Reflexiones otoñales

El sol ha salido temprano esta mañana, las montañas, suspendidas, se han vuelto azules.

El maíz, "macho " y viril, mide tres metros. Un poco más abajo, las mazorcas despeinadas se ríen felices.

El mar de soja ondea acariciado por un viento dudoso. 

Pedaleando por un camino de rocas, de vez en cuando me riegan los aspersores que, sin saberlo,  dibujan frágiles arcoíris.

Tendría que concentrarme sobre el tema "El tiempo" pero me distrae una garza blanca que ha perdido su ruta y, asustada, busca refugio en un gran roble.

Tendría que concentrarme sobre el tema "El tiempo"
De pronto, el tamaño de mi tiempo pasado me parece enorme.
¿Por dónde empezar?
No siempre se recuerda lo que se quiere, ni se olvida lo que se desea.
El tiempo no remienda  los huecos de la vida. Tienes que crecer alrededor de ellos.
El tiempo no es caballero.
El tiempo no sana.
El tiempo no enseña.
El tiempo hace bien solo una cosa: pasa.

El sol está alto.  Hace calor.
Alrededor el testarudo canto de las cigarras 
Iris Menegoz

Rosas de lana

Afuera hay luz todavía. La hora legal retrasa la oscuridad.
¿Es viernes?… No, quizás es sábado...
Los días se mezclan como los ingredientes de una tarta. Todos con el mismo color, todos con el mismo sabor, el sabor de la ausencia.
¿Adónde huyeron estos meses de vida no vivida?
¿Dónde estarán todos aquellos abrazos hechos únicamente con la mirada?
¿Podré rescatarlos?
¿Me devolverán aquellos momentos secretos en que los dos intentábamos desatar los nudos de la vida?
¿Logrará mi cabeza recobrar su orden después de la invasión de miles de telediarios y múltiples versiones?
Se fue un invierno, y después otro invierno, y ahora otra primavera.
¡La huida más grande del siglo!
¿Y yo?
Yo sigo haciendo rosas de lana.

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Iris Menegoz

La inocencia de la nieve (2)

Primera parte https://wp.me/pcDIqM-rc

Hace una semana, Antonio me contó la terrible tragedia de la familia Coliman. El profesor Isacco Coliman, su esposa, las dos hermanitas y la vieja abuela, fueron arrestados por la SS y traslados a la prisión de S. Vittore, antecámara de la deportación a los campos de la muerte. El chivatazo fue de un vecino, Romano Tenconi, conocido fascista y delator.

El profesor Coliman fue mi profesor de historia y filosofía hasta 1938 cuando proclamaron las leyes raciales y tuvo que abandonar su trabajo. Era un hombre culto, inteligente, amable y simpático. Supongo que le caía bien porque a menudo me invitaba a su casa donde conocí a su mujer Ana, sus dos gemelas Giudy y Sara y la abuela Ester. Pasé con aquella familia momentos muy agradables en aquella casa increíble que ¡tenía más libros que muebles!

Entregándome el arma, el Comandante dijo — Chaval, la primera misión es como el primer amor, ¡nunca se olvida! Suerte Olmo.

Nieva. El cielo se va oscureciendo. A la luz de un solitario farol los copos de nieve parecen confeti dorados. La calle está desierta. Alrededor de mí un silencio ensordecedor roto solo por los latidos de mi corazón.

De repente el portal enfrente se abre. !Es él con su pastor alemán! En pocos segundos estoy en la calle. La nieve amortigua el ruido de mis pasos. Ya estoy a pocos metros de su espalda. Lo llamo.

—!Compañero Romano Tenconi, por 5000 liras vendiste una familia!

Se da vuelta. Ve mi arma. Saca la suya.

Un relámpago amarillo. Una mancha roja.

Así se acabó la inocencia de la nieve y la mía.

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Iris Menegoz

La inocencia de la nieve (1)

Milán, enero de 1945, otro invierno de guerra. «¡El último!» dijo mi compañero Antonio, pero yo no le creo. Dijo lo mismo el año pasado.

Nieva. La manta blanca oculta los escombros del último bombardeo. La piadosa mentira de la nieve hace parecer todo inocente.

Estoy aquí desde hace tres días, en este sótano húmedo y oscuro mirando a través de una ventanilla de 50 cm a nivel de la acera. Miro sin perder de vista el portal de la vivienda de enfrente. Allí vive el “Camerata Romano Tenconi” que, tarde o temprano, tendrá que aparecer a solas. Ya lo vi dos veces. Una vez rodeado por sus matones, y la otra llevando de la mano a su hijo pequeño.

La orden de mi comandante era clara. «¡Solo él, ninguna matanza! ».

Me uní al “Fronte della gioventù” en el invierno de 1944. Me acuerdo. Nevaba. Tenía 18 años, era y soy una mezcla de rabia, coraje y hormonas. Normalmente tengo el rol de estafeta por el GAP y, a menudo, con mis compañeros imprimimos folletos para distribuir que a veces lanzamos desde las galerías de los cines. Mi nombre de partisano es Olmo.

…continuará https://wp.me/pcDIqM-t7

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Iris Menegoz

Mis Ríos

TIMAVO – Mágico, caprichoso. Nace en Croacia, cruza Eslovenia y cuando llega a Italia desaparece bajo el suelo durante unos 40 km de ruta fantasma antes de sumergirse en el Mediterráneo con un cauce italiano de sólo 2 km. El rio más breve de Italia.

TAGLIAMENTO – (Tilìment en la lengua de Pasolini) – En su ancho lecho se entrelazan pequeños ríos y canales de aguas verdes y azules que contrastan con lenguas de arena blanca. En sus 170 km es el rio más libre de Europa porque no tiene orillas.

Pero cuando era una niña no sabía nada de todo eso. Para mí existía un único río: “la Roggia”. Era un canal de tres metros de ancho y profundo más o menos dos metros. Fluía detrás de casa de la abuela. Servía de abrevadero para los animales, para hacer funcionar los molinos y para enjuagar la ropa.

Era un lugar lleno de misterio, tenía el encanto de las cosas prohibidas. La abuela no quería que yo me acercara a “la Roggia”. Siempre me decía: “Cuidado Nena porque el agua “lè furba!”

En los días de verano, cuando el sol picaba sin vergüenza y las gallinas habitualmente cotillas y ruidosas estaban quietas bajo la carreta, sentarse cerca aquel “mini río” era un placer enorme.  Era sombrío, el agua fresca corría cantando y para mí era más exótico que el Río Paraná.

Con mis amiguitas, jugábamos a inventar un restaurante de cinco estrellas pescando lo que flotaba en el rio. Hojas, flores, tomates un poco podridos, pieles de melones, limones ya exprimidos y otros vegetales, en definitiva, unos de los primeros ejemplos de cocina vegana.

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Iris Menegoz

Profesional

Chaste Suzanne Felix Vallotton 1922

Caballeros, si no me equivoco ustedes quieren saber si soy puta.

Sin duda sí, soy puta, profesional, libre y joven.

Me llaman Boca de rosa y, como cantaba el poeta: hay quien el amor lo hace por juego, quien lo elige por profesión, Boca de rosa ni uno ni otro, ella lo hace por pasión.

Por tanto, ruego a sus señorías que saquen sus caras babosas y sus culos lánguidos con celeridad de aquí.

Muchas gracias.

Iris Menegoz

¡New York New York!!!

Era una clara mañana de junio, 1972. El avión estaba a punto de despegar. Mi corazón latía enloquecido. Un sueño estaba a punto de hacerse realidad. ¡Quince días, sola, en un hotel en Manhattan!

El viaje era largo, pero pronto fui adoptada por un grupo de romanos divertidos y ruidosos que no sabían una palabra de inglés. Prácticamente me secuestraron. Pasé con ellos lo que quedaba de mi primer día en N.Y haciendo “shopping” compulsivo.

En mi segundo día tenía una cita en la 5° Avenue a la oficina de la KLM donde Alan, el director, gran amigo de Gabriel, ya me estaba esperando. Me recibió con gran afecto y me invitó a almorzar.

Era mediodía cuando ingresamos al “Playboy Club” y de repente fue medianoche. Nos sentamos en un “separé”. Pronto llegó una camarera. ¡Que Dios me perdone llamar ‘camarera’ a una visión así! Apareció una “conejita” de casi dos metros, vestía un “body” negro hecho para valorizar sus abundantes tetas, piernas largas y perfectas, dos orejas blancas y negras y una colita blanca como una bolita de nieve, pero de pelo suave. De la comida no tengo recuerdos.  Por cierto, lo que bebí no era sólo zumo de naranja. Pasé lo que quedaba de mi segundo día en N.Y. durmiendo.

Me desperté muy temprano, con un ligero dolor de cabeza, pero con una emocionante alegría. ¡I am coming, N.Y! Era una linda mañana, la ciudad empezaba a despertarse. Caminé durante horas, gozando de todo lo que me rodeaba. Me parecía estar viviendo en una película de Woody Allen. Llegué a Washington Square. Me senté al borde de la fuente para seguir leyendo mi guía turística. 

De repente, llevada por una misteriosa atracción levanté los ojos y lo vi. Estaba a unos 100 metros de mí. Avanzaba suavemente, como mi gato Arturo cuando intenta cazar una lagartija.

Alto, delgado, piel color…. Nutella, barba corta y bigotes. Vestía una camisa violeta de satén brillante ajustada como sus vaqueros, en la cabeza tenía un sombrero negro.

Mecánicamente, quitándome las gafas de sol, pasé la lengua por mis labios esperando tener aún un rastro de mi pintalabios. Intenté exhibir mi mirada encantadora, que normalmente no funciona, pero esta vez sí.

Me sonrió y me preguntó si podía sentarse a mi lado. (Yo me sentí como una copa de helado de nata bajo el sol del desierto). Hablamos un largo rato intentando descubrir algo sobre la vida del otro. De mi vida no tenía nada interesante que contar, pero él sí, mucho. Me dijo que era militar y que a la mañana siguiente un avión lo llevaría a Alemania porque desde el momento de su rechazo a ir a Vietnam su vida era una incógnita.  No estaba preocupado. Parecía que no le importase un bledo su futuro. Estaba orgulloso de su decisión.

Paseamos, reímos, comimos “Hot dogs” tumbados sobre el césped de “Central Park”, cenamos en un pequeño restaurante italiano, bebimos vino tinto y tomándonos por la mano, era ya de noche cuando llegamos a mi hotel.  Nos besamos. Fue un beso sin ayer, sin hoy, sin mamana. Un beso sin futuro. Un beso para toda la vida.

—¿Quieres subir un rato? — pregunté yo mirando sus ojos de regaliz – Aquí me paro porque como dijo el Poeta “la luz del entendimiento me hace ser muy cometida”.

Me desperté que ya era mediodía.  No tenía gana de levantarme.  Seguía dando vueltas en las sabanas en búsqueda de aquel olor de chocolate y avellanas.

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Iris Menegoz

Fugaz alegría

Red poppies seen blooming near Kibbutz Yifat, in Northern Israel on April 16, 2019. Photo by Anat Hermony/Flash90 *** Local Caption *** פרגים פרג פרח פרחים אדום יער משמר העמק

Una mañana de inicio octubre después una noche de lluvia.

Miro las montañas verdes y suaves como el pelo de mi gato Arturo. Mi mirada llega hacia las cumbres de Eslovenia. El aire es tan dulce y fresco que se podría beber.

Pedaleando por los campos noto que ya solo queda la soja por recoger. A las viñas, mudas, solo les quedan los arbustos de rosas plantados al inicio de cada hilar, ya, pero, casi sin flores.

Sigo pedaleando hacia un camino de piedras que cruza un pequeño bosque de avellanas. De repente un perfume tan único y reconocible llega directo como una flecha a mi corazón.

Dejo la bicicleta.

Me acerco al bosque. Escondida bajo las raíces se despliega una alfombra violeta de ciclámenes. ¡Los ciclámenes, las flores de mi niñez! Cuando era niña, en grupo, se iba a recolectarlos. Lo más valiente era los que hacían el ramo más grande. Ahora no está permitido recolectarlos. Solo mirarlos y recordar.

Me extiendo al sol. El nudo en la garganta se deshace en lagrimas felices.

Soy parte de todo lo que me rodea.

¿Es esta la felicidad?

¡No lo sé, pero se le parece!

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Iris Menegoz

Trampa mensual

—¡Gabriel, no estoy para bromas! ¡Claro que te he reconocido!

Primero porque como actor eres un desastre, segundo porque George Clooney siempre me llama al móvil, por último, porque sé qué día es hoy….

¿Me extrañas?

¡Que raro!

Parece una casualidad, pero tú siempre me extrañas a finales del mes cuando estas a dos velas y me buscas para una cena de gorra.

… No hombre… de verdad, no estoy insinuando que seas un aprovechado. Lo confirmo. ¡Tú eres un vil aprovechado!

No, te lo juro, no estoy de mala leche, y no necesito un amigo para compartir sufrimientos y comida… ¡Gabriel, qué artista eres con las palabras!

A mí ya no me sorprendes. Conozco tus canciones pero, como siempre, capitulo. 

¡Para para para, lo sé que me quieres! 

Por favor no derroches palabras cuyo sentido no comprendes.

Pues, bueno, que no se te ocurra llegar antes de las ocho. En cuanto al vino, tinto o blanco, trae los dos… ¡Sí, … lo sé…, a mi también me gustaría contar con alguien!

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Iris Menegoz

Body Guard

Desde cuando había enviudado, Ángela, mi vecina de casa en el pueblo, empezó a recoger gatos perdidos. Primero fue un cachorro extraviado delgado y sin cola. Después una gatita embarazada que parió tres gatitos y, poco a poco, la familia felina se convirtió en colonia.
Los gatos vivían bastante aislados en el huerto de Ángela. Difícilmente se podían ver ni se podía uno acercar, tampoco acariciar. Lástima, porque a mí los gatos me han gustado siempre mucho.
Una mañana de principios de verano llegó él. Un joven gato de pelo negro brillante como un trozo de regaliz, ojos amarillos y bigotes impresionantes. Una pantera en miniatura. Desde el principio, demostró ser tierno y cariñoso. Se dejó abrazar y acariciar. Para Ángela fue amor a primera vista. Ni que decir tiene que yo también quedé fascinada por su encanto.
Negro, así lo bautizó Ángela, no se mezclaba con el resto de los gatos del huerto. Le gustaba estar cerca de Ángela y de mí.
Cada mañana, cuando oía abrirse mi ventana venía corriendo. Se dejaba besar, acariciar, después daba una vuelta por todo mi cuarto… Parecía inspeccionar que todo estuviera en orden. Después se iba ronroneando especialmente contento.
Lo mismo lo hacía por la noche aunque yo regresara muy tarde. Aparecía no sé por donde, hacía su inspección y se iba trotando feliz fagocitado por la oscuridad de la noche…


Iris Menegoz

Body Gard

Desde cuando había enviudado, Ángela, mi vecina de casa en el pueblo, empezó a recoger gatos perdidos. Primero fue un cachorro extraviado delgado y sin cola. Después una gatita embarazada que parió tres gatitos y, poco a poco, la familia felina se convirtió en colonia.

Los gatos vivían bastante aislados en el huerto de Ángela. Difícilmente se podían ver ni se podía uno acercar, tampoco acariciar. Lástima, porque a mí los gatos me han gustado siempre mucho.

Una mañana de principios de verano llegó él. Un joven gato de pelo negro brillante como un trozo de regaliz, ojos amarillos y bigotes impresionantes. Una pantera en miniatura. Desde el principio, demostró ser tierno y cariñoso. Se dejó abrazar y acariciar. Para Ángela fue amor a primera vista. Ni que decir tiene que yo también quedé fascinada por su encanto.

Negro, así lo bautizó Ángela, no se mezclaba con el resto de los gatos del huerto. Le gustaba estar cerca de Ángela y de mí.

Cada mañana, cuando oía abrirse mi ventana venía corriendo. Se dejaba besar, acariciar, después daba una vuelta por todo mi cuarto… Parecía inspeccionar que todo estuviera en orden. Después se iba ronroneando especialmente contento.

Lo mismo lo hacía por la noche aunque yo regresara muy tarde. Aparecía no sé por donde, hacía su inspección y se iba trotando feliz fagocitado por la oscuridad de la noche…

Iris Menegoz

Cenicienta en Paris

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Son apenas las once y ya me siento cansadísima. Me duelen los pies. El traje es demasiado estrecho no puedo ni respirar. Me gusta este traje aún no sea mío. Me lo presta el director, forma parte de mi disfraz. Al amanecer como cenicienta me voy a mi cuarto llevando mi deprimente traje gris y mi abrigo de pelo artificial.  ¡Aquí viene Mr. Cochon! Un día de estos le contestaré que si… que me voy con él. Es viejo, bastante viejo, pero es ricachón. Cada noche me dije que me quiera y que me compraría un apartamentito y que nunca más tendría que trabajar. A mí me da asco trabajar en este lugar. Detesto estos ricos siempre tan falsamente contentos.

Puede ser que es un poco como hacerse de puta pero por el amor habrá tiempo, después de todo tengo sólo 17 anos.

Iris Menegoz

Profesional

En Brasil el Fotógrafo Sebastiao Salgado y su mujer han replantado 600 hectáreas de foresta tropical

Dijo el viejo Seneca: 

— ¡Espera en el futuro sólo quién no sabe vivir el presente!

A estas alturas de mi vida, mi actitud frente el futuro es muy distante.

Nunca fui una ferviente partidaria del futuro, ni siquiera cuando era joven. Pronto comprendí que esperar en el futuro era caer en una trampa. El futuro es mentiroso, te engaña, te toma el pelo. Demasiadas veces mi futuro ha cambiado en un día. No puedo confiar en él.

Hoy es mi futuro.

Esta noche es mi futuro.

Aún así, hablar de futuro en estos días pendientes y turbios, me parece arriesgado, como si jugáramos a la “Ruleta Rusa”.

Iris Menegoz

Una fabula verdadera

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Cuando Elsa lo parió, pronto se dio cuenta que el cachorro era raro. En toda su larga vida nunca había visto un cachorro de gorila enteramente blanco.

Mientras lo acunaba susurrando una vieja nana, mirando su carita rosada y su pelo tan suave dijo. 

—¡Que hermoso eres mi amor! Nadie en el mundo se parece a ti. ¡Tú eres único! -. El sonido de sus palabras le produjeron un raro escalofrío.

¡Ya! Tú eres diferente. Demasiado diferente de todos los de tu raza. La manada nunca te aceptará. Tenemos que huir de aquí lo más lejos posible.

Aprestándolo a su corazón se puso a correr volando de árbol en árbol hasta que alcanzaron al borde extremo de la selva. Muy lejos de la manada, pero demasiado cerca de la cabaña de Zomu. Un viejo cazador sin escrúpulos que robaba y vendía animales selváticos a los zoológicos.

Elsa y Luna (así lo llamó) vivían felices. Elsa tenía abundante leche y Luna crecía gordito y alegre. Pasaron algunos meses. Luna como todos los chicos de su edad se volvían más vivaz y juguetón.

Zomu, que siempre iba explorando la zona cerca de su cabaña, se dio cuenta de aquella energía. Les sorprendió abrazados bajo un viejo árbol. Mató a Elsa. Tomó a Luna. Lo vendió a un tipo, que lo vendió a otro tipo, que lo vendió al zoológico de Barcelona.

Luna se convirtió en copito de nieve. Fue la estrella del zoológico de Barcelona. Se hizo muy viejo.

Detrás de las rejas de su jaula, copito de nieve, a pesar de su gran notoriedad, siempre fue un gorila triste. Quizás nunca pudo olvidar los abrazos de Elsa, su olor, la tibia dulzura de su leche, el perfume y la música de la selva.

Iris Menegoz

Felicidad mínima

Al atardecer de un domingo de inicio verano, regresaba cantando para mÍ misma un viejo estribillo de una canción que decía “de vez en cuando la vida te besa en la boca…” (¡Qué gusto da la felicidad cuando te agarra así, sin motivo!)”.

Llegué frente a mi portal de vidrio y metal junto con la señora Benetti, una señora mayor gruñona y chismosa que vive en el tercer piso. Dimos tres pasos y me paré. Sentí como un puñetazo en el estómago y, con un nudo en la garganta, le pregunté.

“¿Está viendo lo que veo yo?”  Ella me respondió que sí.

A esta altura del cuento necesito describir cómo se desarrolla la entrada de mi edificio. Desde el portón hacia el ascensor hay un pasillo de aproximadamente veinte metros subdivididos de la siguiente manera: diez metros de pasillo, cinco peldaños, a la izquierda la portería y otros diez metros más allá el ascensor.

Hicimos los cinco peldaños y, cerca de la puerta de la portería (un hueco donde vive la chica rumana que se ocupa de la portería y la limpieza), vimos un excremento enorme.

“¡La culpa es de los malcriados que tienen perros!” dijo de pronto la señora Benetti.

“No” le respondí yo. “Aquí nadie tiene perros que puedan hacer cosas de este tamaño. Estos no son excrementos de animales. Esta es mierda, mierda humana”.

Durante el trayecto en ascensor la señora Benetti siguió hablando mal de todos los extranjeros. ”¡Perezosos, animales sin vergüenza!”.

Yo no la escuchaba. Pensaba en la pobre chica que tenía que limpiar aquella falta, aquel desprecio, aquel ultraje. La señora Benetti bajó al tercero piso y yo seguí a mi casa, al sexto piso.

Abrí mi puerta, pero en seguida la cerré. Advertía que tenia que hacer algo para ayudar la chica rumana a borrar aquel insulto del cual no tenía ninguna culpa.

Con mi móvil llame a Elena (este es su nombre). Me abrió de pronto. Le mostré lo que había a un metro de su puerta. “Trata de encontrar una paleta y una escoba”. Le dije con voz segura. “Te ayudo a limpiar este asco”.

Me entregó una paleta y una vieja escoba, pero cuando se acercó aquel material tan enorme y maloliente se fue corriendo al baño de la portería y empezó a vomitar.

“No, Dios mío, no por favor, ¡Elena!”. Le grité yo.

La paleta era pequeña, la escoba pelada. ¡No era fácil trabajar con esa herramienta! Yo intentaba no mirar lo que estaba haciendo. Estaba muy concentrada en un solo pensamiento. “Estas haciendo la cosa justa”. Entretanto oía las arcadas de Elena.

“¡Elena por favor deja eso!”. Le grité otra vez. “Busca la llave para ir al bajo donde están los cubos de la basura”

Elena me precedía a lo largo de la escalera que llegaba al bajo. Intentando no caerme con mi inconcebible fardo, recuerdo que pensé “¿En qué basura se echa este material?”

Acompañada por la música de las arcadas de Elena, nos dirigimos a una especie de baño del sótano. Un agujero oscuro y maloliente con un lavabo lleno de agua gris donde flotaban cosas indefinibles. Para bien o para mal logré limpiar un poco la paleta y la escoba y regresamos a la portería.

Elena me abrazó llorando y, dándome las gracias, me dijo “Nadie habría hecho esto por mí”. Y yo, que notoriamente tengo un corazón duro y no me dejo impresionar fácilmente, le dije “Ni hablar, chica, vete a dormir.  Necesito beber algo fuerte”.

Regresé a mi cuarto. Destapé una botella de vino blanco helado y mientras lo bebía me di cuenta de que me sentía bien. Al fin y al cabo había hecho algo que se acercaba a los principios en los que creía.

Que la vida podía ser una mierda ya lo sabía. Pero nunca habría imaginado que limpiar una mierda podía hacerte tan feliz.

Iris Menegoz

Carta a una desconocida

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

Querida Claudine, (este nombre imaginario te queda perfecto)

¡Qué hermosa estás en la pintura!

¡Qué bonito tu vestido de seda blanco!

¡Tu sombrerito y tus zapatos me encantan!

Te imagino sentada frente a tu casa en Provenza. Puedo husmear el perfume de las flores del jardín que te rodea, mezclado con un lejano olor a mar.

Tu carita somnolienta bajo la luz amarilla me hace pensar que estás un poco aburrida a pesar de la presencia rara e inquietante del pajarito.

Aquí, en Milán, el escenario es muy diferente. Estamos viviendo un tipo de pesadilla. Escuelas, cines, teatros, museos, cerrados. Supermercados asaltados con estantes sin mercancías. Un virus, que es un bicho, pero más pequeño y muy malo, está saqueando nuestro bienestar.

Perdona, pero por eso cuando miro tu figura sumergida en esa luz tibia y amarilla un poco me pongo de los nervios. Lo siento, sé que no es culpa tuya, pero mejor será que nos contactemos cuando estos días surrealistas se acaben.

Te mando un beso virtual, los únicos que nos permiten.

Iris.

P.S. Lo de el pajarito inquietante te lo aclaro la próxima vez. Tiene algo que ver con algunas tesis del señor Freud.

Iris Menegoz

Jueves gordo

En los años cincuenta, en Milán existía, no sé si aún existe, un día de carnaval especialmente dedicado a los niños. Se llamaba “Giovedì grasso”. El aviso de la inminente llegada del carnaval se ponía en el escaparate de “All’Onestà”. Yo, niña de seis/siete años que vivía cerca de esa mágica tienda, pasaba horas mirando encantada la muñeca disfrazada de… princesa… reina… hada. Soñaba con aquel vestido largo, hinchado, azul con encajes blancos, pero sobre todo quería la peluca de bucles rubios que encima tenía una coronita de diamantes resplandecientes. Desde los cinco hasta los diez años, viví un momento de “gran fealdad”. Potenciaba mi autoestima negativa mi querida madre, que en paz descanse. Me cortaba el pelo casi como un varón y, por fuera poco, en el centro de la cabeza me ponía una horrorosa horquilla donde clavaba una espantosa cinta blanca. ¡Fueron años en que mi amor propio alcanzó el nivel más bajo! Cuando llegaba el carnaval yo, con mi gran maripos anémica encima de la cabeza, frente aquel escaparate, soñaba con convertirme, aunque solo fuera por un día, en aquella preciosa princesa rubia. Llegaba el “jueves gordo”. En la esquina de la gran vía de Corso Buenos Aires, yo miraba a los niños que paseaban lanzando papelitos picados. Regresaba a casa con un nudo en la garganta. Nunca lloré frente a mis padres. ¡Aquellos fueron años realmente duros!.

Iris Menegoz

Desamor silvestre

En un rincón de la selva africana, en la cima de un árbol rodeado por lianas, una pareja de chimpancés está sentada, uno junto a la otra.

El varón mira a la hembra con ojos fascinados y le habla al oído.

— ¡Hermosa, déjame acariciar tu cabellera color ocaso! Quiero ahogarme entre tus tetas peludas suaves come terciopelo. Daría mi vida entera para perderme en la selva oscura de los rizos negros de tu pubis.

— ¡Para… para… para… George! — corta la hembra balanceándose sobre una liana — Ya te lo dije, mi nombre es Cheeta, mi corazón pertenece únicamente a Tarzán. ¡Es el dueño de mi vida! Esta es mi historia y no la puedo cambiar.

— ¡Pero no tiene ni siquiera un pelo! — contesta George.

— ¡Nadie es perfecto! — repite Cheeta sonriendo.

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Iris Menegoz

Igual

Cuando, después de sesenta años alrededor del mundo, G.D. regresó a su pueblo, era un hombre viejo y adinerado. Hablaba cinco idiomas y se había acostado con miles de mujeres sin besar a ninguna de ellas. O así decía.

Cuando la tía Katina lo vio caminando hacia el altar de la iglesia casi le dio un ataque.

¡Igual… igualito… a su padre! —pensó -. La tía Katina se acordaba bien de don Augusto. En los treinta fue podestà del pueblo. Un fascista insolente, arrogante y delator. Murió hace diez años con mala conciencia. O así lo esperaba la tía Katina.

G.D. era un niño cuando estalló la guerra. Nació tras tres hermanitas. Don Augusto lo crio con orgullo. Lo educó para ser un “hombre verdadero” y para tratar a las mujeres siempre con menosprecio. Gloria, la primera novia de G.D., después de su partida, siguió llorando a mares esperando una carta que nunca llegó. Murió soltera. Dicen que era un poco loca.

El pueblo que G.D. encontró a su regreso no tenía nada que ver con el que había dejado años atrás. La pobreza se había ido. La gente vivía muy bien. Sus amigos estaban muertos o enfermos y seniles. G.D. tenía un montón de dinero y un montón de aventuras que contar, pero nadie a quien contarlas. Porque a la gente, su dinero y cómo lo había ganado, le daba igual.

Iris Menegoz