La guerra artera

Hay una guerra sorda, invisible a los ojos, una guerra que se libra contra la locura. 

Empieza con pequeñas distracciones que uno se puede tomar a risa o disimular de puertas afuera para no preocupar a los que le rodean y que los demás, por su parte, también callan para que tú tampoco te preocupes.

De pronto, un día no te acuerdas de cómo se anuda el cordón de los zapatos y, aunque al principio el olvido tan solo te provoque una leve ansiedad, olvidas ese olvido que poco a poco se multiplica. En los momentos de lucidez te aterras con el cálculo amargo de cuánto tiempo le queda a tu razón. Hasta que el pensamiento se desvanece, pierdes el hilo de tu propia angustia y te refugias en el sueño donde a veces se esconden las pesadillas. 

—¡Mamá, ¿dónde estás?! —gritas creyéndote otra vez un niño.

Al despertar las horas se confunden: no sabes si es la hora del almuerzo o la de la cena, pero sí que tienes una sensación en el estómago que te dice que tienes que meterte algo por la boca. Abres la lata del betún e introduces en ella los dedos que luego saboreas. Una y otra vez. Hasta que alguien a quien no reconoces ni como familiar ni como amigo corre hacia ti asustado.

—¡¿Qué haces?! ¡Suelta eso!

Y te quita la lata de las manos con gesto irritado. Tú, confundido, no comprendes qué hay de malo en querer matar el hambre. Pero luego te acarician, te lavan la boca y las manos. 

A ti eso te gusta. Que te hablen con voz suave te tranquiliza. Pero el enemigo no cede y en tu interior continúa sin tregua esa guerra de desgaste que devasta tu cerebro y la vida de los que te rodean.

Forma parte de la vida.


Sergio Ruiz Afonso.