La guerra

La guerra, las guerras 

Mi primera reacción ante la idea de escribir sobre el tema de la guerra fue de rechazo absoluto.

«¿Que puedo escribir yo sobre esta catástrofe que está arrastrando el

mundo?»:

¡Escribe lo que tienes en el corazón!

Me surgió una sabia voz amiga.

Yo que fui concebida con alegría en una noche de primavera del 45.

Yo, pacifista, como he demostrado en innumerables manifestaciones.

Yo, ahora, a mis 80 años, ante estas guerras me siento derrotada.

Las imágenes, de las que a menudo huyo cobardemente, se me quedan grabadas sin piedad. Estas guerras sobre las que revolotean millones de dólares manchados de sangre me indignan. Estas guerras de videojuegos donde espantosos pájaros de metal golpean a cualquiera, dirigidos por manos expertas detrás de pantallas a kilómetros de distancia.

Entre los escombros vagan fantasmas de hombres, mujeres y niños. ¿Como puedo hablar de estas guerras en las que se utiliza el hambre como arma de exterminio?

Soy atea, quizá rezar sería un alivio.

¿Quién sabe? A lo mejor este Papa americano logra encontrar las palabras adecuadas para llegar a los corazones de esos asesinos.

Yo no soy capaz de hablar de estas guerras, puedo solo sufrir.


Iris Menegoz

La guerra de Álvaro

Álvaro tenía diez años y se consideraba afortunado por no haber sido reclutado como soldado y utilizado en el conflicto bélico que estaba destruyendo su país. 

La guerra que ya había comenzado unas semanas antes, hasta ahora le parecía un ruido sordo, como los truenos lejanos del verano. Pero ese día, mientras Álvaro estaba en el aula dibujando, al igual que sus compañeros, de pronto la maestra pidió a todos que se escondieran bajo las mesas. Los bombardeos se habían intensificado y se iban acercando a la ciudad. Luego, el techo de la escuela se llenó de agujeros y el patio se convirtió en un montón de escombros. Y entonces, la guerra llegó desde la calle, con un ruido de disparos que Álvaro nunca había oído hasta ese momento.

Aquella noche toda la familia de Álvaro se había reunido en la cocina. Sus padres, sus hermanas Paula y Francisca y su hermano pequeño José. El motivo era trágico. Los combates se estaban volviendo cada vez más intensos y se lanzaban muchas bombas. El peligro se acercaba rápidamente, por lo tanto, se habían visto obligados a huir. Huir de un lugar que siempre habían creído que era seguro y que ya no lo era. 

Álvaro dijo que quería llevar consigo unos lápices de colores y hojas de papel para poder escribir y dibujar, y quizá también un par de libros, ya que le gustaba mucho leer. Sus padres se lo permitieron, sin decirle, para no asustarlo demasiado, que casi seguramente no habría luz en los refugios.

Fue así que como muchas otras familias habían logrado esconderse bajo tierra en refugios subterráneos. Álvaro había tenido que dejar atrás a sus amigos, sus recuerdos, la escuela, todas sus cosas. Pero a pesar de todo esto, Álvaro se consideraba afortunado puesto que allí, bajo tierra, había encontrado otros niños, huérfanos o niños no acompañados. Al menos él tenía a todos sus familiares. No había luz. Solo algunos habían conseguido traer unas cuantas linternas muy pequeñas que se podían encender durante muy poco tiempo. El lugar olía a tierra húmeda, también había olor a pólvora y llegaba el sonido de las explosiones. Tenía miedo y trataba de esconderlo hablando con los otros niños. A veces incluso conseguían simular que estaban en el colegio y, sentados en círculo en el suelo, recitaban en voz alta lo que habían aprendido.

Todo parecía continuar bajo tierra, casi sin luz, con muy pocas cosas que comer y con mucho miedo. Álvaro echaba mucho de menos el sol, el cielo y contemplar las estrellas, y para compensar esta ausencia intentaba dibujar. Se daba cuenta de que el miedo y la ansiedad se mezclaban con el deseo de sobrevivir y, sobre todo, el deseo de que la guerra acabara pronto. No fue así. La guerra duró mucho tiempo y un día el refugio donde se escondían se derrumbó bajo los bombardeos. Solo sobrevivieron Álvaro y otros dos niños. Álvaro había visto morir a su familia. La guerra le había robado todo. Ahora que se había quedado solo, confiado a un instituto para huérfanos, tenía que despertar de esa pesadilla, para renacer, para vivir y contar su experiencia a otros niños.

Cuando ya era mayor y salió del orfanato, se hizo famoso al narrar los horrores que había vivido, a través de sus pinturas, en las que no ponía su nombre, sino que solo escribía la palabra «PAZ».


Raffaella Bolletti

La guerra artera

Hay una guerra sorda, invisible a los ojos, una guerra que se libra contra la locura. 

Empieza con pequeñas distracciones que uno se puede tomar a risa o disimular de puertas afuera para no preocupar a los que le rodean y que los demás, por su parte, también callan para que tú tampoco te preocupes.

De pronto, un día no te acuerdas de cómo se anuda el cordón de los zapatos y, aunque al principio el olvido tan solo te provoque una leve ansiedad, olvidas ese olvido que poco a poco se multiplica. En los momentos de lucidez te aterras con el cálculo amargo de cuánto tiempo le queda a tu razón. Hasta que el pensamiento se desvanece, pierdes el hilo de tu propia angustia y te refugias en el sueño donde a veces se esconden las pesadillas. 

—¡Mamá, ¿dónde estás?! —gritas creyéndote otra vez un niño.

Al despertar las horas se confunden: no sabes si es la hora del almuerzo o la de la cena, pero sí que tienes una sensación en el estómago que te dice que tienes que meterte algo por la boca. Abres la lata del betún e introduces en ella los dedos que luego saboreas. Una y otra vez. Hasta que alguien a quien no reconoces ni como familiar ni como amigo corre hacia ti asustado.

—¡¿Qué haces?! ¡Suelta eso!

Y te quita la lata de las manos con gesto irritado. Tú, confundido, no comprendes qué hay de malo en querer matar el hambre. Pero luego te acarician, te lavan la boca y las manos. 

A ti eso te gusta. Que te hablen con voz suave te tranquiliza. Pero el enemigo no cede y en tu interior continúa sin tregua esa guerra de desgaste que devasta tu cerebro y la vida de los que te rodean.

Forma parte de la vida.


Sergio Ruiz Afonso.

La Guerra

Nací durante la guerra, a finales de diciembre de 1943. Obviamente no recuerdo nada, pero mi madre se encargó de contarme lo que pasaba.

En 1944, incluso después de su liberación, la ciudad de Lieja donde nací sufrió un bombardeo de represalia realmente importante, como otras ciudades por supuesto (Amberes, Londres, …). De hecho, al principio estaban los V1, bombas voladoras, un poco similares a los drones actuales, excepto que no eran teledirigidas y caían un poco al azar y según la cantidad de gasolina que se les había cargado. Luego los V2, cohetes similares a los misiles actuales. Realmente terribles.

Vivíamos en las bodegas, nuestra casa tenía bodegas enormes y reforzadas. Nosotros acogíamos a una parte del vecindario y yo, como niño pequeño con una voz poderosa, me encargaba de evitar que durmieran. Por supuesto, hoy esto es divertido, pero puedo asegurarles que aquellos que vivieron conscientemente ese terror horroroso no estarían dispuestos a revivirlo para defender ninguna religión o modelo cultural.

De hecho, creo que los europeos en general, gracias a su nivel cultural y económico, en general, ya no serían fáciles de convencer, por ningún motivo. No entendemos que en los Estados Unidos se pueda elegir a una figura como Trump y todavía esperamos que puedan deshacerse de él.

Hoy celebramos la Fiesta del Libro, una celebración esencial para difundir la cultura. Creo que es esencial defenderlo, protegerlo, no creer que se puede sustituirlo por vídeos o crearlo con instrumentos como la inteligencia artificial, que son muy útiles, pero no están en condiciones de sustituir lo que es nuestra principal arma contra la bestialidad de la guerra, el humanismo.


Jean Claude Fonder

La Guerra

Conversaba con una amiga sobre el significado de la guerra para la humanidad y no supimos cómo afrontar del todo el argumento. Ella, escritora de relatos cortos, ha profundizado en personajes literarios junto a un grupo de psicoanalistas que también publican sus propios destellos narrativos. Escritores de profesión.

Era como si observáramos un prisma de múltiples caras. Hablamos de la percepción de la guerra en la conciencia colectiva: una construcción dialéctica que nos condiciona en cada momento. Dependemos de quién maneje el relato, de ese poder que moldea el pensamiento y nos induce a asumir posiciones frente a la realidad cotidiana. Después descendimos hacia la conciencia familiar y, finalmente, hacia la conciencia personal.

Hubo muchos altibajos. Muchos. Pero la amistad sobrevivió.

Con cierta sorpresa, y no sin agrado, se unió a la conversación un compañero de universidad. Polémico. Representaba una de esas caras del prisma nítidas, casi rígidas: sin tonalidades, sin matices. Un personaje síntesis, podría decirse. O así quiso presentarse. Y así expresó sus puntos de vista:

Hablamos del presente más reciente: la intervención de Estados Unidos e Israel en Irán; el Euromaidán de Ucrania en 2014 y los sucesivos intentos de Estados Unidos de promover un gobierno favorable a sus objetivos estratégicos frente a Rusia.

De la posición rusa en la ONU, denunciando el avance de la OTAN hacia sus fronteras en contra de los compromisos de 1991, cuando el muro de Berlín cayó y la OTAN ya no tenía razón de existir.

Consecuencias esperadas: la intervención especial de la Federación Rusa en Ucrania, un país que arrastra un conflicto interno desde 2014.

Después, el mapa se amplió: Venezuela, México, Colombia, Cuba, Groenlandia y, con más preguntas que certezas, Canadá.

Terminamos analizando lo que significa una «sanción» para un país que depende de un sistema financiero global para sostener sus intercambios comerciales. Para un país al que se le congelan los activos —la riqueza en el exterior— y se le impide acceder a bienes fundamentales para su supervivencia. Y ese país, en potencia, puede ser cualquiera dentro de Occidente. Las sanciones son mecanismos que paralizan sociedades enteras, economías completas. ¿No es eso también una forma de guerra? ¿Una guerra contra qué? ¿Contra quién o quiénes?

Vivimos en un estado de caos.

Entonces retomamos una frase que recorrió la agradable conversación. La tomamos de un interesante libro de Graham Greene, Lamericano tranquillo, como un punto de anclaje en medio del desconcierto:

«Prima o poi bisogna scegliere da che parte stare, se si vuole restare esseri umani».


Gloria Díaz.

Guerra, memoria, mujeres y canto de resistencia

Fragmentos de Doris Salcedo

Se cuenta que, hace años, en el caribe colombiano la gente cantaba todo el día y caminaba danzando. 

En las zonas rurales de Colombia durante mediados del siglo XX, las primeras guerrillas eran campesinos armados para protegerse ante la expropiación de sus tierras por parte de terratenientes, apoyados por el ejército y paramilitares. 

En el marco del conflicto armado entre guerrillas y paramilitares, el objetivo era quitarle la base social a la guerrilla mediante masacres y terror para obligar a la población al desplazamiento forzado. Proyectaban el control de los mercados de drogas y la apropiación del territorio. En los años 80, el exmilitar israelí Yair Klein fue contratado para entrenamiento militar. Empezaron las masacres (torturas, violaciones, desapariciones) para sembrar el terror y lograr el dominio territorial, haciendo inhabitable el espacio físico y social.

Como la mayoría de víctimas son hombres, las mujeres han desafiado los roles tradicionales asignados por el patriarcado mediante una participación activa en lo político, lo público y lo comunitario. Lideran actividades como la búsqueda de desaparecidos y denuncian violaciones de derechos humanos, lo que las convierte en objetivo militar. 171 lideresas sociales han sido asesinadas desde la firma del Acuerdo de Paz de 2016. En la visión machista, castigar el cuerpo de la mujer con la violencia sexual significa dominio absoluto y humillación a toda la comunidad. En todas las guerras el cuerpo de las mujeres es campo de batalla.

Pero mujeres como Soraya dicen: “tenemos que secarnos las lágrimas y echar pa’lante…” “El día que me violaron no me mataron… ahora acompaño a 160 mujeres de la región. No me quedé en la condición de víctima”. Estas mujeres crearon redes de solidaridad y reconstrucción del tejido social.

En 2016 se creó la        Comisión para lograr Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, donde fueron escuchadas 10.864 mujeres víctimas. La magnitud de la violencia es aterradora: más de 450.000 asesinados, millones de desplazados, desaparecidos, la mayoría de las víctimas fueron civiles.

Como se hizo en Sudáfrica, la Comisión de la Verdad y el Juzgado especial para la paz (JEP) han logrado que muchos victimarios confiesen sus crímenes y pidan perdón a las víctimas. Es una gigantesca operación de MEMORIA COLECTIVA. La verdad procesual contribuye a la verdad histórica y a sanar el trauma colectivo.

EL ARTE también ha tenido un papel importante. En la Casa de la Memoria de Bogotá, la artista plástica Doris Salcedo creó “Fragmentos”, un contra-monumento, hecho con 37 toneladas de armas fundidas, entregadas por la guerrilla FARC, al firmar el Acuerdo de Paz con el gobierno. Es una obra colectiva, potente y simbólica, hecha por mujeres víctimas de violencia sexual durante el conflicto. NO ES SÓLO ARTE, ES MEMORIA. 

En las comunidades afrodescendientes de la costa Caribe se volvió a cantar el BULLERENGUE, un CANTO DE RESISTENCIA cantado por mujeres, acompañado por tambores y palmas. Una voz llama y otras responden. 

Había surgido en contextos de esclavitud y es una forma de transmisión oral y una herramienta más del proceso de memoria histórica.

Maria Victoria Santoyo Abril

El hombre que fue a la guerra

Cuando el ruido cesó, esperó escuchar la voz de la enfermera. El tiempo se volvió blando, maleable. 

Pasó mucho tiempo. 

Nada

¿Hola? preguntó, y su propia voz le sonó densa.

Salió de la máquina con cautela. La sala estaba intacta. No había nadie. Las luces parpadeaban con una energía moribunda. No había heridos gritando, ni médicos, ni el olor a pólvora que antes lo impregnaba todo; solo un silencio absoluto.

Al salir del hospital, vio que las calles, antes destrozadas por la artillería; ahora, estaban cubiertas por un manto de hierba vibrante que parecía haber crecido en aquel momento. No había resto de tanques, ni cables caídos, ni casas destruidas. Entre las grietas del asfalto brotaban árboles de hojas iluminadas por el sol que susurraban con una brisa limpia. 

Su caminar era torpe como quien estrena un cuerpo nuevo lleno de curiosidad.

El hombre, que hasta hacia un momento sostenía un fusil, extendió una mano temblorosa. Al tocar la piel del árbol en el que se apoyó sintió un pulso eléctrico que lo unió al latido de la Tierra. No quedaba ya huella de la humanidad. Se había desvanecido la confusión y el estrépito de la guerra. La hiel del odio había ido dejando que la serenidad fértil de la naturaleza lo reclamara todo.

Mientras dejaba caer sus defensas ante la paz de un nuevo mundo esperó ser el último de su especie. En sus pupilas, de un azul tan maravilloso como el luminoso firmamento, se reflejó el alivio de fundirse con el pulso eterno y sereno de la vida.


Blanca Quesada

La primera vez

Frío, lluvia.

La lluvia caía como una maldición antigua, atravesando las grietas de la roca. Dentro de la cueva, Grunt golpeaba dos piedras una y otra vez. Chispas débiles, humo que se apagaba enseguida. El agua caía justo sobre su intento de fuego, como si el cielo mismo se lo negara.

Gruñó. Frío. Humedad. Hambre. Oscuridad.

Entonces lo vio: un resplandor cálido en la cueva vecina.

Se acercó en silencio. Dentro, un hombre y una mujer estaban sentados junto a un fuego vivo, estable, casi sagrado. Sobre las llamas, trozos de carne se asaban lentamente, dejando caer grasa que chisporroteaba y llenaba la cueva de un olor denso y primitivo. La luz bailaba sobre sus cuerpos. Allí no entraba la lluvia.

Grunt entró.  Entró como una sombra, sin hacer ruido. No dijo nada. Una piedra en su mano derecha.

El otro hombre apenas tuvo tiempo de girar la cabeza. Un golpe seco. Piedra contra hueso. Un sonido breve, definitivo.

El cuerpo cayó.

La sangre comenzó a brotar del cráneo abierto, oscura y caliente, mezclada con trozos de cerebro deslizándose por la piedra y mezclándose con el barro de la cueva. El fuego seguía crepitando, amarillo y rojo.

Grunt respiraba hondo.

Atrapó la mujer, la violó.

Después se sentó frente al fuego, ocupando el lugar del muerto.

El calor le envolvió el rostro; luego alargó la mano, tomó uno de los trozos de carne del fuego y lo mordió. La grasa le quemó los labios, pero no se apartó. Un hilo de grasa le resbaló por el labio y goteó lenta. Se comió toda la carne, escupiendo los huesos en el suelo.

Por primera vez él se encontraba satisfecho, sin lluvia, sin frío, sin hambre, con los apetitos sexuales apagados.

El fuego siguió ardiendo, rojo como el color de la guerra. 

El fuego siguió crepitando, lanzando chispas rojas, como el color de un dios (Ares, che después tuvo también otros nombres), que aún no había nacido, pero que ya empezaba a abrir sus ojos al mundo.

Y así, sin palabras, sin memoria, con sangre sobre barro, piedra sobre hueso, comenzó la historia de la humanidad.

Empezó así.


Graziella Boffini