Una sonrisa asombrosa

Carabanchel, Madrid 

En nuestros días 

Por fin esbozó una sonrisa. Al recuerdo de su nieta corriendo a su encuentro, dos días antes. Habían pasado 43 años desde su última relación con el mundo. Empezó a dibujarse en su rostro de forma casi imperceptible, al principio tímida. Estaba acostumbrado a esconderse, a sobrevivir ocultando todo tipo de sentimientos. Sin embargo, al cabo de un rato, lo que había empezado como una risita sin importancia, se convirtió en una carcajada sonora y profunda. De repente, sintió alivio, allí sentado en el banco pintado de rojo del parque de su niñez. Unos transeúntes, creyéndolo loco, se alejaron rápido. A Antonio poco importaba. Dejó que los recuerdos aflorasen prepotentes, sin limitaciones, como si el tiempo le hubiese devuelto lo que la justicia le había quitado durante años. Gozar de cada momento, como solo sabe hacer el que toca fondo. Reír, descubrió pronto, era la única forma de salir adelante y de retomar lo que le quedaba de su vida. Reír…Solo entonces volvió a sentirse humano. 

 43 años antes…

Una mañana de abril de 1979 la vida de Antonio Morales cambió para siempre. Y para mal. Siempre y mal acaban yendo juntos más veces de las que quisiéramos. Ya han pasado muchos años, y nadie le ha pedido disculpas, ni siquiera formalmente. Además, casi ninguno de sus vecinos del barrio le hace caso. El barrio de su niñez, como era lógico pensar, había cambiado su aspecto y nada quedaba de las viviendas de mala muerte, de fachadas destartaladas y persianas descolgadas, abarrotadas de niños sin zapatos y sin recursos, ni de los olores de cocina multiétnica que sabían a nostalgia y a vidas dejadas atrás en países lejanos. Las calles, antes atestadas de basura de todo tipo y de perros famélicos, no le parecían las mismas. Claro, el mundo había seguido adelante mientras él, muerto en vida durante más de cuarenta años, trataba de ignorar todo lo que ocurría fuera de la cárcel. Olvidar fue su personal solución a lo que, de lo contrario, habría sido un infierno en vida. La misión de Antonio fue sobrevivir, uno entre muchos, tratando de pasar desapercibido, en aquel lugar llamado Prisión Ángel Ruiz Buenaventura, un nombre prometedor detrás del cual solo había un laberinto de pasillos, celdas húmedas y esperanzas destrozadas. Sin embargo, a la vida le gusta darnos sobresaltos, sobre todo en el momento en que menos los esperamos. De ahí que, una mañana de cielo gris, cuando las esperanzas quebradas de Antonio ya quedaban arrinconadas en el pozo de sus pensamientos, un abogado de la oficina del Estado, de pelo cano y con traje de chaqueta, le anunció sin rodeos su liberación. Después de una revisión del caso, un testigo de los hechos, una mujer de más o menos su edad, que vivía en su barrio en aquel entonces, se había retractado en su declaración, justificando su terrible error con la presión judicial de las autoridades. Por lo tanto, después de cuarenta y tres años de vida derrochada entre barrotes, no era él el chico armado que había disparado a quemarropa a dos personas en el supermercado, dejando sin sustento dos viudas y tres huérfanos menores de edad. Fue así como una tarde de cielo despejado, a pesar de sus reticencias, Antonio se encontró en la calle, libre. Y rodeado de periodistas. Como era de suponer, su caso fue llevado a la televisión, sin hablar de los titulares de la prensa local antes, y de la nacional después. Todavía queda en la memoria de los vecinos de Carabanchel la sonrisa asombrosa con la que Antonio solía responder al sinfín de preguntas de los reporteros. 

El cuento está inspirado en una historia verdadera. Cuando leí por primera vez el artículo en el que se comentaba un terrible error judicial muy similar al de mi cuento, me puse en la piel del protagonista al que destrozaron la vida. La única forma de salir de tanto dolor que encontré, y que me gustaría enseñar, es el poder de la sonrisa. 

Manila Claps………..