El hombre que fue a la guerra

Cuando el ruido cesó, esperó escuchar la voz de la enfermera. El tiempo se volvió blando, maleable. 

Pasó mucho tiempo. 

Nada

¿Hola? preguntó, y su propia voz le sonó densa.

Salió de la máquina con cautela. La sala estaba intacta. No había nadie. Las luces parpadeaban con una energía moribunda. No había heridos gritando, ni médicos, ni el olor a pólvora que antes lo impregnaba todo; solo un silencio absoluto.

Al salir del hospital, vio que las calles, antes destrozadas por la artillería; ahora, estaban cubiertas por un manto de hierba vibrante que parecía haber crecido en aquel momento. No había resto de tanques, ni cables caídos, ni casas destruidas. Entre las grietas del asfalto brotaban árboles de hojas iluminadas por el sol que susurraban con una brisa limpia. 

Su caminar era torpe como quien estrena un cuerpo nuevo lleno de curiosidad.

El hombre, que hasta hacia un momento sostenía un fusil, extendió una mano temblorosa. Al tocar la piel del árbol en el que se apoyó sintió un pulso eléctrico que lo unió al latido de la Tierra. No quedaba ya huella de la humanidad. Se había desvanecido la confusión y el estrépito de la guerra. La hiel del odio había ido dejando que la serenidad fértil de la naturaleza lo reclamara todo.

Mientras dejaba caer sus defensas ante la paz de un nuevo mundo esperó ser el último de su especie. En sus pupilas, de un azul tan maravilloso como el luminoso firmamento, se reflejó el alivio de fundirse con el pulso eterno y sereno de la vida.


Blanca Quesada