La guerra de Álvaro

Álvaro tenía diez años y se consideraba afortunado por no haber sido reclutado como soldado y utilizado en el conflicto bélico que estaba destruyendo su país. 

La guerra que ya había comenzado unas semanas antes, hasta ahora le parecía un ruido sordo, como los truenos lejanos del verano. Pero ese día, mientras Álvaro estaba en el aula dibujando, al igual que sus compañeros, de pronto la maestra pidió a todos que se escondieran bajo las mesas. Los bombardeos se habían intensificado y se iban acercando a la ciudad. Luego, el techo de la escuela se llenó de agujeros y el patio se convirtió en un montón de escombros. Y entonces, la guerra llegó desde la calle, con un ruido de disparos que Álvaro nunca había oído hasta ese momento.

Aquella noche toda la familia de Álvaro se había reunido en la cocina. Sus padres, sus hermanas Paula y Francisca y su hermano pequeño José. El motivo era trágico. Los combates se estaban volviendo cada vez más intensos y se lanzaban muchas bombas. El peligro se acercaba rápidamente, por lo tanto, se habían visto obligados a huir. Huir de un lugar que siempre habían creído que era seguro y que ya no lo era. 

Álvaro dijo que quería llevar consigo unos lápices de colores y hojas de papel para poder escribir y dibujar, y quizá también un par de libros, ya que le gustaba mucho leer. Sus padres se lo permitieron, sin decirle, para no asustarlo demasiado, que casi seguramente no habría luz en los refugios.

Fue así que como muchas otras familias habían logrado esconderse bajo tierra en refugios subterráneos. Álvaro había tenido que dejar atrás a sus amigos, sus recuerdos, la escuela, todas sus cosas. Pero a pesar de todo esto, Álvaro se consideraba afortunado puesto que allí, bajo tierra, había encontrado otros niños, huérfanos o niños no acompañados. Al menos él tenía a todos sus familiares. No había luz. Solo algunos habían conseguido traer unas cuantas linternas muy pequeñas que se podían encender durante muy poco tiempo. El lugar olía a tierra húmeda, también había olor a pólvora y llegaba el sonido de las explosiones. Tenía miedo y trataba de esconderlo hablando con los otros niños. A veces incluso conseguían simular que estaban en el colegio y, sentados en círculo en el suelo, recitaban en voz alta lo que habían aprendido.

Todo parecía continuar bajo tierra, casi sin luz, con muy pocas cosas que comer y con mucho miedo. Álvaro echaba mucho de menos el sol, el cielo y contemplar las estrellas, y para compensar esta ausencia intentaba dibujar. Se daba cuenta de que el miedo y la ansiedad se mezclaban con el deseo de sobrevivir y, sobre todo, el deseo de que la guerra acabara pronto. No fue así. La guerra duró mucho tiempo y un día el refugio donde se escondían se derrumbó bajo los bombardeos. Solo sobrevivieron Álvaro y otros dos niños. Álvaro había visto morir a su familia. La guerra le había robado todo. Ahora que se había quedado solo, confiado a un instituto para huérfanos, tenía que despertar de esa pesadilla, para renacer, para vivir y contar su experiencia a otros niños.

Cuando ya era mayor y salió del orfanato, se hizo famoso al narrar los horrores que había vivido, a través de sus pinturas, en las que no ponía su nombre, sino que solo escribía la palabra «PAZ».


Raffaella Bolletti