
Blanco, el decorado era blanco, las paredes eran blancas, la alfombra en la que la niña estaba sentada entre sus juguetes, era blanca, el sol deslumbraba tanto que todo era aún más blanco, y el sillón de mimbre donde estaba instalado el osito llamaba la atención violentamente.
De repente, la niña que apenas podía caminar se levantó sobre sus dos pequeñas piernas ligeramente dobladas y corrió cojeando más de lo que caminaba y se precipitó hacia la silla, evitando casi la caída hacia adelante. Apoyándose en la silla, tomó el osito por el brazo y lo tiró al suelo, llorando.
La madre, que cocinaba en otra habitación, llegó preocupada.
– ¿Qué haces aquí? Está bien caminar sola, pero espera a que llegue.
Puso de nuevo a la niña en la alfombra, y ella empezó a gritar. Luego, sin dejar de jadear, gritando con rabia, se levantó de nuevo y esta vez ante su madre alcanzó la silla e intentó, en vano, trepar sobre ella.
Entonces su madre la ayudó a subir, y la pequeña se sentó bien derecha en el asiento demasiado grande para ella, luego extendió los brazos hacia el osito. Su madre lo instaló en sus brazos demasiado pequeños y ella, como una reina en la blancura dorada de la habitación, lució su mayor sonrisa.
- La niña que quería sentarse en el sillón de Jean Claude Fonder
- Los niños de calle Garibaldi, nº 18 de Iris Menegoz
- Breve reflexión sobre dos mundos de Raffaella Bolletti
- El juego del corro de Blanca Quesada
- El camino de las Margaritas de Sergio Ruiz
- Los niños de la escritura de Silvia Zanetto
- Otra infancia de Adriana Langtry
Jean Claude Fonder

