Tsampi

Olmo Guillermo LLévano

Tsampi es “selva” en lengua Cofán. (Amazonas Putumañense colombiano…)

Allí viven en grupos pequeños, pobladores indígenas, de cultura ancestral y liderados desde antaño por los Taitas, las Abuelas y los Chamanes, la autoridad tradicional que manejan las plantas de Tsampi para curaciones y el Yagé (tendukhu u’fa) para conocer el futuro, el diálogo de saberes, en la armonización de la palabra y en el amor… caminar juntos en un amanecer o cuando cae la tarde.

(“Suhu” Kussetsw e’yu suuu keehatsw se’ tù phwphwma hunkei tsunmbina farde humbachuma hunkeiu) un ave nocturna, su canto es suuu, cuando es tiempo de siembra. ( Singei indzwe dapae shushushu…) 

Cuando la candela suena shushushu, se mata el tizón o se voltea dejando la parte encendida hacia afuera. Significa que va a haber cacería. Si suena chue, chue, chue, la cacería es gorda y habrá que prepararse para secar o ahumar.

Chuñumbi. (“pájaro ollero) su canto es:

chuñuchuñutshiritshiritshi…. y canta cuando los pescados comienzan a desovar.

Tuntunkhutse: su canto es tun-tun-tun-tun y en el misterio espiritual es a’ipa  chhiriria “pájaro de los infieles”.

Alrededor del fuego y la toma surgen historias de vida de la comunidad cofán, pensamientos, sentimientos e historias tradicionales pertenecientes al universo del pueblo Cofán, donde las autoridades tradicionales… taita, abuelo o abuela, orientan sus vidas en la selva (Tsampi) amazónica colombiana.

Olmo Guillermo Liévano

Igual

La significación de la noche – René Magritte (1927)

¿Existirá otro igual a mi mismo en alguna parte del mundo que estuviera pensando en ese mismo momento lo mismo que estoy pensando en este mismo instante?


Pasé los tres primeros años preguntándomelo a mi mismo y hasta llegué a creer descubrirlo al ver mi otra mitad, pero me dijeron que no, que simplemente se trataba tan sólo de un espejo. Sucedió después en el patio de mi casa. Alborozado pregunté si eso que se movía igual y al lado mío donde yo me movía era mi otro. Se rieron de mí y me dijeron que no. Que tampoco. Que eso no era igual a mi mismo, que se trataba de mi propia sombra e hicieron de eso un chiste que lo repetían a otros gigantes para que también se rieran. Con estos golpes, decidí no volver a preguntar nada. Comprendí la existencia del mundo de las sombras, sus espejismos. En mudo silencio seguí buscando a ese alguien igual que debía existir en alguna parte.

De paseo con los grandes por los verdes del campo, requeté pensando observé cómo la luz del día se fue yendo y lentamente las sombras lo fueron cubriendo todo… Unos pasos y repentinamente apareció desde arriba una enorme bola brillante blanca redonda que iluminó lo oscuro. Si yo corría ella también lo hacía, adonde yo fuera ella también iba o si paraba, ella también paraba. Así fue convirtiéndose en lo más entrañable mío. Al principio no tardaron en darse cuenta porque tan pronto se oscurecía, me escapaba para dialogar con ella. Me encerraban y yo me les escapaba. A medida que fui creciendo, fueron llegando médicos, curas y brujos para quitarme eso de la cabeza. Me apodaron lunático y loco. Ahora ya viejo, por todo lo que pienso, digo y hago, decidieron llamarme poeta y ella en eso está de acuerdo con ellos.

Olmo Guillermo Liévano

Gracias al fotógrafo, “fueron felices y comieron perdices”

A las cuatro de la mañana timbró el teléfono… Nuestro hijo y en horario muy distinto al nuestro, nos llamaba emocionado.

— Les tengo la noticia del año: ¡Me caso mañana!! Encontré a la mujer de mi vida. Mi alma gemela. Ella dice lo mismo, que somos iguales, pronunciamos las mismas frases y al mismo tiempo… soñamos los mismos sueños. Nos parecemos en todo. Ya les mandé los pasajes. Nos encontramos al medio día, en el bar de siempre para que se conozcan y de allí, al matrimonio… a la Iglesia. Nos casa ni más ni menos que su Excelencia Reverendísima el Cardenal y Arzobispo Rubén Salazar Gómez, quien lo arregló todo para el día de mañana. 

Colgó enseguida, dejándonos asombrados y con la boca abierta.

— ¡Sin que él supiera nada, la encontró primero que nosotros!! —Gimió llorando mi esposa.

— Es una posibilidad entre millones. Nosotros al enamorarnos, también soñábamos lo mismo, Jacinta.

Quise recordarle…

Desde el mismo momento que la bebé, uno de nuestros mellizos recién nacidos fuera robada, la desesperanza buscándola por el mundo entero nos ha devorado sin poder dar con ella. 

Al hijo, jamás le dijimos nada para no joderle también el alma.

— Ellos nacieron con dos lunares rojos exactamente en los mismos sitios… Uno en el culo, en la nalga izquierda y el otro arriba de la rodilla antes de llegar a la entrepierna del otro lado. Filomeno los conserva. Si la novia fuera su melliza, también ella los tiene. Yo entretengo al hijo afuera mientras que mi gran amigo le toma fotos a las piernas de ella. Al mismo tiempo vas echándole el ojo, que si no le pillas el lunar, a Cartier-Breton no se le escapa nada.

Le dije vistiéndome de gala y de prisa por si fuera la nuera y no la hija.

Olmo Guillermo Liévano

Tarzan de los monos

— Si se porta bien, lo llevamos a ver “Tarzán en la selva” (…Tenía tres años cuando me llevaron a la selva a conocer a Tarzán). 

— ¡¡Incendio!!…¡¡Incendio!! —en plena película gritaron las voces dentro del teatro. La gente corría por todos lados como jugando al escondite… —¡¡La salida!! repetían otros…

— Agárrense duro de mi mano y no se suelten… —sentenció la niñera encargada de llevarnos, apretándolas durísimo hasta clavarnos las uñas con los dedos de las manos de ella.

—¡Hágale caso y cuidadito con soltarse! —me amenazó mi hermana. —“…Pase lo que pase, no vaya a berrear que aquí todo es bonito… hasta los gritos de Tarzan en la selva” … —me había fustigado haciendo fila para comprar las boletas. 

Dándole la espalda a la pantalla, del balcón salía un chorro de luz muy blanca y con ella mil dibujos de humo grisáceo y negro.

Sobrepasamos cuerpos pisados tirados que gritaban en el suelo e impulsados como catapulta, salimos como un rayo de regreso a casa. Ellas cómplices repetían “que, si queríamos volver a cine, no dijéramos nada”. Y yo, pensando en los gritos de Tarzan en la selva…

Con el tiempo y los años estos recuerdos me torturaban y se tornaron cada vez mas borrosos… quizás eran sueños o fantasías de infancia…al escuchar una conferencia sobre arquitectura republicana, mencionan el antiguo teatro cincuentenario que se había salvado de un pavoroso incendio hacía medio siglo, con muertos incluidos, calcinados y algunos aplastados… Levanté la mano. Pregunté la fecha. Hice cuentas…  Lo visualicé claramente. Comprendí absolutamente todo.

Hoy en la búsqueda de huellas y pistas para este relato, llamé a Australia a mi hijo menor, iniciado en el cine documental. Le pregunté si recordaba cuál había sido su primer incendio, su primera película.                              

—“Tarzan de los monos” … fue su respuesta.

Olmo Guillermo Liévano

La flor de Elsa

Sus padres fueron campesinos cruelmente asesinados por la violencia de la guerra partidista de los años cincuenta. Los cuerpos despedazados a machete, no pudieron ser enterrados y, diseminados por el tiempo, se fueron fundiendo con la negra tierra de la montaña y los verdes de su selva. 

Elsa Rodríguez era su nombre, inolvidable para todos… 

Muy lejos y por caminos de herradura mi padre tuvo que viajar a por ella para traerla a casa, como la nueva muchacha de servicio, que con los años se convirtió en parte de nuestra familia. 

Barnizado su cuerpo de bronce por el sol montuno, así la conocimos siete hermanos hombres más mi papá ya adulto y viudo, un total de ocho. 

Nos quedamos con ella y también ella con nosotros. Los días fueron pasando y el encanto compartido se fue mimetizando… Indolentes, la solicitábamos a todas horas y al mismo tiempo, transformábamos el aire dulce de su nombre en babilónico alboroto. 

No volví a pedirle nada convirtiéndonos en cómplices de pilatunas compartidas.

Un día la casa quedó totalmente sola, con nosotros dos adentro… Ella era muy joven y yo muy niño. 

Oí su llamado repetidas veces. Corrí a buscarla y ahí estaba Elsa sentada a horcajadas en el piso de su alcoba, con la falda arremangada sin que la cubriera nada. Me pidió que me acercara…  

—Niño venga mire. —me dijo con dulzura… Entre sus piernas aparecía el más hermoso bosque negro que con cada mano e infinita delicadeza apartaba para que yo viera lo espectacular de ese momento por ella descubierto para mi fuera… una fuerza invisible, desconocida y poderosa me atrapó… paralizado caí de rodillas con mis ojos sorprendidos muy cerca de lo que Elsa abría y me mostraba del abundante oscuro y suave, entre el asombro, el estupor y la fascinación nuestra, surgió respirando la más hermosa flor de pétalos rosados

Olmo Guillermo Liévano

Cinco muertes: cuatro duelos

— Que tienen que hacer el luto y guardarlo, —insistía mi hermano el psiquiatra, siempre que moría alguno de nosotros, que se fueron yendo con intervalo de días, en una procesión de muertos; mi mamá, mi hermano menor y enseguida mi papá, quien en su soledad de anciano viudo no les guardó luto pues hablaba con ellos todo el tiempo.

— Mija por acá, mija por allá… Hijo tal cosa… —como si estuvieran siempre a su lado, pero nosotros no veíamos nada. 

Ella duró semanas muriéndose, queriendo despedirse de todos.

— Prométame no derramar una sola lágrima, —me decretó agonizando. No le hice duelo. Ahora se me aparece en sueños y conversamos como ella lo hacía con su esposo estando ya muerta.

Sacudido por lo prometido, volvieron lejanos recuerdos dolorosos, olvidados…  Siendo niño, mi primera inconsolable tristeza al morir mi perro, que no desapareciera hasta el nacimiento de un bebé en casa paterna bautizado Ramiro, un adorable ser humano a quien amé al instante y adopté como si fuera mi hijo siendo mi hermano, hasta el día de su muerte inesperada y violenta.

Duelo empatado al de mi padre al morir casi de inmediato. Sentí rabia con Dios. No creí más en nada.

Pasaron los años… y cuando el nacimiento anunciado de un hijo empezaba a borrar el dolor de tantas muertes caseras, el turno fue para él, que no supo qué era la vida porque nació muerto. Fui al infierno. Toqué fondo y sólo pude sobreaguar y volver a creer, al nacer Juan Felipe, el Benjamín de mi manada, que, amamantado con la leche de la mujer amada, lo hará inmortal. Ya tiene casi un cuarto de siglo feliz y está muy vivo.

 

Olmo Guillermo Liévano

Magia latina

El amanecer ya se asomaba. Habíamos leído toda la noche, acompañados por las gotas incesantes de lluvia que golpeaban el vidrio de la gran ventana que daba al hermoso jardín, la pasión de su esposa hasta el mismo día de su muerte. Desde que ella se fuera, mi padre ya viudo enmudeció y acercándose al siglo, no se volvió a mover, enraizado igual que un árbol sembrado en su asiento de siempre del comedor de la casa, donde se la pasaba leyendo a todas las horas, sus centenares de libros buscando en ellos algún  rastro de ella. 

El  turno esta vez fue para “Cien años de soledad” y no le perdió una sola coma…Yo lo acompañaba leyendo otro, atento a lo que se le ofreciera. Pero él no pidió nada. Ni un vaso de agua o un café, que antes tanto disfrutaba. 

De repente gritó pronunciando varias veces mi nombre. De un salto y con el corazón atragantado en mi garganta, estuve a su lado para auxiliarlo… Las letras de las palabras se le salían de las páginas como hormigas huyendo y él luchaba por  regresarlas. Sorprendido calculé como un ciego donde estaban regadas de a montones en la mesa, le ayudé a rescatarlas y con él, tratar de reordenarlas a velocidades planetarias. Centenares de pájaros de colores exóticos,  cacatúas, orquídeas y mariposas amarillas inundaban el espacio. Reconocí a Aureliano Buendía en medio de un campo de amapolas. Úrsula buscando a su hijo José Arcadio, la culebra pintada en su cuerpo seduciendo a una gitana para olvidar a la sensual Pilar Ternera. Le leí en voz alta. De las entrañas de su jardín milagroso como un anillo de bodas, ella había entrado para reunirse con él por unos instantes.

También comprendí porqué los latinos de América, amazónica, andina y caribeña, somos otra cosa.

Olmo Guillermo Liévano