
De niño veraneaba en la casa de campo de mi abuela materna. Era una antigua casa en dos plantas que constaba de dos pisos, un comedor con chimenea, una enorme cocina, cuatro habitaciones, un baño. Me acuerdo que la abuela solía decir, a mis primos y a mí, que en la casa vivía, desde siempre, un típico fantasma, con una sábana blanca y que era él quien producía los ruidos que oíamos por la noche. Yo siempre he creído en las presencias fantasmales. Pero negaba la presencia del fantasma, de ese fantasma, y, al contrario de mis primos, no tenía miedo de él, es más, me habría gustado conocerle.
Al volverme adulto me di cuenta de que los fantasmas no son los que llevan sábanas blancas. Parafraseando parte del título de un libro puedo decir que es verdad que los fantasmas llegan sin avisar. Y llegan, siempre llegan, aunque no los veas. Yo mismo tenía muchos fantasmas revoloteando por mi casa y por mi mente. Problemas no resueltos, malas experiencias, un pasado complicado. Por fin me enamoré. Francisca era una chica guapa, alegre, que me hacía sentir bien, los fantasmas desaparecieron. Vivimos tres años en un pequeño apartamento alquilado, en un barrio tranquilo de la ciudad de Milán. Un día, de pronto y sin ninguna razón aparente, Francisca se fue sin dejarme ni una carta, ni un mensaje. Esta repentina fractura de lo normal, y la paralizadora sensación de pérdida y de soledad que llevaba a cuestas, hicieron que poco a poco la depresión se apoderara de mí. Empecé a perder interés en todo, también en el trabajo, que tanto me gustaba. Me despidieron y me quedé sin sueldo y sin la posibilidad de hacer frente a los gastos. Así que dejé el apartamento y sin hogar me convertí en un vagabundo. Un vagabundo entre los muchos vagabundos y pordioseros que poblaban las calles. Hoy, como todos los días me aproximo, allí donde me esperan; el lugar donde encuentro a los invisibles de la ciudad, como soy yo, haciendo cola para un plato de comida, o para ducharse. El lugar está al alcance de los zapatos pero yo no puedo llegar. Hoy no. Hoy no busco comida, camino hasta la esquina, me detengo un rato, miro a los paseantes; ellos miran, pero no ven que yo ya estaba allí, pasan, no se detienen, yo saludo y ellos me ignoran. Ya no me importa, ya lo he comprobado. Nada ni nadie puede convertirme en fantasma, ya lo soy.
Raffaella Bolletti

