Una historia de amor …felino

Fue una tarde de lluvia otoñal. Regresando a mi casa oí, bajo un coche, una débil llamada. Me bajé y la vi. Era algo pequeño, peludo, delgado y sucio con larga orejas y hermosos ojos verdes. Me miró y dijo.

—¡ Por fin me oíste. Te estaba esperando. ¡Vamos a tu casa!

La cogí en mis manos. Era tan leve, del tamaño de la palma de mi mano. Tenía el pelo blanco y gris como ciertas porcelanas de Copenhague. Su mirada sorprendida y su inmediato ronronear tocaron mi corazón. Enrollándola en mi bufanda pensé:

— Estarás conmigo una semana o dos, después te buscaré una buena familia. Te llamaré Alice, Alice en este país sin maravillas.

Ahora, después veinte años, Alice y yo aún estamos juntas. Fiel amiga capaz de discernir mis días buenos y los malos, mis vacaciones, mi sofá y mi cama.

Ahora es una señora mayor. Tiene todos los pequeños problemas propios de su edad. Pero cuando está en mis brazos y escucho su inmediato ronronear, recuerdo todos los juegos que hicimos juntas. Su carácter alegre y su felicidad cuando cada noche regresaba del trabajo y me saludaba con secretas palabras conocidas solo por nosotras.

Aún hoy, cuando ella está frente a mí mirándome de esta profunda, tierna, humana manera, me siento un poco asustada porque me parece casi imposible pensar que detrás de esa mirada los pensamientos sean ausentes.

Alice, filosofa, sabia, rutinaria, fan del silencio y de Mozart.  Tú me has elegido y decidiste que merecía ser tu amiga, pero nunca siendo mi esclava.

Iris Menegoz

Guerra y Paz

Nuestra paz temblosa y muda
opaca luna detrás de las nubes
callada, agobiante, por palabras nunca dichas
ahogada por silencios y mentiras.
¡Ojalá viniera la guerra!
Una guerra feroz de insultos y verdades
de sangre y mordiscos
¡Una guerra que nos libre de esta paz muerta!
Iris Menegoz

Alba

Amanece.
Una luz líquida y lechosa acaricia tu brazo rubio alumbrando tus pecas doradas.
Bajo tu mano dormida yace el pájaro muerto de mi mano.
Miro tu espalda torcida conteniendo el aliento.
La maleta está lista. Cerrada. 
Como un secreto,
Como una mentira.
Como un dolor.
¡Por favor no te despiertes!
¡No puedo aguantar tu última sonrisa!
Iris Menegoz

El crucero de Tito

(39° dìa)
— ¿Mamá?…¿Mamá?…¿Mamá? ¡Está lloviendo todavía!
— ¡Sì, cariño, lo sé!
— ¡Mamá, no aguanto más esta lluvia! Agua arriba, agua abajo. ¡Son miles de días que llueve!
— ¡No mi amor, son 39 días! Tienes que ser paciente. Muy pronto todo esto terminará. ¿Por qué no te vas a jugar con los monos?
— ¡No, con los monos no quiero jugar nunca más! Siempre me toman el pelo por mi nariz.
— ¡Es sólo para bromear! ¡Tú eres el elefantito más lindo de todo el barco!
— ¿Mama?
— Dime Tito
— ¡Me aburro, me aburro, me aburro!!!
— Tito tranquilízate, esta noche vamos a ir al concierto de los pájaros. Como siempre será muy divertido.
— ¡Nooo! Por favor mamá, otro concierto no. ¡Me sé de memoria todas las canciones!
— ¡Ya basta Tito! No seas caprichoso. Ven aquí e intenta quedarte dormido. Te comprendo, mi amor. Tú naciste en este lugar el día en que nos embarcamos en esta aventura. Conoces sólo la lluvia y el agua del mar. Tú nada sabes de la tierra. Del cielo azul, de los árboles, de las flores con sus miles de colores y perfumes.
— ¿Mamá, de verdad la tierra es tan bonita?
— ¡Sí, querido, la tierra es maravillosa! El sol cada mañana se despierta tiñendo el cielo de rosa y, por la tarde, cuando se va a dormir convierte el cielo en un fuego ardiente. Cuando volvamos a la tierra todo cambiará y, quizás, recordaremos con un poco de nostalgia este raro viaje. Don Noé y su familia nos han cuidado con mucho cariño, pero cuando regresemos a nuestra habitual vida tendremos que trabajar para procuramos la comida, el agua...pero ahora duérmete. Mañana presumo que será un gran día.

(40° día)
— ¡Despiértate Tito, despiértate mi amor! ¡Mira el cielo, es azul! ¡Mira don Noé como sonríe! Tiene en sus manos una paloma blanca que en su pico lleva una rama de olivo.
— ¡Hoy mi amor  has nacido por segunda vez!
Iris Menegoz

Noche de alegría

El apartamento en el cuarto piso del viejo edificio constaba de dos habitaciones. Una era el dormitorio de Ana, Pablo y la niña Alicia de 7 años. La otra era de todo un poco. Cocina, salón, taller. El apartamento, evidentemente modesto, tenía un gran valor. Las dos ventanas asomaban a una de las calles más anchas, comerciales, y populares de la ciudad. Aquella mañana, todo el mundo loco de alegría tenía que pasar por allí. Era el 25 de abril 1945. ¡¡Milán era libre!!
Amigos, familiares, vecinos del pueblo empezaron a llegar muy temprano. Cada uno trayendo algo, queso, pan, vino, salami, fruta. Todos con ramos de claveles rojos para lanzar sobre la muchedumbre festiva, ruidosa que cantando saludaba la gente asomada a las ventanas mezclando el rojo de las banderas con el rojo de los claveles. Todas las ventanas de las casas alrededor estaban abiertas. (Solo las ventanas de los fascistas estaban cerradas. ¿Quizás se habían ido de vacaciones?)
La casa de Ana e Pablo parecía una estación de trenes. La gente iba y venía riendo, bebiendo, abrazándose, comiendo. Era de noche cuando todos se fueron. Ana puso Alicia ya dormida en su cama y empezaron a ordenar la cocina.
Ana fregaba los platos y Pablo, abrazándola por detrás le besó el cuello, le acarició el pecho y, como siempre, bastaron pocos minutos y ambos se encontraron tirados sobre la mesa haciendo el amor como locos entre migas de pan, claveles y rodajas de salami.
(No quiero extenderme en detalles porque como dijo el poeta "la luz del entendimiento me hace ser muy comedido").
Yo nací nueve meses después. Fruto imprevisto de una noche de alegría.
Iris Menegoz

Cincuenta matices de rosa

TENCONI GIUSEPPE & FIGLI - Seta italiana dal 1900

Eso decía el letrero colgado sobre la puerta de la tienda situada en el corazón elegante de la ciudad. En el interior los muebles se remontaban a la época de la apertura. Estantes de roble contenían, en perfecto orden, cajitas de cartón azul claro.  Una impresionante y reluciente calculadora de cobre y bronce, orgullo de la señora Amalia Tenconi que vivía sentada detrás de ella.
Ana trabajaba allí desde hacía 5 años. Siempre muy elegante en su "uniforme". Camiseta de seda blanca y una falda negra plisada. Ana era muy valorada por la clientela y también por la señora Amalia que apreciaba tanto sus maneras educadas y amables.
Eran la 6 y media de un sofocante viernes de junio. Ana estaba de pie desde las 9 de la mañana. Mirando el viejo reloj de pared, contaba los minutos que faltaban para el cierre de la tienda.
—¡Todavía quedan 30 minutos! - Pensó -¡No aguanto más! ¡Mis pies están hinchados como dos salchichas!
Dos minutos después, la puerta se abrió y apareció Doña Maria Rosaria Felicita Benetti in De Sanctis, que Ana llamaba "Lema".
—¡Buenas tarde Ana! —chirrió la señora —¡Sé que es un poco tarde pero lo juro, necesito un par de bragas rosas!
Sonriendo, Ana tomó la primera cajita y mostró un par de suaves bragas rosa.
—Sí, si son muy bonitas pero.....el rosa no me convence— dijo la señora.
Otra cajita.
—¡Sí, pero el rosa…!
Otra cajita.
—¡Sí, pero el rosa…!
Otra cajta.
—¡Sí, pero el rosa…!
A la décima cajita Ana se acordó de que, la semana anterior, una camiseta roja de su hijo se mezcló en la lavadora con su ropa blanca tiñendo todo, incluidas sus bragas de algodón, de un rosa raro e indefinido.
Mirando a la señora Benetti en los ojos, Ana sonriendo se levantó la falda.
—¿Puede ser esto el rosa que usted está buscando? 
Iris Menegoz

¿Una noche inolvidable?

—¿Empezar de nuevo? 

¿Una nueva vida?

¿Estuve de veras enamorada de Paulo?

Cuando le dije que nuestra historia se iba a terminar me dio la espalda, sin decir una palabra, como si estuviera esperando aquel momento desde hacía mucho tiempo.

Esto pensaba Ana mientras se ponía gel en su pelo corto despeinándolo, dando a su cara desigual y picassiana un aspecto infantil. Se puso el traje negro que le dejaba desnuda la espalda y los zapatos de tacón 11 (que no se ponía desde hacía años porque Paulo era bajito).

Sonó el interfono. Era Ángela, su mejor amiga, que después de mucho insistir había logrado que aceptase ir a una fiesta en una famosa enoteca de la Ciudad. 

—¡Tienes que empezar de nuevo! –  le decía. 

En realidad, Ana, después de la ruptura con Paulo hacía ocho meses, no se sentía triste, al contrario, estaba tranquila, en paz. Le gustaba su trabajo, su casa, sus lecturas, su música, la amistad con Ángela y Arturo, su gato rojo. 

Cuando llegaron, la fiesta estaba en pleno desarrollo. Ana saludó algunos amigos y amigas de la universidad y, sentada sobre un largo taburete, miraba la gente tomando una copa de vino blanco. 

—¡Hola! — le dijo un hombre tendiendo la mano —Me llamo Marcelo, ya estaba aquí antes que llegara esta muchedumbre.  No conozco a nadie. ¡Tú eres muy linda! 

Ana sonrió un poco sorprendida.

—¿Que estas bebiendo? — preguntó Marcelo mirando sospechoso el líquido amarillo en su vaso.

—¡La verdad es que no lo sé — respondió Ana — pero está bueno!

Esta fatal respuesta dio comienzo a la «Enciclopedia del vino de calidad» tema sobre el que Marcelo parecía gran experto. No hablaron solo de vino. Descubrieron tener las mismas raíces y hablaron de sus pueblos lejanos. 

Se hizo tarde. La gente se alejaba.

—¿Puedo acompañarte a tu casa? —preguntó Marcelo.

Con la promesa de cocinar un plato regional muy complicado, Marcelo la invitó a comer a su casa. 

— Es la única cosa que sé hacer. Te sorprenderá. Voy a buscarte sábado a las 8.

A las 7,45, mirándose al espejo Ana capturó en sus ojos una luz olvidada. 

Después de 20 minutos llegaron a la casa de Marcelo. 

Debido a su proverbial sentido de la orientación de oso perezoso ciego Ana no tenía ni idea del barrio donde estaba.

El apartamento de Marcelo, invadido por el perfume de la comida, era pequeño pero amueblado con estilo. Comieron, charlaron, rieron y bebieron. Sobre todo Marcelo bebía sin parar.

Pidiendo perdón, Marcelo se levantó dirigiéndose hacia el cuarto de baño.  Después de algunos minutos, Ana oyó un ruido raro. Una tos ahogada. La puerta del baño estaba abierta. Marcelo asomado a la ventana sollozaba desesperado. Ana intentó hablar pero él, siempre llorando, decía palabras incomprensibles y al mismo tiempo, con fuerza y con rabia, rompía las resistentes cuerdas de colgar la ropa de la fachada del patio donde estaban colgados calzoncillos, calcetines y camisetas. Cada vez que se rompía una cuerda Ana se lanzaba para recuperar la ropa.

De repente Marcelo se dirigió hacia el living. 

Ana, aun con sus brazos llenos de ropa mojada, oyó un golpe tremendo.

Se precipitó en el living e vio el cuerpo de Marcelo en el suelo, la mesita derramada, el hilo del teléfono partido, la última botella en pedazos y un metro y 80 por 80 kilos de coma etílico».

Desde el dormitorio tomó una manta y una almohada. Levantando la cabeza de Marcelo para poner la almohada, advirtió algo húmedo.  Miró su mano. Era sangre.  El corazón de Ana se paró. Bañó una servilleta y constató que se trataba de un gran arañazo. Marcelo respiraba tranquilo. A veces con un ligero roncar.

Hacía frio.  Ana se puso el abrigo y la bufanda.

Por un momento pensó en irse y dejarlo allí.

¿Irse dónde? ¿y cómo? Eran las 3 de la noche.

No sabía dónde estaba.

No tenía teléfono. (El móvil todavía no existía).

Echó un vistazo a la librería. Solo libros que trataban de vino.

Se sentó cerca de Marcelo que ahora roncaba como una vieja locomotora.

—¿Qué hago yo aquí? – pensó – en una habitación desconocida, en un barrio desconocido, con un hombre inútil y desconocido.

Calma, lúcida, resignada, esperó la salida del sol que, como siempre, llegó. 

Marcelo abrió los ojos. Se sentó. Miró los escombros que lo rodeaban.

—¡Perdona, perdona, perdona! — decía — ahora me ducho y te acompaño a tu casa!

—¡No, no gracias, — respondió Ana con voz firme — dime solo dónde puedo buscar un taxi! 

Marcelo insistió largamente, pero Ana fue inamovible.

Marcelo la acompañó a un taxi cerca de casa y la saludó con un pequeño beso. 

—¡Por la tarde te llamo! 

—¡Sí, sí…pero no te preocupes — respondió Ana cerrando la puerta del taxi!

En el auto, su primer pensamiento fue hacia Arturo.

—¡Pobrecito, me estará esperando! ¡No le gusta dormir solo!

Una dulce nostalgia invadió su mente. Pensó en el musical ronronear de Arturo y, sin darse cuenta, lo comparó al ruidoso y grosero roncar de la noche antes. 

Una noche inútil. 

Una noche para olvidar.

Iris Menegoz

Reflexiones otoñales

El sol ha salido temprano esta mañana, las montañas, suspendidas, se han vuelto azules.

El maíz, "macho " y viril, mide tres metros. Un poco más abajo, las mazorcas despeinadas se ríen felices.

El mar de soja ondea acariciado por un viento dudoso. 

Pedaleando por un camino de rocas, de vez en cuando me riegan los aspersores que, sin saberlo,  dibujan frágiles arcoíris.

Tendría que concentrarme sobre el tema "El tiempo" pero me distrae una garza blanca que ha perdido su ruta y, asustada, busca refugio en un gran roble.

Tendría que concentrarme sobre el tema "El tiempo"
De pronto, el tamaño de mi tiempo pasado me parece enorme.
¿Por dónde empezar?
No siempre se recuerda lo que se quiere, ni se olvida lo que se desea.
El tiempo no remienda  los huecos de la vida. Tienes que crecer alrededor de ellos.
El tiempo no es caballero.
El tiempo no sana.
El tiempo no enseña.
El tiempo hace bien solo una cosa: pasa.

El sol está alto.  Hace calor.
Alrededor el testarudo canto de las cigarras 
Iris Menegoz

Rosas de lana

Afuera hay luz todavía. La hora legal retrasa la oscuridad.
¿Es viernes?… No, quizás es sábado...
Los días se mezclan como los ingredientes de una tarta. Todos con el mismo color, todos con el mismo sabor, el sabor de la ausencia.
¿Adónde huyeron estos meses de vida no vivida?
¿Dónde estarán todos aquellos abrazos hechos únicamente con la mirada?
¿Podré rescatarlos?
¿Me devolverán aquellos momentos secretos en que los dos intentábamos desatar los nudos de la vida?
¿Logrará mi cabeza recobrar su orden después de la invasión de miles de telediarios y múltiples versiones?
Se fue un invierno, y después otro invierno, y ahora otra primavera.
¡La huida más grande del siglo!
¿Y yo?
Yo sigo haciendo rosas de lana.

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Iris Menegoz

La inocencia de la nieve (2)

Primera parte https://wp.me/pcDIqM-rc

Hace una semana, Antonio me contó la terrible tragedia de la familia Coliman. El profesor Isacco Coliman, su esposa, las dos hermanitas y la vieja abuela, fueron arrestados por la SS y traslados a la prisión de S. Vittore, antecámara de la deportación a los campos de la muerte. El chivatazo fue de un vecino, Romano Tenconi, conocido fascista y delator.

El profesor Coliman fue mi profesor de historia y filosofía hasta 1938 cuando proclamaron las leyes raciales y tuvo que abandonar su trabajo. Era un hombre culto, inteligente, amable y simpático. Supongo que le caía bien porque a menudo me invitaba a su casa donde conocí a su mujer Ana, sus dos gemelas Giudy y Sara y la abuela Ester. Pasé con aquella familia momentos muy agradables en aquella casa increíble que ¡tenía más libros que muebles!

Entregándome el arma, el Comandante dijo — Chaval, la primera misión es como el primer amor, ¡nunca se olvida! Suerte Olmo.

Nieva. El cielo se va oscureciendo. A la luz de un solitario farol los copos de nieve parecen confeti dorados. La calle está desierta. Alrededor de mí un silencio ensordecedor roto solo por los latidos de mi corazón.

De repente el portal enfrente se abre. !Es él con su pastor alemán! En pocos segundos estoy en la calle. La nieve amortigua el ruido de mis pasos. Ya estoy a pocos metros de su espalda. Lo llamo.

—!Compañero Romano Tenconi, por 5000 liras vendiste una familia!

Se da vuelta. Ve mi arma. Saca la suya.

Un relámpago amarillo. Una mancha roja.

Así se acabó la inocencia de la nieve y la mía.

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Iris Menegoz

La inocencia de la nieve (1)

Milán, enero de 1945, otro invierno de guerra. «¡El último!» dijo mi compañero Antonio, pero yo no le creo. Dijo lo mismo el año pasado.

Nieva. La manta blanca oculta los escombros del último bombardeo. La piadosa mentira de la nieve hace parecer todo inocente.

Estoy aquí desde hace tres días, en este sótano húmedo y oscuro mirando a través de una ventanilla de 50 cm a nivel de la acera. Miro sin perder de vista el portal de la vivienda de enfrente. Allí vive el «Camerata Romano Tenconi» que, tarde o temprano, tendrá que aparecer a solas. Ya lo vi dos veces. Una vez rodeado por sus matones, y la otra llevando de la mano a su hijo pequeño.

La orden de mi comandante era clara. «¡Solo él, ninguna matanza! ».

Me uní al «Fronte della gioventù» en el invierno de 1944. Me acuerdo. Nevaba. Tenía 18 años, era y soy una mezcla de rabia, coraje y hormonas. Normalmente tengo el rol de estafeta por el GAP y, a menudo, con mis compañeros imprimimos folletos para distribuir que a veces lanzamos desde las galerías de los cines. Mi nombre de partisano es Olmo.

…continuará https://wp.me/pcDIqM-t7

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Iris Menegoz

Mis Ríos

TIMAVO – Mágico, caprichoso. Nace en Croacia, cruza Eslovenia y cuando llega a Italia desaparece bajo el suelo durante unos 40 km de ruta fantasma antes de sumergirse en el Mediterráneo con un cauce italiano de sólo 2 km. El rio más breve de Italia.

TAGLIAMENTO – (Tilìment en la lengua de Pasolini) – En su ancho lecho se entrelazan pequeños ríos y canales de aguas verdes y azules que contrastan con lenguas de arena blanca. En sus 170 km es el rio más libre de Europa porque no tiene orillas.

Pero cuando era una niña no sabía nada de todo eso. Para mí existía un único río: «la Roggia». Era un canal de tres metros de ancho y profundo más o menos dos metros. Fluía detrás de casa de la abuela. Servía de abrevadero para los animales, para hacer funcionar los molinos y para enjuagar la ropa.

Era un lugar lleno de misterio, tenía el encanto de las cosas prohibidas. La abuela no quería que yo me acercara a «la Roggia». Siempre me decía: «Cuidado Nena porque el agua «lè furba!»

En los días de verano, cuando el sol picaba sin vergüenza y las gallinas habitualmente cotillas y ruidosas estaban quietas bajo la carreta, sentarse cerca aquel «mini río» era un placer enorme.  Era sombrío, el agua fresca corría cantando y para mí era más exótico que el Río Paraná.

Con mis amiguitas, jugábamos a inventar un restaurante de cinco estrellas pescando lo que flotaba en el rio. Hojas, flores, tomates un poco podridos, pieles de melones, limones ya exprimidos y otros vegetales, en definitiva, unos de los primeros ejemplos de cocina vegana.

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Iris Menegoz

Profesional

Chaste Suzanne Felix Vallotton 1922

Caballeros, si no me equivoco ustedes quieren saber si soy puta.

Sin duda sí, soy puta, profesional, libre y joven.

Me llaman Boca de rosa y, como cantaba el poeta: hay quien el amor lo hace por juego, quien lo elige por profesión, Boca de rosa ni uno ni otro, ella lo hace por pasión.

Por tanto, ruego a sus señorías que saquen sus caras babosas y sus culos lánguidos con celeridad de aquí.

Muchas gracias.

Iris Menegoz

¡New York New York!!!

Era una clara mañana de junio, 1972. El avión estaba a punto de despegar. Mi corazón latía enloquecido. Un sueño estaba a punto de hacerse realidad. ¡Quince días, sola, en un hotel en Manhattan!

El viaje era largo, pero pronto fui adoptada por un grupo de romanos divertidos y ruidosos que no sabían una palabra de inglés. Prácticamente me secuestraron. Pasé con ellos lo que quedaba de mi primer día en N.Y haciendo «shopping» compulsivo.

En mi segundo día tenía una cita en la 5° Avenue a la oficina de la KLM donde Alan, el director, gran amigo de Gabriel, ya me estaba esperando. Me recibió con gran afecto y me invitó a almorzar.

Era mediodía cuando ingresamos al «Playboy Club» y de repente fue medianoche. Nos sentamos en un «separé». Pronto llegó una camarera. ¡Que Dios me perdone llamar ‘camarera’ a una visión así! Apareció una «conejita» de casi dos metros, vestía un «body» negro hecho para valorizar sus abundantes tetas, piernas largas y perfectas, dos orejas blancas y negras y una colita blanca como una bolita de nieve, pero de pelo suave. De la comida no tengo recuerdos.  Por cierto, lo que bebí no era sólo zumo de naranja. Pasé lo que quedaba de mi segundo día en N.Y. durmiendo.

Me desperté muy temprano, con un ligero dolor de cabeza, pero con una emocionante alegría. ¡I am coming, N.Y! Era una linda mañana, la ciudad empezaba a despertarse. Caminé durante horas, gozando de todo lo que me rodeaba. Me parecía estar viviendo en una película de Woody Allen. Llegué a Washington Square. Me senté al borde de la fuente para seguir leyendo mi guía turística. 

De repente, llevada por una misteriosa atracción levanté los ojos y lo vi. Estaba a unos 100 metros de mí. Avanzaba suavemente, como mi gato Arturo cuando intenta cazar una lagartija.

Alto, delgado, piel color…. Nutella, barba corta y bigotes. Vestía una camisa violeta de satén brillante ajustada como sus vaqueros, en la cabeza tenía un sombrero negro.

Mecánicamente, quitándome las gafas de sol, pasé la lengua por mis labios esperando tener aún un rastro de mi pintalabios. Intenté exhibir mi mirada encantadora, que normalmente no funciona, pero esta vez sí.

Me sonrió y me preguntó si podía sentarse a mi lado. (Yo me sentí como una copa de helado de nata bajo el sol del desierto). Hablamos un largo rato intentando descubrir algo sobre la vida del otro. De mi vida no tenía nada interesante que contar, pero él sí, mucho. Me dijo que era militar y que a la mañana siguiente un avión lo llevaría a Alemania porque desde el momento de su rechazo a ir a Vietnam su vida era una incógnita.  No estaba preocupado. Parecía que no le importase un bledo su futuro. Estaba orgulloso de su decisión.

Paseamos, reímos, comimos «Hot dogs» tumbados sobre el césped de «Central Park», cenamos en un pequeño restaurante italiano, bebimos vino tinto y tomándonos por la mano, era ya de noche cuando llegamos a mi hotel.  Nos besamos. Fue un beso sin ayer, sin hoy, sin mamana. Un beso sin futuro. Un beso para toda la vida.

—¿Quieres subir un rato? — pregunté yo mirando sus ojos de regaliz – Aquí me paro porque como dijo el Poeta «la luz del entendimiento me hace ser muy cometida».

Me desperté que ya era mediodía.  No tenía gana de levantarme.  Seguía dando vueltas en las sabanas en búsqueda de aquel olor de chocolate y avellanas.

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Iris Menegoz

Fugaz alegría

Red poppies seen blooming near Kibbutz Yifat, in Northern Israel on April 16, 2019. Photo by Anat Hermony/Flash90 *** Local Caption *** פרגים פרג פרח פרחים אדום יער משמר העמק

Una mañana de inicio octubre después una noche de lluvia.

Miro las montañas verdes y suaves como el pelo de mi gato Arturo. Mi mirada llega hacia las cumbres de Eslovenia. El aire es tan dulce y fresco que se podría beber.

Pedaleando por los campos noto que ya solo queda la soja por recoger. A las viñas, mudas, solo les quedan los arbustos de rosas plantados al inicio de cada hilar, ya, pero, casi sin flores.

Sigo pedaleando hacia un camino de piedras que cruza un pequeño bosque de avellanas. De repente un perfume tan único y reconocible llega directo como una flecha a mi corazón.

Dejo la bicicleta.

Me acerco al bosque. Escondida bajo las raíces se despliega una alfombra violeta de ciclámenes. ¡Los ciclámenes, las flores de mi niñez! Cuando era niña, en grupo, se iba a recolectarlos. Lo más valiente era los que hacían el ramo más grande. Ahora no está permitido recolectarlos. Solo mirarlos y recordar.

Me extiendo al sol. El nudo en la garganta se deshace en lagrimas felices.

Soy parte de todo lo que me rodea.

¿Es esta la felicidad?

¡No lo sé, pero se le parece!

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Iris Menegoz

Trampa mensual

—¡Gabriel, no estoy para bromas! ¡Claro que te he reconocido!

Primero porque como actor eres un desastre, segundo porque George Clooney siempre me llama al móvil, por último, porque sé qué día es hoy….

¿Me extrañas?

¡Que raro!

Parece una casualidad, pero tú siempre me extrañas a finales del mes cuando estas a dos velas y me buscas para una cena de gorra.

… No hombre… de verdad, no estoy insinuando que seas un aprovechado. Lo confirmo. ¡Tú eres un vil aprovechado!

No, te lo juro, no estoy de mala leche, y no necesito un amigo para compartir sufrimientos y comida… ¡Gabriel, qué artista eres con las palabras!

A mí ya no me sorprendes. Conozco tus canciones pero, como siempre, capitulo. 

¡Para para para, lo sé que me quieres! 

Por favor no derroches palabras cuyo sentido no comprendes.

Pues, bueno, que no se te ocurra llegar antes de las ocho. En cuanto al vino, tinto o blanco, trae los dos… ¡Sí, … lo sé…, a mi también me gustaría contar con alguien!

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Iris Menegoz

Body Guard

Desde cuando había enviudado, Ángela, mi vecina de casa en el pueblo, empezó a recoger gatos perdidos. Primero fue un cachorro extraviado delgado y sin cola. Después una gatita embarazada que parió tres gatitos y, poco a poco, la familia felina se convirtió en colonia.
Los gatos vivían bastante aislados en el huerto de Ángela. Difícilmente se podían ver ni se podía uno acercar, tampoco acariciar. Lástima, porque a mí los gatos me han gustado siempre mucho.
Una mañana de principios de verano llegó él. Un joven gato de pelo negro brillante como un trozo de regaliz, ojos amarillos y bigotes impresionantes. Una pantera en miniatura. Desde el principio, demostró ser tierno y cariñoso. Se dejó abrazar y acariciar. Para Ángela fue amor a primera vista. Ni que decir tiene que yo también quedé fascinada por su encanto.
Negro, así lo bautizó Ángela, no se mezclaba con el resto de los gatos del huerto. Le gustaba estar cerca de Ángela y de mí.
Cada mañana, cuando oía abrirse mi ventana venía corriendo. Se dejaba besar, acariciar, después daba una vuelta por todo mi cuarto… Parecía inspeccionar que todo estuviera en orden. Después se iba ronroneando especialmente contento.
Lo mismo lo hacía por la noche aunque yo regresara muy tarde. Aparecía no sé por donde, hacía su inspección y se iba trotando feliz fagocitado por la oscuridad de la noche…


Iris Menegoz

Body Gard

Desde cuando había enviudado, Ángela, mi vecina de casa en el pueblo, empezó a recoger gatos perdidos. Primero fue un cachorro extraviado delgado y sin cola. Después una gatita embarazada que parió tres gatitos y, poco a poco, la familia felina se convirtió en colonia.

Los gatos vivían bastante aislados en el huerto de Ángela. Difícilmente se podían ver ni se podía uno acercar, tampoco acariciar. Lástima, porque a mí los gatos me han gustado siempre mucho.

Una mañana de principios de verano llegó él. Un joven gato de pelo negro brillante como un trozo de regaliz, ojos amarillos y bigotes impresionantes. Una pantera en miniatura. Desde el principio, demostró ser tierno y cariñoso. Se dejó abrazar y acariciar. Para Ángela fue amor a primera vista. Ni que decir tiene que yo también quedé fascinada por su encanto.

Negro, así lo bautizó Ángela, no se mezclaba con el resto de los gatos del huerto. Le gustaba estar cerca de Ángela y de mí.

Cada mañana, cuando oía abrirse mi ventana venía corriendo. Se dejaba besar, acariciar, después daba una vuelta por todo mi cuarto… Parecía inspeccionar que todo estuviera en orden. Después se iba ronroneando especialmente contento.

Lo mismo lo hacía por la noche aunque yo regresara muy tarde. Aparecía no sé por donde, hacía su inspección y se iba trotando feliz fagocitado por la oscuridad de la noche…

Iris Menegoz

Cenicienta en Paris

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Son apenas las once y ya me siento cansadísima. Me duelen los pies. El traje es demasiado estrecho no puedo ni respirar. Me gusta este traje aún no sea mío. Me lo presta el director, forma parte de mi disfraz. Al amanecer como cenicienta me voy a mi cuarto llevando mi deprimente traje gris y mi abrigo de pelo artificial.  ¡Aquí viene Mr. Cochon! Un día de estos le contestaré que si… que me voy con él. Es viejo, bastante viejo, pero es ricachón. Cada noche me dije que me quiera y que me compraría un apartamentito y que nunca más tendría que trabajar. A mí me da asco trabajar en este lugar. Detesto estos ricos siempre tan falsamente contentos.

Puede ser que es un poco como hacerse de puta pero por el amor habrá tiempo, después de todo tengo sólo 17 anos.

Iris Menegoz