazañas al lado de Héctor en la guerra que habían perdido.

De repente me estremezco. Es Fidias, acaba de pasar una mano acariciando mi muslo levantado para evaluar su rotundidad. Percibo toda la sensualidad que debía invadir a la bella soberana.

Está buscando un marido, el potentado local que la acogió no era de su gusto. Por supuesto, lo apruebo, si no puedes elegir al padre de tus hijos, ¿qué nos queda a nosotras, las mujeres? Pero no puedo enternecerme. La felicidad de esta mujer, que después de todo no es nada para mí, podría alterar todos los planes que he elaborado para él y para su descendencia.

Una ciudad, un imperio nacerá, heredero de la vieja Troya, barrerá a todos, los griegos, los celtas, los fenicios, y muchos otros.

Al día siguiente, me descubro de nuevo y ofrezco mi cuerpo a las tijeras del escultor.

Afrodita, soy, la diosa de la belleza.

Veía a Elissa. 

Empapada, exponiendo su cuerpo, ella también, para seducirle sin vergüenza, a Él, mi hijo. Una tormenta provocada por Hera durante una partida de caza, los había empujado a refugiarse en una cueva. El cielo era negro, estaba lloviendo a cántaros, truenos espantosos resonaban al ritmo de sus miedos, los relámpagos traspasaban la oscuridad para descubrirles, abrazados de terror. La esposa de Zeus me desprecia desde siempre, pero después del juicio de París que me había designado como la más bella, me odiaba. El efecto de su ira fue contrario a sus propios designios, los amantes conocieron aquella noche su primera unión carnal. Tenía que reaccionar.

Fidias, impenitente, insiste con sus manos viajeras, ellas sopesan un seno, acarician un muslo, se introducen en mi cueva, húmeda también. Me está llevando con él.

Afrodita, soy, la diosa del amor. 

Los romanos me llamarán Venus.

Mercurio enviado por Júpiter, interpeló a la pareja todavía abrazada. Se dirigió directamente al hijo de Anquises, Eneas, nuestro hijo. Le intimó a reunir sus navíos e salir inmediatamente a Italia, donde su destino le esperaba. Enéas comprendió que eso era ineludible y zarpó el día mismo. Didon desesperada se dio la muerte.

Despiadada dejo entonces a Fidias, voy a Roma. 

Venus, seré. El mundo me está esperando.


Jean Claude Fonder

Afrodita II

Afrodita al pilar.
Mármol, copia romana del siglo I-II ap. C., según un original griego de finales del siglo V a. C. Antiguamente restaurado en Thalie.

El cuerpo… Mi cuerpo, pensé mirándome en el gran espejo que adornaba la pared de mi habitación y permitía a mis amantes y a mí misma observar con lujuria nuestros encuentros. De repente miré hacia otro lado y corrí hacia la piscina, como hacía siempre antes de que mi compañero se despertara, no quería que me viera en el estado en que una noche de placeres desenfrenados me había dejado. 

Nadaba lentamente en el agua fresca y estimulante, que me regeneraba cada mañana. No demasiado rápido, no quería muscular un cuerpo que, ante todo, debía seguir siendo femenino. Me acordaba de la noche anterior. Por la mañana, Xenia tampoco era hermosa. Ya lo había notado antes, se maquillaba abundantemente, la cara, los ojos, e incluso el cuerpo, al despertar después de una noche de exceso, era la derrota. Esta mañana la acompañó Fidias, con la intención sin duda de prolongar un poco más, quizás en su casa, una noche de libertinaje para intentar influir en la decisión del escultor.

— Djamilah, tráeme mi Quitón de lino, — dije al salir del agua.

Me sequé cuidadosamente y me drapeé con el precioso y ligero tejido que mi compañera ató con fíbulas doradas sobre mis delicados hombros. A contraluz se podían vislumbrar las curvas que serpenteaban peligrosamente cuando me movía por las calles de la ciudad. 

Visité a la pobre comerciante y le compensé ampliamente el robo que había sufrido. Ella aceptó voluntariamente retirar su denuncia y yo fui a casa de Nicandro para informarle.

— No se pueden permitir todas tus maniobras deshonestas para influir en la elección del escultor. El modelo debe ser elegido por un tribunal imparcial y competente. La Heliea que presides sería sin duda la más apta, con su voto secreto, para garantizar este objetivo.

Esa misma tarde, el ceryx, el pregonero público, anunció el acontecimiento que tendría lugar en el Ágora a primera hora de la mañana, el día de la luna llena.

Unos días más tarde, me desperté muy temprano, hoy es la decisión. Sabré si Afrodita querrá encarnarse en mí, si yo también me convertiré en inmortal, si tendré mi propio templo en honor a este cuerpo que me halaga.

Yo no había vuelto a ver a Fidias, le había cerrado mi puerta, Héctor no le dejaba entrar. Si él pensaba en su estatua, debería contentarse con los recuerdos que no podía dejar de tener después de la noche, la larga noche de amor en la que me había entregado a él y la noche en la que, después de todo, me había traicionado. Sin duda se acostaba con Xenia, a la que se veía por todas partes, más ultrajantemente maquillada que nunca. 

Habían puesto un estrado donde tendríamos que desfilar, las candidatas modelo, y una tribuna para los miembros del tribunal. La muchedumbre era numerosa y quería influir con sus gritos a los miembros del jurado al que se habían incorporado para la ocasión el escultor y los principales magistrados de la ciudad. La tensión era alta, Xenia y yo teníamos que pasar las últimas, se había autorizado la participación de candidatas provenientes de todo el mundo heleno, en el cual se celebraba el culto de la diosa. La que elijan para ser el cuerpo de Afrodita, diosa del amor, tiene que ser la más bella de todas las griegas.

El público está entusiasmado, el juicio de Paris no es nada ante lo que ven, todas las formas que puede tener la belleza femenina en su desnudez reveladora desfilan delante de ellos, rubias y morenas, pequeñas y grandes, todas en curvas y andróginas, pero hay que elegir. Xenia pasa antes que yo, yo pasaré la última, la suerte o la diosa han decidido así.

Xenia es la más bella de todas, su cuerpo es perfecto, sus proporciones son divinas, sus pechos parecen vivir, sus nalgas y su cintura bailan con ellos el ballet eterno del acto de procreación. Se ofrece completamente al público. Sus pezones están maquillados con el mismo rojo que sus labios hinchados y que la hendidura en medio de su pubis entreabierto. Toda el ágora ruge ante esta exhibición desvergonzada. Sin duda ganará.

Entonces subo lentamente a la escena, resignada. Mi cuerpo está completamente cubierto por mi Quitón. Desabrocho las fíbulas que lo retienen.

El vestido cae, estoy completamente desnuda, mi carne es blanca como el mármol, muy finas, casi invisibles venas marmoladas azules, lo recorren.

Un silencio total, mágico, divino cubre el Ágora: Afrodita está allí ante el jurado maravillado.


Continuará


Jean Claude Fonder

Afrodita I

Afrodita al pilar.
Mármol, copia romana del siglo I-II ap. C., según un original griego de finales del siglo V a. C. Antiguamente restaurado en Thalie.

He visitado el nuevo templo. Simple e inmaculado, se parece al de Atenea Niké. Me gusta, aislado sobre una pequeña colina verde, sus columnas de orden jónico soportan ligeramente el friso, el tímpano y el triángulo plano del techo. Se ve desde lejos. Me veo ya como una estatua de la diosa Afrodita, después de todo me llamo Dafne. Tengo que convencer a Fidias, mi cuerpo no es perfecto, pero sólo yo conozco sus pequeños defectos. A menudo son éstos los que agradan a los hombres.

A Fidias, al menos. Me dejó esta tarde hacia las tres de la tarde, hicimos el amor toda la noche. Este hombre es más incansable e inventivo que una mujer. Creo que no hay parte de mi cuerpo que no conozca, una caricia que no me haya dado. Yo estaba exhausta y él también se durmió. ¿Qué hace mi rival Xenia? Probablemente también se acostó con él. Es muy guapa, debo decir, pero la encuentro fría y altiva, y probablemente menos experta que yo.

¡Bah! Ya no será un problema. Esta mañana la han encontrado, desangrada en su bañera, con las venas abiertas, se ha suicidado por despecho. Esto es lo que le sugerí a Nicandro, el presidente del tribunal de la Heliea, que me despertó esta tarde. Le he invitado a cenar esta noche para hablar de ello. Tengo que prepararme.

—Djamilah, ¿está listo mi baño?

Djamilah es mi esclava, con su marido Héctor, un coloso de ébano, formamos un buen equipo. Ella sabe prepararme bien, él me ayuda en los casos en que la fuerza debe hablar. Y luego, a veces, hacemos el amor juntos. 

La hora del baño es cuando empiezo a adorarme, con mi pelo y mis pechos hago mil juegos encantadores. A veces, incluso, concedo a mis perpetuos deseos una complacencia más eficaz, y ningún lugar de descanso se ofrece tan bien a la lentitud minuciosa de este delicado alivio. 

Confié a Djamilah mi cuerpo lánguido y descansado, me limpió, me peinó, y me afeitó, también el pubis, para que tuviera toda la desnudez de una estatua. Finalmente me cuidó enteramente, hasta en las partes más secretas de este instrumento que me sirve para ofrecer a mis amantes de una noche, las alegrías más sofisticadas.

Me levanté desnuda y adornada con todas mis joyas, me miré un instante en el espejo, luego tiré de la caja fuerte donde había doblado una vasta tela transparente de lino amarillo, la hice girar alrededor de mí y me envolvió de la cabeza a los pies.

Nicandro no tardó. Entró sin demasiada ceremonia. Diré incluso que me pareció un poco demasiado excitado, estaba acompañado por varias personas. La cena íntima que había planeado parecía comprometida.

—Dafne, estos dos testigos dicen que te vieron entrar en casa de Xenia esta mañana.

—Pero eso no es posible —declaré orgullosamente—, estaba en la cama con Fidias, pasamos la noche juntos.

—Te vimos, estabas velada, pero tu andar es tan reconocible … era tú, estamos seguros. Xenia también te reconoció.

—¿Cómo? ¿Xenia está viva todavía? — Dije, casi gritando a Nicandro.

Me respondió que no me la había dado por muerta, más bien que estaba desangrada. Esperaba todavía el informe de los médicos.

Fue entonces cuando entró Héctor, sin aliento y cubierto de sudor. «¡Qué hombre tan apuesto!» pensé, Djamilah tiene mucha suerte, menos mal que me deja disfrutar de él un poco.

—¡Han robado a la vendedora de pollos! Le robaron un ánfora llena de sangre.

Esta vez apostrofé a Nicandro:

—¡Estaba desangrada! ¿De sangre de pollo, sin duda?

El presidente del tribunal se retiró entonces declarando que debía investigar, que había nuevos datos.

Me encontré sola con Héctor, a quien agradecí prodigándole una caricia como se debe, y Djamilah, que propuso que cenáramos juntos:

—La señora se había preparado, y el huésped que iba a honrarla esta noche nos ha dejado plantados. —Explicó a su marido.

Djamilah sabe cómo manejarme. Me ayudó a quitarme el drapeado que, según ella, sólo permite ver un esbozo de la más bella cortesana de la ciudad. Ella le ayudó a descubrir los tesoros que ella misma acariciaba cada día para proponerlos al mejor postor. Héctor también tenía algo que ofrecer, y tengo que decir que estaba bastante segura de que esa noche sería de mi agrado. 

Xenia entró entonces bella como una diosa. La línea suave del cuerpo ondulaba a cada paso, y se animaba con el balanceo de los pechos libres, o con el balanceo de las caderas hermosas, sobre las que se doblaba la cintura. La ira de su cabello rodeaba el delicado óvalo facial, donde ardían dos ojos negros.

—Esta mañana no estabas muy lejos —gritó-, creíste que te estrangularían por haberme asesinado. Te vi entre la multitud, estabas asustada.

—Creíste verme, estaba en la cama con Fidias.

—No, preciosa, dijo este último. Se había unido al grupo sin que nadie lo viera. Cuando te escapaste de mi abrazo por la mañana, me di cuenta, y cuando regresaste, más rápido de lo que creía, fingí dormir otra vez.

Estábamos en el punto de partida. Esta mañana debo confesar que mis intenciones no eran muy claras, pero cuando vi a Xenia pálida como una muerta en esa profusión de sangre, me escapé. 

Atraje a Xenia y Fidias al seno del grupo y dejando al pobre Héctor en manos de las dos mujeres, recordé a Fidias cómo estaba hecho el único cuerpo posible para Afrodita.


Continuará


Jean Claude Fonder

Turner

Dutch Boats in a Galearnars
Joseph Mallord William Turner

Estábamos en Londres, lloviendo para variar. Un sol agradable a veces atravesaba grandes nubes espantosamente negras. Los colores entonces eran maravillosos, eran nítidos y francos como las dos fuentes de Trafalgar square que extendían sus manchas azul-claras delante de la imponente National Gallery. Con un tiempo como éste, qué mejor que visitar alguna obra maestra de la pintura inglesa.
Turner me pareció una elección sensata, podríamos concentrarnos en los impresionantes Marines de Turner que proponía el Museo.
Huyendo de la lluvia, Gabriel, Michelle y yo subimos las escaleras de este templo de la nación británica. Nos perdimos sin encontrar un lienzo de Turner en este inmenso laberinto de pasillos y salas de colores fuertes, burdeos, verde botella, gris triste y sobrecargado de marcos con dorados barrocos. El personal nos indicó dos salas donde encontrarlos, lamentando el hecho de que no se podían colgar todos. Después de otra larga caminata pudimos admirar algunos lienzos que representaban bastante bien lo que este pintor dejó en el imaginario común, en particular los marines como por ejemplo aquella cuyo título es «The Fighting Téméraire». Una poderosa nave de tres mástiles arrastrada por un remolcador de rueda y vapor que parecía salir de una neblina difícilmente penetrada por un sol poniente.
Y finalmente el flechazo, una pintura nos atrajo, un rayo de sol en toda la sala centraba algunos barcos holandeses arrastrados por una ráfaga de viento impresionante y nos los mostraba en un mar desencadenado, ampliamente iluminado por blancos y grises colorados.
— ¿Cómo sabemos que son barcos holandeses? —preguntó Gabriel, que se interesaba más de lo habitual.
— El título lo indica. Y luego parecen barcos de fondo plano, con una sola vela, barcos de pesca, porque así pueden acercarse más a la costa.
— Papá, ¿por qué los barcos grandes en la lejanía están tan tranquilos?



Jean Claude Fonder

Milán, el nuevo Cervantes

¡Qué belleza!

Estoy delante del nuevo Cervantes de Milán. Es más hermoso que el de la vía Dante, más milanés. Por supuesto, el antiguo estaba cargado de recuerdos, de felicidad, de alegrías, de historia, pero hay que mirar hacia el futuro, tenemos que volver a partir, necesitamos juventud, necesitamos belleza.

No me lo imaginaba, las fotos que había visto nos mostraban sobre todo el patio interior, muy hermoso, pero hay mucho más. Tomé el tranvía 16 que se detiene frente a mi puerta, y haciendo dos paradas más que antes, desembarco en Missori, junto al hermoso jinete que parece venir de la batalla de Waterloo y la salida del metro, línea 3. Dando unos pasos por la calle Zebedia hacia la plaza San Alessandro, surge una pequeña calle a la izquierda, vía Achille Mauri y allí está, delante de mí, en el número 2a con la bandera española que flota sobre la entrada.

Entro y el impacto es positivo: 2 hermosas columnas dóricas, una escalera de caracol, una hermosa planta y una recepción en un decorado uniformemente blanco donde destaca el logo rojo del Cervantes. Esperaba encontrar a Ana, Ana López, pero no había nadie, entro un poco más en el pasillo y encuentro una vista del patio y el tronco gigantesco de su maravillosa glicinia. Es entonces cuando veo detrás de mí la animada oficina de la secretaría, y a la misma Ana hablando concentrada por teléfono. 

Como la llamada se prolonga, me aventuro y subo al primer piso. Alrededor del patio interior de un ocre bien milanés, la majestuosa glicinia se puede ver desde las diferentes oficinas y aulas que lo rodean con un balcón (una ringhiera) que acentúa el color local de la arquitectura. 

Una pacífica calma emana de la blancura general, busco la oficina de la directora, Teresa Iniesta, pero no la encuentro, me confirman que está en el edificio. Quiero saludarla y felicitarla. Es a ella a quien debemos este milagro, este nuevo Cervantes, concebido e inventado durante la pandemia en circunstancias muy difíciles, y no es sólo un nuevo edificio, sino que refleja muy bien la novedad en el enfoque y la visión de un instituto moderno y orientado al futuro. 

Mientras tanto, Ana se ha unido a mí, tomamos algunas fotos más y continuamos la visita. Me hace descubrir el ascensor que está en el lado contrario por el que entré, y es en la planta baja donde Teresa me hace señas mientras fotografío el patio. Finalmente, todos los demás presentes se manifiestan, están ocupados preparando una reunión que va a comenzar pronto y en la que Ana debe participar. Así que tengo que irme…

El nuevo Cervantes está listo, la biblioteca y la zona de cultura se están preparando en un edificio cercano, estoy seguro de que, una vez más, nos asombrarán. Nos vemos en septiembre.

Gracias, Teresa, gracias a todo el equipo.


Jean Claude Fonder

La librería

La librería de Pieter Meijer Warnars
Johannes Jelgerhuis

— ¿Cómo no admirar esta obra? — le digo a mi mujer deslumbrada como yo ante el cuadro de Johannes Jelgerhuis expuesto en el RijksMuséum.
Sobre todo la luz, que parece provenir de la calle inundada por un sol radiante. Un sol claro, que no está nublado por el calor. Un sol que celebra una actividad febril en la ciudad que rodea la librería. Se ven las estrechas fachadas de las casas holandesas, muchas personas que van y vienen sin duda por trabajo, algunos animales, un caballo que tira de una carreta e incluso un perrito que brinca alegremente ante la puerta abierta de la librería.
La luz penetra por ella y por las grandes ventanas que cubren toda la pared que da al exterior. La luz imperiosa se refleja incluso en la parte posterior de los libros encuadernados, ordenados preciosamente sobre los estantes de las paredes laterales, proyecta su sombra sobre los muebles y las pocas personas que pueblan este antro de frescura. Se ven en el suelo, ramas de papel y contra los armarios del material de encuadernación Todo refleja calma y serenidad. Un personaje sentado frente a un escritorio trabaja junto a la ventana, quizás traduciendo o copiando algún texto o se trata de un contable. Un cliente de pie y elegantemente vestido interroga a los dos empleados. ¿Quizás esté preguntando por alguna edición rara, por ejemplo, del Quijote en holandés? Nunca lo sabremos.
— ¿Has notado la perspectiva?, —continuó mi mujer, —es impecable. 
Sí, parece una escena de teatro, pensé. 
¡No hay más que gritar: acción!



Jean Claude Fonder

Marlene

La calle
Ernst Ludwig Kirchner

Élie Eldman adora a Marlene Dietrich, su voz imperceptiblemente ronca, su alemán que arrastra, languideciendo, la fatalidad de su mirada que expresa mejor aún que su elegancia indolente, toda la desesperación de su pueblo que trata de resistir a una decadencia despiadada. Esta noche asistirá al espectáculo, ha venido a Nueva York expresamente. Espera la hora con impaciencia.
Sigue cautivado por «La calle» de Kirchner, expuesta en el Moma. La prostituta de lujo que despliega su abrigo malva y su cuello de piel blanca en el centro del cuadro, y que se mueve sensual en medio de una alfombra púrpura, lanza una mirada irónica sobre un pobre personaje sometido a su encanto. Su pelirrojo, su pintalabios rojo agresivo y su sombrero con plumas blancas inclinado sobre un ojo, podría evocar a Marlene en la película que la hizo famosa «El ángel azul», aunque la época es posterior a la guerra. El cartel donde se ve a la actriz que levanta la pierna con unas medias negras sujetadas por un liguero que realza sus muslos bien carnosos, forma parte de las imágenes que poblaron las fantasías sexuales de su adolescencia. 
“Wie einst Lili Marleen…”. (Como antaño, Lili Marleen.) Los recuerdos apócrifos de Élie asocian erróneamente esta canción que ha dado la vuelta al mundo con la voz inimitable de Marlene, y no puede dejar de canturrearla ante el cuadro que está admirando. Los visitantes lo observan y se alejan de este personaje extraño que podría hacer pensar al profesor Rath, caído en las redes de la cantante. 
Expulsado por el oprobio general, sale del museo y se dirige sin más demora al Carnegie Hall. Hay mucha gente y la espera se hace larga. Finalmente puede entrar, tiene un excelente asiento en el primer piso del balcón, en la curva que domina la escena. El telón se levanta lentamente, Marlene aparece.
Ella está vestida con traje de gala de hombre, un sombrero de copa posado con coquetería sobre su cabello rubio, una larga boquilla en la mano, su otra mano sobre la cadera que cubre una pequeña braguita negra que deja elegantemente descubiertas sus largas, largas piernas. 
Elías se levanta y aplaude con todas sus fuerzas.



Jean Claude Fonder