
Desde cualquier punto de vista, especialmente del mío, creo que ésta que a continuación voy a relatar es una historia un tanto lamentable.
Hace tiempo que vivo solo. Mi esposa falleció hace años y por caprichos de la vida, en lo que mucho ha tenido que ver tanto la edad como la eficiente laboriosidad de la muerte, me fui quedando además, sin familiares o amigos con los que tratar, y puesto que nunca resulté ser persona frecuentadora de tascas ni muy dado a relacionarme con los vecinos más allá del típico y cordial “buenos días o buenas noches”, el hablar conmigo mismo se convirtió, las más de las veces, en mi más socorrido entretenimiento.
Y no crean, que a pesar de todo y en un principio, estas conversaciones-monólogos resultaban muy amenas e incluso instructivas. Y, aunque con el paso del tiempo me fui casi acostumbrando a hablar solo e incluso viera ventajas en que nadie contradijera mis opiniones, el hecho de no tener frente a mí un interlocutor visible que le diera algo de verosimilitud a aquella relación me empezó a incomodar y fue por ello que un día, después de darle algunas vueltas al asunto, decidí que un buen remedio contra la fastidiosa soledad pudiera ser el comprarme un espejo.
No lo hice enseguida. Me tomé mi tiempo. Lo elegí con mucho cuidado y finalmente, me pareció que la mejor opción sería la de uno de cuerpo entero que descubrí en la trastienda de un comercio cercano. Ilusionado, tan pronto lo compré, yo mismo lo coloqué en un rincón de la salita de estar, arrimado a la pared, justo enfrente de mi sillón preferido.
La idea era poder imaginarme acompañado, y todas las tardes, después de la cena, solía sentarme frente a aquel a departir en animado monólogo como si se tratara de una visita. El verme reflejado en su bruñida superficie me hacía imaginar que hablaba con un semejante.
Al principio todo trascurrió según lo previsto: mi doble me seguía el juego como si se tratara de un amigo de toda la vida. Yo le hablaba y él me escuchaba con interés e incluso me pareció que asentía con la cabeza de cuando en cuando. Por supuesto, tenía claro que tan sólo era un simple reflejo de mí mismo. O al menos era eso lo que pensaba.
Poco a poco, mi alter ego se cansó de simplemente escuchar y comenzó a querer opinar por sí mismo. Yo se lo consentí porque me pareció beneficioso para mi interés. Pero sucedió que un día la conversación subió de tono hasta convertirse en una acalorada discusión en la que ya no conseguimos ponernos de acuerdo. En un momento dado, mi reflejo se enfureció conmigo hasta el punto de darme la espalda, y desde entonces y para mi desgracia, a pesar de mis ruegos y disculpas, ya no le he podido ver nuevamente el rosto y he terminado por volver a quedarme solo.
Es que ni yo mismo me aguanto…

