Soir bleu

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

Estoy de mala leche. Hace mucho que no la encuentro, la echo de menos y no puedo esperar a verla. Llego a la cafetería, tal vez coincida con ella. Han puesto algunas linternas de varios colores colgando del techo y hay personas sentadas en la terraza. Son hombres que conozco bien. Están allí, juntos, pero aparentemente ensimismados. Parece que no hay vida. Yo me quedo por dentro, a la espera. De repente un escalofrío recorre mi cuerpo, ya la veo, viene acercándose. Ha adelgazado. Incluso se ha cortado el pelo y se ha maquillado, pintándose los labios y las mejillas quizás de un rojo demasiado rojo. El pecho un poco expuesto. El escote deja poco a la imaginación. Su blanca piel resalta en la luz azul de la tarde. Seguro no va a pasar desapercibida. Ha echado una mirada de desafío a cada uno de los hombres sentados en la terraza, los que ahora se hacen de los ciegos. Los que sin duda se acuerdan de cuando la rodeaban con sus brazos dándole besos por la piel, olvidando la razón y dejándose llevar por el deseo. A mí me ocurrió lo mismo. Además, me infectó con los brotes de un sentimiento nuevo. ¡Vaya! Se ha dado cuenta de que estoy aquí y me mira fijamente. Viene a por mí. Aunque sin comunicación verbal, ahora lo entiendo todo. Viene a por mí. E igual que un animalito venenoso dejará caer una gota de su veneno en mi corazón. Apagará la luz y yo también me volveré una de esas sombras, suspendidas e inmuebles, sin vida, envueltas por la fría luz de una tarde azul.

Raffaella Bolletti