La biblioteca

Crecí entre pan recién horneado y libros. Corrían los años noventa y la tienda de mis padres, situada en la esquina frente a la plaza principal, vendía hogazas de pan y bollos para todos los gustos. Los míos eran de los que trabajaban desde la mañana temprano hasta el atardecer, sin embargo siempre les acompañaba una sonrisa luminosa y acogedora. Cada vez que yo salía del cole, llegaba a la panadería correteando por las calles estrechas del casco antiguo, a veces en compañía de alguna amiga a la que prometía merendar juntas bollos de chocolates y pistachos. Al cerrar la tienda y una vez en casa, el olor a pan que desprendían nuestros abrigos colgados en el perchero llenaba todo el pasillo y, curiosamente, me transmitía una tranquilidad y cierta paz interior que no sabría explicar.

Mis días pasaban sin prisa, o al menos eso me parecía a mí, pese a lo que decían los adultos, que no perdían la ocasión para quejarse de cómo el tiempo huidizo se les escapaba de las manos. De hecho, las conversaciones entre los clientes de la panadería siempre acababan con frases sobre el tiempo, y yo lo sabía de sobra porque normalmente hacía los deberes en un rincón de la trastienda donde mi padre había colocado a propósito una mesita de madera bastante baja, pintada de blanco, y unas sillitas del mismo material para que pudiera estudiar tranquilamente sola, o con mis compañeras del cole. En particular, a Carmen y a mí nos gustaba escuchar las conversaciones de los vecinos del barrio que pasaban casi a diario por la tienda, mientras nuestras mochilas se quedaban abiertas en el suelo, entre rotuladores y cuadernillos esparcidos por doquier. A la postre, creo que fueron esos retazos de charlas escuchadas a escondidas entre mis padres y sus aficionados clientes a generar en mí una forma de curiosidad e interés por las palabras que con el tiempo, habrían que convertirse en mi futuro. Obviamente hubo otra persona que me dio el empujón decisivo: mi abuela paterna, un auténtico huracán humano. 

Esa mujercita de casi ochenta años, de ojos almendrados y fuerza de voluntad arrastradora, que solía pasar por allí los viernes por la tarde, me pilló orejeando a través de la pared que hacía de divisorio entre la tienda y la trastienda lo que estaban comentando mi madre y doña Eleonor. Entonces me dijo algo que nunca voy a olvidar: “A ver niña, si te gustan tanto las habladurías, te aconsejo que leas algún cuento para los chicos de tu edad. Esas no son cosas para ti. Hay una biblioteca detrás de la plaza donde puedes escoger entre un montón de libros. Naturalmente hay que pedir el préstamo y devolver el libro dentro de un plazo de tiempo…¿Qué te parece?”.

No me acuerdo exactamente lo que le respondí, sin embargo estaba contenta porque sabía que no me iba a delatar a mis padres que, conociéndolos, me habrían echado una bronca tremenda. Pero sí recuerdo con exactitud lo que me dijo ella después: “Elvira niña, acuérdate de que en el mundo hay personas que viven la vida y otras que la dejan pasar por delante de sus ojos. Trata de estar entre las primeras”. 

No sé si hice tesoro del consejo de mi abuela. De todas formas cuando, al día siguiente, entré en la planta baja del antiguo edificio donde se ubicaba la biblioteca, después de haber atravesado un patio de columnas de forma rectangular, me pareció ingresar en un mundo nuevo y fuera del tiempo. Los largos hilares de estanterías repletas de libros, las imponentes mesas de caoba colocadas en el centro de cada sala de lectura, las luces difusas que procedían de lámparas puestas estratégicamente para crear una atmósfera elegante y relajante, en pocas palabras todo cuanto vi aquel día, cogiendo todavía de la mano de mi madre, me impresionó tanto que la imagen quedó grabada en mi memoria hasta hoy. Mi emoción tocó su ápice cuando me percaté de que justo en el centro de la biblioteca se adivinaba la base de una alta torre de origen medieval cuyo techo no conseguí ver pese a mis esfuerzos. Las paredes circulares estaban amuebladas con anaqueles de caoba sobre los cuales reposaban los libros más antiguos. Para leerlos hacía falta un permiso especial, eso dijo la bibliotecaria, doña Isabel, que nos enseñó el lugar como si fuera una guía turística. Luego, prosiguiendo en su disertación, nos informó de que el edificio  se remontaba a la Edad Media y en origen había sido el Palacete del Excelentísimo Conde Juan Osorio Del Valle, cuyos apellidos daban el nombre a diversas calles de la ciudad. Pese a que era tan solo una niña, me di cuenta de cómo brillaban los ojos de la mujer al conversar con nosotras, como si tuviera un amor reverencial hacia la historia del edificio y sus libros. Me quedé impresionada. Inútil decir que, a partir de entonces, las visitas a la biblioteca se convirtieron en mi rutina semanal, tal era el tiempo que tardaba en leer los libros que pedía prestados. 

Con el paso del tiempo, ya lo sé, cambian muchas cosas, hasta nosotros mismos, pero siempre guardo el dulce recuerdo de aquellos años de lecturas despreocupadas, meriendas a base de pan y chocolate, de conversaciones escuchadas a escondidas, de carreras por las calles que de la escuela conducían a la tienda de mis padres. A lo mejor fueron esos eventos a hacer de mí la escritora que soy ahora, y cuando mis lectores me preguntan qué lugar, circunstancia o persona me empujaron a escribir yo les contesto que fueron mi querida abuela, la vieja biblioteca del barrio y el olor del pan recién horneado.

Manila Claps………..

Una ladrona de arte

Madrid, mayo 1940

El cielo estaba despejado como era de esperar en aquella estación del año. El sol hacía resplandecer los grandes ventanales de las lujosas viviendas que flanqueaban la carretera, y las ramas de los plátanos procuraban una ligera sombra a las aceras del barrio. Pero más allá, a unas pocas manzanas de distancia, todavía quedaban las huellas de la sangrienta guerra civil: montañas de escombros amontonados en los rincones de las carreteras que alguien había intentado disimular sin éxito. En ese mundo de contrastes, hubo quien escapó y quien murió, hubo quien aceptó la derrota a regañadientes y quien ganó. Nunca se supo a cual categoría pertenecía la mujer que desde hacía unos meses, se había establecido en el vecindario.

Como cada primer miércoles del mes, Don Arturo, el viejo abogado viudo que vivía en el chalé de enfrente, se detuvo a mirar con interés a la mujer que salía de la casona con paso firme y decidido. Vestía de todo punto como siempre: un traje de chaqueta con hombreras, una falda con pliegues que apenas hacía vislumbrar las pantorrillas delgadas, zapatos a la moda francesa. Un lujo esto que lejos de representar una señal de coquetería pretendía enseñar a los demás el nivel social de quien los lucía. En la calle Génova, un barrio de gente pudiente y “respetable”, de casas de dos plantas con estatuas y fuentes en los jardines, la llegada de esta extranjera – así la apodaban la mayoría- seguía siendo tema de chismorreos de todo tipo además de engendrar cierta curiosidad cada vez más creciente. Había quien juraría de haberla vista en alguna revista francesa, otros en cambio, la imaginaban como la viuda de algún alto cargo del ejército español. A pesar de las habladurías, la mujer solía emprender su camino hacia las oficinas del SDPAN- Servicio de defensa del Patrimonio Artístico Nacional – situadas en el centro de la ciudad con una determinación asombrosa y con una regularidad que Don Arturo había experimentado en el campo.

Una vez llegada a destinación, el ujier que estaba en el portal, don Alfonso, le hizo unas reverencias exageradas,  inclinándose lo que su cuerpecito bajo y chato le consentía, y sin esperar nada a cambio volvió a su periódico dejado abierto de par en par sobre la mesa que hacía de recepción. La mujer prosiguió hacia las escaleras de mármol que conducían al primer piso y allí se topó con don Javier Gómez Acebo, el agente más famoso del SDPAN porque, según se contaba, era directo encargado de suministrar bienes artísticos a las residencias de Franco. En aquella hora de la mañana no había mucha gente en los pasillos, y don Javier, más atrevido que nunca, hizo muestra de su zalamería besando la mano de la mujer con esa mirada solapada con la que algunos hombres creen subrayar su posición de dominancia hacia el género femenino. 

“Marquesa de Arnoussa,— exclamó el agente —es un placer para mí volver a verla por esos pasillos… sabe usted que estoy a su completa disposición para lo que necesite …”.

— Señor Gómez, —inquirió la Marquesa con tono algo molesto — sabe perfectamente que estoy aquí para recuperar lo que los republicanos me robaron, y es vergonzoso que yo tenga que venirme cada mes aquí, jurar delante de un juez como si estuviera procesada, para obtener lo que me pertenece por derecho… ¿Hasta cuándo sus hombres se dejarán de tonterías y empezarán a trabajar de verdad y a perseguir a los responsables de esos robos?

 Había un matiz de falsedad en la voz de la Marquesa que un experto como don Javier había aprendido a reconocer, pero por otra parte, sabía perfectamente que liarse con esa mujer solo le traería daño, justo ahora que se encontraba en las gracias de los que mandaban.  Así hizo caso omiso de la aparatosa actuación de su interlocutora y se limitó a acompañarla a la presencia de don Álvaro Rumia Del Valle, juez de la sección de obras de arte. Cuando la mujer entró en el salón, abarcó con la vista una cantidad de todo respeto de lienzos, tapices, porcelanas posiblemente de valor inestimable. Sin embargo, la Marquesa, no hizo amago de sorprenderse, estaba acostumbrada a fingir hasta su propia identidad, y se sentó en el banquillo asistiendo a las lecturas de acta y recaudación de datos, agitando coqueta un precioso abanico durante la media hora que duró la sesión. Al final el juez, encantado por la presencia de una mujer tan hermosa y distinguida, concedió que los lienzos incautados pertenecían sin duda alguna a la señora María Teresa Álvarez y Herreros de Tejada, Marquesa de Arnoussa, la cual por fin esbozó una sonrisa tan fascinante cuanto diabólica… Fue así como la extranjera de la calle Génova acumuló una fortuna en obras de arte sin que la alta sociedad madrileña de la época, que a menudo frecuentaba el salón de la Marquesa, se percatara de nada. Habría que transcurrir muchas décadas para que alguien desenmascara por fin a la ladrona de arte. 

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Una historia de amor

Empezaba a amanecer. Haces de luz se colaban tímidos por las rendijas del gran ventanal. La ciudad todavía estaba dormida, solo se podía ver a algún paseante madrugador esperando en una de las paradas de autobús o entrando en la boca del metro. Pronto, todo el mundo se habría volcado en sus actividades, pero a Montse eso poco le importaba. A sus ochenta y tantos años, solo le quedaba su pasado y muy poco por hacer. 

Ahora que el tiempo se le escapaba de las manos como granitos de arena entre los dedos, el presente de sus días tenía otra forma y significado. Quedarse durante muchas e interminables horas detrás de la ventana de su salón escudriñando a los atareados transeúntes se había convertido en su rutina diaria. Observar el mundo era su forma de seguir con vida porque con el paso de los años Montse había perdido interés por sus aficiones, pero no su curiosidad. 

Sin embargo, no siempre fue así. Cuando la melancolía de sus pensamientos la atormentaba, Montse solía recordar el rostro de aquel joven chaval que fue su alumno cuarenta años antes. Sus ojos almendrados le devolvían la ilusión con la que la miraba y escuchaba sus clases de latín. Sus esfuerzos para comprender palabras antiguas que contaban historias de civilizaciones perdidas…Un relámpago le sacudió el cerebro y tuvo conciencia de un amor inconfesable. ¿Por qué recordarlo ahora? Los años habían pasado rápido y Montse se había convertido en una viejecita sin haber estado joven. A veces, las cosas que pasan como detalles sin importancia de la existencia, con el tiempo pueden tornarse indispensables. El recuerdo de aquel amor le demostró que había existido por alguien.

Manila Claps………..

¡Despertaos!

¡Estallidos de bombas! Relámpagos en el cielo. Ruido atronador. Sirenas de alarmas. Humanidad que corre. Humanidad escondida bajo tierra. Todavía queda esperanza en los que huyen y en los que se quedan. Porque siempre hay luz al final del túnel. Pero ¿de quién es esa maleta? 

Abandonada al lado de una acera, lleva dentro pocos enseres y parece esperar a su dueño como un perro fiel. Pero nadie la va a recoger. Lo que antes vivía, hablaba y pensaba ya no existe. Y esa manta azul, manchada de sangre inocente, y la cara destrozada de una madre que ha perdido su hijo para siempre…Y las arrugas de quien ha vivido mucho y ya no tiene adónde ir porque le faltan las energías…y los que mueren antes de nacer. 

Copos de nieve caen sobre los vivos y sobre los muertos. Vientos gélidos soplan y barren el polvo sobre montañas de escombros. Ciudades vacías. Esperanzas rotas. 

¿Dónde está la humanidad? ¿Dónde se ha escondido? ¿Todavía queda un trozo en algún rincón? 

¡Despertaos gente! 

No es eso el mundo que queríamos.

Manila Claps………..

Bajo sol y bajo lluvia

Para Elisa,
in memoriam

Llovía a cántaros. Hacía frío. Sobre todo en el alma. Sin embargo había mucha gente a tu entierro. Me hubiera gustado participar, pero yo no estaba allí en aquel tiempo. Vivía lejos. Lo que sé me lo contaron. Con pelos y señales. Bueno, la verdad es que para mi, no hizo falta. Lo podía imaginar sin esfuerzo. El dolor de tus padres y de todos los que te quisieron en vida. Entre ellos también el mío. 

Dicen que no existe nada peor que la muerte. En lo personal creo que el silencio es mucho más aterrador y ruidoso. Para acabar de una vez con ese silencio que siempre acompañó tu desaparición, quiero dedicarte esas líneas. Quisiera contarte  lo que fue después. Como si tú pudieras oírme, allá donde estés. 

Porque el día que te fuiste para siempre tú no lo sabías.

Llevabas solo unos vaqueros, una camiseta de colores y tus zapatillas de deporte preferidas. Y la sonrisa con la que acogías a todos y con la que esperabas vivir tu futuro que alguien te robó. Esa también te llevaste para siempre. 

Aquel domingo de septiembre hacía calor. Todavía lo recuerdo. Parecía que el verano no quisiera ceder el paso al otoño, con sus lluvias y sus cielos grises. Saliste de casa despidiéndote de tu madre. Ninguna de las dos hubiera podido imaginar. Nadie hubiera podido predecir la tormenta que vino luego. 

No es fácil encontrar las palabras, porque casi siempre cuando las buscas ellas rehuyen, no están hechas para ser atrapadas en una hoja de papel. Solo quiero que sepas que te buscamos por todas partes, bajo sol y bajo lluvia… y nunca tuvimos la suerte de dar contigo. 

Eso ocurrió muchos años después, cuando la ciudad ya te había olvidado.

Manila Claps………..

Una sonrisa asombrosa

Carabanchel, Madrid 

En nuestros días 

Por fin esbozó una sonrisa. Al recuerdo de su nieta corriendo a su encuentro, dos días antes. Habían pasado 43 años desde su última relación con el mundo. Empezó a dibujarse en su rostro de forma casi imperceptible, al principio tímida. Estaba acostumbrado a esconderse, a sobrevivir ocultando todo tipo de sentimientos. Sin embargo, al cabo de un rato, lo que había empezado como una risita sin importancia, se convirtió en una carcajada sonora y profunda. De repente, sintió alivio, allí sentado en el banco pintado de rojo del parque de su niñez. Unos transeúntes, creyéndolo loco, se alejaron rápido. A Antonio poco importaba. Dejó que los recuerdos aflorasen prepotentes, sin limitaciones, como si el tiempo le hubiese devuelto lo que la justicia le había quitado durante años. Gozar de cada momento, como solo sabe hacer el que toca fondo. Reír, descubrió pronto, era la única forma de salir adelante y de retomar lo que le quedaba de su vida. Reír…Solo entonces volvió a sentirse humano. 

 43 años antes…

Una mañana de abril de 1979 la vida de Antonio Morales cambió para siempre. Y para mal. Siempre y mal acaban yendo juntos más veces de las que quisiéramos. Ya han pasado muchos años, y nadie le ha pedido disculpas, ni siquiera formalmente. Además, casi ninguno de sus vecinos del barrio le hace caso. El barrio de su niñez, como era lógico pensar, había cambiado su aspecto y nada quedaba de las viviendas de mala muerte, de fachadas destartaladas y persianas descolgadas, abarrotadas de niños sin zapatos y sin recursos, ni de los olores de cocina multiétnica que sabían a nostalgia y a vidas dejadas atrás en países lejanos. Las calles, antes atestadas de basura de todo tipo y de perros famélicos, no le parecían las mismas. Claro, el mundo había seguido adelante mientras él, muerto en vida durante más de cuarenta años, trataba de ignorar todo lo que ocurría fuera de la cárcel. Olvidar fue su personal solución a lo que, de lo contrario, habría sido un infierno en vida. La misión de Antonio fue sobrevivir, uno entre muchos, tratando de pasar desapercibido, en aquel lugar llamado Prisión Ángel Ruiz Buenaventura, un nombre prometedor detrás del cual solo había un laberinto de pasillos, celdas húmedas y esperanzas destrozadas. Sin embargo, a la vida le gusta darnos sobresaltos, sobre todo en el momento en que menos los esperamos. De ahí que, una mañana de cielo gris, cuando las esperanzas quebradas de Antonio ya quedaban arrinconadas en el pozo de sus pensamientos, un abogado de la oficina del Estado, de pelo cano y con traje de chaqueta, le anunció sin rodeos su liberación. Después de una revisión del caso, un testigo de los hechos, una mujer de más o menos su edad, que vivía en su barrio en aquel entonces, se había retractado en su declaración, justificando su terrible error con la presión judicial de las autoridades. Por lo tanto, después de cuarenta y tres años de vida derrochada entre barrotes, no era él el chico armado que había disparado a quemarropa a dos personas en el supermercado, dejando sin sustento dos viudas y tres huérfanos menores de edad. Fue así como una tarde de cielo despejado, a pesar de sus reticencias, Antonio se encontró en la calle, libre. Y rodeado de periodistas. Como era de suponer, su caso fue llevado a la televisión, sin hablar de los titulares de la prensa local antes, y de la nacional después. Todavía queda en la memoria de los vecinos de Carabanchel la sonrisa asombrosa con la que Antonio solía responder al sinfín de preguntas de los reporteros. 

El cuento está inspirado en una historia verdadera. Cuando leí por primera vez el artículo en el que se comentaba un terrible error judicial muy similar al de mi cuento, me puse en la piel del protagonista al que destrozaron la vida. La única forma de salir de tanto dolor que encontré, y que me gustaría enseñar, es el poder de la sonrisa. 

Manila Claps………..

La dependienta

La primera vez que lo vio casi se le cayó encima. Chocó con el pie derecho en la silla de ruedas donde estaba sentado el hombre. Sus súbitas disculpas no suscitaron ninguna reacción particular en él. Ni siquiera una mirada. Sus ojos estaban empeñados en otras tareas. Ildefonso se dio la vuelta y prosiguió su tarde de compras sin más. Tenía prisa. Muchos regalos por comprar y las tiendas abarrotadas de gente no prometían nada bueno. Su secretaria, que nunca iba de vacaciones por ser solterona y aburrida, le había pedido  diez días seguidos de permiso para irse de viaje a Lisboa.. ¡Increíble! Se estaba volviendo blando.. Además, él no podía perder el tiempo porque el tiempo es dinero, ¿no? Todo el mundo lo sabía. Sobre todo Ildefonso. Venido de la nada había construido un imperio económico del que estaba orgulloso y del que presumía delante de amigos y enemigos. ¿Cómo lo había conseguido? Nada de milagros, claro. Simplemente volcando cuerpo y alma en un único objetivo: el dinero. Una palabra que lo decía todo. Al menos para él. Sin embargo, pese a todos sus numerosos compromisos, la figura oscura de aquel hombre en su silla de ruedas volvió a aparecer en su memoria en los días sucesivos. También en las semanas sucesivas. Hasta que el recuerdo de aquel encuentro fortuito se convirtió en una especie de obsesión. No sabía explicárselo. Ni siquiera su analista, al que solía acudir todos los jueves por la tarde, tenía la respuesta. Fue así como, el día antes de Navidad, dejando las maletas a medio hacer y los billetes de ida y vuelta para  New York en la mesilla de noche, decidió volver al centro comercial con la absurda esperanza de encontrarlo otra vez allí.  ¿Para qué? No lo sabía. Mientras conducía por las carreteras atascadas por las inminentes festividades, seguía repitiéndose que todo aquello era simplemente absurdo. ¿Qué hacía allí un hombre de éxito como él? Ildefonso nunca había hecho nada por nadie excepto por sí mismo, menos aún por nada que no rentase dinero. Invertir el tiempo en algo que no fuesen los negocios era un absurdo desperdicio. Tenía una agenda llena de compromisos hasta el año sucesivo y a sus espaldas solo amores consumados de prisa para satisfacción de la carne y empobrecimiento del espíritu. ¿Qué le faltaba por tener? Pero allí estaba, tratando de llegar a tiempo al centro comercial en búsqueda de un hombre perfectamente desconocido. Una locura. Una broma que podría contar a sus colaboradores para pavonearse de su temeridad frente a un tullido. Con esos pensamientos caminaba por los largos pasillos del centro comercial que seguían llenos de gente apresurada por las últimas compras. Había niños por todas partes que correteaban. Familias enteras con bolsas repletas de paquetes de colores. Música de Navidad que salía de los altavoces. Sin hablar de los escaparates, adornados con juegos de luces y guirnaldas navideñas. Caminaba ensimismado en sus pensamientos cuando se percató de su presencia. Se paró de pronto. Su hombre estaba allí. Sentado en su silla de rueda, casi inmóvil, y la mirada fija hacia los transeúntes. Entonces se concedió algún tiempo para escudriñarlo mejor. El hombre vestía un abrigo negro pese al calor del ambiente y llevaba una bufanda verde anudada con cura. Tenía la piel muy clara o a lo mejor era la negrura de su vestimenta que la resaltaba. Su nariz pequeña chocaba con sus ojos negros, muy grandes y expresivos. Ahora que estaba allí casi no tenía el valor de acercarse. Sin embargo, lo hizo,  como empujado por una fuerza oscura. Fue entonces cuando el hombre del abrigo oscuro empezó a hablarle, con una voz profunda y tierna al mismo tiempo, casi como si estuviera esperándole: “Estoy aquí por ella… No. No es lo que usted imagina. Desde luego es una mujer guapa y encantadora pero, fíjese en sus gestos. Suaves y firmes, precisos y elegantes. La gracia con la que empaqueta los regalos, la atención casi materna con la que prepara los escaparates para que sean más atractivos, las sonrisas preciosas con las que acoge a sus clientes, la mirada limpia de una conciencia sin manchas. Y el tiempo. Su tiempo. Todo lo que necesita con tal de hacer bien su trabajo. Para ella no hay prisa, solo dedicación y pasión. Llevo meses observándola, pero nunca me he atrevido a entrar en la tienda.  Tal vez me arme de valor, en futuro.- Pasaron unos segundos que a Ildefonso le parecieron eternos y el hombre, como si adivinara el trasiego interior de su improvisado interlocutor, añadió – “Mire, en mi vida, hubo un antes y un después. Pero, solo ahora soy dueño de mi tiempo. ¿Le parece poco?”

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Unas noches inolvidables

PRESENTE

La ceremonia fue sobria. Los pocos presentes se limitaron a dar el pésame y nada de charlas superfluas. Después del entierro, Gabriel volvió a casa con la intención de empezar a leer el cuadernillo que su mujer escribió hasta que sus facultades lo consintieron. Nunca había tenido el valor de hacerlo antes. Ni siquiera a escondidas. Ahora que Teresa lo había dejado para siempre, sentía la desesperada necesidad de entender. Cogió el cuaderno, lo hojeó y se paró a leer un fragmento:

“Macarena y yo fuimos dos amigas de verdad. Nos unió la necesidad, eso sí. Tan solo había pocos niños en el barrio. Cuando llegué, yo era la niña pobre que venía de un lugar desconocido y ella era la de las trenzas negras y cuerpo gordito a la que todo el mundo le tomaba el pelo. Fue la diversidad lo que nos ligó para siempre. Más allá de lo que yo podía suponer. La amistad es el sentimiento que nos hace seres humanos. Solo ahora lo entiendo. Macarena y yo. La echo tanto de menos.”… Ahora empezaba a entender. Ahora lo tenía claro.

ALGUNOS AÑOS ANTES

A menudo había oído decir que la vida pasa por instantes. Los buenos y los malos. Y que son precisamente estos últimos los que nos hacen entender el valor de la vida. Pero ahora que la memoria empezaba a faltarle cada día más, ahora que le costaba incluso abrocharse el collar que le regaló su madre el día de la boda, se preguntaba sobre el valor de la memoria. Antes de que su cerebro terminase de funcionar, Teresa solía pasar horas pensando en sus recuerdos, tratando de agarrarse a ellos cuando los vislumbraba desde algún rincón de su mente. Pero ellos se empeñaban en esconderse, como si fueran niños traviesos. No tenía mucho tiempo. Lo sabía. Por eso, algunas veces en mitad de la noche, se levantaba sigilosamente de su cama, con la respiración entrecortada y, tratando no despertar a Gabriel, su marido, iba al despacho de la casa, con unos interrogantes sin respuestas:

«¿Qué hace que recordemos algunos instantes y que nos olvidemos de otros? ¿Cuáles son los mecanismos desconocidos que nos permiten recordar y, al mismo tiempo, reconstruir nuestra vida pasada para entender nuestro presente?». Teresa, una mujer de pelo cano a la que le quedaba por vivir unos pocos años, no se conformaba con vivir una vejez sin memoria. Si hubiera podido elegir… pero no, las cosas importantes de la vida no se eligen, ocurren y solo nos queda enfrentarnos a ellas o sucumbir. Teresa sabía que la luz de sus recuerdos habría ido apagándose poco a poco, como una vela encendida y luego olvidada en algún alféizar de la casa. Tenía que actuar. Tenía que ponerse manos a la obra antes de que fuera demasiado tarde. Así, en unas de esas noches que pasaba en vela, a escondidas del marido que seguía durmiendo plácidamente, empezó a escribir sobre todo lo que podía recordar, desde su infeliz adolescencia hasta su vida actual. Poco a poco y con una constancia y tozudez que siempre la habían caracterizado, fue reconstruyendo las piezas de su pasado, trozos de vida que a un lector hipotético habrían de aparecer insignificantes, incluso para ella, meses después. Entre todos los que pudo atisbar en el laberinto de sus memorias agonizantes, el recuerdo de aquel desván de su niñez, donde muchas noches se quedaban mirando las estrellas por un agujero que había en el techo, seguía siendo nítido para Teresa. Fue en una de aquellas noches inolvidables con su amiga Macarena que Teresa comprendió, por primera vez en su vida, el valor de la amistad.  Ah si pudiera fotografiarlas ahora, aquellas estrellas, quedarían iluminando la vida hasta finales de sus días. ¿Cuántos años tenía entonces? Doce o a lo mejor trece, no conseguía recordarlo. Pero, a esas alturas, qué más le daba la edad. Lo que sí todavía permanecía vital era el calor de aquella amistad sin intereses de la que hoy casi no quedaba rastro. Excepto en su memoria. Claro. Macarena había muerto unos años atrás, dejándola sola de la noche a la mañana. Una enfermedad oculta y sin síntomas se la había llevado. Ahora que ya no estaba, solo tenía sus recuerdos. Al menos por un tiempo.  En el cuadernillo que siempre la acompañaba, Teresa escribía todo lo que nunca confió ni siquiera a su marido Gabriel. Su marido y sus hijos lo comprendieron después. Lo entendieron cuando Teresa ya había muerto. Aquellos fragmentos de su pasado lo decían todo.

Manila Claps………..

Entre tiempos

Tiempo de felicidad 

Muchos tiempos pasan en la vida. Algunos se disfrazan de colores brillantes y otros, en cambio, nos enseñan las tonalidades más oscuras. Sí, lo sé, hay que distinguir. Hay un tiempo cronológico marcado por los relojes, objetivo, inflexible y al parecer, inacabable. Pero también hay otro, el de los sentimientos, inevitablemente subjetivo y perecedero. Para Maribel hubo un tiempo de felicidad. O, por lo menos, esa era su  sensación al pasear por las calles tortuosas del pueblecito, en una calurosa tarde de verano. En el aire se percibía un triunfo de olores floreados, desde los jazmines hasta los glicinas, que embriagaban los sentidos de los pocos transeúntes que se atrevían a salir pese al calor… Una ligera brisa marina acariciaba la piel de Maribel y de su pareja, aliviando así el bochorno de aquel día. Eran felices. Por fin podían disfrutar de las tan ansiadas vacaciones, de los paseos por la playa, de los sabores genuinos de los platos costeros, de las horas pasadas charlando y riéndose de la vida. Casi los veo desde aquí, las fotos que seguían enviándome por WhatsApp, sus sonrisas espontáneas y vitales que tanto enriquecían mi día a día, que pasaba sin descanso entre un compromiso y otro. Pero un punto negro en el horizonte habría de cambiar el plácido fluir del tiempo. Ese  tiempo, que huye cada momento es, a veces, un tirano cruel que quiebra las voluntades más tenaces, desgasta los sentimientos, separa para siempre los eternos amantes, y se ceba de nuestra savia vital. Ese  tiempo maldito, que llega a burlarse de nosotros y hace que unos segundos cambien para siempre lo que ni en una vida entera, recordándonos inexorablemente la precariedad del ser humano.  El objeto oscuro era una moto de media cilindrada que, sin percatarse de la presencia de los dos jóvenes, procedía a fuerte velocidad por las callejuelas antiguas. Fue así como las miradas cómplices se apagaron y la luz del sol se tornó oscuridad…

Tiempo de dolor

El blanco se desvaneció. Entre las neblinas de la razón, poco a poco, volvió a la vida. El coma, que la había retenido en un limbo sin sueños se disipó, devolviéndola al mundo de los vivos. La primera cosa que vio fue la cara ovalada de una mujer, de ojos rasgados y labios finos, tratando de llamarla con su nombre. Se llamaba Patricia, psicóloga del hospital. Así supo la verdad y fue como precipitar al vacío. Había pasado un mes del terrible accidente. Con el alma desgarrada por dentro, el corazón hecho pedazos, solo el dolor de las heridas físicas le recordaban que aún seguía viva, pese a todo. El tiempo para Maribel cambió su disfraz y le hizo ver los matices más oscuros de la existencia. Los titulares de los periódicos locales reportaron cada detalle del accidente, incluidas las fotos de la joven pareja, con sus vestidos nupciales el día de la boda. Maribel se sintió sola en su pena, no obstante los familiares continuaran a velarla de día y de noche. “Con el tiempo- pensaban sus familiares- logrará salir de esta. Es joven…”… Como si la juventud fuese un antídoto natural al dolor que la vida entraña en sí misma.

Tiempo de sobrevivir

Pasaron los años. La juventud de Maribel quedó marcada para siempre, en cuerpo y alma. Sin embargo el tiempo se volvió menos oscuro. Por amor a la vida que siempre supo expresar con sus sonrisas, por no desperdiciar el tiempo que el destino no le había restado,  Maribel reanudó los hilos de su vida para tejer algo nuevo. El tiempo le había enseñado todos los colores, ahora le tocaba a ella elegir el de su vida. Al fin y al cabo el dolor y la felicidad se mezclan en el tiempo,  dejando huellas con las que construimos nuestras experiencias y alimentamos, a la vez,  nuestras expectativas. Vivir es aprender a situarnos entre lo que somos y lo que quisiéramos ser. 

Eso Maribel lo aprendió con el pasar del tiempo, ese mismo tiempo que algunas veces hiere y otras, en cambio, cura. 

A  V.  , por su coraje de volver a la vida.

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El círculo perfecto

EDWARD HOPPER (1882 – 1967) Lectora en el tren (1965)

El silbido del tren la despertó de sus pensamientos. “Volverás ….. ya verás. Pronto…. volverás…”.

Las palabras tranquilizadoras de su madre acariciando las líneas regulares de su cara, el abrazo final en el umbral de la puerta de casa. El claxon del coche devolviéndola a la realidad y luego, sus miradas por la ventanilla, tratando de memorizar, como si fuera necesario, cada detalle de los barrios que la habían visto crecer.

Un tren. Una estación de tren casi desierta. Una decisión tomada después de meses. Ya no había vuelta atrás. Subió al tren, levantando con cierta dificultad las maletas llenas. En ellas, trozos de su vida pasada. Buscó el número de su asiento, pero las lágrimas a duras penas le consentían ver claramente. Una señora entrada en años, nada más verla, se percató del sufrimiento de aquella chica rubia, tan guapa con sus vaqueros ceñidos y su sudadera de colores. «Hola muchacha, ¿puedo ayudarte en algo? Sabes, estoy tan acostumbrada a viajar que, a lo mejor, en lugar de jubilarme habría podido trabajar de inspectora del ferrocarril”. Una leve sonrisa y el mundo le pareció menos gris. 

Muchos años después, habría de recordar aquella madrugada tan triste.

Apagó el ordenador sin más. La luminosidad de la pantalla le molestaba los ojos después de tanto teclear. Estaba satisfecha. Acababa de terminar su última novela. Sin duda, otro éxito de ventas como las anteriores. Pero ¿Cómo había llegado hasta allí? …. Una maleta. Un tren. Un viaje. Allí se encontraba la clave de todo. 

Muchas veces se había arrepentido de haber cogido aquel tren; otras, había dado las gracias a Dios por su suerte. A menudo pasaba horas fantaseando sobre cómo habría sido su vida si no hubiera tomado aquella determinación. ¿Habría sido recepcionista en un hotel del centro o guía turística en Londres? Nadie tenía la respuesta. Lo que sí le quedaba claro era el recuerdo de aquella mañana. Ese viaje, pese a su voluntad, marcó un nuevo comienzo. Partir significa querer llegar a un lugar, real o imaginario. Aquella chica joven y bella comprendió que las raíces  no crecen debajo de nuestros pies, sino que las llevamos dentro del alma. Partir no es morir, es volver a nacer. No se trata de un desplazamiento en línea recta, más bien, de un movimiento circular. Y cuando lo queremos de verdad, puede llegar a ser un círculo perfecto.

Manila Claps………..