¿Qué queda?

Cansada, cansada, cansada…

De mis arrepentimientos.

De mis imperfecciones que ya no puedo aceptar.

De sentirme inadecuada.

De que mi cuerpo ya no está en sintonía con mi mente.

De los cambios que no tengo tiempo de hacer.

Del dolor.

Del miedo.

De los espejos que reflejan otra persona.

De ver a mis hijos luchar contra las adversidades.

De no poder salvar a mis nietos de las decepciones.

De mis intentos inútiles de ser positiva.

De saber que de todos nosotros quedará solo un puñado de polvo y unos recuerdos distorsionados.

Una semana después 

Que bien, qué bien, qué bien

Hoy es un maravilloso día de sol.

La semana pasada siempre estuvo lloviendo.

Hoy por la mañana veré a mi hija que vive al lado del mar.

Por la tarde iré  al parque con mis nietos y los dos perros,  mientras ellos juegan yo descansaré  leyendo un libro y mirando la plantas que están  echando hojas y flores.

Por la tarde iré a visitar a una vecina mía de 98 años que necesita compañía, ella siempre me cuenta de su vida y de la guerra, sus cuentos me gustan mucho.

Por la noche una pareja de amigos vendrá a cenar y luego jugaremos a las cartas.

La vida puede ser muy simple y placentera, así que no me importa nada de lo que quedará de todos nosotros. Hoy no quiero desperdiciar un maravilloso día de sol.

Leda Negri

¿Qué queda?

Barbara se despertó y por primera vez, desde que Mario se fue, no se sentía triste y sin ganas de hacer nada, así que se levantó, se duchó y se desayunó. Antes de empezar a escribir la tesis decidió hacer un balance de su vida para cerrar el capítulo Mario y abrir uno nuevo. Empezó a pensar que le había quedado como primera cosa la capacidad de amar con toda el alma, aunque pudiera ser herida, la seguridad de que si esta vez había ido mal la próxima vez iría mejor, la voluntad y la fuerza di terminar sus estudios y encontrar el trabajo que siempre quiso hacer: médico especialista en enfermedades tropicales. Y después, dándose vuelta, vio a Rufus el gato de Mario, que se había quedado con ella y la miraba diciéndole: “por fin volviste a sonreír, él no merece tu llanto, yo no te dejaré nunca”. En ese momento un rayo de sol iluminó la carta a la que no había querido contestar, era una del Instituto de Salud de Milán, uno de los más importantes de Europa; le ofrecían, después de graduarse, una beca de seis meses. No había contestado porque quería ir con Mario, pero ahora se dio cuenta de que era una magnífica oportunidad y decidió ir sola porque le había quedado también el coraje de empezar de nuevo.

Gloria Rolfo

¿Qué queda?

Dali 1935, Para mujer con cabeza de rosa

Querida Ana,

¡Que alegría tu carta con las dos fotos!

¿Dónde las encontraste después cincuenta años?

¡Que lindas éramos!

Tú, con tus rizos color melón maduro que salían de la bandera de Chile que ondeaba detrás de tu espalda. Yo, con la camiseta con la cara del Che y una minifalda «mínima», cantando «El pueblo unido…»

¡Cuántas canciones, cuántas pasión!

No eran ilusiones. Eran certezas. Certezas en un mundo mejor, sin guerras, un mundo de paz. Eran guerras lejanas, pero nos pertenecían.

¿Y ahora?

¿Ahora en que las guerras las tenemos detrás de la esquina quién habla en serio de paz?

Excepto el anciano Francesco de Roma, nadie entre los poderosos de la tierra se está comprometiendo en serio.

Querida, tú me preguntas ¿qué queda?

Pregunta difícil. Recuerdos, a veces nostalgia, pequeños arrepentimientos.

¡Algo queda, menos la juventud!

Adiós Ana, te espero como siempre en Milán en el cortejo del 25 de abril.

Un beso. 

Iris Menegoz

Un extraño paréntesis

Cuando Claudia se atrevió a levantar la vista, el lago parecía haber desaparecido, tragado por la niebla negra que había invadido la tarde: una niebla densa, símil al vacío que se extendía en su corazón. Incluso el rostro del chico aferrado a la barandilla junto a ella, Agustín, parecía haberse fundido en ese gris.

Pero sus palabras, esas dos palabras suyas resonaron en la oscuridad, y el toque de su mano, que había tocado su hombro, ardió en la carne de Claudia como una quemadura.

La chica se había sacudido enojada por aquel gesto delicado, dándole la espalda, y permaneció inmóvil, encerrando entre sus delgados brazos la violencia de aquel secreto que latía en su pecho.

Ciertamente estas no eran vacaciones para Claudia y su padre: más bien una fuga, una convalecencia, un extraño paréntesis abierto como por error. Fue el médico el que les había recomendado irse al lago: “será el clima ideal”, había dicho, para una persona en el estado de su padre. “También será bueno para la niña”, había añadido. «Será también una oportunidad para que ustedes dos pasen algún tiempo juntos…»

A su llegada, el lago los había envuelto en el abrazo húmedo de una llovizna helada. Aunque durante la semana había habido algunos días soleados, a Claudia le pareció que el paisaje lacustre sólo podía expresarse en esos dos tonos de gris: pálido, con una transparencia nacarada durante el día; oscuro y denso, que borraba los contornos de las cosas, al anochecer.

Como ahora, cuando estaba allí clavada en la balaustrada, negándose obstinadamente a darle una sola mirada al incauto chico que le había dicho «te amo». Y esas ganas tan grandes de salir corriendo y contarlo, de volcar en un abrazo amistoso ese torbellino de consternación y vergüenza que le daba vueltas en la cabeza… pero ¿podría hablarle de estas cosas a su papá?

Tampoco había hablado nunca de eso con su madre, ni siquiera antes de que se ella enfermara. La verdad es que Claudia nunca había pensado todavía en los chicos, en el amor… Eran conversaciones para quienes parecían mayores y se susurraban secretos en voz baja.

Luego, cuando el hospital le quitó a su madre, Claudia rezó por ella todas las noches, pidiéndole inútilmente a Dios que mamá se recuperara.

“¿Claudia?” -aventuró Agustín. «¿Te has ofendido?»

Y ahora, ¿qué quería de ella aquel a quien apenas conocía desde hacía unos días? ¿Por qué la estaba atormentando?

“¿Claudia?” murmuró.

«¡Déjame en paz! ¿Quieres entender que me molestas?” gritó, rompiendo a llorar.

Agustín recogió sus sentimientos y se los guardó en lo más profundo de sus bolsillos.

“¡Es obvio que tu madre no te enseñó la educación!”  respondió él.

Y, sin mirar atrás, se fue.

Silvia Zanetto

¿Qué queda?

Una tristeza feroz me afecta, con sus emociones, sus recuerdos, los buenos sumándose a los malos, y todos formando parte de un equipaje que siempre llevo conmigo. Y ahora de nuestra vida en común ¿qué queda? El duelo por tu pérdida. ¿Qué queda? quizás las ganas de los viajes que planeamos juntos. Ojalá fuera así. Pero no, ahora no tengo ganas de viajar, puesto que mi equipaje es demasiado pesado.

Entonces ¿Qué queda?

Queda 

este mar que parece alejarse y que siempre vuelve a una orilla cualquiera,

este mar intranquilo, cambiando de color a menudo, copiando del cielo,

Queda

este mar ruidoso, rompiéndose contra las rocas,

este mar que esconde entre sus olas un ojo rojo: el sol al levantarse,

este mar que sigue rugiendo en el silencio oscuro de una noche sin estrellas,

Queda

este mar que ola tras ola me trae su voz y parece devolverme también la tuya,

este mar que aún estará allí una mañana detrás de otras miles,

Queda

este mar que me hace daño, y que me arrastra y me suelta los pies,

ese mar encantador como una sirena de Ulises, que se aprovecha de mi debilidad,

Queda

este mar que me traerá gotas de agua como lágrimas,

Queda

este mar…. frente al que estoy sola.

Raffaella Bolletti

Toda historia tiene su mancha de café 

La vida de Nicasio está llena de pequeñas líneas que se entrelazan con otras; juntas dan lugar a una maraña de cruce de caminos. Él escribe sus líneas conectadas con parientes, amigos y paseantes.

Los caminos se entrelazan y las palabras se mezclan con el contacto de su mirada. Nicasio, como un libro, puede quedarse en la playa, en la memoria de un caminante, situarse en el peral del jardín, en un lago de lágrimas y en un sueño de risas.

Aprendió que un libro se pone amarillo, las páginas se quiebran, se borran las letras y puede que su vida se descatalogue como cualquier texto.

Saborea las palabras, huele colores, escucha nubes, llega más allá del arco iris. 

Sabe que está dentro del mejor argumento.

Conoce y siente su dosis de sabiduría y compasión. Coloca su sonrisa, su mirada en el momento; todo instante tiene su recuerdo y, cada gota tiene su sombra. 

 El amor y la muerte es lo que cambian su vida y esto es posible en cada página. Dichosa vida. Siente.

Nicasio intuye que la sílaba tiene su acompañante, la palabra su significado y el café su mancha. Esto es lo que queda. Su última frase fue gracias por haberte cruzado conmigo. 

Es un regocijo estar en un buen libro.

Blanca Quesada

¿Qué queda?

En la niebla inevitable de mis ojos oscuros y cansados, los de un hombre que comienza sus últimas décadas, te observo. La piel satinada de tu cara no oculta las pequeñas arrugas que me acusas de haber cavado, envuelve el azul incandescente de tus ojos claros. ¡Que te amo! ¡Que te amo!

– Y yo, ya no te amo, gritan en un relámpago que brilla como una bofetada definitiva.

Te miro más intensamente, eres la mujer que, a primera vista, entrando en el bar de mis noches locas y desesperadas, amé porque supiste escucharme. Tenías el pelo largo como hoy que, para desafiarme, los dejaste crecer. ¡Que te amo! ¡Que te amo!

– Puedo peinarlos como quiera, -decreta ella, haciéndolos revolotear como una jovencita obstinada.

Con tu pelo garçon, corto como el minivestido naranja que desvelaba el huso de tus largas piernas, me costaba esperar la intimidad de nuestro pañal. A veces soñaba, te imaginaba cabalgando sobre mis deseos exacerbados por tu belleza y cuando me despertaba, descubría que no era un sueño. ¡Que te amo! ¡Que te amo!

– No me mires así, no es de tu edad, susurra bajando los párpados como si estuviera asustada.

Algunas veces la noche es fresca, las curvas insidiosas de mi esposa se acercan a mi cuerpo dormido para encontrar calor y consuelo, si me despierto, os dejo imaginar las ideas que no dejan de asaltarme. Pero también recuerdo con ternura una pequeña lágrima naciente en la esquina de sus grandes ojos azules cuando me besó en nuestro aniversario. ¡Que te amo! ¡Que te amo!

Jean Claude Fonder

La rabia

Havid bajó la mirada y comprobó, una vez más, que aquella sangre seca que manchaba sus manos no era la suya. Con seguridad lo sería de alguno de los desgraciados a los que había intentado ayudar, o incluso sangre de los miembros de su familia, cuyos cuerpos, ahora inánimes, descansaban sepultados bajo aquel montón de escombros que él mismo estaba pisando. Se llevó las manos a la cabeza meciendo su prematuramente encanecido cabello y de su garganta se escapó un alarido. A lo lejos, aún se escuchaban esporádicas explosiones que indicaban que el peligro aún no había pasado y con un gesto mezcla de rabia e impotencia, se agachó para recoger un cascote que lanzó en dirección a los estampidos. Gemía como un niño asustado, pero de sus enrojecidos ojos, ya secos al llanto, no se escapó una sola lágrima. Hacía tan sólo unos días que había estado soñando con la próxima cosecha de trigo, feliz de haber terminado a tiempo el aljibe. 

Esta vez –recordaba haberle comentado a su padre- a poco que caigan unas gotas, no nos faltará el agua. 

Pero acaeció aquel luctuoso suceso en el que mataron a tanta gente y que había provocado que él mismo pasase a convertirse, días después, en víctima de una terrible venganza. Ahora era su padre junto al resto de la familia los que estaban muertos, y la casa, al igual que el aljibe que tanto le había costado construir, habían pasado a ser poco más que ruinas.

A su modo de ver había llegado el Día del Juicio. Clamó a dios pidiendo justicia, pero dios se había vuelto sordo. Era sabido que ya era sordo desde mucho tiempo atrás, aunque, por si acaso, algunos le siguieran rezando como si en realidad escuchase: rezaban los más, sobre todo por seguir las tradiciones y no perder la costumbre; los menos, porque eran unos ilusos. 

A Havid, magullado de cuerpo y espíritu, se le abrieron en ese momento los ojos a la maldad humana para constatar con horror que, para algunos, la existencia de gente como él hacía mucho que había dejado de pesar en una balanza y que, a pese a la certeza de no tener para nadie mayor valor que el de un guijarro, estaba condenado al cruel destino de seguir viviendo no como persona, sino como un objeto de trueque; igual que una cosa sin alma.

Alzó la mirada clavando sus oscuras pupilas en la nada infinita. Ante él, más allá de aquellas ruinas sólo atino a ver un futuro sin esperanza. Desposeído hasta de las migas de felicidad por las que tanto se había esforzado, e incluso dudando de la misma propiedad de sus pobres andrajos, como único motivo para continuar en pie ya tan sólo le quedaba la rabia. Esa, que en adelante, habría de ser su posesión más valiosa, y un día, lo único que tendría para dejar como herencia.

Sergio Ruiz Afonso

¿Qué queda?

Desde muy pequeño se distinguió por su sensibilidad y su carácter, algo flemático pero enérgico, su inteligencia excepcional y su empatía con el mundo. Para él, éste es el mejor de los mundos posibles. 

Su vida se llenó de experiencias. Vivió amores, aventuras, tuvo expectativas, desilusiones, viajes, éxitos, ayudó a mucha gente. 

Al atardecer, en esos momentos mágicos, en que las luces cálidas van cambiando poco a poco, hablábamos en voz baja para no romper el encanto. Nos preguntábamos «¿Qué será de nosotros dentro de 20 años?» «A lo mejor estaremos girando en el sin fin, en el sin fondo, pero de nosotros quedará el recuerdo en quienes nos amaron».

Maria Victoria Santoyo Abril

AGUA

Aguas

La canica azul

El manantial recién nacido surge entre las rocas y se despliega juguetón y sinuoso como un renacuajo, con la alegría de un niño, crece y recorre el bosque formando abrevaderos refrescantes.

Hay zonas de la Tierra donde las lluvias desaparecen bajo la capa terrestre y forman corrientes subterráneas que crean esculturas cársticas y salen a espiar el mundo como ojos con párpados de piedra, son los cenotes, profundos y misteriosos. Traen consigo el eco del fondo de la tierra.

Cuando los torrentes altos encuentran un despeñadero, se lanzan revoloteando impetuosos entre gazas y tules blanquecinos, con majestuoso revuelo. Corren a encontrar otras cascadas, se engrosan y alimentan lagos y ríos, hasta llegar al mar, la madre de las aguas.

Los manglares tropicales son el hábitat de numerosas especies y proporcionan una protección natural contra fuertes vientos y huracanes. Son aguas de marismas y estuarios, con fondos de suaves limos y arenas, donde se encuentran las aguas dulces con el mar. Pululan de aves migratorias, moluscos y son la guardería de cientos de peces jóvenes, temerosos de afrontar el gran mar.

Desde la nave espacial Apolo 17 se tomó la foto denominada “la canica azul”, donde se ve el casquete del Polo Sur.  Los océanos esconden la oscura zona abisal, que es como un planeta desconocido, donde comenzó la vida. Será por eso que los poetas dicen LA MAR…

Maria Victoria Santoyo Abril

Agua una historia con final feliz

El pobre perro flaco atado a una cadena bajo el sol abrasador, frente a una casa antigua rodeada por una valla, tenía tanta sed que le costaba respirar, llevaba mucho tiempo esperando que alguien le trajera agua y comida, pero nadie había aparecido.

Se habían olvidado de él, tenía la nariz caliente y un gran dolor en la garganta, había perdido toda esperanza y estaba resignado a morir. Nadie lo quería, el siempre recibía con agrado a quienes le llevaban la comida y el agua, pero nunca una caricia ni una salida a caminar, tiraban sus cosas en un recipiente sucio y se marchaban inmediatamente.

La casa cercana estaba deshabitada y por esa calle pasaba muy poca gente, de todas formas, no habría tenido fuerzas para ladrar.

Cerró los ojos, ni siquiera escuchó venir un auto que se detuvo a unos pasos de su casa, se bajó una mujer con dos niños, se miraron desconcertados a su rededor, evidentemente se habían equivocado de camino. Los dos niños se acercaron a la valla y lo vieron, llamaron a su madre impresionados por su apariencia, ella entendió que non había un momento que esperar para salvarlo.

La vieja valla cedió bajo sus golpes, entraron y por suerte lograron liberarlo de la cadena, lo llevaron a la sombra, pero ya no se movía, intentaron enfriarlo usando el agua que tenían en el auto, poco a poco se fue moviendo, lograron que bebiera unos sorbos de agua, luego lo subieron al auto para llevarlo a su casa, donde comenzó a comer pequeñas cantidades de comida.

Decidieron quedárselo si denunciar al propietario por miedo a tener que devolverlo a esa horrible vida.

Su salud mejoraba cada día, los niños estaban muy contentos, lo colmaban de caricias y mimos, él era mi dócil y cariñoso y sobre todo feliz.

Cuando se recuperó por completo decidieron llevarlo al río, apenas llegaron se arrojó al agua clara y fresca, no podía creer que hubiera tanta, recordando la sed que había sufrido, pensó que si el paraíso existía tenía que ser así.

Leda Negri

AGUA 

Dali 1935, Para mujer con cabeza de rosa

¡Mira mi amor, mira! ¡Está lloviendo! – dije empujando su silla de ruedas hacia la ventana.

¡Por fin llueve, agua bendita después de tantos meses de sequía! Los árboles estiran sus ramas después de este largo sueño.

¿Te acuerdas mi amor, como nos gustaba escuchar la lluvia por la noche cuando estábamos en la cama?

¿Te acuerdas mi amor cuando yo, simulando miedo a los relámpagos y truenos, me apretaba contra ti y tú me abrazabas y acunándome me besabas como si fuera una niña asustada?

¿Te acuerdas mi amor, que siempre acabábamos haciendo el amor?

Miro tu cara pálida, tu sonrisa de niño cuando duerme y sueña, tus ojos que eran azules como el cielo del día de Pascua de mi niñez y que ahora me miran desde lejos, sin brillo envueltos en una tiniebla gris.

Tu mano seca y temblorosa me acaricia los ojos.

¡Agua! – dices mirándote los dedos mojados.

¡Si mi amor, ahora te traigo un vaso de zumo de naranja!

Me voy hacia la cocina. El nudo en la garganta por fin se disuelve en un llanto apacible y liberador.

Iris Menegoz

Agua

Para Laura no hay que derrochar el agua porque, como decía siempre su mamá, era una sustancia preciosa y para los humanos indispensable; le parecía lógico, pero no entendía por qué su mama cuando dejaba la canilla abierta se enojaba y decía que ella no la apreciaba, porque siempre le había parecido una exageración. Ese verano su novio organizó un viaje a través del desierto del Sahara, de Gibuti a Suez; así que partieron con otros cuatro amigos, la primera semana todo bien, pero apenas había empezado la segunda no sabían cómo se rompieron los ordenadores, seguramente por el calor, en los dos todo terreno no funcionaba tampoco el aire acondicionado, entonces decidieron ir siguiendo el sol hacia el este y viajar

de noche, porque el calor del día era insoportable, se orientaban viajando en la dirección opuesta a la que seguía el sol al atardecer. La primera cosa que tuvieron que hacer fue racionar el agua y los víveres, cosa que no habían hecho porque estaban seguros de llegar sin problema a un oasis muy grande que quedaba a mitad del camino, pero ahora había cambiado todo. Después de más de una semana y con los víveres y el agua que estaban casi terminados empezaron a 

temer no conseguir salir del desierto y cuando no les quedaba más agua pareció un milagro llegar al gran oasis y consiguieron reparar los todoterrenos, comprar agua y víveres y llamar a sus padres que estaban muy preocupados viendo que no llegaban. Laura recordó siempre ese viaje gracias al que entendió que su mama tenía razón cuando decía que el agua es una sustancia preciosa que no hay que derrochar porque sin ella no es posible vivir.

Gloria Rolfo

Parece que las flores están llorando

No sé qué tienen las flores, llorona,
las flores del camposanto

que cuando el viento las mueve, llorona,
parece que están llorando

(Chavela Vargas, la llorona)

Así que por fin hoy llueve. Un viento gris empapado empuja las ventanas, moja la calle y la terraza, regando mis prímulas y mis violetas. Mis flores parece que están llorando…  Hacía mucho que no llovía, hace mucho que yo no lloro: desde que ella se fue para siempre. Me di cuenta de mi incapacidad de desbloquearme justo el día del entierro: veía lágrimas en los ojos de mis hijos, de sus hermanos, de nuestros amigos… pero yo no lloraba. Puede que estuviera frío en apariencia, pero estaba destrozado en mi alma.

La lluvia, hoy, es el cielo que está llorando, y me hace esperar: dicen que el agua lo limpia todo, que nos purifica de la suciedad del sufrimiento y nos blanquea como almas inocentes. 

Me recuerda cuando, hace una vida, salimos a pasear juntos por primera vez ella y yo: empezó a llover, pero ella no quiso que yo abriera el paraguas. Empezamos a correr tomados de la mano, como bailando en el agua que había remojado la calle, escuchando la música de la lluvia que nos mojó el pelo y la ropa y que a ella le disolvió el maquillaje…  Estaba estupenda, más guapa que nunca, innovada por el agua que le da vida al mundo. En cambio, yo parecía desconcertado, con mi paraguas cerrado en la mano, mojado hasta la ropa íntima, temeroso de coger un resfriado y preocupado por lo que me podrían decir mis padres volviendo a casa así. Pero, enamorado para siempre.

El agua siempre fue suya, nunca mía.  

El lugar de las lágrimas es la lluvia, no soy yo.

Pero hoy creo que la lluvia me va a liberar. Salgo de casa sin paraguas, sin gorro, voy a pasear por parques y prados llenos de flores que parece que están llorando, mi cuerpo va a absorber el agua hasta mojar el alma… y por fin voy a llorar.

Silvia Zanetto

El más poderoso de los elementos naturales

Dos de la noche; agua golpeando los cristales de la pequeña ventana redonda. De pronto me despierto.

Me levanto y miro hacia afuera. Es una noche muy oscura, solo algunos relámpagos lejanos iluminan el cielo. Desde hace un año vivo en este islote, donde hay un faro y solo dos habitantes: el farero y yo. Hay gallinas y ovejas y una pequeña huerta de la que me ocupo yo. Decidí intentar una nueva experiencia. Vivir aquí fue mi mayor desafío. Estoy acostumbrándome a vivir rodeada por agua, yo que desde siempre le he tenido miedo.

A pesar de que mi padre, un ex oficial de la Marina, hubiera intentado varias veces enseñarme a nadar, solo aprendí a flotar. El miedo al agua siempre había prevalecido. Incluso las tormentas con lluvia violenta me causaban ansiedad, pero aquella noche decidí salir del faro, quería enfrentarme a la lluvia, quería escuchar los sonidos del agua, la que caía del cielo y la del mar que con violencia chocaba contra las rocas del islote convirtiéndose en espuma. Y aquí estás… bajo esta lluvia fría.

No es suficiente, me dije a mi misma, no vas a vencer tu miedo mojándote. Pero tengo que terminar esta experiencia y volver a mi vida en la ciudad. El farero duerme, estoy sola. He decidido. Es peligroso, pero me da más miedo no enfrentarme a ese miedo.

Entonces, ¡vaya! A ver si es verdad que la vida viene del agua. Esperé un poco, hasta que la tormenta comenzó a alejarse y las olas del mar parecían ser menos fuertes, el mar se calmó un poco. Me acerqué al borde del acantilado, me asomé, después me alejé un poco y me asomé de nuevo…por fin me lancé al agua. ¿El agua me haría vivir o me quitaría la vida? Me fui al fondo, me pareció oír un diálogo con mi madre, cuando estaba a punto de darme a luz: “Dios mío, hija, para unos minutos, descansa, tranquila, dentro de poco saldrás de la placenta a un líquido igual que en el que estabas. “Pero mamá ¿qué dices? Yo no sé nadar.” “Sabes que los bebés en agua no se ahogan y son capaces de no respirar de forma instintiva, no existe peligro de ahogo, empezarás tu vida en el agua, el más poderosos de los elementos naturales”. Y luego, no sé cómo, me subí de nuevo, floté, o más bien nadé, poniendo en práctica lo que mi padre me había enseñado de niña. Un hombre estaba gritando mi nombre, era el farero. Llegué a la orilla y le respondí. “Tranquilo, el agua me hizo renacer, por fin he superado mis miedos”.

Raffaella Bolletti

 Buscando la Ola 

Buscando la ola el río baja despacio, primero por uno de sus pequeños afluentes, lenta, siguiendo la caricia de las piedras y, cada gota que las toca quita un poco de su cuerpo para llegar poco a poco al fondo de su alma. 

Primero son cantos rodados, pequeñas piedras, hasta llegar a convertirse en polvo. La erosión. Un trabajo lento, pero al final la piedra deja su forma para ser parte del agua, mezclándose para siempre.

Rápida ahora, cerca de la orilla, vertiginosa, buscando la ola que llega a la playa, buscando la arena, la tierra, las rocas: Un círculo perfecto.  

En la playa hace calor, el sudor de nuestras frentes se evapora, nos tenemos que refrescar en la orilla, sobre la tabla de surf o sobre una roca, cerca del agua. Buscando la ola que nos refresca y luego llueve, llueve.

Todo circula, como el agua, como la tierra, como la vida, como la muerte. 

De polvo está hecha la muerte, de agua la vida, y cuando llueve siempre se mezclan buscando la ola, la ola que siempre llega a la arena, a la tierra, al polvo, al alma y suspira. Un camino lleno.

Blanca Quesada

La leyenda del aguador

Hay días en los que uno se siente menos que nada. Aseguran, los que han padecido esa sensación, que aun brillando el sol es como si todo estuviera nublado. Gris. Por dentro y por fuera. Son esos momentos de desánimo en los que la pregunta es ¿Para qué intentarlo? Momentos en los que estamos a un tris de tirar la toalla.

Ese era el estado anímico en el que me encontraba aquel día. Habían pasado ya seis largos meses después de que hubiese recibido la fatal noticia. No voy a decir que estuviera recuperado del impacto que la misma me había causado, pero lo intentaba. En mi mente seguía grabada aquella recomendación: «Viva», con la que mi médico me había querido aleccionar en su momento. Desde entonces, las agujas de mi reloj habían avanzado de un modo diametralmente opuesto a las del resto del mundo. El orden de las cosas importantes había variado. Durante todos aquellos meses me había dedicado a poner en orden mis asuntos: formalizar el testamento ante notario, visitar a familiares alejados y amigos casi perdidos… También quise echar un último vistazo a la entrañable escuela de La Salle donde había iniciado mis estudios. Finalmente, recordando un casi olvidado sueño de juventud, decidí que tan sólo me quedaba una cosa por hacer: conocer la ciudad de Oran. No sabía el porqué de aquella fijación, pero decidí que ya era hora de cumplir el viejo deseo.

El viaje en avión hasta el aeropuerto de Es Senia, fue de menos de dos horas y, pese al destartalado taxi que me tocó en suerte, fue relativamente cómodo el trayecto de siete kilómetros que me separaban de mi destino.  Me alojé en el Khalid, un discreto hotel situado entre la montaña y el antiguo puerto, justo en medio del laberinto de callejuelas que constituyen el encantador barrio de Sidi El Houari, corazón y símbolo de Orán.

Cuando desperté, después de una breve siesta, el atardecer comenzaba a cubrir con un tenue velo dorado las colinas y la brisa del mar a mitigar el cálido aire proveniente del desierto, tan cercano. Eran las últimas horas de la tarde y las calles comenzaban a estar muy transitadas.

Como si quisiera huir de mí, o más bien de mis demonios, decidí perderme entre la multitud para deambular sin rumbo con el ánimo explorador de cualquier turista, admirando construcciones tan notables como el antiguo instituto Saint-Louis o la mezquita de Hassan Basha.

Así, entretenidos mis ojos con la novedad y la mente con sus pensamientos, no fue hasta luego de un rato que comencé a sentir sed.  No parecía haber ningún café a la vista y para mi desgracia, la gran mayoría de grifos públicos de aquella ciudad no suministraban más que salmuera. El remedio a mi necesidad lo constituyó un anciano aguador que para mi suerte pasaba en ese momento por la calle. Portaba a sus espaldas un cántaro lleno de agua y cada dos por tres se paraba haciendo repiquetear unas campanillas a la vez que ofrecía a todo aquel que lo demandara el preciado líquido.

Acepté agradecido una taza y mientras me deleitaba con su frescor no pude evitar dejarme embriagar por su plática amena a la vez que sencilla. Me habló de todas esas personas que como yo se habían olvidado de lo fundamental. De los que perseguimos la propia felicidad como un fin en sí y al dinero como máximo símbolo del poder, sin advertir que en ocasiones es un simple sorbo de agua fresca el que marca la frontera entre lo trivial y lo verdaderamente importante.

Cuando volví a la realidad estaba ya entrada la noche y el aguador había desaparecido. Sentí que el peso de la zozobra se había diluido y que ahora era una profunda paz lo que se había instalado en mi corazón. Enjuagué y coloqué la preciosa tacita de cobre junto a las otras que ya colgaban de mi pechera. Volví a afianzar a mis espaldas el recipiente con agua y me dispuse a continuar el camino que ya otros muchos antes que yo habían recorrido.

Cuenta la leyenda que por las calles del Orán anda un aguador que no reparte tan solo agua sino también sosiego.

Sergio Ruiz Afonso

Historias de agua

La tormenta estaba allí, una ráfaga de agua azotó la puerta en la habitación de huéspedes, aquella cuya puerta ancha cierra mal. El agua que esperábamos se deslizaba por debajo de la puerta. Había que bloquearla, la taponamos con toallas.

El agua que esperábamos, el agua que empapó todas las paredes del apartamento. Cuando redescubrimos nuestro apartamento después de treinta años de ausencia, todas las paredes estaban invadidas por una geografía de manchas provocada por la lluvia que había penetrado las paredes de fachada. Hoy no era más que un recuerdo, pero también un temor, hemos hecho pintar todo, pero el miedo subsiste, los trabajos están programados para la primavera. 

Toda la noche el viento hizo vibrar las ventanas y la tempestad desató sus escalofriantes golpes de lluvia.

Al despertar, el sol estaba allí a su vez, brillaba insolentemente, para mostrarme mejor la firma que una paloma había dibujado en medio de mi ventanal. Tuve que salir a la terraza transformada en un pequeño estanque lleno del agua de la víspera para limpiar este dulce regalo que la pobre bestia, sin duda asustada, había proyectado sobre el vidrio. Un cubo entero de agua sirvió para eso.

Podría cerrar aquí este pequeño drama acuoso, pero al final no fue un drama. Primero las paredes resistieron perfectamente, nos tranquilizamos, el viento secó rápidamente todos los problemas. Nuestra bahía está limpia de nuevo sin tener que recurrir a costosos limpiacristales y la pobre paloma por cierto se recuperó, viendo todos los días a sus congéneres bailando en medio de la avenida.

Y eso no es todo, ese día un buen número de litigios administrativos que se perdían lamentablemente en los laberintos de la administración local se resolvieron rápidamente como por milagro.

Bebimos alegremente un gran vaso de agua a la salud de la diosa acuosa.

Jean Claude Fonder

Los niños