Estaciones

 ⸺¡Hola! ⸺ dije. Sorprendido. Me miró detenidamente y su rostro cambió, me preguntó cómo estaba mientras se tocaba las manos y nos despedimos con una sonrisa.

El día estaba opaco, en invierno, me había dicho mi padre, que las cosas no se ven bien puesto que están dormidas. Sí, se acercaba el invierno o quizás ya estábamos en él, en el suelo se veían todavía las hojas de colores que caen siempre en el otoño.

Sentada, en el único banco de madera que había en la estación estuve mirando los rostros de los otros y todos parecieron más tristes, más solos, más pequeños y desprotegidos y lo peor es que yo lo sentía y a mí también me llegaba algo de tristeza, de ira, de rabia, de impotencia. 

Era como cuando ves una película, pero entonces tú sabes que es una película y que los actores están fingiendo, pero no puedes evitar que te de saltitos el estómago, que se te revelen las palmas de las manos, que el corazón se vuelva nube y que se limpie el alma a base de lágrimas. Ese día fue distinto.

Subí al tren. Lo hice sin pensar, seguí recorriendo los rostros ajenos hasta que vi a alguien tan cercano que la alegría no me cabía. Era la misma Pilar de siempre, más quieta, más serena. Claro que estamos distintas, no han pasado meses, han sido años ⸺dijo.

De pronto me di cuenta que había recorrido todas las estaciones y me bajé justo cuando somos los otros.

Estábamos en el atardecer. Había vivido.


Blanca Quesada

Mi playa de Las Canteras

Ella llevaba la mochila con las toallas de una esquina a la otra de la avenida y yo las tablas de surf. Éramos un hilo de un mismo tejido, unidos por nuestras manos, los sombreros ondeaban al viento. Nos reíamos porque estábamos cerca. Caminábamos sobre la arena seca y caliente hasta el mar con nuestras tablas. Sintiendo cómo cada uno de nuestros pies dejaba una huella efímera.
Ya, sobre el agua esperando la ola; la serenidad y el silencio del mar roto de vez en cuando por el graznido de una gaviota nos hacía sentir esa conexión con todo lo que existe. Estábamos bajo la cúpula del universo percibiendo el tiempo infinito y sintiendo que existe la probabilidad matemática de que nos hayamos encontrado antes y que nos encontremos después.
Tengo la certeza que, en este mundo infinito, los seres finitos y sus átomos se reconocen.

 Eso nos pasó.


Blanca Quesada

Llora en todos los idiomas

Luigi dice que la danza, el fútbol, el arte, la vida, es el ingenio de la gravedad en coordinación con el instante. Los cuerpos se apoyan en el aire y dentro de tu corazón está el alma de cada movimiento. Una carrera emocionante, un pase magistral y una parada casi imposible. Danzas y ríes con los protagonistas.

—Aunque sabes que vas a morir —comenta Fiorella—. Algunos sin haber vivido y con la despierta vanidad del juicio.

—Eres la alegría del jardín —le digo.

—Recuerda El cementerio de Los Inocentes en París—Me contesta.

—Si. Vamos a morir, lo sabemos. Lo inexorable existe —comenta Luigi—. Lo inevitable de la muerte y la igualdad de todos ante ella (memento mori) no nos para. Nuestro cuerpo compuesto de células microscópicas, no nos limita. Nos empuja a la crítica vacía, a seguir reflexionando sobre un mundo incongruente.

—Así es, Luigi. Nos creemos dioses.

—Quizás los que compartimos, como los deportistas, o los bailarines en cada pieza su cadencia y tiempo, seguimos una secuencia estructurada que da lugar a la magia como la de los treinta y dos giros continuos de Odile en El lago de los cisnes. 

Ese es el momento que llena tu corazón de alma. 

Y nada más existe. 

Emoción. 

Llora en todos los idiomas. 


Blanca Quesada

Epifania

Algunos estudiantes llegan a ser buenos, otros mediocres y muy pocos no pasan del suficiente ya que por mucho círculo que hagamos cada cerebro tiene sus recursos.

“La rueda es una línea que se curva para llegar a encontrarse en el mismo sitio y consigo misma” — Me dijo Sara.

Y yo, profesor de biología pensé: pues sí, se parece a la vida, a los planetas e incluso a cada una de las células de nuestro cuerpo. Ellas tienden a lo redondo. Empezando por una de las etapas del desarrollo embrionario que ocurre al cuarto día después de la fecundación en humanos. Se llama mórula, es una esfera sólida llena de células que mide menos de doscientas micras.

Entonces tuve una epifanía: recordé una película alemana que se llama Vier minuten. 

La crítica hablaba de una muy buena película. Uno de los críticos utilizó la palabra redonda. El argumento trataba de una mujer mayor que enseña piano a una joven convicta en una cárcel de mujeres para transformar su ira. Era virtuosa tocando el piano y la disciplina la perfeccionó. Le dieron permiso. Tenía cuatro minutos para interpretar una pieza de Schumann en un teatro y ella opto por otra creación llena de pasión. Tocó una composición con variaciones y sonidos de la música negra. Jenny fue aclamada por el público ¿Estaría ya ese coraje impreso en su mórula? 

 — Llegamos a los mismos sitios. Sara, no importa el camino, de la misma manera que cada planeta traza su órbita nosotros transitamos.

 — Habrá que disfrutar de la senda Daniel. Vamos a necesitar al menos dos ruedas.

— ¡Muy buena idea, Sara!,


Blanca Quesada

El amarillo de la primavera

Cada día caminaban debajo de los tilos, sorteando los charcos en otoño. En invierno iban por el sendero evitando la nieve que se apilaba en las esquinas de las casas y en el borde de las cosas y sus colores.

 Empezaba la primavera y las flores comenzaban a brotar.

 El verano en aquellas tierras se haría esperar y entonces pasearían por la ribera del río donde el aire era más fresco y el camino se hacía más blando, algunos vecinos escandalizados los habían visto descalzarse y la señorita enseñaba sus tobillos sin recato.

Juan estaba en la puerta esperando para ir junto a su amada hasta la tercera calle donde estaba la biblioteca, allí se quedaba ella, eran apenas veinte minutos que saboreaban con miradas y sonrisas.  Después abría su librería, donde se vendía de casi todo, en aquel pueblo había pocas tiendas y él hacía cómoda la vida de sus vecinos.

 Valeria, su amada, que así se llamaba, no quería casarse todavía, pero él había decidido comprar los anillos y si no quedaba otro remedio que comprometerla públicamente, lo haría, no podía vivir sin esa melena rubia y esos ojos de un caramelo tan dulce que lo hacían temblar cuando lo miraba.

Le importaría muy poco que las lenguas aburridas se afilaran en la mejor obsidiana.


Blanca Quesada

Hilando vidas


Blanca Quesada

El Árbol


Blanca Quesada

Nuestro tiempo


Blanca Quesada

El contrato de alquiler


Blanca Quesada

 Serendipia

Les tombeaux de Paul Delvaux, 1957

— Cuando todo está programado y lo sabes; el vuelo de la mariposa, la tela de la araña, la formación de la vida es una fórmula matemática grabada para siempre en las entrañas de cualquier bestia, en especial en los seres humanos, estamos inmersos, programados, buscando de forma continua el porqué de lo evidente. El tiempo y el espacio son uno, nadie está y es. Somos unos ingratos, debemos habitar desde que nacemos. Existimos en un episodio en la evolución; por eso es evidente que debemos perecer, con todas sus partes: obertura, recitativo, aria y coros. Somos ensayos de la memoria de la vida. Nos moldea: los huesos, los músculos, los tendones y los órganos. Lo blando y lo importante dentro, protegido. Por fuera lo más resistente y en lo alto la organización que envía mensajes que antes de nacer da vida a lo que ya está vivo.

Es un edicto como el orobal que nace en un sitio y necesita algo concreto para crecer, reproducirse y seguir un recorrido concreto. Porque la vida no puede permitirse un segundo inmóvil.

¡Una jaculatoria para el corazón! Todos nos vamos a quedar sin él. Las partes blandas desaparecen primero, por un tiempo la osamenta permanece y los huesos como las baquetas de un tambor creen que son útiles, pero sin piedad, porque el ojo ya no ve los colores del arco de lluvia, la cuenca está vacía y el magín se fue. 

— Todos vamos a morir, pero por favor, profesor, siempre será mejor en un cuadro lleno de oropel y con un anafre.

— Bueno, querida alumna, en su caso lo mejor es el dogma y un hornillo calentará algo los huesos en el cielo o en el infierno, dónde usted prefiera, es un artículo de fe. La clase ha terminado. El próximo día veremos la matemática perfecta: la embriología.

— Será mejor irnos a una fiesta de carnaval. Yo seré un esqueleto, así me voy preparando, o un feto ¿No será lo mismo?

— Hasta mañana. Disfruta tu serendipia.

Blanca Quesada

 El bajel

El barco me gustó. Desde fuera parecía hasta más grande de lo normal. Tengo que regresar a Tenerife donde vivo actualmente. La gente aquí viaja con bastante frecuencia entre las islas. Como yo hay personas que viven en una isla y trabajan en otra, muchos son camioneros, bomberos, profesores, etc. 

Había dos ambulancias, ¿traslado por revisión o venían de la DANA o también llamada gota fría? Ahora tocó en Valencia.  La gota fría es el nombre de toda la vida que nos calló a nosotros, los canarios, la primera de ellas fue conocida como el aluvión de 1826. Terrible. Imagínate que nos pase eso y estemos en este barco. Los barcos no tienen cinturones de seguridad, tienen chalecos salvavidas.  

Desde pequeña sé que el mundo es un charco con trozos de tierra por doquier y todos contienen personas, animales, plantas y cosas.

Seguimos con el barco, viejo y sucio, de los que se mueven mucho, estaba sentada en un pequeño sillón con respaldo corto, la cabeza estaba dando sacudidas, la mesa baja y pequeña, redonda, con otro sillón enfrente, al lado el expositor de la tienda del barco, perfumes y chuches. Carísimo todo.

 Yo soy de las que no me marea ni un temporal, el truco es caminar dando zancadas largas o con pies abiertos que es lo mismo, tomar poca sal y líquidos densos. Todos compran papas fritas y agua lo cual es un craso error. 

El barco es un vestigio de la antigüedad. solo había enchufes donde yo me senté. Enfrente tenía algunos pasajeros sentados en filas con sillones, unos rojos y otros grises, con cabezales, diría que muy usados. Debajo de cada asiento, su respectivo salvavidas. 

Los pasajeros estaban rosaditos, de un color casi normal en los extranjeros o pasajeros españoles habituales, a veces también tenemos personas de colores variados como los negros o los hindúes, a esos se les nota menos el cambio de color a lo largo del viaje, ya que normalmente el mar se mueve, o el barco, como en este caso.

Habían cambiado el barco porque el otro tenía una revisión anual de dos semanas, Señores armadores ¿no habría que renovar estos barquitos?

Entre idea e idea que se me pasaba por la cabeza, miraba una película y debido a unos bandazos considerables mis ojos bailaban del mar al cielo.

De pronto me doy cuenta que un señor gordito, de los que comen papas fritas con sal, calvo, que antes estaba rosado y ahora de color indeterminado, miraba fijamente al escaparate de la tienda o a mí, yo estaba en medio por eso no estaba segura de a qué o a quién miraba, era una mirada fija. Seguí escuchando mi película de navidad donde todo termina bien y el único ruido que se escucha es la música, me encanta, por eso me senté al lado de los únicos enchufes que tiene el barco. 

De pronto la película paró. Me levanté manteniendo la estabilidad, como antes les mencioné. El barco subía y bajaba como en una noria. Le pregunte a la azafata por qué se había parado internet.  Me contestó con toda la tranquilidad del mundo marinero (eso es mucha serenidad) que allí no había wifi. Había estado utilizando mis datos, ¡me iba a dar algo! los guardo para las emergencias reales. 

 Todos los barcos tienen wifi, aunque de vez en cuando en medio del mar se corta la conexión. Entre Gran Canaria y Tenerife hay una distancia de 38 millas, equivalentes a 70 km, para que nos hagamos una idea estamos a 70.000 metros entre aguas. En medio del trayecto desaparece la wifi siempre, como en los grandes desastres. 

Pues no me quedó otra que mirar la tienda y volver a mi sitio, otra vez a leer y no te lo puedes creer, pero escuché un ruido gutural, el hombre que yo creía que estaba mirando de forma sospechosa no miró nunca de forma sospechosa, tenía la vista perdida, estaba verde y la azafata le ofreció dos bolsas color marrón, las utilizó. También le ofreció una bolsa con cubitos de hielo para ponerlos en la nuca, son muy efectivos, pero él la rechazó, un error muy grande, echo la bilis. Pidió perdón en italiano a todos los presentes, los demás estaban pálidos, todavía estaban en el mareo de la náusea. Todo llega a su tiempo. Los niños llorando y los demás palideciendo.

Yo, impávida, después de tantos traslados, profesora del gobierno de canarias, mucha suerte tendría si no hubiera sido destinada en más de una ocasión fuera de mi isla. Ahora mi isla son todas.

Los humanos me recuerdan a las hormigas y los dos conceptos comienzan por la misma letra, la “h” ¿no será una percepción del subconsciente colectivo? Viajando y buscando, en constante movimiento, pero en el barco no se mueve nadie, quietos, anclados a sus asientos, ya tiene el barco su propio vaivén.

Voy vestida con un ligero conjunto de pantalón y blusa blancos porque hace un calor de veintiocho grados. Destaco esto porque vi a un señor que tenía el uniforme de la compañía negro de sucio, “mecánico seguro” pensé, ¿y si el motor se para? 

No se paró. Buen mecánico seguro.

Llegué a Santa Cruz de Tenerife media hora más tarde de lo acordado en el billete. a pesar de todo valió la pena, mi coche me estaba esperando en el garaje del bajel, antes olía a brea, ahora no, un detalle considerable.

Imagino a los que viajaban en navíos a algún lugar hace años o siglos ¿sería una fiesta?

Blanca Quesada

La bella vida  

Pelota y peteretes.  Estas palabras me recuerdan mi niñez. 

La niñez que viví disfrutó de toda la alegría que nos produce lo nuevo.

Mi recuerdo más lejano es el de un camino polvoriento rodeado por muros bajos de roca negra, la piedra del volcán nos guiaba. Abuela me llevaba de la mano. Ella tenía un pañuelo amarrado a la cabeza y yo iba con un sombrero de paja al que me tenía que agarrar, era para protegernos del sol y del polvo amarillo y seco de Lanzarote que se levantaba al primer viento, además, aquel día iba acompañado por la calima que no me dejaba ver ni la pelota de trapo a la que iba dando puntapiés.

Mi abuela llevaba una maleta con tachuelas en las esquinas y de la misma manera llevábamos clavada la angustia de la incertidumbre en nuestros corazones. 

Llegamos al muelle y cogimos un barco enorme y blanco.

¡De pronto, nos encontramos en otro mar, en otra casa, papá, mamá y mi hermanita Carmen estaban allí! Era un mundo de agua con olas muy altas y mucha gente.

Creo que el contacto con la divinidad es un calambrazo y eso me dio ese viaje.

Me dio la oportunidad de valorar la belleza de cada instante y la matemática de la vida: hay cosas que no se entienden y lo único que queda es aceptarlas.

Abuela nunca quiso volver a la isla y mucho menos a ese camino de tierra.

Yo sí he vuelto. Lanzarote y sus paisajes me envuelven.

El atardecer desde el acantilado está lleno de colores, de luces bellas e inalcanzables. 

Bajo el risco veo el mar.  Un turquesa inconfundible inunda el paraíso, tangible, donde mi abuelo pescaba. La espuma acaricia serena al amarillo luminoso y claro de la arena, allí es donde la silenciosa paz te acompaña y la alegría de haber vivido está contigo.  

La playa: el refugio donde la vida está en el interior de la más profunda de las miradas y se queda colgada del alma. 

Hay cosas que no puedo olvidar y no han cambiado como los juegos, las risas. Las sigo escuchando, en la plaza o en cada campo de fútbol improvisado, el centrocampista que conecta con la delantera. El medio punta ayuda a meter el gol y entonces la portería se llena de defensas contra la fuerza del talento, para la pelota la portería es una diosa. El equipo es uno, comparten el triunfo y la alegría: inquieta y bulliciosa niñez. 

La aventura más grande de nuestras vidas. El esfuerzo y la algarabía: sacrificio y tributo.

Entonces cada hora era un viaje. El mayor descubrimiento. La esperanza que quiero vivir cada día, la emoción que nos espera detrás de cada maleta, la sorpresa y la ménsula de la familia. Una vida inmensa llena de experiencias prodigiosas con la calma bajo el risco.

Siento que el lugar que buscaba ya lo había encontrado desde que nací. Los niños están iniciados en lo intangible y sostienen la esperanza de un levógiro para la bella vida. Caleta Naomi. Allí te esperamos niñez.

Blanca Quesada

Toda historia tiene su mancha de café 

La vida de Nicasio está llena de pequeñas líneas que se entrelazan con otras; juntas dan lugar a una maraña de cruce de caminos. Él escribe sus líneas conectadas con parientes, amigos y paseantes.

Los caminos se entrelazan y las palabras se mezclan con el contacto de su mirada. Nicasio, como un libro, puede quedarse en la playa, en la memoria de un caminante, situarse en el peral del jardín, en un lago de lágrimas y en un sueño de risas.

Aprendió que un libro se pone amarillo, las páginas se quiebran, se borran las letras y puede que su vida se descatalogue como cualquier texto.

Saborea las palabras, huele colores, escucha nubes, llega más allá del arco iris. 

Sabe que está dentro del mejor argumento.

Conoce y siente su dosis de sabiduría y compasión. Coloca su sonrisa, su mirada en el momento; todo instante tiene su recuerdo y, cada gota tiene su sombra. 

 El amor y la muerte es lo que cambian su vida y esto es posible en cada página. Dichosa vida. Siente.

Nicasio intuye que la sílaba tiene su acompañante, la palabra su significado y el café su mancha. Esto es lo que queda. Su última frase fue gracias por haberte cruzado conmigo. 

Es un regocijo estar en un buen libro.

Blanca Quesada

 Buscando la Ola 

Buscando la ola el río baja despacio, primero por uno de sus pequeños afluentes, lenta, siguiendo la caricia de las piedras y, cada gota que las toca quita un poco de su cuerpo para llegar poco a poco al fondo de su alma. 

Primero son cantos rodados, pequeñas piedras, hasta llegar a convertirse en polvo. La erosión. Un trabajo lento, pero al final la piedra deja su forma para ser parte del agua, mezclándose para siempre.

Rápida ahora, cerca de la orilla, vertiginosa, buscando la ola que llega a la playa, buscando la arena, la tierra, las rocas: Un círculo perfecto.  

En la playa hace calor, el sudor de nuestras frentes se evapora, nos tenemos que refrescar en la orilla, sobre la tabla de surf o sobre una roca, cerca del agua. Buscando la ola que nos refresca y luego llueve, llueve.

Todo circula, como el agua, como la tierra, como la vida, como la muerte. 

De polvo está hecha la muerte, de agua la vida, y cuando llueve siempre se mezclan buscando la ola, la ola que siempre llega a la arena, a la tierra, al polvo, al alma y suspira. Un camino lleno.

Blanca Quesada

El juego del corro 

Joaquín Sorolla

Un juego de niños. Hacíamos un corro entre todos y cantábamos.
Jugábamos hasta que mamá nos llamaba. Las horas eran minutos. Salíamos del mar con las yemas de los dedos arrugadas. El tiempo nos parecía poco, todo iba más rápido de lo que queríamos.
Pero ya han pasado tantos años, antes no contábamos el tiempo, lo vivíamos, el reloj no existía y ahora cada segundo, se convierte en un aroma, un sabor, una palabra, un recuerdo valioso y fugaz, como la vida.
Cogidos de las manos hacíamos un círculo y saltábamos las olas mientras cantábamos: Yo tengo un castillo, matarile, rile, rile, yo tengo un castillo matarile, rile ron ¿dónde están las llaves Matarile, rile, rile? En el fondo del mar, matarile rile, rile, en el fondo del mar, matarile rile ron ¡chimpón!
Y nos zambullíamos a buscar las llaves del castillo sin necesidad de haberlas escondido ¡Qué maravillosa alegría!
Y ahora yo estoy en una silla de un hospital cualquiera, no importa en qué lugar, acompañando y contándole a una anciana lo que hacíamos cuando éramos pequeños.
La sonrisa que se dibuja en su carita y sus últimas palabras me dicen que está de nuevo soñando en el paraíso.

¡Hasta mañana! Matarile, rile ron ¡chimpón! 

Blanca Quesada

El dolor que cabe en un alma es para los vivos

– Recorrí el pasado y el futuro enteros y elegí mi presente. Grité «¡Estoy entre ustedes!» y nadie me oyó. Dije «Estoy bien» y nadie me escuchó. Toqué tu brazo y no me sentiste. 

Siento su puño en mi estómago, sé que es ella y este es el mismo vómito que cuando su cuerpo estaba formándose dentro de mi ser. Ahora me golpea la locura de no verla nunca más.

– ¡Y no me ves!

 Ahora es un poco más que un ser sin cuerpo, ya sabe que no tiene sombra. Es un fantasma. Está buscando su lugar y puede recorrer la eternidad en un segundo; eso marea, da náuseas, las mismas que yo siento, somos dos partes separadas con el mismo vértigo. 

– Las sensaciones son las mismas. El dolor inmenso. El terror que supone crearse de nuevo. La sorpresa de lo etéreo.

Puedes ir a cualquier lugar, recuerda que es por el este, por el tuyo, es por donde nace el sol. Míralo desde lejos. Estás acompañada, lo sé y yo siempre permaneceré en la mañana. 

– Estoy despidiéndome, construyéndome en otro lugar, eligiendo la mejor de las opciones, sintiendo lo mismo que tú, somos parte de una misma molécula para siempre. 

Estamos en distintos colores, mamá: yo en el amarillo claro del principio de los momentos y tú en el rojo de la vida, la sangre. 

Soy su madre, me siento tan triste que no me cabe el dolor en las palabras ¡Hija, hija! 

– Podemos estar en la misma calle, en la misma dimensión, en el mismo sitio, estamos una dentro de la otra, cuando tú vas a la izquierda, yo también lo hago ¡Y no me ves! Mírate dentro, soy como tu espejo. Pude escapar de mi cuerpo. Recorro los espacios infinitos con sus nuevas dimensiones.

Elegirá bien, cómo ella sabe. La vida es una perpetua reconstrucción de objetos rotos, momentos huidos y caminos recorridos. Ahora sé que el sol es distinto cada vez y descubrimos la senda de cada día, como ella el universo ¡Vuela alto mi niña!

– Mi alma como un globo surca el cielo áureo, sobre un viento suave.

El dolor que cabe en un alma es para los vivos. Lo vio todo, nos ve a todos ¡Qué bello es el ojo de mi hija! 

–  ¡Mamá estoy bien, muy bien!¡ Estoy en Júpiter familia! En el planeta más grande, en la luz del día. 

El ojo que ves, no es ojo porque tú lo veas es ojo porque él te ve.

Blanca Quesada

Juntos

Cavalière dans le bois – – René Magritte (1898 – 1967)

Me enderecé lentamente, abrí los hombros y después los sentidos, casi oí su corazón, juntos.  Yo a su grupa y él dentro de mi alma, los dos galopamos, nada pesaba, ligeros atravesábamos los enormes espacios que separan los átomos, entre la arboleda, las piedras, los ríos. Éramos uno, como el universo, superando etapas. Descubriendo cada dimensión. Terminando ciclos
La realidad era un lienzo.
La óptica del ahora me salvó de la locura.
Por fin las plantas siguen creciendo.

Blanca Quesada

En nuestra memoria para siempre

Pasa a través de la rendija de la mañana una luz que inunda la habitación, la cortina levanta su vuelo con la suave y delicada brisa del otoño, amanece de nuevo. El sol ya salió y comienza un día largo, lento, lleno de quehaceres. Primero deslizarme sobre las sábanas hasta llegar a las mullidas zapatillas y con pausa abrir de par en par la ventana, ver el campo y saber desde lejos que la tierra está blanda y la hierba mojada.

Escojo la ropa adecuada para pasear por este paraje acabado de estrenar. La elipse sigue su curso, los astros no paran. Camino como ellos, tranquila, entre el sueño y la vigilia.  Pienso todavía que un café o un chocolate estaría bien.

Mañana, tarde y noche y otro día más. 

Los zapatos para caminar y la técnica universal: la vida y la muerte, el día y la noche, el sol y la luna, junto a ellos los eternos aforismos humanos. 

Después de tantas horas sigues aquí y para siempre, en mis recuerdos.

Te fuiste bien pertrechada, como un guía para los caminantes, una aliada para los amigos, una líder para los compañeros. Una capitana para su equipo. Como un caracol para un largo viaje. 

Naomi, derramaste e inundaste para siempre con tu luz nuestras pequeñas vidas.

Me parece increíble que yo siga teniendo cuerpo y eligiendo paso a paso mis entretenimientos, mi función, mi oración y devoción. Buscando el horizonte desde todas las cosas, mientras tú, Naomi, sin perder el norte, con las botas puestas, preparada, segura, saboreando, eterna como el mismo sol, veo tu gesto de complicidad al final de las escaleras, recorriendo segura tu camino hasta el arco iris, plena, mientras el cielo llueve sobre «El camino de las peras»

Como el universo, infinita.

Nota de la autora.

Un ángel llamado Naomi nos guía. Gracias por tus abrazos, por tus palabras, por tus gestos, por tu risa. Gracias por el corto e intenso tiempo que nos dedicaste, nos consagraste a todos, nos destinaste a valorar lo importante. Sabemos ahora, que alguien así de maravillosa se merecía un lugar sin límites, sin espacios. Un lugar aún mejor. Gracias. Sé que tus alas nos sitúan a todos en el amanecer de cada día.

A la memoria de Naomi Mendoza Peralta (2006 -2023). 

Blanca Quesada

La cajita de música

La gaveta de mi abuela era grande como su amor, guardaba libros, pañuelos y una caja que se abría y tocaba la música favorita de mis abuelos. Un ritmo alegre que ponía de pie a una bailarina frente al espejo.

Recuerdo que siempre que la escuchaba ella se recostaba en su almohada con los ojos cerrados y su leve sonrisa. Tan dulce. Soñando, quizás que Nicasio, su amor, estuviera cerca acariciando su blanco y suave rostro.

No conocí a mi abuelo, pero sí el regalo musical «Para Elisa» que sonaba cada vez que se abría la cajita.

Él murió muy joven. Ella se quedó sola cuidando a mi madre. La niña entonces tenía un mes.

Abuela trabajó mucho para ser fuerte y ayudó a mamá a construir seres invencibles, entusiastas y alegres.

Crecí con sus besos en mi frente, estaba contenta con sus nietos; nos llenaba de buenas noches tranquilas, de buenos días con zumo de naranja llenos de risas y de buenas tardes de paseos y juegos.  Sabía que su ser iría conmigo siempre.

Abuela, como la bailarina, ahora descansa en el trinchante de casa de mis padres que bailan a su mismo ritmo. Felices.

Blanca Quesada

Vacio

Maddalena penitente Tiziano

 Un lepisma, un gusano, una lombriz, poca cosa. Así me sentí siempre: insignificante. La pesadilla se repetía.

Esos bichos que viven en lugares húmedos y oscuros como la angustia y el dolor punzante. La desesperación hizo que le diera la oportunidad a mi ser de sentir tantas veces como pudiera. Un garabato de vida. Te lo he dado todo.  No tengo más.  Mi alma es como de celofán.

Junto a la desesperanza la mirada perdida y rezagada en el ruego al cielo. Y me despierto añorando la paz en el corazón, deseando recuperar el amor que di. Y ahora, al final sin sueños que vivir, sin nada pendiente, tan solo la impotencia y la desolación enterrada en la mayor de las tristezas. Cállate, ni las lágrimas son buenas. Cállate mujer, no llores, me digo a mí misma, no grites, cada vez que nos acercamos a la verdad desalojamos al mundo de la muerte, del dolor, de la ira y colocamos números y letras. Es entonces cuando veo el insulto de la inteligencia ante el verbo penitente.

Culpable de lo que ocurre y de lo que no ocurre: porque si yo hubiera dicho o hecho, entonces aquello jamás hubiera ocurrido. Amamantando el padecimiento continuo, mirando con impotencia, gimiendo pececillos de plata. Hundidos en la congoja, en la desolación mientras las plagas siguen creciendo en el fondo del oscuro pozo negro.

Sin calma, sin consuelo, solo queda implorar al cielo.

Blanca Quesada