Velocidad de las flores

VELOCIDAD DE LAS FLORES

En el jardín de hoy tiembla el fruto de mañana.
Una flor se pudre junto a otra flor,
la grama por debajo
la acogerá como los brazos de un padre.

Pétalo a pétalo,
aceptan el rumor del verano como destino.
Se abren al rocío, al viento, al canto de las abejas
sin jamás temerle a nada:
ni a la ira de las tijeras, ni a la humedad blanca
que desdibuja su belleza.

¿Quién pudiera
—erguido y silencioso como el tallo—
tolerar la lenta podredumbre y creer
en el ciclo sagrado de la vida:
calvario, crucifijo, tumba y resurrección,
y confiar en las primaveras por venir?

Velocidad de las flores

En el jardín de hoy tiembla el fruto de mañana.

Valeria Correa Fiz

Et rose, elle vécut ce que vivent les roses, l’espace d’un matin…

François de Malherbe

¡Hermoso joven, elegante caballero, de oro vestido! ¡Príncipe! ¡Detente! ¡Descansa un momento! 

Lleva puesto su mejor vestido, el del cual los colores centellean con el sol de la primavera. Ella ha abierto ampliamente su generoso escote, está ricamente adornado con perlas como las del rocío de la mañana, un poderoso perfume a las especias orientales se desprende.

¡Te embriagará! ¡Ven a dormir en sus brazos!

Hermoso Prince, eres el elegido, ella eligió sobrevivir contigo. 

Aquí está el fruto que la simiente que le has confiado merece. Madurará al calor del verano. Crecerá, su pelaje tomará los colores más vivos, su perfume será el suyo.

Será fuerte, será su futuro. 

La belleza de ella pronto se marchitará.

Cuando el viejo otoño con una sinfonía coral de colores pasados, los del fin de los tiempos, nos duerma a todos en el umbral del invierno con su manto inmaculado y protector, el ciclo de la vida va a terminar.

En primavera una flor, aún más bella surgirá, para saludar la primavera nueva

Jean Claude Fonder

Tomarse la vida

Tal y como las flores, nosotros también debemos aceptar nuestro destino, día a día intentando sacar lo mejor de lo que la vida nos ofrece y enfrentando lo malo con la sonrisa. 

Somos lo que queremos ser. Para ello debemos perdonar a nosotros mismos y practicar la paciencia y la resiliencia en cada situación.   

Y siempre podemos ser lo que queremos cuando seamos libres de no actuar como quieran los otros, sino actuar, vivir, ser lo que sabemos y queremos ser.

Y como las flores podemos florecer, perfumar y marchitar dependiendo solo de nosotros.

Elettra Moscatelli

La flor de hibisco

Desde hace tiempo me repetía a mí misma que no estaría mal salir un rato del mundo real para descansar. La vida no puede seguir pareciendo un tren de alta velocidad, necesitaría de algunos semáforos en ámbar intermitente para ralentizar. Así que acepté tu invitación, dejé atrás la ciudad y vine a visitarte. De hecho, hay momentos en los que parece ser en sintonía con el universo, como aquel día cuando dimos un paseo por los senderos de las hermosas colinas que rodean la ciudad, y fue fantástico. Al volver a casa, sentados en el jardín, rodeados de árboles de hibisco florecientes, cerré los ojos y me entregué a ti. Hablabas de la velocidad con la que vivimos, la falta de paciencia, la incapacidad de saborear los momentos importantes de la vida, haciendo cosas con prisa. Me dijiste que también nuestro amor pasaría a la velocidad de una flor. Yo me dejaba llevar por tu voz y ya no te escuchaba. Pensaba en qué podría compararte. Tal vez con un día de un caliente verano. Pero el verano es demasiado breve. ¿Podría comparar tus palabras de amor, que emborracharon mis oídos, con vientos soplando sin control? ¡Una insensatez! ¡El viento no se queda en el alma! Mientras tus palabras sí, se quedan. ¿Podría comparar nuestro amor con estas maravillosas flores del árbol de hibisco? ¡Un error! Ellas duran un día y en vez de perder los pétalos, poco a poco se envuelven en un capullo como cuando nacieron y luego se caen de una vez. Sería un error puesto que no dejaré que nuestro amor pueda cerrarse en un capullo, pueda morirse a la velocidad de una flor. Nuestro amor tiene un futuro. De pronto me dí cuenta de que ya no hablabas y abrí los ojos. Me mirabas con intensidad y en tus manos había algunas flores de hibisco recién caídas. La velocidad de la naturaleza

había acabado con sus vidas mientras yo habría deseado que cerrar los ojos de nuevo me bastara para borrar automáticamente el mundo y aprender de esta flor, que vive su día con intensidad, que permite que se admire su belleza mientras permanece tranquila en la rama, y, tal vez, a pesar de la velocidad de su vida, se alegra de todo esto, porque está segura de que cuando caiga habrá dado lo mejor de sí misma.

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Raffaella Bolletti

La Velocidad de las flores

Ir de paseo de la mano de mi padre me encantaba. El domingo por la mañana, después de la misa, él me llevaba a dar una vuelta antes de volver a casa, donde mi madre nos esperaba con la hermanita, demasiado pequeña para salir de casa en la estación fría.

El pueblo en el que vivíamos era bastante reducido, con muchas casas bajas rodeadas de jardines. Esa primavera había sido un triunfo: los jacintos pintados de azul y rosa que aturdían con su perfume tan intenso, los narcisos presumidos en su corona amarilla, las violetas que desperdiciaban sus infinitos matices de morado, lila y rosa pálido, y luego los matorrales de azalea que rebozaban de pimpollos, las hortensias florecientes cuando ya se asomaba el verano. 

En ese día de noviembre, recalentados por una ligera oleada de sol, papá y yo nos paramos frente a la verja de un jardín, ya anaranjado en su traje otoñal.

– ¿Te acuerdas de este lugar? -me preguntó.

– Claro que sí: estaba mirando el jardín y grité: “¡Qué flores tan bonitas!”. La dueña me oyó y me regaló un ramo grandísimo, con tantas flores bellísimas, de todos los colores.

– Qué amable fue la señora, ¿verdad?

– Sí, pero… ¿papá?

– Dime.

– ¿Dónde están ahora las flores que me regaló?

Esa fue la primera vez en que me enteré de la velocidad de las flores.

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Silvia Zanetto

La Velocidad de las flores

Cuando llegó al claro del bosque sintió un estremecimiento. No estaba acostumbrado. Instintivamente llevó la mano al bolsillo en busca del móvil. Recordó. Lo había dejado sobre la mesa, junto al tablet, apenas terminado el desayuno. Tenía apuro por salir. aún no lo habían prohibido. Sus hijos seguían hipnotizados frente a la profusión de mangas animados que, en la pantalla, substituían la información vomitada por los telediarios. Centenares de noticias que bien podían reducirse a pocos, comunes hechos trágicos: masacres, miedos difusos, catástrofes, injusticia. Desde el umbral su mujer le había advertido de no alejarse demasiado. Ahora, sin el móvil, no podía avisarle. Había andado cuadras hasta salir del pueblo. Y casi sin darse cuenta, se había internado en el bosque siguiendo rastros oscuros, sus pensamientos. Llegó al claro y, de golpe, se encontró solo, sumergido en los rayos lechosos que filtraba la alta vegetación. No estaba acostumbrado. Tampoco lo estaba su nariz que ahora se henchía de olores. Tuvo que concentrarse. Hongos, musgo, húmeda descomposición de materia, también hedor de excrementos, de cuero salvaje. La inquietud lo obligó a darse vuelta en pos de algún enemigo. Distinguió siluetas fugaces, ardillas, tal vez un zorro, graznidos que agitaban el follaje. Se adentró, sintiendo el peso de sus pasos en el el crujir del terreno. Y, de repente, tuvo ganas de trepar a los árboles, de hundirse en la espesura germinal de aquel silencio. No estaba acostumbrado. Tuvo que concentrarse. Afianzar los pies en la corteza, tomar impulso siguiendo el extraño deseo que inebriándole el cuerpo lo empujaba hacia arriba. Encaramado a la rama miró el cielo, imaginó horizontes, estrellas, nuevos caminos. Y en aquel involuntario henchirse y vaciarse de sus pulmones le pareció que ahí, desde lo alto, todo encajaba en modo perfecto. Y comenzó a reír sin motivo. Feliz, otra vez, como un niño que asombrado descubre el latido de su corazón

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Adriana Langtry

La Velocidad de las flores y de los amores

Algunas flores nacen, florecen y se marchitan muy rápidamente, como algunos amores. 

Cuando era muy joven trabajé un tiempo en un aeropuerto, en el mostrador de información. Un día vino un joven muy guapo; cuando le di 

la información solicitada, me miró profundamente a los ojos y me 

acarició las manos. Nos enamoramos a primera vista. 

Pasamos una semana juntos día y noche sin separarnos nunca, y cuando las flores que me había regalado comenzaron a marchitarse, se fue. Supe desde el principio que nunca volveríamos a vernos, estaba bien así. Me envió postales de todo el mundo, las últimas 

de África. 

Todavía guardo su recuerdo en mi corazón y en un cajón secreto su 

libro de poemas con una flor entre las paginas.

Leda Negri

Gente al sol

La gente en el sol de Edward Hopper

Podría ser una mañana fría de primavera. Podría ser el patio de una posada perdida en una ruta provincial con vista al campo. Podrían ser cinco desconocidos reunidos por mera casualidad en la geometría asolada que los pálidos rayos recortan entre el suelo y la  pared. Se trataría entonces de gente ensimismada, absorbida tal vez por la rigidez del paisaje, un horizonte de colinas que avanza sobre el terreno pajizo con la azulada concreción de un glaciar. Podría ser también que en vez de extraños fuesen cinco amigos que la noche anterior, volviendo de algún party animado, con una punta de tino hubiesen preferido pasar en aquel hotelucho los efectos de múltiples gintonics. Se explicaría así el porque de tanta elegancia y de la quietud de resaca que envuelve el cuadro. Pero tal vez, podrían ser más que amigos, dos matrimonios, digamos Magda y Sam Lenox y los Conforti. El quinto, quizás un joven soltero, pongamos que nada menos que Raoul Fante el famoso actor de telenovelas. Raoul “el  Rubicondo”, último amante de Magda Lenox, esa enérgica señora con echarpe y sombrero y zapatitos blancos de tacón. Podría ser que Magda esa misma mañana hubiese tomado la decisión de su vida, abandonar al viejo Sam y a su joven amante por aquella estudiante vietnamita que frecuenta sus clases de filología germánica. Podría ser que sentada en la reposera la mujer no pudiese dejar de pensar en la chica -de ahí la leve crispación de sus labios- y que Sam, a su lado -la calva apoyada en la pequeña almohada que ha sacado del baúl del Buick escarlata- ya lo sepa, como está enterado del Rubicondo y de todas las infidelidades de su esposa. Quizás por eso, plácido en la tumbona dormita con la serenidad de quien no tiene memoria o es falto de ideas; y que Magda, al contrario, enfundada en un completo plomizo es la flecha de un arco tendido lista para ser disparada. Podría ser que Raoul, cabizbajo en la segunda fila, hubiese ya intuido el final de la historia o que harto de esta amante madura estuviese soñando nuevas conquistas. Del lado de la pared, ocultos por el grupo, los Conforti parecen absortos en otras fantasías, ella tal vez, en la llegada de un hijo, él en el trabajo extraordinario que lo espera. Podría ser también que lo más intenso de la escena fuesen el rojo del echarpe de Magda y el tumulto de personajes que pueblan el libro hojeado por Raoul.

Adriana Langtry