El niño que no quiso crecer 

Juan no era feliz. Aunque dotado de un espíritu alegre y soñador, la cotidiana observación del complicado mundo de los adultos y sus conflictos había ido depositando en su tierno corazón infantil un pesado manto de desaliento que no le permitía mirar al futuro más que con cierto pesimismo.

Muchas tardes solía escapar al bosquecillo cercano donde se entregaba a uno de sus pasatiempos preferidos: observar el paso de las nubes para descubrir las formas tan caprichosas como efímeras que se iban dibujando en el firmamento. Un día, mientras se encontraba recostado contra una roca, una de las nubes pareció adoptar la apariencia de un níveo anciano de larga barba. Y fue en ese justo momento que Juan decidió que ya no quería crecer. No deseaba convertirse en otra sombra más en un mundo donde la luz parecía estar desvaneciéndose poco a poco. Así, en ese instante de determinación pura, el universo pareció conspirar a su favor.

Una suave brisa acarició su rostro, llevando consigo rumores de sueños muy antiguos y aromas de jazmín. En ese preciso momento, un destello cruzó el cielo y una forma etérea se materializó frente a él adoptando el aspecto de una figura humana. Era un anciano vestido con túnicas brillantes y una sonrisa sabia en sus labios.

“Juan”, le dijo con voz cálida. “Tus deseos han sido escuchados. Te ofrezco la oportunidad de vivir eternamente como un niño, pero ten en cuenta que esta elección vendrá acompañada de desafíos y pruebas que deberás superar”

Juan lo pensó apenas un momento antes de aceptar la oferta, y dejando atrás su antigua vida, a partir de ese momento se embarcó en una aventura sin igual. Descubrió mundos fantásticos dentro de su propia imaginación, conoció a seres extraordinarios que le enseñaron lecciones valiosas y encontró la verdadera belleza en la sencillez de las cosas insignificantes.

Con el paso del tiempo, se convirtió en un guardián de la infancia, protegiendo la pureza y la esperanza de todos los niños que, como él, anhelaban escapar de la dureza del mundo de los adultos. Creció en sabiduría y amor, irradiando una energía sutil que inspiraba a todo aquel que se cruzaba en su camino.

Y así fue que aquel chico soñador y algo ensimismado, aprendió que la verdadera magia reside en la capacidad de conservar la inocencia y la alegría en medio de la oscuridad, y que la juventud del corazón es un tesoro más preciado que cualquier riqueza terrenal. Y cuando con el paso de los años su piel se fue tornando dura y arrugada, Juan todavía era portador de una sonrisa fresca, sabiendo que su eterno niño interior le acompañaría siempre, guiándolo hacia un mañana lleno de promesas y posibilidades infinitas.

Sergio Ruiz Afonso