
Frío, lluvia.
La lluvia caía como una maldición antigua, atravesando las grietas de la roca. Dentro de la cueva, Grunt golpeaba dos piedras una y otra vez. Chispas débiles, humo que se apagaba enseguida. El agua caía justo sobre su intento de fuego, como si el cielo mismo se lo negara.
Gruñó. Frío. Humedad. Hambre. Oscuridad.
Entonces lo vio: un resplandor cálido en la cueva vecina.
Se acercó en silencio. Dentro, un hombre y una mujer estaban sentados junto a un fuego vivo, estable, casi sagrado. Sobre las llamas, trozos de carne se asaban lentamente, dejando caer grasa que chisporroteaba y llenaba la cueva de un olor denso y primitivo. La luz bailaba sobre sus cuerpos. Allí no entraba la lluvia.
Grunt entró. Entró como una sombra, sin hacer ruido. No dijo nada. Una piedra en su mano derecha.
El otro hombre apenas tuvo tiempo de girar la cabeza. Un golpe seco. Piedra contra hueso. Un sonido breve, definitivo.
El cuerpo cayó.
La sangre comenzó a brotar del cráneo abierto, oscura y caliente, mezclada con trozos de cerebro deslizándose por la piedra y mezclándose con el barro de la cueva. El fuego seguía crepitando, amarillo y rojo.
Grunt respiraba hondo.
Atrapó la mujer, la violó.
Después se sentó frente al fuego, ocupando el lugar del muerto.
El calor le envolvió el rostro; luego alargó la mano, tomó uno de los trozos de carne del fuego y lo mordió. La grasa le quemó los labios, pero no se apartó. Un hilo de grasa le resbaló por el labio y goteó lenta. Se comió toda la carne, escupiendo los huesos en el suelo.
Por primera vez él se encontraba satisfecho, sin lluvia, sin frío, sin hambre, con los apetitos sexuales apagados.
El fuego siguió ardiendo, rojo como el color de la guerra.
El fuego siguió crepitando, lanzando chispas rojas, como el color de un dios (Ares, che después tuvo también otros nombres), que aún no había nacido, pero que ya empezaba a abrir sus ojos al mundo.
Y así, sin palabras, sin memoria, con sangre sobre barro, piedra sobre hueso, comenzó la historia de la humanidad.
Empezó así.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:
- La guerra, las guerras por Iris Menegoz
- La guerra de Álvaro por Raffaella Boletti
- La guerra artera por Sergio Ruiz Afonso
- La Guerra por Jean Claude Fonder
- La Guerra por Gloria Díaz
- Guerra, Mujeres y canto de resistencia por María Victoria Santoyo
- El hombre que fue a la guerra por Blanca Quesada
- La primera vez por Graziella Boffini


