Ghostwriter

Sé que te parecerá extraño pero créeme, a veces llegan a oleadas como una ventolera. Los veo desde la ventana desplazarse con vertiginosa obstinación por el jardín. Y cuando bajo tan solo para despegarme por un instante de la computadora, aprovechan y se cuelan por las rendijas y  con  sus cuerpos deshilachados invaden mi despacho como blancas medusas. Entiéndeme. Están en todas partes. Han tomado posesión de la casa. Son los fantasmas de mis muertos, seres livianos, gaseosos que sin embargo conservan un peso consistente. ¡Tendrías que verlos! tan concretos como los anillos de Saturno, tan vibrantes como la luz que nos llega de los despojos de una  estrella. Créeme, a veces no me dan tregua, sobre todo cuando busco descanso. Van y vienen entreverando recuerdos, confesando secretos, equivocando presagios y franquezas. Tengo que ser sincera, por momentos me agotan. Quisiera de una vez por todas deshacerme de ellos. Y entonces salgo a caminar sin rumbo. Cumplo maquinalmente con los deberes del día o me distraigo contando las hojas de los árboles o hablando contigo por teléfono. No, por favor no te ofendas. Es que a veces estoy tan dolorida como si me hubiesen dado una paliza. Pretenden, sin piedad, que me ocupe de ellos. Te lo puedo jurar, no exagero. Y si no, se amotinan con furor de murmullos o, aún peor, se anidan envenenando mi pecho como un manojo de serpientes. Créeme, de solo pensarlo me estremezco. Por eso te pido que no insistas. No es que no quiera verte es que ahora no puedo. Exigen que termine cuanto ante de escribir sus memorias. Reclaman prepotentes los derechos de autor.

Adriana Langtry