La Velocidad de las flores

Ir de paseo de la mano de mi padre me encantaba. El domingo por la mañana, después de la misa, él me llevaba a dar una vuelta antes de volver a casa, donde mi madre nos esperaba con la hermanita, demasiado pequeña para salir de casa en la estación fría.

El pueblo en el que vivíamos era bastante reducido, con muchas casas bajas rodeadas de jardines. Esa primavera había sido un triunfo: los jacintos pintados de azul y rosa que aturdían con su perfume tan intenso, los narcisos presumidos en su corona amarilla, las violetas que desperdiciaban sus infinitos matices de morado, lila y rosa pálido, y luego los matorrales de azalea que rebozaban de pimpollos, las hortensias florecientes cuando ya se asomaba el verano. 

En ese día de noviembre, recalentados por una ligera oleada de sol, papá y yo nos paramos frente a la verja de un jardín, ya anaranjado en su traje otoñal.

– ¿Te acuerdas de este lugar? -me preguntó.

– Claro que sí: estaba mirando el jardín y grité: “¡Qué flores tan bonitas!”. La dueña me oyó y me regaló un ramo grandísimo, con tantas flores bellísimas, de todos los colores.

– Qué amable fue la señora, ¿verdad?

– Sí, pero… ¿papá?

– Dime.

– ¿Dónde están ahora las flores que me regaló?

Esa fue la primera vez en que me enteré de la velocidad de las flores.

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Silvia Zanetto

Azules

Picasso Azul “Le gourmet” 1901

Azul marino, las olas del vestido de una niña que se escabulle livianamente hacia la cocina.

Azul turquesa, los latidos del corazón y los mechones de pelo que le cubren la cara.

Azul oscuro, los pasos de una princesa de la noche, en una ráfaga de desasosiego.

Azul rapsodia, las cortinas teñidas de índigo temeroso, alrededor de su escapada.

Azul mantel, el manto de la Virgen y sus matices que se deshacen en el blanco.

Azul noche, sus calcetines que se refugian en unos zapatos brillantes.

Azul taza, el más exquisito manjar prohibido que una niña pueda desear.

Azul ternura, una luz tímida que aligera la noche y anticipa el alba.

Azul perdón, la levedad despejada de un espíritu ya libre de culpas.

Azul sábana, volver a la habitación y dormirse tranquila, aún saboreando su delicioso robo.

Azul celeste, el rectángulo que mañana le iluminará la cara, cuando se abran los postigos.

Silvia Zanetto

La piedra


“No lo vas a hacer de verdad” —me dice, fingiendo una sonrisa que se deshace en una mueca— “No serás capaz”.
Es una piedra áspera, ovalada, con venas grises. Es demasiado pesada para mí: me cuesta un esfuerzo descomunal levantarla. Con una piedra así podría hasta matarla, a Myrna.


Veo relampaguear el miedo en sus ojos redondos, casi siempre inexpresivos, y me gusta. Ya lo sé, que Myrna tiene toda la razón, es justamente por eso que la odio.
No hay otros niños en el patio hoy, un aire asfixiante y húmedo nos aprieta en esta tarde de inicio de verano. El distrito industrial no está lejos y el olor a azufre de las fábricas cercanas nos alcanza.
Myrna y yo nunca hemos sido amigas, ni antes que me dijera eso: creo que a ella le irritaban mi exagerada delgadez y mi carácter huraño, como a mí me molestaban su cuerpo gordito y su alegre locuacidad: por aquel entonces, no sospechaba lo que le pasaría, y que no tendría motivos para estar tan contenta.

Ver el susto en su mirada me alegra. La piedra es tan gruesa que casi no puedo seguir sosteniéndola, pero la cólera vuelve vigorosos mis brazos sutiles. Inspiro el olor a azufre y ahora me siento invencible. Se lo merece todo. Se lo merece por su cara redonda, por su pelo oscuro demasiado corto, por sus vestiditos ajustados que parecen robados a una hermana menor. Pero sobre todo por decirme eso.
De repente, los ojitos negros de Myrna se cierran y su boca se abre de par en par: un chillido agudísimo rompe el silencio.
Todo mi cuerpo tiembla de rabia, la piedra áspera y pesada me agota los brazos. La madre de Myrna se asoma a la puerta. Está embarazada, lleva un vestido rojo de flores, sin mangas, que deja descubiertos sus brazos rollizos. Observa a su hija, que ahora llora desconsolada, luego me mira a mí: me clava la mirada en los ojos y se queda callada.
Ella sí, que es fea. Tiene el mismo pelo corto y moreno que su hija, la misma cara redonda de ojos insípidos. Ella es fea, y no mi madre.
— ¿Qué pasa, niñas? —La madre de Myrna se acerca lentamente, intentando sonreír. Mira primero mi cara y luego mis manos, que siguen sosteniendo la piedra. Una piedra tan gruesa y tan pesada que podría matarla, a su hija.
— ¿No queréis decírmelo? —la mujer habla en plural, pero se dirige solo a mí.
— ¡Myrna ha dicho que mi madre es fea! —exploto, rompiendo a llorar.
— ¡Sì, es fea, es feísima! ¡Está siempre enfadada, y no sonríe nunca! — grita Myrna.
Ya sé que Myrna tiene toda la razón y la piedra se me cae de las manos.

* * *

En noviembre, Myrna murió, abatida por una leucemia fulminante. Tenía nueve años. Todo el pueblo asistió a su entierro, y nosotros fuimos a la iglesia con las maestras, alineados para dos. Todas las niñas lloraban, menos yo.
Yo pensaba en la piedra que no le había lanzado y en los pocos meses que ella había vivido después. Ella habría muerto, en cualquier caso, y me parecía justo que Dios la arrugara y tirara rápidamente, como si fuera un dibujo malogrado. Sí, era justo que Myrna muriera, era demasiado sincera y aguda en reconocer la auténtica naturaleza de las personas, un testigo incómodo de la inquietud que me sacudía como un viento rabioso: la herencia de mi madre que yo no quería aceptar.
Myrna habría muerto, en cualquier caso.
Al salir de la iglesia, con los ojos bajos, vi un guijarro y lo pateé.
Era una pequeña piedra áspera, ovalada, con venas grises.


Silvia Zanetto

Venecia en invierno

Antonietta Brandeis (Austrian painter) 1848 – 1926 Palazzo Albrizzi,

Su ausencia me destroza, me sigue por la calle, como si fuera el ruido de pasos enemigos que se acercan y me asustan. 

Desde hace horas estoy caminando sola por los barrios de una Venecia que los turistas no conocen, buscando mis recuerdos e intentando alejarme de ellos.

Pero su ausencia por fin me alcanza, me agarra las piernas, las quiebra y me hace caer derrotada sobre los peldaños de un puente.

Yo creía que solo podría sufrir así por un hombre: sé que el amor tiene bastante vigor como para partirme el corazón y dejarme sin fuerzas. En cambio, ahora es la ausencia de Lucía la que me derrumba y me deja agotada, sin aliento.

Lo sé: habría tenido que llamarla otra vez. 

Si hubiera sido un hombre, lo habría llamado, olvidándome del orgullo y de todo.

El agua del canal es turbia, grisácea, debe de ser fría… por un momento me imagino como sería dejarme caer hasta el fondo. 

Hay días en los que los canales de Venecia reflejan los colores alegres de las casas, en un juego de imágenes que hacen aparecer una segunda ciudad igual aunque opuesta a la de verdad. Pero hoy no: hoy una niebla húmeda y pálida cubre la ciudad, impregnada de ese olor a podrido que siempre me deslumbra y al mismo tiempo  me repugna.

No me acuerdo exactamente las palabras que dije a Lucía, cuando me llamó: sólo me acuerdo que fue muy difícil encontrarlas al principio, y aun más difícil controlarlas después.

Hay un barco en el canal, parece abandonado a su destino, como yo. Dos señoras ancianas charlan y se cogen del brazo: hablan de sus nietos, de la compra y de pequeñeces: dos amigas, como éramos Lucía y yo.

De repente, desde una ventana entreabierta sale una música, azucarada y melancólica como un perro perdido, me agarra la garganta y me obliga a parar mi caminata sin rumbo.  Dos voces femeninas que gorjean juntas, soltándose y entrelazándose armónicamente como nuestras voces intercambiando secretos. Teníamos diecisiete años: era el tercer año del bachillerato, y vinimos de viaje escolar justo aquí.

Mi corazón se había quebrado por Mauricio en mil pedazos de vidrio, y yo tenía cortes en las manos por intentar arreglarlo. 

En cambio, Lucía paseaba por la orilla cogida del brazo de Gabriel, tan tranquilos que parecían un matrimonio de ancianos.

Las dos habíamos descubierto el amor, pero de una manera muy diferente. Eso no nos alejó, sino que nos unió todavía más y nos hizo más amigas. No sentía ninguna envidia por ellos, por el afecto sosegado que demostraban, mientras que yo me moría para obtener una sonrisa, una mirada de Mauricio, regalada como una limosna…

Había aprendido a amar con desesperación y la tranquilidad de un cariño seguro no me interesaba.

Lucía y yo éramos tan amigas que nunca un chico – o un hombre – podría separarnos. Claro, nos gustaban tipos diferentes, pero entonces estábamos convencidas de que nuestra amistad era más fuerte que el amor, más fuerte que todo.

Lo sé: tendría que haberla llamado otra vez. 

Tendría que haber esperado unas horas, dejar que nos calmáramos las dos y luego haberla llamado otra vez. Pero no lo hice.

Decido volver atrás y alcanzar los barrios llenos de turistas con sus cámaras insaciables. Miro la laguna abrumada y me abandono a la profunda quietud del espacio que se extiende delante de mis ojos y a los recuerdos que flotan a mi alrededor.   

El agua en los canales está gris, fría como el hielo que alberga mi alma; la luz del día se desvanece hasta desaparecer.

Venecia en invierno es así: a veces te encadena, a veces te embruja.

Y aquí quiero perderme todavía un poco antes de volver, antes de que esta tarde húmeda y grisácea pueda borrar mi recuerdo más antiguo: Lucía y yo, cogidas del brazo, bisbiseando nuestros secretos por la Riva degli Schiavoni.

Silvia Zanetto

Aquella luz

Se tiró a la arena tibia, jadeando.

Ya estaba lejos: podía descansar. Sentía los granitos de arena en su mejilla, húmedos, punzantes. Le costó un esfuerzo descomunal mover el brazo derecho y arrastrar la mano para protegerse un poco la cara, pero el ademán se quedó a mitad, la mano torcida en una posición afectada.

Aquella luz.

Aquella gente.

Poco a poco su respiración se hizo más lenta, y Adela consiguió levantarse un poco. Se quitó la arena de la cara, el aire salobre le acarició la piel.

A lo mejor, había sido un sueño, una pesadilla.

O un espejismo.

Allí, en la playa, todo era igual que siempre: el rítmico meneo de las olas, la enérgica vitalidad de las gaviotas, la brisa suave que siempre la acompañaba en sus paseos matinales. Poco más allá, la casita donde desde hacía años veraneaba con su marido, las adelfas con sus flores rosadas y carmín. 

Aquella luz cegadora.

Aquella gente inmóvil, como hechizada.

Adela consiguió ponerse de pie. No estaba acostumbrada a correr tanto, ni tan rápido: había dejado de jadear, pero ahora sentía en las piernas un dolor sordo y continuo. 

Quizás Francisco ya estuviera en el jardín, cuidando de las plantas y esperándola. Mejor no decirle nada, la habría tomado por loca. O por tonta. 

— ¿Cómo ha sido tu paseo? —le preguntaría su marido como todas las mañanas.

— Muy tranquilo y agradable —le contestaría Adela como todas las mañanas.

Empezó a caminar pausadamente hacía la casita. Tenía que haber sido un sueño, un espejismo. Una broma de mal gusto de sus nervios afectados.

Aquella luz cada vez más intensa, cegadora, hipnotizadora.

Aquella gente inmóvil, cada uno sentado en su silla, sin decir una palabra, como hechizados.

No podía decírselo a Francisco: no era explicable, no era racional. No podía relatarlo a un hombre que solía interpretar cada cosa con una precisión lógica y matemática. 

No le diría nada, intentaría buscar una explicación por su cuenta o a lo mejor simplemente olvidarlo, volver a su vida como si nada. 

En fin, no había sido nada: Adela se había tapado los ojos con las manos, había huido sin ceder a la tentación de sentarse en una silla libre y dejarse hechizar, había corrido hasta agotarse y se había desmoronado en la playa. Y ahora volvía a la casita. Nada más.

Se preguntó si sabría ocultarle a Francisco el temblor de los labios, el rubor de la mejilla derecha rasgada por la arena, si sería capaz de esconder los ojos hinchados por las lágrimas… por que sí, ahora se daba cuenta de que estaba llorando. 

Se desplomó en la playa otra vez.

Aquella luz inesperada, repentina, cada vez más intensa y cegadora, aquella luz hipnotizadora que Adela había sabido evitar. 

Aquella gente, estatuas vivientes, cada uno sentado en su silla, mudos, con las miradas fijas hacia el intolerable fulgor al que se rendían, quietos y fríos, ya sin voluntad. 

Unas horas después, Francisco encontró a Adela tumbada en la playa, los ojos hinchados, la mejilla derecha ruborizada, rascada por la arena.

 

Silvia Zanetto

La montaña y yo


Todos me preguntan por qué lo hago, especialmente ahora, que estoy viejo.
Me crie con las cumbres nevadas en la mirada, el olor a abedules en la brisa fresca de la mañana, así que plantearme esa pregunta es como preguntarle a un niño por qué quiere a su madre.

Carlo Soria

Empecé muy joven. Luego, escalada tras escalada, han pasado los años. No sé si hubo un momento en el que me planteé alcanzar los 8000, creo que fue el resultado de un proceso largo cuanto mi vida: la ascensión a una montaña más alta llevaba a una escalada más difícil, cada éxito me empujaba hacia nuevos desafíos, y cada fracaso también: ¿si he llegado hasta aquí -me decía – por qué no puedo ir más allá?
La edad nunca ha sido un estorbo para mis proyectos: las cumbres más elevadas las escalé después de los sesenta, y no voy a renunciar ahora a conquistar los picos de 8000 que todavía me faltan.
No le tengo miedo a la muerte: a mi edad, esa idea se convierte en algo muy cercano, que se acepta con naturalidad. Pero los que practicamos el alpinismo extremo aprendimos a convivir con ella desde jóvenes, así que no temo a la muerte, porque ya he conocido su cara más de una vez.
Lo que sí me da miedo es morir enfermo, encerrado en una habitación de hospital saturada de olor a medicamentos, rodeado de batas blancas: una muerte de viejo.
En cambio, concluir mi vida en la montaña, después de escalar mi último 8000, es mi deseo más grande. Y quiero que abandonen mi cuerpo allí, sepultado en la nieve, con mis botas y mi mochila, sin ceremonias, ni flores.
Que lo dejen en el paraíso que tuve la suerte de conocer aún viviendo: mi montaña.


Silvia Zanetto

La montaña

Todos me preguntan por qué lo hago, especialmente ahora, que estoy viejo. 

Me crie con las cumbres nevadas en la mirada, el olor a abedules en la brisa fresca de la mañana, así que plantearme esa pregunta es como preguntarle a un niño por qué quiere a su madre. 

Empecé muy joven. Luego, escalada tras escalada, han pasado los años. No sé si hubo un momento en el que me planteé alcanzar los 8000, creo que fue el resultado de un proceso largo cuanto mi vida: la ascensión a una montaña más alta llevaba a una escalada más difícil, cada éxito me empujaba hacia nuevos desafíos, y cada fracaso también: ¿si he llegado hasta aquí -me decía – por qué no puedo ir más allá? 

La edad nunca ha sido un estorbo para mis proyectos: las cumbres más elevadas las escalé después de los sesenta, y no voy a renunciar ahora a conquistar los picos de 8000 que todavía me faltan.

No le tengo miedo a la muerte: a mi edad, esa idea se convierte en algo muy cercano, que se acepta con naturalidad. Pero los que practicamos el alpinismo extremo aprendimos a convivir con ella desde jóvenes, así que no temo a la muerte, porque ya he conocido su cara más de una vez. 

Lo que sí me da miedo es morir enfermo, encerrado en una habitación de hospital saturada de olor a medicamentos, rodeado de batas blancas: una muerte de viejo.

En cambio, concluir mi vida en la montaña, después de escalar mi último 8000, es mi deseo más grande. Y quiero que abandonen mi cuerpo allí, sepultado en la nieve, con mis botas y mi mochila, sin ceremonias, ni flores. 

Que lo dejen en el paraíso que tuve la suerte de conocer aún viviendo: mi montaña. 

 

Silvia Zanetto

La invitación de Rebeca

Cada noche vuelvo a verlo, labrado en mis ojos recién cerrados, y sé que no me permitirá conciliar el sueño: sus ramas rojas retorcidas en un ademán de congoja, la una estrangulada por la hiedra, la otra mutilada, la otra reseca y sin una hoja, a pesar de que estábamos en junio.

La invitación de Rebeca para que fuera a verla me había sorprendido: siempre era ella la que venía a mi casa, se quedaba a merendar un chocolate caliente o un helado y luego, juntas, hacíamos los deberes. Nunca mencionaba a su familia y cambiaba de tema frente a mis preguntas, a veces tímidas, a veces insistentes. Pero aquel viernes me propuso “Ven tú a mi casa” y la curiosidad empezó a hervir en mi cabeza.

Pero… el árbol, decía antes. Las sombras grises de sus ramas en la pared amarillenta de la casa evocaban a un hombre ahorcado. A lo mejor era aquella luz de inicio de verano lo que me aturdía, el azul exagerado del cielo, el exceso de silencio en una tarde resplandeciente. No había pájaros cantando, ni un soplo de viento, ni se podía adivinar un horizonte detrás de la esquina.

“Rebeca ha muerto” entendí de golpe. “Por eso me pidió que viniera”.

El amarillo dorado de la gavilla de trigo detrás de la tapia brillaba de alegría, se reflejaba en el empedrado soleado de la calle desierta. El engaño de los colores tiernos del muro me invitaba a entrar. “Rebeca ha muerto” me repetí a mí misma. Me acerqué a la puerta, resuelta a entrar, pero no había timbre ni tarjeta con apellidos. Oí la voz de Rebeca que me llamaba detrás de la esquina y corrí hacia ella.

Silvia Zanetto

No pienso vestirme de negro

El aire estaba denso, negro, silencioso. La casa parecía enfundada en una oscuridad calurosa. Ningún perfume a heno llegaba de los campos, ni una luciérnaga que iluminara la noche sin luna.  La luz eléctrica, de un blanco tajante, recortaba el porche de la casa en zonas rectangulares.

Laura se había quedado afuera.

—¿Pero ¿qué te has puesto? —Le preguntó su hermano, mirándole las piernas pálidas bajo la minifalda rosa.

—Y ¿a ti qué te importa? Hace calor… Acaso ¿quieres que me ponga ya de luto? Mira que no pienso vestirme de negro ni después. Es más… tampoco pienso entrar.

— Entonces, ¿para qué has venido?

La mujer miró a su alrededor como en búsqueda de una respuesta, pero el aire negro le devolvió su pregunta.

Su hermano se había encendido un cigarrillo y lo dejaba consumirse sin fumarlo. Laura se sentó en los peldaños, abrazándose las rodillas. Desde lejos, se oyó el ruido de un tren.

— ¿Así que no vas a entrar? Le he dicho que estás aquí. Hoy está todavía consciente, pero mañana podría ser demasiado tarde, podría no reconocerte… Laura, es tu madre.

Roberto era el hijo perfecto, joven, educado, exitoso en los estudios, a punto de licenciarse a los veintitrés, prometido con una buena chica. El hijo deseado y buscado. A ella, en cambio, nunca le habían perdonado haber nacido demasiado temprano, para destrozarles la juventud a unos padres de veinte años. 

Miró a Roberto: estaba muy delgado, las ojeras marcaban sus ojos verdes y su sonrisa impertinente, que ella había detestado tanto cuando era niño, parecía apagada para siempre.

— Y tú, ¿Cómo estás?

— ¿Acaso te importa?

— Me voy —murmuró Laura— Ya es demasiado tarde… ¿No quieres abrazarme?

Mirándose los zapatos, Roberto contestó:  

— No.

Silvia Zanetto

El sueño de Suzón

Un bar aux folies bergères de Edouard Malet

Todos saben que los críticos de arte critican.

Lo que critican de mí es la actitud indiferente. 

Pero no se trata de indiferencia, sino de cansancio. Es casi la medianoche y todavía el bar está repleto de gente. La música es un ronroneo, amalgamada al tintineo de las copas, a las risas agudas de las señoras y a las voces abaritonadas de los hombres. 

El corsé me molesta: aparentar una cintura tan fina pide sufrimiento. Y el ramito de flores tan bonitas en el escote me pica los pechos. 

No vamos a cerrar antes de las dos y, cuando por fin los clientes se vayan, tendré que limpiar vasos y platos y ponerlo todo en orden. Hace horas que estoy de pie con estas botitas estrechas: me duelen los tobillos, pero el patrón me dice que tengo que estar elegante…  Aunque ¡detrás del mostrador los pies ni se ven!

¡Ojalá pudiera hacer un buen matrimonio y librarme de este trabajo agobiante! Eso pienso cuando miro a los caballeros distinguidos en el gran salón, con su bigote bien arreglado y su sombrero de copa alta. Parece que sus miradas examinadoras intentan establecer un precio, porque a una camarera no se le pide matrimonio, sino otra cosa. Pero yo sigo esperando que algo bueno pase… Me siento un poco mareada, se me cierran los ojos. El cansancio, claro. Estoy agotada. Y de repente, mientras que mi cuerpo se queda inmóvil mirando con aire indiferente el salón, una parte de mí se desprende y da la vuelta por atrás, donde hay un mundo igual, pero diferente. Donde el caballero no me pide una copa ni me ofrece dinero, sino que me pregunta como me siento, si estoy cansada, o infeliz. 

El vaso que estoy limpiando se me cae de las manos y despierto.

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Silvia Zanetto

El futuro del futuro

Laura encendió el ordenador para empezar la clase. Uno a la vez, los ectoplasmas de sus alumnos iban apareciendo en la pantalla. Laura iba a silenciar sus micrófonos, pero decidió esperar un momento: en el vacío del apartamento en el que estaba encerrada desde hacía semanas, echaba de menos sus chistes ruidosos y sus preguntas inoportunas. Pero las caritas electrónicas y pálidas de los muchachos seguían calladas. “Vosotros sois el futuro del mundo” solía decirles antes, cuando los elogiaba e incluso cuando los regañaba. Ahora, le molestaba hablar de futuro hasta en sentido gramatical.

Era como verlo todo a través de un catalejo invertido, ahora que las preocupaciones pasadas por el futuro se habían convertido en mosquitos risibles y ya no molestos, ahora que un futuro inimaginable ya había llegado, cargado de soledades y videoconferencias, de camiones que se llevaban a los muertos a una sepultura indigna, ahora que abrazar a una persona querida podría convertirte en un ángel de la muerte.

Los chicos, cada uno en su rectángulo de la pantalla, iban apareciendo, saludaban tímidos o con desgana: había que empezar la clase. Laura tenía que explicarles los usos particulares del condicional. Empezó diciendo que en español el condicional es el futuro del pasado, por ejemplo: “Ayer me dijo que vendría a verme esta mañana”. 

De repente se preguntó si lo que decía tenía sentido, si lo que hacía tenía sentido. Observó las melenas rubias y castañas, las gafas, las sudaderas azules y violeta, las miradas atentas o aburridas, los flequillos, los ojos azules y negros, los granos en las mejillas, las caras somnolientas… “Vosotros sois el futuro, pero ¿de qué mundo?” 

No lograba imaginar el futuro del futuro.

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Silvia Zanetto

Guitarras y flamenco

Por supuesto, los dos italianos habían pedido gazpacho, paella y sangría.
Desde que habían llegado a Andalucía, el sonido de mil guitarras parecía perseguirlos dondequiera que fueran: por las calles torcidas, embellecidas por balcones rebosantes de geranios, en las esquinas más recónditas de las plazas, en las terrazas impregnadas por el perfume hechicero del jazmín.
Tommaso sonrió satisfecho, mirando la sartén colmada de un triunfo bermejo de camarones en el amarillo brillante del arroz.
Mientras le vertía la sangría en la copa, rozó ligeramente los dedos de Manuela. Ella le sonrió, casi con desgana, luego arrepentida le estrechó la mano con más fuerza.
El volumen alto de la música era la excusa perfecta para no hablar: acababa de entrar en el restaurante una banda de músicos vestidos con trajes tradicionales que, acompañándose de sus guitarras y castañuelas, cantaban en una secuencia previsible, las canciones que a los extranjeros les gusta escuchar cuando van a España. El público, distraído e indulgente en el alboroto de una noche de fiesta y de banquetes, les aplaudía con generosidad.

Paco Pena and the flamenco dance company

Tommaso le vertió en la copa otra sangría. Parecía contento.
Manuela lo miró y de repente lo vio viejo. Viejo como no había sido nunca. La luz de su mirada dura y al mismo tiempo amable, parecía apagada de repente, como si un inesperado golpe de viento hubiera aflojado su vigor.
El hombre se volvió atrás, curioso, para descubrir a quién le pertenecía la voz de tenor que había entonado “Granada”. Manuela también observó al cantante: era joven, un muchacho hermoso, pero sin gracia.  Volvió a escudriñar la cara de Tommaso, buscando un eco de aquella emoción perdida que no lograba reencontrar.
Un mechón moreno le cayó sobre el rostro: lo lanzó por atrás con un movimiento de la cabeza. Su largo pelo rizado estaba recogido en la nuca, una flor carmesí en el moño. Sobre el vestido escarlata de falda ancha llevaba el chal que había hecho comprar el día anterior a Tommaso. Una luz oscura en sus ojos grandes, perfectamente enmarcados por una línea negra.
Y él le había mirado con ternura, le había dicho que estaba muy bonita.
En cambio, ella había buscado en aquel disfraz inocente la violencia y la pasión de las bailaoras de flamenco. “Es un baile malo” había pensado abrumada unos días antes, contemplando los rostros contraídos de los bailaores que se agarraban, se alejaban, se entregaban a la cruel parodia de un amor que los agotaba, lacerados en la imposibilidad de seguir o de acabar.
Manuela no podía creer que un solo instrumento pudiera provocar emociones tan diferentes: esa tarde, los acordes de la guitarra eran la banda sonora de charlas y risas, de la alegría vacacional de un restaurante en el que todo era como todos se esperaban que fuera.
Sin embargo, en el flamenco Manuela percibía el eco del mismo tormento que silencioso le asediaba el alma. En aquel baile de movimientos bruscos, de sufrimiento inarmónico, acompañado por ritmos sincopados, en el que los golpes acompasados de las palmas y de los tacones en el piso casi cubrían el sonido de la guitarra, le había parecido escuchar la voz de aquella emoción perdida, la que ya no podía reencontrar. Un cante quejumbroso, dolido, un ritmo obsesionante que de golpe se paraba y luego recomenzaba, cada vez más rápido, cada vez más irregular… Recordaba el ademán pasional y ambiguo de la bailaora que brusca le agarraba el pelo de la nuca a su compañero para agarrarlo en un abrazo definitivo, o tal vez para hacerle daño, golpearlo, matarlo. El baile se había convertido en el desafío entre dos amantes que se odiaban y se deseaban.
Y Manuela, enfundada en aquel vestido escarlata de bailaora, se había ilusionado de adueñarse de todo aquello, de poseerlo y hacerlo resonar en su cuerpo, revivir aquella pasión que había dejado en su alma solo una estela enrojecida.
Pero él la había mirado con ternura, le había dicho que estaba muy bonita.
“¿En qué estás pensando?” le preguntó Tommaso.
“En nada, mi amor. Tonterías…”
“¿Nos vamos?” propuso él, metiendo la tarjeta de crédito en la cartera.

En la Plaza Mayor había lugar para cualquiera que quisiese tocar algo de música. Hasta las campanas, cuando ya era noche cerrada, cantaban una melodía alegre. Un grupo de chicos se experimentaban con las canciones de los Gipsy King, mientras una chica improvisaba una imitación de flamenco que solo transmitía la despreocupación de una joven de vacaciones.
En el rincón más escondido de la plaza, protegido por la oscuridad de los pórticos, un anciano músico solitario acariciaba las cuerdas de su guitarra. Acercándose a él, las voces bulliciosas de la plaza se apagaban, en signo de respeto, como al entrar en una iglesia.
Los dedos expertos del guitarrista lograron tocar las cuerdas más secretas del alma de Manuela, justo allá donde se había ocultado lo que ya no podía reencontrar. La chica se sintió agotada y se apoyó a una columna, cerró los ojos para esconder un brillo traicionero y dejó que las franjas del chal, que se le había deslizado del hombro, rozaran el suelo.
Cuando la música terminó, por un momento el silencio fue inmenso. Luego los presentes murmuraron pocas palabras de admiración y abrieron la cartera.
Tommaso sacó un billete de diez euros. “Dáselos tú” le dijo, hablándole como a una niña. Efectivamente, hubiera podido ser su hija. Manuela los tiró avergonzada en la caja abierta de la guitarra. Luego, mientras ya estaba alejándose, se quitó la flor del pelo y volvió atrás.
“Esto, en cambio, se lo regalo yo” le dijo al músico.
El hombre le contestó con una sonrisa cansada en sus ojos grises y no articuló ni una sola palabra.


Silvia Zanetto

Diálogo frente a un cuadro

Soir Bleu de Edward Hopper, 1914

— Bueno, y ¿este qué te parece?

— No sé… es raro, diferente a los cuadros de Hopper que conocía. Pero tampoco es eso: la verdad es que hay algo que no me convence… que me fastidia, mejor. 

— Pero representa el azul de la mar, el cielo despejado, los globos color naranja y amarillo. Es una tarde encantadora, con la gente sentada en la terraza de un bar bebiendo y charlando…

— Charlando, ¿dices? Pero ¿no te das cuenta de que cada personaje en realidad está solo? ¿De que las miradas no se cruzan? ¿De que nadie está sonriendo?

— La mujer de pie – quizás sea la camarera- los observa a todos.

— Yo creo que no. Fíjate en la mirada altiva … Y ese color carmesí que tiene en las mejillas y en los labios, y el vestido demasiado escotado… No, no me gusta.

— Pero todos llevan ropa peculiar… ¿qué me dices de los demás? ¿El hombre a la izquierda?

— Creo que es un marinero, no se ve si hay alguien más sentado a su mesa. Y la pareja, los de a la derecha… él está muy elegante, mientras que la mujer está enfundada en algo que podría ser una toalla. Pero no es eso lo que me molesta.

— Entonces, ¿qué?

— Creo que son los de la mesa en el centro. Uno podría ser un pintor, el otro un oficial de la marina. No logro imaginar por qué estarán sentados a la misma mesa. Y el payaso. El payaso blanco, vestido de blanco, pintado de blanco, con ojos y boca maquillados de bermejo, con su cigarrillo entre los labios. No sé… me hace pensar en la muerte, no soporto ni mirarlo… Y piensa que para esta tarde ¡tengo que escribir un cuento sobre eso!

Silvia Zanetto

Un día particular

Nací con la primavera, un 20 de marzo de un milenio ya pasado. 

Algunas fotografías en blanco y negro me hacen revivir lo que la memoria ha tachado: un par de coletas con dos copos que imagino azules, mamá y la abuela sentadas cerca de la chimenea y una tarta demasiado grande para celebrar mis cuatro años.  

Un cumpleaños que no celebré fue el de los diez, cuando en la cocina silenciosa el tictac del reloj repiqueteaba el vacío que había dejado la muerte de la tía.

Otro fue el de los 18, cuando alcancé la mayoría de edad enferma en la cama, mientras mis amigas en la escuela se quedaron con el regalo en las manos, una maravillosa azalea que la boba de la bedela me entregó dos días después, antes de que mis amigas llegaran al instituto.

Un día único fue el cumpleaños de los cincuenta: había logrado alcanzar mi propósito, escribir una novela, y lo celebré por todo lo alto. Recuerdo una primavera particular y un mar de flores que casi no lograba llevarme a casa, la luz que caía oblicua de las lámparas de cristal, el brindis, los abrazos y los amigos que escuchaban páginas de mi libro… 

Pero el cumple más especial fue el de 2019: tuve la suerte de que el 20 de marzo fuera un miércoles de Tapañol. Había muchas personas en el bar librería Red Feltrinelli Brera con una copa en la mano, compartiendo con generosidad su propio cuento con amigos de siete países diferentes, todos sentados en la misma mesa.

El de hoy es un cumple de pantallas y de conexiones, con los amigos que me felicitan a través del móvil o del ordenador.

Todavía no sé si va a formar parte de los que celebré o de los que no celebré.

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Silvia Zanetto

Prensa

Sus cuatro hijos le decían que era una mujer aprensiva.

Dolores conocía bien la etimología de la palabra “aprensivo” que, como todos saben, procede de “prensa”. Es decir: cuantos más periódicos uno lee, más se angustia por las noticias alarmantes que se publican y confronta versiones, busca informaciones, hasta quedar completamente confundido.

Todavía más tendría que preocuparse ahora, con eso de la epidemia y todo.

Sin embargo, Dolores estaba tranquila, en su casita en la costa norte de la isla, con sus cuatro perros. Tenían el nombre de sus hijos: Carlos, Manuela, Javier y Clara, porque cada vez que uno de ellos se había ido para siempre de su casa, Dolores había adoptado un nuevo cachorro y le había dado su nombre.

Recibía “El País” cada mañana y lo leía de arriba abajo, sentada entre las flores azules y amarillas de su pequeño jardín que se asomaba al mar. Sabía que en el sur de la isla mil personas estaban en cuarentena en un hotel, por culpa de unos malditos turistas italianos que habían contagiado a los habitantes de ese pequeño paraíso terrenal. Pero ella, ¿por qué tendría que preocuparse? Hacía años que no salía de su pueblo, Buenavista del Norte y, a fin de cuentas, ya había vivido lo suficiente. Sus cuatro hijos de cuatro patas, en la prensa decían que no se podían enfermar, y los demás cuatro… Pues, no era su problema.

Pero hoy Dolores ha leído en la prensa un título agobiante: “Los animales domésticos no pueden transmitir el virus, pero sí pueden enfermar”. Mira a los ojos a sus cuatro amores: “No os preocupéis” les dice con voz tierna y temblorosa. Lee atentamente el artículo hasta el final y entiende que es una falsa alarma.

Y finalmente tira el periódico a la basura.

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Silvia Zanetto

El listo de Amedeo

Había que ser listo, muy listo, para sobrevivir y arreglárselas de alguna manera, durante la primera posguerra en la región italiana de Friuli. Era la zona más que más destrozos había sufrido en el país, la más cercana a la frontera con el Imperio austrohúngaro, donde los cruentos combates y las invasiones habían hecho estragos y multitudes de desesperados hambrientos y harapientos vagaban por las calles.

Amedeo era el segundo de diez hermanos, cuyos nombres empezaban rigurosamente con la letra “A”: la más pequeña era mi abuela, Ada, la mayor era Angelina, la que murió a los 102 años, cuando ya era una viejecita pequeñísima y con una sola pierna. Eran una familia de campesinos, cuyas tierras, como casi todas, se habían deteriorado hasta volverse casi improductivas. Trabajo, había mucho, pero la cosecha era escasa.

Pero Amedeo era joven, había sobrevivido a todo y sentía renacer en su cuerpo y en su espíritu las ganas de vivir: le agradaba sentir la brisa en la cara por la mañana y advertir la fuerza de sus brazos trabajando durante el día, pero, sobre todo, le gustaban las chicas por la noche. Especialmente le encantaba Elisa, por su cintura fina, su piel que se ruborizaba por los piropos, sus manos pequeñas sonrojadas por el frío y por el trabajo. Era rubia y miserable como una cenicienta, sus padres eran más pobres que ratones de sacristía, pero el cielo entero parecía haberse encorvado para refugiarse en el azul de sus ojos.

Teresa, en cambio, tenía el pelo del color de la tierra húmeda, recogido en una trenza gruesa que le caía sobre la espalda hasta la cintura. Su rostro de tez pálida no mostraba emociones, su voz era seca y mandona. Pero Teresa tenía un “tío de América”, que se había mudado a Buenos Aires justo antes que estallara la guerra, y allí había hecho las Américas: ya poseía una pequeña fábrica de tejidos que pensaba ampliar, en la que podría trabajar no solo el padre de Teresa, sino también su futuro yerno…

Amedeo era listo, muy listo, y por un tiempo se las apañó muy bien con las dos novias, sin que la una sospechara de la otra. Al menos, era lo que creía él.

Pero un día las mejillas de Elisa se pusieron más rojas que nunca, y la chica le confesó que estaba embarazada.

“No te preocupes, todo irá bien” intentó tranquilizarla. Pero, mientras le secaba las lágrimas con su pañuelo descolorido, veía evaporarse como un espejismo sus proyectos para una nueva vida en América. Tendría que casarse con Elisa, claro. Se lo imponían las reglas sociales, morales y religiosas, y no solo la paliza que habría recibido por el padre de Elisa si no hubiera asumido sus responsabilidades. Además, Elisa no se merecía que la abandonara con una criaturita. Y, claro, Elisa le gustaba mucho más que Teresa. Quizás estuviera incluso enamorado de ella… En fin, se puso contento al darse cuenta de que la suerte había tomado la decisión en su lugar.

El día después, se presentó delante de Teresa decidido a hablarle con sinceridad.

“Tenemos que poner fin a nuestro noviazgo…” empezó. “No puedo casarme contigo, ni ir contigo y tu familia a Buenos Aires, porque…”

“¿Que no te puedes casar conmigo? ¿Que no vas a ir conmigo a Buenos Aires?” preguntó Teresa poniendo el grito en el cielo. “Te casarás conmigo, queriendo o sin querer. Hay algo que todavía no te he dicho…” empezó, destruyendo por segunda vez en un día todos sus proyectos.

La cuestión era que, aunque la chica no le gustara, Amedeo había conseguido dejar embarazada también a Teresa.

Tendría que casarse con ella, claro. Se lo imponían las reglas sociales, morales y religiosas, y no solo la paliza que habría recibido por el padre de Teresa si no hubiera asumido sus responsabilidades. Pero también estaba claro que no podría casarse con las dos chicas, que palizas en cualquier caso habría recibido dos, y que estaba metido en un lío del que no sabía cómo salir vivo.

“¿No me dirás que prefieres casarte con la pordiosera de Elisa?”

El listo de Amedeo puso los ojos como platos.

“Es que… ella también espera un niño mío…” masculló el chico, preguntándose cómo podía ser que Teresa supiera lo de Elisa.

“Pues claro… la mosquita muerta! Y yo, que creía ser la más astuta… Bueno, si no quieres que nos casemos, yo me voy a tirar a las vías tren. Pero, si sobrevivo, te casarás conmigo” concluyó de forma tajante Teresa.

Y así lo hizo.

El día después en la estación, delante de casi toda la gente del pueblo, se tendió sobre las vías del ferrocarril, aplanándose todo lo que podía – todavía no le había crecido la barriga – y esperó. Nadie intervino, nadie intentó hacerle recapacitar, por lo terca que era. El tren llegó, las ruedas pasaron chirriando sobre los raíles, Teresa no se movió ni un milímetro durante aquel minuto – o quizás era menos – que le pareció larguísimo. Finalmente se levantó, ilesa y triunfante.

Las puertas y las ventanas de la casa de Elisa estaban cerradas a cal y canto, cuando Amedeo y su esposa Teresa tomaron el tren para alcanzar el puerto de Génova y embarcarse hacia Buenos Aires. El padre de Elisa ya se había aclarado con él unos días antes, quizás por eso el novio cojeaba y tenía un moratón en el ojo izquierdo, pero la novia caminaba exultante del brazo del hombre que había conquistado gracias a su propia osadía y al dinero de su tío.

Cuando subieron al barco, el listo de Amedeo ya se había enterado de que Teresa no estaba realmente embarazada, pero se resignó a su destino y al final estuvo contento al darse cuenta de que, otra vez, la suerte había tomado la decisión en su lugar.

Siete meses después, Elisa dio a luz un niñito guapísimo, que todas las hermanas de Amedeo, desde Angelina la mayor hasta Ada la más pequeña, llamaron “sobrino” desde el primer día. Elisa aceptó encantada seguir la tradición de la familia del padre del pequeño, es decir darle un nombre que empezara con la letra “A” y eligió “Alejandro” con jota, para que le recordara que su padre se había ido a Argentina. Sin embargo, el empleado del ayuntamiento, como no sabía español, escribió “Aleandro”, y este fue el nombre con el que lo conocí yo, cincuenta años después.

Amedeo nunca volvió a Italia. Se quedó con Teresa en Buenos Aires y allí tuvo hijos y nietos que los parientes italianos solo vimos en unas pocas fotos. Hasta que vivió mi abuela, mantuvimos una escasa relación epistolar: a veces las cartas no llegaban a Amedeo porque Teresa, que seguía celosa de Elisa, cuando conseguía interceptar una carta desde Italia antes de que Amedeo la viera, la tiraba a la basura sin siquiera mirar quién era el remitente.

Seguramente ahora Amedeo habrá muerto hace muchos años. Con el paso del tiempo, también los que lo habían conocido murieron o se olvidaron de él: el único rastro que quedaba de él era el falso nombre español de su hijo italiano, que quizás haya muerto también.

A lo mejor es por eso que he decidido contar esta historia.


Silvia Zanetto

Sueño amarillo

Henri Lebasque – Mujer en vestido blanco

¡Sabina se dejó caer en la silla de mimbre, delante de su casa! El paseo había sido abrumador, bajo el sol primerizo de un verano que prometía ser tórrido. La garganta seca reclamaba un vaso de agua, pero el cansancio le impedía levantarse. Se le cerraban los ojos, cegados por la luz dorada que se difundía por el aire y lo volvía todo amarillo: su sobretodo ligero que yacía abandonado en el respaldo, la acera anaranjada, la pared desconchada, los postigos cerrados para defender la casa del calor. Era una luz irreal que no creaba sombras, sino una paz infinita que se colaba en su cuerpo, iluminaba el ala del sombrerito, los pliegues del vestido blanco recién estrenado y los zapatos nuevos con correas de bailarina.  

Ojalá pudiera dejarse ir, diluirse en la nada azafranada del abandono, perderse en el sueño veraniego del olvido, fueron sus últimos pensamientos antes de caer dormida.

Y Sabina soñó:  soñó con un ave fénix de plumaje inigualable que se posaba en la silla a su lado: tenía cuerpo dorado, reflejos escarlatas en las alas, su cabecita estaba elegantemente inclinada hacia ella.  El ave fénix cantó con su voz maravillosa y Sabina sintió su alma levantarse, bailar una danza amarilla sin reglas y sin perdón. Del ojo izquierdo del ave surgieron lágrimas milagrosas, que el ave fénix le ofreció a la muchacha, y ella las sorbió. 

Cuando Sabina despertó, el ave fénix había desaparecido. Ya no tenía sed, ni sentía cansancio. Como si hubiera resurgido de sus propias cenizas.

Silvia Zanetto

Basura

El antifaz negro no me gusta, pero es necesario.

La peluca, en cambio, oscura con mechones violeta, es de lo más femenino, solo tengo que desgreñar los cabellos. Me ensucio el rostro con el maquillaje: matices de gris, morado, violeta. Pintalabios negro, esmalte negro en las uñas, guantes de red, pero rotos, también negros. Pantalones y camiseta oscuros, bien ajustados. Finalmente me enfundo en una bolsa de residuos color plomizo, ya muy estropeada, y mi disfraz de “Saco de Basura” es perfecto. Nadie me va a reconocer, solo tú.

Oculto en mi bolso nuevo todo lo que tengo que llevarme, y salgo a la calle rebosante de gente disfrazada lanzando confeti, entre la música disonante de los carros de Carnaval, las caras espeluznantes de los muñecos de cartón piedra. Gritos de niños, carcajadas, rostros enmascarados en el alegre estrépito de la fiesta. 

Un payaso con la cara pintada de blanco intenta asustarme. Es falso como el alborozo que inunda la ciudad, como todas estas personas que necesitan disfrazarse de algo diferente para encontrar un simulacro de felicidad.

Yo sola soy real, auténtica en mi dolor de pacotilla, en mi rencor de basura. Solo tú me vas a reconocer, porque eres tú el que me ha tirado a la basura como un trapo sucio. Y yo también te voy a reconocer, porque tú no necesitas un disfraz para ser falso. No tendrás el tiempo para un saludo o una sonrisa hipócrita, porque yo sacaré lo que tengo en el bolso nada más verte: nadie se enterará del golpe, con todo ese ruido, nadie hará caso a una chica disfrazada de saco de basura en medio de ese gentío de máscaras borrachas de alegría, nadie se dará cuenta de tu cuerpo pisoteado por la muchedumbre inconsciente, como si fueras un saco de basura.

Silvia Zanetto

Selva Oscura

Ignoro cómo me encontré por esa selva oscura, ¡tan amarga que es poco más la muerte! 

Tampoco sé si la selva donde me he extraviado yo es más salvaje, áspera y fuerte que aquella en la que se perdió Dante, confundido por el pecado y desesperadamente trastocado por el exilio que le infligieron. Yo también caí en el error,  pero yo me exilié por mí misma. 

Tenía un trabajo, una familia, un hogar… ahora el que fue el jardín de mi casa se ha convertido en una selva de malas hierbas y espinas que cubrirán de envidia mi antigua vivienda durante cien años, como el castillo de la bella durmiente. Pero fui yo la que forjé mi propia envidia.

Quizás la culpa de todo la tuvo la inconsciencia de querer hacerlo todo a mi manera, sin respeto alguno por los demás: la insensatez que me hizo elegir la vía a través de la selva, justo donde Caperucita encontró el lobo. Pero yo ya no era una niña.

O quizás fue el abandono, la locura ingrata del desamor la que me despistó hacía la selva donde Hansel y Gretel fueron atrapados por la bruja.  Pero la madrastra malvada era yo.

Así que a mi grito “Miserere de mí” no va a contestar Virgilio, el maestro predilecto, con aspecto de espectro vagaroso. Ni me va a socorrer un Príncipe Azul de beso redentor, ni un cazador en busca de fieras a las que matar. Yo no saldré al monte, ni encontraré salvación alguna.  

El sol se calla, la poca luz se esfuma a poco a poco. Oigo ruidos en la selva.

Puede que encuentre una pantera, un león y una loba.

La selva está cada vez más oscura.

Silvia Zanetto

Abre tu puerta cerrada

Me llamo Elio, mi hermano se llama Delio. Somos los hermanos gemelos más iguales que se hayan visto bajo el sol. 

De pequeños, distinguir el uno del otro era un verdadero problema para nuestros padres, pero parte de la culpa la tuvieron ellos: nunca se les ocurrió vestirnos con prendas diferentes, incluso tuvieron la descabellada idea de inscribirnos a la misma clase, donde ni la maestra ni los compañeros lograban distinguirnos. 

Recibir expedientes escolares iguales, con iguales notas en todas las asignaturas, se convirtió en una costumbre.  

Un día Delio se hizo daño jugando al fútbol y se quedó cojo por unos días:  fueron los más felices de nuestra vida, porque había algo que nos hacía diferentes. Así que se me ocurrió que podíamos hacer algo voluntariamente para lograr el mismo resultado. Yo le robé el tinte para el pelo a mamá e intenté hacerme pelirrojo, pero ella me descubrió y me empujó la cabeza bajo el grifo.

Delio decidió volverse harapiento: se hizo cortes en los pantalones y en las mangas y se revolcó en el barro antes de entrar en el colegio. Aquel día todos tuvieron claro cuál de los dos era el señorito y cuál el granuja. Pero, nada más salir del cole, mamá le echó una regañina y lo llevó a casa a bañarse. Después, se volvió loca para encontrar otros pantalones y otro suéter iguales a los míos, pero, como no lo consiguió, tiró a la basura también los míos.

Por fin, nos hicimos hombres y pudimos decidir qué hacer de nuestras vidas. 

Por cierto: la tonta de la maestra nunca se enteró de que siempre me interrogaba dos veces a mí en matemáticas, y dos veces a Delio en historia y gramática. Quizás por eso ¡sacábamos siempre las mismas notas, Delio y yo!

Silvia Zanetto