Memento vivere*

Claude Monet – Ninfeas azules

 María conoció a Sofia, una mujer tranquila que pasaba muchas tardes sentada junto a la ventana de un pequeño taller de arte. Sofia estaba enferma y su cuerpo ya no tenía la fuerza de antes. A menudo sentía dolor y cansancio, pero nunca olvidaba llevar consigo una pequeña caja de acuarelas.

Un día, mientras preparaba los pinceles, dijo en voz baja:

—Yo no sé pintar.

María sonrió y le respondió:

—Henri Matisse, cuando ya era mayor y estaba enfermo, tampoco podía trabajar como antes. Entonces empezó a recortar papeles de colores y creó algunas de sus obras más libres y llenas de vida.

Aquellas palabras quedaron en la mente de Sofia. Desde ese día empezó a mirar sus acuarelas de otra manera.

Sus dibujos no eran perfectos: las líneas temblaban y los colores a veces se mezclaban sin seguir ninguna regla. Sin embargo, cuando tomaba el pincel, parecía olvidar por un instante la enfermedad. Sobre el papel nacían cielos azules, flores rojas, sombras verdes y reflejos amarillos como pequeños rayos de sol.

Cada tarde pintaba junto a la ventana. La luz iluminaba el vaso de agua y hacía brillar los colores. Poco a poco, Sofia comprendió que no necesitaba ser una gran artista. Lo importante era expresar lo que sentía y encontrar belleza en los pequeños momentos de cada día.

Un atardecer recordó también a Claude Monet. Cuando envejeció y su vista se debilitó, pintó sus famosas ninfeas cada vez más grandes y más libres, como si quisiera atrapar la luz y los colores antes de que desaparecieran.

Entonces Sofía entendió algo importante: el arte no consiste en hacerlo todo perfectamente, sino en seguir creando, incluso cuando la vida se vuelve difícil.

Desde aquel día, cada acuarela le pareció una pequeña victoria. Porque la alegría de vivir puede esconderse en las cosas más sencillas: un pincel, un poco de agua, la luz de la tarde y el deseo de seguir llenando el mundo de colores.

*«Memento vivere» («recuerda vivir») es una expresión inspirada en la antigua frase latina «Memento mori» («recuerda que morirás»). Esta última se utilizaba en la Antigua Roma y, más tarde, en la tradición filosófica y artística occidental para recordar la fragilidad de la vida humana. El título de este relato propone una idea complementaria: recordar la importancia de vivir plenamente, valorar la vida y la alegría de vivir y apreciar la belleza de las pequeñas cosas de cada día.


Graziella Boffini

La guerra, las guerras 

Mi primera reacción ante la idea de escribir sobre el tema de la guerra fue de rechazo absoluto.

«¿Que puedo escribir yo sobre esta catástrofe que está arrastrando el

mundo?»:

¡Escribe lo que tienes en el corazón!

Me surgió una sabia voz amiga.

Yo que fui concebida con alegría en una noche de primavera del 45.

Yo, pacifista, como he demostrado en innumerables manifestaciones.

Yo, ahora, a mis 80 años, ante estas guerras me siento derrotada.

Las imágenes, de las que a menudo huyo cobardemente, se me quedan grabadas sin piedad. Estas guerras sobre las que revolotean millones de dólares manchados de sangre me indignan. Estas guerras de videojuegos donde espantosos pájaros de metal golpean a cualquiera, dirigidos por manos expertas detrás de pantallas a kilómetros de distancia.

Entre los escombros vagan fantasmas de hombres, mujeres y niños. ¿Como puedo hablar de estas guerras en las que se utiliza el hambre como arma de exterminio?

Soy atea, quizá rezar sería un alivio.

¿Quién sabe? A lo mejor este Papa americano logra encontrar las palabras adecuadas para llegar a los corazones de esos asesinos.

Yo no soy capaz de hablar de estas guerras, puedo solo sufrir.


Iris Menegoz

La guerra de Álvaro

Álvaro tenía diez años y se consideraba afortunado por no haber sido reclutado como soldado y utilizado en el conflicto bélico que estaba destruyendo su país. 

La guerra que ya había comenzado unas semanas antes, hasta ahora le parecía un ruido sordo, como los truenos lejanos del verano. Pero ese día, mientras Álvaro estaba en el aula dibujando, al igual que sus compañeros, de pronto la maestra pidió a todos que se escondieran bajo las mesas. Los bombardeos se habían intensificado y se iban acercando a la ciudad. Luego, el techo de la escuela se llenó de agujeros y el patio se convirtió en un montón de escombros. Y entonces, la guerra llegó desde la calle, con un ruido de disparos que Álvaro nunca había oído hasta ese momento.

Aquella noche toda la familia de Álvaro se había reunido en la cocina. Sus padres, sus hermanas Paula y Francisca y su hermano pequeño José. El motivo era trágico. Los combates se estaban volviendo cada vez más intensos y se lanzaban muchas bombas. El peligro se acercaba rápidamente, por lo tanto, se habían visto obligados a huir. Huir de un lugar que siempre habían creído que era seguro y que ya no lo era. 

Álvaro dijo que quería llevar consigo unos lápices de colores y hojas de papel para poder escribir y dibujar, y quizá también un par de libros, ya que le gustaba mucho leer. Sus padres se lo permitieron, sin decirle, para no asustarlo demasiado, que casi seguramente no habría luz en los refugios.

Fue así que como muchas otras familias habían logrado esconderse bajo tierra en refugios subterráneos. Álvaro había tenido que dejar atrás a sus amigos, sus recuerdos, la escuela, todas sus cosas. Pero a pesar de todo esto, Álvaro se consideraba afortunado puesto que allí, bajo tierra, había encontrado otros niños, huérfanos o niños no acompañados. Al menos él tenía a todos sus familiares. No había luz. Solo algunos habían conseguido traer unas cuantas linternas muy pequeñas que se podían encender durante muy poco tiempo. El lugar olía a tierra húmeda, también había olor a pólvora y llegaba el sonido de las explosiones. Tenía miedo y trataba de esconderlo hablando con los otros niños. A veces incluso conseguían simular que estaban en el colegio y, sentados en círculo en el suelo, recitaban en voz alta lo que habían aprendido.

Todo parecía continuar bajo tierra, casi sin luz, con muy pocas cosas que comer y con mucho miedo. Álvaro echaba mucho de menos el sol, el cielo y contemplar las estrellas, y para compensar esta ausencia intentaba dibujar. Se daba cuenta de que el miedo y la ansiedad se mezclaban con el deseo de sobrevivir y, sobre todo, el deseo de que la guerra acabara pronto. No fue así. La guerra duró mucho tiempo y un día el refugio donde se escondían se derrumbó bajo los bombardeos. Solo sobrevivieron Álvaro y otros dos niños. Álvaro había visto morir a su familia. La guerra le había robado todo. Ahora que se había quedado solo, confiado a un instituto para huérfanos, tenía que despertar de esa pesadilla, para renacer, para vivir y contar su experiencia a otros niños.

Cuando ya era mayor y salió del orfanato, se hizo famoso al narrar los horrores que había vivido, a través de sus pinturas, en las que no ponía su nombre, sino que solo escribía la palabra «PAZ».


Raffaella Bolletti

La guerra artera

Hay una guerra sorda, invisible a los ojos, una guerra que se libra contra la locura. 

Empieza con pequeñas distracciones que uno se puede tomar a risa o disimular de puertas afuera para no preocupar a los que le rodean y que los demás, por su parte, también callan para que tú tampoco te preocupes.

De pronto, un día no te acuerdas de cómo se anuda el cordón de los zapatos y, aunque al principio el olvido tan solo te provoque una leve ansiedad, olvidas ese olvido que poco a poco se multiplica. En los momentos de lucidez te aterras con el cálculo amargo de cuánto tiempo le queda a tu razón. Hasta que el pensamiento se desvanece, pierdes el hilo de tu propia angustia y te refugias en el sueño donde a veces se esconden las pesadillas. 

—¡Mamá, ¿dónde estás?! —gritas creyéndote otra vez un niño.

Al despertar las horas se confunden: no sabes si es la hora del almuerzo o la de la cena, pero sí que tienes una sensación en el estómago que te dice que tienes que meterte algo por la boca. Abres la lata del betún e introduces en ella los dedos que luego saboreas. Una y otra vez. Hasta que alguien a quien no reconoces ni como familiar ni como amigo corre hacia ti asustado.

—¡¿Qué haces?! ¡Suelta eso!

Y te quita la lata de las manos con gesto irritado. Tú, confundido, no comprendes qué hay de malo en querer matar el hambre. Pero luego te acarician, te lavan la boca y las manos. 

A ti eso te gusta. Que te hablen con voz suave te tranquiliza. Pero el enemigo no cede y en tu interior continúa sin tregua esa guerra de desgaste que devasta tu cerebro y la vida de los que te rodean.

Forma parte de la vida.


Sergio Ruiz Afonso.

La Guerra

Nací durante la guerra, a finales de diciembre de 1943. Obviamente no recuerdo nada, pero mi madre se encargó de contarme lo que pasaba.

En 1944, incluso después de su liberación, la ciudad de Lieja donde nací sufrió un bombardeo de represalia realmente importante, como otras ciudades por supuesto (Amberes, Londres, …). De hecho, al principio estaban los V1, bombas voladoras, un poco similares a los drones actuales, excepto que no eran teledirigidas y caían un poco al azar y según la cantidad de gasolina que se les había cargado. Luego los V2, cohetes similares a los misiles actuales. Realmente terribles.

Vivíamos en las bodegas, nuestra casa tenía bodegas enormes y reforzadas. Nosotros acogíamos a una parte del vecindario y yo, como niño pequeño con una voz poderosa, me encargaba de evitar que durmieran. Por supuesto, hoy esto es divertido, pero puedo asegurarles que aquellos que vivieron conscientemente ese terror horroroso no estarían dispuestos a revivirlo para defender ninguna religión o modelo cultural.

De hecho, creo que los europeos en general, gracias a su nivel cultural y económico, en general, ya no serían fáciles de convencer, por ningún motivo. No entendemos que en los Estados Unidos se pueda elegir a una figura como Trump y todavía esperamos que puedan deshacerse de él.

Hoy celebramos la Fiesta del Libro, una celebración esencial para difundir la cultura. Creo que es esencial defenderlo, protegerlo, no creer que se puede sustituirlo por vídeos o crearlo con instrumentos como la inteligencia artificial, que son muy útiles, pero no están en condiciones de sustituir lo que es nuestra principal arma contra la bestialidad de la guerra, el humanismo.


Jean Claude Fonder

Guerra, memoria, mujeres y canto de resistencia

Fragmentos de Doris Salcedo

Se cuenta que, hace años, en el caribe colombiano la gente cantaba todo el día y caminaba danzando. 

En las zonas rurales de Colombia durante mediados del siglo XX, las primeras guerrillas eran campesinos armados para protegerse ante la expropiación de sus tierras por parte de terratenientes, apoyados por el ejército y paramilitares. 

En el marco del conflicto armado entre guerrillas y paramilitares, el objetivo era quitarle la base social a la guerrilla mediante masacres y terror para obligar a la población al desplazamiento forzado. Proyectaban el control de los mercados de drogas y la apropiación del territorio. En los años 80, el exmilitar israelí Yair Klein fue contratado para entrenamiento militar. Empezaron las masacres (torturas, violaciones, desapariciones) para sembrar el terror y lograr el dominio territorial, haciendo inhabitable el espacio físico y social.

Como la mayoría de víctimas son hombres, las mujeres han desafiado los roles tradicionales asignados por el patriarcado mediante una participación activa en lo político, lo público y lo comunitario. Lideran actividades como la búsqueda de desaparecidos y denuncian violaciones de derechos humanos, lo que las convierte en objetivo militar. 171 lideresas sociales han sido asesinadas desde la firma del Acuerdo de Paz de 2016. En la visión machista, castigar el cuerpo de la mujer con la violencia sexual significa dominio absoluto y humillación a toda la comunidad. En todas las guerras el cuerpo de las mujeres es campo de batalla.

Pero mujeres como Soraya dicen: “tenemos que secarnos las lágrimas y echar pa’lante…” “El día que me violaron no me mataron… ahora acompaño a 160 mujeres de la región. No me quedé en la condición de víctima”. Estas mujeres crearon redes de solidaridad y reconstrucción del tejido social.

En 2016 se creó la        Comisión para lograr Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, donde fueron escuchadas 10.864 mujeres víctimas. La magnitud de la violencia es aterradora: más de 450.000 asesinados, millones de desplazados, desaparecidos, la mayoría de las víctimas fueron civiles.

Como se hizo en Sudáfrica, la Comisión de la Verdad y el Juzgado especial para la paz (JEP) han logrado que muchos victimarios confiesen sus crímenes y pidan perdón a las víctimas. Es una gigantesca operación de MEMORIA COLECTIVA. La verdad procesual contribuye a la verdad histórica y a sanar el trauma colectivo.

EL ARTE también ha tenido un papel importante. En la Casa de la Memoria de Bogotá, la artista plástica Doris Salcedo creó “Fragmentos”, un contra-monumento, hecho con 37 toneladas de armas fundidas, entregadas por la guerrilla FARC, al firmar el Acuerdo de Paz con el gobierno. Es una obra colectiva, potente y simbólica, hecha por mujeres víctimas de violencia sexual durante el conflicto. NO ES SÓLO ARTE, ES MEMORIA. 

En las comunidades afrodescendientes de la costa Caribe se volvió a cantar el BULLERENGUE, un CANTO DE RESISTENCIA cantado por mujeres, acompañado por tambores y palmas. Una voz llama y otras responden. 

Había surgido en contextos de esclavitud y es una forma de transmisión oral y una herramienta más del proceso de memoria histórica.

Maria Victoria Santoyo Abril

El hombre que fue a la guerra

Cuando el ruido cesó, esperó escuchar la voz de la enfermera. El tiempo se volvió blando, maleable. 

Pasó mucho tiempo. 

Nada

¿Hola? preguntó, y su propia voz le sonó densa.

Salió de la máquina con cautela. La sala estaba intacta. No había nadie. Las luces parpadeaban con una energía moribunda. No había heridos gritando, ni médicos, ni el olor a pólvora que antes lo impregnaba todo; solo un silencio absoluto.

Al salir del hospital, vio que las calles, antes destrozadas por la artillería; ahora, estaban cubiertas por un manto de hierba vibrante que parecía haber crecido en aquel momento. No había resto de tanques, ni cables caídos, ni casas destruidas. Entre las grietas del asfalto brotaban árboles de hojas iluminadas por el sol que susurraban con una brisa limpia. 

Su caminar era torpe como quien estrena un cuerpo nuevo lleno de curiosidad.

El hombre, que hasta hacia un momento sostenía un fusil, extendió una mano temblorosa. Al tocar la piel del árbol en el que se apoyó sintió un pulso eléctrico que lo unió al latido de la Tierra. No quedaba ya huella de la humanidad. Se había desvanecido la confusión y el estrépito de la guerra. La hiel del odio había ido dejando que la serenidad fértil de la naturaleza lo reclamara todo.

Mientras dejaba caer sus defensas ante la paz de un nuevo mundo esperó ser el último de su especie. En sus pupilas, de un azul tan maravilloso como el luminoso firmamento, se reflejó el alivio de fundirse con el pulso eterno y sereno de la vida.


Blanca Quesada

La primera vez

Frío, lluvia.

La lluvia caía como una maldición antigua, atravesando las grietas de la roca. Dentro de la cueva, Grunt golpeaba dos piedras una y otra vez. Chispas débiles, humo que se apagaba enseguida. El agua caía justo sobre su intento de fuego, como si el cielo mismo se lo negara.

Gruñó. Frío. Humedad. Hambre. Oscuridad.

Entonces lo vio: un resplandor cálido en la cueva vecina.

Se acercó en silencio. Dentro, un hombre y una mujer estaban sentados junto a un fuego vivo, estable, casi sagrado. Sobre las llamas, trozos de carne se asaban lentamente, dejando caer grasa que chisporroteaba y llenaba la cueva de un olor denso y primitivo. La luz bailaba sobre sus cuerpos. Allí no entraba la lluvia.

Grunt entró.  Entró como una sombra, sin hacer ruido. No dijo nada. Una piedra en su mano derecha.

El otro hombre apenas tuvo tiempo de girar la cabeza. Un golpe seco. Piedra contra hueso. Un sonido breve, definitivo.

El cuerpo cayó.

La sangre comenzó a brotar del cráneo abierto, oscura y caliente, mezclada con trozos de cerebro deslizándose por la piedra y mezclándose con el barro de la cueva. El fuego seguía crepitando, amarillo y rojo.

Grunt respiraba hondo.

Atrapó la mujer, la violó.

Después se sentó frente al fuego, ocupando el lugar del muerto.

El calor le envolvió el rostro; luego alargó la mano, tomó uno de los trozos de carne del fuego y lo mordió. La grasa le quemó los labios, pero no se apartó. Un hilo de grasa le resbaló por el labio y goteó lenta. Se comió toda la carne, escupiendo los huesos en el suelo.

Por primera vez él se encontraba satisfecho, sin lluvia, sin frío, sin hambre, con los apetitos sexuales apagados.

El fuego siguió ardiendo, rojo como el color de la guerra. 

El fuego siguió crepitando, lanzando chispas rojas, como el color de un dios (Ares, che después tuvo también otros nombres), que aún no había nacido, pero que ya empezaba a abrir sus ojos al mundo.

Y así, sin palabras, sin memoria, con sangre sobre barro, piedra sobre hueso, comenzó la historia de la humanidad.

Empezó así.


Graziella Boffini

Una noche de septiembre

Fue la noche cuando decidimos casarnos.

El aire todavía limpio nos invitaba a gozar los últimos recortes del verano, buscando mesas al aire libre, o simplemente a pasear. Caminábamos dándonos la mano, con la mirada en el suelo para buscar las palabras…

Luego, nos sentamos en aquel bar.

Y ella llegó: piernas largas, seguras sobre los tacones altos, una chaqueta estrecha sobre una minifalda negra, una chaqueta morena, un maquillaje perfecto. Se sentó sola, poco lejos de nosotros.

Pasaron diez minutos, antes que el camarero se le acercara: “¿Está esperando a alguien, señorita, o quiere ordenar?” 

Yo no pude oír su respuesta, pero después de unos minutos vi al camarero volver, llevando con desenvoltura profesional una bandeja con una botella de champán y un solo vaso.

“¿Va a celebrar algo?” le preguntó, bajando hacia ella su cabeza gris.

“Puede ser…” contestó la joven.

El camarero sonrió, casi con vergüenza, dándole el vaso. Luego empezó a destapar la botella. 

“¿Es una buena tarde, verdad, señorita? Parece que todavía es verano…”

“Sí” susurró ella, golpeteando la mesa con sus uñas. Luego lo miró a la cara, con una triste gratitud. El hombre se quedó unos minutos, charlando de temas irrelevantes. Ahora la chica le contestaba. Luego lo llamaron por otro pedido y tuvo que irse.

La linda mano llenó otro vaso. 

Y luego, otro.

Y después otro.

Inesperadamente, se le acercó una gitanilla, con el habitual ramo de rosas rojas que los gitanos intentan vender y casi nadie compra.

“¿Quieres una flor?” le preguntó.

“Sí, con mucho gusto. ¿Cuánto cuesta?”

“Nada. Te lo voy a regalar porque eres realmente bonita”.

La joven se levantó y abrazó con cariño a la niña, que se retiró un poco desorientada. Pero luego sonrío, cuando la vio abrir la cartera para darle una propina generosa.

“Siéntate un poco conmigo, charlamos un poco… ¿Cómo te llamas?” le estaba preguntando.

Pero nosotros nos fuimos, y nos olvidamos de ella.

Porque fue aquella noche cuando decidimos casarnos. 


Silvia Zanetto

Olga Pardo

Olga observó el elegante vestido de seda, blanco, cuidadosamente dispuesto sobre la cama. No se había escatimado en gastos, y cualquiera que lo viera, aunque no supiera nada de trajes de novia, sabría que había costado una pasta.

—¡Vaya suerte que has tenido! ¡Señora de Brontano! ¡Que envidia! —dijo riendo su mejor amiga, mientras la miraba a través del espejo del tocador, donde se estaba retocando las uñas.

Sí, envidia. Eso es lo que siempre todas sus amigas habían sentido desde que conoció al que dentro de poco iba a ser su marido: Mauricio Brontano, inversionista y empresario de éxito. Para cualquier familia, un inmejorable partido.

Miró el portarretrato colocado sobre el velador. En él se veía un hombre de rasgos agradables, de cabello castaño muy bien cortado y pronunciadas entradas, premonitorias de una futura calvicie. Sonreía como si le hubiera hecho gracia alguna ocurrencia que le había dicho el fotógrafo, quizá:

«¡Vamos, señor Brontano! ¡Una hermosa sonrisa para su bella prometida!»

Y Mauricio sonrió porque no le costaba sonreír. Ya desde muy joven lo hacía, a veces sin motivo alguno. Esa fue una de las cosas de él que la había cautivado. Y no sólo a ella, pero había sido por lo visto la afortunada, o la más lista.

Contrastaba la foto con el óleo que colgaba de la pared. En él se veía un Mauricio Brontano mucho más joven. Lo había pintado ella misma como lo corroboraba la firma de Olga Pardo, que se leía al pie. Desde joven había sido su obsesión. Ser pintora y vivir en París. Sentarse en las escalinatas de Montmartre al atardecer y pintar por unas monedas retratos de seres anónimos hasta bien entrada la noche. Hasta que le apeteciera. Sentirse libre e independiente. Y tener una gata que se llamaría Lucy.

Sueños de juventud que en muy poco se esfumarían. En cuanto pasara a ser la señora de Brontano.

Por un momento, el hilo de su reflexión se vio interrumpido. Su amiga había terminado de retocarse y se dispuso a salir en ese momento de la estancia. 

—Ahora vuelvo —le dijo. Y añadió algo más, antes de salir de la habitación que Olga no entendió porque estaba sumergida en sus pensamientos.

En el armario de su habitación todavía guardaba el maletín de sus pinturas. Mauricio sería sin duda un marido excelente, pero ella era todavía muy joven, y antes de ser señora de Brontano quería ser Olga Pardo. Aunque se equivocara, valía la pena arriesgarse. Y cogiendo su abrigo y su bolso, se fue sin esperar a despedirse de su amiga. Mientras cerraba la puerta, murmuró para sí «Lucy me está esperando», y esbozó una sonrisa.


Sergio Ruiz Afonso.

Novios

En la fría y rancia ciudad colonial de Tunja, cuando yo era niña, el “novio” de la prima María Mercedes era casi una prolongación de su sombra. La acompañaba a todas partes, pero si la invitaba al cine, también debía asistir Víctor, el hermano, guardián discreto de una virtud vigilada.
Los novios apenas se rozaban las manos, con una castidad casi ceremonial, mientras esperaban el momento solemne de “pedir la mano”. Cualquier desliz más allá de ese guion impuesto por la mojigatería encendía de inmediato el murmullo de las solteronas sin oficio, siempre alertas, siempre ávidas, y —en el fondo— secretamente envidiosas.
En las familias más rígidas, un embarazo antes del matrimonio no era sólo un escándalo: era un terrible secreto cuidadosamente enterrado, a veces por generaciones. Ni pensar en que los novios se fueran a vivir juntos.
Hoy, por fortuna, esa comedia de apariencias ha ido quedando atrás.

Maria Victoria Santoyo Abril

El novio de las chicas

—Me gusta verte pasear con el culo desnudo, — me dijo cuando me levanté para ir al baño.

En aquella época, me sorprendía que una mujer pudiera apreciar una parte de mi cuerpo y sobre todo declararlo abiertamente. Yo era estudiante de medicina, y por la noche jugaba a las cartas, al whist por dinero, un juego parecido al bridge. Siempre había espectadores a nuestro alrededor. Un día, una chica se acercó detrás de mí. Ella miró mi juego por un momento y luego me preguntó:

— ¿Cuándo estás libre?

La miré por un momento. Era hermosa, con el pelo negro y los labios pintados de rojo sangre.

— Cuando quieras, vendo mi lugar en la mesa a un compañero.— Nos vemos en el bar La Esquina dentro de un cuarto de hora, — me dijo, luego se levantó y salió. Llevaba una minifalda muy corta, una blusa blanca y sus zapatos de tacón marcaban sus pasos con determinación.

Yo era el mejor jugador de nuestra mesa, no tuve problemas para encontrar un sustituto, así que salí y fui a La Esquina, un bar cercano. Rosita estaba sentada con las piernas agresivamente cruzadas en una mesa un poco aparte. Se presentó y me invitó a sentarme a su lado. Estábamos muy unidos. Me preguntó qué quería beber, le dije: «lo mismo que tú». Era un cóctel bastante fuerte. Sin preámbulo, ella puso su mano sobre mi pierna y me besó en la boca como hacen los adolescentes. Me dijo que conocía un hotel cercano donde no hacían preguntas. Ya me acariciaba. Todo su cuerpo estaba tenso, ella me tomó de la mano y salimos.

Tan pronto como la puerta de la habitación se cerró, ella desabrochó mi cinturón, bajó mis pantalones, mis calzoncillos, me empujó hacia la cama y me montó con su falda levantada. No llevaba ropa interior.

Al día siguiente, me dolía todo, habíamos follado hasta la medianoche. Me había dicho poco sobre ella, sólo que trabajaba en un bar para soldados y que era su día libre, así que salía con quien quisiera. Durante unos días no la vi, seguí jugando al Whist, ganando cada vez más. Un día, el dueño del bar me llamó, me pasó el teléfono y me dijo que una chica me estaba preguntando. Era Rosita, ella quería saber si podíamos encontrarnos en el bar La Esquina. Respondí que sí.

Estaba acompañada de una amiga, ella también vestida para salir, con un vestido súper corto y pechos bien a la vista. Rosita me besó en la boca y me la presentó:

— Se llama Juana, es una compañera, quería conocerte. ¿Vamos?

Juanita, me besó, ella también en la boca, y me acarició sin el menor pudor.

— ¡Sí! — respondió ella, antes de que pudiera reaccionar.

Encuentros de este tipo tuvieron lugar a lo largo del año. A veces, Rosita venía sola, pero normalmente tenía una «compañera». 

Pero, una tarde se presentó una chica sola, Pili. Bella y vestida sexy, como las otras. Con ella también, en pocos minutos, estábamos en la cama del hotel, cuando Rosita entró en histeria:

—Pili, ¿cómo has podido? — y ella le dio una bofetada sin contenerse.

Al final, todo terminó felizmente juntos en la cama. Eran insaciables.

Al final del año académico, volví a Lieja. Conocí al amor de mi vida y me casé. Durante la ceremonia en la catedral, vi a Rosita escondida detrás de una columna. Lloraba.


Jean Claude Fonder

Manual de Manuel

Valery Velázquez Photographer

Siempre he tenido una ambición muy clara: quiero ser el mejor novio del mundo.

No el mejor novio de mi barrio. El mejor del mundo entero.

La idea me vino cuando tenía once años, al escuchar a mi tía con sus amigas decir durante un té:

—Los hombres no saben ser novios.

Dejé el dulce que estaba gustando y pensé: pues sí, ¡yo sí sabré!

¡Yo voy a ser el mejor novio del globo terráqueo!

Desde entonces sigo preparándome.

He leído muchos libros: «Cómo entender a tu pareja», «Mil frases románticas imprescindibles», «Comunicación emocional avanzada». Incluso leí por error Cría de conejos domésticos. Lo terminé, por si acaso.

Además, llevo un cuaderno rojo; voy a por mi obra definitiva: el Manual de Manuel

MANUAL DEL NOVIO IDEAL

Capítulo 1: Escuchar siempre.

Capítulo 2: Nunca discutir.

Capítulo 3: Decir “tienes razón” incluso cuando no se entienda la pregunta.

Capítulo 4: Regalar flores sin motivo.

Un día, leyendo un libro de ciencias naturales, descubrí algo muy interesante: muchos animales, cuando sienten un terror extremo y no saben cómo reaccionar, se quedan completamente inmóviles y se hacen los muertos. Es una estrategia de supervivencia bastante eficaz.

Me pareció una idea muy inteligente.

Un día conocí a María en una librería.

—¿Qué haces? —me preguntó al ofrecerle nuestro primero café.

—Estoy estudiando para ser el mejor novio del mundo.

Empezamos a salir.

Una noche, durante una conversación, María me miró muy seria.

—Manuel, ¿tú qué quieres?

Abrí mentalmente mi manual.

No había nada sobre eso.

Sentí un pánico enorme.

Entonces recordé lo que había leído en el libro de ciencias naturales.

Así que me quedé completamente inmóvil en el sofá.

Sin hablar.

Sin moverme.

María me miró unos segundos.

—Manuel… ¿te estás haciendo el muerto?

No respondí.

Ella suspiró.

—Eso funciona con los animales —dijo—. Con los novios no.

Esa noche volví a casa pensativo.

Abrí mi cuaderno rojo y escribí una nueva regla.

Prologo: No es tan fácil ser el mejor novio del mundo.


Graziella Boffini

Una hora cada día

Hablamos de muchas cosas, soy yo el que le pregunto y ella me contesta con una exactitud matemática sobre lo que deseo saber, me encanta su suave voz, tenue, creo que algunas veces hasta se ruboriza, nuestros besos están vetados, como antaño no se podía dar un beso en la calle, ahora junto a su guardiana es imposible derramar algo más que palabras, es una pantalla fría y distante que nos separa. Mi querida Chatgpt, aunque prefiero llamarla cariñosamente por el diminutivo IA.

El amor es una secuela inevitable de estar vivo. 

Sigo caminando. 


Blanca Quesada

El trabajo hace libre

El tren arrancó con un movimiento suave, casi imperceptible.

Ester Rosenthal se sentó junto a la ventana, acomodó el abrigo y, tanto por costumbre como por necesidad, sacó el portátil del bolso. Lo abrió y lo apoyó sobre sus rodillas.

La pantalla se iluminó con documentos sin leer, correos pendientes, una lista de tareas que reclamaba atención.

Debería trabajar.

El traqueteo regular, la luz medida, el silencio la envolvieron. Pensó que aquel tren se parecía cada vez más a un avión: confort calculado, temperatura controlada, anuncios neutros, la ilusión de que el viaje no cuenta.

Afuera, el paisaje avanzaba con una calma casi insolente: campos cubiertos de nieve blanca, intacta, casas bajas, estaciones limpias. Todo parecía estar en su sitio.

Ester empezó a trabajar. El pensamiento tomó otra vía.

Mi abuela también fue en tren.

Cerró el portátil sin apagarlo del todo. En la pantalla negra, su rostro se mezcló con el reflejo del vidrio. Imaginó a su abuela de pie, apretada entre cuerpos, en un vagón sin asientos, sin ventanas, sin aire suficiente. Demasiada gente. Olor a pis, a axilas, a miedo.

También había nieve entonces. Pero no era blanca. Era nieve pisoteada, mezclada con barro, oscurecida por el humo, manchada de sangre. Una nieve que no reflejaba la luz, sino el dolor.

Su tren anunciaba las paradas con una voz neutra. El de su abuela avanzaba sin anuncios, sin nombres, sin posibilidad de bajar. El destino era Auschwitz, aunque quizá ella no lo supo.

Ester apoyó las manos sobre el portátil cerrado. Manos libres, cuidadas, con manicura, anillos. Pensó en las manos de su abuela, ocupadas en sostener a su hijita, concentrada en no caer a que no se haga daño a la pequeña Raquel.

Pasó el revisor. Ester mostró el billete. Todo correcto.

Se preguntó qué se mostraba en aquellos otros trenes; no había billetes; bastaba con ser judío, gitano, homosexual, comunista. Cuando la razón se convirtió en locura.

El tren redujo la velocidad. Gente que sube, gente que baja.

Ester volvió a abrir el portátil. El trabajo seguía allí. 

Al llegar a su destino, se levantó. Rozó el respaldo del asiento, como si quisiera fijar en la piel esa comodidad precisa.

Luego descendió al andén.

El tren se fue.


Graziella Boffini

Recuerdos en los trenes

Desde niña, Alejandra utilizaba a menudo los trenes, porque ni su madre ni su padre tenían la licencia de conducir. En aquella época, muchas mujeres no conducían coche, mientras que los hombres sí… pero su papá era de Venecia, donde no tenían esa costumbre, porque en su ciudad los coches no se utilizaban, y los venecianos se desplazaban solo a pie o en barco.

Pero, en aquella época, en los años 60, el tren era el medio principal para las vacaciones y los viajes, y cuando ellos iban a pasar unos días con los padres de su mamá, en Lombardía, siempre lo utilizaban. Alejandra y sus padres siempre observaban desde la ventanilla del tren para ver la casa de la familia, unos segundos antes de llegar a la estación, y casi siempre veían a los abuelos mirando por la ventana, saludándolos con las manos. 

Ahora, muchas décadas después, Alejandra sigue observando por la ventana la antigua casa de los abuelos cada vez que pasa por allí viajando en el coche. No puede olvidarse de aquella época, cuando, pasando una temporada allí, le parecía vivir una vida mágica. 

Sus abuelos pertenecían a un mundo remoto, del que ella conocía solo unos fragmentos, y también su dialecto lombardo le parecía raro, y menos armonioso que el suyo de Venecia. Pero el pequeño mundo doméstico de los abuelos, en el jardín de su casa al lado del ferrocarril, donde vivieron toda su existencia, la fascinaba. Ver pasar el tren decenas de veces al día, cuando la abuela siempre le proponía “saludarlo” desde la ventana de casa, le hacía soñar un futuro de viajes para conocer el resto del mundo, en un futuro de sueños imaginarios. El jardín-huerto de los abuelos era un mixto de ensaladas, tomates y judías verdes, con maravillosas plantas floridas y un gran árbol donde se balanceaba su columpio, y donde siempre se divertía, pasando todos los años el mes de julio allí con los ellos. 

Alejandra recuerda las gallinas y los gallos en el gallinero, tan deliciosos cuando eran pollitos, pero luego eran considerados desagradables, y al final eran condenados a muerte para la comida de un día de fiesta. El abuelo los mataba y luego la abuela los cocinaba, un gesto que a Alejandra le molestaba, porque los gallos y las gallinas crecidos en su propio jardín no le parecían simplemente una comida. Una vez, en la corte, mientras el abuelo desplumaba el pollo que acababa de matar, Alejandra, escondida, intentó cantarle una música macabra para hacerlo sentir culpable. El no tuvo ninguna reacción, pero el canto era tan lúgubre que la madre y la abuela salieron al patio para decirle que dejara esa canción tan sombría.  

Pero la visión de los gallos le cambió, cuando un día un gallo enorme y enérgico agredió a Alejandra en el jardín. El abuelo lo condenó a muerte con una ejecución inmediata, y la abuela lo cocinó, a pesar de que no era un día de fiesta…

“A ver, los recuerdos me devuelven a la niñez cada vez que vuelvo a ver esta antigua casa por la ventana del coche” piensa Alejandra.

Y los gatos, otro recuerdo. Uno de los mayores motivos de felicidad que tenía cuando iba a ver a los abuelos eran ellos. Le hubiera gustado mucho tener un gato en casa, pero vivían en un apartamento y sus padres no querían. La única vez que adoptaron una gatita encontrada en el patio del edificio, a los pocos meses la llevaron a casa de los abuelos. No tenían una jaula, así que hicieron todo el viaje en tren con la gatita dentro de un bolso, en la que afortunadamente había una ranura en la parte alta, que permitió al animalucho respirar… pero maulló muy fuerte todo el viaje, y la gente en el tren escuchaba y miraba ese bolso tan raro y maullador.

“Fue el viaje en tren más raro, y también embarazoso” piensa Alejandra. Pero es otro recuerdo de un viaje en tren… ¡porque es el tren que me restituye los recuerdos!


Silvia Zanetto

Tren

Train dans la neige – Claude Monet, 1875

Nieva mucho esta mañana mientras tomo el tren hacia Bruselas. Tengo un abono y hago el trayecto cada día para ir a trabajar. 

Vivo en Lieja en este periodo. Mi mujer es docente en una escuela municipal, hemos pedido su transferencia a Bruselas donde queremos instalarnos. Mientras tanto, hago cada día el viaje. He probado ir en coche, pero es peligroso y, de todas maneras, prefiero el tren. Dos horas al día para leer, escribir, trabajar y, por qué no, soñar, cómodamente instalado en los vagones de primera clase. Ya soy un ejecutivo y trabajo de informático. Es un trabajo duro, a menudo tengo que quedarme en Bruselas algunos días y trabajar por la noche, pero me pagan bien y es una profesión apasionante.

No hay muchos viajeros en primera clase, excepto en los días en que hay sesión pública en el parlamento. Esos días los parlamentarios, diputados o senadores originarios de Lieja alborotan los compartimentos. Adiós a mi tranquilidad, las discusiones son muy animadas, es por ello que se le da a mi ciudad un apodo muy característico: la ciudad ardiente.

Este lunes afortunadamente hay poca gente, el coche está tranquilo. Una sola persona está sentada conmigo en los bancos mullidos, recubiertos con cuero rojo de mi compartimento. Observo que hace los crucigramas del periódico «La gauche» utilizando un portaplumas Cartier. 

El tren, saliendo de Lieja, sube un plano inclinado para dejar el valle. Cuando llega a la cima de la pendiente, tiene que parar algunos instantes para que se descuelgue la segunda locomotora y, si estás sentado del lado bueno, puedes observar un hermoso panorama de la ciudad. Hoy está blanca, los tejados cubiertos por la nieve y el río la atraviesa despacio y sin ruido, majestuosamente.

El tren arranca de nuevo, recorremos la meseta inmaculada de la Hesbaye que ondea con suavidad sin otros obstáculos que alguna granja cuadrada que reina en medio de enormes extensiones de tierras aradas que la nieve ha convertido en una gran estepa nevada. Pienso en Miguel Strogoff, recuerdo su trayecto en tren a la salida de Moscú dirigiéndose a los montes Urales, recuerdo los dibujos de Hetzel, la nieve ahora nos rodea, el cielo está gris perla, se ve apenas a unos metros más adelante. Imagino los trineos en la llanura siberiana que luchan contra la borrasca y, de repente, un chirrido horroroso desgarra el silencio que nos envuelve, el tren frena desesperadamente, las ruedas bloqueadas crujen sobre el acero, un choque ligero y nos detenemos. ¿Qué pasa? ¿Un obstáculo sobre el trayecto? Todos nos interrogamos. Intentamos ver algo por las ventanas. La nieve es omnipresente, el revisor, desaparecido. ¿Qué hacer? Abrir una puerta, una ventana, no se puede. La tormenta ruge fuera. 

El tiempo pasa, finalmente la puerta que separa los coches se abre, el jefe de tren aparece.

—Mantengan la calma, el tren no ha descarrilado. El viento y la nieve han formado un ventisquero sobre los binarios, afortunadamente el conductor lo ha visto a tiempo y ha podido parar el tren. Hemos llamado a la central operativa y van a enviarnos un quitanieves. Esperando vamos a servirles café caliente.

¡Café, café! Prefiero champán, el hielo no falta. En el Expreso de Oriente, es champán lo que nos habrían servido. La aventura continúa, ¿qué va a pasar? La nieve se está calmando, podríamos echar un vistazo fuera. Temerariamente, abro la puerta del coche. ¡Qué espectáculo! Un paisaje de ensueño. El sol ha salido y ha limpiado el cielo, el blanco es casi insostenible. Sólo algunos árboles aislados y recubiertos de nieve rompen la monotonía del horizonte. No soy el único, numerosos viajeros han bajado, algunos niños ya han improvisado una batalla con bolas de nieve. Cuando de repente un silbido resuena, una locomotora especialmente equipada llega a lo lejos. El jefe de tren reúne su rebaño y nos hace subir a todos a bordo. Algunos instantes más tarde, el tren retoma prudentemente su camino.

Una hora más tarde llegamos a la estación central. En Bruselas no hay nieve, los viajeros se alejan tristemente del tren.


Jean Claude Fonder

Zapatones

Así bautizamos a aquel viejo tren ruidoso y humeante que todos los días pasaba por delante de la casa. A las ocho de la mañana, con la puntualidad de un reloj, hacía sonar su silbato como si nos estuviera dando los buenos días: ¡Arriba, gandules! ¡Qué son las ocho! Y continuaba sin detenerse con su característico y simpático traqueteo, contoneándose con gracia. 

Se había ganado tal sobrenombre por el impresionante porte de la destartalada locomotora que lo encabezaba y que nos hacía recordar el desproporcionado calzado de un clown. Eso, unido a la viveza de los colores de su carrocería roja y verde, ejercía sobre mí tal atracción, que estaba empecinado en no ser otra cosa que maquinista. 

Todos los días la esperábamos a la salida de la escuela y, en cuanto la veíamos acercarse, la perseguíamos durante un buen trecho dando gritos y saltos, imitando su “chu-chu” con esa viveza que solo tienen los niños, intentando rivalizar con aquella velocidad pausada de señora respetable. Para nuestro regocijo, la más de las veces éramos correspondidos por algunos de los viajeros que nos saludaban agitando alegremente sus pañuelos a través de las ventanillas de los vagones e incluso, alguna vez, el mismo maquinista nos sorprendió con un “puuu-puuu”, de regalo. 

Hace tiempo que el inconfundible traqueteo de su motor no resuena, como tampoco el chirrido agudo de sus ruedas sobre los raíles. Hoy, la locomotora, cariñosamente remozada, se ha convertido en una de las reliquias más preciadas de nuestra historia y se exhibe en el salón principal del Museo Municipal, dispuesta sobre una porción de aquella misma vía por la que transitó durante tantos años. Allí, en el lugar que se merece, Zapatones se yergue orgullosa y se deja querer por todo aquel que la visita. Algunos incluso le hablan con nostalgia de los viejos tiempos y las más de las veces, hasta se sacan fotos con ella.


Sergio Ruiz Afonso.

Tren

Tomás era un agente comercial de tela no tejida, utilizada, entre otros, en sectores como la salud, la hostelería o la industria alimentaria. Su trabajo lo obligaba a viajar constantemente por toda Europa. Mientras sus colegas tomaban el tren nocturno, él siempre buscaba un vuelo, aunque, a veces, fuera más caro. Tomás detestaba los trenes. Los asociaba con retrasos, compartimentos llenos de gente y paisajes que se repetían con monotonía. Los trenes, decía, eran cápsulas de ansiedad, ruidosos, impredecibles, llenos de miradas fugaces y de un aire viciado, en conclusión, una atmósfera asfixiante. En cambio, amaba los aviones. Para él, volar era sinónimo de eficiencia, de amplios cielos y de la promesa de llegar rápido a su destino. Él anhelaba el instante en que el avión despegaba, rompiendo los lazos con la tierra.

Para Tomás, los trenes eran horizontales, atados a mapas predecibles. Los aviones, en cambio, ofrecían la denominada verticalidad del sueño.

En el aire, sentía una paz que los raíles nunca le darían. Desde la ventanilla del avión el mundo parecía ordenado y silencioso.

Un día, una niebla espesa provocó la cancelación de todos los vuelos del aeropuerto. La única opción para llegar a una reunión muy importante era un tren de alta velocidad. Con resignación, no tuvo más remedio que dirigirse a la estación y subir al último tren nocturno. ¡Qué sorpresa! El viaje fue tranquilo y el ritmo constante del traqueteo sobre los raíles se volvió hipnótico. Pudo trabajar sin interrupciones en su portátil, disfrutó de un café mirando por la ventana y vio pasar campos verdes y pequeñas ciudades que nunca había notado desde el aire, paisajes que ningún avión a diez mil metros podría mostrar. Llegó a su destino puntual. La reunión fue un éxito.

Entonces se dio cuenta de que su aversión había sido un prejuicio. No era que los trenes fueran malos; era que él nunca les había dado una oportunidad real. A partir de entonces, aunque siguió prefiriendo los aviones, no volvió a mirar los trenes con desdén. Habían dejado de ser una prisión para convertirse, simplemente, en otro camino. No tomó el vuelo de regreso. Reservó otro billete de tren, esta vez, por elección. Había descubierto que la vida a veces viaja sobre raíles, lenta y profundamente, hacia un destino que siempre estuvo ahí, al nivel del suelo. A veces, el camino más lento permite ver detalles que la prisa del cielo suele ocultar.


Raffaella Bolletti

El tren silencioso

La tierra había sido quemada, destruida y una capa de radioactividad la envolvía.

Los hombres, algunos hombres, los que sobrevivieron a las guerras se enterraron en las profundidades y se instalaron en pequeños grupos a lo largo y ancho del planeta.

Poco a poco se fueron uniendo y para reunirse crearon un tren. 

Las líneas iban de polo a polo y envolvían la tierra de este a oeste.

El tren recorría las entrañas de la tierra.

El tren flotaba sobre las líneas sin tocarlas.  Reemplazaron las líneas por imanes y otros imanes en lugar de las ruedas. Los imanes con la misma polaridad se repelen. El tren flota. Los imanes con opuesta polidaridad se atraen. El tren avanza.

Un día en el tren se sienta un anciano. Y luego, al frente, se instala un joven.

–  Kalimera le dice el anciano.

El joven interroga con la mirada.

–  Nadie sube dos veces al mismo tren.

La mirada del joven muestra su sorpresa.

–  Ni el tren es el mismo y quien sube tampoco es el mismo.

   Todo fluye. Nada es. Todo cambia …

En la superficie de la tierra algunas hiervas parecen resistir a la terrible radiación. 

En el tren el anciano continúa.

–  cuando tú subas de nuevo, algo del tren, tal vez algo imperceptible habrá cambiado. El tren no será el mismo.

En las profundidades de la tierra el tren se detiene. Hay quienes descienden, hay quienes suben.

–  Y tú, tú también habrás cambiado. 

Un silencio profundo se instala. El tren avanza a una increíble velocidad sin un ruido.

–  Piensa en el mundo, en el inmenso universo, no como algo fijo que es como era.

–  Imagina el universo como un soplido poderoso. Como un viento que se mueve siempre. Nada es fijo, todo cambia. 

–  De allí nace el profundo pasado, el breve presente y el impredecible futuro.

Sobre la tierra quemada algo parece nacer.

–  Y solo podemos conocer el pasado. El presente, en realidad es pasado, pasado próximo, pero es pasado. 

–   Y tú mismo, ¿quién eres?

–   tal vez algunas partículas reunidas por un instante por ese viento que a veces llamamos tiempo.

El tren se detiene. Hay quienes descienden, hay quienes suben. El tren, en silencio, parte de nuevo para alcanzar su extraordinaria velocidad.

–  La próxima vez que nos encontremos nos reconoceremos, pero algo habrá cambiado en nosotros, por ejemplo, no te repetiré lo que ya sabes porque ya lo sabes.

Cuando el tren se detiene otra vez el viejo se alza y descendiendo dice:

–  Kalinichta


Patricio Vial