La leyenda del aguador

Hay días en los que uno se siente menos que nada. Aseguran, los que han padecido esa sensación, que aun brillando el sol es como si todo estuviera nublado. Gris. Por dentro y por fuera. Son esos momentos de desánimo en los que la pregunta es ¿Para qué intentarlo? Momentos en los que estamos a un tris de tirar la toalla.

Ese era el estado anímico en el que me encontraba aquel día. Habían pasado ya seis largos meses después de que hubiese recibido la fatal noticia. No voy a decir que estuviera recuperado del impacto que la misma me había causado, pero lo intentaba. En mi mente seguía grabada aquella recomendación: «Viva», con la que mi médico me había querido aleccionar en su momento. Desde entonces, las agujas de mi reloj habían avanzado de un modo diametralmente opuesto a las del resto del mundo. El orden de las cosas importantes había variado. Durante todos aquellos meses me había dedicado a poner en orden mis asuntos: formalizar el testamento ante notario, visitar a familiares alejados y amigos casi perdidos… También quise echar un último vistazo a la entrañable escuela de La Salle donde había iniciado mis estudios. Finalmente, recordando un casi olvidado sueño de juventud, decidí que tan sólo me quedaba una cosa por hacer: conocer la ciudad de Oran. No sabía el porqué de aquella fijación, pero decidí que ya era hora de cumplir el viejo deseo.

El viaje en avión hasta el aeropuerto de Es Senia, fue de menos de dos horas y, pese al destartalado taxi que me tocó en suerte, fue relativamente cómodo el trayecto de siete kilómetros que me separaban de mi destino.  Me alojé en el Khalid, un discreto hotel situado entre la montaña y el antiguo puerto, justo en medio del laberinto de callejuelas que constituyen el encantador barrio de Sidi El Houari, corazón y símbolo de Orán.

Cuando desperté, después de una breve siesta, el atardecer comenzaba a cubrir con un tenue velo dorado las colinas y la brisa del mar a mitigar el cálido aire proveniente del desierto, tan cercano. Eran las últimas horas de la tarde y las calles comenzaban a estar muy transitadas.

Como si quisiera huir de mí, o más bien de mis demonios, decidí perderme entre la multitud para deambular sin rumbo con el ánimo explorador de cualquier turista, admirando construcciones tan notables como el antiguo instituto Saint-Louis o la mezquita de Hassan Basha.

Así, entretenidos mis ojos con la novedad y la mente con sus pensamientos, no fue hasta luego de un rato que comencé a sentir sed.  No parecía haber ningún café a la vista y para mi desgracia, la gran mayoría de grifos públicos de aquella ciudad no suministraban más que salmuera. El remedio a mi necesidad lo constituyó un anciano aguador que para mi suerte pasaba en ese momento por la calle. Portaba a sus espaldas un cántaro lleno de agua y cada dos por tres se paraba haciendo repiquetear unas campanillas a la vez que ofrecía a todo aquel que lo demandara el preciado líquido.

Acepté agradecido una taza y mientras me deleitaba con su frescor no pude evitar dejarme embriagar por su plática amena a la vez que sencilla. Me habló de todas esas personas que como yo se habían olvidado de lo fundamental. De los que perseguimos la propia felicidad como un fin en sí y al dinero como máximo símbolo del poder, sin advertir que en ocasiones es un simple sorbo de agua fresca el que marca la frontera entre lo trivial y lo verdaderamente importante.

Cuando volví a la realidad estaba ya entrada la noche y el aguador había desaparecido. Sentí que el peso de la zozobra se había diluido y que ahora era una profunda paz lo que se había instalado en mi corazón. Enjuagué y coloqué la preciosa tacita de cobre junto a las otras que ya colgaban de mi pechera. Volví a afianzar a mis espaldas el recipiente con agua y me dispuse a continuar el camino que ya otros muchos antes que yo habían recorrido.

Cuenta la leyenda que por las calles del Orán anda un aguador que no reparte tan solo agua sino también sosiego.

Sergio Ruiz Afonso

Historias de agua

La tormenta estaba allí, una ráfaga de agua azotó la puerta en la habitación de huéspedes, aquella cuya puerta ancha cierra mal. El agua que esperábamos se deslizaba por debajo de la puerta. Había que bloquearla, la taponamos con toallas.

El agua que esperábamos, el agua que empapó todas las paredes del apartamento. Cuando redescubrimos nuestro apartamento después de treinta años de ausencia, todas las paredes estaban invadidas por una geografía de manchas provocada por la lluvia que había penetrado las paredes de fachada. Hoy no era más que un recuerdo, pero también un temor, hemos hecho pintar todo, pero el miedo subsiste, los trabajos están programados para la primavera. 

Toda la noche el viento hizo vibrar las ventanas y la tempestad desató sus escalofriantes golpes de lluvia.

Al despertar, el sol estaba allí a su vez, brillaba insolentemente, para mostrarme mejor la firma que una paloma había dibujado en medio de mi ventanal. Tuve que salir a la terraza transformada en un pequeño estanque lleno del agua de la víspera para limpiar este dulce regalo que la pobre bestia, sin duda asustada, había proyectado sobre el vidrio. Un cubo entero de agua sirvió para eso.

Podría cerrar aquí este pequeño drama acuoso, pero al final no fue un drama. Primero las paredes resistieron perfectamente, nos tranquilizamos, el viento secó rápidamente todos los problemas. Nuestra bahía está limpia de nuevo sin tener que recurrir a costosos limpiacristales y la pobre paloma por cierto se recuperó, viendo todos los días a sus congéneres bailando en medio de la avenida.

Y eso no es todo, ese día un buen número de litigios administrativos que se perdían lamentablemente en los laberintos de la administración local se resolvieron rápidamente como por milagro.

Bebimos alegremente un gran vaso de agua a la salud de la diosa acuosa.

Jean Claude Fonder

El muro

Las curiosas
Eugene de Blaas (1843 – 1932)

—¡No me lo puedo creer! —exclamó María, encaramada en una pequeña escalera de madera, de puntillas para ver mejor al otro lado del muro.
Desde que trabajaban en la villa, la pared que cercaba el jardín les intrigaba, los ladrillos eran antiguos, un manojo de hiedra caía de este lado como un mechón de pelo que habría que volver a peinar. Una planta arborescente con pequeñas flores malvas y olorosas lo superaba y aumentaba el misterio que se cernía a su alrededor. Era otra propiedad, muy grande, daba al canal y estaba totalmente rodeada por este muro: no se podía ver en el interior, una amplia puerta de madera permitía el único acceso por carretera y sin pasar por el canal no se veía ninguna morada.
A veces, cuando ellas se acercaban a lo largo del muro, podían oír leves ruidos ahogados muy extraños y difíciles de identificar. ¿Quién podía vivir allí? ¿Quién mantenía el jardín?. No se podía hablar de ello y nadie quería informarles.
Aquella mañana, los señores marqueses debían ir a Venecia con la barca por el canal de la Brenta, prácticamente todo el servicio los acompañaba. María y Giulia tenían su día libre y estaban decididas a descubrir qué había y qué pasaba más allá del muro. Evidentemente, existía el riesgo de que no hubiera nadie o que, por el contrario, las estuvieran esperando. Pero no podían más de la curiosidad, la oportunidad estaba ahí y había que aprovecharla.
Se habían vestido bien y se habían maquillado, Giulia había anudado alrededor de sus hombros un espléndido pañuelo rojo, nunca se sabe. Gallardamente, con la falda levantada, habían sacado la pequeña escalera de madera que conservaba el jardinero y en camino hacia el famoso muro.
—¿Qué ves entonces? —preguntó Giulia.
—¡No puedo decirte nada, vámonos, antes de que nos vean! exclamó María, toda roja y asustada.
Y corriendo, volvió a llevar la escalera al cobertizo del jardinero.



Jean Claude Fonder

Los niños

La niña que quería sentarse en el sillón

Blanco, el decorado era blanco, las paredes eran blancas, la alfombra en la que la niña estaba sentada entre sus juguetes, era blanca, el sol deslumbraba tanto que todo era aún más blanco, y el sillón de mimbre donde estaba instalado el osito llamaba la atención violentamente.

De repente, la niña que apenas podía caminar se levantó sobre sus dos pequeñas piernas ligeramente dobladas y corrió cojeando más de lo que caminaba y se precipitó hacia la silla, evitando casi la caída hacia adelante. Apoyándose en la silla, tomó el osito por el brazo y lo tiró al suelo, llorando. 

La madre, que cocinaba en otra habitación, llegó preocupada.

– ¿Qué haces aquí? Está bien caminar sola, pero espera a que llegue.

Puso de nuevo a la niña en la alfombra, y ella empezó a gritar. Luego, sin dejar de jadear, gritando con rabia, se levantó de nuevo y esta vez ante su madre alcanzó la silla e intentó, en vano, trepar sobre ella.

Entonces su madre la ayudó a subir, y la pequeña se sentó bien derecha en el asiento demasiado grande para ella, luego extendió los brazos hacia el osito. Su madre lo instaló en sus brazos demasiado pequeños y ella, como una reina en la blancura dorada de la habitación, lució su mayor sonrisa.

Jean Claude Fonder

Los niños de calle Garibaldi, nº 18 

Dali 1935, Para mujer con cabeza de rosa

Mi abuelo Antonio y su hermano Giovanni, con las respectivas familias, vivían en el n. 18 de la calle Garibaldi. Antonio tenía once hijos y Giovanni ocho.

A través de un majestuoso portal de madera se entraba a un gran patio de gravilla que separaba las casas de las dos familias.

Eran casas muy sencillas. En la planta baja una cocina grande y un cuarto utilizado como despensa para conservar queso, salame y vino. Una escalera externa de madera llegaba a los dormitorios que en fila se asomaban al patio de gravilla. Cada uno de los hermanos tenía su proprio granero, chiquero y establo.

Un columpio colgado desde el granero de Antonio y un viejo y pequeño automóvil de pedales de hojalata convertían el patio en un Disneyland para los hijos de la contrada.

Con el pasar del tiempo todos los hijos de los hermanos se dispersaron por el mundo, pero, en verano intentaban regresar o, por lo menos, permitir que sus hijos de transcurrieran las vacaciones en la casa natal.

Aquí empieza la historia que aún hoy en día circula entre los últimos restos de nuestra familia.

Era la hora de la siesta de un asoleado y lejano verano. El patio de gravilla era un hervidero de niños. Un jaleo increíble. Se oía cantar, reír, pelear, llorar.

El abuelo Antonio era un buen hombre, muy estimado por su aura austera, consideraba la siesta un tiempo sagrado e inviolable. De golpe, asomándose a la ventana de su dormitorio gritó con su voz de trueno:

– ¡Los que no se llaman Menegoz que se vayan pronto a su casa!

Siguió un silencio irreal. Nadie se movió. Parecían figuritas de un belén. Los niños pequeños miraban hacia el abuelo con caritas asustadas. Los más adultos murmuraban sonriendo. Pasaron algunos minutos.

– ¡No puedo creerlo! – dijo el abuelo llevándose las manos a la cabeza. Echando una sonora carcajada gritó: ¡Son todos nuestros, todos nuestros!

Iris Menegoz

Breve reflexión sobre dos mundos

Mundo n. 1. En la década de los sesenta

Éramos cinco. Los niños de uno de los edificios de esa avenida arbolada, cerca de Porta Venezia. Aún recuerdo sus nombres: Andrés, María, Mateo, Gabriel y yo, Isabel. ¿Nuestra edad? Ocho años. Todos asistíamos a la misma escuela primaria, muy cerca de donde vivíamos, pero en diferentes clases, ya que en aquella época los niños estaban separados de las niñas.

Había que divertirse con pocas cosas, no teníamos videojuegos, teléfonos móviles, ordenadores, y lo que nos alegraba era que nos encontrábamos después de cenar, sobre las nueve de la noche, en la acera, bastante ancha y larga, y empezábamos nuestra diversión,: competir con nuestros patines de ruedas o dibujar con tiza en la acera un rectángulo dividido en siete cuadrados en los que había que saltar sin tocar los bordes. Aunque nos peleábamos o nos ofendíamos a veces con palabras duras, seguíamos siendo amigos. Parecía un mundo tranquilo. Hasta el día en que María fue hospitalizada para que le extirparan las amígdalas. Todos esperábamos que volviera a casa, pero su madre nos trajo muy malas noticias. María había muerto a consecuencia de la anestesia. El dolor fortaleció aún más nuestra amistad.

Mundo n. 2 – Período 2015-2023

Hoy sólo quedamos dos; Andrés y yo seguimos viéndonos de vez en cuando, acordándonos de nuestra infancia y comparándola con la de los niños de hoy en día. Soy la única del grupo de los cinco que sigue viviendo en el segundo piso de ese edificio. Ahora hay niños allí, también son cinco y van a la misma escuela que yo y mis amigos en los sesenta. Dos niños son filipinos. Los veo desde la ventana de mi salón, cuando vuelven del colegio; rara vez vuelven en grupo, suelen ir acompañados de una niñera o de los abuelos. Ya no juegan en la acera, tienen muchos compromisos: el colegio, los deportes, los cursos de idiomas u otras actividades, en su tiempo libre juegan solos, con sus tabletas. Me pregunto si serán tan felices como nosotros. Yo misma me contesto que sí, creo que son felices a su manera, los niños saben cómo hacerlo porque todo ha cambiado, pero nada es diferente, los niños siguen siendo niños.

Raffaella Bolletti

El juego del corro 

Joaquín Sorolla

Un juego de niños. Hacíamos un corro entre todos y cantábamos.
Jugábamos hasta que mamá nos llamaba. Las horas eran minutos. Salíamos del mar con las yemas de los dedos arrugadas. El tiempo nos parecía poco, todo iba más rápido de lo que queríamos.
Pero ya han pasado tantos años, antes no contábamos el tiempo, lo vivíamos, el reloj no existía y ahora cada segundo, se convierte en un aroma, un sabor, una palabra, un recuerdo valioso y fugaz, como la vida.
Cogidos de las manos hacíamos un círculo y saltábamos las olas mientras cantábamos: Yo tengo un castillo, matarile, rile, rile, yo tengo un castillo matarile, rile ron ¿dónde están las llaves Matarile, rile, rile? En el fondo del mar, matarile rile, rile, en el fondo del mar, matarile rile ron ¡chimpón!
Y nos zambullíamos a buscar las llaves del castillo sin necesidad de haberlas escondido ¡Qué maravillosa alegría!
Y ahora yo estoy en una silla de un hospital cualquiera, no importa en qué lugar, acompañando y contándole a una anciana lo que hacíamos cuando éramos pequeños.
La sonrisa que se dibuja en su carita y sus últimas palabras me dicen que está de nuevo soñando en el paraíso.

¡Hasta mañana! Matarile, rile ron ¡chimpón! 

Blanca Quesada

El camino de las Margaritas

Casi al filo de las cuatro de la tarde, una menuda figura de apariencia octogenaria y andar apresurado avanzaba por la floreada vereda con los ojos puestos en el destartalado banco de madera que se encontraba al final de la misma. A pesar de su edad, andaba con paso decidido con un único fin: contemplar, en recogido silencio, como jugaban los niños.

No participaba activamente, tan solo miraba. Le encantaba simplemente verlos jugar y éste era, prácticamente, su único entretenimiento. Por eso, todas las tardes, a eso de las cuatro, se acercaba hasta el parque infantil situado a un tiro de piedra de su domicilio y tomaba posesión de aquel despintado banco, siempre el mismo, porque a su modo de ver era desde el que mejores vistas tenía para disfrutar de aquel bullicio.

Verlos correr despreocupados era más una necesidad vital que una satisfacción. Literalmente, le inyectaba vida. En esos momentos, su corazón palpitaba de otro modo y su usualmente apagado rostro se iluminaba con una tenue sonrisa. Un observador superficial podría haber concluido que tan sólo se trataba de otro viejo aburrido del montón, pero la realidad era que, en el límite de sus años, al igual que un vampiro se alimenta de la sangre de sus víctimas, él lo hacía de las emociones que le transmitía el juego de aquellos mozalbetes; de hecho,  ni tan siquiera los estaba viendo a ellos, sino  a la nostálgica visión de lo que él mismo había sido en su infancia.

Recordaba que aquella vereda de flores, conocida como Camino de las Margaritas, había sido el paseo que todos los sábados anduviera y desanduviera acompañado de sus padres, que se sentaban en aquel mismo banco a vigilarlo, y el parque infantil que tenía ante sus ojos el escenario de sus propias aventuras infantiles.

Le parecía todo tan real…

Sucedió que, esa desapacible tarde, el anciano observo alarmado que los pequeños se retrasaban en acudir a la sagrada cita. Comido por la impaciencia, pero sin perder la esperanza de que de un momento a otro, riendo y saltando aparecieran como siempre para contagiarlo con su inocente alegría, resolvió esperarlos sin importarle lo que tardaran.

Y allí permaneció, sentado, con la mirada clavada en el parque infantil ya solitario y huérfano de risas, tan sólo acompañado por el silencio, hasta casi las diez de la noche.

Fue esa la hora en la que el vigilante del parque, en el curso de su última ronda, todavía sentado en el viejo banco, se lo encontró muerto. 

Sergio Ruiz Afonso

Los niños de la escritura

-¿Estás escribiendo? 

-No, en realidad no logro hacerlo: tendría que escribir algo sobre los niños, pero no me siento capaz… 

-¿Pero… a ti los niños te gustan, no?

-Me encantan… pero sabes que en mi vida nunca he logrado parir mis hijos. 

-Ya, lo siento: te he hecho una pregunta estúpida. 

-¿Te acuerdas, verdad? La primera vez ya estaba en el tercer mes de embarazo, y lamentablemente él y yo le habíamos contado a todos que iba a llegar el niño. ¡Cuántos sueños, cuántos proyectos!  Ya estábamos eligiendo la cuna y los muebles para la habitación del niño, y yo haciéndole suéteres…

La ginecóloga no quiso hacerme pagar la visita para darme la mala noticia. En cambio, cuando llegué corriendo al hospital, la enfermera me preguntó si era yo la señora de la que la doctora le había hablado por teléfono, la que tenía que hacer la curación uterina por el aborto espontáneo.  Y me lo preguntó sonriendo, como si fuera algo normal.

-No pienses en eso, querida, ¡sólo te vas a poner más triste!

-No, escúchame. La segunda vez, ya tenía casi cuarenta años, acababa de darme cuenta de que estaba embarazada desde un par de días, cuando de repente ese niño también desapareció para siempre. Otra vez fui al hospital, y mi segundo y último niño se fue…

-Ven aquí, querida, que te abrazo… Y acuérdate de que todas tus amigas te queremos, ¡no sólo yo!

– Ya… ¿Y sabes qué?  Algunas de nuestras amigas en estos últimos años se están convirtiendo en abuelas, y es verdad que a veces se quejan, se sienten cansadas y dicen que tienen que renunciar a sus cosas, pero los nietos son sus tesoros, su nueva vida casi, mientras que yo nunca los tendré. ¡Ni siquiera me acuerdo de cuándo fue la última vez que cogí un bebé en mis brazos! 

-Es verdad, pero trabajaste durante muchos años en la escuela de niños, pudiste cuidarlos, darles cariño, hacer esfuerzos por ellos. Les has dado muchísima energía y has dedicado tus capacidades para las nuevas generaciones, recuerdo que eso fue un consuelo para ti… 

-Ya, pero era un trabajo. Simplemente un trabajo.

-No digas eso: era mucho más… Y además tú escribiste cuentos y libros para ellos, donde los personajes son niños.  Y los creaste tú, o sea que de alguna manera son tus niños, tú eres la madre de los personajes que viven en tus historias, que muchos chicos han conocido a través de tus libros. La escritura puede darnos lo que la vida no nos ha dado, puede mantener vivo algo que la vida nos ha quitado. Es más: ¿Sabes lo qué te digo? Que no es verdad que tú no tienes hijos: los tuyos son los niños de la escritura.

Silvia Zanetto

Otra infancia

Todos pensaban que desde que la niña había mojado las bragas de sangre ya no era niña. Ella siempre había creído lo que le habían enseñado, y en eso pensaba mientras volvía por el camino de barro que, de la choza que hacía de escuela, la conducía a otra choza que se asemejaba a una casa. Todos pensaban que visto que la niña ya no era niña no podía seguir compartiendo con la familia aquel mundo de escasez y retortijones de hambre, todos estaban convencidos de que tenía que echarse a probar suerte en algún otro sitio, encontrar quien pudiera mantenerla. También la niña lo creía, así le habían enseñado, por eso cuando aquel hombre se le acercó a la salida de la choza que hacía de escuela, le permitió que la acompañara por el camino de barro y que le hablara de colegios con paredes robustas y de casas con grifos donde no había que caminar quilómetros para recoger el agua o para cultivar un campo de mandioca. Ninguno en la barriada decía nada cuando veían a una niña tan pequeña y menuda desparecer bajo la sombra imponente de aquella montaña de carne que sin mucho sigilo se deslizaba junto a ella. Y la niña, con ojos asombrados de niña, aceptaba las ofrendas de café y chocolate, las galletas de arroz azucaradas y las cintas multicolores que el hombre, con sus manos torpes y marchitas, le ataba en la punta de las trencitas que le cubrían la pequeña cabeza. Todos pensaban que desde que la niña había mojado las bragas de sangre ya no era niña y que la vida de toda la barriada habría de mejorar con aquella especie de boda repentina. Y la niña estaba casi convencida, antes de marcharse con él.

Adriana Langtry

El Hospicio

La casa de limosnas en Antwerp
William Logsdail (1859 – 1944)

El edificio, de ladrillo, está viejo y ennegrecido por el humo del puerto, el pavimento desmantelado del patio está invadido por las hierbas, el antiguo lavadero está cubierto de moho, pero el ambiente es alegre, las mujeres jóvenes en zuecos cantan y charlan trabajando. Lavan alegremente los platos y secan la ropa en cualquier lugar. Las plantas con flores obstruyen el espacio con sus hojas y sus brotes nacientes, un hermoso árbol emerge sobre el muro, los rayos de color gris azul de un cielo donde los blancos cúmulos se amontonan ampliamente. Dos palomas revolotean antes de aterrizar en este lugar donde la vida abunda, una anciana frente a la puerta sentada con el libro abierto en su regazo enseña a leer a una niña que ha dejado su juguete tirado en una esquina.

—¿Cuánto falta para llegar? —pregunta la joven Baronesa, completamente vestida de rosa, con una bufanda azul pálido enlazado alrededor de su cuello por un broche de camafeo y que vuela detrás de ella con el viento. También debe sujetar con la mano un canotier que cubre su moño posado gallardamente sobre su sonrisa juguetona.
Su compañera de traje rojo con falda larga, un melón bien plantado en su cabeza conduce rápidamente un pequeño cabriolé que petardea en los nuevos bulevares de la ciudad.
Nos acercamos, —responde —el hospicio no está lejos. ¿Tienes dinero contigo?
—Por supuesto, mi padre me dio el dinero del mes, y sabes que antes de ir de compras y grandes almacenes, me gusta pasar por el hospicio y darles algo. Hay que hacer caridad, ¿no?



Jean Claude Fonder

Amor Fantasmal

Siiiii … el calor amoroso de tu cuerpo inflama mi dolorosa espalda. Siento, veo la dulzura de tus curvas vertiginosas.

Siiiii … tu aliento anhelante excita todos mis sentidos. Mi cuerpo cansado se despierta. Mi sangre se calienta y provoca una reacción que ya no esperaba.

Siiiii … tus palabras tiernas y ardientes penetran mis pensamientos como una poesía fulgurante, irresistible, definitiva. … te amooo.

Nooo, ¿por qué me despiertas? ¿No ves que estoy con mamá?

Jean Claude Fonder

¿Fantasma?

Dali 1935, Para mujer con cabeza de rosa

No creo en los fantasmas.

En aquellas tristes inverosímiles siluetas que, llevando sábanas blancas y arrastrando cadenas oxidadas van por la noche intentando asustar ingenuas víctimas.

Temo otro tipo de fantasmas, mucho más escurridizos que, por la noche, siempre buscan una forma de colarse dentro los pliegues de la almohada mientras estás esperando que las «gotas mágicas» empiecen a surtir su efecto. Son super rápidos. Basta muy poco. El eco de una música, la imagen de una cara, el sonido de una voz.

Son los fantasmas del pasado.

Son los recuerdos. Los felices te aportan melancólica nostalgia. Los angustiosos te hacen aflorar rabia y dolor.

EI  corazón aumenta sus latidos. El sueño tarda en llegar a pesar de las «gotas mágicas» que te miran desde la botellita sobre tu mesita de noche.

Iris Menegoz

Fantasma

Dali – El sueño

De niño veraneaba en la casa de campo de mi abuela materna. Era una antigua casa en dos plantas que constaba de dos pisos, un comedor con chimenea, una enorme cocina, cuatro habitaciones, un baño. Me acuerdo que la abuela solía decir, a mis primos y a mí, que en la casa vivía, desde siempre, un típico fantasma, con una sábana blanca y que era él quien producía los ruidos que oíamos por la noche. Yo siempre he creído en las presencias fantasmales. Pero negaba la presencia del fantasma, de ese fantasma, y, al contrario de mis primos, no tenía miedo de él, es más, me habría gustado conocerle.

Al volverme adulto me di cuenta de que los fantasmas no son los que llevan sábanas blancas. Parafraseando parte del título de un libro puedo decir que es verdad que los fantasmas llegan sin avisar. Y llegan, siempre llegan, aunque no los veas. Yo mismo tenía muchos fantasmas revoloteando por mi casa y por mi mente. Problemas no resueltos, malas experiencias, un pasado complicado. Por fin me enamoré. Francisca era una chica guapa, alegre, que me hacía sentir bien, los fantasmas desaparecieron. Vivimos tres años en un pequeño apartamento alquilado, en un barrio tranquilo de la ciudad de Milán. Un día, de pronto y sin ninguna razón aparente, Francisca se fue sin dejarme ni una carta, ni un mensaje. Esta repentina fractura de lo normal, y la paralizadora sensación de pérdida y de soledad que llevaba a cuestas, hicieron que poco a poco la depresión se apoderara de mí. Empecé a perder interés en todo, también en el trabajo, que tanto me gustaba. Me despidieron y me quedé sin sueldo y sin la posibilidad de hacer frente a los gastos. Así que dejé el apartamento y sin hogar me convertí en un vagabundo. Un vagabundo entre los muchos vagabundos y pordioseros que poblaban las calles. Hoy, como todos los días me aproximo, allí donde me esperan; el lugar donde encuentro a los invisibles de la ciudad, como soy yo, haciendo cola para un plato de comida, o para ducharse. El lugar está al alcance de los zapatos pero yo no puedo llegar. Hoy no. Hoy no busco comida, camino hasta la esquina, me detengo un rato, miro a los paseantes; ellos miran, pero no ven que yo ya estaba allí, pasan, no se detienen, yo saludo y ellos me ignoran. Ya no me importa, ya lo he comprobado. Nada ni nadie puede convertirme en fantasma, ya lo soy.

Raffaella Bolletti

El dolor que cabe en un alma es para los vivos

– Recorrí el pasado y el futuro enteros y elegí mi presente. Grité «¡Estoy entre ustedes!» y nadie me oyó. Dije «Estoy bien» y nadie me escuchó. Toqué tu brazo y no me sentiste. 

Siento su puño en mi estómago, sé que es ella y este es el mismo vómito que cuando su cuerpo estaba formándose dentro de mi ser. Ahora me golpea la locura de no verla nunca más.

– ¡Y no me ves!

 Ahora es un poco más que un ser sin cuerpo, ya sabe que no tiene sombra. Es un fantasma. Está buscando su lugar y puede recorrer la eternidad en un segundo; eso marea, da náuseas, las mismas que yo siento, somos dos partes separadas con el mismo vértigo. 

– Las sensaciones son las mismas. El dolor inmenso. El terror que supone crearse de nuevo. La sorpresa de lo etéreo.

Puedes ir a cualquier lugar, recuerda que es por el este, por el tuyo, es por donde nace el sol. Míralo desde lejos. Estás acompañada, lo sé y yo siempre permaneceré en la mañana. 

– Estoy despidiéndome, construyéndome en otro lugar, eligiendo la mejor de las opciones, sintiendo lo mismo que tú, somos parte de una misma molécula para siempre. 

Estamos en distintos colores, mamá: yo en el amarillo claro del principio de los momentos y tú en el rojo de la vida, la sangre. 

Soy su madre, me siento tan triste que no me cabe el dolor en las palabras ¡Hija, hija! 

– Podemos estar en la misma calle, en la misma dimensión, en el mismo sitio, estamos una dentro de la otra, cuando tú vas a la izquierda, yo también lo hago ¡Y no me ves! Mírate dentro, soy como tu espejo. Pude escapar de mi cuerpo. Recorro los espacios infinitos con sus nuevas dimensiones.

Elegirá bien, cómo ella sabe. La vida es una perpetua reconstrucción de objetos rotos, momentos huidos y caminos recorridos. Ahora sé que el sol es distinto cada vez y descubrimos la senda de cada día, como ella el universo ¡Vuela alto mi niña!

– Mi alma como un globo surca el cielo áureo, sobre un viento suave.

El dolor que cabe en un alma es para los vivos. Lo vio todo, nos ve a todos ¡Qué bello es el ojo de mi hija! 

–  ¡Mamá estoy bien, muy bien!¡ Estoy en Júpiter familia! En el planeta más grande, en la luz del día. 

El ojo que ves, no es ojo porque tú lo veas es ojo porque él te ve.

Blanca Quesada

La vigilia

La estancia permanecía en penumbras, apenas iluminada por la débil llama de un único quinqué que colgaba en una de las casi totalmente desnudas paredes.

Cinco hombres de rostro duro y mirada taciturna permanecían sentados alrededor de una recia mesa de madera. Sobre la misma, tan sólo una jarra de vino a medio llenar como único vínculo de unión entre ellos. Apenas hablaban, tan sólo bebían cortos tragos de sus respectivos vasos y de vez en cuando miraban con aparente temor el reloj que, desde el otro extremo del salón y por encima del profundo silencio que ahogaba el lugar, dejaba escuchar el tictac implacable que, segundo a segundo, aproximaba sus agujas a las doce de la noche.

Noche tras noche, desde hacía casi tres meses, ocurría siempre así. Permanecían sentados codos con codo hasta el amanecer. Sin necesidad de palabras. Con el único fin de prestar apoyo y compañía a Ismael, uno de aquellos cinco conjurados, dueño de la casa y protagonista de su desgracia.

Siempre pendientes del maldito reloj. Siempre pendientes de que al menos esa noche sonaran por fin las doce campanadas.

Como cinco condenados. Esperando un juicio que nunca llegaba.

Fatídicamente, cuando las dos agujas se juntaron sobre los números romanos que señalaban la duodécima, el mecanismo dejó de funcionar dando lugar, a continuación, a una serie de hechos inauditos que día a día se habían ido convirtiendo en rutina.

Uno de los hombres, justo el que se sentaba frente a Ismael, apenas pudo contener un gesto de asombro cuando, por un momento, le pareció ver algo parecido a una sombra que cruzaba el salón, muy cerca de donde se encontraban sentados. Pero fue una apreciación apenas fugaz y prefirió callar. Al punto, todas las luces de la estancia se encendieron al unísono e instantes después la leña de la chimenea prendió por sí sola en tanto que la mecedora dispuesta cerca de ésta, empezó una acompasada danza: hacia atrás y hacia delante. Una y otra vez. Hacia atrás y hacia delante.

Poco después, pareció parar por unos instantes, el fuego se avivó y nuevamente la mecedora comenzó a danzar.

Los hombres miraban en silencio en dirección a la chimenea sin atreverse a hablar, embargados por la superstición. 

Un poco más tarde, volvió la silla a parar su balanceo y de forma imprevista el retrato de la boda del atribulado Ismael, salió despedido desde la repisa de la chimenea, lugar sobre el que hasta ese momento había estado colocado, para estrellarse contra el suelo. 

Todos se levantaron sorprendidos, sobrecogidos sus corazones por el temor. Mirando con demudado semblante en dirección al portarretrato ahora roto sobre el pavimento.

Ismael se echó una vez más a llorar desconsolado y se revolvió en su asiento intentando levantarse.

– ¡Lucía, Lucía! ¡Es ella! ¡Seguro que es ella! repetía una y otra vez el nombre de su esposa recientemente fallecida, con voz desesperada.

Lo tuvieron que sujetar a viva fuerza y alguien le susurró en tanto le posaba una mano sobre el hombro obligándolo a sentarse nuevamente:

– Tranquilízate Ismael. Reza lo que sepas y pide para que los muertos descansen en paz.

Sergio Ruiz Afonso

Fantasma digital

Te veo en la foto de perfil con esa sonrisa socarrona de un tiempo, seductora y perversa. Entre Mona Lisa y Mefistófeles.

En medio de la noche llegan tus mensajes apremiantes, angustiosos, como quejidos lejanos. Vuelves a ser el manipulador que, con relatos tristes, intentas conmover y atraer a quienes se alejaron de tu pérfida influencia. 

Es imposible devolver las manecillas del reloj del implacable tiempo.

Apareciste en un chat cuarenta años después, como un fantasma juvenil. Es posible que te hayas quedado atrapado en una sesión de espiritismo de nuestra juventud. 

Vuelve a tu oscura dimensión. Adiós.

Maria Victoria Santoyo Abril

Ghostwriter

Sé que te parecerá extraño pero créeme, a veces llegan a oleadas como una ventolera. Los veo desde la ventana desplazarse con vertiginosa obstinación por el jardín. Y cuando bajo tan solo para despegarme por un instante de la computadora, aprovechan y se cuelan por las rendijas y  con  sus cuerpos deshilachados invaden mi despacho como blancas medusas. Entiéndeme. Están en todas partes. Han tomado posesión de la casa. Son los fantasmas de mis muertos, seres livianos, gaseosos que sin embargo conservan un peso consistente. ¡Tendrías que verlos! tan concretos como los anillos de Saturno, tan vibrantes como la luz que nos llega de los despojos de una  estrella. Créeme, a veces no me dan tregua, sobre todo cuando busco descanso. Van y vienen entreverando recuerdos, confesando secretos, equivocando presagios y franquezas. Tengo que ser sincera, por momentos me agotan. Quisiera de una vez por todas deshacerme de ellos. Y entonces salgo a caminar sin rumbo. Cumplo maquinalmente con los deberes del día o me distraigo contando las hojas de los árboles o hablando contigo por teléfono. No, por favor no te ofendas. Es que a veces estoy tan dolorida como si me hubiesen dado una paliza. Pretenden, sin piedad, que me ocupe de ellos. Te lo puedo jurar, no exagero. Y si no, se amotinan con furor de murmullos o, aún peor, se anidan envenenando mi pecho como un manojo de serpientes. Créeme, de solo pensarlo me estremezco. Por eso te pido que no insistas. No es que no quiera verte es que ahora no puedo. Exigen que termine cuanto ante de escribir sus memorias. Reclaman prepotentes los derechos de autor.

Adriana Langtry