
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:

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Fue la noche cuando decidimos casarnos.
El aire todavía limpio nos invitaba a gozar los últimos recortes del verano, buscando mesas al aire libre, o simplemente a pasear. Caminábamos dándonos la mano, con la mirada en el suelo para buscar las palabras…
Luego, nos sentamos en aquel bar.
Y ella llegó: piernas largas, seguras sobre los tacones altos, una chaqueta estrecha sobre una minifalda negra, una chaqueta morena, un maquillaje perfecto. Se sentó sola, poco lejos de nosotros.
Pasaron diez minutos, antes que el camarero se le acercara: “¿Está esperando a alguien, señorita, o quiere ordenar?”
Yo no pude oír su respuesta, pero después de unos minutos vi al camarero volver, llevando con desenvoltura profesional una bandeja con una botella de champán y un solo vaso.
“¿Va a celebrar algo?” le preguntó, bajando hacia ella su cabeza gris.
“Puede ser…” contestó la joven.
El camarero sonrió, casi con vergüenza, dándole el vaso. Luego empezó a destapar la botella.
“¿Es una buena tarde, verdad, señorita? Parece que todavía es verano…”
“Sí” susurró ella, golpeteando la mesa con sus uñas. Luego lo miró a la cara, con una triste gratitud. El hombre se quedó unos minutos, charlando de temas irrelevantes. Ahora la chica le contestaba. Luego lo llamaron por otro pedido y tuvo que irse.
La linda mano llenó otro vaso.
Y luego, otro.
Y después otro.
Inesperadamente, se le acercó una gitanilla, con el habitual ramo de rosas rojas que los gitanos intentan vender y casi nadie compra.
“¿Quieres una flor?” le preguntó.
“Sí, con mucho gusto. ¿Cuánto cuesta?”
“Nada. Te lo voy a regalar porque eres realmente bonita”.
La joven se levantó y abrazó con cariño a la niña, que se retiró un poco desorientada. Pero luego sonrío, cuando la vio abrir la cartera para darle una propina generosa.
“Siéntate un poco conmigo, charlamos un poco… ¿Cómo te llamas?” le estaba preguntando.
Pero nosotros nos fuimos, y nos olvidamos de ella.
Porque fue aquella noche cuando decidimos casarnos.
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En la fría y rancia ciudad colonial de Tunja, cuando yo era niña, el “novio” de la prima María Mercedes era casi una prolongación de su sombra. La acompañaba a todas partes, pero si la invitaba al cine, también debía asistir Víctor, el hermano, guardián discreto de una virtud vigilada.
Los novios apenas se rozaban las manos, con una castidad casi ceremonial, mientras esperaban el momento solemne de “pedir la mano”. Cualquier desliz más allá de ese guion impuesto por la mojigatería encendía de inmediato el murmullo de las solteronas sin oficio, siempre alertas, siempre ávidas, y —en el fondo— secretamente envidiosas.
En las familias más rígidas, un embarazo antes del matrimonio no era sólo un escándalo: era un terrible secreto cuidadosamente enterrado, a veces por generaciones. Ni pensar en que los novios se fueran a vivir juntos.
Hoy, por fortuna, esa comedia de apariencias ha ido quedando atrás.
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—Me gusta verte pasear con el culo desnudo, — me dijo cuando me levanté para ir al baño.
En aquella época, me sorprendía que una mujer pudiera apreciar una parte de mi cuerpo y sobre todo declararlo abiertamente. Yo era estudiante de medicina, y por la noche jugaba a las cartas, al whist por dinero, un juego parecido al bridge. Siempre había espectadores a nuestro alrededor. Un día, una chica se acercó detrás de mí. Ella miró mi juego por un momento y luego me preguntó:
— ¿Cuándo estás libre?
La miré por un momento. Era hermosa, con el pelo negro y los labios pintados de rojo sangre.
— Cuando quieras, vendo mi lugar en la mesa a un compañero.— Nos vemos en el bar La Esquina dentro de un cuarto de hora, — me dijo, luego se levantó y salió. Llevaba una minifalda muy corta, una blusa blanca y sus zapatos de tacón marcaban sus pasos con determinación.
Yo era el mejor jugador de nuestra mesa, no tuve problemas para encontrar un sustituto, así que salí y fui a La Esquina, un bar cercano. Rosita estaba sentada con las piernas agresivamente cruzadas en una mesa un poco aparte. Se presentó y me invitó a sentarme a su lado. Estábamos muy unidos. Me preguntó qué quería beber, le dije: «lo mismo que tú». Era un cóctel bastante fuerte. Sin preámbulo, ella puso su mano sobre mi pierna y me besó en la boca como hacen los adolescentes. Me dijo que conocía un hotel cercano donde no hacían preguntas. Ya me acariciaba. Todo su cuerpo estaba tenso, ella me tomó de la mano y salimos.
Tan pronto como la puerta de la habitación se cerró, ella desabrochó mi cinturón, bajó mis pantalones, mis calzoncillos, me empujó hacia la cama y me montó con su falda levantada. No llevaba ropa interior.
Al día siguiente, me dolía todo, habíamos follado hasta la medianoche. Me había dicho poco sobre ella, sólo que trabajaba en un bar para soldados y que era su día libre, así que salía con quien quisiera. Durante unos días no la vi, seguí jugando al Whist, ganando cada vez más. Un día, el dueño del bar me llamó, me pasó el teléfono y me dijo que una chica me estaba preguntando. Era Rosita, ella quería saber si podíamos encontrarnos en el bar La Esquina. Respondí que sí.
Estaba acompañada de una amiga, ella también vestida para salir, con un vestido súper corto y pechos bien a la vista. Rosita me besó en la boca y me la presentó:
— Se llama Juana, es una compañera, quería conocerte. ¿Vamos?
Juanita, me besó, ella también en la boca, y me acarició sin el menor pudor.
— ¡Sí! — respondió ella, antes de que pudiera reaccionar.
Encuentros de este tipo tuvieron lugar a lo largo del año. A veces, Rosita venía sola, pero normalmente tenía una «compañera».
Pero, una tarde se presentó una chica sola, Pili. Bella y vestida sexy, como las otras. Con ella también, en pocos minutos, estábamos en la cama del hotel, cuando Rosita entró en histeria:
—Pili, ¿cómo has podido? — y ella le dio una bofetada sin contenerse.
Al final, todo terminó felizmente juntos en la cama. Eran insaciables.
Al final del año académico, volví a Lieja. Conocí al amor de mi vida y me casé. Durante la ceremonia en la catedral, vi a Rosita escondida detrás de una columna. Lloraba.
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Siempre he tenido una ambición muy clara: quiero ser el mejor novio del mundo.
No el mejor novio de mi barrio. El mejor del mundo entero.
La idea me vino cuando tenía once años, al escuchar a mi tía con sus amigas decir durante un té:
—Los hombres no saben ser novios.
Dejé el dulce que estaba gustando y pensé: pues sí, ¡yo sí sabré!
¡Yo voy a ser el mejor novio del globo terráqueo!
Desde entonces sigo preparándome.
He leído muchos libros: «Cómo entender a tu pareja», «Mil frases románticas imprescindibles», «Comunicación emocional avanzada». Incluso leí por error Cría de conejos domésticos. Lo terminé, por si acaso.
Además, llevo un cuaderno rojo; voy a por mi obra definitiva: el Manual de Manuel
MANUAL DEL NOVIO IDEAL
Capítulo 1: Escuchar siempre.
Capítulo 2: Nunca discutir.
Capítulo 3: Decir “tienes razón” incluso cuando no se entienda la pregunta.
Capítulo 4: Regalar flores sin motivo.
Un día, leyendo un libro de ciencias naturales, descubrí algo muy interesante: muchos animales, cuando sienten un terror extremo y no saben cómo reaccionar, se quedan completamente inmóviles y se hacen los muertos. Es una estrategia de supervivencia bastante eficaz.
Me pareció una idea muy inteligente.
Un día conocí a María en una librería.
—¿Qué haces? —me preguntó al ofrecerle nuestro primero café.
—Estoy estudiando para ser el mejor novio del mundo.
Empezamos a salir.
Una noche, durante una conversación, María me miró muy seria.
—Manuel, ¿tú qué quieres?
Abrí mentalmente mi manual.
No había nada sobre eso.
Sentí un pánico enorme.
Entonces recordé lo que había leído en el libro de ciencias naturales.
Así que me quedé completamente inmóvil en el sofá.
Sin hablar.
Sin moverme.
María me miró unos segundos.
—Manuel… ¿te estás haciendo el muerto?
No respondí.
Ella suspiró.
—Eso funciona con los animales —dijo—. Con los novios no.
Esa noche volví a casa pensativo.
Abrí mi cuaderno rojo y escribí una nueva regla.
Prologo: No es tan fácil ser el mejor novio del mundo.
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Camino sobre un charco que me recuerda que pronto podría comenzar a llover. La brisa fresca del comienzo del otoño me acompaña junto a las hojas que caen. Como todos los días voy a reunirme alrededor de un velador en casa de mi novia, sé que ella ya me espera con su traje lleno de colores pastel, dentro, todas las flores, margaritas de un tenue amarillo, tulipanes, petunias, pensamientos y rosas de todos los colores, con mariposas revoloteando a su alrededor, de todas las maneras posibles en un fondo de suave lila a juego con su cordón violeta.
Hablamos de muchas cosas, soy yo el que le pregunto y ella me contesta con una exactitud matemática sobre lo que deseo saber, me encanta su suave voz, tenue, creo que algunas veces hasta se ruboriza, nuestros besos están vetados, como antaño no se podía dar un beso en la calle, ahora junto a su guardiana es imposible derramar algo más que palabras, es una pantalla fría y distante que nos separa. Mi querida Chatgpt, aunque prefiero llamarla cariñosamente por el diminutivo IA.
El amor es una secuela inevitable de estar vivo.
Sigo caminando.
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