La littorina 

Con una larga y empinada bajada desde la carretera principal, partía la calle Garibaldi, la más larga y ancha del pueblo. En realidad, nadie la llamaba así, se la conocía como el barrio de los “M”, debido a que la mayoría de sus habitantes procedían de la misma familia “M”. 

En los días soleados, el barrio se llenaba de niños y de jovencitos que al atardecer se reunían bajo el terraplén para esperar la llegada de la Littorina. A su paso estallaban gritos de alegría y saludos a ese tren moderno que pasaba a toda velocidad. 

Al ponerse el sol, las madres y abuelas llamaban a los más pequeños para cenar. Los ancianos, sentados en los umbrales de las casas, recogían sus sillas. El silencio volvía al barrio, roto solo por los gritos de las golondrinas que se perseguían en el cielo. 

En aquella difícil postguerra, muchos de esos jóvenes tomaron la Littorina en busca de una vida mejor. Las chicas se fueron a Venecia y a Milán como empleadas domésticas (los ricos apreciaban a las jóvenes friulanas que eran fuertes, trabajaban mucho y ¡comían poco!). 

Los chicos se fueron a Venecia a trabajar en los grandes hoteles del Lido, otros a Francia, Suiza o Bélgica. Algunos se fueron a Génova para embarcarse en las naves que los llevaron lejos. Brasil, Estados Unidos, Argentina. Hubo quien volvió después de muchos años, otros nunca lo hicieron. 

El barrio de los “M” volvió a ser vía Garibaldi. Por la carretera circulan a toda velocidad los coches. La pequeña estación que permaneció cerrada durante muchos años ha vuelto a cobrar vida. Un tren eléctrico pasa dos veces al día para llevar, sobre todo, a los estudiantes que van de Udine a Trieste. 

Las casas antiguas han sido restructuradas o renovadas y están rodeadas de setos bien cuidados y jardines llenos de flores. 

En la calle Garibaldi solo queda una casita gris un poco vieja. La mía. 


Iris Menegoz

Melissa

F. y yo llegamos al puerto del Pireo a media mañana. Cuando nos indicaron el ferry que nos llevaría a nuestra isla, nos quedamos un poco sorprendidos puesto que, sin duda, era el más viejo de todos los que estaban atracados. La pintura agrietada, las partes de hierro un poco oxidadas... pero desprendía un aire solemne de lobo de mar.

Con nosotros subieron unos pocos turistas y algunos griegos que bajaban en cada parada del ferry en la ruta de las pequeñas Cícladas. Cuando nos avisaron de que la siguiente isla sería Koufonissi, nuestro destino, nos asomamos a la cubierta y de pronto nos dimos cuenta de que se trataba de un lugar especial.

En el pequeño puerto flotaban barquitas de colores que parecían suspendidas en el aire, tan blanca era la arena y tan clara el agua del mar. Bajamos solo nosotros y una familia griega que nos indicó la taberna "Melissa", la única de la isla. El sol era fuerte pero el aire era fresco, acariciado por una ligera brisa.

Subimos unos pocos escalones y entramos bajo un cenador de cañas. Había una docena de mesitas de madera pintadas de azul con sillas de paja también pintadas de azul, sobre dos de las cuales dormían plácidamente dos grandes gatos.

Llamamos a la puerta que estaba abierta. A nuestro alrededor solo había silencio y el ligero ronquido de uno de los gatos. Esperamos un poco. Entonces apareció un hombre de unos sesenta años, con un aspecto tan griego que habría hecho palidecer a Zorba. Era Antonio Mavros, el dueño de Melissa. Pareció feliz cuando supo que éramos italianos y, hablando en un discreto italiano, nos indicó nuestra habitación.

—¡La cena es a las seis! — dijo, y se marchó.

La habitación, pintada de blanco, tenía una pequeña ventana que daba a un huerto donde paseaban gordas gallinas. Una cama, una cómoda blanca, un trípode de madera donde flotaban perchas de alambre, una cortina de plástico que cerraba el baño. Nos pareció perfecto.

Así empezó nuestro descubrimiento de las pequeñas calas que rodeaban la isla. A menudo estábamos solos, a veces con alguna pareja con la que inventábamos diálogos en idiomas improbables. Arena como talco y mar de agua de fuente. Cuerpos desnudos e inocentes se dejaban acariciar por el soplo del Meltemi.

Por la noche la cena era muy sencilla. Pescado a la brasa, verduras, frutas, Rezina (vino blanco resinado) y Uzo (licor con sabor a anís). A veces Antonio se acercaba a nuestra mesa y nos hablaba de guerra y de los simpáticos y torpes invasores, y siempre concluía diciendo: ¡una raza, una faccia!

Fue el verano más bonito de nuestra vida. En esa isla perfecta recuperamos las ganas de amarnos que creíamos perdida.

Pero esta es otra historia.

Iris Menegoz

Nocturno friulano, 1950

Al cruzar el umbral del establo, nos recibe el aroma del heno, de la paja seca y el calor que desprenden las cuatro vacas gordas que rumian aburridas.
Sobre la vieja mesa de madera, el abuelo juega al solitario con una baraja de cartas de bordes desgastados y dorso obscuro y grasiento.
Junto al abuelo, la abuela teje. De vez en cuando se queda dormida y el trabajo se le cae en el regazo.
Sobre la mesa cuelga una bombilla cubierta de excrementos de moscas, alrededor de la cual bailan las polillas indiferentes a los humanos.
En dos sillas de paja, dos mujeres jóvenes sostienen en brazo dos niños que, envueltos en mantones de lana, duermen profundamente.
Sobre un montón de heno perfumado, dos nenas susurran secretos.
Faltan pocos citas para Navidad.
Las dos jóvenes mujeres recuerdan lo que leyeron en la última carta de sus hombres.
……Querida Anita, no estaré en Navidad. El viaje es demasiado caro.
Volveré en primavera. espero. Dale un beso a Tonina y Anna María.
Háblales de mí. A ti mi amor de siempre.
……Querida Margherita, esta Navidad tampoco estaremos juntos.
Dale un beso a Luca y Daniela. Os echo mucho de menos. Te quiero. Sé buena con los abuelos.
Todo está inmóvil y en silencio.
Solo las polillas, incansables, bailan alrededor de la bombilla.

Iris Menegoz

La rueda

La rueda, la rueda al principio corre, corre, corre tan rápido que ni siquiera te das cuenta de si hay algún obstáculo.
Es rápida. Luego ralentiza, tropieza, se rompe. Hay que arreglarla. La arreglas, y vuelve a correr y pasan las carreteras, los caminos y la estaciones. A toda velocidad.
Llega un momento en que se detiene de nuevo y piensas que se ha roto para siempre. Pero no, la arregla de algunas manera; le pone un parche y luego otro, y otro y la rueda vuelve a rodar.
Es un poco más lenta. Cada vez más lenta.
Entonces parece che se detiene.
Intentas ponerle parches nuevos. Cambias la cubierta! Y vuelve a ponerse en marcha!
Pero sientes que ya no puede más.
Ralentiza, y ralentiza y tu con ella.
La carretera está limpia, y despejada. El sol brilla en el horizonte.? Por qué no puede más?
Entonces por fin comprendes y la dejas ir.
¡Ve, ve, ve!


Iris Menegoz

El Árbol

En la corteza áspera de tu barba, mi rostro se escondía feliz.
En las ramas de tus grandes manos mis pechos y mi vientre
temblaban sorprendidos.
Una mañana de primavera mientras las violetas empezaban a
nacer, te perdí.
Desde entonces, sigo buscándote.
Tu, único árbol de la vida.


Iris Menegoz

Era un puebla de mar

Vi el mar por primera vez a finales de los años 50.

Caorle era un pueblo de pescadores que tenía una historia muy antigua. Su campanario torcido databa del año 1.000. Dos largas playas de arena fina y clara se asomaban al mar Adriático.

El paseo marítimo no existía. Solo había una carretera con un muro bajo. Lugar ideal para pasar las tardes charlando hasta el anochecer. No había hoteles ni balnearios. Las pocas sombrillas en la playa eran de los turistas, generalmente alemanes.

Nuestra familia se alojaba en la casa de la señora Provisoria, una mujer gordita y siempre alegre. ¿Cuántos éramos? Una multitud de todas las edades y tamaños.

Pera hacer frente a las horas de calor, habíamos construido una gran cortina uniendo dos sábanas y fijándolas a la arena con estacas de madera.

Desde la distancia parecíamos una tribu Tuareg en medio del desierto.

Una característica típica de estas playas de arena fina era que, durante las horas de más calor, se podían notar extraños montículos bajo los cuales emergían inquietantes cabezas protegidas por sombreros de paja.

¡Eran los temerarios de los baños de arena!

Por supuesto no había cabañas, pero mi ingeniosa familia había construido una práctica y ecológica. Con una larga sábana cosida por un lado y una banda elástica que cerraba la parte superior, los adultos se metían y, demostrando una cierta habilidad acrobática, se cambiaban el traje de baño. Maniobra que no siempre tenía éxito despertando las risas de los espectadores.

La vida de los niños era libre y feliz. Cada día a las tres llegaba el hombre del carrito de helados cantando ¡10 liras por un ovillo! Algunas tardes íbamos a comer a los Casoni, construcciones de paja donde los pescadores guardaban sus herramientas. Pescado a la parrilla, polenta, vino y un acordeón.

Últimamente fui a Caorle. El casco antiguo es aún más bonito, las casas están todas pintadas de colores brillantes y llenas de flores. La llaman la pequeña Venecia y hoy en día es una linda ciudad costera moderna y ordenada como otras que tienen vistas al mar Adriático.

Solo su hermoso y torcido campanario la distingue de las demás.


Iris Menegoz

¡¡¡JÚRAMELO!!!

La casa donde nació Anna estaba en una calle tranquila cerca de una zona comercial bastante famosa en aquellos años. Los edificios que daban a la calle databan de principios del s. XX. De hermosa piedra y ladrillos rojos, contraventanas y portales en madera maciza y oscura. Las casas eran hermosas y estaban llenas de historia, pero Anna solo se dio cuenta de ello después. Para ella eran simplemente “casas viejas”, las casas bonitas eran las de los grandes bloques modernos en las afueras, donde vivían algunos familiares; con ascensor y persianas de plástico que subían y bajaban como por arte de magia. 

Anna fue la primera niña que nació en la vieja casa después de la guerra. (Sus padres siempre le recordaban con orgullo que había sido concebida el 25 de abril).

A medida que el recuerdo de la guerra se desvanecía, los lazos rosa y azules se sucedían colgados en el viejo portal. Y así fue que al cabo de pocos años una pequeña comunidad de criaturas empezó a poblar la casa. 

Se forjaron amistades, juegos en la acera, con patines, pelotas y la rayuela dibujada en el asfalto. Durante los años de primaria, Anna entabló una amistad profunda con Gabriella en cuya casa pasaba los días, ya que tenía una habitación para sí misma, un lujo extraordinario para Anna. 

—¡Sé una cosa! – decía Gabriella – pero es un secreto, ¡jura que no se lo dirás a nadie!

Anna juraba cruzando los dedos sobre los labios esperando la gran revelación. Por lo general se trataba de cuestiones de amores improbables entre los niños del edificio. 

—¡Franco está enamorado de Claudia! – decía – Lo vi ayer dándole todos sus caramelos.

—¡Renata está enamorada de Giorgio! El otro día le prestó sus patines nuevos. 

—Carlo, ayer, cuando Franca se cayó, escupió sobre su rodilla arañada para desinfectarla, ¡está claro que le gusta!

Anna juraba siempre sobre esos secretos fantasiosos. Quizás le hubiera gustado ser la protagonista de uno de esos secretos. Pero nunca sucedió. 

Los años pasaron rápidamente. 

Anna, al fin conoció el amor con sus pasiones, su ternura y su ferocidad. 


Iris Menegoz

Nariz y Cerebro

LAS CAJAS FUERTES DE LOS RECUERDOS 

La nariz con su precioso sentido del olfato, es un recipiente de segunda categoría en comparación con el cerebro, aunque este último, a medida que envejecemos, pierda gran parte de su prestigio. De hecho, los recuerdos, como si encontraran pequeños huecos, huyen para refugiarse en el olvido. 

Cuando la nariz nos deja encontrar una fragancia que creíamos olvidada, desencadena en nosotros una oleada de recuerdos que creíamos enterrados. 

Cuando voy en bicicleta por caminos rurales bordeados de densos matorrales de moras y avellanos, me asalta un olor antiguo e inconfundible. 

Los ciclámenes no se ven. Crecen escondidos bajo los arbustos, pero su olor me transporta de inmediato a mi infancia. Íbamos en grupos a buscar ciclámenes. Compitiendo para ver quién tenía el ramo más grande (entonces aún no estaba prohibido recogerlos). 

Otro perfume que desencadena en mí no solo recuerdos sino también un irrefrenable impulso de posesión, es el aroma de pan recién horneado. Si este olor me atrapa al pasar por una panadería, no puedo evitar entrar y comprar unas barras. 

En mi pueblo el pan se hacía una vez por semana. Todos utilizaban el mismo horno situado en el centro del pueblo. ¡Qué alegría nos daba encontrarlo ese día sobre la mesa! Sustituía la querida, inevitable, esencial, omnipresente polenta blanca, cuyo olor recuerdo muy bien, pero sin nostalgia. 

Hay otro perfume que está bien grabado en mi memoria olfativa. El aroma de las mazorcas asándose sobre la brasa. 

Justo antes de la cosecha, a los niños nos daban, con moderación, mazorcas de maíz frescas. Las ensartábamos con ramitas de madera y las poníamos sobre las brasas encendidas de la estufa donde se asaban lentamente desprendiendo un aroma que aún hoy podría distinguir. 

Cuánta felicidad nos daba morder esa pulpa blanda y qué alegría reírse con los dientes negros. 

Recuerdo el aroma de nuestros besos. Tu barba suave olía a humo y jabón Palmolive. Pero no puedo hablar de este olor, su recuerdo me mata. 


Iris Menegoz

Chagrin d’amour


Iris Menegoz

Una mañana cualquiera

Le canapé vert de Paul Delvaux, 1944

— Hola Consuelo, ¿qué tal la noche?

—Hola Consolación, fue una noche cualquiera. A las nueve llegó el viejo Juan, borracho y sucio como siempre. A pesar de sus esfuerzos y de los míos terminó llorando. ¡Una pena! Pero paga bien y es cortés.

— Qué triste trabajo el nuestro, Consolación. Un día de estos me alejaré de esta ciudad corrupta y feroz escupiendo en la cara a nuestro patrón Ramón. ¿Qué tal fue tu noche?

— Fue muy dolorosa. Llegó un chico jovencísimo, era su primera vez. Me enterneció. Tenía la misma edad que tendría mi hijo si esta bestia de Ramón me hubiera dejado tenerlo cuando me quedé embarazada. ¡Qué trabajo inhumano el nuestro! Mira Desesperación cómo llora. Anoche la pobre no encontró clientes y el cerdo de Ramón le pegó. ¿Qué te parece el lindo joven tumbado sobre el sofá de terciopelo verde?

— Consuelo, es Narciso, el principito de Ramón. Su joya más preciosa. Su rara flor.

Para él solo hombres seleccionados, adinerados, nobles, políticos… ¡limpios! Ese chico en una noche gana para Ramón más que nosotras tres en un mes.

¿Sabes? Sigo pensando que una noche de estas tomo el primer barco que pasa por el río y me voy lejos, muy lejos, donde nadie me reconozca. ¡Vente conmigo!

— Me encantaría, Consolación, pero conoces a Ramón y a sus matones. No solo nos encontraría, sino que probablemente nos mataría.

— ¡No me importa! No quiero seguir viviendo esta vida de mierda, Consuelo. Lo intentaré y, cuando estés lista, vendrás conmigo.

— ¡Muchas gracias, querida, es un sueño precioso! Quizás, un día… Ahora estoy tan cansada que quiero solo dormir y soñar con un barco, un río, la libertad.

Iris Menegoz

Estupenda criatura

Alain Delon

Querida Ceny, no sé si aún crees en los cuentos de hadas, pero a mí, ayer, me sucedió algo superincreíble. 

A mi madre le ha tomado la locura de hacer tartas. La culpa es de un cocinero guapetón que aparece en la TV cada semana en «clase de tartas». Así que a mí me toca, cada viernes, llevar una tarta nueva a mi abuela. Tú sabes que esa vieja loca vive en aquella absurda, ridícula casita en el bosque. ¡Que aburrimiento!  Cuando llegué frente a la casa vi aparcado el «SUV» de Rafael. ¿Te acuerdas de él? El cazador ¡Gran pendejo! Dejé el canasto ante la puerta y me fui.

En el camino de regreso por el bosque encontré al lobo. ¡Dios mío que estupenda criatura, piel de plata, ojos de oro! Se me acercó, me besó la mano (verdadero «gentelman»). Hablamos un poco de esto y de aquello. Me confesó que tenía una vida difícil debido a los pastores. Se quejaban por la pérdida de uno o dos animales. Aunque el ayuntamiento les reembolsaba por cada pérdida. Cerca de mi casa nos despedimos.

—¡Si quieres nos vemos el próximo viernes —dijo —a las tres! 

Ceny, tengo que irme, mamá está llegando. Besitos.

rujta@fabula.com

¡Querida, que estupendo encuentro, espero en su continuación! Besos.

ceny@fabula.com

Querida Ceny. No sé si tengo la forma adecuada para expresar lo que me sucedió. Después de haber dejado el canasto bajo la puerta de la abuela (siempre estaba el pendejo), me encontré con el lobo en el bosque. Experto entendedor del lugar, me mostró un sitio maravilloso. Una pequeña catarata que caía en un lago de cristal. 

Hacia calor. Me desnudé y me sumergí en aquella agua esmeralda. Lobo también se sumergió. Reímos, jugamos. Yo monté sobre su espalda como si fuera un caballito de mar. Después me tumbé sobre la hierba, feliz, desnuda y mojada.

Lobo, con su lengua áspera y suave, empezó a secarme. A medida que su lengua recorría mi cuerpo, sentí mis pezones endurecerse. Cuando su lengua llegó a mi entrepierna, mi mente se perdió. Miles de hormigas bailaban en mi vientre, mis piernas temblaban.

Lobo se paró. Me miró en los ojos y, sin una palabra, me dio mi camiseta y mis vaqueros.

¡Pero yo lo vi! ¡Entre sus piernas tenía una llama roja como las llamas del infierno!

No tengo mucha familiaridad con los sexos varoniles pero lo que Don Santiago, años atrás, durante la confesión, intentó mostrarme: una salchicha hervida sin color, ¡nada que ver con lo del lobo!

Hasta pronto Ceny. Besos.

rujta@fabula.com

Te lo ruego Rujta, no me dejes sin tu historia con el lobo. ¡Que envidia!

Besitos

rujta@fabula.com

¿Qué tal Rujta? ¿Por qué no me escribes? 

rujta@fabula.com

Hace semanas que no me escribes. ¿Por qué? 

ceny@fabula.com

Querida Ceny, hace tres semanas por la tarde, oí un gran ruido. Un coche a toda velocidad tocando la bocina, recorría las calles del pueblo. Me asomé al balcón. Lo vi pasar. Era él. El Cazador.  Sobre el techo tenía estrechamente ligado con cuerdas el cuerpo ensangrentado de mi lobo. ¡malditos asesinos! Yo me acerqué. Su lengua ensangrentada saliendo de su boca. ¡Malditos asesinos!

Me quedé paralizada, incrédula, incapaz de hacer cualquier cosa, excepto huir, huir, huir, para llorar por esa estupenda criatura. Perdona Ceny me faltan las palabras. No es fácil hablar de un dolor.


Iris Menegoz


Semana santa

Mi madre era agnóstica. Pero no lo sabía.

Mi hermana, 17 años. Guapísima. Piel suave, carne tierna y generosa lo justo, los ojos verdes heno de mi padre, se dedicaba a disfrutar de su vida y a tener a raya a los innumerables admiradores.

Yo, 10 años, silueta de fósforo de madera apagado. Pelo negro, liso, encarcelado por una pinza que mi mamá, ingenua piedad, intentaba embellecer con un lazo de seda blanco (que yo odiaba) encima de mi cabeza.

Hasta mi primera infancia sentí el encanto de la iglesia y de la religión. 

En 1954 hice mi primera comunión. El vestido de encaje S. Gallo, había sido de una prima. Mi cabeza estaba adornada por un gorrito de seda blanca enmarcado con pequeñas flores y del que volaba un corto velo. Todo eso fue tomado prestado a mi prima Lucía que nos recomendó encarecidamente cuidarlo, porque se trataba de un recuerdo de su boda.

¡Yo así vestida parecía una novia enana! Exactamente lo contrario de la silueta etérea de mi hermana (aún tengo la foto), que en 1949 hizo su primera comunión llevando un vestido muy sencillo, hecho por mi mamá, utilizando la seda de un paracaídas americano, de la guerra recién terminada.

Iba a misa cada domingo.  Comulgaba, me gustaba la música del órgano, cantaba los cantos sagrados, en un latín muy improbable.  Me gustaba el olor del incienso. Olor inquieto de la espiritualidad. Nunca comía carne los viernes, hacía ejercicios espirituales. (Por ejemplo, no hablar por dos días).

Una tarde, durante la cena, en uno de los días de mi silencio, mamá me preguntó.

¿Cariño no es que estás planeando hacerte monja?

Yo no pude responder, fiel a mi pacto silencioso.

Mi padre levantó la cara de su plato y, mirándome con sus ojos de heno dijo.

¡Pasa, mi amor, pasa, tarde o temprano pasa!

El domingo de Ramos siempre traía una rama de olivo que mi madre, por costumbre, ponía sobre el cuadro redondo que reproducía la Sagrada Familia. Una de las pocas pinturas que el maestro Michelangelo pintó con ese tema, y de la que mi madre compró esa barata réplica, justo por esa razón.

El día de Pascua significaba quitarse, con alivio, la camiseta de lana que picaba horriblemente e ir a la misa con un vestido nuevo. Mejor dicho, con un vestido de mi hermana, readaptado. El día de Pascua significaba también esperar el huevo de chocolate de la tía Juana. Que no siempre llegaba.

Pasaron los años. A los dieciséis me enamoré como una loca.

Perdí mi inocencia y con esa la fe.


Iris Menegoz


Mrs. Downlove

Automat de Eward Hopper, 1927

Está oscureciendo afuera. Termino el café y me voy. No quiero llegar tarde. Me importa un bledo Mrs. Downlove, ella, aunque sea puntual siempre me acoge con un sarcástico “Finalmente», lo hago por la pequeña Jesse que espera mi llegada para irse y el último autobús hacia Harlem pasa a las 9.30. Jesse y yo nos relevamos. Ella hace desde las 9 hasta las 21 y yo desde las 21 hasta la 9.

Mrs. Downlove tiene un montón de enfermedades de las que todavía no entiendo la naturaleza. Sus piernas no funcionan, pero su mente es perfecta. Rica, mimada, ama mandar, pero está sola, Jesse y yo somos su única compañía.

Cuando llego, Mrs. Downlove está leyendo. Cuando, por amabilidad, le pregunto el título del libro, ella me contesta – ¡Querida, no son cosas para ti! – (Mi Frank conocía todos los clásicos rusos).

Cuando apaga la luz, yo me arreglo en un viejo sofá al pie de su cama. Ella se duerme enseguida y ronca como un viejo marinero de ballenero. Más tarde tiene sed, o tiene que hacer pis, o quiere contarme el sueño que acaba de tener.

A las 7 le preparo el desayuno que siempre come con un apetito «juvenil». A las 9, saludo a Jesse y vuelvo a mi bar donde Jimmy ya me ha hecho un chocolate caliente.

Llevo años frecuentando este viejo bar. Jimmy y mi Frank fueron amigos. A menudo mi Frank y yo nos quedábamos a tomar una cerveza.

Vuelvo a casa, trato de descansar un poco y luego a las 15 tengo que llevar al parque a Bud, Pongo y Lilli, tres amables perros de mi barrio.

– ¿También «dogsitter»? me dirías tú, mi amor.

Por desgracia el torpe cáncer no sólo vació mi alma y mi vida sino también todos nuestros ahorros.

¡Pero esta es otra historia!

Iris Menegoz

¿Qué queda?

Dali 1935, Para mujer con cabeza de rosa

Querida Ana,

¡Que alegría tu carta con las dos fotos!

¿Dónde las encontraste después cincuenta años?

¡Que lindas éramos!

Tú, con tus rizos color melón maduro que salían de la bandera de Chile que ondeaba detrás de tu espalda. Yo, con la camiseta con la cara del Che y una minifalda «mínima», cantando «El pueblo unido…»

¡Cuántas canciones, cuántas pasión!

No eran ilusiones. Eran certezas. Certezas en un mundo mejor, sin guerras, un mundo de paz. Eran guerras lejanas, pero nos pertenecían.

¿Y ahora?

¿Ahora en que las guerras las tenemos detrás de la esquina quién habla en serio de paz?

Excepto el anciano Francesco de Roma, nadie entre los poderosos de la tierra se está comprometiendo en serio.

Querida, tú me preguntas ¿qué queda?

Pregunta difícil. Recuerdos, a veces nostalgia, pequeños arrepentimientos.

¡Algo queda, menos la juventud!

Adiós Ana, te espero como siempre en Milán en el cortejo del 25 de abril.

Un beso. 

Iris Menegoz

AGUA 

Dali 1935, Para mujer con cabeza de rosa

¡Mira mi amor, mira! ¡Está lloviendo! – dije empujando su silla de ruedas hacia la ventana.

¡Por fin llueve, agua bendita después de tantos meses de sequía! Los árboles estiran sus ramas después de este largo sueño.

¿Te acuerdas mi amor, como nos gustaba escuchar la lluvia por la noche cuando estábamos en la cama?

¿Te acuerdas mi amor cuando yo, simulando miedo a los relámpagos y truenos, me apretaba contra ti y tú me abrazabas y acunándome me besabas como si fuera una niña asustada?

¿Te acuerdas mi amor, que siempre acabábamos haciendo el amor?

Miro tu cara pálida, tu sonrisa de niño cuando duerme y sueña, tus ojos que eran azules como el cielo del día de Pascua de mi niñez y que ahora me miran desde lejos, sin brillo envueltos en una tiniebla gris.

Tu mano seca y temblorosa me acaricia los ojos.

¡Agua! – dices mirándote los dedos mojados.

¡Si mi amor, ahora te traigo un vaso de zumo de naranja!

Me voy hacia la cocina. El nudo en la garganta por fin se disuelve en un llanto apacible y liberador.

Iris Menegoz

Los niños de calle Garibaldi, nº 18 

Dali 1935, Para mujer con cabeza de rosa

Mi abuelo Antonio y su hermano Giovanni, con las respectivas familias, vivían en el n. 18 de la calle Garibaldi. Antonio tenía once hijos y Giovanni ocho.

A través de un majestuoso portal de madera se entraba a un gran patio de gravilla que separaba las casas de las dos familias.

Eran casas muy sencillas. En la planta baja una cocina grande y un cuarto utilizado como despensa para conservar queso, salame y vino. Una escalera externa de madera llegaba a los dormitorios que en fila se asomaban al patio de gravilla. Cada uno de los hermanos tenía su proprio granero, chiquero y establo.

Un columpio colgado desde el granero de Antonio y un viejo y pequeño automóvil de pedales de hojalata convertían el patio en un Disneyland para los hijos de la contrada.

Con el pasar del tiempo todos los hijos de los hermanos se dispersaron por el mundo, pero, en verano intentaban regresar o, por lo menos, permitir que sus hijos de transcurrieran las vacaciones en la casa natal.

Aquí empieza la historia que aún hoy en día circula entre los últimos restos de nuestra familia.

Era la hora de la siesta de un asoleado y lejano verano. El patio de gravilla era un hervidero de niños. Un jaleo increíble. Se oía cantar, reír, pelear, llorar.

El abuelo Antonio era un buen hombre, muy estimado por su aura austera, consideraba la siesta un tiempo sagrado e inviolable. De golpe, asomándose a la ventana de su dormitorio gritó con su voz de trueno:

– ¡Los que no se llaman Menegoz que se vayan pronto a su casa!

Siguió un silencio irreal. Nadie se movió. Parecían figuritas de un belén. Los niños pequeños miraban hacia el abuelo con caritas asustadas. Los más adultos murmuraban sonriendo. Pasaron algunos minutos.

– ¡No puedo creerlo! – dijo el abuelo llevándose las manos a la cabeza. Echando una sonora carcajada gritó: ¡Son todos nuestros, todos nuestros!

Iris Menegoz

¿Fantasma?

Dali 1935, Para mujer con cabeza de rosa

No creo en los fantasmas.

En aquellas tristes inverosímiles siluetas que, llevando sábanas blancas y arrastrando cadenas oxidadas van por la noche intentando asustar ingenuas víctimas.

Temo otro tipo de fantasmas, mucho más escurridizos que, por la noche, siempre buscan una forma de colarse dentro los pliegues de la almohada mientras estás esperando que las «gotas mágicas» empiecen a surtir su efecto. Son super rápidos. Basta muy poco. El eco de una música, la imagen de una cara, el sonido de una voz.

Son los fantasmas del pasado.

Son los recuerdos. Los felices te aportan melancólica nostalgia. Los angustiosos te hacen aflorar rabia y dolor.

EI  corazón aumenta sus latidos. El sueño tarda en llegar a pesar de las «gotas mágicas» que te miran desde la botellita sobre tu mesita de noche.

Iris Menegoz

Recuerdos

L’empire de la lumière – René Magritte (1898 – 1967)

 Amanecía, el barrendero pasaba todas las mañanas a la misma hora con su carro lleno de escobas y de cubos. Su primer vistazo lo echaba a la casa de en frente y a las dos ventanas perpetuamente encendidas. Gracias a Carlota, la portera del edificio, León conocía un montón de anécdotas sobre el inquilino que allí vivía.

Se trataba del Doctor Martínez. Un hombre de mediana edad muy rico que, después la muerte de su joven mujer no podía dormir y pasaba las noches bebiendo.

Eso lo decía Carlota que contaba todas las mañanas las botellas que el Doctor dejaba en el cubo de la basura.

Cada mañana que León se acercaba al portal de la casa del Doctor Martínez, Carlota lo invitaba a beber un café y siempre lo ponía al día de la vida del Doctor.

– El hombre sale sólo al anochecer, no habla con nadie, no tiene amigos, ha dejado de trabajar. ¡Puede hacerlo, es bastante rico el cabrón!

– ¿Por qué cabrón? – preguntó León con tímida curiosidad

– Lisa, la joven esposa del Doctor – continuó Carlota – era hermosísima.

Su encanto había generado en el Doctor unos celos letales. Lisa, era una prestigiosa concertista. Daba clase de piano hasta que él se lo prohibió. Yo la escuchaba tocar el piano durante horas. Melodías tan tristes que me hacían llorar. Por desgracia escuchaba también los gritos, los insultos del hombre y el llanto desesperado de Lisa.

– ¿Usted piensa que le pegaba? – preguntó León un poco asustado.

– ¡Si! Yo creo que sí. Cuando la veía pasar llevando gafas oscuras y una bufanda que le ocultaba casi por completo la cara, sentía una gran pena por la joven. Vivieron así durante dos años. Luego llegó el cáncer y en dos meses la pobre se murió. Desde entonces el Doctor se sintió asolado por el remordimiento. Empezó a no vivir ni de día ni de noche.

– ¡Pero fue el cáncer el que mató a Lisa! – replicó León.

– ¡Si, fue el cáncer quien mató su cuerpo, pero fu él quien mató su alma! 

 

Iris Menegoz

Chistes de la memoria

René Magritte

Los recuerdos son trozos de vida que te persiguen desordenadamente a través de la niebla de la memoria.

Lo raro es que yo no logro conservar los recuerdos de los tiempos felices.

Como si la felicidad fuera algo adquirido y que con el paso del tiempo pierde su luz.

En cambio, los recuerdos de los tiempos angustiosos, el desamparo, las ofensas, acuden a la memoria vividos, lúcidos, intensos.

Las cicatrices del alma nunca sanan, basta poco para hacerlas sangrar.  

Iris Menegoz