
Casi al filo de las cuatro de la tarde, una menuda figura de apariencia octogenaria y andar apresurado avanzaba por la floreada vereda con los ojos puestos en el destartalado banco de madera que se encontraba al final de la misma. A pesar de su edad, andaba con paso decidido con un único fin: contemplar, en recogido silencio, como jugaban los niños.
No participaba activamente, tan solo miraba. Le encantaba simplemente verlos jugar y éste era, prácticamente, su único entretenimiento. Por eso, todas las tardes, a eso de las cuatro, se acercaba hasta el parque infantil situado a un tiro de piedra de su domicilio y tomaba posesión de aquel despintado banco, siempre el mismo, porque a su modo de ver era desde el que mejores vistas tenía para disfrutar de aquel bullicio.
Verlos correr despreocupados era más una necesidad vital que una satisfacción. Literalmente, le inyectaba vida. En esos momentos, su corazón palpitaba de otro modo y su usualmente apagado rostro se iluminaba con una tenue sonrisa. Un observador superficial podría haber concluido que tan sólo se trataba de otro viejo aburrido del montón, pero la realidad era que, en el límite de sus años, al igual que un vampiro se alimenta de la sangre de sus víctimas, él lo hacía de las emociones que le transmitía el juego de aquellos mozalbetes; de hecho, ni tan siquiera los estaba viendo a ellos, sino a la nostálgica visión de lo que él mismo había sido en su infancia.
Recordaba que aquella vereda de flores, conocida como Camino de las Margaritas, había sido el paseo que todos los sábados anduviera y desanduviera acompañado de sus padres, que se sentaban en aquel mismo banco a vigilarlo, y el parque infantil que tenía ante sus ojos el escenario de sus propias aventuras infantiles.
Le parecía todo tan real…
Sucedió que, esa desapacible tarde, el anciano observo alarmado que los pequeños se retrasaban en acudir a la sagrada cita. Comido por la impaciencia, pero sin perder la esperanza de que de un momento a otro, riendo y saltando aparecieran como siempre para contagiarlo con su inocente alegría, resolvió esperarlos sin importarle lo que tardaran.
Y allí permaneció, sentado, con la mirada clavada en el parque infantil ya solitario y huérfano de risas, tan sólo acompañado por el silencio, hasta casi las diez de la noche.
Fue esa la hora en la que el vigilante del parque, en el curso de su última ronda, todavía sentado en el viejo banco, se lo encontró muerto.
- La niña que quería sentarse en el sillón de Jean Claude Fonder
- Los niños de calle Garibaldi, nº 18 de Iris Menegoz
- Breve reflexión sobre dos mundos de Raffaella Bolletti
- El juego del corro de Blanca Quesada
- El camino de las Margaritas de Sergio Ruiz
- Los niños de la escritura de Silvia Zanetto
- Otra infancia de Adriana Langtry

