Alegría de vivir

Alma nació en un pequeño pueblo de montaña. Su infancia no fue fácil. Nunca conoció a su padre. A los seis años se trasladó con su madre a un pueblo en la costa, en un pequeño apartamento con vista al mar. Su madre trabajaba como criada al servicio de una familia muy rica; su tarea principal consistía en preparar los desayunos y las comidas, y en poner la mesa de forma impecable. No era un trabajo que le aportara muchas satisfacciones, pero su madre estaba feliz de todos modos. Le gustaban sobre todo los colores de la habitación y de los manteles, muy vivos, casi estridentes, como a veces puede ser la vida.

A los 18 años, Alma se mudó a la ciudad para estudiar Historia del Arte. De vuelta al pueblo, años después, volvió a vivir en el pequeño apartamento, con su madre. Nunca se casó. Pero sí tuvo un hijo, al que puso el nombre de Julio, el del padre que no había conocido. En el comedor colgaba un cuadro, una reproducción de «La desserte» de Matisse. Lo había comprado en un viaje a París, años atrás y ahora al mirar esta pintura recordaba que, de pequeña, observando a su madre poner la mesa, colocar meticulosamente la fruta en la bandeja, había visto su meticulosidad como una manía, una obsesión por controlarlo todo. Pero ahora, veía algo más: en un mundo caótico, su madre creaba un pequeño universo de color y forma donde todo tenía su lugar. Un universo que, como el cuadro de Matisse, no pretendía ser realista, sino verdadero en su emoción.

Como solía hacer desde pequeña, Alma se levantaba muy temprano para mirar cómo el sol emergía del mar. Cada mañana, ese ritual simple la llenaba de una paz profunda. No eran necesarias grandes aventuras; la alegría estaba en ese instante preciso, en el destello dorado sobre las olas, en el aire salado que acariciaba su rostro. Recordaba los años de prisa en la ciudad, atrapada en un ciclo de estrés y expectativas.

Ahora, su riqueza se medía en amaneceres. El sol, al elevarse, pintaba el cielo de naranja y rosa. Una sonrisa se dibujó en sus labios. La verdadera felicidad, comprendió, no era un destino lejano, sino la capacidad de apreciar el regalo del presente. Allí, mirando el horizonte infinito, Alma sentía la alegría de vivir latiendo en su pecho, tan cálida y constante como el sol que nacía del mar. 

En aquella temporada, su hijo, que solía vivir en otra ciudad, también estaba allí con ella en el apartamento frente al mar, y Alma quería que él también viviera la emoción del amanecer; entonces aquella mañana intentó despertarlo:

<¡Levántate! Date prisa, por favor Julio.

Amanece ya, ¡ya sabes que este espectáculo dura solo unos minutos! ¡te lo vas a perder! Cada vez que vienes aquí no consigues admirar la maravilla del amanecer. Esta vez me gustaría de verdad verlo contigo. Hay un lugar perfecto para ello: este balcón justo frente al mar, orientado al este. Ahí está, sale el sol, en el horizonte>

<A mí no me importa, respondió Julio, si por mí fuera, el sol podría desaparecer, prefiero la oscuridad donde no veo casi nada, donde todo parece igual.>

Al no poder transmitirle su certeza de que la alegría de vivir, para ella consistía, por ejemplo, en un amanecer, le decía a su hijo que el sol, a pesar de todos nuestros problemas, siempre se levanta, a veces se esconde detrás de unas nubes caprichosas, pero entra en nuestros corazones para que comprendamos que se puede ser feliz con poco, por ejemplo con los pequeños detalles, sólo hay que saber buscarlos y apreciarlos. 

<Gracias mamá>, respondió Julio, <pero, por favor, no me des la lata, no me importa el sol. ¡Déjame en paz!>

<Vale, pero recuerda hijo, la alegría de vivir no es algo que se aprende en los libros. Es como una colección de momentos, como las piezas de un mosaico. Hay días grises y días llenos de preocupaciones, pero tienes que aprender a buscar la belleza incluso allí. Y recuerda que el sol entra en tu vida saliendo de la nada como un arcoíris después de la lluvia, va creciendo hasta llegar lleno, pasional, rojo. ¡Aprende de él!

Entonces Alma volvió al balcón para contemplar el sol, que ya había salido.


Raffaella Bolletti