
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:

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Tengo 82 años, todas las personas famosas que he conocido en mi vida, más o menos jóvenes, han muerto o están a punto de morir. Mi mujer, sobre todo con la que he vivido cerca de 60 años difíciles pero muy felices después de todo, también falleció hace un año. Escribir sobre el tema «La alegría de vivir» parece un desafío.
Y sin embargo no. Hay que decirles que no soy creyente. Ahora que el fin se acerca, me empujaría más bien en la otra dirección. Pero, ya saben, la fe no se manda. A mi edad uno fácilmente se pregunta por qué vivir todavía. Mi salud tambalea, todo se vuelve más difícil, ¿seré una carga desagradable para mi familia?
Cuando el otro día vi la Desserte rouge de Matisse, presentada con ese verdadero lema «Alegría de vivir», me pregunté: ¿por qué este cuadro?
Una verdadera revolución este fauvismo, adiós a la perspectiva y al realismo, despliegue de colores escandalosamente bellos y una colección de escenografías sencillas y tranquilas.
El epicureísmo de Horacio, siempre me ayudó a captar los verdaderos valores que la vida me ofrecía. Hoy ya no está muy de moda, pero una vida de pareja larga, llena de giros peligrosos, para poder vivir juntos ese final que puede parecer una desilusión, es según mi experiencia el valor más valioso que se obtiene.
Mi esposa lamentablemente ha fallecido, espero encontrarla más tarde, pero no sé si es posible. Lo que es seguro, sin embargo, es que ella sigue viviendo en mis pensamientos diarios, está allí a mi lado, hablamos todos los días juntos y les aseguro que no quiero perderla.
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Alma nació en un pequeño pueblo de montaña. Su infancia no fue fácil. Nunca conoció a su padre. A los seis años se trasladó con su madre a un pueblo en la costa, en un pequeño apartamento con vista al mar. Su madre trabajaba como criada al servicio de una familia muy rica; su tarea principal consistía en preparar los desayunos y las comidas, y en poner la mesa de forma impecable. No era un trabajo que le aportara muchas satisfacciones, pero su madre estaba feliz de todos modos. Le gustaban sobre todo los colores de la habitación y de los manteles, muy vivos, casi estridentes, como a veces puede ser la vida.
A los 18 años, Alma se mudó a la ciudad para estudiar Historia del Arte. De vuelta al pueblo, años después, volvió a vivir en el pequeño apartamento, con su madre. Nunca se casó. Pero sí tuvo un hijo, al que puso el nombre de Julio, el del padre que no había conocido. En el comedor colgaba un cuadro, una reproducción de «La desserte» de Matisse. Lo había comprado en un viaje a París, años atrás y ahora al mirar esta pintura recordaba que, de pequeña, observando a su madre poner la mesa, colocar meticulosamente la fruta en la bandeja, había visto su meticulosidad como una manía, una obsesión por controlarlo todo. Pero ahora, veía algo más: en un mundo caótico, su madre creaba un pequeño universo de color y forma donde todo tenía su lugar. Un universo que, como el cuadro de Matisse, no pretendía ser realista, sino verdadero en su emoción.
Como solía hacer desde pequeña, Alma se levantaba muy temprano para mirar cómo el sol emergía del mar. Cada mañana, ese ritual simple la llenaba de una paz profunda. No eran necesarias grandes aventuras; la alegría estaba en ese instante preciso, en el destello dorado sobre las olas, en el aire salado que acariciaba su rostro. Recordaba los años de prisa en la ciudad, atrapada en un ciclo de estrés y expectativas.
Ahora, su riqueza se medía en amaneceres. El sol, al elevarse, pintaba el cielo de naranja y rosa. Una sonrisa se dibujó en sus labios. La verdadera felicidad, comprendió, no era un destino lejano, sino la capacidad de apreciar el regalo del presente. Allí, mirando el horizonte infinito, Alma sentía la alegría de vivir latiendo en su pecho, tan cálida y constante como el sol que nacía del mar.
En aquella temporada, su hijo, que solía vivir en otra ciudad, también estaba allí con ella en el apartamento frente al mar, y Alma quería que él también viviera la emoción del amanecer; entonces aquella mañana intentó despertarlo:
<¡Levántate! Date prisa, por favor Julio.
Amanece ya, ¡ya sabes que este espectáculo dura solo unos minutos! ¡te lo vas a perder! Cada vez que vienes aquí no consigues admirar la maravilla del amanecer. Esta vez me gustaría de verdad verlo contigo. Hay un lugar perfecto para ello: este balcón justo frente al mar, orientado al este. Ahí está, sale el sol, en el horizonte>
<A mí no me importa, respondió Julio, si por mí fuera, el sol podría desaparecer, prefiero la oscuridad donde no veo casi nada, donde todo parece igual.>
Al no poder transmitirle su certeza de que la alegría de vivir, para ella consistía, por ejemplo, en un amanecer, le decía a su hijo que el sol, a pesar de todos nuestros problemas, siempre se levanta, a veces se esconde detrás de unas nubes caprichosas, pero entra en nuestros corazones para que comprendamos que se puede ser feliz con poco, por ejemplo con los pequeños detalles, sólo hay que saber buscarlos y apreciarlos.
<Gracias mamá>, respondió Julio, <pero, por favor, no me des la lata, no me importa el sol. ¡Déjame en paz!>
<Vale, pero recuerda hijo, la alegría de vivir no es algo que se aprende en los libros. Es como una colección de momentos, como las piezas de un mosaico. Hay días grises y días llenos de preocupaciones, pero tienes que aprender a buscar la belleza incluso allí. Y recuerda que el sol entra en tu vida saliendo de la nada como un arcoíris después de la lluvia, va creciendo hasta llegar lleno, pasional, rojo. ¡Aprende de él!
Entonces Alma volvió al balcón para contemplar el sol, que ya había salido.
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Clarisa se despierta serena, con la tibieza de comienzos de verano bajo su cuerpo, la luz tenue que se filtra por sus párpados cerrados. Piensa en todas las cosas por las que hay que estar agradecidos: las sensaciones que la invaden (el peso caliente de sus bebés contra el pecho, el olor a grano seco, el rumor del viento en las rendijas), el hecho de que hay comida suficiente porque no pasa día sin que se oigan las pisadas de las botas de él trayendo lo necesario; los hijitos recién nacidos respiran acompasados, son la imagen de la felicidad, las vecinas del fondo hoy están silenciosas, quizás gozando como ella de este amanecer pacífico.
Pero, de pronto, los pequeños empiezan a agitarse. Ella sabe que es hora de conseguir el desayuno, de abrir los ojos y levantarse… justo cuando irrumpe el terrible despertador que es el cacareo de su vecina, que acaba de poner un huevo.
—Doña Facunda —piensa —, siempre tan puntual.
Se incorpora con cuidado, mira hacia la luz. El día, a pesar del ruido, sigue siendo hermoso. Y el huevo de la vecina está allí, grande y blanco, esperando.
Clarisa bosteza y musita: “Qué terrible es la eficiencia de las gallinas. Nunca fallan. Ni los domingos.” Y, sin embargo, al levantarse y ver el huevo tibio que la vecina ha dejado en el felpudo, no puede evitar sentir esa misma gratitud del principio: la vida, aunque cacaree, también alimenta. La alegría de vivir es también esto: desayunar gracias a la puntualidad ajena.
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Barbara se despertó sonriendo como siempre cuando se despertaba oyendo lo grititos de Andrés, su hijo de 14 meses, que le había devuelto la gloria de vivir.
Cuando pensaba en cómo estaba de desesperada dos años atrás, cuando había quedado embarazada de él y el padre la había dejado para casarse con otra muy rica e importante que lo podía ayudar a hacer carrera en el mundo bancario. Cuando la había dejada sola, sin dinero, sin casa, porque vivían juntos y ella no trabajaba, estaba terminando la facultad de lenguas y literatura extranjeras: ruso y alemán. Le faltaba solamente la tesis y fue su amiga Mónica quien la ayudó cuando la encontró llorando en el parque; la llevó a su casa, la ayudó a graduarse y a encontrar un trabajo come traductora donde trabajaba ella, y la convenció a pedir ayuda y comprensión a sus padres, que aceptaron de buen grado al nieto. Hoy, mientras cogía a Andrés en los brazos y lo hacía volar, un juego que Andrés adoraba se dio cuenta de que la alegría de vivir para ella era posible criando a Andrés para que fuera un hombre mejor que su padre.
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También en Milán a veces es primavera, que desaparece para los distraídos, pero para los demás brilla y alegra. Aquel día había aparecido el azul del cielo y el verde de los árboles: fue uno de los motivos por los que decidí irme yo sola al parque… pero también por el aire enmohecido de mi jefe, la descortesía de la secretaria, y por el color demasiado gris del vestido que llevaba yo. Cuando llegó la pausa para comer, me fui sin dar explicaciones. Dejé de ir al bar donde normalmente vamos con los compañeros y me fui al Parque Sempione, donde tomé un bocadillo y una Coca Cola. Escondiendo bajo el abrigo azul mi vestido oscuro, esperaba esconderme en aquella afortunada multitud de personas que disfrutaban del primer sol. Pero éramos muchos compitiendo por los asientos del parque, así que yo decidí sentarme al lado de una chica, más o menos de mi edad, que también estaba comiendo su bocadillo y bebiendo su Coca Cola. Nos miramos y nos echamos a reír las dos.
“¡Buen provecho!”
“¡A ti también!”
“¿Estudias en la Universidad?”
“Sí, en la Católica” me contestó. “¿Y tú?”
“Yo ahora trabajo en un despacho. Pero hoy… me he escapado” le confié.
“¿Te has escapado del jefe o de los compañeros?”
“De todos…”
Para nosotras fue muy natural hablar la una con la otra sobre temas personales: charlamos una hora sin darnos cuenta, luego decidimos dar un paseo juntas por el parque primaveral Sempione. Hablábamos de nuestros estudios, del trabajo. Ella estaba muy alegre y llena de proyectos. De repente, vio una persona y se puso pálida.
“He visto a mi exnovio” tartamudeó, enseñándome a un joven que estaba hablando y riendo con su grupo de compañeros.
“Hace dos años que no lo veo” murmuró “No tengo valor de ir a saludarlo…”
Después de dudar un momento, de repente se puso a correr y lo alcanzó.
Yo me quedé donde estábamos: si me hubiera acercado hubiera sido inoportuna; mientras en la cara del chico la sorpresa se mudó en una gran sonrisa. Le dio un beso en los labios. Ella le gritó “¡Loco! ¿Qué haces?” pero luego lo abrazó con ternura y se besaron otra vez.
El grupo de los compañeros del novio, siempre riendo, se alejaron, y yo también estaba a punto de irme, sorprendida y feliz.
“Tiene que volver al despacho, ¿verdad?” le preguntó ella.
“Puedo no volver… si tú quieres” contestó el con ternura. “Bueno, llamo a mi jefe y le pido medio día de vacaciones… ¡quiero estar contigo! Pero tú… estabas aquí con alguien, ¿verdad?”
“Sí, con ella…” contestó la chica, solicitándome que me acercara.
“Hola, yo soy Giovanni” me dijo, dándome la mano.
“Yo me llamo Viviana”.
“¡Encantada yo también de conocerte! No nos habíamos presentado… ¡yo soy Elisa!” dijo la chica. “Bueno, ahora Giovanni y yo vamos a dar un paseo… Tú… ¿Tú quieres venir con nosotros?”
“Gracias, pero… no me parece oportuno”.
Me fui. Imaginé que con toda probabilidad nunca habría vuelto a verlos, pero sentía que, también gracias a ellos, el cielo azul y el sol que iluminaba los árboles verdes se quedarían conmigo para siempre.
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María conoció a Sofia, una mujer tranquila que pasaba muchas tardes sentada junto a la ventana de un pequeño taller de arte. Sofia estaba enferma y su cuerpo ya no tenía la fuerza de antes. A menudo sentía dolor y cansancio, pero nunca olvidaba llevar consigo una pequeña caja de acuarelas.
Un día, mientras preparaba los pinceles, dijo en voz baja:
—Yo no sé pintar.
María sonrió y le respondió:
—Henri Matisse, cuando ya era mayor y estaba enfermo, tampoco podía trabajar como antes. Entonces empezó a recortar papeles de colores y creó algunas de sus obras más libres y llenas de vida.
Aquellas palabras quedaron en la mente de Sofia. Desde ese día empezó a mirar sus acuarelas de otra manera.
Sus dibujos no eran perfectos: las líneas temblaban y los colores a veces se mezclaban sin seguir ninguna regla. Sin embargo, cuando tomaba el pincel, parecía olvidar por un instante la enfermedad. Sobre el papel nacían cielos azules, flores rojas, sombras verdes y reflejos amarillos como pequeños rayos de sol.
Cada tarde pintaba junto a la ventana. La luz iluminaba el vaso de agua y hacía brillar los colores. Poco a poco, Sofia comprendió que no necesitaba ser una gran artista. Lo importante era expresar lo que sentía y encontrar belleza en los pequeños momentos de cada día.
Un atardecer recordó también a Claude Monet. Cuando envejeció y su vista se debilitó, pintó sus famosas ninfeas cada vez más grandes y más libres, como si quisiera atrapar la luz y los colores antes de que desaparecieran.
Entonces Sofía entendió algo importante: el arte no consiste en hacerlo todo perfectamente, sino en seguir creando, incluso cuando la vida se vuelve difícil.
Desde aquel día, cada acuarela le pareció una pequeña victoria. Porque la alegría de vivir puede esconderse en las cosas más sencillas: un pincel, un poco de agua, la luz de la tarde y el deseo de seguir llenando el mundo de colores.
*«Memento vivere» («recuerda vivir») es una expresión inspirada en la antigua frase latina «Memento mori» («recuerda que morirás»). Esta última se utilizaba en la Antigua Roma y, más tarde, en la tradición filosófica y artística occidental para recordar la fragilidad de la vida humana. El título de este relato propone una idea complementaria: recordar la importancia de vivir plenamente, valorar la vida y la alegría de vivir y apreciar la belleza de las pequeñas cosas de cada día.
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