La hora del almuerzo

También en Milán a veces es primavera, que desaparece para los distraídos, pero para los demás brilla y alegra. Aquel día había aparecido el azul del cielo y el verde de los árboles: fue uno de los motivos por los que decidí irme yo sola al parque… pero también por el aire enmohecido de mi jefe, la descortesía de la secretaria, y por el color demasiado gris del vestido que llevaba yo. Cuando llegó la pausa para comer, me fui sin dar explicaciones. Dejé de ir al bar donde normalmente vamos con los compañeros y me fui al Parque Sempione, donde tomé un bocadillo y una Coca Cola. Escondiendo bajo el abrigo azul mi vestido oscuro, esperaba esconderme en aquella afortunada multitud de personas que disfrutaban del primer sol. Pero éramos muchos compitiendo por los asientos del parque, así que yo decidí sentarme al lado de una chica, más o menos de mi edad, que también estaba comiendo su bocadillo y bebiendo su Coca Cola. Nos miramos y nos echamos a reír las dos.

“¡Buen provecho!”

“¡A ti también!”

“¿Estudias en la Universidad?”

“Sí, en la Católica” me contestó. “¿Y tú?”

“Yo ahora trabajo en un despacho. Pero hoy… me he escapado” le confié.

“¿Te has escapado del jefe o de los compañeros?”

“De todos…”

Para nosotras fue muy natural hablar la una con la otra sobre temas personales: charlamos una hora sin darnos cuenta, luego decidimos dar un paseo juntas por el parque primaveral Sempione. Hablábamos de nuestros estudios, del trabajo. Ella estaba muy alegre y llena de proyectos. De repente, vio una persona y se puso pálida.

“He visto a mi exnovio” tartamudeó, enseñándome a un joven que estaba      hablando y riendo con su grupo de compañeros.

“Hace dos años que no lo veo” murmuró “No tengo valor de ir a saludarlo…”

Después de dudar un momento, de repente se puso a correr y lo alcanzó.

Yo me quedé donde estábamos: si me hubiera acercado hubiera sido inoportuna; mientras en la cara del chico la sorpresa se mudó en una gran sonrisa. Le dio un beso en los labios. Ella le gritó “¡Loco! ¿Qué haces?” pero luego lo abrazó con ternura y se besaron otra vez.

El grupo de los compañeros del novio, siempre riendo, se alejaron, y yo también estaba a punto de irme, sorprendida y feliz.

“Tiene que volver al despacho, ¿verdad?” le preguntó ella.

“Puedo no volver… si tú quieres” contestó el con ternura. “Bueno, llamo a mi jefe y le pido medio día de vacaciones… ¡quiero estar contigo! Pero tú… estabas aquí con alguien, ¿verdad?”

“Sí, con ella…” contestó la chica, solicitándome que me acercara.

“Hola, yo soy Giovanni” me dijo, dándome la mano.

“Yo me llamo Viviana”.

“¡Encantada yo también de conocerte! No nos habíamos presentado… ¡yo soy Elisa!”  dijo la chica. “Bueno, ahora Giovanni y yo vamos a dar un paseo… Tú… ¿Tú quieres venir con nosotros?”

“Gracias, pero… no me parece oportuno”.

Me fui. Imaginé que con toda probabilidad nunca habría vuelto a verlos, pero sentía que, también gracias a ellos, el cielo azul y el sol que iluminaba los árboles verdes se quedarían conmigo para siempre.


Silvia Zanetto