La Carta

Lady with her Maid holding a Letter – Johannes Vermeer

Mi amor,

Te escribo de nuevo. Todavía no he recibido respuesta a mi última carta. Desde hace casi un año te escribo cada semana y sólo he recibido dos cartas tuyas.

La primera en la que me decías que habías llegado bien a Dnipró, que tu prima Raysa te había recibido bien. Me decías que era muy guapa, que llevaba su pelo rubio recogido en una trenza que llevaba encima de la cabeza formando como una corona. Te respondí que sin duda imitaba a Loulia. Debo decir que tu interés por su peinado me sorprendió un poco.

La segunda, un mes después, cuando ibas a ir al frente acompañado por tu prima, que también se había alistado. Entiendo tu entusiasmo, tu voluntad de no dejar que los rusos invadan tu país, pero que una mujer participe en estas matanzas incluso por una causa justa no me parece natural.

Desde entonces, ni una palabra, sigo la guerra en los periódicos. Hay tantos muertos. Me he dirigido a la embajada, me dicen que siga escribiendo. Esto ayuda a la moral de las tropas, que el correo llegará. 

Me desespera, si lees este correo, respóndeme, una sola palabra me basta, sabría que estás vivo.

Ta Françoise

Ella firmó la carta, un garabato apenas legible. Sabía que era inútil. Su marido había muerto. Sin embargo, no quería renunciar. Quizás estaba prisionero, o herido, incluso pensó en ir a buscarlo. Su familia le suplicaba que no lo hiciera, nunca hubieran creído que casarse con un ucraniano habría desembocado en una situación tan dramática. Stepan era un chico tan hermoso, su melena dorada como la de su padre, sus ojos profundamente azules, y su cuerpo flexible y esbelto conquistaría muchos corazones cuando fuera adulto. 

—Como su padre, —decía la abuela.

Quién hubiera pensado que iría a luchar por su país. Al principio cuando lo conoció, para Françoise se trataba de un ruso como hay tantos en París, le encantaba su acento y, después de todo, era francés como ella, se habían conocido en la Sorbona y los dos enseñaban en el liceo Victor Hugo. Volvía a Ucrania un par de veces al año, pero ella nunca había querido acompañarlo. No quería que su hijo tuviera vínculos con ese país.

Y de repente surgieron las tensiones, la invasión de Crimea, él seguía los acontecimientos de cerca, se apasionaba contra los rusos, quería la integración con la comunidad europea. Viajó con más frecuencia a Dnipró, de donde procedía su familia. Cuando la invasión estalló y Zelensky hizo su llamamiento, decidió irse. Nada pudo retenerlo. En Francia, como siempre en estas situaciones, todos se declaraban ucranianos y llevaban la bandera maquillada en la cara o en su perfil de Facebook.

Aquella mañana, la señora de la limpieza sonriente le trajo una carta.

Ella la miró sospechosa, venía de él. Parecía que había una postal dentro. La abrió febrilmente. Era una foto, sin una palabra. Una foto de él y de Raysa, besándose en uniforme de combate, con una bandera azul y amarilla en la mano.

Jean Claude Fonder